martes, 11 de septiembre de 2007

De unas tierras misteriosas y del misterio de un poeta

Ved la imagen que preside esta entrada. Es un retazo mínimo del paraje al que me enfrenté hace un par de días. Montañas cubiertas de bosques que se pierden en lontananza. Ni una sola construcción mancha un territorio que parece proceder de un sueño, en el que sólo la masa forestal, algunos pequeños espacios pelados y un cielo que la tarde y la intensidad de la luz emblanquecen le dan vida. No es un lugar perdido en cualquier valle pirenaico, ni en la montaña leonesa o en las extensas sierras pinariegas de la Soria más alta o del Burgos más norteño. Es Madrid: su norte escondido y afortunadamente olvidado. Este paraje, en el que el silencio juega con los ruidos ancestrales del viento y de las ramas, respira en mi último libro Por la sierra del agua y seguía respirando el pasado domingo allá en las cercanías de un pueblecito llamado Villavieja. Son los pinos de Villavieja. Un paisaje inverosímil a una hora de Madrid. Un lugar en el que a estas alturas del siglo todavía se pierden los caminantes, que, en su vertiente este, atraviesa una vía de ferrocarril medio abandonada y surcada de estaciones sin uso desde hace décadas que o bien se han convertido en superficies de hormigón y matorrales o mantienen huellas de su antigua prestancia en casetas muertas, en viejas casonas de arquitectura vagamente alpina en cuyo interior sólo hay basura, escombros, viejos muebles, tejas rotas.
En esa tierra, en mi convivencia de años con esos parajes, nació el misterio y la zozobra que quise plasmar en mi novela La mujer muerta. ¿Acaso es tan difícil imaginar, en medio de esa inmensa superficie arbolada, en en recodo de cualquiera de los muchos caminos medio borrados por el tiempo y la zarza que la surcan, la existencia de una aldea detenida en el tiempo, en los años cuarenta o cincuenta del pasado siglo?

Las tierras misteriosas están, a veces, cerca. Como el misterio de la literatura. Como el enigma de la poesía. Como esa pasión, difícilmente definible, que a uno lo lleva a descubrir, como director de una colección de poesía, un misterio en cada nuevo libro por el que apuesta. Y a observar, con sorpresa, cómo a veces la crítica, lejos de arañar en ese misterio, se enmaraña en la convención, en el lugar común, en la afirmación gratuita. Por supuesto, sin encontrar el misterio que el editor descubrió inicialmente en el libro. ¿Por qué? ¿Porque no existía o porque el crítico ha situado el libro en el lugar de la convención, ha partido del prejucio para descalificarlo? Pienso en Billy Collins y pienso en una crítica aparecida recientemente sobre Lo malo de la poesía que elude entrar en el nucleo que da sentido al libro (en el misterio del poema, tan desasosegador como el que respira en los bosques de la fotografía). Pero de eso hablaré (escribiré) quizá mañana. Con sosiego, sin prisas. Como la suma de convenciones que una visión pretendidamente vanguardista e innovadora, buscadora de un nuevo -y viejo- dogma, se merece.

1 comentario:

MI dijo...

Asi es. Tanto lo uno como lo otro, por ventura.
un saludo.

http://comoconamor.blogspot.com/