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martes, 15 de agosto de 2017

El hermano: una despedida

Hay muertes que no esperas. Haber tenido un hermano menor, nacido doce años después de que lo hicieras tú, obliga a pensar que nunca será él quien se vaya antes. Sin embargo, la fatalidad y un cáncer especialmente agresivo hizo que nos dejara un caluroso día de septiembre del pasado año. A petición de su compañera Lola y de sus hijos, Juan Carlos y Raúl, escribí unas líneas que acerté a leer, con la garganta acogotada por la emoción, en su incineración en el madrileño cementerio de La Almudena. Fueron unas líneas escritas para la intimidad de la familia y de las gentes más cercanas, pero nunca pensé que el recuerdo de mi hermano, parte esencial de mi infancia y de mi adolescencia, debiera quedarse en ese lugar íntimo y desconocido porque sería una enorme injusticia. Mi hermano Juan Carlos era, como millones de seres que viven junto a nosotros, un hombre joven, trabajador, entregado a los suyos, de los que nunca salieron ni saldrán en los periódicos. Un ser anónimo que dio continuidad a la dedicación de mi padre a la carpintería y que vio de lejos, a distancia y seguramente con una admiración que comunicaba a sus amigos más próximos, la trayectoria de su hermano mayor, en quien confiaba ciegamente, que se había metido en política en tiempos duros, que escribía libros a los que no siempre tuvo acceso y que, en los años de su enfermedad, se había asomado a la radio, o a la televisión del hospital, hablando de derechos de autor, defendiendo a los escritores jubilados para que él pudiera enorgullecerse de quien, en la familia, había accedido a un mundo lejano, demasiado lejano de su cotidianidad entre la carpintería, la casa y el barrio. 

He corregido el texto que leí aquel terrible día de septiembre en el cementerio. Porque quiero que lo que fue un homenaje íntimo, familiar, sea el homenaje de un escritor con cierto reconocimiento hacia un hombre que formó parte de su existencia y que vivió en el anonimato, como la inmensa mayoría a la que se refiriera Blas de Otero, sin que nadie lo mencionara en un periódico, en una revista, en una publicación por mínima difusión que esta tuviera. Va por él, por Juan Carlos Rico, mi hermano pequeño: 


"Yo recuerdo descampados de un barrio de Madrid, la UVA de Hortaleza, al que llegó nuestra familia en el ya lejanísimo año sesenta y tres. Veníamos de otro barrio, llamado de la Alegría, de casas bajas sin agua corriente y crecido en noches de posguerra que el franquismo había decidido demoler. Tú, Juan Carlos, naciste muy poco después de nuestra llegada a la nueva casa en el nuevo extrarradio. Corría noviembre de 1964 y llegaste muy tarde, cuando tu hermana y yo habíamos sobrepasado o estábamos a punto de hacerlo, la infancia. De algún modo, fuiste el  juguete, el más pequeño de todos. A ti me unía aquella circunstancia, que me hacía sentirme, en parte, como un padre prematuro y obligado ante las interminables jornadas de trabajo del nuestro (cuando tú cumplías seis años, yo cruzaba la frontera de la mayoría de edad) y , a la vez, me separaba porque mi mundo se alejaba del tuyo cuando tú comenzabas a despertar a la realidad.

