jueves, 27 de diciembre de 2007

Del tiempo abolido regresa Justo Alejo

Recibo un email emocionado que se corresponde con una entrada en mi blog, en el "capítulo" en que, hace algo más de una semana y a propósito de la aparicion de mi antología Monólogo del entreacto, reflexionaba sobre el poeta que fui cuando escribí mi primer libro. Lor firma alguien de nombre Manuel Ángel, de quien nada sé. Despúés de escribir unas notas (que podéis leer al pie del comentario apuntado) que prolongan mis evocaciones y que aportan nuevos sentidos a mi memoria de poeta joven y rebelde en tiempos de pretransición política, se pregunta si yo soy quien, a principios de la década de los ochenta -¿o fue en 1979?- del pasado siglo, bajo el nombre de Manuel Rico, escribió un artículo en homenaje a la vida y a la obra del poeta semioculto Justo Alejo.

Esa pregunta me ha devuelto, una vez más, al tiempo de mis poemas de El vuelo liberado, al tiempo de apredizaje y de sueños sin límite, al tiempo de los amores perdidos y de un romanticismo en el que lo erótico, lo político, lo literario, lo amoroso, se mezclaban para construir un imaginario en el que crecía un mundo radicalmente decmocrático, basado en principios socialistas y aderezado con las conquistas que, de nuestros hermanos mayores, que habían vivido el mayo del 68, heredábamos: el amor libre, el culto a la nauraleza, las canciones de Bob Dylan, las andanzas, guitarra al hombro, de Woody Guthrie por las carreteras que harían de Kerouac un mito contemporáneo, y un pacifismo que nacía en Woodstck en la voz de una jovencísima Joan Baez para prolongarse en los textos de Gandhi y, en una extraña maniobra que tenía mucho de gimnasia imposible, en el libro rojo de Mao y en la Revolución Cultural.

También me ha devuelto a mis primeros artículos. Porque, en efecto, yo fui el autor del artículo al que se refiere Manuel Ángel. Fue un artículo que apareció en Mundo Obrero diario y que escribí por invitación de Jesús Moya, editor de una hermosa antología de Justo Alejo titulada El aroma del viento. Estaba prologada por Francisco Pino y se acompañaba de algunos textos evocadores de un Justo Alejo muy alejado de la muerte aunque ya inquilino de ella. Fue, creo, mi segundo artículo sobre asuntos literarios. Algunos meses antes había escrito el primero: una evocación de la obra y de la figura de Blas de Otero al poco de su muerte en julio de 1979. Años después tuve el honor de publicar mi segundo libro de poemas en la colección en que apareció El aroma del viento, en Endymion. Y de conocer con más detalle y profundidad la obra del poeta de Formáriz de Sayago (Zamora) que, según supe al leer el libro de Endymion, compartía sus dedicaciones literarias con su condición de psicólogo del Ejército del Aire. Tan surrealista maridaje profesional no podía tener otro final que un suicidio con tintes surrealistas, casi provocadores: el 11 de enero de 1979, con uniforme de gala, se lanzó al vacío por una de las ventanas del entonces denominado Ministerio del Aire. Un poeta magnífico, tan olvidado como necesitado de recuperación y de lectura crítica, que casi treinta años después de aquel artículo en Mundo Obrero que me ha recordado, con emoción, Manuel Ángel, revindico. Brindo, en este final de 2007, por una nueva vida para la obra de Justo Alejo.
Léase, como muestra, este poema:

PÉTALOS O BESOS
Esa mujer
que sin saber de dónde
llega en la rueda de los días
lentos
y con su flor
de siempre
y dulces ojos
con sus labios de agua
a sed tan honda
viene
deposita -en nosotros- agua y pétalos
deja su fresco olor
y ya no vuelve
esa mujer
es viento así nos besa

JUSTO ALEJO

domingo, 9 de diciembre de 2007

Las pequeñas editoriales, un servicio público necesario

Esta tarde, sábado frío de diciembre, he visitado varias librerías grandes (las únicas abiertas en la fiesta de la Inmaculada). Es curioso observar las mesas de novedades y establecer una comparación con lo que hace sólo cinco años se mostraba. La literatura -me refiero a la literatura de ficción- ha ido perdiendo espacio en favor de una mal llamada narrativa. Me refiero a las novelas de género que tienen en la trama pseudopolicial y en la búsqueda de escenarios históricos en un Vaticano medieval, o en catedrales perdidas en el tiempo, o en remotos lugares sus bases fundamentales. Ese tipo de literatura va copando las listas de libros más vendidos y desplazando, en las estanterías y mesas de novedades de lasl ibrerías, a la narrativa elaborada con una clara vocación literaria: es decir, a aquella en la que, aunque se cuenten historias, aunque haya suspense o trama negra, prevalece una voluntad de lenguaje, de descubrimiento del mundo, de acercamiento a una realidad conflictiva, dura, difícilmente comprensible a la luz de la razón y de una lógica simplemente humanista.

Es como si hubiera una extraña conjura dirigida a reducir cualquier posibilidad de indagación, mediante la literatura, en nuestro presente. O en nuestra Historia inmediata. Las grandes editoriales, quizá marcadas por éxitos internacionales como El código da Vinci y por la comodidad que supone encargar o recibir originales basados en tramas alejadas del presente, en misterios inventados que se remontan a la noche de los tiempos, han establecido una carrera sin límite por dotar a esas historias del mejor envoltorio: tapa dura, sobrecubiertas, ilustraciones a veces, interactividad en relación con determinados programas o juegos de ordenador... ¿Dónde queda el esfuerzo por descubrir la nueva y buena literatura? Aunque hay excepciones en algunos sellos de los grandes -o medianos- grupos, lo cierto es que esa labor está derivándose, de facto, hacia las pequeñas editoriales con una profunda y tenaz vocación literaria. La búsqueda de buenas novelas publicadas en otros países, la apuesta por valores desconocidos, por propuestas estéticas innovadoras recae en sellos que sobreviven, que renquean, que funcionan sobre la base de una inmensa labor "militante" -la tan pocas veces analizada "militancia literaria"- por parte del editor de turno y de sus colaboradores -cuando los hay-, desarrollada en paralelo con el trabajo diario que proporciona la subsitencia y garantiza el precario bienestar de la familia .
Aunque se tiende a pensar que el servicio público es una labor de las administraciones, del poder político, sería bueno pensar en la ingente labor en favor de la cultura, de la buena literatura que, como servicio público, prestan las pequeñas editoriales, todas ellas de capital privado (cuando lo hay). En más de una ocasión nos hemos preguntado si hoy hubiera sido posible la edición, por una gran editorial, de Rayuela, por ejemplo. O del Ulises, de Joyce, si los correspondientes manuscritos hubiera llegado al departamento comercial de la misma. Con toda probabilidad, correrían la misma suerte que no pocos manuscritos de un alto nivel de calidad que vagan de una editorial a otra cosechando rechazos, excusas y mentiras justificatorias mientras por la puerta lateral entran tramas vaticanas e historias de otro tiempo que a nacie incomodan o perturban.

Si ese diagnóstico lo llevamos al campo de la poesía, el papel del pequeño editor se multiplica, de modo exponencial, en proporción geométrica. La nueva poesía, la poesía contemporánea, la que hoy empiezan a escribir los más jóvenes, la que escribirá mañana la estudiante que acaba de descubrir una vocación poética poderosa... vive gracias a las pequeñas editoriales. Las grandes, cuando se ocupan de la poesía, se nutren de los clásicos clásicos o de los clásicos contemporáneos. Es decir, aprovechan el trabajo desarrollado durante años por los pequeños editores que arriesgaron y optaron para que, por ejemplo, el joven Ángel González publicara, en su día -a mediados los años cincuenta- Áspero mundo, o para que apareciera Ángel fieramente humano, de Blas de Otero, cuando ambos eran unos completos desconocidos, puros y duros poetas principiantes. Hoy uno y otro tendrán su lugar en Galaxia Gütemberg, del Círculo de Lectores, o en cualquiera de las colecciones de clásicos en bolsillo que editan los grandes grupos.
Nuestra cultura sufriría una auténtica conmoción si, de golpe, desaparecieran las pequeñas editoriales de poesía. Quedaría amputada la posibilidad de renovar el género, de inyectar nueva savia a ese mundo. Esa hipótesis, para nada irreal, pone sobre la mesa la importante labor de ese entramado de frágiles proyectos editoriales: desempeñan un servicio púbico imprescindible en favor de la poesía, en favor de la cultura. De ahí que sea necesario exigir más subvenciones a esas pequeñas empresas culturales. De ahí que hayamos de reclamar más recursos públicos para sus proyectos. Por una razón esencial, insisto: trabajan en beneficio de nuestra cultura, de nuestra literatura. Son un servicio público necesario. Imprescindible. Yo diría que esencial.

sábado, 1 de diciembre de 2007

Una mirada, desde hoy, al poeta que fui

No soy partidario de hablar de mi poesía. Sobre ello, sólo en contadas ocasiones y por encargo me he pronunciado. Hoy haré una excepción. No para hablar de mi poesía, sino para meditar acerca de la sensación que me ha producido tener entre mis manos la antología de mi obra poética que, con un estudio preliminar de Marta Sanz, acaba de publicar Hiperión: Monólogo del entreacto. Ha sido una experiencia parecida a la extrañeza. Mezclada con una íntima alegría por reencontrarme con viejos poemas (los de principios de los ochenta, o de los primeros noventa) que parecen haber renacido. Sí: renacido. Porque casi todos (pertenecen a mis tres primeros libros) los anteriores a Quebrada luz han sido corregidos a conciencia. Hace tiempo, quizá durante 2001 ó 2002, dediqué muchos meses a trabajar en aquellos libros con una sólo pretensión: acabar con la insatisfacción que me producía la relectura eliminando excesos retóricos y aumentando la tensión emotiva de los poemas. Ahora, los releo y me siento cómodo, reconozco en sus versos al poeta que yo entonces era. También tengo la sensación de saldar una deuda con quienes, al final de mis lecturas, suelen preguntarme qué ha sido de mis primeros libros. Ahí va una muestra. Confío en que algún día, quizá como consecuencia del interés que pueden despertar unos poemas casi desconocidos para el lector de poesía de hoy, los tres libros (El vuelo liberado, Papeles inciertos y El muro transparente) tengan, en su versión corregida, renovada, una digna edición.

