miércoles, 5 de octubre de 2016

Entre Hitchcock y la "belle époque": hotel Belvedère de Rayon Vert

La fachada frontal del hotel
El pasado mes de febrero, en mi viaje a Collioure para impartir una conferencia sobre Antonio Machado y acompañado de E., recorrimos en tren el espacio que separa  el pueblo donde reposan los restos del poeta y Portbou, la localidad fronteriza donde vivió sus últimos días Walter Benjamin. Fue un viaje emocionante y de él quedaron algunas huellas fotográficas que pasaron, en algún caso, a las redes sociales, y en otros a mi particular catálogo de imágenes preferentes. Entre ellas, algunas fotografías de la estación “internacional”, del monumento, volcado sobre el mar, que con la denominación de "Memorial", el israelí Dani Karavan dedicó a Walter Benjamin y algunas perspectivas sobre la bahía y la playa de Portbou. Tras recorrer el pueblo, decidimos buscar un lugar donde comer en uno de los pueblos próximos. En razón del horario de trenes, optamos por trasladarnos a Cerbère, el municipio fronterizo por parte francesa.

Caminamos, por estrechas calles en las que se mezclaban viejos y nuevos edificios de dos plantas, hasta la playa y allí nos acomodamos en el único restaurante abierto aquel sábado de febrero: una pizzería mirando al mar en la que no había más de tres o cuatro comensales.

Crebère es un pueblecito de veraneo que, aquel día parecía en letargo a la espera de los días mejores de la primavera. Por eso, lo recorrimos con cierta premura. Había pocos edificios que nos interesaran…. hasta que, de vuelta a la estación, nos dimos cuenta de la presencia de un edificio volcado sobre las vías ferroviarias, en plena curva de salida de la estación, que tenía algo de fantasmal. Y de gótico y cinematográfico. Como una suerte de barco varado en la altura, con las ventanas y los balcones asomados a las vías, su frontal curvo, casi semicilíndrico, mostraba una fachada blanqueada no hacía mucho en la que podía leerse con dificultad “Belvedere”. El hotel, al que el arquitecto León Baille dio forma de paquebote inmenso, tiene algo de arquitectura híbrida entre los sueños de Dalí y la escenografía de Hitchcock en Psicosis y su visión, asomado, casi precipitado sobre la vía del ferrocarril, produce un efecto similar al de las pesadillas. Uno piensa en las ventanas de las habitaciones volcadas sobre las vías, sobre el tendido de la electrificación de los trenes y se explica difícilmente la razón por la que su promotor, Jean-Baptiste Deleón, decidió levantarlo en ese lugar. Cierto que al otro lado está el Mediterráneo, un mediterráneo hermoso y lleno de significados que se prolonga hacia Collioure, pero lo que produce inquietud, hasta cierto punto una sensación de incomodidad (imaginar a los inquilinos despertando a media noche con el sonido de los trenes o pensar en el dudoso atractivo del paisaje que aguardaba a quien se asomara a la ventana en cualquiera de las habitaciones que asoman a las vías no parece una experiencia agradable) es esa fachada trasera que parece desafiar al ferrocarril.

El hotel, construido en estilo art decó, se levantó entre los años 1928 y 1932 y fue un modelo de modernidad para la época. Tenía como función permitir a los viajeros que esperaban el cambio de ejes de los trenes que se dirigían al interior de Francia o a otros países de Europa pasar la noche en Cerbère, en las proximidades de la estación. Uno se pregunta si hubo alguna etapa en la que vivió lo que conocemos como "tiempos de esplendor". He consultado documentos diversos en el mundo complejo de Internet y ha llegado a una conclusión: vivió su edad de oro hasta nuestra Guerra Civil. El cierre de fonteras que se desencadenó con ese motivo hizo imposibles los viajes de España hacia Francia y viceversa, lo que llevó a vaciar de potenciales viajeros la estación y a vaciar el hotel. Después de la guerra estuvo abierto hasta 1983, pero sin que llegara a alcanzar en ningún momento el esplendor previo a 1936. En 1987, el ministerio de cultura de Francia lo declaró "monumento protegido" como legado arquitectónico a mantener para las siguientes generaciones. Sus espacios rehabitlitados son, al día de hoy, el comedor, la vieja sala de cine y el bar. Confiamos en que se acaben restaurando las pinturas murales que realizó José Zamora, un artista plástico nacido en Madrid en 1889 y muerto en Sitges en 1971 que estuvo alojado durante un tiempo en el hotel y a cuyos propietarios pagó la estancia con las propias pinturas.


