miércoles, 17 de diciembre de 2008

ENTREVÍAS, TORRELAGUNA, EL SENTIDO MARAVILLOSO DE UN OFICIO


Vivir, aunque sea, como es el caso, lateralmente el mundo literario no deja de ser una oportunidad para acumular experiencias de toda índole, en muchas ocasiones contradictorias. Todas, sin duda, enriquecedoras, dignas de ser vividas (desde la recepción de un premio hasta la devolución, por una editorial, de una novela) aunque no siempre los escritores estén -estemos- preparados para procesarlas. Las que refiero a continuación son de las que dan sentido a la literatura, de las que sirven para vivir el oficio de escritor con la humildad y la voluntad de aprendizaje que todo oficio realizado con pasión y sin soberbia requiere. Van de talleres literarios o lecturas, van de encuentros con lectores, de descubrimientos.
ENTREVÍAS Y EL RECUERDO DE DULCE CHACÓN
Hace un par de semanas, invitado por la dirección del Centro de Educación de Personas Adultas del barrio de Entrevías, acudí a un encuentro con los alumnos. Era un día frío, casi nevadizo, de diciembre y las calles de ese barrio lleno de resonancias y evocaciones de un tiempo de desolación, de luchas y de empeños colectivos (hermosa y emocionadamente recogidos, por cierto, en dos películas de Juan Vicente Córdoba, Aunque tú no lo sepas, y el casi inédito documental, más centrado en el Pozo del Tío Raimundo, Flores de luna) y lo último que podía apetecerle a quien ha terminado una complicada jornada laboral era desplazarse al barrio que a lo largo de décadas creció más allá de la vía del ferrocarril que une Atocha con los pueblos del corredor del Henares. Quizá hoy no deba llamarse extrarradio, pero a mí me gusta denominarlo así. Pues bien, allí, en el CEPA de Entrevías, presentado por Rosa, una profesora de educación física que lleva años animando las actividades literarias, leí poemas, hablé con las alumnas -porque alumnas eran la inmensa mayoría- de los misterios que entraña el acto de leer, de libros imprescindibles, de los vínculos entre la literatura y la vida, del sentido de la literatura en un barrio como Entrevías y en el siglo de Internet. Allí estaban las mujeres que en tantos barrios periféricos de Madrid dan vida a los centros culturales. Mujeres que se han reencontrado con formas de vida colectiva, de acceso a la cultura, de convivencia con una conciencia crítica que en principio sólo había sido intuición, puro instinto de supervivencia. Mujeres que han aprendido a duras penas a hablar en público, a leer poemas, a saberse parte activa de la sociedad, que se asombran y conmueven cuando escuchan a un poeta leer sus versos, que en una fase no temprana de su vida empiezan a construirse un mundo lleno de promesas. En Entrevías cité a Sánchez Ferlosio, a Joyce, a Carmiña Martín Gaite, a Blas de Otero, a tantos otros escritores cobijados, en volúmenes archisobados o recientemente desempaquetados, en la biblioteca del centro. Y, sobre todo, cité a Dulce Chacón. No porque estuviera en el discutible canon de los escritores imprescindibles, ni porque se presentara, aquella tarde, algún libro suyo. La cité porque la última vez que, antes de aquella lectura, estuve en ese centro fue en 2003, en primavera, acompañando y presentando La voz dormida, el hermoso canto de Dulce a las mujeres que sobrevivieron a duras penas en las cárceles de la posguerra. Todas recordaban aquel encuentro y yo reviví aquellos momentos de conversación en los que una Dulce marcada por su experiencia en el Bagdad que había visitado meses antes, un Bagdad que en aquella misma tarde estaba siendo bombardeado gracias al empeño del trío Aznar-Bush-Blair. Fue una tarde llena de emociones, de amor por la literatura, en la que lo último que podíamos pensar era que Dulce, a la vuelta de sólo un par de meses, se vería envuelta por el manto cruel, implacable,de la enfermedad que nos dejaría sin ella.
Yo estaba en Entrevías, con la gente que ha visto cambiar el barrio, con las mujeres que han comenzado a saberse, también, protagonistas de su vida y de su mundo, y sentía que la literatura, y la poesía, y el debate y la reflexión sobre el valor de la palabra, merecían la pena y eran mucho más que una suma de complejas fórmulas de laboratorio, que la obra concebida con criterios elitistas, que la pura teoría al margen de todo lo que vive y sueña. Y pensaba que las calles que se extienden en mis poemas, y los amores crecidos en parques apartados y en cafés perdidos en avenidas próximas a las vías de un viejo ferrocarril, o en la proximidad de antiguos polígonos industriales, o en la desolación acompañada por multitudes de un hipermercado, eran, también las calles de Entrevías.
Cuando dejé el Centro, ya de vuelta a casa, pensé en la carga evocadora (con sentido) que respiraba al otro lado de mi presencia en él. Pensé en nombres como Palomeras, el Pozo, Moratalaz, el Alto del Arenal, Vallecas Puente y Vallecas Villa, San Blas, Orcasitas.... Barrios que viven y sueñan en los márgenes de la ciudad, que han cambiado mucho desde el tiempo en que fueron sinónimos de libertad, de inconformismo, motores de cambio y transformación, telón de fondo de una literatura, sobre todo de una narrativa, hoy relegada, que tuvo en nombres como Armando López Salinas, o Antonio Ferres, o Jesús López Pacheco, o Ignacio Aldecoa, o García Hortelano, o el Martín Santos de Tiempo de silencio, sus más certeros exponentes.
TORRELAGUNA: TARDE-NOCHE EN LA BIBLIOTECA

Pequeña ciudad del Madrid no industrial, de un Madrid que es agrícola aunque la industria le ronda del mismo modo que le rodean las montañas de la sierra norte. Viernes de intenso frío, prólogo de un fin de semana de nieve y carreteras cortadas. Allí me llevó la pasión lectora de un grupo de mujeres vinculadas a la Asociación Letras de la sierra norte y la intermediación de Nuria García Aranda, la bibliotecaria. Hablamos de técnicas narrativas, de cómo se hace una novela, de las diferencias entre el poema, el relato y la narración larga, de las fórmulas para trasladar al papel, mediante la palabra, las emociones, de las servidumbres del trabajo en ordenador... Y hablamos también de la amistad, del protagonismo de las montañas que se alzan al norte del pueblo en mis novelas y en mis poemas, en mi libro viajero Por la sierra del agua. De la honda identificación con esa sierra de todas y cada una de las participantes en el taller literario. Sentí que estaba ante un microcosmos apasionante: un mundo, crecido en la lateralidad de un pueblo a cuarenta kilómetros de Madrid, en el que un grupo de personas amantes de la literatura, intentan vivirla con intensidad, algo nada fácil en el Madrid acelerado en que resido. La edición periódica de una revista, Cartapacio; el cultivo de distintos géneros, incluso el teatro, un teatro medievalizante que intenta recobrar la historia de Torrelaguna y de los pueblos, todos centenarios, que, en algunos casos semihabitados, sobreviven en la sierra norte; el mantenimiento de una tertulia y la celebración de encuentros con escritores, ponen de relieve que lo que vivimos los autores que, por las razones que sean, publicamos en editoriales conocidas o en diarios de ámbito nacional, gozamos del reconocimiento crítico o sufrimos su desdén y participamos en cursos de verano, desconocemos que al otro lado de nuestro narcisismo, en la zona que ocupan cientos de lectores anónimos apasionados y cientos de escritores vocacionales sin nombre, vive también, y de qué manera, la literatura.
Volví, en noche cerrada, a casa mientras pensaba que escribir, vivir la poesía, y la narración, incluso la disección, a través de la crítica, de la obra ajena, tenía un sentido más hondo y verdadero gracias a la docena de mujeres que había dejado a la puerta de un café próximo a la biblioteca Juan de Mena de Torrelaguna. El telón de fondo de algunas de mis novelas, ese paisaje extraño, con amplias zonas deshabitadas, que se inicia en ese pueblo, y que vive en La mujer muerta, en Los filos de la noche, en Trenes en la niebla o en Verano, había cobrado una densidad emocional aún mayor: la que propiciaba el hecho de haber conocido a aquel puñado de lectoras (y escritoras en construcción) tenaces y apasionadas. Gracias.

viernes, 5 de diciembre de 2008

UN JUAN Y UN JOHN

UN JUAN
Marsé: un premio Cervantes merecido y deseado por muchos. Un premio al narrador de la Barcelona subalterna en años de cieno y oscuridad. Un premio a la literatura con alma, con emoción, con voluntad decidida de entrar en las zonas menos apacibles de la existencia: los barrios de los vencidos de las décadas de los cuarenta y cincuenta del pasado siglo; los amores clandestinos y los amores que la división social, mantenida contra viento y marea por los poderosos, hacen imposibles; la mirada introspectiva hacia una infancia hecha de sueños incumplidos, de deseos frustrados, de pequeños paraísos construidos en las calles de una ciudad segregada en la que los prostíbulos conviven con el amor legal del matrimonio bendecido; Juan Marsé, el eterno candidato al Cervantes, el escritor que surgió, como una planta extraña, de la rara semilla del antiguo oficio de aprendiz de joyero. A otro Juan, el poeta, amigo de los menesterosos y autor de una escritura crítica con la realidad establecida, apellidado Gelman, sucede, en el elenco de los Cervantes, el Juan de Últimas tardes con Teresa, Ronda de Guinardó o Si te dicen que caí, tres obras cumbre de la literatura española de la segunda mitad del siglo XX. ¿Cuántos críticos, en su día, adscribieron a Marsé el calificativo de socialrealista de manera despectiva? ¿Cuántos, deslumbrados por el experimentalismo que irrumpió en España en la década de los 70 o empeñados en descalificar la tradición narrativa que venía del realismo de los 50 se dedicaron, durante más de un lustro, a sacralizar novelas frías, carentes de emoción, desgajadas de la realidad vivida por miles de hombres y mujeres, a buscar la oscuridad y la desestructuración de la narratividad para convertir el concepto novela en sinónimo de aburrimiento? Soy de los que piensan (y lo digo en mi doble condición de crítico y creador) que es infinitamente más difícil escribir una novela corta como Ronda de Guinardó, o Teniente Bravo, auténticas piezas de relojería, artefactos precisos en los que hay un ímprobo esfuerzo de lenguaje, que una novela oscura, fragmentaria, difícil de leer (y, por ello, difícil de entender) no tanto por la complejidad de las ideas que intenta transmitir su autor como por la confusión, por la falta de destreza argumental o por la incapacidad para narrar del mismo. Obvio es decir que no es un principio general, que hay numerosas excepciones. Ahí están Faulkner o Joyce (o, en otra dimensión, Benet), entre otros, que (al igual que los grandes pintores informalistas mostraron su destreza figurativa además de experimentar e innovar), en un momento determinado pusieron de relieve la dimensión de su talento al escribir, junto a sus grandes y complejas novelas, grandes textos transparentes, directos, de una dificultad extrema por su intensidad y precisión: Santuario o Mientras agonizo, Faulkner; Dublineses o Diario del artista adolescente, Joyce.