Casi un cuarto de siglo de poesía. Escrita en paralelo a mis novelas. Y a mi vida en el barrio, una vida que prolonga una educación sentimental confusa, propia de quienes, nacidos en los años cincuenta, accedimos a la madurez, a una cierta conciencia del mundo, en los años finales del franquismo y vivimos en primera línea la transición política (éramos los jóvenes, casi adolescentes de la transición): todo está en esos poemas. Están los otoños de soledad y clandestinidad. Están los cafés de la periferia. El amor descubierto entre reuniones interminables y excursiones colectivas en busca de pueblos desconocidos y comarcas desheredadas. El coñac caliente y la música escuchada con la pasión de quien cree que se va a comer el mundo... Y está, también, una crítica frontal -aunque traspasada por un afán vindicativo, por un sordo reproche- a la estética novísima, un tsunami que anegó la década de los setenta hasta convertir a todo joven poeta que aspirara a escribir, en verso o en prosa poética, de sus desacuerdos con el mundo, de su vida cotidiana, de su más honda percepción de la difícil realidad del tardofranquismo, en una especie de escritor garbancero. Hace sólo unos días pude comprobar, en Córdoba, al calor del primer debate de VII Seminario de Poesía, cómo vivieron aquella experiencia otros poetas, coetáneos de los novísimos, pero que defendían una estética distinta: en la marginación más absoluta, excluidos de los catálogos de las editoriales más difundidas, condenados a publicar casi clandestinamente... Sólo porque en sus libros estaban ausentes las muletillas venecianas, o los guiños culturalistas, o los excesos en la emulación de las vanguardias, o la escritura automática.... Yo, aunque muy joven entonces, también viví aquella marginación.

La evocación de esas historias, a la luz de la relectura de mis poemas de entonces, me ha llevado a una reflexión complementaria: ¿habrá alguien que se atreva a escribir la otra historia de nuestra poesía, la crónica de aquella marginación? Y, ¿por qué no pensar en una antología de excluidos en razón de su opción estético-temática? No sería mala idea. Aunque, sin duda, habrá quien piense que ese tipo de antologías podrían realizarse a la luz de lo ocurrido en otras etapas: los que García Hortelano dejó fuera en su recuento de la generación del 50 (aunque, en parte, los salvó de la quema Prieto de Paula, también Antonio Hernández); los que barrió en la década de los años ochenta la omnipresencia neoexperiencial... En fin.

Para que el lector se sitúe en el tipo de crítica que respiraba en alguno de mis poemas de entonces, ahí dejo el más signficativo de los que aparecen en Monólogo del entreacto, un poema de finales de los ochenta que formó parte del libro Papeles inciertos:

PRINCIPIOS DEL SETENTA
(Escena de café)
Llegaban, decadentes y enigmáticos,
a los viejos cafés y en los espejos
recreaban Bizancio y su memoria
de símbolos helados, de cristales y esencias.

En arcaicos cuadernos evocaban
aguas de otra memoria y caballos de niebla,
inventaban noticias de inalterados cuerpos
y en los muelles remotos donde viejos navíos
embarcaban el oro, el cristal, los diamantes,
soñaban altas músicas y gestas milenarias.

Era el mundo una senda
cercada por la sombra, ajena a los espejos,
hendidura de tiempo contenida en ciudades
tan cercanas y viejas, tan agrias, tan amadas,
años setenta turbios floreciendo en el fango
y ellos inaccesibles, como muros de hielo.

Cantaban a las ruinas de muertos territorios.
Era la calle afán de rostros inseguros
viviendo entre fogatas y brumas de extrarradio.

Bien pulidas, las joyas preludiaban un tiempo
de silencios y luces, de efebos y de mármoles,
mientras manos oscuras recorrían la carne
sorprendida a traición en esquinas urgentes
o en viejas estaciones, alejadas del sueño
donde yedras y estatuas bebían de otros siglos.

Llegaban, con la noche, a los cafés antiguos.
Distantes, algo esquivos, como si nada fuera
con su canto, ignorantes del aire o de la tierra
donde tú o yo vivíamos la niebla interminable,
la inmensa oscuridad, la tierra sumergida.
http://www.hiperion.com/maqueta.php?p=detalles&id=688&secc=e

martes, 20 de noviembre de 2007

La alegría por un nuevo libro. Heterodoxos sonetos del origen

El pasado viernes asistí a la presentación de una de las más arriesgadas novedades de Bartleby Poesía. Se trata del poemario Los sonetos del útero, de Oscar Curieses. Lo hice como director de la colección y sólo para dar entrada a sus presentadores (Julieta Valero y José Luis Gómez Toré) y para elogiar a su autor. En estos tiempos de crítica superficial, de descalificaciones no argumentadas y de apuestas editoriales, en el ámbito de la poesía, por autores ya sabidos y conocidos, situar en la mesa de novedades de las librerías un volumen compuesto por poemas heterodoxos escritos por un autor heterodoxo, casi marginal, tiene algo de desafío. Sobre todo si se tiene en cuenta que la heterodoxia de Oscar Curieses se nutre de tradiciones no por recientes (no tienen más de un siglo) menos consolidadas y plenas en su capacidad de transmitir impulsos renovadores: pienso, sobre todo, en César Vallejo y, menos, en Huidobro. Beber de esa tradición y no quedar marcado por determinados giros, por fórmulas lingüísticas ya ensayadas, no es fácil. Óscar Curieses lo logra: el secreto no es otro que intentar el difícil equilibrio entre la quiebra del idioma en busca de un nuevo lenguaje y la respiración existencial. Acceder al origen, morder en la pulpa donde nace la vida, quebrar la barrera que la edad establece con los pasadizos que unen al hombre con el padre, con la madre hecha útero, matriz, refugio primigenio, es lo que intenta
Oscar con su libro. Allí, en La Central del Reina Sofía madrileño, la extraña y muy activa militancia poética, un poco fragmentada (faltaban algunos asiduos a las presentaciones de La Central), asisitió a una presentación austera y, a mi juicio, equilibrada y respetuosa con el pluralismo poético realmente existente. Después, salimos al frío de la calle no sin antes constatar cómo (ya sentí un íntimo regocijo, para qué nos vamos a engañar) lo que hacia 1998 fuera un proyecto dudoso, de futuro incierto y de presente endeble, es decir, la colección de poesía que naciera, en un primer instante, con un apenas conocido Eduardo Moga y un desconocido absoluto como Luis Cicuéndez, y en una segunda andanada con Manuel Vázquez Montalbán (Ars amandi , la única recopilación de su poesía amorosa existente en el mercado) y la poderosa Anne Michaels de El peso de las naranjas / Minnner's Pond, es hoy, en noviembre de 2007, una realidad con no menos de una decena de títulos en las mesas de novedades de otoño de una de las más importantes librerías de Madrid.
Oscar Curieses es una muestra de ese empeño, de esa tenacidad bartlebiana en favor de la buena poesía. Como lo fuera hace unos años Julieta Valero, o Marcos Canteli, o Mariano Peyrou, o Carlos Jiménez Arribas (a quienes descubrimos y editamos antes de que nadie hubiera dado un duro por ellos), o Jordi Doce, o Eduardo Moga, o Isabel Pérez Montalbán (con su libro más complejo e innovador, por cierto). Como lo acaba de ser, con Óscar, Juanjo Almagro. A pesar de los críticos embozados que descalifican sin fundamento, de quienes no han cesado de acusar a Bartleby de utilizar como espacio privilegiado para sus libros las páginas del suplemento cultural más importante del país cuando en estos casi 10 años (con 480 suplementos editados) no ha sido objeto de crítica en ese suplemento ni siquiera una docena de títulos de la colección, Bartleby Poesía se ha situado en la vanguardia. De la calidad, de la apuesta arriesgada, de la búsqueda en la mejor poesía norteamericana y europea, de la atención a los libros olvidados de nuestros clásicos vivos. Y de la confianza en los jóvenes, lo que equivale a decir de la generosidad: para sacar a la luz los mejores y más innovadores poemarios; para confiarles lecturas crítioemocionales de sus mayores. De esa tenacidad, de esa apuesta contra viento y marea (conviene subrayar que Bartleby no edita un sólo premio institucional) y contra la precariedad financiera, es una muesta Sonetos del útero, de Oscar Curieses. Y hablando de muestras, ahí dejo al lector amante de la poesía, uno poema de ese libro:

TERCERA CARTA AL PADRE


Cosér tu nombre en el vacío árbol es cosér dulce ausencia en tu nosér. Ahora es todo luz y pozo azúcar, fácil conciencia de alquitrán muy húmedo. Nadie barrió la frente en mi memoria, nacieron palos: fruto en devenir.


El sol ahorma un padre en mí y tú no serás más el padre. Seré yo el fruto arrancado de tu árbol con mis propias manos: sangre de tu sangre.


Que el toro llore de sus ojos astas y embista el sexo a la mujer olivo, ¡porque los niños ya no importen nada!, ¡porque los niños sigan siendo niños!

domingo, 11 de noviembre de 2007

"Incluso Manuel Rico"

A Martín López-Vega sólo he tenido la oportunidad de verlo (y de intercambiar impresiones con él) en dos ocasiones en mi vida. La primera no recuerdo ni el lugar ni la circunstancia, sí que me llamó la atención la falta de correspondencia entre su aspecto físico y el Martín López-Vega que, al calor de la lectura de su Equipaje de mano, yo había construido en la imaginación. Lo confundía con otra persona. La segunda, fue en la presentación de un libro de Bartleby en La Central de Madrid, donde acompañaba, creo que en labores profesionales vinculadas a la librería, a Carlos Pardo, magnífico poeta (aunque cualquiera sabe, porque como "no me entero de nada" igual es un poeta horrible). Intercambiamos un par de impresiones sobre temas poco trascendentes y yo me dediqué a las labores propias de mi función en aquel acto: iba de director de la colección, me acompañaba el editor, amigo y "empresario" de Bartleby, Pepo Paz, y, la verdad, estaba más preocupado por la asistencia al acto de amigos y lectores que por otra cosa.

El pasado miércoles, 8 de noviembre, alguien me llamó por teléfono a primera hora de la mañana: "Te cita Juan Palomo en El Cultural junto a Sánchez Robayna, Caballero Bonald y Luis Antonio de Villena". La cita aludía a un supuesto caso de censura protagonizado por el joven poeta Juan Carlos Abril, al que Luis García Montero habría aconsejado eliminar, de la poética lópez-veguiana que quien fuera librero de La Central le había remitido para una antología, las críticas a los cuatro poetas en cuestión. Juan Palomo afirmaba que la poética objeto de censura había sido publicada en la revista Clarín y que no era para tanto. En concreto, decía: Y créanme que no era para tanto. Porque será más o menos justo o acertado, pero todavía no es delito, creer que Villena es "la París Hilton de la poesía española", o que Manuel Rico "no se entera de nada". Lo despectivo de la frase que a mí aludía me produjo una inmediata reacción: responder en mi blog. Pero como me precio, pese a no enterarme de nada, de ser riguroso a la hora de escribir de o sobre alguien que a mí se refiere públicamente, me dije que sólo después de leer el texto publicado en Clarín debería hacerlo. Pues bien: acabo de leerlo y me quedo de plástico. Hay dos frases en las que aparece mi nombre. Primera: (No quiero)... ni que me reseñe en "Babelia" Manuel Rico, que no se entera de nada. Segunda (en la entradilla): Además me parece que todos con los que se supone que me meto -incluso Manuel Rico- son más inteligentes que él (se refiere a Abril) y seguro que no hubieran dicho nada. (Por cierto, en esto último tiene razón: yo nunca hubiera dicho nada).