Su visión, en el horizonte, como una aparición fantasmal, nos habla de un tiempo de sueños cosmopolitas, de lujos y hedonismo que quizá tuvo mucho que ver con los gozos y despreocupaciones del la "belle epóque", algo con lo que acabó la crisis económica del 29, que llegó de modo tardío a Europa, la Guerra Civil española y, por supuesto, la invasión nazi de Francia, que convirtió todo el espacio fronterizo con España en un inmenso campo de concentración que acogería, entre otros muchos, el éxodo y la muerte de Antonio Machado y de Walter Benjamin. Hoy, el hotel Belvedere aloja anualmente, en el escenario "a la italiana" de su salón de actos y desde 2005, un encuentro anual sobre cine en el que por unos días vive el reflejo de los antiguos esplendores. En tanto encuentra otro destino, seguirá ahí aguardando la reacción de otros viajeros que, como el que suscribe, se sientan entre asombrados y cautivos por ese barco de hormigón que parece irrumpir del horizonte mediterráneo para volcarse, como un guardián de otros tiempos, sobre las vías de un ferrocarril que enlaza Cerbère con Europa al norte, con España al Sur, como una realidad soñada o como una arquitectura imposible surgida de una pesadilla.


jueves, 25 de agosto de 2016

Sobre crítica, narrativa y literatura, a propósito de "Un extraño viajero". Entrevista de Herme Cerezo.

La entrevista que se reproduce a continuación apareció el 22 de junio de 2016 en el Diario Siglo XXI bajo el título "El franquismo tuvo tiempo de borrar su pasado". Su autor es HERME CEREZO. La rescato para Al margen porque es, quizá, la que refleja más fielmente mi visión de la novela y mi concepción de la literatura. 

Una noche de invierno llega un extraño viajero a un hotel rural de la Sierra de Madrid, Aunque carece de documentación, Lucía Olmedo, la propietaria, decide alojarlo. El recién llegado le inspira tanto desasosiego como curiosidad, pero pronto comparten un fugaz encuentro amoroso. Al poco tiempo el hombre desaparece, dejándole una escueta nota, el recibo de un laboratorio de revelado y sesenta dólares. Cuando Lucía trata de recoger el encargo, descubre que el recibo tiene más de medio siglo de antigüedad. Es solo el principio de una inquietante investigación.

A mitad de camino entre la novela histórica y el relato fantástico, Manuel Rico se sirve de una historia de amor para profundizar en un tema que le interesa particularmente: la memoria histórica más reciente. Descabalados los ejes espaciotemporales, por la novela navegan los campos de trabajo del franquismo y surgen espectros como el del escritor Humphrey Slater, un personaje real que se esfumó en el aire, bajo extrañas circunstancias, en el año 1958. Nunca se ha vuelto a saber nada de él. 


Manuel, a lo largo de tu carrera literaria has alternado poesía y novela, periodismo y crítica literaria, con incursiones en libros de viajes y ensayos, ¿escribir registros tan diversos es necesario para todo autor que se precie o hay que considerarlo como un reto?

Todo eso forma parte de mi manera de acercarme a la literatura. Soy muy curioso, empecé escribiendo poesía y, de modo natural, la novela se me planteó como una forma de desarrollar algunas de las obsesiones de mis poemas. Yo he sentido un enorme interés por descubrir los resortes que convierten en única la poesía de ciertos autores, como Lorca o Ángel González, y eso me llevó a acercarme a la crítica hasta tal punto que se ha convertido en mi forma de entender por qué escribo poesía. El ensayo es el colofón de la crítica, porque es un intento de sistematizar mi forma de ejercerla.

Y ¿qué es para ti la escritura?

Comencé a escribir cuando constaté que mi padre, mi madre y los paisajes de mi infancia, donde fui feliz, iban a desaparecer algún día. La escritura es una forma de conservar aquellos paisajes, de detener el tiempo, de recuperar la memoria y de enfrentarse, aunque sea artificiosamente, a la muerte.

¿Para qué le sirve a Manuel Rico ganar un premio como el de Novela Ciudad de Logroño?

Ganar un premio te proporciona la posibilidad de acercarte a más lectores. En el caso de un escritor como yo, a cuyos libros accede el lector ya iniciado, un premio de estas características y una colección como la de Algaida, en la que se incluye, permite que llegues a cualquier tipo de público. Por supuesto, también son importantes el reconocimiento de los colegas del jurado y el importe económico.

