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martes, 8 de octubre de 2013

Algunos de mis recuerdos del Manolo Vázquez Montalbán poeta, diez años después


Aquella mañana acompañé a mi hijo a su partido de baloncesto. Tenía trece años, jugaba en el equipo del instituto y tocaba partido de liga en el polideportivo de un colegio del barrio super elitista de La Moraleja. Era el 18 de octubre de 2003. A mitad de partido, recibí una llamada de El País para pedirme un artículo sobre la muerte de Manolo. En aquel instante supe que hacía algunas horas, en la soledad de multitudes del aeropuerto de Bangkok, tal y como lo intuyera el propio Manolo más de dos décadas antes en un breve poema de Pero el viajero que huye ("el extranjero que espera vida o muerte / ignorado en un lugar de Asia"), el entrañable amigo con el que había compartido conversaciones sobre literatura llenas de matices, complejidades y alguna que otra certeza, había muerto. En aquel instante, el partido de baloncesto de mi hijo se convirtió en un trámite a pasar cuanto antes para volver a casa y meterme en mi cuarto de trabajo para escribir el artículo que me pedían el diario El País y una conciencia traspasada por un dolor hondo. Un dolor que se hacía aún más profundo si tenía en cuenta que en los últimos dos años nuestra amistad, tejida alrededor de la poesía, esa materia por la que tan pocas veces era citado, se había fortalecido gracias a puntuales encuentros y a numerosas conversaciones telefónicas: en ese tiempo había estado con él en Barcelona con motivo de la presentación de mi ensayo sobre su poesía,  Memoria, deseo y compasión (Mondadori, 2001) nos habíamos visto en Madrid a lo largo de 2002 y 2003 con motivo de algunos de sus muchos viajes, y aquella primavera me envió, pidiéndome opinión, el mecanoscrito (vaya palabro) de un libro inédito (sólo había sido publicado en una edición para bibliófilos acompañando una exposición de Benet Rossell) Teoría de la almendra de Proust. Pero lo más doloroso, con todo, fue que tres o cuatro días después de aquel domingo, tras su vuelta de las Antípodas (en Bangkok hacía escala de regreso de Sidney) íbamos a compartir la presentación de un libro editado por Bartleby que él prologaba: Por vivir aquí, una antología de poetas catalanes que, como él, escribían en castellano. La presentación, en la Casa del Libro de Barcelona, se convirtió en un homenaje a Manolo y todos los poetas presentes (de Eduardo Moga a Sergio Gaspar pasando por Concha García, José Ángel Cilleruelo o Jordi Virallonga) leyeron un poema en su honor o hicieron referencia a los recuerdos que de él guardaban.

El pasado domingo, en El País Semanal, Josep Ramoneda escribió un largo y cariñoso artículo recordando a Manolo. En él se refería a su condición de novelista, de articulista y de militante de izquierdas. Sin embargo, como tantas veces ocurrió a lo largo de su vida, no aparecía una sola mención a su poesía o a su condición de poeta. No es difícil entender las causas, sobre todo tratándose de un escritor cuya obra en prosa tuvo un apabullante éxito de ventas y de crítica y al que cada lunes casi todos los lectores críticos de este país aguardábamos en la última página del país para saborear su columna: esa actividad, certera y prolífica, ocultaba la más íntima y reconcentrada, la poesía.


