martes, 11 de septiembre de 2007

Primera reflexión sobre Billy Collins: ¿Es mala la poesía que se vende?

Edgar Lee Masters publicó Spoon River Anthology en 1915. De su primera edición se hicieron 19 reimpresiones y en 1940 llevaba, ya, 70 ediciones. Ha sido el best-seller de la poesía norteamericana y, poco después de su aparición, Ezra Pound, paradigma del poeta experimental, irracionalista de la primera mitad del siglo XX, escribió en The Egoist: "¡Por fin! ¡Por fin América ha descubierto a un poeta!".


Cuaderno de Nueva York, de José Hierro, vendió en poco más de dos años por encima de cuarenta mil ejemplares sin contar con las ediciones que aparecieron al margen de la inicial de Hiperión. Las ediciones de Ancia, de Blas de Otero, se vienen sucediendo año tras año en Visor desde finales de la década de los sesenta. Fonollosa, según declaraciones de Sergio Gaspar, editor de DVD, es, de su catálogo, el poeta que más libros ha vendido desde que la editorial inició su andadura. Más recientemente, Raymond Carver, con su poesía reunida Todos nosotros, ha vendido, en algo más de un año, tres ediciones y Bartleby Editores está preparando la cuarta.


Citar a Juan Ramón, a Antonio Machado, a Cernuda, a Pablo Neruda, a Federico García Lorca, como poetas con un enorme bagaje de ediciones de sus libros, de antologías y poesías completas, sería un lugar común.


¿Cabe, hablando de poesía, establecer un paralelismo, en términos cualitativos, entre Edgar Lee Masters, Pepe Hierro, Blas de Otero, Fonollosa, Carver, Juan Ramón, Machado, Cernuda o Lorca y Antonio Gala? Nadie que tenga una brizna de sentido crítico (o de sensibilidad literaria) lo haría. Sólo cabría el paralelismo cuantitativo: todos venden o han vendido muchos ejemplares de sus libros. Venden poesía. Y mucho. Por eso, establecer como verdad universal (es malo aferrarse a verdades universales que tienen como punto de partida el gusto del lector o del crítico y, por ello, la más radical subjetividad) la afirmación de Felipe Benitez Reyes "la poesía no vende y, si vende, no es poesía" para poner en cuestión el valor de la obra de Billy Collins partiendo del hecho de que es un poeta "muy vendido en Estados Unidos" no parece un ejemplo de rigor analítico. Y lo es menos aún si procede de un poeta/crítico como Vicente Luis Mora que dio sobradas muestras de perspicacia y hondura en los ensayos de su libro Singularidades. Eso nos llevaría a afirmar que la poesía que no vende es, por definición, buena, y la que vende, es, también por definición, mala. Y eso no es verdad bajo ningún concepto. Es más, creo que Vicente Luis Mora, autor de una reseña sobre Lo malo de la poesía (en el último número de la revista Quimera) que parece un trámite (no muy alejada, en su planteamiento de fondo, de otra de Pablo García Casado en La tormenta en un vaso) sabe que no es verdad. Billy Collins ha vendido muchos libros en Estados Unidos, es cierto. Pero, a mi juicio, no es comparable con el "fenómeno Gala". Entre otras razones porque, creo, su conexión con el público tiene más que ver con las incertidumbres y angustias que respiran tras la vida cotidiana de una América autosatisfecha y frágil que con la autocomplacencia o el juego (aunque a veces lo aparente, del mismo modo que, por citar un ejemplo a vuelapluma, aparentaba jugar el Blas de Otero de Pido la paz y la palabra) al que se refiere Vicente Luis Mora. Ya quisiéramos, todos los escritores que de vez en cuando terminamos un poemario (o casi todos) vender los 40.000 ejemplares de Collins o de Cuaderno de Nueva York, de Hierro. Eso significará que nuestra poesía, sin hacer concesiones, ha conectado con un amplio segmento de lectores. Son otras las razones que hacen de la poesía un género minoritario. Tienen que ver con su escasa promoción, con la limitada atención de los grandes medios, también, por supuesto, con una sensibilidad lectora más educada para la narrativa. Pero del mismo modo que hay películas o novelas que son obras maestras que fueron escritas pensando en la "inmensa minoría" y, de pronto, concitan la atención y el seguimiento de millones de espectadores o lectores, hay poemarios que rompen la norma del elitismo, que se convierten en excepción. No "fenómenos Gala", sí "fenómenos Lee Masters". Y si Masters vendió 70 ediciones de su Spoon River en 15 años no lo achaquemos a la "facilidad". Pensemos (es lo que yo creo) que conectó con la sensibilidad colectiva de una América en crisis, marcada por las grandes convulsiones sociales que dieron lugar al crack del 29 y por sus consecuencias. Con poemas transparentes y hondos a la vez. Inteligentes y estremecedores. Irónicos y turbios. Todo a la vez pese a las apariencias.

Hasta aquí una primera reflexión sobre las ventas de Collins. Queda pendiente reflexionar sobre la calidad, sobre las supuestas "facilidades" que lastran (¿a partir de qué principios?) sus poemas. Pero por hoy ya he escrito bastante.

1 comentario:

Vicente Luis Mora dijo...

Querido Manolo, estoy de acuerdo con algunos de tus razonamientos, y quizá no quedó clara -por motivos de espacio- mi explicación sobre el parecido entre las ventas de Collins y las de otros poetas, pero me pareció significativo un hecho, o más bien la relación entre dos hechos:
1º) Grandes ventas de un libro de poemas.
2º) La baja calidad, la falta de ambición y la "normalización" realista -en el sentido de realismo ingenuo- de ese libro de poemas.

Lo que me hace saltar las alarmas es que, por lo común (y con las consabidas excepciones, como por ejemplo la de Hierro, que haces bien en apuntar), sólo un poemario desustanciado, con trucos efectistas y sensibleros, y con apenas un par de poemas buenos, puede encaramarse a las listas de ventas. Mira el próximo fin de semana las listas de ventas de poesía española en nuestros suplementos -con todas las suspicacias que merecen esas listas- y me cuentas qué ves, en su mayor parte.

Eso es lo que pretendía decir. En Bartleby han salido estupendos poemarios de un realismo consistente, nada ingenuo, como Todos nosotros, de Carver, y que también han vendido mucho. Lo que digo es que ésta última es la línea que me parece interesante (como Frank O'Hara, otro realista norteamericano estupendo), y no la de Collins. Creo que ahora me he explicado mejor.

Un fuerte abrazo, Manolo.