Para Iñaki Abad, el escritor, el amigo.
Ayer, en el valle, salimos a caminar cuando cayó la noche. El cielo, al salir del pueblo, era de un azul casi negro y y las estrellas brillaban como nunca. Avanzamos, carretera adelante, hacia Pinilla, y pudimos ver, sobre el monte de la Cruz, la luna que, en cuarto menguante, parecía cultodiarlo. Pensé que la noche de verano pronto pasaría a formar parte del pasado. Y recordé otras noches parecidas, cuando el mundo era inabarcable y la infancia su reducto protector (una protección más que engañosa, por cierto). Era en un pueblo de Soria, cerca de Arcos del Jalón, y allí las noches de los doce años eran las noches de los juegos interminables, de la libertad sin límites que me faltaba en la ciudad, del magreo inocente e inexperto, del refugio en la oscuridad de las cuadras o de los pajares. Retazos de esa memoria aparecen en mis poemas, en fragmentos de algunas de mis novelas -por ejemplo, en la última, Verano, en la que las noches en la montaña se convierten, para Nuria Cruz, en reductos de la memoria adolescente-, en algún cuento que perdí hace muchos años. La luna vigía, la luna amiga, la luna espejo, la luna lluvia, la luna campo, la luna ciudad, la luna montaña, la luna caliente (magistral, perturbadora, la novela con ese título, Luna caliente, de Mempo Giardinelli, Alianza bolsillo) o la luna bosque.
Volvimos a eso de la medianoche. Ebrios de naturaleza. Soñando viejos veranos y pensando que todavía queda tiempo para imaginar las vacaciones. Después, al abrigo del porche y de un jersey de lana, corregí a mano tres poemas de un libro que lleva una década haciéndose -ya queda poco para su conclusión- y, al calor del recuerdo de mi estancia reciente en Cantabria, días de debate y reflexión entre directores del Cervantes de todo el mundo, leí, mientras E. dormía, versos también de mi adolescencia un tanto inocente y un mucho soñadora, versos de Gerardo Diego, el poeta olvidado al que he vuelto en estos días cántabros, versos algo näif pero no fáciles de un libro de 1961, Mi Santander, mi cuna, mi palabra. Reproduzco el capítulo 6, "El gato", del poema titulado "Novela de una tienda":
El gato. Siempre hubo un gato
que era el gato, el gato eterno,
la gracia de un garabato,
la luz de un maullido tierno.
El gato era Persia, Egipto,
magnetismo, dinastía,
la selva, el tigre conscripto
a soñar filosofía,
a coser --tan siderales--
sus ojos en sus ojales.
Un juego, sí. Sin proyección social. Sólo el lenguaje y sus capacidades. Una hermosa muesta de las capacidades significativas del poema. Os lo regalo. Aunque no es mío. Vaya en recuerdo del olvidado Gerardo Diego.