lunes, 19 de diciembre de 2011

El tirachinas: una ventana en el tiempo

Hace unos días, por la mañana, entré en el dormitorio de mi hijo a cerrar la ventana antes de salir de casa (en el fondo, es una habitación para todo: allí estudia, trabaja, escucha música, ve cine, navega por Internet, piensa, a veces come, sueña, se rebela, ama y se entristece, se alegra a veces, ríe, quizá llore). Es un cuarto en el que, en un desorden ordenado, duermen objetos de la más diversa naturaleza: en sus paredes, cuelgan algunos de sus óleos del tiempo anterior al comienzo su vida universitaria, decenas de dvds con películas de toda índole, desde Truffaut hasta los clásicos del cine mítico de Hollywood, libros de literatura (novelas, sobre todo novelas, desde KerouacJuan Marsé, libros de arquitectura, de filosofía, de Erich Fromm al teórico del arte Ernst Fischer, de sociología, apuntes, muchos apuntes, cientos de folios escritos o impresos con planos de lo más diverso, cartulinas de gramaje distinto para hacer maquetas, cables infinitos,  lápices, bolígrafos, rotuladores de punta fina, fotografías de chicas a las que conozco de haberlas visto alguna vez por casa, una agenda de pared, escrita a mano, con las tareas semanales, libretas con sus bocetos, con sus dibujos, semillas de lo que algún día, quizá, sean óleos, o proyectos...  Es su mundo, un mundo al que me suelo acercar con prevención y con mala conciencia, pero en el que, sin quererlo, reconozco al joven que fui. Eso sí: mucho más formado, más consciente, con un bagaje cultural infinitamente superior al que yo (nosotros, E y yo) teníamos.

En ese desorden, que a veces me enerva sin razón y que a veces me parece maravilloso, está la propia confusión de la edad, la encrucijada de caminos con que nos enfrentamos a la vida en un momento decisivo de nuestra formación cultural, educativa, sentimental. Con retraso, he visto mi propia encrucijada cuando yo tenía 21 años, he recobrado mi crisis de identidad en aquel tiempo, el dilema gravísimo de entonces: no sabía qué hacer, dudé entre magisterio y la nada, y al final E (nunca se lo agradeceré lo suficiente), entonces novia, me ayudó a encontrar un sendero: periodismo, carrera que comencé a esa edad imposible que hoy tiene mi hijo. Después, vino la poesía que había tanteado de adolescente, la novela, el ensayo... la literatura. 

La Dehesa de Gargantilla en verano
Esta mañana,, sin embargo, lo que me ha llenado especialmente la atención ha sido un tirachinas: el tirachinas. Estaba allí, colgado de una lámpara de pared de doble foco, como un ser procedente de otra realidad, de un espacio perdido en el tiempo y en la memoria: aquel tirachinas, de pulida horquilla de madera de fresno, de uno de los fresnos de nuestra casa en el valle del Lozoya, con gomas de tocino compradas (creo, no estoy del todo seguro) en El Rastro, venía a mí desde el hondón de finales de los años noventa. Ahí estaban mis manos, casi siempre torpes pero entonces convertidas, a los ojos de mi hijo, en mágicos instrumentos para limpiar la rama, desbastar los nudos, hendir la madera para enlazar las gomas, cortar y dar forma a la badana que envolvería la piedra; ahí estaban mis sueños infantiles proyectados, en el momento en que fabriqué el tirachinas, en un universo de bosques y de pájaros, de águilas y halcones, de lavanderas y colirrojos, de cientos de aves entrevistas en los Cuadernos de campo de Félix Rodríguez de la Fuente, de mi hijo José Manuel. "Cuánto pavoroso contacto con mis orígenes", escribió el poeta Vicente Gaos. La visión del tirachinas en su dormitorio no fue pavorosa, pero sí fue un hermoso pasadizo para valorar aquellos veranos en los que el valle, el jardín de Gargantilla, el bosque de fresnos al que llaman en el pueblo La dehesa, construían el paraíso de una infancia que acabaría en la desembocadura difícil de la adolescencia y en el mar de la juventud.