Sobre la primera frase: seguro que hay, al menos, una docena de críticos, ya sea de Babelia ya lo sean del resto de los suplementos culturales de ámbito nacional y de las revistas de prestigio a los que citar en una frase que parece quitar trascendencia al supuesto afán de protagonismo de todo poeta (en este caso, del propio López-Vega). "Bien", pensé, "me ha tocado la china". Porque, claro, si algo me ha caracterizado en mi labor como crítico ha sido mantener una clara posición de independencia respecto a las pugnas literarias. Cuando abro un libro de poemas para hacer una crítica parto de un principio: buscar cuánto hay de poesía en sus páginas, con independencia de la adscripción estética o tendencial de su autor. Ya sea Felipe Núñez, Olvido García Valdés, García Montero o Quique Falcón. Y si algo ha dominado en mi labor como director de Bartleby Poesía ha sido, también, la atención y defensa de la diversidad: en su catálogo figuran 4 de los siete nombres que López-Vega cita como referentes suyos en la poesía más joven (debe de ser porque "no me entero de nada") y conviven poetas como Julieta Valero, Marcos Canteli o Ángel González, Isabel Pérez Montalbán o Angelina Gatell. Pero lo que parece un premio en el "sorteo de la china" al que arriba aludo, se convierte en otra cosa cuando leo la segunda frase, la de la entradilla, insultante donde las haya: incluso yo puedo ser tan inteligente como Sánchez Robayna, Caballero Bonald o Villena. ¿Qué coeficiente de inteligencia me otorga el poeta supuestamente censurado? No se sabe. Sólo parte de la idea de que me supone un coeficiente más bien limitadito. Sobre todo, teniendo en cuenta que soy el crítico de Babelia que "no se entera de nada".

Suelo ser comedido en los juicios personales. No me gusta emitirlos y, por tanto, no me gusta recibirlos. Soy, sin embargo, vehemente y firme cuando se trata de defender mi visión de la poesía, o de la literatura en general, o de debatir desde mis posiciones ideológicas y/o políticas (la última, en este blog, a propósito de la poesía crítica). Y, en poesía, soy -lo he dicho mil veces- un francotirador que, por dedicaciones ajenas a la poesía, he sido más observador que protagonista (aunque me precie de poeta que no desmerece en el panorama que vivimos). Por tanto, el comentario de López-Vega, que se publica en la revista que dirige su amigo José Luis García Martín , en la medida que carece de argumentos que lo sustenten, me parece simplemente un insulto. Que, por cierto, no es gratuito. A lo largo de las últimas horas me he dedicado a expurgar entre mis críticas de los últimos tiempos. Y me he dado cuenta que no me cita al azar. Que no insulta "a boleo". El insulto lo lleva rumiando cinco años. Sí: desde diciembre de 2002. Fue entonces cuando apareció la crítica que, como coda o anexo de esta entrada, puedes leer, lector atento (o lector morboso, que de todo hay en la viña del señor), al final de este largo relatorio. Y también creo que el vacío que ha sufrido durante largo tiempo la colección de poesía de Bartleby en el suplemento cultural que ha acogido las descalificaciones tiene que ver con esa crítica.

En todo caso, espero el nuevo libro de Martín López-Vega. Creo que es un buen poeta y un buen crítico. En el mundo hay magníficos poetas, incluso poetas geniales que, a veces, yerran. No por ello el crítico que alude al error o que valora determinados defectos debe ser insultado. Yo le invito además (y con el asentimiento, creo, de Pepo Paz), tal y como hice con Carlos Pardo y con otros jóvenes poetas, a acceder al catálogo de la serie Lecturas21, de Bartleby Poesía; a que escriba una lectura de alguno de los libros olvidados, o sin reeditar desde hace mucho tiempo, de nuestros grandes poetas.

Radiografías de la experiencia
MANUEL RICO (Babelia. 28/12/2002)

Decía Ezra Pound que, en poesía, es conveniente escribir mucho y publicar poco. No parece ser éste el lema de Martín López-Vega (Poo de Llanes, 1975), que en muy poco tiempo ha publicado estos dos libros de poemas, uno de ellos, Árbol desconocido, galardonado con el Premio Emilio Alarcos en su primera edición. De la lectura de ambos se desprende una primera conclusión: constituyen un único universo.
Mácula es un libro variado, con momentos de gran intensidad. La propuesta de López-Vega, pese a tener fuertes parentescos con el amplio espectro de la poesía más directa y
figurativa que se viene escribiendo en la última década, tiene una peculiaridad que la singulariza: el doble apoyo en la cultura y en la experiencia del viaje. Sus poemas, casi siempre escritos en un tono coloquial con muy escasas concesiones al destello revelador y algunas al prosaísmo, nos habla de lugares, de lecturas, de los rescoldos del pasado, de un telón de fondo cosmopolita en el que a veces surge la evocación de la infancia y de una naturaleza entrañable y entrañada (son los momentos más intensos y poéticamente más felices del libro). La opción por un lenguaje conversacional se carga, por ello, de referentes culturales, de prolijas apoyaturas literarias y viajeras (en ocasiones la
proliferación de nombres propios y de referencias culturales debilita la médula emocional del poema) y no desdeña el acercamiento a la reflexión metapoética: así para López-Vega "en el poema siempre habrá / unas gotas de misterio". Si a ello añadimos alusiones tan explícitas como la que abre el poema/traducción 'Monólogo de Elisabeth Brewster', de Mácula -"estamos hechos de lugares", dice-, el uso de citas insertas en el texto (Baudelaire, Éluard, João Camilo...) y la incorporación de alguna versión de un poema ajeno (de Nazik Al Malaika), algo que, con acierto, ya había hecho en su anterior Equipaje de mano, hemos de convenir que a las características apuntadas el libro suma
cierta calidad de mosaico o palimpsesto que, a pesar de las diferencias que aportan el tono y la ausencia de derivas modernistas, no deja de recordarnos los alardes culturalistas de las poéticas dominantes en los setenta.

Decíamos antes que, en cuanto a tono, obsesiones y temas, la frontera entre los dos libros es prácticamente invisible, que conforman un único universo. Sin embargo, hay otra frontera, ésta clara y visible, que tiene que ver con la intensidad emotiva (en lo estético y
en lo sentimental), con la hondura de la propuesta, con la calidad poética en definitiva, que en uno y otro libro se advierten. Respecto a ello, hay que decir que Mácula se nos muestra como el núcleo de ese universo único al que hacíamos referencia y Árbol desconocido, como los alrededores del núcleo, es decir, como material poético complementario y, por ello, no imprescindible, lo cual resulta paradójico al tratarse de un libro premiado con un galardón tan prestigioso como el Emilio Alarcos. Lo que acaba de rizar el rizo es que el propio López-Vega informe al lector, en su nota liminar, de que ha sido compuesto con materiales que quedaron fuera de Mácula y que conforman una suerte de cara B de éste. Llamativa confesión que, de cualquier manera, nos habla de la pertinencia, en este caso, del consejo de Ezra Pound.



sábado, 3 de noviembre de 2007

Haroldo Conti: los cuentos imprescindibles

De Haroldo Conti se publicaron en España un par de novelas en las décadas de los setenta (fue premio Barral Editores de 1971 con En vida) y de los ochenta y quizá algún cuento en alguna revista literaria de la época. Tuve noticia de su obra a mediados de los noventa gracias a Félix Grande y a un buen amigo de nacionalidad argentina cuyo nombre no recuerdo. Me hablaron de él como uno de los más relevantes escritores de cuentos de la literatura hispanoamericana, me ilustraron sobre su vida a caballo entre el compromiso y la búsqueda del rigor literario y, sobre todo, me hablaron de una existencia que quebró la dictadura de Videla. Fue uno de los miles de desaparecidos de aquella etapa oprobiosa de la historia argentina: de ello nos habló Gabriel García Márquez en su artículo, publicado el 21 de abril de 1981 en El País, titulado "La última y mala noticia sobre Haroldo Conti". El 4 de mayo de 1976 lo arrancaron de su casa, de su mujer Martha y de su hija, y desde entonces pasó a formar parte de ese espacio oscuro y silencioso donde habitan los desaparecidos de todas las dictaduras de la historia. Aquellas noticias sobre su vida y sobre su muerte me llevaron a buscar, casi de forma compulsiva, sus libros. No tanto sus novelas como sus cuentos, de los que lectores a los que yo concedía una credibilidad casi absoluta hablaban con asombro y admiración. Cuentos de una especial intensidad. Cuentos escritos con un lenguaje directo y, a la vez, rico y maleable como sólo los grandes escritores alcanzan. Cuentos que hablaban de la vida, de lo cotidiano y de lo extraordinario. De la muerte y del paso del tiempo.

Nadie apostó, en España, por editarlos. Mi búsqueda, inducida por títulos tan hermosos como La balada del álamo Carolina, o Con otra gente, o Todos los veranos, tuvo frutos menguados y dispersos. Pensé que era imprescindible ofrecer todos los relatos de Conti al lector español. Y digo al lector español porque a principios de los noventa se editaron, por EMECE, para Argentina, sin que en España (y no sé si en el resto de los países de habla hispana) tuvieran repercusión alguna.

Ahora, Bartleby, la pequeña editorial española que está haciendo apuestas de largo alcance basadas en la premisa irrenunciable de la calidad, ejerce una función de servicio público cultural y se apresura a publicar los Cuentos completos de Haroldo Conti incorporando, como una suerte de prólogo, el texto de Gabo al que más arriba me he referido. Gabriel García Márquez y Haroldo Conti, en un hermanamiento a mi juicio imprescindible, llegarán a los amantes de la buena literatura no tardando mucho. Y pondrán en evidencia que el cuento, como portador de todas las potencialidades artísticas del lenguaje, no tiene nada que envidiar ni a la novela ni a la poesía. Es un género difícil, al que Fernando Quiñones otorgó como denominación una metáfora llena de verdad: es whisky con hielo. Frente a la novela, que sería whisky con agua y frente a la poesía que sería whisky solo, el relato, el cuento, es una estación intermedia aunque con una autonomía plena. En esa estación Conti demostró su familiaridad con sus habitaciones, con sus zonas ocultas, con sus secretos. Como para muestra vale un botón, leamos el fragmento con que inicia el cuento titulado El último:

Un buen día me hice un vago. Así como lo oyen. No sé cuándo empezó pero aquí me tienen,tumbado a un costado del camino esperando que pase un camión y me lleve a cualquier parte. Ustedes deben haber visto un tipo de esos desde la ventanilla de un ómnibus o del tren.
Pues yo soy uno de esos exactamente y puedo asegurarles que me siento muy a gusto. Cualquiera de ustedes dirían que solamente al último de los hombres se le puede ocurrir tal cosa. Soy el último de los hombres. También eso. Lo que posiblemente a nadie se le pase por la cabeza es que alguien pueda ser feliz justamente siendo el último de los hombres. Ni siquiera a mí mismo se me hubiera
ocurrido hace un tiempo, cuando, dentro de mis alcances, luchaba con todas mis fuerzas para estar entre los primeros.






miércoles, 17 de octubre de 2007

El crítico embozado ataca de nuevo

Nueva andanada a este modesto crítico en el blog del crítico embozado. A mi crítica a la poesía reunida de Luis Suñén. Como modelo de rigor en la "contracrítica", el doble argumento de siempre: el poeta reseñado es colaborador de El País y, desde el pontificado del embozado (con rima consonante o ripiosa), es mal poeta. Ni un solo elemento de análisis, ni una línea para replicar a la evaluación del crítico, ni siquiera una observación sobre mi discrepancia con la prologuista, Esperanza López Parada (también colaboradora, por cierto, de El País). Todo un ejemplo.