UN JOHN


Steinbeck, el poeta directo que inmortalizó la miseria colectiva de la Gran Depresión del 29, el escritor que puso el lenguaje en el lado de los que sufrieron las consecuencias de la rapiña de un sistema basado en la lógica del beneficio puro y duro, no sólo escribía novelas o relatos. No sólo escribía crónicas periodísticas y, como una deriva de juventud, poemas inmaduros. Escribió también sobre su propia escritura, sobre su vida cotidiana mientras escribía algunas de sus grandes novelas. Poco sabemos en España de esa vertiente de la obra del Nobel norteamericano (en realidad, poco sabemos de esa vertiente de cualquiera de los escritores que conocemos). Bartleby Editores, editorial empeñada en descubrir aspectos desconocidos de la labor de algunos grandes escritores de nuestro tiempo, ha decidido, al igual que lo hiciera con Berger (Esa belleza), o con Carver (Carver y yo, de Tess Gallagher), o con Günter Grass (Lírico botín. Poesía y dibujos de 50 años ), ofrecernos la crónica de la cotidianidad que acompañó a Steinbeck mientras escribía su novela Al Este del edén. El título: Diario de una novela: las cartas de "Al Este del edén". Cartas, sí. Pequeñas crónicas de la labor diaria que complementaba su a veces placentera y a veces tormentosa tarea narrativa que Steinbeck enviaba a su editor casi a diario. Un Steinbeck desconocido, empeñado en labores tan en apariencia irrelevantes como seleccionar los lapiceros con que escrbir, trabajar la madera, ir a llevar a sus hijos al colegio, reflexionar sobre su mayor o menor afición al whisky, o sobre el miedo a la enfermedad o la tendencia a la depresión, o sobre el destino de su novela una vez que muera... La cocina del escritor, la intrahistoria de la escritura, el latido de ese corazón indefinible en que suele convertirse la mesa de trabajo mientras se acomete la redacción de una novela. Diario de una novela es un raro tesoro literario que es, en el fondo, la radiografía de un mundo: el que vive al otro lado de la novela que, un buen día, verá la luz y será propiedad de sus lectores.

jueves, 27 de noviembre de 2008

DE JUAN GELMAN A JULIO MARISCAL, LAS DOS ORILLAS

El pasado 17 de noviembre tuve la fortuna de acompañar a Juan Gelman en la nominación de la biblioteca del Instituto Cervantes de Viena. Desde ese día, hablar de esa biblioteca "cervantina" es hablar de Juan Gelman, de su poesía fracturada y fracturadora, de su bonhomía, de su compromiso con los humildes, de su trayectoria humana no menos fracturada por la injusticia y por la barbarie. Compartí con él y con Mara algunas horas en las que pude constatar su sentido del humor, su tenacidad en la defensa de la memoria (la íntima y la colectiva) y su fe insobornable en la poesía como "lugar más calcinado del idioma" y, por ello, como nucleo central de la experiencia y de la vida. Con Gelman, con Carlos Ortega, con el narrador Iñaki Abad hablé, en distintos momentos, de la masiva asistencia a los dos actos que protagonizó el propio poeta. A la inauguración de una exposición sobre su obra tras el descubrimiento de los versos (breves) que con su firma manuscrita ocuparon el lugar de la placa en un enorme panel, y a la lectura de poemas con que nos regaló horas más tarde. La presencia fue especialmente numerosa en la lectura. La sala estaba abarrotada, sobre todo, de jóvenes estudiantes vieneses que siguieron los poemas de Juan, en castellano y en alemán, con la devoción de quien ama a fondo la poesía. También con un sentimiento adicional : la solidaridad con la experiencia vital de Gelman, el interés por mostrarle el calor y la cercanía con el drama que vivió bajo la dictadura de Videla, la identificación con su lucha, con su actitud ética y, ¿por qué no?, con su sufrimiento.
Cuando uno vive de cerca momentos como los descritos, no puede dejar de pensar en la importancia que, en estos tiempos de dominio de lo audiovisual, de la cultura pasiva que genera la televisión, tiene la literatura y, sobre todo, tiene la poesía. Aunque los apocalípticos de la cultura del libro nos anuncian que una de las primeras víctimas de la nueva era digital será el libro de poemas, creo que la realidad, en lo que llevamos del nuevo siglo, desmiente tal vaticinio. Sé de muchos poetas que optan por la edición digital de sus libros, cada día me llegan noticias de nuevas revistas culturales que surgen al margen del papel, que se bastan con estar presentes en la Red. Todo eso es cierto. Pero también lo es que la práctica totalidad de los poetas que editan en Internet, aunque su edad roce la adolescencia, aspiran a ver sus libros publicados en papel, a mostrarlos en la mesa de novedades o en el anaquel de la librería más importante de su ciudad. Esa realidad, fácilmente constatable al conversar con cualquiera de los poetas que voy conociendo (y que, estoy seguro, habrá experimentado la mayoría de los lectores de esta entrada) pone en evidencia que la poesía goza de buena salud en este nuevo siglo entre tecnológico y virtual (y terrible por la persistencia de industicias seculares). Gelman me lo demostró en Viena del mismo modo que lo demuestran los cientos de poetas que cada día, en los centros culturales más ínsólitos, leen sus versos a auditorios más o menos numerosos convencidos, en lo más íntimo, de que están ofreciendo su visión del mundo, su mirada más honda, su fe en la vida y en el arte (poética) para darle un sentido.

¿Acaso el hecho de que un diario como El País impulse y difunda una colección de antologías de poetas con un amplio despliegue publicitario no es una forma de reconocimiento de su importancia en nuestra vida cotidiana? Aunque no es fácil medir su impacto, una iniciativa como esa va en favor de la poesía, ayudará a aumentar su número de lectores y, aunque en primera instancia va a suponer la entrada de la poesía en los kioskos de prensa, en el fondo será la siembra de una nueva semilla para que, a la vuelta de unos años, el género cuente con un apoyo mayor que el actual, con un reconocimiento social más sólido, con más ventas. La apuesta de El País por autores consagrados (con ausencias, sin duda, pero todos indiscutibles) tendrá sus efectos, en el medio plazo, en los jóvenes poetas de hoy (incluso en los inéditos) y en quienes, desde hace muchos años, venimos dedicando una parte de nuestra vida al poema. Sin duda.
Si empecé con Gelman, cierro con un poeta desconocido para las generaciones más recientes: Julio Mariscal Montes, un poeta de Arcos de la Frontera (1922-1977) dueño de una lírica directa, transparente, intensa, cargada de emoción y de significados oscuros, al que he leído, en extensión y profundidad, muy tarde (aunque tuviera acceso a algunos de sus poemas a finales de los 70, gracias a la antología de Antonio Hernández Poétcas del cincuenta. Una promoción desheredada). Una agregación, como lo fuera en su día Antonio Gamoneda, a la Generación del 50 y a sus estéticas más apegadas a una subjetividad tamizada por la presencia de lo colectivo. Una poesía paralela a la de Carlos Sahagún, a la de Eladio Cabañero, a la del Blas de Otero o del José Hierro más intimistas, a cierto Hidalgo. Si el lunes, 17 de noviembre, conviví con Gelman bajo el frío otoñal de la capital austríaca, el lunes, 24, justo una semana después, lo hice con la sombra perturbadora de los versos del casi desconocido Julio Mariscal Montes bajo el techado gótico de una vieja capilla de Arcos convertida en lugar para la palabra y para la reflexión. De Juan a Julio, de Gelman a Mariscal, de Viena a Arcos. Aconsejo a los no iniciados que se acerquen a la obra de Mariscal: no hace mucho, con prólogo y selección de Pedro Sevilla, llegó a las librerías su antología La mano abierta (Renacimiento. Sevilla, 2007). Ahí encotrarán una colección de magníficos e inquietantes poemas que recomiendo con calor en este noviembre frío y nevadizo.


martes, 4 de noviembre de 2008

Rastrear en la historia literaria, un oficio del editor sensible

Bartleby ha editado a la hasta ahora desconocida narradora alemana Brigitte Reimann. Los hermanos es una hermosa novela que nos sitúa en el corazón de la vida cotidiana de la que fuera una sociedad modélica en teoría: la República Democrática Alemana, la RDA. La misma editorial acaba de publicar la poesía completa de William Faulkner y no tardando mucho hará llegar a las librerías un curioso (y necesario) libro póstumo de Steinbeck: Diario de una novela: las cartas de Al Este del Edén. Esas novedades, junto a libros no muy lejanos en el tiempo como los cuentos de Harlodo Conti o los poemas de Todos nosotros, de Raymond Carver, por no hablar de la Poesía completa de Sylvia Plath a la que me he referido en este blog en otra ocasión, muestran una vertiente apasionante del trabajo del editor creativo, del activista de la cultura desde la trinchera de la edición. Lo fácil, para un pequeño editor, es limitarse a editar premios, es aprovechar contactos en la administración para acceder a contratos de cierto relieve... Ejemplos tenemos algunos y no insignificantes. Lo menos fácil sin embargo, aunque imprescindible, es bucear en el presente de nuestra creación, buscar la calidad con independencia de la opción estética de la que el autor se reclame. Y, de manera muy especial en un momento en que se pretende demoler nuestra mejor memoria literaria, buscando en el pasado, indagando en las obras menos conocidas de los grandes autores, rastreando títulos y autores que fueron olvidados bajo las oleadas editoriales de las modas de cada momento.

Esa práctica del buceo la aprendí, como lector y amante de la literatura, hace no muchos años cuando descubrí, en la mesa de novedades de una librería, una novela corta escrita por un desconocido autor de la década de los cuarenta del pasado siglo. Se trataba de Helena o el mar del verano y su autor era Julián Ayesta. Una novela de 1952, recuperada por una pequeña editorial con el afán de ofrecer buena literatura a un lector cada vez más asediado por la cultura audiovisual. ¿Qué significaba para mí la simple oportunidad de hojear el libro y enfrentarme a un mundo de lenguaje lleno de colores, de olores, de sensaciones, de modernidad, de sabiduría? Algo tan sencillo como caer en la cuenta de que alguien, en una pequeña editorial, se había dejado llevar por la pasión literaria, había escarbado en la historia de nuestra novela y había decidido sacar a la luz un libro que, por razones de índole diversa, había quedado en la sombra.