Han definido Un extraño viajero como novela histórica, con tintes de género negro y fantástico a la vez.

Sí, eso son muletillas que utilizan las editoriales. Yo solo he pretendido escribir literatura, una historia que se mueve en el presente, pero que abre ventanas al pasado, y que está elaborada de tal modo que su estructura, a través de determinados recursos técnicos, permita atrapar al lector y conducirlo al desenlace final. Es verdad que está inmersa en un escenario histórico y que hay en ella un cierto aspecto fantástico, porque juego con el tiempo y, a veces, el lector duda del espacio por el que transitan algunos personajes.

Parece ser que la contemplación de un hotel de las afueras de Madrid disparó tu imaginación para escribirla. ¿Cuántas historias se cuecen y esconden en las habitaciones de un hotel?

Un hotel es una especie de burbuja, un lugar donde, en parte, el tiempo deja de existir. Tengo un poema titulado ‘De paso’ en el que cuento como, en ocasiones, necesitas disfrutar de unas horas para pasear por una ciudad de incógnito. En este sentido, los hoteles tienen algo de cápsula, de espacio de tránsito donde pueden ocurrir multitud de cosas, porque allí se da cita gente de muchos lugares. La novela empieza así porque yo guardaba, desde hace bastante tiempo, la imagen de un viajero, Salko Hamzic, que llega en invierno a un hotel donde le atiende una mujer, Lucía. De ahí nació esta historia de amor, que ya sabía que no culminaría porque él se marcharía y ella habría de ir en su búsqueda. En esta búsqueda tropezaría con una historia insospechada, como es la de los campos de trabajo en la España de Franco.

Para narrar has manejado el tiempo pasado y el presente, ¿el lector, a través de las indagaciones de Lucía, asiste a la construcción de la novela o ella le sirve solo como la cámara de cine que guía al lector durante su lectura?

Lucía es el sujeto de la narración, contada en tercera persona, aunque me meto en su mente muchas veces y recojo sus pensamientos. De alguna forma, ella va abriendo las puertas para desarrollar la novela, pero no la he utilizado conscientemente para eso. Detrás de todo hay una gran obra de cocina, como dicen ahora, aunque a la hora de leerla dé la impresión de que sí que es ella la que enseña todo lo que se cuenta.

En la novela aparece el escritor Humphrey Slater, un personaje real, que participó en la Guerra Civil y desapareció en España en la década de los años cincuenta.

Dicen que murió pero no se pudo comprobar. Es un personaje fascinante, que llegó a publicar tres novelas y cuatro ensayos, fue director de una película, muy exitosa, y tomó parte en la Guerra Civil como miembro de las Brigadas Internacionales. Fue comunista, pero más tarde, decepcionado, se transformó y trabajó en algunas instituciones democráticas, porque estaba en contra de la Europa del Este. Después regresó a España y se desvaneció en 1958, aunque se sabe que estuvo alojado en el Hotel Ritz de Madrid antes de desaparecer.

¿No lo eliminaría el servicio secreto del régimen por algún motivo que ignoramos?

La hipótesis que planteo en la novela es ésa, pero también dejo una zona de ambigüedad, porque él trabó amistad con un fotógrafo que estuvo en España al mismo tiempo que él. Coincide también su desaparición con los años en que se terminó la presa de Riosequillo, pero nadie puede demostrar a ciencia cierta que siguiera vivo y que más tarde fuera asesinado por un comando franquista.


No conocemos demasiada literatura sobre la Posguerra, ¿no?