Portada última edición Poesía completa
Nuestra relación se inició en 1994, cuando me puse en contacto con él (creo que fue mediante una llamada telefónica) para comunicarle que había comenzado lo que habría de ser un ensayo sobre el conjunto de su obra poética y que eso me exigiría hablar largo y tendido con él sobre sus libros, sobre su concepción del hecho poético y sobre la relación entre su poesía y los otros géneros que cultivaba, especialmente con la narrativa. Me citó, un día de otoño de aquel 1994 en el que Felipe González sobrepasaba el ecuador de la que habría de ser su última legislatura y estallaba el caso GAL, en el Palace, hotel en el que se alojaba en sus visitas a Madrid, sobre todo a partir del premio Planeta. Aunque le había conocido en Madrid cinco o seis años antes, en un almuerzo con otros escritores en el que se homenajeaba al general portugués Vasco Gonçalvez, uno de los líderes de la revolución de los claveles, sólo en aquel momento tuve una idea cabal de la talla moral y literaria de Manolo. Hablamos de Nueve novísimos y de su calidad de heterodoxo en una antología de neovanguardistas, de su concepción de la poesía como instrumento de crítica radical al poder desde la radical innovación lingüística, de la memoria como materia prima de todos sus poemas, de la cárcel, donde había escrito sus dos primeros poemarios, Una educación sentimental (1968) y Movimientos sin éxito (1969), y de sus poetas de cabecera: casi toda la generación del cincuenta (sobre todo Gil de Biedma), Gabriel Ferraté, T. S. Eliot, ya que para él La tierra baldía era un referente absoluto para la poesía escrita en tiempos de crisis estructurales, civilizatorias (él se refería al período de entreguerras del pasado siglo) y algunos poetas sociales como Blas de Otero, Hierro o Gabriel Celaya, sin olvidar al maestro de la lírica comprometida de los años cincuenta y sesenta, Antonio Machado (sobre todo, solía insistir, al de los "Recuerdos de sueño y duermevela", el de las canciones, obra a la que consideraba como "una caja negra del mejor machadismo").

Hablamos muchas veces. De literatura, de política, de lucha de clases, del PCE y del PSUC, de las debilidades de las socialdemocracia, de editores, de comunicación... y, sobre todo, de poesía. También fui testigo directo de su generosidad. No sólo se mostraba dispuesto a acudir a cualquier acto al que se le invitara, fuera en la Biblioteca Nacional fuera en una asociación de vecinos o en la sede del club social de una parroquia, preparándolo con un rigor y un empeño que no distinguía de foros ni de públicos, sino que se volcaba en el apoyo a poetas y narradores que empezaban o que le solicitaban un mínimo respaldo literario y moral. Así, escribió en Babelia sobre mi libro La densidad de los espejos y sobre mi cuarta novela, Una mirada oblicua, leyó el manuscrito de La mujer muerta, novela que se atrevió a presentar un día de enero del año 2000, me permitió transcribir un largo diálogo sobre poesía y literatura que aparecería en las páginas de la legendaria revista Ínsula bajo el título "Conversación con Manuel Vázquez Montalbán" en la que sobre todo habló de poesía, pronunciando una de las definiciones más afortunadas y sintéticas que conozco al respecto: "la poesía es tiempo significante", dijo. También recordó, en aquel diálogo, la precaria capacidad movilizadora --lo decía un escritor militante, casi activista-- de la poesía social: "en la actualidad, la significación de la "poesía social" se corresponde a la función de un modesto tirachinas", había escrito en su poética de 1969 para Nueve novísimos. 

Uno de los aspectos de los que hablamos en el primer encuentro fue el referido a los vínculos entre poesía y novela en escritores que cultivan ambos géneros. Estaba completando, aquellos días,  el poemario Ciudad (se publicaría en Visor, en 1997) y yo le contaba mi experiencia respecto a la posibilidad de rastrear el origen de algunas novelas en poemas escritos mucho tiempo atrás. Me dijo que él lo tenía muy claro y puso de ejemplo cómo su novela El estrangulador (Mondadori, 1995), ya estaba en germen en un poema titulado "Ciudad" escrito muchos años antes y que acabaría por convertirse en el poemario del mismo título. También se refirió a Una educación sentimental como germen de la novela El pianista. Aquella conversación me llevó a una reflexión que cobraría la forma de un largo artículo que publiqué en la desaparecida revista Lateral con el título "La ciudad y el estrangulador", un ensayo que, seguramente, anticipa otras reflexiones sobre un aspecto de la creación literaria que me fascina.