La UVA de Hortaleza en los días de infancia y adolescencia
"Estos días, que jamás hubiéramos querido que fueran tus días finales, hemos conversado. No mucho, es cierto, pero ha sido hermoso e inesperado dialogar con franqueza de lo que nunca habíamos hablado. Una tarde, por ejemplo, me dijiste que uno se ve arrastrado por las obligaciones del trabajo, por el esfuerzo desmedido para sacar a una familia adelante y para buscar cierta estabilidad y se olvida quizá de lo más importante. Te referías a la felicidad de las pequeñas cosas, al tiempo dedicado a los otros, a la familia, a los amigos, a algunas aficiones que se van apartando del camino. Me dijiste que tomaste conciencia de ese error cuando de pronto te enfrentaste a los 17 años de tu hijo mayor y te diste cuenta del tiempo que no le habías dedicado por culpa del trabajo y del encadenamiento de obligaciones. Sé lo que es eso. Tal vez por ello, te recordé un par de versos del poeta Jaime Gil de Biedma, que decían: “Que la vida iba en serio / uno comienza a comprenderlo tarde”. Y lloraste y me hiciste llorar. Recordamos juntos momentos que creíamos olvidados. De infancia y adolescencia, de nuestro barrio, de los amigos, que tú conocías, de tu hermano mayor, y de tus pequeños amigos de entonces, de Fidel por ejemplo, a quien he vuelto a ver en estos días terribles y del que tantos recuerdos guardo, de nuestra madre y de nuestro padre, que se fueron también demasiado pronto, del mar de los viejos veranos, el Mar Menor de mi primera novela, Mar de octubre, del barrio que se coló en las novelas posteriores, que vive en mis poemas, que nunca se irá de cuanto escriba en el futuro, de  nuestras vidas, tan distantes por edad y experiencia.

"También hablamos de nuestro padre, Manuel Rico Delgado, otro de los grandes anónimos que acompañaron nuestros primeros años. Me causó especial emoción, sobre todo, tu relato de la vida que compartiste con él cuando yo ya no vivía en la casa familiar. Del vacío inmenso que dejó en ti su muerte, de los días (yo ya no estaba, andaba en afanes colectivos y construía mi vida) en que te llevaba al cine, o a la UGT de Madera y Corcho (hace unos días vi, entre los viejos papeles que guardo, su carnet) recién comenzada la transición política, de la carpintería y de su entusiasmo por la libertad recuperada después de cuarenta años de miedo y de silencio, o de la fragilidad de Lucía, nuestra madre, que vivió casi veinte años más que él aunque sin sobreponerse nunca del todo al enorme hueco que quedó a su marcha.


"En esas infames tardes de hospital y gasa hemos hablado, también, de tus sueños: querías acabar la casa del pueblo, cultivar un huerto, disfrutar de una paz que te ha faltado, ver crecer y realizarse a tus hijos, trabajar sin agobios, casi como un placer. Y yo he sentido profundamente tu angustia porque mientras me lo contabas en tu mirada podía leerse que lo que decías era una forma de consuelo, de enfrentarte a tus horas más difíciles, de soñar cuando nada te invitaba a soñar. He recordado, también, un día muy lejano, quizá a principios de los ochenta, algunos años después de la muerte de nuestro padre, en que decidimos perdernos en algún pueblo de la vega del Jarama (creo que fue en Torrelaguna, o en Valdetorres) para comer juntos y charlar sobre los derroteros que tomaban nuestras vidas y de tu situación personal. Fue una velada emocionante, también dura porque me hablaste del peso que llevabas encima, de lo que había supuesto recuperarte del golpe cuando apenas acababas de cruzar la adolescencia viviendo en la casa, vacía de hermanos y de padre, con la madre sumida en una depresión profunda y hundido en la confusión y en la necesidad de buscarle un sentido a la vida. Hoy me duele no haber estado más cerca de ti, no haber sido consciente de tu dolor, de tu indefensión de entonces.  


"Muchas veces he oído a personas que han trabajado contigo decir que eras, sobre todo, un hombre bueno. Incluso que eras demasiado bueno. Yo creo que nunca se es demasiado bueno. Y creo que te has ido plenamente convencido de haber obrado bien pese a los errores o descuidos que a todos nos acompañan a lo largo de la vida. 



"Te has ido joven. Demasiado joven, Juan Carlos. Dicen que los escritores dejan, al irse, sus libros, sus textos. Pero por lo que he podido comprobar estos días, hay algo quizá más importante que esos legados materiales. Me refiero a lo que queda en la memoria y en la experiencia de quienes vivieron alrededor de uno. Nos dejas, es verdad, el fruto de muchos de tus trabajos como carpintero (ebanista, le gustaba decir a nuestro padre, del que heredaste tan noble profesión) repartidos por mil y un rincones de nuestro país. Pero, sobre todo, dejas lo que queda de ti en la memoria de tus hijos Juan Carlos y Raúl, quienes por encima del dolor se sienten orgullosos de su padre. Lo que queda en la memoria de Lola. Lo que queda, y perdurará, en la memoria de quienes te conocieron, de nuestra pequeña familia, de nuestros hijos.