Creo que la Guerra Civil sí es un motivo narrativo importante, no solo para escritores españoles sino también para extranjeros, porque desde Hemingway y Humphrey Slater, que sale en mi novela, hasta cantautores como Bob Dylan o Pete Seeger, se han ocupado de ella. Sin embargo y aunque en realidad no sabría explicar el motivo muy bien, la posguerra es una etapa larga y resulta un momento incómodo para trabajar, porque en contra de lo que sucede con otros periodos históricos, aquí no basta con leer libros de Historia, hay que recurrir a otro tipo de fuentes, como los testimonios orales directos que escasean. Quizá sea más difícil escribir sobre la posguerra porque, al contrario de lo que les ocurrió a los nazis, el franquismo sí tuvo tiempo suficiente para borrar pruebas de sus atrocidades.
Sí, el franquismo tuvo tiempo de borrar su pasado, mientras que a los nazis y a los fascistas no les sucedió eso, porque llegaron los aliados y liberaron a los prisioneros directamente. Durante el franquismo hubo ciento veinte campos de concentración con varios miles de presos. A lo largo de la década de los sesenta y primeros años de los setenta, los fueron cerrando y destruyendo sus vestigios. El campo que aparece en Un extraño viajero se encontraba junto a  Buitrago, donde ahora se leanta la presa de Riosequillo, albergaba a unos cien prisioneros y no queda ni el más mínimo rastro de su existencia. Nadie de los que van por allí pueden imaginar que aquel embalse fue levantado por presos políticos, mano de obra esclava a la que se pagaba una peseta al día. Al interés de Franco por ocultar aquella realidad, se sumó la voluntad de la propia gente que quería olvidar, enterrar su pasado y lavar su imagen. A todo eso, tenemos que añadir la existencia en nuestro país de una derecha que todavía no ha condenado el franquismo. Por lo tanto, bajo este planteamiento, es absolutamente normal de que en Riosequillo no haya ninguna placa conmemorativa de aquella triste página de nuestra historia.

El contenido de la novela cae de lleno en lo que denominamos memoria histórica, una temática que no es nueva en tu escritura.

Efectivamente, la reivindicación de la memoria histórica se encuentra en todas mis novelas y en buena parte de mi poesía. Considero que la literatura es una recuperación del pasado colectivo. Sin obras como las de Primo Levi, de Imre Kertész o de Jorge Semprún sobre los campos de concentración, seguramente nuestro conocimiento de esta materia sería muy limitado. Creo que la literatura puede entrar en el corazón de las personas, algo que un ensayo no alcanza, y contarte la vida de un hombre de veinticinco años, carpintero, que, de repente y por ser republicano, va a la cárcel y luego a un campo de trabajo, con una dieta de hambre, ignorando cuánto tiempo va a pasar allí. Y de esto trata la historia de ese hombre que llega solo al hotel una tarde de invierno, que se esfuma dejando el resguardo de una casa de revelado de muchos años atrás, cuyas fotografías contienen imágenes que escasean, las de la vida cotidiana en los campos de trabajo del franquismo.

Acabamos por hoy. ¿En qué rincón de la novela estás tú?

En Lucía Olmedo, en Slater, en todos un poquito y también en la voz narrativa. Muchos de mis fantasmas desfilan por ahí. De repente, aparece el barrio de la Concepción, donde yo fui niño, o los paisajes de la Sierra del Norte de Madrid, que también tienen mucho que ver con mi infancia y la relación con mi padre, con quien recorría aquellas tierras. En todo eso estoy yo.

martes, 22 de marzo de 2016

Blas de Otero, el poeta ausente en Puerto Rico

Blas de Otero, en Granada, en 1976. Homenaje a Federico
No es fácil entender la ausencia de la poesía y del poeta Blas de Otero en el Congreso de la Lengua celebrado en Puerto Rico. Se dirá que no tuvo relación con ese país o que la poesía en castellano ya estaba representada en las voces de los españoles Juan Ramón y de Pedro Salinas y de los latinoamericanos Rubén Darío y Luis Palés Matos (Puerto Rico, 1898–1959), a los que se ha rendido homenaje. Hace sólo unos días, el 15 de marzo, se cumplió un siglo de su nacimiento y, salvo algunas referencias puntuales y el esfuerzo de algún suplemento literario, la conmemoración está pasando inadvertida. Por eso, el silencio en que ha quedado en el Congreso de Puerto Rico aunque probablemente se deba al olvido o a las consabidas razones de agenda, tiene algo de hiriente. No sólo para él y su lírica, sino para la memoria de una poesía  escrita en los difíciles años cincuenta y sesenta, protagonizada por poetas que vivieron la Guerra Civil en su juventud y que después, bajo el franquismo, abrieron, con su escritura, ventanas a la libertad desafiando a un sistema que mantenía en silencio al país y respondía a cualquier reivindicación democrática con la represión, la cárcel, el exilio.
“En tiempos en que Blas de Otero tenía enormes dificultades para publicar en España sus libros íntegros, fue la Universidad de Puerto Rico quien salió en su ayuda”.
Se da, además, la circunstancia, que relata Sabina de la Cruz en el prólogo a su Obra completa (Galaxia Gutenberg, 2013) de que en tiempos en que el poeta bilbaíno tenía enormes dificultades para publicar en España sus libros íntegros, fue la Universidad de Puerto Rico, en su colección Río Pedras, quien salió en su ayuda. Las cosas discurrieron así: cuando concluyó el libro Que trata de España en 1962, la censura de Franco lo retuvo durante un año. Al cabo de ese tiempo, le suprimieron al menos un tercio de los poemas para su edición. Fue la citada universidad la institución que, al año siguiente, le permitió publicar, como parte de su antología Esto no es un libro (1963) todos los poemas censurados. Una iniciativa valiente y necesaria puesto que Que trata de España tendría que esperar a 1977, en los albores de la democracia, para ser publicado en nuestro país en su versión completa. Algo parecido ocurrió, por cierto, con En castellano, que se publicó en España, por vez primera, en ese mismo año. Su poesía, se había afilado, había cobrado un tono conversacional, directo, intenso y difícil, insoportable para el Régimen, y en ambos libros estaba la matriz de los nuevos horizontes de lenguaje que el poeta frecuentaría en los últimos años de su vida..   

