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jueves, 23 de diciembre de 2010

Un México universal y decisivo: la exposición del Cervantes

En mi memoria personal, sobre todo en la de mi infancia y adolescencia (y en la de mi generación) México está vinculado a experiencias planas, irrelevantes. Era el México limítrofe del sur de Estados Unidos donde se desarrollaban buena parte de los western que ocuparon las tardes de los sábados del cine de aquellos días. Era el lugar al que huían los bandidos perseguidos por  los guardias de fronteras, el refugio de los delincuentes (entonces, en la edad de oro del western, los "buenos" eran los yankees), casi siempre mexicanos, rara vez norteños, en el que las viviendas de madera en estilo colonial y los pueblos de trazo lineal con dignos edificios se trocaban en precarias casas de obra, de muros blanqueados y macetas, en perdidas capillas en medio de los cactos, en amasijos de chabolas y caminos polvorientos o en mansiones que me recordaban las que había entrevisto en alguna película española formando parte de algún cortijo andaluz. México, en mi infancia y en mi primera adolescencia, era también la patria de Cantinflas, el acento peculiar de un español que siempre identificaba con lo cómico y la vaga noticia de un exilio del que la dictadura solía borrar todo vestigio: en los medios de comunicación, en la vida cotidiana de la España de finales de los cincuenta y primeros sesenta, y, sobre todo de la escuela. Jorge Negrete era un mito al que mi madre evocaba, se sabía que Sara Montiel había vivido un tiempo en aquel país, escuchábamos rancheras y de vez en cuando, en la incipiente televisión de la época, asomaba un grupo de mariachis entonando melodías de aquellos pagos. Era, de algún modo, la réplica de la España de charanga y pandereta que denunciaría Machado en Campos de Castilla.

Sin embargo, el paso de los años nos fue colocando, poco a poco, las piezas de la Historia real, no la que aprendíamos en el ambiente opresivo del franquismo. Y supimos  que hay una parte de la Historia de México profundamente vinculada a las grandes innovaciones culturales del siglo XX. Eran los años que van de la década de los veinte hasta la década de los cincuenta. Los años de la revolución mexicana y los de la diáspora y el exilio posterior a la Guerra Civil española, los años de la II Guerra Mundial y de la inmediata posguerra. Los de la experimentación en las artes plásticas, en la literatura, en el arte de la edición, en la pedagogía. Años convulsos y esperanzados. De frustraciones y de utopías. De sueños y de grandes cambios. También fueron años con zonas de violencia, con convulsiones sociales. Pero, en lo fundamental, fue un período de una riqueza extraordinaria, en el que el país centroamericano se situó a la vanguardia de la cultura mundial y en el que se mezclaron, en uno de los más ricos experimentos de mestizaje cultural del siglo XX, intelectuales y artistas procedentes de Norteamérica (Malcolm Lowry) con los que llegaban de una Unión Soviética en construcción (todavía no decepcionada ni decepcionante) como Serguei Eisenstein, del México más profundo con los que, tras la derrota republicana, llegaron desde España: León Felipe, Ramón Gaya, Luis Buñuel, José Gaos, María Zambrano, Américo Castro,  el pintor Fernando Gamboa, el editor Joaquín Déz-Canedo o los poetas Luis Cernuda, Pedro Garfias o Manuel Altolaguirre entre otros muchos. 

De ese universo irrepetible, de ese hervidero cultural, social y político que ignorábamos da cuenta la exposición México ilustrado (1920-1950) inaugurada el pasado mes de octubre en la sede central del Instituto Cervantes, en Madrid y cuya vigencia está a punto de concluir, puesto que se clausura el 9 de enero de 2011. La exposición, comisariada por Salvador Albiñana, nos ofrece dibujos y grabados publicados en libros, carteles y revistas en México entre los años 1920 y 1950. Portadas de periódicos, tipos de imprenta, manifiestos de la  vanguardia artística (ahí está el estridentismo, una de las líneas más llamativas de aquella explosión estética) y política, ediciones (desde el Canto general, de Pablo Neruda hasta libros de Cernuda o Emilio Prados) y reediciones, fotografás y los más diversos materiales, mezclados con la estética entre negra y deslumbrante de artistas plásticos como Siqueiros, Orozco o Diego Rivera. Pero la cultura no aparece, en la exposición, de manera aislada, como un producto al margen de la sociedad. Se nos muestra, con rigor, estrechamente vinculada a las  reformas políticas, económicas y educativas de ese periodo, en las que las nuevas formas de expresión artística y literaria (también cinematográfica) jugaron un papel de soporte e instrumento difusor. 