"No te decimos adiós porque esta despedida es un hasta siempre. Descansa en paz. Llévate nuestro abrazo. 


"Concluyo esta carta con unos versos muy conocidos (más de una vez los habrás escuchado en la voz de Joan Manuel Serrat) de Miguel Hernández que hablan, sobre todo, de vida a pesar de la muerte contra la que se rebela: “A las aladas almas de las rosas / del almendro de nata  te requiero, / que tenemos que hablar de muchas cosas, / compañero del alma, compañero”. Porque, pese a la distancia de los años que nos separaban y a pesar de que durante largas temporadas no nos veíamos, yo sabía que eras, además de hermano, compañero.



Hasta siempre."

miércoles, 2 de mayo de 2012

"Fugitiva ciudad". ¿Una realidad anticipada? Una reflexión y dos poemas


En febrero, o marzo del año 2000 feché los primeros apuntes de poema de Fugitiva ciudad, el libro que pronto estará en librerías con la faja del premio Miguel Hernández 2012. Sin embargo, entonces no sabía que había comenzado a escribirlo: desconocía si aquellos poemas tendrían la compañía de otros con el mismo aliento de fondo y no podía asegurar que aquel impulso creativo no acabara embarrancado al cabo de un par de meses. ¿Pensaba en un libro? Sí, pero no estaba seguro de que se compusiera de aquellos poemas. Tampoco de lo contrario. Todo era confusión, dudas, salvo el sentido que creía debía dar al libro de poemas que tenía en la cabeza.

Pensaba en un libro que indagara en el cambio de siglo. Que tocara las incertidumbres, los deseos, la memoria, los sueños y las frustraciones de quienes, hombres y mujeres nacidos en el siglo XX pero con la perspectiva de vivir buena parte del XXI, habían crecido fundidos a un tejido de emociones, de recuerdos, de experiencias, de lecturas y de deseos no cumplidos que podían derivar en decepción o escepticismo aunque también en mirada esperanzada. "Quiero escribir un libro de poemas que refleje mi experiencia de la transición de un siglo a otro", me decía.

De manera irregular, fueron surgiendo nuevos poemas: en el metro, en el autobús, en algún viaje en avión, en mis estancias de fin de semana en el valle del Lozoya, en mis noches en vela en Madrid o en los septiembres mediterráneos, surgían mis miedos e incertidumbres, mis recuerdos de adolescencia y, sobre todo, mi experiencia de una ciudad cambiante, de un Madrid cambiante en el que mis calles de infancia y de adolescencia se fundían con las calles mutantes del nuevo siglo: los hipermercados, los polígonos industriales, los modernos trenes de cercanías, los centros comerciales como espacios para el ocio, los teléfonos móviles....  iban invadiendo nuestra vida cotidiana, mutando una ciudad hecha de escenarios habitados por hombres y mujeres confusos y desvalidos, por jóvenes enamorados y, a la vez, temerosos del propio amor. Allí estaba el tiempo a detener, a trascender en poema.


Calle de Oporto. Foto J. M. Rico
En aquellos poemas fue asomando la Historia colectiva (la caída del muro de Berlín, el recuerdo borroso, heredado de mi padre, de la huelga de tranvías de Barcelona en los años 50, la muerte de Gramsci y de Benjamin, el descubrimiento de ruinas de una arquitectura carcelaria de postguerra), pero también mi historia íntima, mi percepción de la relación erótico sentimental con una música de fondo anclada en mi adolescencia pero viva hoy, décadas después (hablo de Joan Manuel Serrat, que nos ha acompañado en este tiempo, que hoy nos acompaña) y algunos muertos próximos y vivos para siempre: Diego Jesús Jiménez, Manolo Vázquez Montalbán, Dulce Chacón.... De esa historia han formado parte otras ciudades a las que en este tiempo he viajado y he vivido de manera inevitablemente fugaz, fugitiva: Frankfurt, Oporto, Roma, Varsovia, Berlín, Viena.... Ciudades con historia y con Historia, pero de las que en el poema quedaron sensaciones de paso, atmósferas, alguna conversación (uno de los poemas más queridos es el que escribí a propósito de una larga sobremesa con Juan Gelman, en el restaurante de la Ópera, de Frankfurt)