Recuerdo especialmente las vacaciones de 1997, en un lugar de la costa mediterránea, en septiembre, en las que dominaron las tormentas (la famosa "gota fría") y en las que dediqué muchas horas a terminar el primer borrador de mi ensayo mientras E. y mis hijos intentaban sobreponerse a la decepción que supuso contar con muy pocos días de playa y sol (algo que lejos de afectar al trabajo que había llevado conmigo, lo favorecía). Pertrechado con la primera edición de Memoria y deseo y con un cuaderno lleno de anotaciones, viví aquellos días sumergido en los poemas de Manolo: intentando interpretarlos, buscando vínculos entre ellos, relacionándolos con la experiencia cívico-política del autor, con su infancia de charnego vivida dentro la "ciudad que les sobraba" a las clases dominantes de la posguerra. Días de mar, de tormenta, de regresos, de islas y navegaciones, con Manolo Vázquez Montalbán.

Memoria, deseo y compasión,
de Manuel Rico 
Mi último y quizá más entrañable recuerdo de Manolo, procede del verano de 2001. Fue en el Curso de Verano "Leer y entender la poesía", celebrado en Priego. Vázquez Montalbán fue uno de los invitados más relevantes. Yo jugué el papel de intermediario y los organizadores, comenzando por el creador del curso, Diego Jesús Jiménez, ofrecían todo tipo de facilidades para que el poeta barcelonés, comprometido con múltiples trabajos y encargos, pudiera asistir. Recuerdo la sensación de extrañeza, casi de desconcierto, que me transmitió Manolo cuando se lo dije. "Hace muchos años que nadie me llama para dar lecturas poéticas, para hablar de mi poesía", respondió. Sin embargo, cuando le dije que los organizadores y buena parte de los poetas invitados consideraban que era imprescindible que sus versos sonaran en el salón de actos del centro cultural de Priego, y que iba a compartir el almuerzo con poetas como Carlos Sahagún, Pepe Hierro, Antonio Martínez Sarrión, el propio Diego Jesús o Félix Grande y con profesores como Carme Riera o José María Balcells, entre otros, se emocionó (yo lo noté a través del teléfono aunque no se mostrara especialmente expresivo) y dijo que a pesar de que el día de su lectura tenía que volver a Barcelona porque le entrevistaba un periodista argentino, no faltaría a la cita. Hasta tal punto fue su compromiso que acudió a Priego conduciendo su Jaguar Sovereign desde Barcelona a través de carreteras secundarias, cruzando las sierras de Albarración y Cuenca.... Él solo. Llegó a la hora del almuerzo, leyó a media tarde, y regresó a Barcelona.

En Priego escuchamos emocionados sus inéditos del que sería libro póstumo Rosebud, poemas de la memoria dedicados a la "madre desnuda" y a la "madre vestida", a la intimidad vivida como hijo de derrotados en su casa de la periferia barcelonesa, y compartimos, junto a los alumnos del curso y a poetas a los que Manolo no había saludado desde los primeros años setenta (recuerdo que me preguntó si todavía escribía poemas Carlos Sahagún), mesa y mantel. No sé si existe una fotografía de grupo de aquella mesa en la que juntos estaban el poeta alicantino autor de Profecías del agua, Martínez Sarrión y Manolo, Carme Riera y Pepe Hierro. Quiero creer que aquel día Manolo vivió momentos de íntima felicidad. Que, más allá de considerarse un escritor que había alcanzado algunos de los más importantes premios literarios de España, se sentía profundamente identificado con la frase con que, según contaba Castellet en el prólogo a la primera edición de su poesía completa (en 1986), respondió a una disquisición interminable de un filósofo italiano de la posmodernidad en un curso de verano en Sitges: "mire usted, yo soy un poeta". Como la copa de un pino, añado. Gracias, Manolo.

sábado, 17 de julio de 2010

Priego 2010: lugar de la palabra, lugar del homenaje.