Recordé sus quince, dieciséis o diecisiete años: su madurez quizá prematura, su tendencia a preguntarse por el sentido de la vida, por el lugar que ocupamos en el mundo, por la utilidad de cuanto hacemos. Y recordé una experiencia muy hermosa, en la que creo que advertí que el niño del tirachinas había crecido, había empezado a madurar: fue un domingo de invierno, por la tarde, en que fuimos juntos al cine (no íbamos desde que era muy pequeño, aquellas salidas al cine en las navidades de los nueve, diez, once años, películas de Walt Disney, de dinosaurios, de"power ranger"). Aquella vez, emboscadas inevitables de la edad, no elegí yo la película, no fui yo quien tomó la iniciativa, sino él. Aquella tarde, quizá sin pretenderlo, mi hijo fue una reencarnación del padre: fuimos a una sesión de media tarde del cine Victoria a ver una gran película, El viento que agita la cebada, de Ken Loach. Era en 2006, cuando mi hijo tenía diecisiete años y comenzaba su vida universitaria. Han pasado cinco, el está casi al final del camino de la carrera que inició entonces y yo lo contemplo con admiración y confusión. 
Sin título. Óleo sobre lienzo. Fragmento. José Manuel Rico
Hace ya muchos años, algo más de tres lustros, publiqué, en la colección Esquío, de El Ferrol, un libro de poemas  titulado Quebrada luz. En ese libro hay un poema titulado "Luz de madera" que es un homenaje a mi padre, escrito diecisiete años después de su muerte, en el  que imagino, huelo, siento su presencia en la madera de una librería de pino de Oregón fabricada por él ,  tablero a tablero, en su carpintería. Fue su regalo de bodas. Hoy, la librería está en nuestra casa del valle. En ella reposan libros de cuando él vivía. El tirachinas encontrado en la habitación de mi hijo ha avivado ese recuerdo. Al igual que la madera del viejo mueble, el fresno seco y lijado de la horquilla del tirachinas de mi hijo  "hablaba de destrezas, de manos y de sueños", de mi remoto empeño por hacer realidad la ilusión de aquel niño que entonces era mi hijo y que hoy es un hombre hecho y derecho, lleno de responsabilidad, de conocimiento, de sabiduría. En la encrucijada de los 21 años. Reproduzco el poema citado:

Solía ocurrir algunas tardes:
cuando la voz de tabaco suspendía en la casa
el sueño sin relojes de un padre hecho cansancio,
me llegaba esa luz insuficiente
que adquiere la madera al llenarse de tiempo.

En esa luz opaca, olorosa a barnices,
yo crecí sin saber que en los muebles de casa
florecía la noche y no sólo la vida,
que la luz que otorgaba
memorias vegetales a sus vetas oscuras
hablaba de destrezas, de manos y de sueños,
trocaba los ocultos deseos de mi padre
en una realidad utilitaria.

Crecí con esa luz de infancia y de madera.
Todavía conservo
la vieja librería. Al contemplarla
sorprendo a veces
la herida de un fulgor. Quizá se trate
del temblor de su mano, de la antigua destreza
que se impuso a la muerte y nos vigila.

                        (Del libro Quebrada luz. El Ferrol, 1996)

lunes, 5 de diciembre de 2011

Algunas calles comerciales de mi ciudad: presente y memoria

No hace mucho, anduve durante un buen rato por la vallecana Avenida de San Diego. Es una calle no demasiado ancha que antaño, cuando yo tenía diez y once años, establecía una suerte de línea divisoria entre el barrio de Portazgo y Puente de Vallecas y el mundo recién nacido de Entrevías y del llamado barrio de Palomeras. Allí acababan los edificios de varias plantas, las calles adoquinadas (el asfalto era todavía rara avis) y el mundo "civilizado" y nacía un universo de casas bajas, de chabolas crecidas en noches clandestinas y el descampado que cruzaba el ferrocarril que venía de Atocha. Hoy ha pasado a ser una arteria central de la zona, uno de los ejes comerciales del distrito. Es una calle viva, llena de pequeños comercios

Calle próxima a Bravo Murillo. Foto Enrique F. Rojo. 2008
En la fotografía aparece por prura casualidad el novelista Antonio Ferres
Recordé otra calle de parecidas características y recorrida en los años 70 con la fruición de quien explora y descubre. Bravo Murillo nacía en Cuatro Caminos y se extendía, como calle comercial y universo de los sueños, hasta la Plaza de Castilla, aunque perdía su densidad de escaparates cuando pasaba de la calle Capitán Blanco Argibay. Fue y es calle comercial, espacio que abre a la ciudad el bosque de callejuelas, pequeñas empresas, imprentas y artes gráficas que se despliega, hacia el oeste de Madrid hasta los aledaños de la Universitaria al sur y del barrio del Pilar y de la Dehesa de la Villa más al norte.

Mi tía María, una hermana de mi madre que murió soltera e infinitamente triste, solía llevarme en el tiempo de su juventud y de mi infancia y cuando se acercaban las navidades a Conde de Peñalver, calle a la que llamaba Torrijos y en la que alentaba un mundo nuevo y prometedor.... Allí, en tenderetes que en los días próximos al del sorteo de la Lotería colocaban algunos libreros, me compró algunos libros con las historias de Guillermo Brown y, en una de las papelerías más amplias y bien surtidas de la calle, más de una estilográfica Parker 51, gesto del que se nutriría, muchos años después, mi imaginación para escribir la segunda de las novelas cortas de mi libro Espejo y tinta (2008)

Otra calle comercial  vinculada a mi biografía es López de Hoyos. Siempre ha sido una calle extraña, crecida en el tiempo en que E. y yo comenzamos a construir nuestra vida en común. Allí solíamos acudir a comprar en el mercado de Prosperidad, o a una famosa cafetería, hoy desaparecida, donde refugiaremos algunas tardes sabatinas junto al chocolate con churros y la conversación. También en López de Hoyos nos aguardarían tiendas de muebles para nuestra segunda casa, o jugueterías para las primeras noches de reyes de nuestros hijos. En esa calle, en una sucursal bancaria, trabajé varios años y de aquella experiencia guardo en mi mente (¡todavía!) nombres de clientes y empresas que se mezclan con el olor a aceitunas y vinagre de una de las más emblemáticas tabernas de la zona (abierta hoy, ¡todavía!).
 