¿Qué fue de maravillosas novelas que no tuvieron la fortuna de ser respaldadas por una campaña publicitaria o por un premio de renombre, pero en las que había calidad, lenguaje revelador, sentimientos, emociones, mundo? Novelas hoy desconocidas que aparecieron en los años 50, o en los 60, o en la década de la transición política española, pueden ser sometidas a la nueva mirada del lector de hoy y cobrar una luz nueva. Lo mismo cabe decir en relación con libros de poesía hoy olvidados pero de una calidad más que notable. Pero para que ello ocurra hace falta la mirada y la devoción del editor sensible. Esa mirada, traducida en acción, en búsqueda, en confianza en la palabra escrita, es, en el fondo, un servicio de primer orden a la sociedad, al lector, a la cultura. Es un campo poco frecuentado por nuestros editores, un campo que, sin embargo, espera ser roturado.

miércoles, 15 de octubre de 2008

Ramiro Fonte, capitán invierno

Ayer estuve en Puentedeume, acompañando, en su último viaje, al poeta gallego y director del Cervantes de Lisboa Ramiro Fonte. Con 51 años y una obra poética (y memorialística) sólida, cargada de emoción, perdió la batalla contra la puta enfermedad que no se nombra. Luchó algo más de medio año contra ella y, al final, fue ella quien se salió, como tantas veces, con la suya. En medio de los amigos y deudos hubo alguien (un hombre de su edad, quizá un compañero de estudios, un familiar) que me preguntó si conocía a Ramiro. Le dije que sí, que lo había conocido en julio del año pasado, al poco de asumir mi responsabilidad directiva en el Instituto Cervantes, pero que cinco años antes había tenido la satisfacción y el honor de escribir para Babelia la crítica a la edición en castellano de su libro Capitán invierno (Pre-Textos, Valencia, 2002). "¿Escribiste la crítica y no le conocías?": esa fue la pregunta que siguió a mi información. La verdad es que me quedé perplejo. Seguimos charlando y el amigo de Ramiro me dijo que no le parecía verosímil que eso fuera así, que normalmente la crítica la hace quien conoce al autor, sobre todo quien tiene una relación de amistad con el autor. Hasta aquí la anécdota.

Porque lo verdaderamente importante fue que una multitud acompañara al poeta, a Elsa, a sus padres, a sus amigos de infancia, a sus hermanas. Ni siquiera tuvo importancia que el séquito lo encabezara César Antonio Molina ejerciendo de ministro de manera visible, o que, entre los amigos y deudos, como una más y sin dejarse notar apenas, estuviera Carmen Caffarel En el camino hacia el cementerio, por las calles altas de un pueblo volcado sobre el mar, yo pensaba no en la ceremonia que se había celebrado en el ayuntamiento, ni siquiera en la respuesta ciudadana que había suscitado la muerte del poeta, sino en los poemas de Capitán invierno, en el libro que había llevado conmigo en el viaje para conocer aún más (la poesía es la radiografía del alma) a quien sólo había visto en persona en dos ocasiones. Allí estaba la memoria de infancia y adolescencia de quien creció en un lugar cercano al mar y hecho de viviendas humildes; allí estaban los inviernos de bruma de las ciudades gallegas; las viejas salas de cine que el urbanismo y la especulación y las nuevas tecnologías audiovisuales fueron, poco a poco, arrumbando: salas del descubrimiento del primer amor, de los sueños como vacuna contra un tiempo difícil ("Y entre todas las deudas que la vida / conmigo ha contraido, que nunca saldará, / Están esos secretos que no supe robarte / En la última fila, / En la sesión de tarde / Del cine Rena, /Donde saben mejor todos los besos"); allí estaban los descampados y las periferias. Estaba el amor, y los abrigos de paño, y las gabardinas, la juventud subversiva y la libertad escrita en paredes nocturnas, y las aldeas perdidas, y los amigos del barrio que la madurez, la distancia y la experiencia fueron dejando en el camino. Para muestra, sirva el botón (porque el traje, el libro, deberéis comprarlo) del comienzo del poema titulado "Los barrios perdedores":
"Llueve mucho en los barrios perdedores
Pues los meses de invierno tienen poca piedad
De sus casas desnudas, ofrecidas al viento,
Al agua, a la intemperie,
Y por eso en los barrios perdedores
En las tardes de invierno llega pronto la noche,
Duran menos los días"
Capitán Fonte, Ramiro Invierno: aquí quedan, para el amigo que una tarde de diciembre de 2007 me llamó por teléfono asustado tras una prescripción médica, estas líneas de mi homenaje personal, de mi homenaje como poeta compañero, como escritor compañero, como amante de los claroscuros y de las tardes invernales.

martes, 7 de octubre de 2008

Sylvia Plath en Bartleby Editores: reflexiones en voz alta en el 10º aniversario de un sueño.

Al fin, después de esperar más de un año, he podido acariciar, oler, hojear y ojear la poesía completa de Sylvya Plath. Pepo Paz me entregó, el pasado viernes, uno de los ejemplares, todavía caliente, "robado" de los destinados a la prensa y he de confesar que tenerlo entre mis manos fue una experiencia de las que se viven pocas veces. Ni siquiera con un libro propio he tenido una sensación parecida. Como si intuyera que en ese grueso volumen de Bartleby Poesía, editado con meticulosidad y pasión, se concentrara una parte esencial de la más honda poesía que ha dado el siglo XX. Sí, es la edición de los Collected Poems que realizo Ted Hughes. Traducida, prologada y anotada con exhaustividad, en un esfuerzo heróico, hasta cierto punto erótico y apasionado, por el poeta gallego Xoan Abeleira. He releído el histórico prólogo de Hughes y la nota preliminar de Abeleira una y otra vez. He releído poemas al azar, he manoseado una y otra vez el volumen... He vivido, en definitiva una experiencia extraña, como si, en mi condición de director de la colección, cobrara, de pronto, conciencia de estar ante un acontecimiento irrepetible. Una celebración, con mayúscula (como las celebraciones mágicas de Claudio Rodríguez) de la poesía.
Pensé en el placer personal que el hecho me producía (un placer siempre inexplicable, como casi todo lo que tiene relación con el arte), sin duda, pero también pensé en que el volumen de más de 600 páginas, abordado por una pequeña editorial que acaba de cumplir sus primeros 10 años de vida, es la muestra viva de que la tenacidad, la confianza plena en el poder de la buena poesía y de la buena literatura (frente a tantos conseguidores de subvenciones oficiales atrincherados detrás de sellos editoriales que fueron innovadores y prestigiosos y arriesgados un día lejano) a veces se abre camino en un mar de hostilidades, ya sean visibles y abiertas, ya lo sean ocultas y sinuosas. ¡Bien por Bartleby!, me dije casi sin ser consciente de que desde los primeros pasos de la editorial, desde una sobremesa de otoño (quizá no fuera otoño, tengo dudas) en la que Pepo Paz y yo pudimos recrearnos en el diseño raro, rupturista, casi näif (recuerdo el escepticismo ante el diseño de algunos poetas mayores que luego editarían en Bartleby), que nos había preparado Sandra Zabala.

Bien por Bartleby, que ha editado la poesía completa de la Plath, que ha editado la mejor traducción de la poesía de Carver de la mano de Jaime Priede (a años luz, por cierto de algún precedente conocido en editorial poética de renombre), que ha rescatado, a la luz de la sensibilidad de los jóvenes poetas del siglo XXI, obras maestras de nuestros poetas consagrados en el siglo XX (Bonald, Grande, Jiménez, González, Gamoneda....); bien por Bartleby porque ha arriesgado descubriendo nuevos nombres de nuestra lírica, editándolos (aunque hubiera, después, cazadores al acecho del descubrimiento ajeno): Julieta Valero, Marcos Canteli, Isabel Pérez Montalbán, David González. Bien por Bartleby que gritó, en libro, contra la barbarie del 11-M. Bien por Bartleby por su generosidad con las víctimas de algunos exquisitos reacios a editar a poetas de edad por ser "sociales". Bien por Bartleby que descubrió y entregó a nuestra exigua comunidad poética joyas como los libros de C. K. Williams, de Billy Collins, de Anne Michaels, de Sharon Olds, de Tess Gallagher... (de la nueva colección de narrativa ya hablaré en otro momento).

Y bien por Bartleby porque todo eso lo ha hecho (lo hemos hecho) a "puro huevo": sin un premio que llevarse a la boca (y a mucha honra); sin una red de críticos prestos a abrir, de inmediato, las páginas del suplemento de turno a la novedad del mes; siendo exigente con las traducciones, con los libros a editar, buscando la innovación en sus colecciones o series, sabiendo que no hay poesía joven posible si se arrumba la memoria poética de los mayores. Y sobre todo, con un principio que es el principio madre de todos los principios: amor a la poesía, amor insobornable a la literatura. Y respeto al pluralismo realmente existente frente a la lógica del amiguismo y la tendencia (de un lado y de otro) a la que tan propenso es nuestro mundo poético. Un pluralismo sustentado en una base esencial: la poesía de calidad, el afán innovador no gratuito, la conexión del poema con las grandes incertidumbres del presente.