El pasado 21 de abril, en la ciudad de Soria,  tras una lectura colectiva el Casino, Martín Rodríguez Gaona me dijo que en mis poemas había un aire que venía de Hopper. No me hizo falta recapacitar mucho sobre ese extremo. En efecto, ahí está Hopper, esa mirada de base realista que se difumina en los bordes, que se troca en angustia y soledad en los seres humanos que aguardan en habitaciones de hotel, junto a gasolineras sin nombre, asomados a una ventana... Pero también estaban los residuos de mis lecturas de algunos poetas americanos que en esa década larga han aparecido en Bartleby Poesía: C. K. Williams, Sharon Olds, Billy Collins, Raymond Carver...

Pero hay un fenómeno curioso, que habla de ese extraño poder anticipatorio que, a veces, cabe otorgar a la poesía: el extrarradio, los espacios industriales, los barrios de viviendas oficiales... que en los poemas evoco proceden de un tiempo en blanco y negro, de mis recuerdos de adolescencia y primera juventud: el Madrid de los 60 y de los 70. Fueron escritos, sin embargo en unos años de euforia económica, de burbuja inmobiliaria, de crecimiento sin límite y de reducción del desempleo a niveles casi testimoniales. Al menos hasta 2008, ése fue el trasfondo emocional, anímico y sociológico, en aquellos poemas de tonos otoñales y mirada empañada por una melancolía que los acercaba al blanco y negro mientras en mi entorno, en el propio país (y, más allá, en Europa) se vivía un optimismo sin límite.

Ensanche de Vallecas. Madrid. Descampado con torres.

Sin embargo, en los últimos años, la realidad ha ido cobrando los contornos que los poemas dibujan: la ciudad es más fugitiva que nunca, el desempleo enturbia las miradas, los polígonos industriales "recuperan" la escenografía de la crisis que yo evoco, los barrios, en cuyas plazas no es difícil ver a parados de larga duración, a jóvenes excluidos, a viejos con la mirada perdida (no pocos, "condenados" a ayudar con su magra pensión a hijos y nietos), en los grandes centros comerciales no es difícil identificar a quien duda si llegará, con sus ingresos, a fin de mes. Muchos poemas de Fugitiva ciudad, escritos en 2004. ó 2006, anticipan la ciudad de hoy, el Madrid de hoy, una ciudad asustada, temerosa por las consecuencias de la crisis, resignada ante políticas de recortes que pueden marcar la cotidianidad de las generaciones que nos aguardan. Los poemas no han necesitado acercarse a la realidad de hoy: ha sido la realidad la que ha penetrado en los poemas, los ha convertido en tiempo significante que habla del presente. El Madrid de finales de los setenta y principios de los ochenta, el de la crisis económica de mediados de los noventa... telón de fondo de buena parte de los textos de Fugitiva ciudad es la ciudad de la primavera de 2012, de estos días sombríos y amenazantes.

Dos poemas de Fugitiva ciudad

De la "cocina" del libro, de ese trabajo extendido a lo largo del tiempo y recluido en una carpeta que es, en el fondo, la radiografía anímica de algo más de una década, rescato dos poemas. Reproduzco el borrador con las correcciones "en vivo¨ y, debajo, el poema tal y como aparecerá en el libro. Ahí quedan.



Entre las fábricas
duerme el domingo por la tarde, duerme
la soledad
como un viejo lagarto nutrido por el humo
que se adueña del aire mientras llueve.

Y los bares cerrados, y las fuentes sin agua
y los coches sin dueño, cual metales
ya muertos: se respira en el ambiente
el olor del aceite muy usado,
de papeles podridos durmiendo en los rincones
que las tapias perfilan y la hierba alimenta.
                                                                        Huele a usura
y a chaquetas gastadas en los codos.

He visto la  trastienda
del polígono industrial en los días
festivos: al fin huérfano de vida y mercancías,
huero de movimiento y de palabras, nos ofrece
un desierto de muros y puertas con alarma,
de caminantes solos, desorientados
en medio de un silencio de polvo y soledad.