Como no hay réplicas a mis argumentos literarios y poéticos sobre la evolución de Suñén, sólo diré que frente a la afirmación de que es malo, yo digo que es bueno. Aunque no comparta sus presupuestos estéticos. Esos son los términos del debate que propone el crítico (es un decir) embozado. ¡Cinco críticos constituidos en colectivo para eso! No me extraña que se oculten tras un seudónimo, que se embocen. Aparecer, con tal precariedad teórica, con nombres y apellidos, les pondría en un ridículo de dimensiones históricas.

Sí me parece bastante impresentable el argumento de que Luis Suñen es colaborador (crítico de música) en El País. Recupero ideas expuestas en este blog no hace mucho: colaborar en ese diario es un obstáculo para recibir críticas en el propio diario porque siempre serán descalificadas por principio. Es decir: ni Juan Goytisolo, ni Lobo Antunes, ni Juanjo Millás, ni Rosa Montero, ni Benjamín Prado, por ejemplo, deben recibir crítica en El País so pena de que el crítico sea acusado de lesa parcialidad. Tampoco Manuel Rico como poeta, ni Antonio Ortega, ni Ana María Moix, ni Esperanza López Parada... Es decir: ni el crítico debe ser poeta que publique en editoriales de cierto prestigio, ni debe hacer crítica de poetas que colaboren en su diario aunque sean de muy alto nivel, ni debe aspirar a publicar en los sellos que más venden, ni reseñar a poetas de esas editoriales, ni colaborar en diarios importantes de ámbito nacional. Es decir: el crítico debe ser un completo desconocido, publicar en editoriales desconocidas y no aparecer nunca, bajo amenaza de ser considerado parcial en sus juicios, en antología alguna. Es decir, debe de ser poco menos que anónimo. Como... Addison de Witt. Así no habrá sombra de sospecha, ni de parcialidad.

lunes, 15 de octubre de 2007

La memoria histórica y los parajes olvidados

A la izquierda, la foto muestra las ruinas de una vieja edificación en la sierra norte de Madrid. En concreto, se trata de una antigua casa en Gargantilla del Lozoya. Restos parecidos puede encontrar el viajero en numerosos pueblos de ese vértice norte de Madrid en el que ha crecido buena parte de mis poemas y en el que al menos dos novelas, La mujer muerta (2000) y Trenes en la niebla (2005), encontraron los parajes más adecuados para construir sus argumentos. Digo "encontraron" porque las sentí nacer y crecer como extrañas agregaciones de mi experiencia de esos paisajes que sobreviven, milagrosamente a salvo de la especulación y de la fiebre urbanizadora que afecta al gobierno del PP de la Comunidad de Madrid, en una geografía visitable en cualquier momento desde la capital de España. Ése es su encanto, ése es el magnetismo que sobre mí, como escritor y como ciudadano, despiertan. Conviven, en un estado similar al de hace décadas, con una ciudad vecina que crece sin cesar, que aspira a ser paradigma de las nuevas tecnologías, de la industria audiovisual, del desarrollo cibernético del siglo XXI. En el valle del Lozoya y en los recodos ocultos de viejísimos caminos de la sierra norte nos aguardan casas abandonadas, viejas casetas de peones camineros sin uso, estaciones semiderruidas, pequeños huertos regados por cauces de manantiales ocultos en la montaña, bosques sin término que sólo han visitado, alguna vez en la vida, ciertos expertos en el arte del montañismo, senderistas curiosos y este escritor de pasiones cercanas y devoción por la memoria personal y colectiva.

Y hablando de memoria colectiva: en estos parajes, mientras escribía Trenes en la niebla e intentaba acopiar testimonios sobre la vida cotidiana en unos pueblos cercanos, casi vecinos a un campo de trabajo en el que, entre 1945 y el final de la década de los cincuenta, estuvo recluido un promedio de no menos de 500 presos políticos forzados a la construcción del trazado del ferrocarril Madrid-Burgos (al que llamaban "directo"), pude comprobar hasta qué punto es imprescindible la Ley en la que en estos días anda empeñado el gobierno y empecinados en cargársela los líderes de la oposición. El miedo, casi 70 años después del final de la guerra, forma parte del comportamiento cotidiano de las gentes de esos pueblos. El campo de concentración era conocido como "el destacamento", algunos vecinos lo recordaban, otros tenían una vaga idea de que algo hubo "al lado de Garganta de los Montes", pero nadie me dio detalles, nadie me contó su experiencia o la de otras gentes del lugar. Sólo el viejo alguacil de ese municipio, ya jubilado, que, con una frase, despertó mi interés hace cuatro años y, quizá, puso la primera piedra del edificio que andando el tiempo sería mi novela: "Yo era un chaval, pero veía subir a los presos, vestidos con andrajos y en pleno invierno, pisando la nieve, hacia el pueblo para escuchar misa. Porque los obligaban a ir a misa aunque no creyeran...", me dijo. Después, cuando en diciembre de 2005 presenté la novela en un pueblo próximo, lo invité al acto de presentación pero prefirió no aparecer. Le llevé, a su casa, un ejemplar dedicado. No pude entregárselo. Lo recibió su mujer con la promesa de entregárselo y de convencerlo para que me llamara. Y ahí terminó el asunto. El hecho es que desde entonces nada he sabido de mi confidente. ¿Leyó la novela? ¿Ha sido amenazado? No lo sé. Una losa de silencio borra un episodio humillante, doloroso, inadmisible e inasumible de la historia de estos pueblos, de nuestra Historia.

Junto a Garganta de los Montes, sólo el resto de uno de los barracones habla hoy de aquel pasado de ignominia. No sus habitantes. No la historia oficial del pueblo (gobernado, por cierto, por un alcalde del PP). Hablan las piedras y hablan los documentos existentes en el archivo histórico de Alcalá de Henares. Y habla el libro Esclavos por la patria que, hace menos de un lustro, publicó el periodista Isaías la Fuente. En él afirma que ese campo formó parte de un conjunto de "destacamentos penales" que concentraban miles de presos y que estaban instalados a lo largo de la vía del ferrocarril que construían. Fue, afirma Isaías la Fuente “uno de los más nutridos de cuantos se emplearon en todo tipo de obras, con una media de 500 presos. (...). En la construcción de esta línea los presos levantan estaciones, socavan túneles, construyen puentes y viaductos, abren trincheras y tienden las vías. Fue, si consideramos las estadísticas oficiales de accidentes, uno de los trabajos más duros y peligrosos de los que realizaron los presos”

Al lado de las ruinas del barracón debería levantarse un monolito, o una placa bien visible desde la carretera en la que se recordara la existencia de aquel campo de trabajo y se homenajeara a los presos que allí sufrieron penalidades sin límite. Pues no la hay. Sólo hay silencio, un insultante silencio que flota de un extremo a otro del Valle. Sólo eso habla a las claras, con contundencia, de la necesidad de la Ley. Sobre todo, si pensamos que hubo, como ese campo, más de un centenar en toda España. Llenos de hombres sin derechos, desprovistos de su dignidad, de su pensamiento, de su integridad física, de su ideología... Aunque los llevaran, obligados, a misa todas las mañanas y aunque la Iglesia les diera su bendición.

domingo, 23 de septiembre de 2007

Segunda reflexión sobre Collins: las ventas, la calidad, los realismos y los no realismos.

En el comentario a mi última entrada, Vicente Luis Mora me invitaba a revisar las listas de libros de poesía más vendidos para, así, poder constatar cómo la poesía plana, de un realismo fácil, se encarama a ellas por encima de cualquier otra propuesta. Pues bien. El resultado de mi "inspección" ha sido el siguiente: Rilke, Gamoneda, La Fontaine, Chantal Maillard: ésa era la lista de libros más vendidos del último El Cultural de El Mundo. También William Carlos Williams, Julio Martínez Mesanza y Luis Alberto de Cuenca. La de la pasada semana, en ABCD, mostraba a poetas como González Iglesias, Rene Char, Juan Ramón, Carver, Julia Uceda, la antología Poesía visual española... Pocos, muy pocos (y aún así, proyectando sobre ellos el juicio de la subjetividad) son poetas adscribibles a un realismo plano, carente de complejidad y de misterio. Lo cual quiere decir que la afirmación de Vicente Luis Mora en su comentario no siempre se corresponde con la realidad. El ranking de libros más vendidos en poesía está, siempre, condicionado por factores de la más diversa índole. El principal, la precariedad de las cifras de venta, incluso cuando excepcionalmente su produce un llemémosle best-seller. En mi modesta opinión, la venta de dos o tres mil ejemplares de un libro de poesía garantiza la entrada en alguna de las listas de más vendidos. No hace falta más. Por encima de esas cifras, están las excepciones (el caso de Antonio Gala es un anacronismo en el mundo poético). Por ello, con que se dé la circunstacia de la edición de un poemario que, por alguna razón, literaria o no literaria, focaliza la atención del lector de poesía (un colectivo que, en toda España, no debe superar las tres mil personas) ya tenemos al libro en esa nómina. Con independencia de la apuesta estética de que se trate. Deben de ser centenares los libros de poesía "sin ambición" o plana que salen al año. De ellos, sólo dos o tres, como mucho, se cuelan en las listas de más vendidos. Lo mismo cabe decir respecto a las propuestas más complejas y "con ambición". Por tanto, lo que, con toda probabilidad, vale para la novela (y, si se me apura, para el ensayo), que salpica la lista de más vendidos con best-sellers e intrigas vaticanas, pseudovaticanas, premios mutimillonarios y otras hierbas, no se aplicable en poesía. Su público es, de por sí, un público restringido cuya apuesta por la poesía supone, de por sí, una preselección que reduce el espectro de posibilidades de grandes ventas al mínimo imprescindible. Para mí siempre ha sido un misterio, por ejemplo, el hecho de que un libro como Itinerario para náufragos, de Diego Jesús Jiménez, libro complejo, de una poesía visionaria y meditativa a la vez, de lectura difícil, vendiera, en dos años (1996 y 1997) cuatro ediciones. ¿Facilidad de su propuesta? ¿Realismo plano? No lo creo. Más bien parece que su opción estética va en dirección contraria.