Esa poesía, la poesía de corte más civil y comprometido, la que no forma parte de la nómina o del canon, más que asentados, de la Generación del 27, no ha ocupado todavía el lugar que merece en los Congresos de la Lengua que promueven las Academias en colaboración con el Instituto Cervantes.  En 2011 se cumplió el centenario de Gabriel Celaya y ocurrió, con las conmemoraciones oficiales, algo parecido.  ¿Es cuestión de tiempo? ¿De que no hay una distancia suficiente desde su muerte? No lo parece. Blas de Otero no contó con uno solo de los premios institucionales a toda una vida (ni el Nacional de las Letras ni el Cervantes) y Gabriel Celaya recibió el primero de ellos en 1986 casi de modo vergonzante y cuando se hizo público que la situación económica en la que vivía rozaba lo miserable (murió en 1991).
   
Se puede argüir, en el caso de Blas de Otero, que, no hubo tiempo, que murió demasiado pronto, cuando la democracia española comenzaba a andar y que el reconocimiento le hubiera venido después. Pero no: han sido muchas las oportunidades para, una vez fallecido, situar su obra, en el ámbito de la lengua española, en el lugar que le corresponde. Sólo la iniciativa de Sabina de la Cruz  y de Mario Hernández y la tenaz y rigurosa preocupación del crítico y profesor Juan José Lanz (junto a otros expertos como Pablo Jauralde, Araceli Iravedra o José Olivio Jiménez) han mantenido su nombre y su obra en el ámbito de las producciones poéticas más poderosas y exigentes que ha dado la literatura española en la segunda mitad del siglo XX.

En estos días he releído su poesía, he frecuentado la portentosa e inagotable edición en Galaxia Gutenberg de toda su obra, y he podido comprobar qué lejos está Blas de Otero de las convenciones que pretenden situarlo en el rincón de los poetas sociales (era comunista) y alejarlo de lo que, en el fondo, fue su compromiso esencial: con la lengua, con la palabra poética, con sus capacidades semánticas y con sus vínculos entre lengua y existencia cotidiana. Es cierto que libros como Ancia o En castellano, o Pido la paz y la palabra, son ya libros clásicos, que están presentes en las colecciones de bolsillo dedicadas a autores canónicos, pero también lo es que quizá donde se puede advertir su trabajo cotidiano con el idioma, su concepción de la poesía y la solidez de una cultura literaria mucho más diversificada y poliédrica de lo que las convenciones nos dejan imaginar, es en sus últimos libros y en no pocos inéditos que aparecen en la parte final de la Obra completa. El poeta que bordeaba el alegato en textos como “A la inmensa mayoría” o “Y el verso se hizo hombre” (“escribo a gritos, digo cosas fuertes / y se entera hasta dios”), adelgazaba el verso hasta lo esencial evocando su paso por pueblos y ciudades o se embargaba de delicadeza y lirismo al recobrar destellos de la infancia o cantar al amor o a la música.