En el Madrid sin nombre, en el hondón en sombra
del Llobregat, junto a la vieja ría
de una ciudad del norte, en las calles perdidas
de Londres o Milán, o en las afueras
manchadas por el gris de Varsovia o de Praga
hay lugares inversos
como éste, hay domingos callados
que duermen a la espera del retorno, hay ventanas
enmudecidas hasta el lunes desde el último sábado.
                                                   (Día no laborable en el polígono industrial)




He visto a la que busca
el gozo entre las sombras,
la luz de primavera.

La he visto en un McDonalds
cuyas anchas ventanas
dan a un jardín espléndido y llovido.

La bolsa donde guarda una modesta compra
duerme junto a la silla
y sus manos, todavía olorosas
a nivea, se acercan a otras manos,
que serán siempre anónimas,
que la acogen y salvan. Su mirada
llueve melancolía y busca
el paraíso en los ojos del hombre
cuyo nombre es secreto.
                                            Es madura
y no amada hasta esta tarde de abril
en que sueña entregarse
al amado a escondidas,
a una felicidad de tránsito.
                                                   (Amantes)

miércoles, 23 de febrero de 2011

23 de febrero de 1981: mi memoria de aquella noche

De aquella noche absurda, cruel, que pudo situarnos una vez más en el furgón de cola de la historia y en el pozo de la vergüenza colectiva, han quedado en mi bibliografía dos obras literarias. Una novela, que publicó Planeta, en 1995, en su colección Nueva narrativa, dirigida entonces por Silvia Bastos y Mariona Costa, titulada Una mirada oblicua, y un poema, "1981, veintitrés, febrero", escrito muchos años después y que formó parte de mi libro Donde nunca hubo ángeles (2003). La novela, en cuya portada lucía una maravillosa fotografía del mítico Man Ray, reflejaba el clima de aquellas horas así:

Portada Una mirada oblicua. Planeta, 1995
      "En esta ciudad hubo una noche más fría que las otras. Una noche a la que la memoria se resiste a acudir, que, cuando logro traspasar la membrana que teje el olvido, vuelve como un fantasma de otra ciudad, de otro mundo, de otro tiempo. Sólo han pasado diez años. Aunque ese tiempo ha mellado sus aristas, reconstruir aquellas horas es entrar en un desván sombrío, en el espacio helado donde duerme la memoria de unos años oscuros, donde aún pervive el sabor de los sueños amputados de nuestros padres.
       Sería, aquella noche, el comienzo de una experiencia no del todo explicable que mantengo clavada en esa zona desapacible donde la imaginación y la vida parecen confundirse, donde la realidad se enturbia y hace de nosotros personajes de una doble historia: la que creímos vivir y la que en verdad vivimos. Acaso la que alguna vez soñamos, o nos contaron, y se convirtió, con el tiempo, en propia, intransferible.
      En las calles del atardecer se percibía una detención del aire, ya inminente la noche. Yo salía de una librería próxima a la Gran Vía. En mis manos, una edición de 1958 de No soy Stiller, la desasosegadora novela de Max Frisch que me había recomendado Pablo Cuéllar. Entré en un café cercano a la boca del Metro. Había muy pocos clientes. Tomé asiento en uno de los taburetes junto al mostrador y comencé a hojear el libro de modo desatento. El camarero tenía la radio puesta, un pequeño transistor entre el bosque de botellas de los estantes que, a su espalda, se duplicaban en el espejo. Se oía, en sordina, el rumor del debate parlamentario: a la inexplicada dimisión del presidente Suárez sucedía la investidura, como mal menor, de un Calvo Sotelo especialmente sombrío. Pedí un café. De pronto calló la radio y el camarero, un hombre de mediana edad, de barba cerrada, pelo canoso y gafas telescópicas, cambió la compostura del rostro. Me miró un instante y, al volverse a preparar el café, lo noté nervioso, un temblor en la mano al colocar la taza bajo el grifo de la cafetera.
     —¿Qué ocurre?
     —No lo sé. Se han oído disparos y han dejado de radiar el debate."
Quienes vivimos aquellas horas a una edad en al que teníamos conciencia de la realidad, nunca las olvidaremos. Como en el asesinato de Kennedy, o en el 11-S o en el 11-M, muchas veces nos han preguntado dónde estábamos y qué hacíamos en tal momento. Yo lo viví en la sede de un partido político, del partido que era uno de los objetivos esenciales en la ofensiva golpista: el PCE. Recuerdo la radio y el momento en que se interrumpió la retransmisión del pleno del Congreso, la voz titubeante del locutor, los disparos, el "quieto todo el mundo" y recuerdo, ante todo, cómo en la boca del estómago se agolparon todos los miedos, todas las pesadillas que en los meses precedentes, al hilo de cada atentado de ETA, había ido acumulando. Sí, porque ETA en aquellos años (nunca ha dejado de serlo, todo hay que decirlo) fue una de las grandes excusas para todo género de antidemócratas. Éramos muy jóvenes y casi desde la adolescencia nuestra vida, mi vida, había estado vinculada a la lucha por la democracia. Hubo una reunión de urgencia, establecimos un germen de estructura clandestina y nos citamos para un par de horas después, en grupos de tres, en distintas zonas de Madrid para valorar cómo evolucionaba la situación.

