Como un crítico más, he participado en el proceso, que se repite cada mes de
diciembre, de decantación de los diez mejores libros del año, siempre desde la
óptica de los especialistas de
Babelia. El resultado es conocido por todos
(Libros del año), la selección de cada "especialista" también, y la sistemática
utilizada parece las más próxima a una "justicia poética": cada
crítico remite una lista de diez, ordenados de mayor a menor importancia y de
todos los géneros. Se puntúan de 10 a 1, en el orden enunciado, y los que
obtienen más puntos pasan a formar parte de la lista. Más allá de los aspectos
técnicos y de la metodología, me parece pertinente reflexionar sobre el resultado
y, sobre todo, sobre algunos aspectos que creo especialmente significativos y
sobre los que nadie, a mi parecer, ha reflexionado.
El primer dato a considerar es el hecho de que entre los cinco primeros
están tres libros de autores españoles. El primero,
En la orilla,
de
Rafael Chirbes. El tercero y el cuarto, la poesía completa de
Blas
de Otero, editada (¡al fin!) por Galaxia Gutenberg con el cuidado que su
obra merece, y
Todo lo que era sólido, de
Antonio Muñoz Molina,
respectivamente.
El segundo dato a destacar, es que la poesía sigue siendo la pariente pobre
de la literatura. Aunque en el recorrido global por las valoraciones de los
críticos, se refleja la presencia de poemarios (se hacen públicos los cinco
mejor valorados en columna aparte) es llamativa su ausencia en la relación de
los 20 del ranking principal: sólo la obra de
Blas de Otero y
Los
libros proféticos de
William Blake encuentran un hueco en él. En
el fondo, esa ausencia no hace sino reflejar el peso que el género tiene en el ámbito
lector entendido en sentido global.
El tercero es la distancia que el contenido de la lista establece con
respecto a las listas de libros más vendidos, best-sellers varios (incluidos
los de autores editados por el grupo al que pertenece el diario:
Pérez
Reverte o
Jöel Dicker --que ha sido, curiosamente, el más votado por
los lectores del diario--, dos "superventas" de la casa, ni siquiera aparecen en
la lista, y
El héroe discreto, de
Vargas Llosa, ocupa el
número 14) y tramas vaticanas, mediavales y misterios diversos. Parece que los
críticos apuestan por la mejor literatura sin valorar el grado de difusión o
venta del libro, algo que debería ser una práctica habitual. Aunque la mayor
parte de los títulos están editados por sellos de mucho peso mediático y
económico, los hay también editados por pequeñas o medianas editoriales que en
no pocas ocasiones han sido situadas en el grupo de editoriales
"indie": se destacan libros de Turner, Periférica, Páginas de Espuma
o Acantilado. No obstante, todas las editoriales de peso (de Anagrama a Taurus)
gozan de un prestigio literario difícilmente discutible aunque alguna de ellas
tenga una línea "best-selleriana". Es decir, la selección parece el
reverso de la lista de super ventas a la que tan proclives son determinados
suplementos literarios.
Sin entrar en enjuiciar el sistema de listas en general, es de destacar el valor que los tres libros de autores españoles tienen desde la
óptica del entendimiento de la literatura como instrumento de indagación en la
vida colectiva. Casi treinta años después de que se proclamara, desde los
ámbitos crítico y académico (me refiero a los años iniciales de la transición,
cuando surge el fenómeno de la nueva narrativa española o se descalifica la
poesía "social") el acta de defunción de la literatura atenta a la
realidad política y social, de la literatura crítica, en 2013 se ha puesto de
relieve que esa apuesta va más allá de un momento histórico determinado, que
tiene, desde
El Quijote y desde los primeros cantos de juglaría, un carácter
estructural, que está estrechamente vinculada a la condición del escritor como
ser
social con independencia de la aventura estética o formal que
emprenda.
En la orilla, colofón imprescindible de la que podríamos
calificar como "novela de la burbuja", de la que es autor también
Rafael Chirbes,
Crematorio, es una novela enorme que disecciona
la realidad de nuestro país, inmerso en la crisis económica. Una novela de alta
calidad literaria que, a la vez, actúa como instrumento crítico, toca la raíz
del boom inmobiliario en la costa mediterránea y establece un contraste
acerado, muy duro entre los paraísos ilusorios construidos con corrupción y
absoluta falta de ética y el paisaje desolador que la crisis que se inicia en
2008 ha aflorado en nuestro país, especialmente en la zona de la costa que fue
paradigma de especulación, optimismo económico y burbuja.
La miseria, la experiencia al límite de la
inmigración que queda varada entre el paro, el retorno al país de origen y un
subempleo cercano al esclavismo, o los modos de supervivencia de empresarios
que tuvieron el mundo (y el poder institucional de ayuntamientos y diputaciones)
a sus pies y que han derivado a la ruina o a la dependencia de mafias que
reclaman deudas. Un retrato crudo, escrito con un lenguaje transparente y
lúcido y, a la vez, creativo y exigente, que consolida a
Chirbes como uno de
los grandes cronistas de la realidad contemporánea de nuestro país.

La obra completa de
Blas de Otero, que incorpora muchos poemas
inéditos, es otro aldabonazo en nuestras conciencias.