Por lo tanto, el problema esencial que Mora/García Casado encuentran en el libro de Collins (problema que, por cierto, no ha encontrado ningún otro crítico) es el de una poesía directa, sin complejidad ni misterio, "fácil", lo que les lleva a salvar un puñado de poemas del conjunto del libro. Yo creo que no es una poesía fácil, pero no voy a polemizar con ese punto de vista. Toda crítica tiene un componente de subjetividad inevitable. Los gustos del crítico se mezclan con múltiples factores difíciles de evaluar. Sí diré, sin embargo, que discrepo de la tendencia, muy asentada en nuestro mundo poético y crítico a establecer el baremo de la calidad en función de la transparencia u opacidad del texto, del realismo o el no realismo que lo caracteriza, de lo tradicional o lo vanguardista que en él se contiene. A mi parecer (y lo digo, también, como creador), es tan o más difícil y complejo escribir un texto directo, sencillo, transparente y cargado de intensidad que lo contrario. Diría más: a veces es más díficil porque la verdad literaria o poética del texto no aparece encubierta u oculta en un aparato de lenguaje que no siempre habla del sentido último de la existencia (en lo individual, pero también en lo colectivo). No es necesaria una mirada que descodifique el entramado que el autor propone: la emoción estética y sentimental llega de inmediato, la empatía entre poeta y lector no encuentra barreras.


En lo que se refiere a la poesía de la complejidad, una poesía que en no pocas ocasiones deriva en hermetismo, hay un factor que, creo, mide su "proteína lírica": cuando, en una primera lectura, el poema transmite emoción. Aunque sea no racionalizable. Aunque no se pueda traducir a términos lógicos. Después, vendrán las indagaciones lectoras, la búsqueda de sentidos y significados. Pero el lenguaje lírico tiene que impactar al lector. Nos impactan y emocionan Rulfo o Joyce (con excepción, a mi juicio, de su Finnegans Wakes) no por su transparencia sino por la profundidad emotiva que sus textos nos ofrecen, por su honda vinculación con las incertidumbres del hombre de cualquier tiempo y lugar. Pero no lo hacen muchos otros textos tan experimentales o más que los de ambos autores. Lo mismo cabe decir de Kafka, o de un realista tan directo como Doss Pasos. O como Carver. Es la eterna pregunta, basada en una permanente pugna, del misterio poético y, más allá, literario: ¿Góngora o Quevedo? ¿Claudio Rodríguez o Ángel González? ¿El Alberti surrealista o el Alberti realista? ¿Blas de Otero o Pablo García Baena? ¿Benet o García Hortelano? ¿Aleixandre o Cernuda?...


En el fondo, las guerras estéticas, cuando se convierten en batallas que levantan fronteras inexpugnables, ocultan otras guerras que tienen más que ver con el poder mediático, con la proyección de sus autores en los medios, que con la esencia del poema, que con el arte. Por ello, la crítica que me interesa es la que busca en cada libro la "honda palpitación del espíritu", o la "palabra en el tiempo" de las que hablara, con perdón, Antonio Machado. Con independencia de la estética por la que el poeta apueste. No la que se pone en guardia y, a partir del prejuicio, estabula a los poetas: realistas a un lado, órficos a otro. Los primeros, sin misterio, los segundos con él. O viceversa. Lo fundamental es sumergirse en el texto concreto y buscar las verdades que en él respiran. Tarea difícil y, siempre, salvo en los casos de incompetencia manifiesta del autor al que se lee, llena de subjetividad. Lo importante es que esa subjetividad sea aplicada, por el crítico, con "conciencia de objetividad". Pero eso es complicado de explicar y lo dejo para otro día. Si hay hueco y si la inspiración me llega.

martes, 11 de septiembre de 2007

Primera reflexión sobre Billy Collins: ¿Es mala la poesía que se vende?

Edgar Lee Masters publicó Spoon River Anthology en 1915. De su primera edición se hicieron 19 reimpresiones y en 1940 llevaba, ya, 70 ediciones. Ha sido el best-seller de la poesía norteamericana y, poco después de su aparición, Ezra Pound, paradigma del poeta experimental, irracionalista de la primera mitad del siglo XX, escribió en The Egoist: "¡Por fin! ¡Por fin América ha descubierto a un poeta!".


Cuaderno de Nueva York, de José Hierro, vendió en poco más de dos años por encima de cuarenta mil ejemplares sin contar con las ediciones que aparecieron al margen de la inicial de Hiperión. Las ediciones de Ancia, de Blas de Otero, se vienen sucediendo año tras año en Visor desde finales de la década de los sesenta. Fonollosa, según declaraciones de Sergio Gaspar, editor de DVD, es, de su catálogo, el poeta que más libros ha vendido desde que la editorial inició su andadura. Más recientemente, Raymond Carver, con su poesía reunida Todos nosotros, ha vendido, en algo más de un año, tres ediciones y Bartleby Editores está preparando la cuarta.


Citar a Juan Ramón, a Antonio Machado, a Cernuda, a Pablo Neruda, a Federico García Lorca, como poetas con un enorme bagaje de ediciones de sus libros, de antologías y poesías completas, sería un lugar común.


¿Cabe, hablando de poesía, establecer un paralelismo, en términos cualitativos, entre Edgar Lee Masters, Pepe Hierro, Blas de Otero, Fonollosa, Carver, Juan Ramón, Machado, Cernuda o Lorca y Antonio Gala? Nadie que tenga una brizna de sentido crítico (o de sensibilidad literaria) lo haría. Sólo cabría el paralelismo cuantitativo: todos venden o han vendido muchos ejemplares de sus libros. Venden poesía. Y mucho. Por eso, establecer como verdad universal (es malo aferrarse a verdades universales que tienen como punto de partida el gusto del lector o del crítico y, por ello, la más radical subjetividad) la afirmación de Felipe Benitez Reyes "la poesía no vende y, si vende, no es poesía" para poner en cuestión el valor de la obra de Billy Collins partiendo del hecho de que es un poeta "muy vendido en Estados Unidos" no parece un ejemplo de rigor analítico. Y lo es menos aún si procede de un poeta/crítico como Vicente Luis Mora que dio sobradas muestras de perspicacia y hondura en los ensayos de su libro Singularidades. Eso nos llevaría a afirmar que la poesía que no vende es, por definición, buena, y la que vende, es, también por definición, mala. Y eso no es verdad bajo ningún concepto. Es más, creo que Vicente Luis Mora, autor de una reseña sobre Lo malo de la poesía (en el último número de la revista Quimera) que parece un trámite (no muy alejada, en su planteamiento de fondo, de otra de Pablo García Casado en La tormenta en un vaso) sabe que no es verdad. Billy Collins ha vendido muchos libros en Estados Unidos, es cierto. Pero, a mi juicio, no es comparable con el "fenómeno Gala". Entre otras razones porque, creo, su conexión con el público tiene más que ver con las incertidumbres y angustias que respiran tras la vida cotidiana de una América autosatisfecha y frágil que con la autocomplacencia o el juego (aunque a veces lo aparente, del mismo modo que, por citar un ejemplo a vuelapluma, aparentaba jugar el Blas de Otero de Pido la paz y la palabra) al que se refiere Vicente Luis Mora. Ya quisiéramos, todos los escritores que de vez en cuando terminamos un poemario (o casi todos) vender los 40.000 ejemplares de Collins o de Cuaderno de Nueva York, de Hierro. Eso significará que nuestra poesía, sin hacer concesiones, ha conectado con un amplio segmento de lectores. Son otras las razones que hacen de la poesía un género minoritario. Tienen que ver con su escasa promoción, con la limitada atención de los grandes medios, también, por supuesto, con una sensibilidad lectora más educada para la narrativa. Pero del mismo modo que hay películas o novelas que son obras maestras que fueron escritas pensando en la "inmensa minoría" y, de pronto, concitan la atención y el seguimiento de millones de espectadores o lectores, hay poemarios que rompen la norma del elitismo, que se convierten en excepción. No "fenómenos Gala", sí "fenómenos Lee Masters". Y si Masters vendió 70 ediciones de su Spoon River en 15 años no lo achaquemos a la "facilidad". Pensemos (es lo que yo creo) que conectó con la sensibilidad colectiva de una América en crisis, marcada por las grandes convulsiones sociales que dieron lugar al crack del 29 y por sus consecuencias. Con poemas transparentes y hondos a la vez. Inteligentes y estremecedores. Irónicos y turbios. Todo a la vez pese a las apariencias.

Hasta aquí una primera reflexión sobre las ventas de Collins. Queda pendiente reflexionar sobre la calidad, sobre las supuestas "facilidades" que lastran (¿a partir de qué principios?) sus poemas. Pero por hoy ya he escrito bastante.

De unas tierras misteriosas y del misterio de un poeta

Ved la imagen que preside esta entrada. Es un retazo mínimo del paraje al que me enfrenté hace un par de días. Montañas cubiertas de bosques que se pierden en lontananza. Ni una sola construcción mancha un territorio que parece proceder de un sueño, en el que sólo la masa forestal, algunos pequeños espacios pelados y un cielo que la tarde y la intensidad de la luz emblanquecen le dan vida. No es un lugar perdido en cualquier valle pirenaico, ni en la montaña leonesa o en las extensas sierras pinariegas de la Soria más alta o del Burgos más norteño. Es Madrid: su norte escondido y afortunadamente olvidado. Este paraje, en el que el silencio juega con los ruidos ancestrales del viento y de las ramas, respira en mi último libro Por la sierra del agua y seguía respirando el pasado domingo allá en las cercanías de un pueblecito llamado Villavieja. Son los pinos de Villavieja. Un paisaje inverosímil a una hora de Madrid. Un lugar en el que a estas alturas del siglo todavía se pierden los caminantes, que, en su vertiente este, atraviesa una vía de ferrocarril medio abandonada y surcada de estaciones sin uso desde hace décadas que o bien se han convertido en superficies de hormigón y matorrales o mantienen huellas de su antigua prestancia en casetas muertas, en viejas casonas de arquitectura vagamente alpina en cuyo interior sólo hay basura, escombros, viejos muebles, tejas rotas.
En esa tierra, en mi convivencia de años con esos parajes, nació el misterio y la zozobra que quise plasmar en mi novela La mujer muerta. ¿Acaso es tan difícil imaginar, en medio de esa inmensa superficie arbolada, en en recodo de cualquiera de los muchos caminos medio borrados por el tiempo y la zarza que la surcan, la existencia de una aldea detenida en el tiempo, en los años cuarenta o cincuenta del pasado siglo?