Calle López de Hoyos

Alcalá/Avenida de Aragón, que llegaba del corazón de la ciudad, de la plaza de la Independencia y de la puerta del Sol, al mundo arrabalero  y menesteroso que crecía más allá del puente de Las Ventas, fue la calle comercial más visitada de mi infancia. Allí confluían viejos barrios: Quintana, La Elipa, la Concepción, San Blas, Simancas, Canillejas.... 

En todas esas calles he vivido (y vivo) la sensación de formar parte de un lugar en el que la soledad se debilita, casi desaparece. En esas calles, casi todas afirmadas en barrios periféricos de Madrid (San Diego, de Vallecas, Bravo Murillo, del barrio de Tetuán, López de Hoyos, de la antigua Prosperidad) yo cultivé mi amor por los sábados y domingos por la tarde, por los días excepcionales en los que mi vida cotidiana, cultivada en el barrio, en las calles laterales, en el barrio de la Alegría primero y en la UVA de Hortaleza después, se aferraba a un paréntesis que tenía que ver con multitudes, con luces, con escaparates, con cafeterías y bares, con papelerías y ferreterías, con tiendas de ropa y de zapatos. Eran como incrustaciones de un cosmopolitismo incipiente, ese cosmopolitismo que allá por los últimos años sesenta alcanzó a la Gran Vía (entonces llamada avenida de José Antonio) y del que, en nuestros barrios de la ciudad sobrante (que diría el añorado Vázquez Montalbán) teníamos noticia gracias a esas calles  por las que nos llegaba la civilización y la modernidad. Recuerdo que eran nuestros sucedáneos de Broadway o de la Gran Vía de los cines de estreno. Cierto que una cosa era Torrijos, tan clavada en ese barrio de Salamanca al que Manolo Longares, en su magistral Romanticismo, bautizaría como "el cogollito", donde los cines estaban casi en el nivel de los de la Gran Vía aunque sin su brillo ni su glamour. Pero la verdad es que eran calles especializadas en los cines de sesión continua y programa doble: Mundial, Aragón, Morasol, Ventas, Mundial, López de Hoyos, Lepanto, San Diego, Tetuán,..

 
El viejo cine Tetuán en los años 40
Es verdad que no todo era modernidad: que había (y hay, aunque cada vez menos) tiendas de artesanía, comercios donde se vendían muebles y utensilios de mimbre, que de vez en cuando asomaba, entre una mercería y un bar, una tienda de carbón de piedra y de carbón de encina, a el chiscón de un zapatero, o una carpintería. Solían se restos del tiempo en que aquellas calles eran todavía un híbrido de descampado y barrio lateral (años 30, años 40), establecimientos gestionados por gente mayor, de una generación perdida en la miseria del más intenso blanco y negro. Pero a mí, niño y adolescente en los sesenta, me gustaba descubrir aquellas arqueologías de otro tiempo.   

Hoy vuelvo, de vez en cuando, a esas calles. Me gusta pasear por ellas, detenerme ante sus escaparates, comprobar que mantienen cierta vitalidad comercial incluso en medio de la crisis, que en sus fachadas se alternan los establecimientos con cierto pedigrí con otros nuevos promovidos por inmigrantes. Tal vez sea una vitalidad ligeramente empobrecida, pero digna, paseable, hecha con la humanidad urgente de lo cotidiano: han muerto los cines, ha desaparecido alguna cafetería que era el colmo de lo "chic"en otro tiempo (butacas de eskay, casi siempre de color rojo, fotografías de actores y actrices de Hollywood en las paredes, muebles de formica y un menú innovador a base de sandwiches y tortitas con nata). También es visible en ellas, un cierto aire de decadencia, casi de rendición. ¿Ante qué enemigo? No es un enemigo invisible, sino uno muy visible: los nuevos centros comerciales de la periferia. Los zocos, los Alcalá Norte o Madrid Sur, los Plenilunio o Vaguada. Mundos de neón e hiperconsumo: allí viven nuevos comercios, cines, algún que otro teatro y, sobre todo, lugares para el encuentro y la ensoñación (aunque a algunos de nosotros nos parezca mentira). Mundos en los que, estoy seguro, en el día de hoy no pocos niños habrán comenzado a cultivar la añoranza de una felicidad extraña y a ellos vinculada no muy diferente de la que a mí me une a las calles comerciales que acabo de evocar.

martes, 29 de noviembre de 2011

¿Censura?: mi frustrado homenaje a José María Millares en el Cervantes

Siempre es bueno dejar pasar un cierto tiempo para valorar los acontecimientos con una perspectiva desapasionada y, por ello, más rigurosa que en caliente. En este caso, el acontecimiento sucedió hace casi un año. No es un asunto banal (no lo fue), aunque para evitar complicaciones y juicios interesados (y, todo hay que decirlo, para no perjudicar a una de las partes, el editor y creador de la prestigiosa editorial de poesía Calambur) preferí dejar que el tiempo pasara para reflexionar con calma sobre lo ocurrido y dejar que la distancia eliminara lastres emocionales.