Sylvia Plath y su poesía completa, con el sello Bartleby Editores bien visible en una hermosísima poetada, es el mejor regalo de cumpleaños para la década de vida de tan apasionante proyecto. Un regalo para la editorial y para su menguadísima "plantilla". Pero, sobre todo, un regalo de dimensiones inabarcables, para los lectores de poesía, de literatura de la buena, de España y de Hispanoamérica. Nada más y nada menos. Estoy seguro de que nunca Bartleby el escribiente, el inmortal personaje de Melville, aplicaría a esta iniciativa (como a tantas otras de la editorial) su legendario lema "preferiría no hacerlo". Más bien diría todo lo contrario.

jueves, 18 de septiembre de 2008

Blogs ajenos: espacios de reflexión, puertas

Hace unos días, una lectora que suele recibir invitaciones a las presentaciones de mis libros o a otras actividades literarias en que participo, me envió un correo electrónico en el que, además de referirse a asuntos que no vienen al caso, me expresó su incomodidad por lo que considera excesivo ego de los escritores. "Ustedes se autopromocionan y ya estoy harta de que permanentemente se ocupen de sus libros. Sus invitaciones por e-mail son de un autobombo insoportable", me dijo. No deja de tener razón. El peso cada vez más relevante de la red nos lleva a sustituir el tarjeton y el mailing tradicional de las editoriales por envíos masivos de correos electrónicos y a hacer del blog personal un espacio de publicidad de los libros propios. Probablemente sea inevitable pero reconozco que para muchos lectores (también para escritores que se inician o que tienen dificultades para publicar) esa labor puede tener un filo molesto. Hasta aquí, el negativo.
¿Cómo corregirlo? Por una lado, atemperando el ego y abriendo en el blog un espacio para mostrar la propia obra de la manera más "objetiva" posible, pero sin que ese espacio sea el predominante. Es decir, posibilitando que lo dominante en él sea la reflexión sobre la literatura y sobre la vida, la creación literaria, el debate y... ser puerta de acceso a otras reflexiones, a otros espacios de creación, es decir: a otros blogs, a otros portales, a páginas web interesantes.

A partir de hoy, en el espacio "Blogs recomendados" de Al margen, añado a las direcciones que lo han acompañado desde su nacimiento (Bartleby Editores y Cuaderno de viaje de Pepo Paz) seis ventanas, o seis pasillos a lugares en los que se opina, se piensa, se discrepa, se crea. Sobre todo esto último: se crea. El blog de Manolo Vilas, poeta y narrador (o narrapoeta) de escritura ágil, acerada, crítica, abierta a todos los recovecos de la realidad, cuyo último libro poético, Calor (DVD, 2008), nos muestra el envés de un mundo duro, desmemoriado, injusto. También tierno y, como diría Ángel González, acariciado. Manolo: aquí tienes una puerta. Para entrar y para salir. El de David González, poeta asturiano de verso amargo y afilado, crítico y tierno a la vez, desolado e insumiso, enfant terrible apegado a los submundos de una sociedad que se hizo en los bordes de la minería y de la menesterosidad. El de Vicente Luis Mora, profeta de la obra total que sustituya al mundo (o que enriquezca al mundo), lector empedernido, poeta arriesgado, entre la vanguardia y la ciencia y la sentimentalidad, narrador y ensayista de un provocador Singularidades (Bartleby, 2006) y de un recentísimo Pasadizos (Páginas de Espuma, 2008), a quien en el ya lejano 1996 (¿ó 1997?, hablo de memoria, perdóname si equivoco la fecha, Vicente) tuve el placer de presentar en el círculo su novela modrileñoglobalizadora Circular en su primera edición (tiene una segunda, corregida, de 2007) en el Círculo de Bellas Artes. Hasta aquí las tres primeras ventanas: blogs ajenos, blogs de adversarios o cómplices dialécticos, de amigos. Sí: de AMIGOS.
Las otras tres ventanas no son blogs: son páginas web, o portales, como os parezca. La primera, de un hermano con el que he discutido hasta el gozo dialéctico de la tensión extrema: Juan Carlos Mestre, poeta y pintor y grabador y dibujante, artista, autor de un libro reciente, La casa roja (Calambur, 2008), que está, a mi juicio, entre los tres mejores libros de los últimos cinco años (qué maravilla Juan Carlos, tu poema "Carpe diem", o "Ellas", tantos poemas de esa casa roja que acoge a todos los rojos y perseguidos de la Historia): en Al margen, brindo por ti y por tu obra y abro una puerta a tu mundo mágico, extraño, maravilloso. Las otras dos son para quien hace cinco años nos dejó en la soledad del aeropuerto de Bangkok: Manolo Vázquez Montalbán (Isabel Pérez Montalbán, su "sobrina" poética y sentimental, estoy seguro, lo va a agradecer infinitamente). Sí, Manolo, donde estés, te informo de que aquí abro dos ventanas hacie tí: la de tu página oficial y la de tu página oficiosa (vespito.net).

Y como los poetas deben terminar sus peroratas (¿qué es esto sino una perorata?) con poema, como homenaje ante el quinto aniversario de su huida al lugar del que no se vuelve, reproduzco un poema propio a él dedicado aunque en una versión todavía no definitiva. Ahí va el poema dedicado a Manuel Vázquez Montalbán, in memoriam:

Fue en el Palace. No es fácil recordar

la ropa que llevabas. Sí tu frágil estatura,

tus ojos poco azules, tu belleza

más que discutible: bajo y sentimental,

amigo y memorioso, tenaz y periférico,

tierno y muy mala leche, firme como

las miradas robadas en días vulnerables

en cualquier autobús de amanecida.

Venías de la luz algo astrosa del Raval.

Venías al lector que te aguardaba

con ese temblor viejo y púber a la vez

donde el pánico se ablanda con la proximidad del mito.

El amigo que fue parte

de la ciudad sobrante y fronteriza.

El que escribió vengando la vida escrita por los dioses

para trocarse en dios muy asequible.

El que no tuvo miedo aunque cruzara

su corazón el miedo del noi menesteroso

de la familia erradicada del sur y de la noche.

Fue en la noche. Y fue muy claro

lo que era oscuridad antes de conocerte:

la sucia luz del barrio de tu infancia era mi luz borrosa y la noticia

de un padre desnortado y roto reflejaba

mi orfandad de pana y de taberna.

sábado, 13 de septiembre de 2008

ESPEJO Y TINTA, dos novelas cortas / García Lorca, un recordatorio

Ante cada nuevo libro, vivo las mismas sensaciones que experimenté cuando, en el ya lejanísimo 1980, publiqué el primero. Me acaban de llegar los ejemplares de autor de Espejo y tinta (Bruguera) dos novelas cortas o, tal y como dice el texto de la contracubierta, "dos relatos largos, o nouvelles al estilo de Henry James" y no he podido sustraerme a una emoción más propia del neófito que del escritor ya probado. Sí: dos novelas cortas, un género infrecuente en nuestra narrativa, es verdad, pero con piezas tan excepcionales como El coronel no tiene quien le escriba, de García Márquez, Ronda de Guinardó, de Juan Marsé, o Una tumba, de Juan Benet, por citar tres ejemplos que así, a vuelapluma, me vienen a la mente. El título del libro es la conjunción de los títulos de las dos novelas: Espejo, una historia entre la fantasía y la realidad en la que intento reflexionar sobre el destino, sobre las frustraciones que genera la experiencia de las vidas deseadas y no vividas (a través del "tema del doble", tal y como se subraya en la contracubierta); Tinta es un particular ajuste de cuentas con mi afición, que arrastro desde la adolescencia, a las estilográficas. Es un relato largo en el que los obsesos por determinados objetos (no sólo las estilográficas, también las cachimbas, los relojes, las monturas de gafas....) no dejarán de reconocerse.
Pero más que el argumento de ambas, al que se referirán críticos y periodistas, quiero destacar mi especial querencia por ambas nouvelles y revelar algunos detalles sobre su gestación. Son textos nacidos a principios de la década de los noventa. Entonces, por la dedicación a dos novelas largas que aparecerían a en aquellos años (El lento adiós de los tranvías y Una mirada oblicua) y porque consideré que respondían a un impulso radical e intimista, diferente a mi narrativa vinculada al conflicto y a la memoria colectiva de la España contemporánea, quedaron inacabadas. Hace un par de años los recuperé, los reescribí y me di cuenta de que en ellos había metabolizado, sin darme cuenta, mis lecturas de Kafka (sobre todo, del Kafka de La metamorfosis), cierta empatía juvenil con un Borges que en la madurez califiqué de frío y falto de emoción, y la conmoción que me produjo, hace no sé cuantos años, la lectura de una maravillosa novela corta (casi no llega, por extensión, a serlo) de Faulkner, Una rosa para Emily, texto que reeditaría, caprichos del destino, tiempo después, creo que en 2001, Ana María Moix en la colección "Relatos" de Plaza y Janés para bolsillo. Es decir, la misma editora que ha decidido llevar a imprenta Espejo y tinta.

Decía al principio que ante cada nuevo libro vivo la misma experiencia que experimenté con el primero. Y eso me ha ocurrido con la edición, austera, delicada, de texto sobrio y con respiración, limpio, y con una portada que, pese a no ser directamente alusiva al contenido de las novelas, traslada al lector sus atmósferas, su realidad brumosa, sutilmente sombría e inestable. Una portada que recoge un detalle del autorretrato de Robert Buhler en la que reconozco plenamente la respiración, el ritmo, el ambiente en que viví sumergido mientras escribí el libro. Dos novelas cortas o relatos largos: el resultado de un trabajo especialmente intenso sobre un territorio, ese género extraño y sumamente difícil, arriesgado. Ernesto Silva, el extraño oficinista de Espejo, y Luis Orueta, el maniático de las estilográficas de Tinta, están encarnados de un modo inquietante en el rostro en claroscuro de un joven Buhler con fondo rojo. Dos personajes en los que, quizá, respiren, de manera indirecta, el desasosiego y las incertidumbres de este tiempo cruel y desolado de la globalización. Así, al menos, lo he sentido.
GARCÍA LORCA, UN RECORDATORIO
De nuevo se plantea la posibilidad de exhumación de los restos del poeta granadino. Mi opinión coincide con la de Gibson, con la de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica. Como no quiero repetirme, invito al lector de este blog a recuperar la entrada que escribí, a propóstio de esa polémica y de la posición inexplicable desde una óptica progresista, de recuperación de la diginidad de los vencidos, de dos intelectuales con un peso incuestionable en la sociedad española: Javier Rioyo, ensayista, periodista y director del documental Muerte de un poeta, y Luis García Montero, que llegaron a afirmar que, con independencia de las reclamaciones de las familias de quienes fueron asesinados y enterrados con Federico, no había que remover la historia exhumando sus restos. Mi entrada fue publicada el pasado 14 de abril con el título "García Lorca, ¿una excepción a la Ley de la Memoria Histórica?". La he releído hace un par de horas y me ha parecido de una actualidad apabullante. Para no reiterarme, os invito a acceder a ella.

miércoles, 10 de septiembre de 2008

Los barracones del campo de trabajo de "Trenes en la niebla"

Baltasar Garzón, acertadamente, ha producido una nueva convulsión en las mentes más conservadoras de nuestro país. Con su iniciativa dirigida a poner nombre, apellidos y culpables a las decenas de miles de desaparecidos durante y después de nuestra guerra civil, lejos de abrir heridas, abre la posibilidad de que comiencen a cerrarse las miles de heridas que, durante más de setenta años se ha mantenido abiertas. Hay quien opina que no es necesario promover una iniciativa de esa índole. Casi siempre, esa opinión viene de la derecha, de quienes, por activa y por pasiva, se sienten (aunque no lo confiesen) herederos del franquismo y reciben cualquier iniciativa en favor de la verdad como una ofensa a ellos mismos. Suelen decir que la transición cerró las heridas. Pero no hay más que visitar un pueblo al azar de cualquier rincón de nuestro país para darse cuenta de que sólo el esclarecimiento de la verdad, el conocimiento del destino de los desaparecidos y, en su caso, la exhumación de sus restos para ser llevados a una digna sepultura, puede cerrarlas.


