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viernes, 9 de marzo de 2018

La nueva vida de MAR DE OCTUBRE, una novela que vuelve desde el remoto 1989. Mi primera novela

Hace algo más de una semana publiqué en el diario digital Nueva Tribuna (y después en este mismo blog) un artículo sobre el negro destino de los libros descatalogados o publicados, sin reedición, hace décadas fuera cual fuera su nivel de calidad. En el artículo planteé las enormes posibilidades que ofrece la era digital y las nuevas conquistas tecnológicas. Me he aplicado el cuento con mi primera novela, MAR DE OCTUBRE, publicada en 1989, y hago la prueba. De eso escribo a continuación.

En 1984 empecé un cuento. Creo que fue en otoño, en uno de aquellos otoños en que, a la vuelta de vacaciones, yo regresaba a la actividad cotidiana con unas ganas irreprimibles de escribir, de recuperar las tardes de octubre, y los fines de semana invernales, y las noches que me era posible para convivir con la pasión que había mantenido relegada durante muchos años: la literatura. El cuento que comencé a escribir trataba del regreso de un joven escritor a los lugares en que, de niño y adolescente, pasaba las vacaciones veraniegas. Mar Menor, Cabo de Palos, los parajes mineros de La Unión y de El Estrecho al este de la ciudad de Cartagena: tales eran los escenarios a los que volvía. El cuento se iniciaba en una tarde de octubre, de lluvias esporádicas y ambiente gris, con el protagonista Martín Revuelta conduciendo desde Madrid tras dejar atrás la ciudad de Murcia, a la pequeña localidad de Los Urrutias. No tenía nada claros los caminos por los que iba a derivar la trama, sólo tenía claro que Martín debía llegar al mar, alojarse en el pueblo de los veranos infantiles e iniciar una investigación sobre una experiencia vivida de adolescente: la aparición, junto a la empalizada de uno de los embarcaderos, del cadáver de una joven.

La novela, en la edición de Fundamentos (1989) en segundo plano y, en primero,
en la nueva edición en tapa blanda (Amazon / El Umbral)
El cuento se fue alargando hasta cobrar la forma primero de una nouvelle y más tarde, a lo largo de dos años, hasta convertirse en una novela. Eran los años del "boom" de la nueva narrativa española. Recuerdo que mientras yo escribía la narración se publicaron Luna de lobos, la primera novela de Julio Llamazares, Beatus Ille, de Muñoz Molina,  y en los dos o tres años posteriores a su finalización, aparecieron La media distancia, de Alejandro Gándara, Ballenas de Pedro Molina Temboury, El silencio de las sirenas, de Adelaida García Morales, o Soldaditos de Pavía, Manuel Longares... Editoriales como Alfaguara, Seix Barral, Tusquets, Lumen o Anagrama orientaban su mirada hacia los nuevos narradores y la quiebra del experimentalismo de los setenta, que se había iniciado con La verdad sobre el caso Savolta, de Eduardo Mendoza, se manifestaba definitivo o, dicho con otras palabras,  en fase de no retorno.

Playa de Los Nietos. Mar Menor. En los años 70
Con la escritura de Mar de octubre viví una maravillosa experiencia: imaginé una realidad otoñal aplicada a un mundo con el que siempre había convivido en verano: inicialmente, de niño y adolescente, en el bullicioso universo de las vacaciones familiares y, más tarde, cuando me emancipé del hogar familiar, en casi todos los septiembres de la primera mitad de los años ochenta. Reconstruí, con la imaginación y velados por el otoño, los pueblos del Mar Menor, el marinero pueblo de Cabo de Palos y el universo entre especulativo y surrealista de una Manga naciente, cobrando un brillo entre hortera y cosmopolita con su flamante casino Doblemar (con hotel incorporado) y alrededor de un proyecto urbanístico-vacacional de rara modernidad, una modernidad casi hermanada con la vocación de nuevos ricos de los integrantes de las emergentes clases medias que comenzaron a aflorar como consecuencia del desarrollismo tardío del franquismo, antes de la crisis del petróleo de los años 70.

