martes, 31 de agosto de 2010

Un programa sobre literatura y verano en RNE.

Entrada breve, de despedida de agosto. Y breve porque quiero que siga estando vigente la que dedico a JAVIER EGEA y que podéis leer abajo.

 Hace unos días me llamó Ignacio Elguero, me dijo que iban a dedicar un monográfico de "La estación azul" al verano en su relación con la literatura y que querían hablar conmigo sobre mi novela Verano. Por supuesto, el programa no habla sólo de mi novela. Es un espacio fresco, vivo, lleno de capacidades evocadoras, con el verano como excusa y el amor a los libros como hilo conductor. Aquí os dejo el enlace La estación azul y una foto evocadora de algún verano Sed felices.

Volviendo de Soria. Junio 2010

viernes, 27 de agosto de 2010

El poeta "en armas contra la soledad": Javier Egea vuelve el próximo otoño.

Paso una parte de mis vacaciones en un rincón del valle del Lozoya, en plena sierra del Guadarrama. Siempre, en esta época, me acompañan dos o tres libros para las horas de lectura (más escasas de lo que uno proyectó antes de iniciar el descanso) y trabajo literario pendiente. En esta ocasión han venido conmigo Nocturno de Chile, de Bolaño, inacabada lectura de los días del terremoto en el país andino y del frustrado Congreso de la Lengua de Valparaíso, Caballo en el umbral, la maravillosa antología póstuma de José Viñals recién editada por Editora Regional de Extremadura y al cuidado Andrés Fisher y Benito del Pliego, y una pequeña joya narrativa, editada por Rey Lear, titulada De la vida de un inútil, del poeta alemán Joseph von Eichendorff.

El trabajo literario (que realizo con el ruido de fondo de las primarias en el socialismo madrileño) es una introducción a la poesía completa publicada de Javier Egea, el poeta granadino, coprotagonista, con Álvaro Salvador y Luis García Montero, del manifiesto de 1983 La otra sentimentalidad,  que, hace 11 años, decidió decirle adiós a la vida. Ni que decir tiene que la relectura de todos sus libros, la indagación en las críticas que fueron apareciendo en distintos medios desde los remotos años 70 y la lectura de las entrevistas a las que respondió, además de los diversos trabajos que distintos especialistas han ido publicando, me han llevado un tiempo notable (que también ha reducido las posibilidades de lectura de los libros antes mencionados) a la vez que han supuesto una experiencia apasionante.

Javier Egea vuelve en otoño. De la mano, el aliento y el impulso de Bartleby Editores, gracias al esfuerzo y la tenacidad de José Luis Alcántara, Helena Capetillo y Juan Antonio Hernández y otros amigos cercanos. Vuelve el poeta extraño, casi borrado de los mapas poéticos en la década de los noventa, el poeta que se forjó, cultural y sentimentalmente, en la Granada de los últimos años de la dictadura y en los primeros de la transición, el poeta del amor agrietado y de los bares últimos, de la infinita soledad y de la renuncia a la clase acomodada a la que, por origen, pertenecía. Javier Egea se suicidó en 1999, a la edad de 47 años, y dejó una estela de lectores, de incomprensiones y de textos no publicados que, hoy, demandan justicia. Y  la única justicia que cabe hacer a los grandes poetas es la que consiste en situar su obra en el lugar que le corresponde en el universo al que perteneció y en condiciones de ser leída, gustada y valorada por las nuevas generaciones.

No tuve la fortuna de conocerlo, aunque desde que leí, por primera vez, sus poemas, supe que entre él y yo había en territorio de inquietudes comunes. Nacimos en el mismo año, en 1952. Él en Granada y yo en Madrid. Fuimos marcados por los mismos mitos y acontecimientos que gravitaron sobre nuestra generación. El asesinato de J. F. Kennedy, la muerte de Marylin, la llegada del hombre a la luna, la lucha contra la dictadura cuando éramos infinita e insultantemente jóvenes, la transición, con sus luces y sus sombras, la crisis del partido comunista, el descubrimiento del amor, y de la poesía, y de la literatura y de la música, y el cine neorrealista italiano y la escritura de Pavese, de Pasolini, y antes. la poesía de Bécquer, de Antonio Machado, de los poetas del 50, quizá Blas de Otero (que si estuvo en Granada).