Ayer, la Cuarta de El País acogía una reflexión que escribí hace algunas semanas a propósito del Año Camus, de su legado y de la Europa de la crisis. En el artículo subrayaba el lugar que hoy ocupan los todopoderosos mercados y lo lejos que sus objetivos se encuentran del sustrato civil, moral, crítico y transformador de la obra del escritor franco argelino. El “lugar de los mercados” imponiéndose, en el cincuentenario de la muerte de Albert Camus, al “lugar de la palabra”. Curiosamente, en la víspera, yo regresaba de otro “lugar de la palabra”: venía del poema y de la reflexión sobre el poema. De un lugar y de un acontecimiento de los que quedan grabados en la memoria y en el corazón para siempre.

Desde finales de los años 90, cada mes de julio, tengo una cita anual con la poesía en un lugar de Cuenca, allá “donde termina la alta Alcarria, empieza el pino y crecen sin esperanza los centenos”, tal y como dejó escrito Diego Jesús Jiménez. Es decir, en Priego, pueblo al que llegué, como he contado en alguna ocasión en este blog, a principios de los años 70 acompañando al poeta y amigo. Diego, que siempre (desde los años de la dictadura) estuvo obsesionado por llevar la lectura y, sobre todo, la poesía y sus misterios a la Cuenca rural, a sus pueblos más recónditos, decidió un buen día, de la mano de sus amigos Juan José Gómez Brihuega y Martín Muelas, con el respaldo de la Universidad de Castilla-La Mancha, convertir el pueblo de su infancia, en el “lugar de la palabra”, en el centro neurálgico de un Curso de Verano al que dio el tan seductor título de “Leer y entender la poesía”. Allí, cerca del río Escabas, donde la carretera emboca la primera curva hacia el rocoso Estrecho de Priego sobre el río para adentrarse en la Serranía, me espera cada año la poesía. Me esperan los amigos poetas. Los profesores amantes del poema. Los alumnos amantes del poema. Las gentes de Priego y las gentes de Diego (Társila, Társila María, José Manuel, sus nietas…. todos).

Allí, en el centro cultural que lleva su nombre, nos damos cita, en el mes de julio de cada año, los poetas, esa legión de inútiles amantes de la palabra y de las causas perdidas. Bueno, hubo una excepción: no hubo curso el pasado año, con Diego enfermo y postrado en un julio infame y maldito. Pero este julio hemos vuelto. Juanjo y Martín, con el estreno del joven profesor y poeta Ángel Luis Luján, han hecho posible el retorno, han conseguido que la muerte de Diego fuera menos muerte y que todos sintéramos que su palabra estaba con nosotros. Allí nos hemos dado cita de nuevo y hemos vuelto a ser cómplices y hemos conjurado a la muerte porque el Curso de este año se ha dedicado a la obra de Diego Jesús. Ha sido el gran homenaje de los poetas y de los amantes de la poesía al poeta que reposa en el pequeño cementerio del pueblo que lo vio nacer.