Ése es el México verdadero y profundo de aquel tiempo. Del que, años después, surgirían obras tan poderosas como Pedro Páramo de Rulfo o La región más transparente, de Carlos Fuentes. El México que expone el Cervantes es inseparable de la labor de artistas (presentes con obra en la muestra) como los ya citados Diego de Rivera  o Ramón Gaya, pero también están las huellas del pintor y cartelista Josep Renau, de Miguel Covarrubias o de Rufino Tamayo, vanguardistas convencidos en la posibilidade de un mundo mejor. 

Sin duda, tal y como ocurriera, en relación con el género poético, con la exposición Escrituras en libertad sobre poesía experimental de España e Hispanoamérica, México ilustrado es, por la calidad y por el número de obras expuestas, la de mayor calado de cuantas se han realizado en España. Además, supone una oportunidad de primer orden para quienes tengan una visión arquetípica de México, especialmente del México que va de 1920 a 1950, una visión similar a la que he referido al principio y que me afectó a mí y a gran parte de mi generación: en ella podremos descubrir (y/o constatar) el alto grado de complejidad y de calidad que alcanzó la ilustración mexicana (en el doble sentido: Ilustración como paradigma de cultura; ilustración como arte plástica y gráfica). A todo ello se añade algo esencial: en México, a partir de 1930 con la llegada del cine sonoro, se desarrolló una importante labor cinematográfica. Recordar Los olvidados, de Buñuel, o ¡Que viva México!, de Eisenstein, películas que veríamos, en cine-clubes universitarios o de barriada en la España de los setenta, es casi un lugar común. Pues bien: esa labor está también presente en el Cervantes. Y una síntesis de ella es posible verla en el  imaginario audiovisual de aquel México que muestra su Centro Virtual (pinchando en el texto al pie de la foto, no en la foto, accedéis a él).

Imaginario cinematográfico de México

domingo, 14 de noviembre de 2010

"Corrillo de diletantes" y mi adiós de Berlanga

Cuando me disponía a escribir esta entrada, me llega la noticia de la muerte de Luis García Berlanga. No he podido evitar pensar que se va otro de los nuestros. Ni que, con él, desaparece una generación (antes fueron Bardem, y Rafael Azcona, y López Vázquez, y Manuel Alexandre...)  irrepetible del cine español. Quede aquí mi reconocimiento, mi homenaje y mi recuerdo de su presencia en la Caja de las Letras del Instituto Cervantes hace poco más de un año, cuando, en silla de ruedas, depositó su legado.

El corrillo

Pero no es ajeno este breve homenaje a Berlanga a la experiencia que quiero contar. Voy a ella: jueves, 12 de noviembre de 2010. Avenida Pablo Neruda, en Vallecas . En la acera oeste, la sede de la Asamblea de Madrid, sesión parlamentaria con recorte de gasto público y reducción de mecanismos de control en la cartera del gobierno de Aguirre. En la acera Este, la librería Muga, una veintena de amantes de la literatura y de los libros (y del cine y, estoy seguro, de la obra de Berlanga), seguíamos con atencíón las intervenciones de los promotores, artífices y colaboradores de una revista literaria y cultural nacida en Vallecas y creada en el sur de Madrid, allá donde la capital se prolonga y recrea en pueblos de su área metropolitana que demuestran que "el Sur también existe". En la mesa, el artistas plástico y grabador Fernando Ferro, el fotógrafo Manuel Rodríguez, y la traductora  y escritora cuasi inédita Beatriz Bejarano del Palacio. Presentaban el número 1 de la segunda etapa de una hermosa y discreta revista impresa en papel (hoy es preciso subrayar esa cualidad), de la que Beatriz es flamante directora y quienes la acompañaban en la mesa parte esencial del equipo de redacción (Fernando Ferro, a su vez, promotor desde la primera etapa).