El miedo. Sí, tuve miedo. Mientras caminaba hacia casa para contactar con la familia antes de acudir a la reunión que me había tocado, pensaba en mi padre, pensaba en Argentina, en Chile, en Uruguay, en su dictaduras, en las vidas segadas, en Víctor Jara, en Salvador Allende,  pensaba en cómo el mundo que apenas habíamos comenzado a construir con la Constitución de 1978 podía ser derribada por los golpistas. Recuerdo el silencio en los bares que se mantenían abiertos, la imagen de los cafés cerrados, autobuses vacíos y detenidos con las puertas abiertas como bocas asombradas, un viento frío y afilado llegando de la sierra. Creo que me dirigí a casa en Metro aunque no puedo recordarlo con precisión. En casa, estaba E. y acababa de llegar Diego Jesús Jiménez, el poeta, que quería sentirse acompañado y pedirme orientación sobre lo que debería hacer, esconderse o exiliarse era la gran duda. Después, no recuerdo cómo ni hacia donde, Diego Jesús se fue, nos quedamos solos y después fuimos a casa de los padres de E., en la UVA de Hortaleza, a donde me dirigí después de recoger documentación comprometedora, folletos sindicales, algún documento sobre la cultura en los barrios que habíamos comenzado a debatir en el distrito. Estuve algo más de media hora en la casa paterna de E. Intenté tranquilizar a su padre, cuya mente se veía invadida por los viejos fantasmas de la guerra, por todos los miedos apenas contenidos en los años iniciales de aquella precaria transición. E. y yo . nos despedimos: yo a mi cita de seguridad en (hoy puedo decirlo) en el bar El Brillante, en la glorieta de Atocha, ella a la sede del PCE en Hortaleza, a esperar instrucciones, a preparar la edición, en una precaria multicopista offset, del manifiesto que convocaba dos horas de huelga general para el día siguiente.