José María Millares Sall
Vayamos a la historia: el pasado mes de enero tuve no sé si la suerte o la desdicha de vivir, en primera persona, la experiencia de la censura o del veto. Fue con motivo del homenaje póstumo que la editorial Calambur, con Emilio Torné a la cabeza, organizó, en la sede del Instituto Cervantes de Madrid, en honor a la memoria del gran poeta canario José María Millares Sall y con motivo de la concesión, a título póstumo, del Premio Nacional de poesía 2010 a su libro Cuadernos (2000 - 2009). El homenaje se celebró el día 19 de enero (podéis verlo íntegro en Cervantes TV pinchando aquí) y contó con la presencia y la lectura de los siguientes poetas: Alejandro Céspedes, Jordi Doce, Ignacio Elguero, Olvido García Valdés, Ana Gorría, Antón Lamazares, Nieves Mateo, Miguel Ángel Muñoz San Juan y Ada Salas.  Una lista cerrada a última hora en la que faltaban dos nombres: el del autor de este blog, y el de Félix Grande. El primero, por haber sido eliminado el viernes previo a la celebración del homenaje (el 19 era miércoles); el segundo porque no acudió al homenaje por imprevistos problemas de salud, tal y como fue expuesto por Emilio Torné durante el desarrollo de acto.

Lo descrito en el párrafo anterior, con la salvedad de lo escrito en las dos primeras líneas, es la historia conocida. Sin embargo, hubo una intrahistoria. La intrahistoria de un atropello, de un auténtico acto de censura que me afectó personalmente. La instrahistoria se inicia el 4 de enero de 2011, cuando el director de editorial Calambur me llamó para invitarme a participar en el homenaje. La razón de mi presencia, junto a mi condición de poeta y de conocedor de la obra de Millares Sall, era que yo había sido el autor de la critica al libro galardonado. Mi crítica apareció en el diario El País con el título "Pulso existencial" y fue  una de las pocas que se publicó en la prensa diaria (por no decir la única). Mi participación, como la del resto de los poetas, consistiría en la lectura, en la tribuna de la sede central del Cervantes, de un poema del autor canario por no más de tres minutos. Por supuesto, acepté encantado. A lo largo de los días posteriores, Emilio Torné me informó, en alguna conversación telefónica, de la marcha de la organización, de las características que tendría el acto y de los poetas que habían aceptado participar en él. La relación se puede leer en el párrafo anterior y, por ello, no me extiendo.

Pasaron unos días (que aproveché para releer la obra de Millares y para seleccionar un par de poemas para su lectura) y, a la espera del típico tarjetón y de la cita,  me olvidé del asunto mientras la editorial, con la institución anfitriona, organizaba el acto, las invitaciones y el resto de las actividades que exigía cumplir el objetivo que Calambur se había planteado. El día 14 de enero, casi a mediodía, recibí una llamada de Torné. La noticia fue clara y rotunda aunque comunicada con la desolación propia de quien sabía que, para salvar el homenaje, había tenido que tragar con una clara injusticia. Me dijo que las más altas instancias del Instituto Cervantes le habían comunicado, en la voz de su director de cultura  Rufino Sánchez, y en una conversación telefónica, que yo no podía estar en el homenaje póstumo a Millares. Es decir: debía ser borrado de la lista de lectores de poemas. No había explicación, ni razón alguna (le hablaron de horarios y otras excusas nada convincentes) que la justificara. Simplemente que Manuel Rico no podía estar. Mi primera reacción fue expresar públicamente mi protesta ante tan intolerable exigencia y llamar al Cervantes para que alguien me explicara las razones de la misma, pero Emilio Torné me dijo que eso pondría en peligro el homenaje, que en él estaba comprometida la familia del poeta y el resto de los escritores y que no podía arriesgarse a que todo se fuera al traste. Lo entendí e hice un monumental esfuerzo de racionalidad.

Estuve presente, entre el público, en el homenaje. No vi al citado director de cultura. La directora del Instituto intervino brevemente en la apertura y a los pocos minutos desapareció. Supe, al principio del acto, que el poeta Félix Grande, había excusado su asistencia por razones de salud. Me llamó aquella noche para expresarme su solidaridad y su desconcierto: me dijo que no podía entender lo que había ocurrido con mi exclusión. Digo más: añadió que era la primera vez que tenía noticia de semajante actuación en su ya larga relación con el Instituto. Ése era su problema de salud, estoy seguro.