Visitar, sí, cualquier pueblo e intentar hablar con el viejo tabernero, con el dueño de la tahona, con los concejales más maduros o con cualquiera de sus habitantes de edad avanzada (y no tan avanzada) de la guerra civil y de los desmanes cometidos en la posguerra nos ilustra de manera demoledora sobre el estado de las heridas: no están cerradas. Los vencedores, tradiores a un régimen constitucional, republicano, tuvieron cuarenta años para exhumar y dar honor a sus desaparecidos. Los vencidos sólo tuvieron humillación, silencio y.... miedo. Sí: miedo. Lo digo con pleno conocimiento de causa. Yo viví esa experiencia durante la escritura de mi novela Trenes en la niebla. Visité algunos pueblos de la sierra norte, del valle del Lozoya, interesado en reconstruir la vida cotidiana en el campo de concentración (llamado "destacamento penal") de Garganta de los Montes. Pregunté a los más viejos. Incluso a personas más jóvenes, que habían heredado la memoria rota de sus mayores en el núcleo familiar. El silencio, referencias borrosas e inseguras o la excusa del desconocimiento fueron las respuestas en la casi totalidad de los casos. En otras entradas de este blog me he referido a los campos de trabajo que Franco instaló a lo largo de la actual vía del ferrocarril Madrid Burgos. Mostré fotos del estado actual de los barracones de Bustarviejo. Pues bien: no pocos amigos y lectores, incluso jovenes estudiosos de la posguerra procedentes de otros países, sobre todo de Francia y de Italia, se han interesado, profundamente sorprendidos, por el campo de trabajo de Garganta de los Montes. Querían documentos gráficos, fotografías de los restos de los barracones. Consciente del interés que tiene, para hoy y para el futuro, no perder esa memoria, una sábado del pasado mes de agosto, me dirigí al pueblo y, sabedor de la ubicación de los barracones donde se hacinaban los presos, me acerqué, cámara en ristre, al lugar. Están a la entrada del pueblo llegando desde Madrid, a la derecha, muy cerca del camino que lleva al viejo (y destruido) apeadero del ferrocarril. Uno de ellos ha sido casi subsumido por un pequeños bloque de viviendas de dos plantas. Otro, es una ruina aunque reconocible. Y el tercero, con usos de garaje, o almacén de aperos de labranza o algo parecido, muestra casi intacta su estructura exterior: ventanas circulares con rejas, gruesos muros, techumbre medio derruida: al hacer las fotografías, varios vecinos que trabajaban cercadel edificio se quedaron mirándome entre sorprendidos e incómodos. Yo, sin embargo, sentí que estaba haciendo un servicio a nuestra memoria. Y pensé, con una emoción difícilmente controlable, que en el interior de aquellos edificios penaron más de 500 presos: convivieron con la enfermedad, con durísimos trabajos físicos, con el hambre y con la muerte. El silencio de quienes me veían fotografiar el barracón prolongaba otro silencio: el de cientos de habitantes de Garganta, y cientos de habitantes de los pueblos de los alrededores, que durante más de cuarenta años, por razones que desconozco entre las que no cabe descartar un miedo cultivado en el terror de la represión de posguerra, no han querido contarlo.

miércoles, 3 de septiembre de 2008

Una poesía necesaria: la voz que surge del extremo

Voces del extremo, Huelva, Moguer, el mundo de la poesía española diseccionado mediante la teoría literaria, también mediante la propia poesía. Pero no sólo el mundo literario: también la realidad política, social, económica, cultural. Me llega, con larga dedicatoria de Antonio Orihuela y con una petición en la que alienta cierta protesta por el silencio oficial y oficioso, la última edición de esa antología, que desde 1997 se viene rehaciendo, regenerando, creciendo, evolucionando, que se ha venido en llamar Voces del extremo. Es una antología que concentra, cada año, la aportación, teórica o lírica, de un grupo de poetas que, bajo los auspicios de la Fundación Juan Ramón Jiménez y con el impulso entusiasta de Orihuela, se viene reuniendo cada año (no el pasado, que por razones esencialmente económicas no lo pudo hacer) en la ciudad de Moguer. Aunque no tengo plena seguridad ni documento a mano que lo certifique (escribo desde un lugar distinto a mi cubil de escritor), creo que participé en Voces del extremo en el año 2000. Que, cuando recibí la invitación (de Orihuela, por supuesto), me extrañó que la Fundación dedicada al poeta que en los años de esplendor de la poesía social en España se calificaba de minoritario y exquisito (fue él, por cierto, quien dedicó su obra "a la inmensa minoría") promoviera una actividad en la que se abordaba la función de la poesía desde un enfoque entre marxista y libertario, como forma de militancia anticapitalista. Esa fue mi primera sorpresa. Lo demás, comenzando por mi propia presencia en Moguer, fue una pertinente y apasionada reflexión sobre la función social del poema (y de la literatura) en el fin de siglo y algunas memorables lecturas. Allí inicié amistades -Enrique Falcón, el propio Antonio Orihuela, Eladio Orta, Francis Vaz, Antonio Rigo, Antonio de Padua- que al día de hoy mantengo pese a determinadas polémicas y discrepancias (la antología Once poetas críticos, por ejemplo) y allí ahondé otras iniciadas poco tiempo antes: pienso en Jorge Riechmann, en Isabel Pérez Montalbán, en José María Parreño.
Antonio Orihuela me cuenta que el año pasado no hubo Voces del extremo -lo he dicho antes- y que este año se ha celebrado el encuentro gracias a la contribución y al altruismo de los participantes. Ambos datos, en un tiempo en el que ciertos poetas confunden la actividad literaria con una suerte de permanente presencia en los medios y en el que es difícil defender una poesía que vaya más allá del ensimismamiento sin que al poeta en cuestión lo tachen de panfletario, me dejaron, más allá de la admiración y la solidaridad que en mí provocaron, muy preocupado. Voces del extremo debe continuar. Habrá quien diga que el director de una colección de poesía que decidió no editar una antología con once poetas procedentes de esa plataforma no está legitimado para defenderla. Mi discrepancia con Quique Falcón a propósito de mi decisión de no editar en la colección de poesía que dirijo (Bartleby) el libro Once poetas críticos tal y como me fue entregado (pese a la discrepancia de fondo sobre determinados aspectos de su prólogo, la razón de la negativa era de índole editorial: lease mi entrada, y los comentarios subsiguientes, en este blog titulada "Mi paseo por la feria del libro", de 12 de junio de 2007) no obsta para que considere imprescindible la presencia de voces críticas, de voces, si así podemos llamarlas, "antisistema". Con una condición: que escriban poesía de calidad. Entre otras razones porque, como he expuesto en no pocos textos, yo me aplico un concepto del poema que responde a la siguiente ecuación: poesía=palabra reveladora+conciencia crítica. Esa ecuación es la zona de intersección que comparto con Voces y que, creo, comparto con algunos poetas de la llamada poesía de la experiencia que se reclaman de una visión crítica. Otra cosa es el imaginario de futuro que cada uno proyecte en sus poemas, pero lo cierto es que todos compartimos esa mirada crítica sobre el mundo. Verdad es que algunos viven una suerte de pasión permanente por protagonizar un papel de relieve en los medios de comunicación. Pero los demás no tenemos la culpa. El problema es suyo y no hay que ser excesivamente perspicaz para valorar los límites del nivel de compromiso de cada cual.

Defender la pertinencia y la necesidad de Voces del extremo, incluso desde el desacuerdo y la contestación, es un deber. Lo contrario es apostar contra el pluralismo, contra la diversidad en que ha de fundarse, ineludiblemente, nuestra realidad poética.

viernes, 8 de agosto de 2008

Identificar la parte con el todo: el viejo vicio de nuestra crítica y de nuestra poesía

En Letra Internacional escribe Jordi Doce, magnífico poeta y agudo crítico, sobre la poesía española contemporánea. Se trata de un largo artículo en el que, a partir de la constatación de la falta de interés o del escaso "respeto intelectual" que la poesía suscita, hoy, en la sociedad contemporánea (en la nuestra) hace un recorrido por la poesía del último siglo con el que da carta de naturaleza a determinadas estéticas silenciando o descalificando otras. Siempre he pensado que el valor esencial de un crítico, sea o no poeta, reside, con independencia de su opción estética personal, en su capacidad para descubrir la proteína del poema allá donde ésta se encuentre, sea en un poema iniciático de Claudio Rodríguez o en uno tardío de Blas de Otero o de Gamoneda, en el realismo directo, deliberadamente prosaico de Nicanor Parra, o en la vanguardia creacionista de Huidobro o de Diego, digámoslo a título de ejemplo. Si la conclusión que se deriva del artículo de Doce es la necesidad de perseverar en la renovación de nuestra poesía desde una perspectiva "rigurosa", no parece de rigor delimitar un espacio único para esa renovación, es decir el vanguardismo más o menos atemperado (tamizado por la estética del silencio o la deriva hacia el hermetismo de un Valente) que va de Juan Ramón -¿qué Juan Ramón, el de Estío, el de Diario de un poeta recién casado, el de Animal de fondo?- a Gamoneda, pasando por Paz y por Valente.