Las tierras misteriosas están, a veces, cerca. Como el misterio de la literatura. Como el enigma de la poesía. Como esa pasión, difícilmente definible, que a uno lo lleva a descubrir, como director de una colección de poesía, un misterio en cada nuevo libro por el que apuesta. Y a observar, con sorpresa, cómo a veces la crítica, lejos de arañar en ese misterio, se enmaraña en la convención, en el lugar común, en la afirmación gratuita. Por supuesto, sin encontrar el misterio que el editor descubrió inicialmente en el libro. ¿Por qué? ¿Porque no existía o porque el crítico ha situado el libro en el lugar de la convención, ha partido del prejucio para descalificarlo? Pienso en Billy Collins y pienso en una crítica aparecida recientemente sobre Lo malo de la poesía que elude entrar en el nucleo que da sentido al libro (en el misterio del poema, tan desasosegador como el que respira en los bosques de la fotografía). Pero de eso hablaré (escribiré) quizá mañana. Con sosiego, sin prisas. Como la suma de convenciones que una visión pretendidamente vanguardista e innovadora, buscadora de un nuevo -y viejo- dogma, se merece.

viernes, 7 de septiembre de 2007

Enseñanzas de "Pelando la cebolla"

Ocupé buena parte de los días del pasado agosto a leer Pelando la cebolla, el controvertido libro de memorias (y de la memoria) de Günter Grass. Ha sido una experiencia apasionante, de las que dejan huella durante largo tiempo. No por lo que ha sido piedra de escándalo, su pertenencia a las Walfen SS cuando tenía diecisiete años, un hecho que, evaluado en su contexto, no me parece relevante. Sí lo es su ocultamiento a la opinión pública a lo largo de medio siglo, pero aún así hay razones muy poderosas, comenzando por la propia actitud progresista, de compromiso radicalmente democrático, de izquierdas, de Grass durante los años posteriores a la Guerra Mundial, para entender su silencio. Si ponemos en un lado de la balanza ese silencio y en otro su contribución a las causas de los menos favorecidos, a la lucha por la libertad en la propia Alemania y en numerosos países -comenzando por la España de la dictadura-, no es difícil inclinarla hacia este último.

Por eso, lo que más me ha interesado del libro de Grass ha sido el recorrido por su geografía íntima en el camino hacia la toma de conciencia artística, literaria, tras haber vivido, en la última fase de la guerra, situaciones límite, en las que la vida y su sentido último pendían de un hilo. Su inmersión en la pintura, su pasión primera por la poesía, su conocimiento y su acceso al Grupo 47, la gestación de sus primeros relatos, de El tambor de hojalata, su novela más poderosa, su vocación de escultor a medio camino entre el marmolista y esculpelápidas y el artista que busca un camino. Todo eso, narrado con eficacia y con un controlado fervor por el idioma (la traducción de Miguel Sáez es siempre una garantía), ofrece al lector un mundo interior enormemente rico y complejo. También los pasos iniciales de una vocación artística polifacética, llena de curiosidad por el mundo, inconforme, crítica, a la altura de lo que una Historia irrepetible en una Eruropa en construcción y que se recuperaba de una herida mortal, requería de los intelectuales.

También me ha llamado la atención un aspecto poco conocido de su trayectoria: su devoción por el existencialismo, por Alber Camus, por la pugna ideológico-teórico-literaria que con él mantuviera Jean Paul Sartre, por el mundo artístico, intelectual, que, en aquellos años cincuenta y primeros sesenta del pasado siglo, situaba a París y a la lengua francesa en la vanguardia de los movimientos culturales.

Pero Grass también muestra algo que en España, quizá por la deriva repetitiva y plana que asumió la mayor parte de la literatura social de aquella época, es casi imposible plantear. Especialmente en determinados círculos que, paradójicamente, se autodenominan progresistas. Grass narra cómo simultaneaba la construcción de sus novelas y relatos, la escritura de sus poemas con la redacción de discursos para leerlos en los mítines y encuentros electorales en defensa del SPD, del partido socialdémócrata, de Willy Brandt, de un modelo de desarrollo igualitario, con un fuerte componente social, de políticas públicas. para Alemania. Sin ningún complejo, con el pleno convencimiento de que ser ciudadano consciente forma parte, de manera natural e irrenunciable, de la condición de escritor. Es una opción voluntaria, una decisión íntima irreprochable, que en nada enturbia la calidad de sus textos de creación, una apuesta existencial, artística, vital que, frente a la cultura "antimilitancia política" de la que se hace gala con pasión (y, a veces, con un enfoque excluyente, empapado de intolerencia) en mentideros literarios fácilmente reconocibles de nuestro país.

Sólo los sectarios, los "apolíticos" que suelen justificar los desmanes de la derecha y convertir en imperdonables los errores de la izquierda para acabar poniendo en el poder a la derecha (que no es aséptica, que expresa intereses económicos y valores bien definidos), descalifican al escritor, al poeta, al narrador que se pronuncia políticamente y asume un compromiso explícito con los, digámoslo en palabras de Dostoievsky, "humillados y ofendidos".

Pelando la cebolla, es, en ese sentido, un alegato en contra de los sectarismos. Porque, ¿cuántas veces hemos escuchado a significativos representantes de nuestro mundo literario descalificar, por sus vínculos con la política o por su compromiso, a determinados colegas acusándoles de "obedecer consignas" (hecho más que discutible por otro lado) mientras guardaban un silencio clamoroso ante las consignas de facto que venían de poderosos grupos editoriales, ante la concesión de dotadísimos premios cuyo beneficiario se conocía con meses de antelación, ante la consigna, implícita o explícita, de centros de poder tan políticos o más que los partidos aunque ocultos o disfrazados de medio de comunicación, de sello editorial?

Una lectura que aconsejo a todos. Incluso a los que han hecho costumbre residir en la torre de cristal donde viven los que no quieren "mancharse" con la política. Abiertamente, claro. Porque nada vive o respira al margen de la política.

miércoles, 22 de agosto de 2007

¿Debe el poeta hacer crítica de poesía?

De seguir los preceptos del crítico embozado, el poeta debería abstenerse de hacer crítica de poesía. En caso de que no pueda evitarlo, debería evitar hacer crítica a poetas que son críticos en el diario en el que colabora. Y a libros publicados por la editorial en cuyo catálogo haya un poemario suyo. Y a libros de autores que son amigos cercanos, lejanos o mediopensionistas. Y, por seguir con el hilván, debería hacer lo propio en las revistas vinculadas a editoriales en las que o ha publicado o quiere publicar.

Tampoco debería el poeta dirigir una colección de poesía. Y, en caso de hacerlo, pelear con fervor y tenacidad para que los libros de la colección que dirige no sean reseñados en los diarios o revistas en las que colabora. Y evitar la edición de poemarios de poetas que ejercen la crítica en las citadas publicaciones.

En el fondo, el poeta que decida hacer crítica, siguiendo tales preceptos, debería publicarla en una revista que no lea nadie (o casi nadie), renunciar a los suplementos de los diarios como autor objeto de las reseñas de otros crítico, buscar, para la edición de sus poemas, sellos editoriales marginales o desconocidos (porque en los otros siempre hay autores que pueden ser objeto de reseña y, por tanto, de favor): es decir, ser un completo desconocido con obra desconocida. Así, nadie sospechará de complicidades, de intercambio de favores, de tráfico de influencias....

Es decir: un completo despropósito. Por dos razones: la primera, porque estoy convencido de que el mejor crítico de poesía es el poeta interesado en indagar y reflexionar sobre el acto de escritura, sobre el sentido (y los sentidos) del lenguaje poético. Uno de los mejores y más rigurosos críticos de la historia de la poesía universal ha sido T.S. Eliot: nadie cuestionó, jamás -salvo algún contemporáneo receloso y resentido- el hecho de que indagara y criticara en la obra de amigos, compañeros de generación o de editorial. Es más, su obra crítica, a través, sobre todo, de su Función de la poesía y función de la crítica es, hoy, un legado teórico y reflexivo incuestionable. Y, ¿qué decir de Luis Cernuda, o de Salinas o Guillén, o de Gabriel Ferraté, o de Carver, de Paz, de Vázquez Montalbán, de Martínez Sarrión, entre otros muchos poetas que han ejercido la crítica y la labor teórica sobre la poesía? En segundo lugar, porque la objetividad del crítico no tiene otra medida que el rigor con que se acerca al libro, a cualquier libro, comenzando por los que se publican en editoriales relevantes. Renunciar a la crítica a estos últimos sería, simplemente, una traición a los propios lectores. Y la efectividad de su crítica será mayor cuando ésta aparece en un diario de amplia tirada.

Por tanto, la independencia del crítico nada tiene que ver con la editorial en la que publique ni con los compañeros de tarea en el suplemento en que sus reseñas aparecen. Es evidente que se dan casos de vulneración del principio de independencia: pero no sólo en los diarios ni en el caso de editoriales de relieve: se da en revistas pequeñas y medianas, en relación con editoriales de provincias e institucionales, en relación con la pertenencia o no a grupos marginales o semimarginales, en relación con la presencia en el mundo universitario.... Es decir, puede darse en todos los ámbitos y siempre será inevitable que haya un porcentaje de "tráfico de influencias" o "intercambios de favores". Ahora bien, el que ese hecho exista, ¿debe llevar a un diario a prescindir de nombres de poetas o críticos ya reconocidos porque publican en editoriales importantes o porque "corren el riesgo" de tener que escribir crítica a poetas que son compañeros de suplemento cultural? Sería un despropósito. Sólo el crítico no poeta y, además, desconocido, tendría, según los principios del embozado, legitimidad para hacer crítica "con independencia". Claro, debería renunciar a publicar, algún día, en una editorial importante, a criticar a autores que publican en el diario aunque hayan escrito la "obra del siglo". Es decir: deberían mantenerse en la sombra de la mediocridad, en la penumbra del desconocimiento.

Si la historia de la poesía y de la teoría de y sobre poesía y crítica se hubiera basado en tales presupuestos, no hubieran llegado hasta nosotros los más perspicaces e incisivos acercamientos a la materia poética, comenzando por el arriba mencionado Eliot. Prejuzgar, de manera permanente, posibles influencias tras el contenido de una determinada crítica o buscar relaciones que lo invaliden es errar el tiro. Vayamos al texto, a lo que se dice en él y no al prejuicio. Porque hacer lo contrario revela algo parecido a ese refrán popular que dice: "mal cree el ladrón...".

miércoles, 27 de junio de 2007

Al calor de "La chica de ayer", renace un viejo diario.