En Hojas de Madrid con La galerna, en no pocos inéditos, está su taller, está su memoria y está un entendimiento de la poesía de una modernidad apabullante: anticipos de esa concepción los tenemos en Pido la paz y la palabra, también en En castellano y de ellos aprendieron algunos poetas del cincuenta (Ángel González y Gil de Biedma, José Agustín Goytisolo y Carlos Sahagún) y, por derivación, algo quedó en las poéticas posteriores aunque se haya teorizado poco, o casi nada, sobre ello. No en vano, escuché a Pepe Hierro más de una vez decir, “de entre nosotros, Blas era el mejor”. Todavía recuerdo el homenaje que se le rindió, el 19 de julio de 1979, en la Plaza de Toros de Las Ventas, pocos días después de su muerte: un foto abarrotado por cerca de cuarenta mil personas vibró con sus poemas y nos trasladó el espejismo de que podía haberse hecho realidad la "inmensa mayoría" a la que siempre quiso dirigir sus versos nuestro poeta. Había muerto en Majadahonda, a donde se trasladó para curar su pecho enfermo. En la última década había escrito con lucidez no sólo poemas, también las memorias rotas de Historia (casi) de mi vida y parte de las prosas de Historias fingidas y verdaderas. Antes de Majadahonda, el lugar de su escritura fue su modesto "apartamento frailuisiano" del Barrio Blanco de Madrid, muy cerca del barrio de la Concepción y de los escenarios donde discurrió mi infancia.En la única casa que pudo considerar suya. Blas de Otero vivió el barrio y su cotidianidad, vivió sus depresiones y escribió con la serenidad que le otorgó saberse parte de un cambio político inevitalbe. 

Una vez más, las instituciones que velan por nuestro idioma y por la creación literaria, han olvidado en un Congreso de la Lengua a uno de los grandes. La circunstancia que une a Blas de Otero con posiciones comunistas durante gran parte de su vida quizá vele, a los ojos de quienes confunden a veces su labor de conservación de la lengua con el conservadurismo político, la calidad de una poesía exigente, engañosamente sencilla y directa, construida sobre un andamiaje exigente, difícil, impregnado de una sabiduría y de una intuición poco frecuentes en nuestra lírica del último siglo. Sí: en su centenario, el poeta bilbaíno hubiera merecido un lugar en el homenaje a la poesía que ha celebrado el Congreso de Puerto Rico.

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Textos de Manuel Rico sobre Blas de Otero: "La serenidad lúcida de Blas de Otero". El País. / Al margen: "Dos lecturas del libro inédito de Blas de Otero"  / Babelia: "Blas de Otero y su libro inédito"

martes, 2 de febrero de 2016

La trastienda y la sabiduría de Javier Egea en su "Taller del autor"

“Ante todo os doy las gracias por haber venido. Me llamo Francisco Javier Egea Martínez. He nacido en Granada y tengo dieciséis año. Durante el corto tiempo que me vengo llamando poeta he escrito mucho, aunque los últimos poemas que tienen valor para mí son estos últimos, estos que ahora escucharéis, ya que intentan dar y conseguir algo”. Este es el comienzo de la primera prosa recuperada de Javier Egea que se incluye en el libro Taller de autor, que hace un par de meses puso Bartleby en librerías. Es el primer volumen de su prosa y el tercero de la obra completa que desde 2012 viene publicando esa editorial tras la poesía ya editada del primero y los poemas sueltos e inéditos del segundo. La edición, como en la poesía, corre a cargo de Pío Alcántara y Juan Antonio Hernández, que ponen a disposición del lector un auténtico aparato de anotaciones y referencias de una enorme utilidad. Lamentablemente, debido a razones ajenas a Bartleby, será el penúltimo puesto que el proyecto se quedará interrumpido cuando aparezca el segundo tomo de prosas. El broche de cierre, los Diarios, quedarán varados en ese extenso mar de los libros inéditos.

Taller del autor es un fascinante recorrido por los fantasmas literarios, humanos, sociales y políticos del poeta Javier Egea. Este primer tomo se divide en dos grandes bloques: "Artículos y recitales" y "Prosa narrativa". El siguiente acogerá sus cartas, las entrevistas que le hicieron y sus "Cuadernos y carpetas". Podemos decir que el conjunto de los dos volúmenes componen un verdadero libro mosaico de época. En lo que se refiere al que acaba de ser publicado yo añadiría que cualquier lector puede acceder guiado por un doble aliciente: acceder a la cocina del autor, a su taller, y recorrer, a través de su mirada y de su experiencia “en tiempo real”, una época decisiva para nuestro país y su evolución política (desde los últimos años de la dictadura a la década de los noventa) y para la evolución de la poesía española del último cuarto del siglo XX. 