No es un blog el lugar adecuado para acometer, con exhaustividad, un artículo réplica al de Letra Internacional, por lo que espero disponer de tiempo para hacerlo en el mismo formato que lo hace Doce. Pero en todo caso, la acumulación de silencios de nombres imprescindibles de nuestra poesía que se advierte en su trabajo y la conversión en paradigma de rigor, búsqueda y renovación de una sola sensibilidad estética (aunque de ancha corriente), me ha hecho recordar una afirmación de un poeta y crítico de autoridad poco o nada discutida: "Cuando el crítico es además poeta siempre se sospecha si la finalidad de sus afirmaciones no será otra que la justificación de su propia práctica poética". Lo escribió T. S. Eliot en su ya clásico Función de la poesía y función de la crítica.

martes, 29 de julio de 2008

Mi experiencia soriana. El silencio inexplicable sobre un poeta

Cinco días en Soria debatiendo, en el ojo del huracán del Instituto Cervantes y con el impulso crítico y autocrítico de Carmen Caffarel, sobre el presente y el futuro de su labor. Han sido días de trabajo, de confraternización, de descubrimientos, de inauguración de amistades con directores de centros a los que no conocía o sólo de una reunión urgente o de diversas conversaciones telefónicas. Pero ha sido, sobre todo, Soria y sus gentes, sus calles varadas en el imaginario que todos hemos creado para definir una capital de provincia alejada del tumulto de las grandes urbes. Soria de soportales y edificios de piedra y escudos nobiliarios. Soria de la quietud, de los pinares sin límite, de la Laguna Negra de la que hiciera leyenda Antonio Machado. Soria de caminatas (breves pero intensas, tal vez debiera hablar de paseos) desde el hotel Alfonso VIII hasta el Centro Cultural del Palacio de la Audiencia, Soria del viejo Instituto donde enseñó francés el poeta de Sevilla. Soria de intensos verdes, de azules rizados de nubes en huida, Soria de pueblos abandonados y de silencios infinitos.... Soria.
Llevaba cuatro años sin visitar la ciudad. Desde 2003, quizá desde 2002, acompañado de Esperanza y mis hijos, de camino al Pirineo navarro. Y tuvo que conmemorarse el Centenario de la llegada de Machado a Soria para que en menos de un año se concentraran tantas visitas a la vieja ciudad como había realizado a lo largo de varias décadas. Vine, en septiembre de 2007, a hablar de su poesía vinculada con el paisaje. También, en abril de este año, para leer poemas con motivo de la Feria del Libro de la ciudad. Y he regresado, por razones de trabajo, para hablar del español, de la cultura en español, del futuro del Instituto Cervantes en el mundo. En estas tres últimas visitas he encontrado una Soria dinámica, abierta, llena de inquietudes culturales. Y he conocido, gracias a la generosidad y al entusiasmo de Macarena García Plaza, la jefa de la Obra Social de Cajaduero en Soria (un entusiasmo de los que crean "amigos para siempre", todo hay que decirlo), parte de los fondos del legado de Gaya Nuño, algo así como una parcela diversa, poliédrica de la historia cultural de España en la segunda mitad del siglo XX que debiera mostrarse al mundo.
Ha habido en estos días algunos momentos para la conversación a fondo, para el intercambio de oponiones sobre la otra Soria: la de inmensos territorios abandonados, la de las costumbres ancestrales conservadas con mimo, la Soria asolada por la emigración hacia Madrid, hacia Zaragoza, hacia Barcelona en los duros años 50 y 60 del pasado siglo. Y de la Soria de los poetas. Sé que es una convención, que de ello se ha hablado muchas veces, pero haber leído "La tierra de Alvargonzález" y vivir una tormenta junto a la Laguna Negra (como nos ocurrió a los "excursionistas" cervantinos) es una experiencia de las que no se olvidan. Y experimentar la detención del tiempo y de la historia en el Casino mientras se recuerda a los poetas que pasaron por sus salones es otra vivencia para guardar para siempre.
Machado, Gerardo Diego... Esos son, en lo esencial, los poetas "oficiales" que la ciudad de Soria ha hecho suyos. En distintos momentos, con distintos interlocutores, especialmente con Macarena García Plaza, hablamos de ellos. Incluso en las intervenciones de los representantes políticos en la reunión de directores del Cervantes, las citas se concentraban en los dos nombres, sobre todo en el primero. Sin embargo, he podido comprobar el extraño silencio que se cierne sobre la obra de un poeta que cantó a Soria con talento, emoción y empatía con sus gentes y sus tierras. Un poeta que, además, fue, en 2001, Premio Cervantes. Me refiero a José García Nieto. Algunos lectores se preguntarán qué hace un escritor ideológicamente progresista, de izquierdas, reivindicando la poesía del poeta promotor de revistas como Garcilaso o Escorial, impulsor del movimiento "Juventud Creadora" y vinculado políticamente al franquismo de la primera hora. Pues intento mirar hacia atras con equilibrio, sin afán vengativo y con la voluntad de salvar lo mejor de la obra de un buen poeta. De un poeta que, pese a su adscripción ideológica (fue hijo de su tiempo) fue generoso con los poetas cercanos o identificados con los vencidos cuando estuvo al frente de la mítica revista Poesía Española. Blas de Otero, Eugenio de Nora, Gabriel Celaya, Pepe Hierro, entre otros muchos, publicaron no pocos poemas en sus páginas. Y gran parte de los adolescentes de aquellos años accedimos a la poesía gracias a ella, dimos los primeros pasos para llegar, después, a la obra mayor de los poetas que allí publicaban. García Nieto, sí, cantó a Soria. Nó sólo escribió poemas como "A orillas del Duero", "Regreso a Covaleda", "Caza menor (Recuerdo de Soria)", "Dos recuerdos por mi padre en Soria", sino que dio a luz, en 1959, a un libro especialmente memorable: Elegía en Covaleda.
¿Por qué ni siquiera la derecha intelectual reinvidica la poesía "soriana" de García Nieto? ¿Acaso se avergüenza de que un día llevó la camisa azul y se identificó con el franquismo? A veces pienso si no será bueno elaborar una suerte de "Ley de la memoria histórica literaria" que rescate del olvido obras de una calidad incuestionable de poetas que estuvieron en un lado u otro de la contienda -en este caso, del lado de los rebeldes en la primera hora (pienso, con García Nieto, en Prado Nogueira, en Julio Garcés, en Vivanco, en Leopoldo Panero....). Ya ha pasado tiempo más que suficiente para mirar hacia atrás sin ira. Y, para terminar, aquí dejo un poema soriano de García Nieto que nada tiene que envidiar a los de Gerardo Diego (por cierto, también poeta cercano al Régimen de Franco).
REGRESO A COVALEDA
Quiere mi pecho hacerte, aunque no pueda,
tiempo de ayer, cadena de costumbre,
sueño conmigo ante la erguida lumbre
niña conmigo entre la nieve queda;
hacer que el perro aquel, contra la rueda
de la carreta, preste mansedumbre
al corazón, y Urbión, desde su cumbre,
traiga el cielo de entonces, Covaleda.
Puebla quieta, nidal del pino verde,
la de la margarita repitiendo
sílabas de la tierra estremecida;
voz de mi voz que lejos se me pierde,
que arriba es río, como tú naciendo
hacia la muerte, oh Duero, hacia la vida.

José García Nieto (Del libro Geografía es amor. 1951)

miércoles, 16 de julio de 2008

El origen remoto (o casi) de "Verano"

No es fácil identificarse plenamente con la crítica a una obra propia. Siempre he sentido una rara sensación cuando me ha tocado leer las críticas a mis libros. Muchas veces (y lo digo yo, que ejerzo la crítica desde hace más de una década) piensas que has escrito otro libro, muy diferente acaso del que pensabas haber dado a la imprenta. Otras, descubres que en tu texto había intenciones subconscientes que no alcanzaste a ver mientras lo escribías. Y, casi siempre, tienes la oportunidad de ver y analizar, a través de la mirada de otro, una obra con la que has convivido, en su proceso de gestación, durante muchos años.
De la buena crítica, de la crítica llamada convencionalmente constructiva -aunque no ponga bien tu obra-, siempre se aprende. En ella alientan enfoques distintos, enseñanzas, descubrimientos respecto al modo en que lo que escribiste un día puede llegar hoy al lector. Todo esto viene a propósito de la reseña que a mi novela Verano ha dedicado, en el último Babelia (13 de julio), Angel Luis Prieto de Paula. Me parece una crítica rigurosa en la que el elogio es cauto, centrado en aspectos determinantes de la novela aunque sin desatender la vertiente crítica destacando alguna supuesta flaqueza o deficiencia. Bienvenida sea la crítica. Pero ha habido dos párrafos que me han parecido especialmente conectados con el aliento de fondo que, a mi juicio, respira en Verano. Uno, la referencia a una de mis pasiones como narrador, probablemente importadas de mi condición de poeta: las descripciones de paisajes. Afirma Prieto de Paula: "Las descripciones paisajísticas son de una belleza que le roba el alma a esta novela". ¿Qué decir ante semejante juicio? Nada. Sentir una honda emoción y una enorme gratitud. Nada más. Y pensar, en todo caso, que algo debe mi prosa a los paisajes reales que han inspirado los de la novela. Por ejemplo, los que ilustran estas reflexiones.




El segundo párrafo es, quizá, el que motiva esta recapitulación "al margen". Escribe Prieto de Paula: "una camaradería que procede de los años universitarios y ha aguantado el desgaste de los años por la fuerza cohesionadora del veraneo compartido, que se clausura ritualmente con la cena de finales de agosto, regada con agua de tormenta y la melancolìa del retorno". En cursiva destaco la frase que, quizá sin que el crítico lo haya pretendido, roza el núcleo esencial, quizá la matriz que dio origen, hace mucho tiempo, a la novela. Me explico: más de una vez he afirmado que los escritores que compatibilizamos poesía y narrativa desarrollamos, al escribir una narración, todas las potencialidades que contenía un poema escrito en un tiempo pasado. Y si mi experiencia ha sido siempre ésa, que toda novela tuvo como semilla (a veces remota) un poema, pude comprobar cómo a Vázquez Montalbán le ocurría algo parecido. Me lo confesó en una larga (y apasionante) conversación cuando comenzamos a hablar del poema "Ciudad" que aparece en su novela El estrangulador (Mondadori, 1996). El poema lo había escrito en los años sesenta pero ahí estaba, en síntesis, depurada, la novela. Lo mismo afirmaba del poema "Nada quedó de abril" con que abre Una educación sentimental (1967) en relación con la novela El pianista. Algo parecido ocurre con Pepe Caballero Bonald y con otros novelistas-poetas.
Pues bien: la referencia a la tormenta de finales de agosto y a la melancolía del retorno que destaca Prieto de Paula en su crítica está estrechamente vinculada al origen de Verano. Hace algunas semanas, en otra entrada de este blog, me referí a una experiencia vivida, junto a otros amigos, como desencadenante del comienzo de la novela. Pues bien, hubo una semilla anterior. Se trata de un poema cuya primera versión escribí en... ¡¡1989!! Se publicó en El País-Babelia en 2005 y, en su versión definitiva, está incluido en mi último poemario, De viejas estaciones invernales. Se trata de la evocación de la tormenta que, cuando era un chaval y veraneaba con mis padres en un pueblo de Soria, solía desencadenarse en el último tramo de agosto anunciando el final del verano y "la melancolía del retorno" (Prieto de Paula dixit). El poema aparece, también, en mi antología Monólogo del entreacto y siempre fue una obsesión trabajando en la recámara de mi cerebro. Sólo cuando acometía el tramo final de la novela tuve la certeza de que los climas, los paisajes, los ambientes y las emociones de Verano estaban ya en el poema que abajo reproduzco para el lector curioso y con pereza para escarbar en mis textos poéticos:
LA TORMENTA

Habíamos dejado la tarde a medias, la luz

a medias adensarse contra blancas paredes,

en jardines en sombra, en praderas heridas por la llama

de un verano sin paz, tan implacable

como el tono amarillo que hizo de ellas

sólo memoria de un verde amenazado.