Soy escéptico respecto a la periodicidad, en la historia, de determinados fenómenos. Por ejemplo, el de la recuperación, entre nostálgica y reivindicativa, de épocas anteriores. Un buen amigo me dijo no hace mucho que veinte años después de vivir directamente la experiencia personal y colectiva de un tramo de la Historia, ésta cobra la dimensión de lo mítico, se convierte en territorio de la nostalgia. Esta reflexión me ha venido de pronto, mientras escucho un programa cultural de una radio pública, respiro el aire fresco de la noche de junio que entra por la ventana abierta al jardín e intento corregir las galeradas de mi primera antología poética (novedad en octubre próximo: Monólogo del entreacto). Y me ha venido en un momento concreto: cuando en la radio ha sonado "La chica de ayer", la hermosa canción de Nacha Pop, un emblema no de mi generación, sino de la inmediatamente posterior.
"Me asomo a la ventana, eres la chica de ayer". Y me doy cuenta de que mi amigo tenía razón. La música, la letra quizá poco trascendente, me han devuelto noches de los ochenta, viejos sueños de un tiempo que yo no viví en el nucleo, en el ojo del huracán en que lo vivieron quienes nacieron en los sesenta. Han pasado veinte años y, como decía mi amigo, aquel tiempo se convierte en territorio mítico: aunque yo lo viví en la periferia de un Madrid hervidero y experimental, no por ello dejo de asumir la memoria de quienes lo gozaron al calor de una posmodernidad que dio en movida, que derivó en banco de pruebas del que saldría una música nueva, unas artes plásticas entre lo naif y lo moderno, una narrativa light de escasa huella, un cine urbano e irreverente, matriz de lo almodovariano y de la nueva mirada que la generación emergente proyectaba sobre el mundo.
No es mi memoria pero la hago mía. Es memoria heredada de los jóvenes nacidos en los sesenta (yo nací, perdonadme, en los primeros cincuenta) que asumo del mismo modo que asumí hace tiempo otra memoria no vivida: la de quienes habitaron, gozaron o sufrieron el París existencialista, la Europa en ruinas de la posguerra, el mundo en blanco y negro de Edith Piaff y sus desolaciones. Era la memoria de la juventud de mis mayores que, a través de la literatura, del cine, de las historias escuchadas, ha pasado a ser de mi propiedad.
Sí: en los ochenta, ese tiempo que en mi geografía más íntima asoma como una explosión de color y de irresponsabilidad, yo vivía otro mundo. Era la militancia política cruzándose, a grupas de una culpa oscura derivada del arrinconamiento de la poesía, con la visión de la realidad democrática que llenó los sueños de mi adolescencia. Era la periferia industrial a la que acudíamos a reunirnos para hablar de movilizaciones obreras, de alianzas con los movimientos ciudadanos, de cultura popular, de cine forum en parroquias. Era la falta de tiempo, la lectura en el autobús o en la madrugada de un acarreo enorme de textos de orígenes diversos: ensayos sobre urbanismo, libro rojo del cole, Ulises, novísimos tardíos, la historia de la burguesía de Hobsbawn, narradores españoles del cincuenta, novelistas de la berza o exquisitos novelistas experimentales, abanderados franceses de un nouveau roman ilegible salvo que se tratara de la Sarraute, La verdad sobre el caso Savolta o las innovadoras verdades del eurocomunismo, Berlinguer, Togliatti, Gramsci, Napolitano. Era el trabajo oscuro en una oficina bancaria al final de López de Hoyos. Era el amor intenso, recién estrenado y sin límite.... Y era (curiosamente habían pasado, como esta noche respecto a los ochenta, veinte años) añoranza de los años sesenta como luminoso lugar de una adolescencia crecida bajo la dictadura: primer Serrat, Raimon semiclandestino, curas obreros en mi barrio periférico, noticias de un exilio tabú, miedo en los ojos del padre y terror en los de una madre propensa al silencio y blanda para el llanto.

"Un día cualquiera no sabes que hora es
te acuestas a mi lado sin saber por qué.
Las calles mojadas te han visto crecer,
y tú en tu corazón estás llorando otra vez."

Nacha Pop, como Gabinete Caligari, como Duncan Dhu, como el Joaquín Sabina de La Mandrágora, han irrumpido en mi cuarto de trabajo para demostrarme la verdad que alienta tras la teoría de mi buen amigo. Una teoría frágil, es verdad, como todas las teorías. Pero que hoy vivo con la verdad más plena: con la que otorgan las emociones que me ha traído, a través de la radio, "La chica de ayer", la voz de hace veinte años.

Y con esa voz, llena de la ternura con que nos empapa lo que no ha de volver, se ha avivado la necesidad de recuperar un manuscrito que terminé, revisé y corregí hace un par de años: mis diarios de la década de los ochenta. Mi cuaderno de aprendizaje. Mi particular testimonio de un tiempo de mutaciones: escrito desde la lateralidad, desde mi condición de viajero procedente del Madrid menesteroso y humillado. Unos diarios que probablemente algún día publicaré. Mis días de los ochenta. Quizá no haya un título mejor. En fin...

martes, 19 de junio de 2007

La saña del crítico. Sobre "Metalingüísticos y sentimentales", de Marta Sanz.

José Luis García Martín se ha caracterizado por ser uno de los impulsores, desde comienzos de la década de los ochenta del pasado siglo, de la hegemonía figurativa. Sus antologías, sustentadas en una concepción excluyente de la poesía, marcaron una senda en la que convivieron y cooperaron opciones ideológicas en apariencia confrontadas -Martínez Mesanza y García Montero, De Cuenca y Javier Egea, por ejemplo- y en la que cualquier asomo de connivencia con la vanguardia, con una poesía menos "racionalista" o con una poesía abiertamente crítica, que se reclamara social, o política, eran condenadas al infierno de lo anacrónico, de lo inútil. Es la actitud del crítico militante que no sólo se muestra incapaz de descubrir cuánto hay de poesía en otras opciones estéticas (Claudio Rodríguez y Gil de Biedma tienen estéticas confrontadas, distantes, pero la calidad de sus propuestas son incuestionables. Lo mismo cabría de Juan Ramón y Machado, o de Blas de Otero y Rosales....), sino que se inquieta, se muestra belicoso e intolerante cuando sus presupuestos teóricos son cuestionados. Y si el cuestionamiento viene de una persona no procedente del mundillo (es decir, no maleada por las peleas entre familias, subfamilias, corrientes y subcorrientes, tan frecuentes en la poesía española), que intenta situarse en una posición lo más objetiva posible aun sabiendo que la objetividad absoluta es una quimera, su intolerancia, su falta de rigor en el análisis y su actitud rayana en el insulto y en el desprecio se convierten en paradigma de lo que no debe ser un crítico.
Viene esto a propósito de la antología que, en Biblioteca Nueva, acaba de publicar la narradora y profesora universitaria Marta Sanz. Una antología en la que recoge una muestra plural y amplia de la poesía escrita en España entre 1966 y el fin de siglo. Con ausencias, obviamente. Con presencias cuestionables (me pongo la venda antes que me salten el ojo: el que suscribe, el primero). Como en todas las antologías que en el mundo han sido. Pero la antología de Marta es toda una lección para profesores, antólogos profesionales (García Martín entre ellos) y poetas metidos a antólogos. Está trabajada a fondo, no rehuye ninguna de las incógnitas que se vienen planteando en nuestro panorama crítico y se desarrolla mediante una estructura absolutamente novedosa. Y, sobre todo, útil: para el lector avisado, para el no avisado y para el que quiere aprender. El prólogo, sensible con la pluralidad realmente existente en el período y bien trabado en el análisis de los vínculos que se establecen entre la evolución de nuestra sociedad y su manifestación poética, con afirmaciones discutibles (por supuesto) y con alguna omisión en cuanto a referencias biobibliográficas (Juan José Lanz me expresó, no hace mucho, su queja porque no es aludido en ningún momento) es complementado con un trabajo meticuloso en las notas a pie de página. Un trabajo que es reflexión sobre cada poema, contextualización del libro al que el poema pertenece, rastreo de los vínculos entre la obra del poeta antologado y las distintas estéticas, apunte de las influencias. Son notas de gran extensión, espléndidamente trabadas que, lejos de estorbar al lector (ya sabemos que a García Martín casi todo le estorba) le ayudan a tener una visión poliédrica, enriquecida, de cada poema.

Pues bien, el crítico asturiano, hace un par de semanas, descalificó en La Nueva España la antología sin más. Es decir: la enmendó a la totalidad. Cuestionó la estructura, cuestionó las notas al pie, el planteamiento del prólogo y, como colofón, cuestionó la selección de los 50 poetas. Para él sobran algunos nombres, que cita (entre ellos estoy yo, reitero) y faltan otros, que no cita. Nada de valorar el esfuerzo de sistematizar medio siglo de poesía española y de integrar, como parte de una panorámica compleja, a autores de distintas generaciones y de distintas propuestas de lenguaje. Para él, todo lo que no sea exclusión y apuesta totalizadora por lo figurativo no merece la pena ser publicado. Recuerdo que, hace nueve años, mantuvimos, en Las Palmas, un larga conversación sobre algunos nombres de la poesía española. Entonces, yo estaba preparando para Cátedra la edición crítica de dos poemarios de Manuel Vázquez Montalbán, Una educación sentimental y Praga, por lo que en un momento determinado le pregunté por su opinión acerca del poeta barcelonés. Dijo tan sólo una frase: "es un político... comunista". Después seguimos repasando el panorama poético y puse sobre la mesa el nombre de un muy conocido poeta militante y crítico: "es un ecologista". Tal fue su respuesta. Con ambas denominaciones, García Martín descalificaba a ambos autores como poetas y, de paso y seguramente de manera inadvertida para él mismo, se descalificaba como crítico.

Marta Sanz ha elaborado una antología necesaria. Ha trabajado a fondo. Y ha dado una lección de pedagogía, de capacidad analítica, de sistematización innovadora a todo un ejército de antologadores que nunca se han planteado romper con lo convencional. Pese al disgusto de José Luis García Martín.

martes, 12 de junio de 2007

Mi recorrido por la Feria del Libro

Fin de semana en la Feria del Libro de Madrid. Mejor dicho: domingo último de Feria. Recorrido por las casetas en busca de libros de poesía. Con la salvedad de dos o tres títulos, éstos se encuentran recluidos en las editoriales "ad hoc". Es muy difícil, por no decir imposible, encontrarlos en las casetas de las librerías y no menos difícil en las de las distribuidoras. Los best-sellers, la hegemonía de las novelas históricas o pseudohistóricas con trama entre policíaca y religiosa, casi siempre en escenarios medievales, vienen siendo la tónica. Ese hecho, que no hace sino prolongar una realidad que se ha hecho cotidiana, que prevalece a lo largo del año, en las grandes librerías y en los grandes almacenes, ha dominado también la Feria del Libro. Aunque casi todos los especialistas en analizar los ciclos que vive el mercado editorial lo achacan a puras razones comerciales, a la estela que dejó El código da Vinci, un inexplicable e inexplicado best seller internacional, creo que hay razones más profundas que, a la vez, son alentadas desde determinadas cúpulas editoriales (que son, en el fondo, parte del aparato de cultura que emite contenidos ideológicos en favor del pensamiento único): pienso en la extendida voluntad de evitar la literatura que nos confronte con nuestra realidad de hoy, que indague en las más hondas insatisfacciones del ser humano desde una perspectiva crítica y con una mirada atenta al mundo circundante. Nuestra novela, con excepciones muy contadas, pasa de puntillas por la experiencia cotidiana de amplias capas de la sociedad, deja de lado realidades históricas del presente que determinan actitudes, comportamientos, intenta refugiarse en una intimidad sin contexto o viajar a tiempos ancestrales, a lugares en los que la memoria no incomoda a nadie.