En mi memoria guardaba un Mar Menor rodeado de pequeñas localidades hechas a la pesca y a la atención a un turismo muy casero, de asiduos visitantes de la cercana Murcia, de Cartagena o de Madrid, pueblos con cine de verano (en algunos casos con dos cines), nacientes discotecas, algunas al aire libre, y con precarios comercios. Eso sí, sin centros comerciales ni hipermercados, quizá con algún supermercado doméstico como ligero apunte de lo que les depararía el porvenir. Vamos, pueblos "de andar por casa". A ese Mar Menor vuelve Martín, el protagonista y, en parte, narrador de mi novela. Y vivirá una curiosa experiencia en la otoñal soledad de una realidad que parecía pensada para prolongarse en un estío eterno. Martín volverá con mis recuerdos (como no podía ser de otro modo) y con una carga muy especial en la conciencia: la memoria de juventud del padre del autor (mi padre), nacido en Alumbres, y del abuelo minero, hijo del cobre y de la pirita, oriundo de La Unión. Poco a poco, en la novela se asomarían otras realidades: la Cartagena urbana, entre ciudad marina con puerto y ciudad manchega, los pequeños pueblos vecinos de las explotaciones mineras, las playas, entonces desiertas todavía, avanzando hacia los soberbios parajes de Calblanque (la acción se desarrolla a mediados de los ochenta), un Cabo de Palos todavía huérfano de su actual condición de pueblo de moda, y un ambiente que no viví de apacibles y acogedores pubs frecuentados por artistas retirados en la tranquilidad de un lugar con mar y clima benigno, no lejos de lo que hoy se conoce como Puerto Maestre. 

La Manga naciente: final década de los 60
Di por terminada la novela en 1986, tal y como cuento en el prólogo de la nueva edición. Durante algo más de dos años, el manuscrito peregrinó por algunas editoriales: estuvo a punto de publicarla Plaza Janés, cuando en Madrid llevaba su dirección literaria Osmán Vega, en una colección de nueva narrativa (cumpliendo con la denominación de moda de la época) que murió pocos años después y que se estrenó con Marcos Ordóñez y con Daniel Múgica; la envié a Seix Barral tras pedir consejo a Antonio Muñoz Molina, entonces principiante con cierto nombre acuñado en una columna en un diario de Granada y con puesto de funcionario en su Diputación, la leyó, o no, Pere Gimferrer, que me envió una carta, aséptica, valorándola positivamente y rechazándola editorialmente; Jorge Martínez Reverte hizo una infructuosa gestión en Alfaguara y al final, tras enviarla, sin encomendarme ni a Dios ni al diablo, un día de enero de 1989 a Fundamentos, que acababa de inaugurar nueva colección de narrativa, recibí una llamada de Juan Serraller tras la Semana Santa en la  que me comunicaba que quería contratarla. En muy pocos días, entraba en la oficina de la editorial en la calle Caracas, muy cerca de Rubén Darío, que entonces compartía con la editora y agente Cristina Vizcaíno, conocía a Juan, sentado tras una mesa de despacho y mecido por la nube de algún vaporizador antitabaco que olía a menta y a eucalipto  y salí a la calle con el contrato en la mano. Me pagaba muy poco pero la novela saldría en unos meses. Fue presentada en Madrid, un día de primavera de aquel año, por Jorge Martínez Reverte.

La primitiva Manga, en Ecthacrome
Ahora cobra vida de nuevo. Y lo hace de la mejor forma posible: a través de una plataforma como Amazon, en versión digital (kindle) y en papel con tapa blanda y para el mercado mundial. Es una contradicción, sin duda, clamar contra los monopolios de distribución y venta y, a la vez, reeditar libros ahí. Pero no creo que haya mucha diferencia haciéndolo en Random House, en cualquiera de sus editoriales, o en el Grupo Planeta, o en Anaya. Quizá si haya diferencia si hablamos de pequeñas o medianas editoriales independientes. Pero bueno, lo esencial es que Mar de octubre deja de ser un libro muerto como tantas primeras novelas, como tantos libros descatalogados y perdidos en remotas librerías de viejo o en tenderetes de saldo de quién sabe donde. También aparece en la misma plataforma mi segunda novela, pero de ella escribiré en otro momento.


Comprar en el enlace: Mar de octubre / Manuel Rico / El Umbral | Narrativa /Amazon. 242 pgs.
Versión kindle | En tapa blanda




sábado, 4 de enero de 2014

De listas y de autores: Chirbes, Blas de Otero, Muñoz Molina. Mi reflexión al margen


Como un crítico más, he participado en el proceso, que se repite cada mes de diciembre, de decantación de los diez mejores libros del año, siempre desde la óptica de los especialistas de Babelia. El resultado es conocido por todos (Libros del año), la selección de cada "especialista" también, y la sistemática utilizada parece las más próxima a una "justicia poética": cada crítico remite una lista de diez, ordenados de mayor a menor importancia y de todos los géneros. Se puntúan de 10 a 1, en el orden enunciado, y los que obtienen más puntos pasan a formar parte de la lista. Más allá de los aspectos técnicos y de la metodología, me parece pertinente reflexionar sobre el resultado y, sobre todo, sobre algunos aspectos que creo especialmente significativos y sobre los que nadie, a mi parecer, ha reflexionado.