Y fue entonces —agosto prescribía

en el pueblo remoto de todos los veranos de la infancia—

cuando la nube puso desolación al aire y vino

la primera tormenta a visitarnos

hasta llenarnos con su olor a distancia y olvido.

Nuestros padres guardaban las hamacas.

Se miraban, sombríos, pues la lluvia anunciaba el retorno

de un tiempo cotidiano sembrado de relojes.

Y nosotros, niños como aquel agua que ablandaba la paja,

corría en torrenteras por los montes y aromaba

de infancias más remotas nuestros ojos,

nos mirábamos tristes pues setiembre llegaba, inevitable,

y era el fin del verano y no podíamos

gozar de aquella oscuridad,

de aquella tarde llena de premoniciones,

de lentos exterminios de una farra apenas intuida, acaso

de un amor inseguro, breve y luminoso como todos

los vividos en aquellos veranos de nuestra pubertad.

Y llegaba la noche y no quedaba

más remedio que huir a la luz amarilla del cuarto de los niños

mientras ellos, los padres, nuestros padres,

jugaban a los naipes esperando

el fin de la tormenta para dar otra luz al verano, otro plazo

de gozo a aquellas horas implacables, más cortas, más huidizas

que todas las horas precedentes.

martes, 8 de julio de 2008

Narratividad, fragmentariedad, "propuesta nocilla" y otras hierbas

En el último número de Qué leer, el novelista David Torres, autor de Niños de tiza (Algaida, Sevilla, 2008) hace una afirmación que puede sonar irreverente: "la supuesta novedad de la propuesta Nocilla no es tal. Existe desde Cortázar. Puede que incluso de antes. Por eso la vanguardia literaria española me recuerda más a una retaguardia que a otra cosa".

Comparto parcialmente tal afirmación y reconozco en ella alguna de mis reflexiones publicadas en El País a propósito de una trabajo de Vicente Verdú con el que cuestionaba la narratividad, la historia en la novela del siglo XXI. En efecto, la novela fragmentaria, la renuncia al argumento, a la trama, el desdén por la historia como componente del artefacto narrativo no es una novedad generada por el creciente dominio de Internet en la comunicación o por el surgimiento de nuevos soportes como el blog, o el correo electrónico, o todos los mecanismos de ofrecer historias a través del medio audiovisual. Esa opción literaria ya estaba en Cortázar, y en buena parte de la narrativa experimental española de la década de los setenta del pasado siglo, y en Joyce y su Finnegans Wake, y en la poesía experimental del período de entreguerras, y en la novela norteamericana de la generación beat y post-beat, comenzando por Kerouac y acabando en Pynchon, con su tecnoficción de La subasta del lote 49, o en el John Barth de Quimera, o en Larva, de Julián Ríos, o en la narrativa de Manuel Vázquez Montalbán que él mismo calificó como literatura de la subnormalidad en los años sesenta y primeros setenta: Manifiesto subnormal, Recordando a Dardé, Cuestiones marxistas, etc...
Entonces no había Internet y las computadoras u ordenadores comenzaron a ser (en los sesenta, por supuesto, en el período de entreguerras eran simplemente impensables), una noticia remota, vinculada a la ciencia ficción o a la experiencia de ciertos bancos que comenzaban por entonces a dotarse de armatostes enormes con los que alimentar sus incipientes centros de proceso de datos. Y existía una narrativa experimental que jugaba con cuantos elementos ofrecía, a los escritores, la realidad, la cultura (el comic, la música, el pop, el cine, la televisión) y la contracultura, incluyendo el adanismo prehippie y la nostalgia de los paraísos perdidos en los mares del sur (Gauguin al fondo). Incluso narrativa hubo, como el nouveau roman, que hizo de la ausencia de argumento, del rechazo de la historia y de la no narratividad la tríada virtuosa de una propuesta estética que fue necesaria pero que aburrió a un par de generaciones de una manera perseverante: llegó un momento en el que los jovencísimos lectores de entonces, cultivados en la adolescencia en la lectura de Stevenson, de Swift, de Baroja, de Dickens o de Clarín, asumíamos interminables sesiones de tortura frente a textos difícilmente legibles con el convencimiento (alentado por los estructuralistas) de que ahí estaba el secreto del gozo literario, la magia (muy oculta, casi inexcrutable) de la literatura. Recuerdo el tedio asumido voluntariamente algunas tardes de verano consistente en intentar dar por terminada la lectura de una novela (¿novela?) de Robbe Grillet titualada La celosía con la intención, tan estimulante como inexplicable a la luz del presente, de contarlo a los amigos y de presumir de haber doblegado, al fin, uno de los textos emblemáticos del "nuevo novelista francés". Confieso que de aquella propuesta narrativa leí con placer y con pasión tres novelas: La modificación, de Buttor (a propósito de esa experiencia reflexiona, por cierto, el narrador de Verano, mi última novela) y El planetario e Infancia, de Nathalie Sarraute. Las tres eran (son) textos con cierto grado de experimentalismo, ciertamente. Pero sustentados en una historia, atravesados por la emoción sentimental y no sólo estética. Es decir, en el binomio sobre el que se levanta toda la gran literatura: palabra reveladora y vida.
Ojo: que nadie se equivoque. No pretendo equiparar la llamada estética nocilla con determinadas literaturas experimentales propicias a provocar en el lector el tedio, el desconcierto o el cabreo. En absoluto. Lo que afirmo es que es muy discutible que sea una consecuencia objetiva, inevitable y saludable de la era Internet y de las conquistas y transformaciones que en la comunicación ha creado el llamado ciberespacio. Diré más: hoy podemos encontrar en las mesas de novedades de las librerías auténticas obras maestras, leídas y degustadas por miles de lectores, que se sustentan en el canon tradicional y que tienen como núcleo estructural una historia, un argumento, una trama que pasa a ser materia literaria a través del lenguaje. Grossman, Barnes, Ford, Nemirovsky, Marai, Auster, Williams, Conti, Vargas Llosa.... La lista de nombres sería, a este respecto, interminable.

Preguntas que se me ocurren: ¿no será que, a veces, tras la defensa a ultranza de la fragmentariedad existe una latente (o real) incapacidad para construir una historia, sea cual sea el lenguaje que la alimente? ¿Quién no nos dice que en la asimilación objetiva de determinadas fórmulas experimentales con la era Internet no hay una renuncia a hacer novela con los ingredientes e innovaciones que ese mundo nos ofrece, pero construyendo textos narrativos con vida, que emocionen, que apasionen, que nos mantengan atrapados de principio a fin?

Las respuestas, se las dejo al lector. O a un futuro artículo de este escritor "Al margen". Sed felices y leed mucho este verano.

miércoles, 25 de junio de 2008

De amigos e intereses en la poesía contemporánea: dos homenajes



Hace unos meses, el pasado 17 de abril en concreto, participé, junto a Josep María Castellet, Manuel Fernández Cuesta, director editorial del Grupo 62, y del actor Juan Echanove, en la presentación de Memoria y deseo (Península), la poesía completa -con la inclusión de los dos libros que dejó inéditos a su muerte, Rosebud y Teoría de la almendra de Proust- de Manuel Vázquez Montalbán.

MANOLO Y SU POESÍA
El acto fue muy emotivo y tanto nuestras intervenciones como la lectura de poemas de Echanove se desarrollaron con el telón de fondo de la memoria de un escritor y de un poeta irrepetible, de una figura inseparable de la literatura española de la segunda mitad del siglo XX. También con la presencia de Anna Sallés, su compañera, y de Daniel Vázquez, escritor e hijo.

Yo viví algunos años metido en la poesía de Manolo y, gracias a la decisión de trabajar en un ensayo sobre ella, tuve la fortuna de conocerlo, de hablar con él largamente de poesía, de política, del mundo literario, de sus miserias y de sus grandezas. De aquellas conversaciones y de no pocas lecturas y metabolizaciones de sus poemas surgieron tres trabajos de los que me siento especialmente orgulloso y satisfecho: una edición crítica de Una educación sentimental y Praga (Cátedra, 2001), el ensayo Memoria, deseo y compasión (Mondadori, 2001) (nunca olvidaré su llamada telefónica, emocionada como la de un joven poeta ante su primer libro, una mañana de octubre, para comunicarme que la editorial le había enviado, en primicia, uno de los primeros ejemplares que habían llegado de la imprenta) y el estudio preliminar con que se abre esta última edición de su poesía reunida titulado "La poesía de Manuel Vázquez Montalbán: un decálogo y una coda".

LA JUSTICIA POÉTICA Y LA FACILIDAD DEL CRÍTICO

¿Por qué me siento especialmente orgulloso? Porque creo que con esos trabajos he ayudado, aunque sea una brizna, a restablecer la justicia literaria poniendo en su lugar a un poeta como la copa de un pino, y he saldado una deuda ética, moral, con uno de los escritores más cercanos, generosos, rigurosos y hondos con que ha contado la literatura contemporánea en castellano. Reivindicar, en los años 90 y en este comienzo de siglo, la poesía de Manolo era una obligación moral entre tanta reivindicación de medianías que jamás traspasaron la frontera de la mediocridad. O que hicieron de la poesía una atalaya cultista y separada de la vida. Lo más fácil, siempre, es teorizar sobre lo sabido, analizar la obra del poeta superanalizado y superconsagrado (pienso en Gil de Biedma, en Ángel González, en Valente, en nuestros clásicos del 27, en Blas de Otero....). Lo arriesgado, para un poeta que escribe, también, crítica, es tirarse a la plaza pública a resaltar los valores de poetas silenciados o cuestionados, lo complicado es buscar y mostrar la proteína de una obra llena de carga perturbadora (lo hice también con Diego Jesús Jiménez). Eso es lo difícil. También lo hermoso.