Con la poesía ocurre algo parecido: con una salvedad. Existe un grupo, más o menos homogéneo, que se ha presentado en sociedad (aunque la mayoría de sus componentes ya estaban presentes en nuestro escenario poético) con el marbete de Once poetas críticos, una de cuyas señas de identidad es la atención hacia el mundo desde una perspectiva poético-crítica. En él, hay magníficos poetas -hombres y mujeres, por supuesto-, pero, a la vez, predomina un acercamiento a la realidad social, política y económica que se aleja de la que se vive cotidianamente en nuestros pueblos y ciudades. Es una mirada que bebe en la marginalidad, proyectada desde el extremo y desde una lógica que si bien encuentra su sentido en el mundo no desarrollado, en sociedades como la nuestra se sitúa fuera del estado de conciencia medio de un amplísimo segmento de lectores, de gentes preocupadas por la cultura y, en menor grado, por la literatura y por la poesía. Por eso, apenas cala en la sociedad literaria (y separo los casos de propuestas estéticas tan supuestamente revolucionarias como herméticas). Y por eso, es difícil hablar de la existencia de una poesía crítica acorde con las exigencias del momento, con la realidad cotidiana que viven nuestros jóvenes, nuestros mayores, el ciudadano medio que no vive en barrios de chabolas, ni se mueve en lo marginal, que aspira a una sociedad más justa pero desconfía de ciertas derivas autoritarias, de ciertas actitudes comprensivas con prácticas terroristas, subyacentes en la propuesta de la poesía crítica a la que aludo.

Luchar como ciudadano por cambiar la sociedad, por invertir la tendencia dominante en la globalización, por garantizar los derechos sociales, políticos y económicos a todos los ciudadanos, no necesariamente pasa por la radicalidad más extrema. Ni tampoco pasa por la poesía. Aunque en ella se depositen las incertidumbres del ser humano frente a una realidad hostil (yo apuesto por ello y, en la medida en que puedo y "me sale", lo traslado a mi poesía). O somos conscientes de que su poder para cambiar las cosas, como ya dijera Manolo Vázquez Montalbán hace más de 35 años, no pasa del que tiene "un modesto tirachinas", o nos estaremos equivocando.

Es probable (y quizá diga una herejía, pero para eso están los blogs) que el ciudadano medio del siglo XXI, joven o mayor, tenga más motivos para reflexionar sobre su condición social, sobre las servidumbres que lo condicionan, sobre el imaginario de sociedad que quisiera construir a través de algunos poemas de Ángel González, de Blas de Otero, del Pepe Hierro de Agenda o del Vázquez Montalbán de Una educación sentimental -pese a haber sido escritos hace décadas- que mediante poemas escritos premeditadamente para agitar conciencias y desde un lugar -el extremo, la marginalidad- desde el que no es fácil reconocerse.

Hasta aquí mi meditación ante una Feria del Libro en despedida y tan poco propensa a dar protagonismo a la poesía como todas las ferias del libro que en el mundo han sido.

jueves, 31 de mayo de 2007

ANTE LA PERSEVERANCIA EN LA MENTIRA, IMPOSIBLE NO REPLICAR

Uno está tan tranquilo, dedicado a escribir, a hacer crítica en la medida en que puede, decide no responder a mentiras y otras infamias y, de pronto, alguien te llama y te dice que el contracrítico embozado insiste en mentir, injuriar e infamar. Entro en su blog (ése que asume el nombre de un crítico de cine norteamericano de los años de la caza de brujas -debe de ser por eso-) y me encuentro que el embozado corrige las entradas, matiza mentiras sin reconocerlas y persevera en mentir e insultar. Decido dejar un comentario exigiendo rectificaciones y no es posible. NO ES POSIBLE, LO QUE MUESTRA SU TALANTE DEMOCRÁTICO. Me cuidé de copiar en otro archivo mi texto y es el que sigue:
“Había decidido no contestar a las mentiras que aquí se publican y que me afectan directamente. Sin embargo, con este comentario hago una excepción a propósito de dos mentiras.
Una, publicada el 9 de mayo achacándome una amistad personal inexistente con Edgardo Dobry: la afirmación ha sido corregida de facto, eliminando en la entrada de ese día esa referencia. La honestidad más elemental requeriría que se hiciera público en el blog que era mentira lo publicado. No parece que esa honestidad exista.
Dos, una nueva mentira añadida ahora en la misma entrada: se me adjudica la condición de ideólogo del PSOE y de ZP y de Prisa (¿¿¿???) y la autoría de un blog llamado "El periodista incendiario" con el que nada tengo que ver salvo en la coincidencia de mi nombre y mi apellido. No hay más que entrar en el perfil de su autor y, en paralelo, leer, en la solapa de mis libros, mi biobibligrafía para darse cuenta de que somos dos pesonas radicalmente distintas. Además, no es mi estilo el que según parece domina ese blog. Mi blog es literario y crítco y se llama "AL MARGEN". Como de nada sirven exigencias de rectificación, me reservo el derecho para actuar legal y jurídicamente contra el blog del embustero anónimo por injurias y calumnias y por basar su información en la mentira permanente (al menos en lo que a mí me afecta). Fdo. MANUEL RICO".

lunes, 21 de mayo de 2007

Fin de semana con Raymond y Tess dentro de "Carver y yo"

"Diez meses antes de la muerte de Ray emprendimos con coraje una dura batalla, pero en mayo de 1988 supimos que la victoria no sería posible. Ray murió el 2 de agosto. Ese período de tiempo tuvimos que asumir que no saldríamos de aquello. Fue duro, muy duro. Pero, aunque resulte extraño, fue una de las fases más trascendentes de nuestra vida en común". Así comienza el texto "Sin final", uno de los trabajos de Tess Gallagher que forman parte del libro que este otoño editará Bartleby, Carver y yo, traducido, al igual que ocurriera con los libros de Ray Sin heroísmos, por favor y Todos nosotros, por el poeta asturiano Jaime Priede. Reproduzco el párrafo porque es quizá el resumen de lo que el libro contiene. Y porque es el que , de manera inequívoca, sirvió de anzuelo, el viernes pasado, para que dedicara buena parte del fin de semana a leer las primeras galeradas de este emocionante libro de Tess.

Carver y yo nos contiene a quienes hemos sentido esa mezcla de placer y dolor, de certeza e incertidumbre, de claridad y penumbra, que transmiten sus relatos y sus poemas. Es la indagación acerada, entre lo poético y lo sentimental, de Tess Gallagher en una experiencia amorosa que duró diez años pero que adquirió tonos de un emotivo lirismo, de una reflexión entre la desesperanza y la felicidad (una felicidad doliente) cuando a Ray le diagnosticaron el cáncer de pulmón que acabaría con su vida. A lo largo de esta semana he vivido largas horas al lado de Tess. Ha sido como prolongar la conversación que hace menos de un mes mantuvimos en una mesa de la en aquellos momentos solitaria cafetería de la Residencia de Estudiantes. Al leer las galeradas veía a Tess escuchando la opinión de Ray sobre sus poemas, tomando nota del viaje que realizaron juntos por Europa durante la primavera de 1987, evocando sus conversaciones sobre Chejov, o sobre la poesía de William Carlos Williams, o describiendo a un Raymond Carver viviendo entre la conmoción de un diagnóstico y la necesidad de afrontar la vida y la muerte sin desprenderse de la literatura, del relato, de la poesía.

En la lectura que he realizado estos dos días de Carver y yo, una lectura sin otra servidumbre que la del placer de la literatura de un sábado y de un domingo grises y lluviosos, he sorprendido en sus páginas una doble virtud: es la crónica de Tess -y, en parte, de Raymond Carver- sobre la zona de intersección en que la vida y la muerte conviven y dialogan. La mirada de la amante sobre el amado, sobre un amado que inevitablemente y en un plazo muy corto desaparecerá del mundo de los vivos. Con sus manías, con sus lecturas, con sus pasiones (Chejov, siempre Chejov), con sus miedos, con la permanente amenaza del alcohol abandonado una década antes, con su maniática aplicación a corregir poemas y relatos. Pero también es la reflexión de Tess Gallagher como poeta, como viuda entregada a recobrar el tiempo de Ray a través de sus poemas y, sobre todo, a recapacitar sobre el proceso de crecimiento del libro que escribió en ese tiempo doloroso y, según confiesa, feliz ("Me resulta duro hablar de aquellos días, decir que llegamos a ser felices. Y sí, lo fuimos. Sentíamos la felicidad como el brillo del sol en otra parte cuando la tierra está a oscuras", escribe Tess en el texto aludido al principio), en su hermosísimo y complejo libro El puente que cruza la luna (Bartleby, 2006).

La correspondencia entre Robert Altmann y Gallagher a propósito del rodaje de Vidas cruzadas, la película inspirada en 9 relatos de Ray, el diario del viaje por Europa que ella escribió, una honda conversación sobre Carver y el cine entre Robert Stewart, Altmann y Tess... Algunos artítulos y trabajos de la poeta sobre Ray y su mundo de amistades... Y las fotografías. Sí: las fotografías. El volumen contiene algunas fotografías que he visto por vez primera: Ray con Tess, Ray con Richard Ford, Ray vestido de smoking, Ray con su editor italiano. Fotografías en las que vemos a un Carver que, a veces, se oculta tras unas gafas oscuras como si huyera de la desolación; o que sonríe vagamente, como si observara en algún lugar no demasiado lejano el vuelo de la enfermedad o de la muerte.

Sé que no va a ser mi única lectura. Leer un libro en galeradas no es lo mismo que hacerlo una vez editado. Pero es una experiencia que aporta una extraña intimidad, la sensación de compartir con el autor (en este caso con Tess, la autora) su proceso creador: no olvidemos que el libro no será realidad hasta que, en septiembre, vea la luz. Y de sentir que, por unas horas, has formado parte de una familia que desapareció: la que Tess y Ray conformaron entre 1978 y el 2 de agosto de 1988. Dos escritores entregados al amor, a la literatura y a combatir la sombra del pasado alcoholico y devastador de uno de ellos.