Algunos amigos íntimos me aconsejaron en aquel momento escribir un artículo denunciando aquella actuación. "Si no en el periódico, al menos en tu blog", me decían. Sin embargo, opté por la responsabilidad y por salvaguardar el compromiso con Calambur. Sí trasladé al antes citado director de cultura (en breve, para vergüenza de quienes vivimos aquel episodio y para quienes creen en la libertad de expresión, será director en el Cervantes de Recife, Brasil) mi protesta por correo electrónico. Su respuesta, tras insistir mediante otro correo ante su silencio, fue elusiva, brevísima y vergonzante. Me decía que era una actividad organizada, cito textualmente, "con la misma normalidad que el resto de actividades que se realizan en esta casa". Aquel e-mail no hizo sino dar mayor gravedad al asunto: yo había trabajado 3 años en tareas de dirección en el Cervantes y nunca, bajo ningún concepto, se había vetado a nadie en ninguna actividad propuesta por editoriales u otro tipo de entidades con un mínimo de solvencia cultural. Su nota hacía todavía más incomprensible el despropósito. Pensé que si la "normalidad" era aceptar o excluir a escritores, una institución de tanto prestigio como el Cervantes tenía un director de cultura (y a quien por encima de él legitimaba su actuación) instalado en la anormalidad, en la excepción. Es decir, en la censura.

Pronto se cumplirá un año de aquel "insuceso". El Cervantes, con toda probabilidad, habrá cambiado, para entonces, en su máxima responsabilidad. Creo que sólo una concepción abierta, tolerante, plural e integradora de la cultura puede dar pleno sentido a una institución que este año 2011 ha cumplido un cuarto de siglo. Mi identificación con la izquierda política y con los movimientos sociales y culturales progresistas casi desde la adolescencia me hace desconfiar de que ello sea así tras el triunfo del Partido Popular. No obstante, trabajaré a fondo, en mi condición de escritor y con mis modestas posibilidades, para que un episodio como el que aquí he relatado no vuelva a tener lugar. En todo caso, mantengo desde entonces una incógnita que nadie ha resuelto: ¿por qué razón se produjo aquella exclusión? "The answer, my friend, is blowing in the wind", que diría Bob Dylan

jueves, 17 de noviembre de 2011

Lo esencial: el mundo de la cultura y el 20-N

John Steinbeck
Durante los años treinta y cuarenta del siglo XX, el mundo de la cultura vivió de manera intensa las consecuencias económicas y sociales del crack del 29. Hoy no nos es posible desvincular las grandes novelas de Steinbeck, de Faulkner, de Dos Passos o la poesía de Carl Sandburg, o Edgar Lee Masters, de aquella dramática coyuntura. El mundo, conmocionado por una crisis estructural, intentaba primero explicarse las razones que habían llevado a millones de familias a la miseria y, después, encontrar soluciones que permitieran su reconstrucción sobre unas bases distintas. En esa tarea, la labor de escritores, cineastas y artistas plásticos fue de una gran importancia.

Aunque no hubiera una relación mecánica entre cultura y política, las preocupaciones de fondo de la literatura de la época estaban relacionadas con un impulso de las ideas redistributivas que se abrían paso en la economía en la posguerra norteamericana y europea. Galbraith sucedía a Keynes y en Europa la clave de una sociedad atenta a los más débiles descansaba en la creación de poderosos sistemas de protección social y de eficaces servicios públicos, desde la educación o la sanidad hasta el sistema de pensiones. La literatura crítica no sólo denunciaba las injusticias o recuperaba la memoria colectiva más dramática —Grass, Böll, Martin Walser, Hesse, Camus, Sartre, los “jóvenes airados” de Gran Bretaña —, sino que coadyuvaba a tales avances en el convencimiento de que en cada paso en esa dirección había un empeño moral, un paso hacia la felicidad colectiva. Los mercados o tenían conciencia de la necesidad de limitar beneficios a favor de una sociedad menos injusta o una prevención enorme ante las exigencias de sindicatos y otras organizaciones sociales y ante el referente igualitario que suponía la mera existencia del comunismo en el Este. Y, en tanto, la literatura descendía a las realidades sórdidas, dibujaba las contradicciones sociales o realizaba prospecciones sobre el futuro (Aldous Huxley, George Orwell) en busca de sociedades menos vulnerables a los azares de una economía que, pese a todo, se sustentaba en la lógica del beneficio propia de toda sociedad de mercado. Leyendo las memorias de Günter Grass, o revisando la historia del Grupo 47, parte de cuyos miembros fueron soporte de las campañas electorales de Willy Brandt o activistas contra toda mirada complaciente hacia un pasado ignominioso o contra los retrocesos sociales, se advierte que históricamente el intelectual progresista ha combinado la crítica a la fuerza hegemónica de la izquierda, el SPD, con el apoyo firme en momentos decisivos

En España, la relación del intelectual con la política, especialmente con la izquierda representada en el PSOE, tiene algo de ciclotímica. A grandes idilios suceden gigantescas desafecciones. También aparece marcada por la culpa, por la mala conciencia y por la desconfianza. Incluso hoy, en medio de la más grave crisis en ochenta años, no es difícil encontrarse con la mirada simplista, con la actitud equidistante, con la renuncia a intervenir más allá de lo testimonial. Es casi un lugar común la reiterada tendencia a sucumbir al desencanto, a convertir errores políticos coyunturales (por ejemplo, reconocer tardíamente la crisis) o renuncias marcadas por la dureza del contexto (ejemplo: evitar el rescate y la intervención de nuestra economía en mayo de 2010), en excusas para la enmienda a la totalidad, para la descalificación al conjunto de una política. Es decir, a ser, más que la conciencia crítica del partido mayoritario de la izquierda o el prescriptor del voto a partidos minoritarios, el soporte intelectual de las posiciones abstencionistas, del voto en blanco, de un apoliticismo ácrata cuya consecuencia última (seguramente no pretendida) es facilitar el acceso al poder de la derecha. Falta el término medio basado en el rigor en el análisis, en la frialdad de mente frente a la tentación de la demagogia.