El primer dato a considerar es el hecho de que entre los cinco primeros están tres libros de autores españoles. El primero, En la orilla, de Rafael Chirbes. El tercero y el cuarto, la poesía completa de Blas de Otero, editada (¡al fin!) por Galaxia Gutenberg con el cuidado que su obra merece, y Todo lo que era sólido, de Antonio Muñoz Molina, respectivamente.

El segundo dato a destacar, es que la poesía sigue siendo la pariente pobre de la literatura. Aunque en el recorrido global por las valoraciones de los críticos, se refleja la presencia de poemarios (se hacen públicos los cinco mejor valorados en columna aparte) es llamativa su ausencia en la relación de los 20 del ranking principal: sólo la obra de Blas de Otero y Los libros proféticos de William Blake encuentran un hueco en él. En el fondo, esa ausencia no hace sino reflejar el peso que el género tiene en el ámbito lector entendido en sentido global.   

El tercero es la distancia que el contenido de la lista establece con respecto a las listas de libros más vendidos, best-sellers varios (incluidos los de autores editados por el grupo al que pertenece el diario: Pérez Reverte o Jöel Dicker --que ha sido, curiosamente, el más votado por los lectores del diario--, dos "superventas" de la casa, ni siquiera aparecen en la lista, y El héroe discreto, de Vargas Llosa, ocupa el número 14) y tramas vaticanas, mediavales y misterios diversos. Parece que los críticos apuestan por la mejor literatura sin valorar el grado de difusión o venta del libro, algo que debería ser una práctica habitual. Aunque la mayor parte de los títulos están editados por sellos de mucho peso mediático y económico, los hay también editados por pequeñas o medianas editoriales que en no pocas ocasiones han sido situadas en el grupo de editoriales "indie": se destacan libros de Turner, Periférica, Páginas de Espuma o Acantilado. No obstante, todas las editoriales de peso (de Anagrama a Taurus) gozan de un prestigio literario difícilmente discutible aunque alguna de ellas tenga una línea "best-selleriana". Es decir, la selección parece el reverso de la lista de super ventas a la que tan proclives son determinados suplementos literarios.

Sin entrar en enjuiciar el sistema de listas en general, es de destacar el valor que los tres libros de autores españoles tienen desde la óptica del entendimiento de la literatura como instrumento de indagación en la vida colectiva.  Casi treinta años después de que se proclamara, desde los ámbitos crítico y académico (me refiero a los años iniciales de la transición, cuando surge el fenómeno de la nueva narrativa española o se descalifica la poesía "social") el acta de defunción de la literatura atenta a la realidad política y social, de la literatura crítica, en 2013 se ha puesto de relieve que esa apuesta va más allá de un momento histórico determinado, que tiene, desde El Quijote y desde los primeros cantos de juglaría, un carácter estructural, que está estrechamente vinculada a la condición del escritor como ser social con independencia de la aventura estética o formal que emprenda. 


En la orilla, colofón imprescindible de la que podríamos calificar como "novela de la burbuja", de la que es autor también Rafael Chirbes, Crematorio, es una novela enorme que disecciona la realidad de nuestro país, inmerso en la crisis económica. Una novela de alta calidad literaria que, a la vez, actúa como instrumento crítico, toca la raíz del boom inmobiliario en la costa mediterránea y establece un contraste acerado, muy duro entre los paraísos ilusorios construidos con corrupción y absoluta falta de ética y el paisaje desolador que la crisis que se inicia en 2008 ha aflorado en nuestro país, especialmente en la zona de la costa que fue paradigma de especulación, optimismo económico y burbuja.  La miseria, la experiencia al límite de la inmigración que queda varada entre el paro, el retorno al país de origen y un subempleo cercano al esclavismo, o los modos de supervivencia de empresarios que tuvieron el mundo (y el poder institucional de ayuntamientos y diputaciones) a sus pies y que han derivado a la ruina o a la dependencia de mafias que reclaman deudas. Un retrato crudo, escrito con un lenguaje transparente y lúcido y, a la vez, creativo y exigente, que consolida a Chirbes como uno de los grandes cronistas de la realidad contemporánea de nuestro país.