Los Cursos de Priego fueron la enorme criatura que alumbró Diego con el nuevo siglo. He acudido a casi todos y de ellos siempre me he llevado un acarreo de emociones, de amistades, de charlas bajo las estrellas, de lecturas inolvidables, de momentos irrepetibles. Hace dos días, mientras caminaba desde el pequeño hotel El Rosal hacia el centro cultural que es sede del Curso, me crucé con alguna anciana, con un par de hombres de aspecto campesino y me detuve en el mercadillo que, frente a la fachada del centro, suele levantarse, según supe después, cada miércoles. Al ver a aquellas gentes en el mercadillo pensé que a sólo unos metros estaba nuestro premio Cervantes Antonio Gamoneda, y Pablo García Baena, y María Victoria Atencia. Hice memoria, me sumergí en mis recuerdos y pensé que los Cursos de Priego habían hecho posible que, cada año y durante unos días, la pequeña ciudad fuera anfitriona de algunos de los más grandes poetas de la lengua castellana. Diego Jesús y su entusiasmo y su generosidad hicieron posible la presencia de un Pepe Hierro recién premiado con el Cervantes, de un Manolo Vázquez Montalbán leyendo poemas inéditos tras cruzar, al volante de su coche (el Jaguar Sovereign de su novela El estrangulador) y desafiando válvulas cardiacas y cadera de titanio, las numerosas cordilleras que separan Priego de Barcelona, un viaje de ida y vuelta que ni los más jóvenes…. En Priego dialogué durante horas, en 2002 o en 2003, con un Carlos Sahagún confesándose poeta retirado y radicalmente contrario a reeditar comercialmente ninguno de sus libros, y en Priego estuvo Claudio Rodríguez en una de sus últimas lecturas públicas, y Antonio Carvajal , y Félix Grande, y Paca Aguirre, y Antonio Martínez Sarrión y Antonio Colinas, y Jesús Hilario Tundidor, Juan Carlos Mestre, Antonio Méndez Rubio, Lupe Grande, Pilar Blanco, Francisco Mora, Luis Eduardo Aute…. Premios nacionales, premios de las Letras Españolas, premios Adonáis, premios de la crítica, premio Juan Ramón Jiménez…. y poetas (los más) sin premio.

Pero Priego ha sido siempre algo más: son las noches en la plaza cuando las ponencias y lecturas terminan y los poetas convivimos con los amigos de la infancia del inventor del Curso, y los críticos y profesores (Prieto de Paula, Juan José Lanz, Jambrina, Molina Damiani, Miguel Casado, José María Balcells, Carme Riera, Domínguez Rey…) dejan claustro y encerado (y power-point, mejor dicho) para entregarse al gin tonic y al debate informal y a la conversación sobre fútbol y ciclismo (casi siempre el tour de Francia, no olvidemos que en Priego nació el mítico Luis Ocaña). Es la caldereta en medio de los pinos y de la noche y junto al río Escabas, y es Manolo, el dueño del hotel El Rosal, viejo emigrante regresado de Holanda en 1970 y animador de las izquierdas en Priego desde las primeras elecciones en 1977. Y el Curso, este año, para mí ha sido, en la tarde del miércoles, un viaje, guiado por Manolo y en compañía de los antonios (Hernández y Carvajal) a los inmensos pinares del parque natural del Alto Tajo, una excursión entre inmensos desfiladeros de roca de color teja, entre bosques de encina, sabinares y pino albar que se inició en Priego y terminó en el límite de Guadalajara con Teruel… Y, al regreso y después de la cena, en el velador del bar de la plaza, se ha celebrado la lectura de quienes hemos querido dejar en el aire algunas palabras de cercanía al amigo que se nos fue. De todos los poemas leídos, destaco uno: el maravilloso titulado "Color solo", de su libro Bajorrelieve, un canto al color verde, leído bajo las estrellas y un viento fino y algo frío, por Patricia, la nieta de Diego.  

Por último, este año, el Curso de Priego ha sido el firme compromiso de dar continuidad a esta obra, casi una iluminación, de Diego Jesús. Una continuidad que, a mi juicio, tiene que ensanchar el horizonte hacia aspectos imprescindibles de la poesía de hoy: la edición (Emilio Torné, Munárriz, Pepo Paz, Chus Visor, no sería malo contar con vuestra participación  y vuestros diferentes enfoques de la edición de poesía en los debates futuros), el nuevo fenómeno del blog, las revistas digitales, la función del librero en la difusión y venta de la poesía. En definitiva, de consolidar y profundizar , en los próximos años, en los contenidos de una cita imprescindible con la palabra poética y con el poeta que soñó hacer de Priego, al menos durante unos días, el centro neurálgico de la poesía en castellano. De hacer del Curso un referente imprescindible. 

Viaje por la mala conciencia: LOS FILOS DE LA NOCHE, una novela reescrita. Una nueva novela.

En breve, Los filos de la noche, mi segunda novela, estará otra vez en librerías. Oculta desde hace muchos años, ha vuelto entre nosotros c...