Günter Grass fue activista  en las campañas del SPD
Estar con el 15-M no es, a mi juicio contradictorio ni con el voto ni con la claridad de ideas respecto a la necesidad de apostar por un gobierno más sensible a las políticas reequilibradoras. No se trata del mal menor, sino de rigor, de coherencia. De evaluar, junto a la crítica a las derivas erráticas de un gobierno y a la exigencia de más democracia y más transparencia, qué propuestas permiten avanzar en la Europa social y limitar el poder de los mercados (pese a las nada desdeñables dificultades objetivas), afirmar la civilidad, profundizar la democracia, dignificar y extender la cultura, la educación, el laicismo, los servicios públicos, las políticas por la paz, la afirmación y ampliación de los derechos individuales y colectivos, comenzando por el derecho a la vivienda y acabando por el derecho al aborto, o al divorcio o a una radiotelevisión pública plural y volcada en objetivos de calidad, en la erradicación de la zafiedad y de la telebasura.

Ése es el núcleo, el elemento esencial ante el que el intelectual progresista no puede ser neutral aunque sea crítico, incluso radicalmente crítico, con el balance de un gobierno. Stéphan Hessel, autor de Indignaos y nada sospechoso de conformismo, lo dejó claro en Madrid el pasado mes de septiembre cuando presentó su ensayo Comprometidos. Vino a decir que admiraba a Zapatero y que en caso de tener que votar en España, optaría por el candidato socialista. Demostraba, con ello, clara conciencia de la complejidad de la realidad española y europea y de la necesidad de evitar el triunfo de las políticas más retardatarias y ultraliberales. Más que voto útil, se trataría de responder a una pregunta básica: ¿quién puede contribuir mejor a los avances democráticos, a abrir vías de participación, a establecer un diálogo con los movimientos sociales y culturales, incluso con el 15-M, a establecer mecanismos reguladores en el funcionamiento de los mercados? La respuesta parece obvia.

Al igual que sería un contrasentido castigar a Obama por perder —si así ocurriera al final— la batalla por la sanidad pública y posibilitar con ello un gobierno inspirado por quienes la ganaron y por el tea party, castigar al PSOE por parecidos “pecados”, no llevará, seguro, a un gobierno más a la izquierda, más reequilibrador y más democrático. El resultado, más bien, se situará en las antípodas. Y… ¿por cuánto tiempo? He ahí el nudo del problema: la cuestión esencial que el voto (o la abstención) dirimirá. Ni más ni menos.

jueves, 10 de noviembre de 2011

Sylvia & Ted, un libro excepcional leído tardíamente

En abril de 2010, en la Feria del libro de poesía de Soria, Trinidad Ruiz Marcellán, la directora y promotora de la editorial Olifante, me regaló un libro de llamativo título. Sylvia &Ted. Su autor, para mí absolutamente desconocido entonces, era (es) David AceitunoPor la tarde de aquel día (creo que era sábado, un día antes o un día después del Día del Libro) yo leía poemas con Amalia Iglesias en el Casino Amistad Numancia y no estaba entre mis prioridades del momento sumergirme en el libro. Lo guardé y sólo  a mi vuelta a Madrid le eché una ojeada. Recuerdo que antes de abrirlo pensé que se trataba de una recreación de las vivencias en común del matrimonio que durante 6 años, entre 1956 y 1962, formaron Sylvia Plath y Ted Hughes, pareja mítica de la literatura universal. O de un breve ensayo sobre la relación entre las poesías de uno y de otra. Sin embargo, tras leer el espléndido y sintético prólogo de Gonzalo Torné y adentrarme en sus páginas, viví una experiencia apasionante. El libro está compuesto de poemas. En ellos, Aceituno abordaba un recorrido, entre lo emotivo, lo psicológico y lo literario, por una historia en la que el amor y el desamor convivieron durante un tiempo. Por cumplir con algún encargo de crítica a un libro que hoy no recuerdo, tuve que interrumpir la lectura y dejarla para otro momento. Coloqué el libro en un lado de la mesa de mi cuarto de trabajo y a lo largo de las semanas posteriores, sobre Sylvia & Ted se fueron acumulando novelas, poemarios y ensayos de toda índole, enterrando el libro durante un largo tiempo. Otras lecturas y otros encargos fueron distanciándome de él en las semanas y meses posteriores. Hasta el punto de que llegué a olvidarme de dónde lo había dejado. Incluso llegue a creerlo perdido sin remedio. Hace unos días, limpiando y ordenando la mesa, lo encontré. Fue una sorpresa y,  a la vez, una invitación a recuperar la experiencia de lectura interrumpida casi un año antes. Si las bicicletas, tal y como señaló Fernando Fernán Gómez, son para el verano, las lecturas en soledad de libros recuperados que se creían para siempre extraviados son para el otoño.