Aquel tiempo está lleno de la Granada que va de la clandestinidad a la legalidad, que entrelaza política, vivencia y poesía, que se llena de bares, de paseos y de madrugadas. La ciudad y sus ambientes, entre 1969 y 1999, se reflejan en la actividad literaria y poética que Egea protagonizó. Su opinión sobre Albert Camus, su relación con escritores coetáneos como Eduardo Castro, sus palabras de recepción del premio Juan Ramón Jiménez por Paseo de los tristes, sus introducciones a recitales propios y a recitales en los que pone voz a poetas como Federico, Miguel Hernández, César Vallejo, Bertolt Brecht, sus reflexiones, breves pero no por ello de menor interés, sobre el Alberti de las "Coplas de Juan Panadero", sobre Memoria de la melancolía, las evocaciones de María Teresa León, sobre el tanto, sobre el legado teórico de Juan Carlos Rodríguez son, junto a otros trabajos (esquemas de lecturas, apuntes sobre y de El Quijote, etc...), indicadores de las preocupaciones éticas y estéticas de nuestro poeta que llenan la primera parte, "Artículos y recitales", del libro. 

Me parece necesario destacar dos textos de esa primera parte: de una parte, el titulado "Mis lugares lorquianos: un laberinto de coincidencias" compuesto de tres acercamientos, entre los descriptivo y lo evocador, a rincones de Granada llenos de significado: Fuentevaqueros, la Huerta de San Vicente y Viznar; de otra, "Memoria explicativa del proyecto para un libro de poesía titulado Raro de luna" . Este último presenta un interés adicional: en él advertimos el cambio de fondo que, en sus últimos años de vida, Quisquete empezó a imprimir a su poesía. Y lo advertimos en el plano de la consciencia, de la premeditación y del soporte teórico: "Se trata de un libro --escribe Egea-- de ambiente sonámbulo, de un surrealismo muy controlado, concebido como un viaje de despedida por el mundo de las dependencias personales". Es evidente que el poeta granadino había comenzado a despedirse de la apuesta figurativa de libros anteriores y se aprestaba a profundizar en las líneas irracionalistas apuntadas en Troppo mare.


Javier Egea con Juan de Loxa en los años 70
Quizá lo más sorprendente e imaginativo de Taller del autor sea su prosa narrativa. Cuentos, sueños cargados de iluminaciones, también de zonas oscuras y de retazos procedentes de la realidad, tentativas de relatos (sólo uno de ellos se nos da terminado, "El chino del panteón") y de juegos argumentales y verbales ("Spain es diferente") dan cuenta de una vocación poliédrica que probablemente, en el ámbito de la narrativa, hubiera madurado de no ser por su prematura muerte.

Cuando uno se acerca al mundo de Egea, sobre todo cuando lo haces a través de la mirada de amigos que con él convivieron y que no han salido de Granada en las últimas décadas, se da cuenta del enorme peso específico que tuvo en esa zona a veces indefinible en que se funde la trastienda de la noche de la ciudad, con us bares, sus tertulias, sus proyectos colectivos, sus recitales, su pequeña bohemia, y el empeño renovador de la literatura que sus inquilinos protagonizaron. La memoria de Egea está viva, divide al mundo literario de esa ciudad y cualquier actividad cultural en la que su obra o su memoria  aparezcan como protagonistas genera expectativas que no provoca ningún otro escritor. He tenido la fortuna de presentar en Granada tres libros suyos: pues bien, es las tres presentaciones (los dos volúmenes de poesía y este primero de prosas), quienes protagonizaron la decisiva etapa del nacimiento de la "Otra sentimentalidad" en los ya lejanos ochenta han sido los grandes ausentes: ni Luis García Montero, ni Álvaro Salvador. compañeros del manifiesto iniciático,  han estado presentes. Sí participaron en cierta polémica en algunos medios, pero hubiera sido bueno que esa polémica se hubiera llevado a cabo con una mesa por medio, en público y sin los lastres de una tensión que hoy carece de sentido.. ¿Ha llegado el momento de dialogar desde la discrepancia? ¿No es posible confrontar dialécticamente las dos miradas que he venido advirtiendo sobre el sustrato ideológico-poético de su obra?  No ha sido posible hacerlo alrededor de este primer tomo de Taller del autor. Confiemos en lograrlo cuando, a la vuelta de un año, se publique el segundo. Sería una muy buena noticia.