LO QUE ME DIJO JUAN CRUZ Y LAS AUSENCIAS

En la presentación-homenaje que celebramos en Madrid hubo muy pocos de los poetas, escritores y otras hierbas que, cuando Manolo vivía, solían saludarlo, elogiarlo, pedirle favores y apoyos, requerirle prólogos y otros trabajos. Faltaron muchos amigos (o que se decían y se dicen amigos). Me lo subrayó, en un aparte, Juan Cruz (amigo, con mayúsculas, de Manolo), que llegó a decir: "si hoy hubieran venido a homenajerlo todos los que le pidieron favores o se beneficiaron de la generosidad de Manuel, no habríamos cabido en la sala". Era cierto. Al días siguiente, Juan Cruz me escribió un mail comunicándome que había escrito, en su blog, una entrada sobre el acto. La leí y pude comprobar que lo que me dijo en voz baja había sido elevado a la condición de afirmación pública.


Ahora añado: los poetas y escritores rojos, propensos a homenajes a poetas que han pasado el rubicón del Príncipe de Asturias (Ángel González, por ejemplo), o la consagración unánime de la generación del 27 (Alberti, por ejemplo), aficionados a acudir en comandita a jalear a escritores ya mayores a los que nadie cuestionó jamás, no estaban. Ninguno. Ni García Montero, ni Prado, ni Sabina, ni Rioyo, tan apasionado lector de la obra montalbaniana (al menos, así lo predica), ni tantos otros que decían compartir, en vida de Manolo, identidades ideológicas, posiciones políticas, amores por la copla y la Barcelona del mestizaje y el espíritu crítico además de haber compartido El País, el diario en el que Manuel Vázquez Montalbán era, desde el primero número del ya lejano 1976, una firma imprescindible. Tampoco estuvo Chus Visor, el editor de Ciudad (1996) y de Pero el viajero que huye (1991), los dos últimos poemarios de Manolo. Es posible que tuvieran otras obligaciones, compromisos de índole superior. Pero... se echó de menos el mensaje escrito, el apoyo en la distancia, la solidaridad con el homenajeado.

Sí, Juan Cruz escribió en su blog lo que muchos pensaron (comenzando por Manuel Fernández Cuesta, el editor, y acabando en el propio Castellet): la generosidad de ciertos poetas con los colegas muertos es extremadamente selectiva.

EL OTRO HOMENAJE: SENTIRSE INTRUSO

Viene esto a propósito de mi experiencia en un homenaje posterior. Fue el 17 de mayo y el acto, en una ciudad del área metropolitana de Madrid, tenía como protagonista la memoria de Ángel González. Acudí porque por una suma de circunstancias acabé de participante en la mesa (junto a Almudena Grandes, Benjamín Prado, Luis García Montero, Juan Cruz, Julio Llamazares y Javier Rioyo). Yo acudí no sólo porque me invitó el ayuntamiento que lo organizaba sino porque me considero conocedor y amante de la poesía de Ángel. Porque, además, creía representar a los cientos de miles de lectores que han vivido la poesía de Ángel más allá de la figura ceñida a las noches de farra y al reducido grupo de amigos de las madrugadas madrileñas en que se centraron, con posterioridad a su muerte, la mayoría de las columnas y semblanzas que se publicaron. Y, cómo no, porque dirijo la colección de poesía que acogió la reedición de Tratado de urbanismo con lectura de Carlos Pardo (Bartleby, 2007), un libro que Ángel recibió con enorme emoción. Pues bien, tuve la sensación (algo que me confirmaron después amigos presentes en el acto) de que en aquella mesa estábamos dos escritores que, para la mayoría de sus integrantes, no lo merecíamos. Las ausencias en el homenaje a Manolo Vázquez Montalbán, se habían convertido en presencia abrumadora tendente a la apropiación de la memoria y de la obra del gran Ángel González (por cierto, poeta al que Manolo admiraba sin reservas). ¿Casualidades de la vida? Probablemente. Pero lo cierto es que tuve la sensación de ser considerado intruso, presencia innecesaria, crítico y poeta no invitado, ajeno al universo de amistades íntimas del poeta homenajeado y, por tanto, "carente de legitimidad" para hablar de él.... El otro escritor disonante, que sí fue amigo de Ángel y que subrayó, sobre todo, su tristeza (su recuerdo también era ajeno a la memoria de nocturnidades que la mayoría de la mesa puso de relieve), fue Julio Llamazares.

Al día siguiente, los periódicos recogieron lo más significativo del acto. No pocos amigos me llamaron o escribieron para expresarme su extrañeza por mi presencia en la mesa redonda. Era, para ellos, un anacronismo. La sensación que experimenté mientras compartía palabras con el resto de los poetas y escritores, la compartió buena parte de quienes me escribieron o llamaron por teléfono. Lo que, objetivamente, era algo natural (incluso hubiera sido necesaria la presencia de muchos más poetas y críticos del amplísimo universo de admiradores de la poesía de Ángel González: es lo que merece) pasaba a ser, para los observadores conscientes de la realidad literaria que vivimos, una anécdota extraña, poco acorde con la visión restringida que en los últimos tiempos se proyectaba sobre Ángel. Una pena.

lunes, 16 de junio de 2008

La crónica de un "Verano" que se escribió en diez años.

Fue en mayo de 1997 o quizá un mes después, una noche en la que unos amigos inauguraban una casa recién remozada en una urbanización del valle del Lozoya. Recuerdo que, en la fiesta, no sólo estábamos nosotros, acuarentados residentes de fin de semana en ese lugar. Estaban nuestros hijos, a punto de adolescencia. Sonaba la música que los anfitriones habían seleccionado. Era una música afincada en la memoria de todos nosotros. Quizá fuera una canción de Jacques Brel, o de Adamo -¿por qué no Mis manos en tu cintura?-. Fumábamos, reíamos, ironizábamos sobre el amor libre, sobre los sueños del tiempo universitario, sobre el empeño de olvido en que parecía enfrascado el primer gobierno Aznar... Y fue entonces, mientras veía a las parejas bailar entre las luces nocturnas, mientras escuchaba cómo los anfitriones se referían, entre risas, a la hipoteca que acababa de caerles con aquel viejo chalet remozado, cuando tuve la certeza de que en aquel momento, parte de nuestra vida real, yo tenía a mi disposición el comienzo de una novela. No sabía qué ocurriría en ella. Ni qué personajes iban a protagonizarla. Pero tenía el ambiente, los paisajes, el pulso emocional, el deseo de escribir. Es decir: tenía los elementos esenciales que, en mi caso, suelen ser el principio de una novela.
Días después, cuando los rescoldos de la fiesta se habían apagado, probablemente en la habitación de mi casa de Madrid, quizá a finales de mayo o a principios de junio, nació, de un tirón, el primer fragmento:
"La música, llena de pasadizos a la memoria, sonaba inmune a sentimientos y a recuerdos, seapropiaba del jardín y hacía de la noche un espacio en el que no existía el presente, un lugar de los años perdidos y las amistades borrosas y los sueños amputados. Eso era la música y Nuria Cruz intentaba guarecerse contra el asedio de la nostalgia y de los deseos rotos y por eso dejó el salón donde todos bailaban ajenos a su cavilación, y cruzó el jardín y olió las madreselvas, el aroma algo mortecino de los rosales, y contempló un cielo en el que las estrellas brillaban como nunca componiendo sobre el bosque de fresnos una bóveda inmensa, la misma bóveda de sus quince años, cuando el tiempo carecía de sentido y amar era una aventura no por pecaminosa y prohibida menos cargada de promesas. Atrás quedaba la casa encendida contra la noche, quedaban ellos, acuarentados fingidores de fin de semana, testigos de su lejano esplendor adolescente y de su desconcierto de los últimos años, amigos perseverantes desde los tiempos del desafío, desde las noches en las que la ciudad, ahora oculta tras la cadena de montañas, era el lugar a conquistar y era el futuro. Habían cruzado todos los puentes, intentado representar todos los papeles y quizá por eso ahora se limitaban a vivir, a apurar un tiempo que comenzaba a mostrarse en toda su descarnada precariedad. Nuria echó la vista atrás y vio a Adela, que abandonaba la casa y se detenía en el porche.
—¿Han llegado los chicos? —dijo Adela.
--No… Por eso he salido… Ya es algo tarde."

No sabía entonces que daba comienzo a un trabajo de diez años, que se prolongaría hasta mayo de 2007. No continuado, por supuesto. Con paréntesis más o menos largos determinados por otros proyectos narrativos, por algún poemario, por mi ensayo sobre la poesía de Vázquez Montalbán. Un trabajo que, en gran parte, se desarrolló en muchos fines de semana, en etapas de vacaciones y puentes vividos en lo que en la novela llamo "la casa del verano", una casa que es real, que existe, que se levanta junto a un pequeño pueblo del valle del Lozoya.
En estos días, cuando me enfrento a la magnífica edición que ha hecho Alianza (con esa portada, obtenida de los fondos de la Agencia EFE, llena de carga evocadora), al recordar el proceso de corrección de galeradas, de revisión del conjunto del texto, me he dado cuenta que he construido la crónica de un verano extraño. Un verano en el que los adultos confrontan sus mitos y su memoria con el pragmatismo de los adolescentes crecidos en democracia. Unas vacaciones en las que, inesperadamente, se abre una ventana al pasado: al de la inmediata posguerra y al de los últimos años de la dictadura de Franco. En la felicidad inventada de quienes viven un agosto de montaña de finales de los noventa entre excursiones, reuniones de amigos, veladas bajo la luz cubiertos con jersey o con mantas que evocan los viejos fuegos de campamento vividos por los mayores, irrumpe una realidad tormentosa: una falsa carta firmada falsamente por un personaje del pasado de todos abre el portón de un tiempo doloroso. ¿Qué fue de los torturadores de la Brigada Político Social del franquismo? ¿Cómo han vivido el tiempo de democracia? ¿Se han encontrado, alguna vez, frente por frente, con alguna de sus víctimas? ¿Han llegado a hablar con ella? A esas preguntas, con el telón de fondo de una naturaleza vivida y gozada, con la evocación de un agosto vacacional en el que los adultos recuerdan e intentan refugiarse en la fiesta y en un retiro temporal y los adolescentes descubren el amor, el sexo, lo precario de toda felicidad, intento responder con Verano.