Sylvia & Ted está compuesto de poemas con una alta carga emotiva,  hondos, escritos con un lenguaje que mantiene un portentoso equilibrio entre lo conversacional y lo revelador. David Aceituno ha  metabolizado la poesía de ambos y, sobre todo, ha asimilado la tormentosa biografía de la Plath, su dolorosa experiencia de lo cotidiano, especialmente la desatención de Hughes, la soledad experimentada al lado de sus hijos y la herida, de consecuencias trágicas, que le produjo la marcha de Ted con su amante Assia Wevill. Sylvia Plath se suicidó el 11 de febrero de 1963 acabando con una vida que se le había hecho insoportable. Aceituno da voz a cada uno de los personajes que protagonizan lo que fuera una historia real. Ted medita, habla con Sylvia, se compadece o se arrepiente. Sylvia se dirige a Ted, recapacita sobre la soledad, sobre la depresión, sobre la imposibilidad de vivir, monologa con Assia, imagina a los amantes. Pero tales procesos meditativos no son construidos por Aceituno a partir de abstracciones. Cada uno de ellos es consecuencia de una anécdota o de un capítulo concreto, extremadamente concreto, casi siempre doloroso para ella y generador de mala conciencia, de tensión e ira, para él.

Por ejemplo: Ted habla de su conversación con Jillian, la amiga de Sylvia en cuyo domicilio ésta se refugió dias antes del suicidio, minutos después del entierro de la propia Plath: "El día de tu funeral le dije a Jillian que nadie te soportaba". Por ejemplo, Sylvia descubre que es engañada: "Supe que todo se había roto /cuando vi que tu traje favorito te quedaba algo más grande".  Por ejemplo, la amante Assia dirigiéndose a Sylvia intentando exculparse por seducir a Ted: "Lo único que hice yo / fue pasar por allí, / poner mi hocico en la tristeza, /husmear una parcela de futuro". Momentos de escritura, peticiones de perdón, súplicas, lecturas de poemas, conferencias impartidas en diversos foros. Parcelas de una biografía que Aceituno recrea a la luz de sus lecturas de la poesía de ambos y tras un poderoso esfuerzo de asimilación de los recovecos psico-emocionales de cada uno de ellos.  Ahora bien: aunque las raíces de todos y cada uno de los poemas de que se compone están en el mundo compartido por Sylvia y Ted, hay que decir que la destreza, el talento y la intuición de David Aceituno los convierte en artefactos absolutamente autónomos, independientes, con sentido en sí mismos.

Es, sin duda, uno de los mejores libros que ha leído en este tiempo. Un libro que lamento haber leído tardíamente. Un libro con múltiples lecturas, polisémico, que es invitación a la relectura y una llamada a la complicidad sentimental, a la apropiación, por parte de cada lector o lectora, del universo recreado. Aceituno, sin ninguna duda, asumió un desafío muy difícil, casi imposible de saldar con éxito. Pues bien: ha sabido afrontarlo y nos ha dejado un poemario de muy alto voltaje. Un poemario que, lamentablemente (aunque haya que asumirlo con deportividad), ha sido silenciado en los medios de comunicación de mayor peso de nuestro país. Y, más allá, del universo de la lengua castellana.

Os dejo con este poema, titulado "Segunda fotografía", en el que Aceituno nos muestra la calidad y la hondura de su sabiduría poética diseccionando la fotografía que sobre el poema se reproduce:


La mirada de Sylvia como un poema no escrito.
Incluso el biógrafo más severo hablaría de amor: 
no desea poseer al objeto amado porque ya le pertenece.
Una mano podría deslizar su diadema 
hasta taparle los ojos 
y todo seguiría igual.

"Los contrastes se agudizan en las fotografías antiguas",
dice el aficionado, "el color negro impera en Ted
porque el blanco consume a Sylvia".

De la gente con labios finos suele decirse que tienen mala luna,
que son avariciosos y posesivos.
Lo que no se dice es que necesitan poseer para destrozar lo poseído.
Mirad la geometría de su rostro: el dios indestructible
de la corbata negra.
¿Qué se oculta tras su frente?
¿Un mentón es un presagio?
¿Quién de los dos será la primera víctima?



miércoles, 2 de noviembre de 2011

Las "provocaciones" de Alberto Olmos y su viejo y conocido trasfondo

En El Cultural de El Mundo correspondiente a la semana del 14 al 20 de octubre, leemos, en portada y sobre un fondo constituido por el rostro en primer plano del autor que protagoniza uno de los reportajes largos de la revista, el siguiente titular: "Alberto Olmos. El último provocador de nuestras letras ataca en Ejército enemigo, su última novela, la corrección política que invade la literatura". El titular, obra de Nuria Azancot, la entrrevistadora, invita a conocer a un autor sin pelos en la lengua, cuya literatura supone una provocación a las verdades establecidas y un desafío a lo que él denomina "corrección política". Es un buen argumento para generar expectativas, vender el suplemento y, a la vez, ayudar a la venta de ejemplares de la novela glosada.