Blas de Otero murió en
1979. Dejó un libro inédito,
Hojas de Madrid con la galerna, que
se publicó en 2012, muchos poemas por publicar. Es un poeta en las antípodas
del poeta encerrado en su torre de cristal. En tiempos de indignación frente a
gobiernos que se someten a los dictados de poderes económicos incontrolables y
en una sociedad que vive, día tras día, procesos de regresión impensables solo
un lustro antes en materia de derechos humanos, de protección social, de
servicios públicos, el poeta implicado en esas preocupaciones cobra una
vigencia fundamental.
Blas de Otero
estuvo ahí en tiempos duros… Y
Blas de
Otero, como si
Sabina de la Cruz,
su editora (con
Mario Hernández) y
compañera, hubiera decidido restituirlo a las nuevas generaciones, está ahí en
tiempos que parecen mirar más a la década de los 70, cuando él iba de barrio en
barrio y de plaza en plaza leyendo sus poemas, que a un siglo XXI de democracia
avanzada y de libertades.
Blas de Otero
era, además, mucho más poeta de lo que algunos bardos del culturalismo
sospechaban: su último libro y buena parte de sus poemas inéditos son una
muestra de su permanente indagación en el idioma, de sus preocupaciones
formales y del logro de un equilibrio difícil entre el tono directo, realista,
casi conversacional, y la metáfora innovadora e imprevista. Es de destacar que el aliento de fondo de la obra del autor de
Ancia está presente en buena parte de la poesía española de hoy. Incluso entre los cinco libros mejor clasificados en ese género, podemos encontrar dos títulos en los que la crítica a la realidad presente es consustancial es consustancial al discurso poético (
Insumisión, de
Eudardo Moga, y
Nueva York después de muerto, de
Antonio Hernández) y uno que, pese a su carga intimista, presta una atención especial a las contradicciones de una realidad nada apacible:
Escritos en la corteza de los árboles, de
Julia Uceda..
En
Todo lo que era sólido,
Antonio
Muñoz Molina acomete una disección de la evolución de España y de sus representantes
políticos en el período que va del comienzo de la transición hasta los tiempos
actuales, marcados por la crisis. Es un libro de reflexiones con un tiente
marcadamente oscuro que responde a esa exigencia no escrita que algunos escritores
asumimos de atender al mundo circundante, de diseccionarlo, de criticarlo. Sin
embargo, a mi entender es una crítica en la que el autor tiende a simplificar
los procesos políticos y sociales, a analizar la realidad desde una lente no
siempre objetiva aunque lo pretenda, y a generalizar y fijar doctrina a partir
de
experiencias personales (algunas
procedentes de su ejercicio como director del Cervantes de Nueva York que
conocemos ahora y no entonces) no siempre generalizables.
Muñoz Molina tiene una larga trayectoria como articulista. En esos
trabajos ha combinado la crítica, muchas veces acerada y exacta, otras
hiperbólica y sin matices, con una suerte de voluntad prescriptora que roza el
alegato o el recetario, sobre todo cuando aborda la memoria histórica, la
educación o la realidad plurinacional de España. En
Todo lo que era sólido
hay mucho de ello. Y todo lo que tiene de certero cuando aborda la corrupción,
cuando denuncia la inconsciencia y la ambición especulativa que acompañaron a
la burbuja (no sólo inmobiliaria), se agrieta cuando silencia o ignora las
grandes conquistas sociales, culturales, educativas que han formado parte,
también (y de manera absolutamente destacada) de los últimos 35 años de nuestra
Historia.
En
Todo lo que era sólido resulta especialmente difícil de
entender la valoración como “excesiva” de la Ley de la Memoria Histórica,
descalificándola desde la equidistancia: “En 2006, las noticias más urgentes eran
casi siempre del pasado”, afirma. Y prosigue: “Excavaciones de fosas de
ejecutados e indagaciones judiciales sobre verdugos muertos treinta o cuarenta
años atrás ocupaban aquella extraña actualidad en la que el presente casi no
existía sino como reiteración fantasmal de las confrontaciones sanguinarias de
hacía tres cuartos de siglo”. Pocos críticos han resaltado esta frase (hay
otras de parecido tono). Olvida
Muñoz
Molina que las fosas se abrieron por exigencia de familiares de las
víctimas, de los desaparecidos o fusilados. El problema del pasado de hace tres
cuartos de siglo no es de equidistancia. Entre otras cosas porque estamos en un
país en el que en muchos pueblos todavía no es posible hablar con libertad de
aquellos años. Es de simple justicia. Cuando en plazas, calles y avenidas se mantiene
aún nombres de la dictadura o existen iglesias con el “Caídos por Dios y por
España” bajo el yugo y las flechas, la apelación a la renuncia tiene algo de
agresión.
Muñoz Molina, que
establece en el libro multitud de comparaciones con la civilidad de otros
países europeos, no se plantea, sin embargo, si sería imaginable en Alemania, o
en Italia, tropezarse con avenidas de
Adolfo
Hitler, o de
Göering, o de
Mussolini en muchos de sus pueblos. En
España sí. Incluso siete años después de promulgada la Ley de Memoria
Histórica.