Él vivió el impacto de tales acontecimientos, cuando todavía era "Quisquete", en la Granada bulliciosa e irreverente de un tiempo en el que todo podía soñarse porque todo se creía realizable, yo en el Madrid de extrarradio y de luchas ciudadanas y sindicales y culturales. Yo tenía difusas noticias de aquella Granada, en la que convivían revistas como Tragaluz (donde Javier publicó su primer poema en 1970), o Poesía 70, dirigida por Juan de Loxa, o el hervidero de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad con brutales acontecimientos protagonizados por la dictadura (cómo olvidar el asesinato, en 1970, de tres trabajadores de la construcción, una muestra de la represión policial del fascismo que conmovió a toda España), surgió el fermento para una poesía distinta, que se abriría paso en los primeros años ochenta y en la que la subjetividad del poeta no podía sustraerse de la consciencia de la realidad colectiva. Althuser, Gramsci, las elaboraciones teóricas de Juan Carlos Rodríguez, más tarde (y polémicas aparte) García Montero, o Álvaro Salvador, o Jiménez Millán, o el encuentro con los poetas y narradores vivos de la Generación del 50 en la Universidad (¿fue en 1986?), encuentro que dio lugar a un monográfico imprescindible de Olvidos de Granada

Javier Egea surgió de ahí. De esa tolva de acontecimientos y experiencias personales y colectivas. Y se hizo poeta de la soledad (a veces acompañada, a veces soledad a secas), se convirtió en el poeta que nos hablaba (nos habla) del amor nacido en habitaciones de una hora en alguna pensión perdida al final de una calle que lleva al descampado, el poeta que nos familiarizó con el Paseo de los Tristes o con los atardeceres que conducían a sórdidas noches de alcohol y desamor, con la soledad del mar y con las decepciones colectivas. Un poeta que se sobrepone al paso del tiempo, al anecdotario en que, a veces, se ha querido convertir su biografía. Un poeta que transita las décadas de los 80 y de los 90 en una marginalidad extraña, curtido en la sentimentalidad que siempre nos ha emocionado y, a la vez, en una sentimentalidad otra. Es el poeta que, hoy, cuando estamos a punto de enfilar la segunda década del siglo XXI, nos seduce y nos conmueve, no llena de zozobra y nos invita a releerlo para encontrar significados ocultos, nuevas realidades imprevistas en cada uno de sus versos.

Hace algunos años, tuve la satisfacción de escribir una amplia crítica para Babelia sobre la antología homenaje que editó DVD bajo el título Contra la soledad titulada "Realidad inhóspita y lucidez". Aquella antología fue un rescate limitado e insuficiente. Por eso, ahora, con la edición de su obra completa es preciso ganar la batalla contra el tiempo para el poeta y su obra. Situar su lírica, su trabajo poético, en el campo de la poesía desadjetivada. Cierto que él intentó una poesía “materialista”, una poesía de raiz marxista… Pero el resultado de esa labor, llena de sufrimiento y de esperanzas, de gozo y desolación, es POESÍA CON MAYÚSCULAS: sin adjetivos. Del mismo modo que la calificación de social de la poesía de Blas de Otero o de Pepe Hierro, por ejemplo, la lleva al reductivismo (porque fue social, en efecto, pero por encima de todo fue poesía) y la limita, a mi juicio es preciso recuperar la poesía de Egea en su dimensión más profunda, más perturbadora e inquietante. Situarla al lado de la obra de los grandes poetas en castellano, no acotarla en un espacio limitado. Porque es una poesía que emociona, que conmueve, que conecta a la perfección con la “honda palpitación del espíritu”o con la “palabra en el tiempo” a que se refiriera Antonio Machado.


La poesía de Egea se diferenció de la de sus compañeros de la “otra sentimentalidad” no por el anecdotario de su biografía, ni siquiera porque él, como ciudadano, se mantuvo siempre en una actitud de insumisión y rebeldía. de comunista insobornable (y decepcionado, todo hay que decirlo, del mundo literario no sólo granadino), sino porque supo combinar, en sus poemas, realidad e irracionalidad, claridad y oscuridad, emoción e incertidumbre, amor y desamor, vida y muerte. Hizo una poesía de la complejidad, que no rehuyó el apunte surrealista o la veta visionaria pese a contar con un eje vertebral esencialmente realista. Un libro como Troppo Mare, o gran parte de los poemas de Raro de luna, son inclasificables desde la óptica de la poesía figurativa. A mi juicio, es poesía total, poliédrica, civil e intimista a la vez. Una poesía perturbadora, extraña, rara, a veces fantasmal y a veces clásica sin parentesco alguno en los poetas que lo acompañaron en su peripecia vital y literaria. Poesía al fin y al cabo. 

Aquí os dejo un poema emblemático de Javier Egea. Es poesía sin adjetivos. Nada menos.

MATERIALISMO ERES TÚ

                                ¿Y tú me lo preguntas?
                                 Gustavo Adolfo Bécquer

Si supiste decirme que no estamos en paz,
si venir a tus labios fue sentir el calor
de un hermoso equipaje para siempre en los hombros.

Si se abrió el horizonte con sus ojos brillantes,
con toda su extrañeza.

Si hay días, raros días
en que cruzas de pronto la calle y me sorprendes
con alguna denuncia inesperada.