La obra completa de Blas de Otero, que incorpora muchos poemas inéditos, es otro aldabonazo en nuestras conciencias. Blas de Otero murió en 1979. Dejó un libro inédito, Hojas de Madrid con la galerna, que se publicó en 2012, muchos poemas por publicar. Es un poeta en las antípodas del poeta encerrado en su torre de cristal. En tiempos de indignación frente a gobiernos que se someten a los dictados de poderes económicos incontrolables y en una sociedad que vive, día tras día, procesos de regresión impensables solo un lustro antes en materia de derechos humanos, de protección social, de servicios públicos, el poeta implicado en esas preocupaciones cobra una vigencia fundamental. Blas de Otero estuvo ahí en tiempos duros… Y Blas de Otero, como si Sabina de la Cruz, su editora (con Mario Hernández) y compañera, hubiera decidido restituirlo a las nuevas generaciones, está ahí en tiempos que parecen mirar más a la década de los 70, cuando él iba de barrio en barrio y de plaza en plaza leyendo sus poemas, que a un siglo XXI de democracia avanzada y de libertades. Blas de Otero era, además, mucho más poeta de lo que algunos bardos del culturalismo sospechaban: su último libro y buena parte de sus poemas inéditos son una muestra de su permanente indagación en el idioma, de sus preocupaciones formales y del logro de un equilibrio difícil entre el tono directo, realista, casi conversacional, y la metáfora innovadora e imprevista.  Es de destacar que el aliento de fondo de la obra del autor de Ancia está presente en buena parte de la poesía española de hoy. Incluso entre los cinco libros mejor clasificados en ese género, podemos encontrar dos títulos en los que la crítica a la realidad presente es consustancial es consustancial al discurso poético (Insumisión, de Eudardo Moga, y Nueva York después de muerto, de Antonio Hernández) y uno que, pese a su carga intimista, presta una atención especial a las contradicciones de una realidad nada apacible: Escritos en la corteza de los árboles, de Julia Uceda..

En Todo lo que era sólido, Antonio Muñoz Molina acomete una disección de la evolución de España y de sus representantes políticos en el período que va del comienzo de la transición hasta los tiempos actuales, marcados por la crisis. Es un libro de reflexiones con un tiente marcadamente oscuro que responde a esa exigencia no escrita que algunos escritores asumimos de atender al mundo circundante, de diseccionarlo, de criticarlo. Sin embargo, a mi entender es una crítica en la que el autor tiende a simplificar los procesos políticos y sociales, a analizar la realidad desde una lente no siempre objetiva aunque lo pretenda, y a generalizar y fijar doctrina a partir de  experiencias personales (algunas procedentes de su ejercicio como director del Cervantes de Nueva York que conocemos ahora y no entonces) no siempre generalizables. Muñoz Molina tiene una larga trayectoria como articulista. En esos trabajos ha combinado la crítica, muchas veces acerada y exacta, otras hiperbólica y sin matices, con una suerte de voluntad prescriptora que roza el alegato o el recetario, sobre todo cuando aborda la memoria histórica, la educación o la realidad plurinacional de España. En Todo lo que era sólido hay mucho de ello. Y todo lo que tiene de certero cuando aborda la corrupción, cuando denuncia la inconsciencia y la ambición especulativa que acompañaron a la burbuja (no sólo inmobiliaria), se agrieta cuando silencia o ignora las grandes conquistas sociales, culturales, educativas que han formado parte, también (y de manera absolutamente destacada) de los últimos 35 años de nuestra Historia.
 
En Todo lo que era sólido resulta especialmente difícil de entender la valoración como “excesiva” de la Ley de la Memoria Histórica, descalificándola desde la equidistancia: “En 2006, las noticias más urgentes eran casi siempre del pasado”, afirma. Y prosigue: “Excavaciones de fosas de ejecutados e indagaciones judiciales sobre verdugos muertos treinta o cuarenta años atrás ocupaban aquella extraña actualidad en la que el presente casi no existía sino como reiteración fantasmal de las confrontaciones sanguinarias de hacía tres cuartos de siglo”. Pocos críticos han resaltado esta frase (hay otras de parecido tono). Olvida Muñoz Molina que las fosas se abrieron por exigencia de familiares de las víctimas, de los desaparecidos o fusilados. El problema del pasado de hace tres cuartos de siglo no es de equidistancia. Entre otras cosas porque estamos en un país en el que en muchos pueblos todavía no es posible hablar con libertad de aquellos años. Es de simple justicia. Cuando en plazas, calles y avenidas se mantiene aún nombres de la dictadura o existen iglesias con el “Caídos por Dios y por España” bajo el yugo y las flechas, la apelación a la renuncia tiene algo de agresión. Muñoz Molina, que establece en el libro multitud de comparaciones con la civilidad de otros países europeos, no se plantea, sin embargo, si sería imaginable en Alemania, o en Italia, tropezarse con avenidas de Adolfo Hitler, o de Göering, o de Mussolini en muchos de sus pueblos. En España sí. Incluso siete años después de promulgada la Ley de Memoria Histórica.    

Viaje por la mala conciencia: LOS FILOS DE LA NOCHE, una novela reescrita. Una nueva novela.

En breve, Los filos de la noche, mi segunda novela, estará otra vez en librerías. Oculta desde hace muchos años, ha vuelto entre nosotros c...