Una revista periférica, fruto del entusiasmo de unos pocos intelectuales de izquierdas residentes en el sur, frecuentadores de la librería Muga, dedicada, en este número, a la memoria de Miguel Hernández. En ella, que se abre con la acuarela de Carlos Gonçalvez  que abajo podéis ver y se cierra con una magnífica fotografía de María José Martín, hay poemas, semblanzas, dibujos, más acuarelas, más fotografías, y, sobre todo, la voluntad de recuperar a un Miguel Hernández amigo de los más humildes, comprometido con la izquierda, con la República y con el PCE, al que a veces se intenta desposeer de tales vínculos.

El acto fue la demostración de que no toda la actividad cultural pasa por los grandes foros y espacios situados en el centro de Madrid, desde el Círculo de Bellas Artes a Caixa Forum, por ejemplo. Fue la saludable evidencia de que en la periferia de las ciudades hay un tejido cultural sólido, militante, activo, cada vez más fuerte (gracias, paradojas de la vida, a Internet y a las nuevas tecnologías), que se mueve alrededor de librerías que han renunciado a ser meras papelerías de barrio para convertirse en auténticos referentes del amor a la literatura, a las artes plásticas, al cine. Aunque el primer número de la anterior etapa de Corrillo de diletantes fue presentado en la librería del Reina Sofía, en esta ocasión la apuesta por esta ya insustituible librería vallecana nos ha dado una de las más apasionantes vertientes de la vida, que deseo larga y fructífera, de la revista.

Mi Luis García Berlanga

Decía que no era ajeno mi breve homenaje a Berlanga a la presentación de Corrillo... Y no lo es porque  mi primer conocimiento de Berlanga tiene mucho que ver con la cultura de barrio, con iniciativas como las que desde hace ya una década impulsa Muga. Tengo un maravilloso y agridulce recuerdo de un cine-club organizado en 1971, ó 1972,  por quienes nos considerábamos jóvenes antifranquistas de la UVA de Hortaleza, un barrio de aluvión del desarrollismo franquista, en en un local denominado, como correspondía a la época, Cátedra José Antonio. Allí, en las tardes de algunos viernes, en permanente pugna con los responsables del local y desafiando prohibiciones, pudimos ver El verdugo, y Vivan los novios, y Plácido, y Bienvenido Mister Marshall. Descubríamos aquel cine extraño, demasiado realista, maravillosamente irónico, y debatíamos de cómo aquéllas películas que hablaban de nuestra vida y de nuestros barrios podrían ayudar a acabar con el franquismo. Nuestro barrio era nuestra casa, nuestra vida, también nuestra cultura. Aquellos primeros pasos, de la mano de Luis García Berlanga, pero también de Bardem, de Buñuel, de Bertolucci, de Ferreri, fueron la semilla, el fermento, que nos llevaría a otros territorios.

Por eso, cuando hace algo más de un año, estreché la mano frágil, casi vencida, de Luis García Berlanga en la antesala de la Caja de las Letras del Instituto Cervantes en Madrid, o cuando viví la inauguración de la magna exposición sobre el cine español que, en 2008, se instaló en la misma sede del Cervantes, no pude impedir que, por encima de otros muchos recuerdos, volvieran a mí aquellos días primeros en el cine club de un barrio similar a Vallecas asistiendo, deslumbrado, al pase de la primera película que vi de don Luis: El verdugo. Y volvieron a mi memoria los debates posteriores, y las cañas y el tabaco interminable en una cafetería próxima, del barrio, entonces nuevo, pensado para la clase media, de Santa María, y la búsqueda, en cada fotograma de aquella película, de las claves de la libertad, de las sevicias del Régimen, de las grietas.

Berlanga y su verdugo fueron la puerta a otras obras maestras de nuestro cine. De ellas, recuerdo con especial emoción Muerte de un ciclista, de Juan Antonio Bardem, y Nueve cartas a Berta, de Basilio Martín Patino, Después, vendrían muchas más. Pero el primero fue Luis García Berlanga. Descanse en paz.

Aquí os dejo un fragmento de El verdugo con un Pepe Isbert y un Nino Manfredi memorables.

Viaje por la mala conciencia: LOS FILOS DE LA NOCHE, una novela reescrita. Una nueva novela.

En breve, Los filos de la noche, mi segunda novela, estará otra vez en librerías. Oculta desde hace muchos años, ha vuelto entre nosotros c...