Si hay tardes, raras tardes
que me atrevo a contarte
mi pequeña verdad de enamorado,
que me atrevo a tirar por la borda algún jirón
de esta memoria sucia de dominio,
turbia de soledad.

Si hay noches, raras noches
que cuando te descubro
por una de esas calles que llevan al mercado
parece que una estrella, de golpe, me alumbrara.

sábado, 14 de agosto de 2010

"La mujer muerta" una novela que cumple diez años. En otoño, nueva edición revisada y corregida.

En los últimos meses, la cabecera de Al margen ha venido mostrando una serie de fotografías, realizadas en su mayor parte en abril de 2009, titulada Paisajes de una novela: La mujer muerta. No han sido colocadas ahí por casualidad.  Tenían que ver con el cumpleaños de la novela con la que, desde que nació, allá por el año 1992, hasta hoy, me he sentido más desasosegado y, a la vez, más satisfecho. También ha sido, de todas las mías, la que más tiempo y trabajo me llevó escribir: tres reescrituras a lo largo de 6 años -hasta que fue publicada por Espasa en 2000- en los que las dudas, la incertidumbre, el dolor (los últimos capítulos los escribí en las noches eternas en las que acompañé a mi madre en el hospital, en febrero de 1998) y la sensación de estar tanteando un territorio extraño, turbio y apasionante a la vez, se fueron entremezclando hasta dar lugar a una obra ante la que yo mismo (me ha ocurrido mientras releía, revisaba y corregía galeradas para la nueva edición en Rey Lear hace solo unos meses), me encuentro sumido en una inquietud rara. Tiene, para mí (del mismo modo que lo tuvo para algunos lectores que me hablaron de ella cuando apareció), un extraño e inexplicablde poder. Un buen amigo me escribió, dos meses después de su publicación, unas notas. Decían: "Es como una maraña envolvente que acaba atrapándote en un mundo de cuya realidad te enamoras y del que, a la vez, dudas. Atrae y aturde. Fascina y asusta". Nada que añadir.

Los orígenes de La mujer muerta.

Muchas veces me he preguntado dónde, en mi vida, está el origen de esa narración. Quizá naciera, como semilla en letargo, a mediados de los años 70 del pasado siglo, cuando, viajando con mi padre por trochas y carreteras casi abandonadas en el vértice norte de la entonces provincia de Madrid, dimos con un pueblo, situado en el fondo de un valle y donde la calzada moría llamado La Puebla de la Sierra. Ese pueblo de casas de piedra, entonces medio abandonado, rodeado de grandes bosques y de cumbres próximas a los 2.000 metros, como perdido del mundo y, a la vez, situado en Madrid, se quedó grabado en mi mente con la fuerza de los más perturbadores descubrimientos. Supe después que hasta finales de los años cuarenta se llamó La Puebla de la Mujer Muerta y que careció de electricidad hasta bien avanzados los años sesenta.

La Puebla de la Sierra en 2009. Perspectiva
Pero aquella semilla en letargo encontró un inesperado abono gracias a Malva, mi hija. Era muy niña, quizá tenía cinco años de edad, fue a finales de los ochenta, al regresar de una granja escuela (un viejo molino rehabilitado y reutilizado), situada a poco más una hora de Madrid, entre Riaza y Ayllón. Nos contó que, en una de las excursiones a las que la llevaron, visitó un pueblo deshabitado en el que sólo una mujer muy vieja, vestida de luto, deambulaba entre las casas vacías y entre las ruinas de los muros de piedra. ¿Un pueblo deshabitado a poco más de una hora de Madrid? Me seducía aquella idea, me fascinaba el contraste entre una capital con casi 4 millones de habitantes conviviendo con pequeños pueblos que parecían varados en algún remoto lugar del Pirineo o de la montaña leonesa. Como mi visión de La Puebla una década antes, la historia de mi hija ocupó un nuevo espacio ese raro almacén mental donde los escritores guardamos, en letargo, imágenes, ideas, recuerdos que algún día despiertan para formar parte de un poema o de una novela (o, por el contrario, quedan dormidos para siempre). Ambas imágenes convivían con el sueño (¿quién no lo ha tenido?) de vivir por un tiempo en un lugar perdido, escribiendo y conviviendo con la naturaleza y, hasta cierto punto, con la soledad.

La piel del lobo, de Hans Lebert: el impulso imprevisto.