Vuelve a mí, ahora, la minireunión, una hora después, en El Brillante de Atocha. Éramos tres héroes que esperábamos instrucciones y claridad sobre lo que ocurría, y noticias de otras regiones militares (los tanques ocupaban las calles de Valencia, la noche en la ciudad del Turia era más oscura que la de cualquier otra ciudad de España). Allí, en la televisión, mientras comíamos nuestro bocadillo de calamares, escuchamos un comunicado de la Junta de Jefes de Estado Mayor que habría de ser el preámbulo de la aparición, una hora más tarde, del Rey. Acataban la Cosntitución, pero nada estaba claro mientras el Rey no apareciera. Decidimos abandonar el bar y caminar paseo del Prado arriba, hacia la plaza de las Cortes, acercarnos al núcleo del desastre, de la desolación. Avanzamos entre gentes desconocidas conscientes de que entre ellas podían ocultarse miembros de la extrema derecha, guerrilleros de cristo rey, pistoleros que esperaban instrucciones o la llegada de la Acorazada Brunete. También había viejos republicanos iracundos y silenciosos, mujeres desoladas, jóvenes acobardados, policías, muchos policías, muchos jeeps, allí estaba la buena gente de Madrid con el transitor al oído. Había llantos silenciosos, y retinas asustadas y asombradas, y rostros huidizos, y hombres cabizbajos: había obreros, gente que había llegado hasta las cercanías del Congreso desde los barrios extremos que habían hecho de la movilización ciudadana, años antes, una pieza esencial de la democracia....  Cuando dejamos el Congreso, subimos hacia la Puerta del Sol por las estrechas calles traseras a la Carrera de San Jerónimo, más tarde hacia la Plaza Mayor: recuerdo cómo, bajo los soportales, nos encontramos con un centenar de hombres y muejres disfrazados: formaban parte de un cortejo de Carnaval, recordé que aquella noche se habían iniciado, en muchos barrios, las celebraciones carnavalescas. Y pensé que aquellos disfraces, a poco más de doscientos metros del centro neurálgico de un golpe de estado, tenían mucho de valleinclanesco. Y pensé que la España eterna volvía a castigarnos. Que los esperpentos de Valle Inclán eran algo más que pura ficción.

Después, regresamos a la sede. Allí supe de amigos que habían buscado refugio en algún lugar de la sierra, en casas de verano de familiares próximos o remotos. Supe de otros que habían decidido dormir en habitaciones desconocidas. Allí vimos al Rey por televisión, allí fuimos advirtiendo cómo, poco a poco, la sombra del golpe se diluía. Pero yo no me deshice del miedo. Ni del miedo de mis padres. Ni del de quienes, coetáneos a ellos, habían vivido en plena madurez el tiempo de silencio que fue la dictadura. Recuerdo que, cuando la madrugada comenzaba a asomar sobre los tejados que circundaban la calle madrileña de Campomanes, casi vencido por el sueño, escribí algunas notas. Aquellas notas darían lugar, diez o quince años después, a un poema y, casi en paralelo, a una novela. La novela en la que aquella sombra, como una advertencia del pasado, flota y amenaza para siempre: Una mirada oblicua.

Volví a casa a media mañana. Los diputados habían sido liberados, comenzaban a producirse las primeras detenciones de generales y otros oficiales golpistas, los representantes de los partidos se reunían con el Rey y con Calvo Sotelo, presidente de facto, pero yo no podía quitarme de encima un miedo que se prolongó durante años. Durante muchos años. A pesar de la multitudinaria, casi irrepetible (sólo se repitió, tras los atentados terroristas del 11-M, veintitrés años después) manifestación que llenó las calles de Madrid, comenzando por el Paseo del Prado, que así evocaría en mi novela:
"En Madrid hubo una noche extrañamente luminosa. La noche de la respiración. La que negaba el olor a cuero y a sudor  cuartelario. Fue cuatro días después del  golpe. Las calles del centro se llenaron con el silencio de una multitud consciente de haber atravesado el túnel y salvado el precipicio. Habían acudido desde los más remotos lugares de Madrid, desde los pueblos más alejados de la capital, desde los barrios inhóspitos del otro lado del Manzanares, desde los barrios residenciales del norte, desde las zonas donde vive la industria, hasta convertir el Paseo del Prado, y Recoletos, y la plaza de Cibeles, y las calles limítrofes con la arteria central de la ciudad, el espacio donde sentirse vivos".
Pocos días después (¿o quizá algunos meses?), Joan Manuel Serrat presentó en Madrid un disco: En tránsito. E. y yo estuvimos en el concierto. Creo que fue en el Alcalá Palace. Creo que nos emocionamos ante algunas de sus canciones. Creo que lloré. De emoción, de miedo, de alegría también.  De aquel disco, la canción "A quien corresponda", un alegato contra todo autoritarismo. Tenía 29 años y de ellos sólo había vivido tres en democracia.



  

Viaje por la mala conciencia: LOS FILOS DE LA NOCHE, una novela reescrita. Una nueva novela.

En breve, Los filos de la noche, mi segunda novela, estará otra vez en librerías. Oculta desde hace muchos años, ha vuelto entre nosotros c...