Pero la novela irrumpió en mi vida, de manera inesperada, en 1992. Y lo hizo con un fuerza casi irracional después de la lectura de una novela extraordinaria,  La piel del lobo, del austriaco Hans Lebert, algo a lo que me referí, pronto hará un año, en este blog a propósito de este autor y de la Jelinek (si quieres echar una ojeada a aquel post, pincha aquí). Aquel libro, leído por recomendación de Constantino Bértolo, me mostró la existencia, en la Austria profunda, de un mundo rural apacible, hasta cierto punto convencional, tras el que vivían, hibernados y ocultos, los fantasmas y las perversiones del nazismo listas para renacer. Un mundo de bosques impenetrables, de fantasmas, de ocultas vergüenzas y de venganzas. Pues bien, yo sabía que no lejos de aquel pueblo idílico de la sierra del Rincón, al otro lado de las montañas que lo rodean, se habían producido duros enfrentamientos durante nuestra guerra civil, sabía del frente de Somosierra y de la sucesión de campos de trabajo y destacamentos penales que se instalaron en la zona en los años de posguerra.
   

Y me sentí acuciado por la necesidad de construir una historia que respirara en un territorio en el que la realidad y la fantasía e mezclaran, en la que convivieran un presente bordeando el siglo XXI con la memoria silenciada de quienes vagaron por aquellos montes tras la derrota de abril de 1939, de quienes vivieron mil penalidades en los campos de trabajo. Una historia que diera, además, cumplimiento a mi sueño imposible de apartarme por un tiempo en un lugar solitario, similar al pueblo descubierto junto a mi padre en los años 70. Así nació La mujer muerta. Y así nacieron Gonzalo Porta, el pintor que decide aislarse en Cerbal (un trasunto de La Puebla) en el otoño de 1986, y Berta Miranda, editora y compañera de fatigas de Gonzalo.

 ¿Cabría imaginar, en estos montes, una carretera que lleva
a una aldea detenida en la posguerra?

Quise construir un mundo extraño, perturbador, real, atrapado en un tiempo anterior, que conviviera con la ciudad en transformación que era el Madrid de la segunda mitad de los años 80. Quise reflexionar sobre el sentido del arte y de la literatura a través de la experiencia vivida por los personajes. Quise acercarme a la memoria colectiva de la generación de mis padres. Quise acercarme al límite en el que lucidez y locura se interrelacionan y conviven. La novela, de casi 400 páginas, fue presentada a la prensa por Manolo Vázquez Montalbán. En el acto de presentación hizo un sugerente acercamiento al libro, lo enlazó con su obsesión por recuperar la memoria de los vencidos y confesó que le había dejado profundamente inquieto, anímicamente desasosegado, además de referirse, con sorpresa y curiosidad, a una suerte de "triángulo de las Bermudas" en el vértice norte de la región de Madrid.
  
He de decir que Manolo la había leído en manuscrito, creo recordar que en la segunda versión, y que siempre confió en ella. La mujer muerta apareció dos meses después de que lo hiciera la obra, eternamente aplazada y esperada siempre, Madera de boj, de Camilo José Cela, formando parte del mismo catálogo y de la misma colección de la editorial Espasa, lo que supuso, todo hay que decirlo, una desventaja puesto que la editorial concentró todos sus esfuerzos, en aquel comienzo de 2000, en la novela del Nobel, por la que debió pagar un anticipo de los que hacen época. Después, fue presentada a lectores y amigos, en una de las librerías Crisol (hoy, lamentablemente, desaparecida), por Eduardo Sotillos y Félix Grande y comenzó a vivir en los anaqueles de las librerías y en la mente de muchos lectores. Y a ser, en el último lustro, quizá la más buscada de mis novelas por quienes, gracias al boca a oreja, han sabido de su existencia y han recorrido, sin descanso, librerías diversas además de rastrear en Internet en busca de algún ejemplar. Este otoño, la novela aparecerá en una editorial pequeña que tiene un magnífico fondo. La calidad en la edición, el cuidado que, lo estoy comprobando, pone Jesús Egido en sus libros, es algo que gratifica a todo escritor. Estoy seguro de que a finales del próximo septiembre tendré entre mis manos (tendrán los lectores) no solo una obra literaria digna, de una calidad que no entro a valorar, sino un bello objeto, un bello libro. El prólogo, de Ana Rodríguez Fischer,  aportará a los nuevos lectores y a los que la leyeron un día y se acerquen de nuevo a ella, algunas de sus claves.  


Poco después de la publicación de la novela, Puebla de la Sierra, el Cerbal  donde se refugian Gonzalo y Berta, se beneficiaría de la actuación de un espléndido escultor. Federico Eguía decidió establecer una exposición permanente al aire libre (llamada el "Valle de los sueños") con el concurso de otros escultores como Antonio Garza, Joaquín Manzano, Karfer o Lucía León, además de promover una iniciativa que me parece apasionante: la Bienal de escultura "Valle de los sueños", que este año ha celebrado su tercera edición. De ese peculiar valle de los sueños nos habla el vídeo que podéis ver debajo de estas líneas. En él, además, podréis respirar los aires de la prodigiosa naturaleza de Puebla de la Sierra, antaño llamada La Puebla de la Mujer Muerta. Sed felices.