Alberto Olmos.
De la entrevista a Olmos llama la atención su juicio sobre dos aspectos, que creo esenciales, de nuestra realidad literaria. Olmos, jaleado por la entrevistadora, ha publicado, según se lee en la entradilla "una diatriba implacable contra la solidaridad y su fracaso". En efecto, a lo largo de la entrevista, el joven narrador se extiende en una serie de opiniones relacionadas con la política , con el compromiso de determinados artistas y con principios como la solidaridad, la moralidad del compromiso, sobre los ejemplares que uno ha de vender para considerarse escritor que, lejos de suponer una provocación con la mirada proyectada hacia el futuro, como hace suponer el título del reportaje, es una suma de lugares comunes que, en cuanto se araña mínimamente, conducen a la defensa del mundo tal y como ha sido concebido por los sectores dominantes: es decir, su provocación, desde el punto de vista político, está cargada de las convenciones de la derecha más rancia, más descalificadora del compromiso del intelectual que pulula por nuestro país.

No entro en el contenido de la novela, que no he leído, sino en la panoplia de juicios sobre todo lo que no esté relacionado consigo mismo y con su vocación de escritor de éxito. Olmos afirma que su libro ha sido inspirado, entre otros, por aquellos "artistas que disfrutan de vidas regaladas desde que vinieron al mundo, que jamás han tenido problemas para conseguir trabajo o ni han tenido que cargar cajas o atender en un call center". ¿A qué artistas se refiere?, se pregunta el lector. Porque en todos los ámbitos de la sociedad, algunos mucho más dañinos para la vida cotidiana de los ciudadanos, hay gentes que disfrutan de vidas regaladas desde que vinieron al mundo. Precisamente, en el de los artistas es en el que quizá hay menos personas con vida regalada desde que nacieron. Poco después, siguiendo la lectura de la entrevista, nos enteramos de quién se trata: "es que el discurso del progre solidario", afirma Olmos, "me pone histérico: me ofende esa gente que disfruta del capitalismo salvaje pero que como está afiliado a Unicef o a Greenpeace, se siente libre de toda culpa, va a manifestaciones y da lecciones para salvar el mundo". Ahí le duele. Estamos ante un argumento muy parecido al que enarbolan los columnistas de determinados medios relacionados con el conservadurismo más extremo contra todo artista, si es conocido con más razón aún, que defiende posiciones progresistas, que se manifiesta con los parados, con las causas ecologistas, por la paz, los que encabezaron el "no a la guerra" en 2003-2004. Es decir, "los de la ceja" en algún caso, los que sintonizan con Izquierda Unida en otros, los que salen a la calle hombro con hombro con los sindicatos en los de más allá o los que han estado, el 15-M o el 20-O en la Puerta del Sol.

No sabemos si Alberto Olmos preferiría artistas, acomodados o no, indiferentes ante las tragedias humanas, encerrados en la urna de cristal, o si de lo que se trata es de criticar las causas por las que esos artistas se movilizan o se asocian (sea en Unicef, sea en Greenpeace): la solidaridad, la paz en el mundo, la lucha contra el hambre. Prefiero un noble comprometido con las causas de progreso (véase el caso, en la Italia de los años 70, de Enrico Berlinguer), o un empresario encabezando iniciativas en esa dirección que dedicados sólo a lo suyo o ejerciendo de puros defensores de sus derechos de casta o de clase. Parece ser que el personaje de su novela es de los que se "despachan" contra esos artistas y critican la solidaridad "fracasada". De lo cual, se deriva que ésta sería una causa errática. En consecuencia, no se trata de una provocación innovadora en el campo de las provocaciones. Se trata de alinearse con viejas acusaciones aunque, eso sí, llegando al grado de histerismo (porque el compromiso de otros, tal y como responde a Nuria Azancot, le ofende y le pone histérico)..

Claro, después de moralizar con vehemencia acerca de la inoportunidad del compromiso con determinadas causas, Olmos, intentando distanciarse de la intencionalidad política de las últimas novelas de Belén Gopegui, añade: "los escritores no somos ni sacerdotes ni moralistas y (que) la literatura debe ser espectáculo". ¿En qué quedamos?

A ese abanico de afirmaciones relacionadas con la política, agrega unas cuantas relacionadas con la literatura y en las que transpira una cierta vocación por emular la peripecia de los best-seller, aunque diciéndolo de manera oblicua. Dice Olmos: "yo no puedo ir a la calle y creerme escritor si sólo me leen quinientas personas".  Es obvio que el novelista tiene ambiciones. No sé si literarias: desde luego sí de que compren sus libros. Ése deseo forma, sin duda, parte, del catálogo íntimo de deseos de todo autor de un libro: vender el mayor número de ejemplares posibles. Pero vincular las ventas masivas al convencimiento propio sobre la condición de escritor va una gran distancia. La que va de la boutade a la afirmación rigurosa. Acerca de ello ha escrito un magnífico artículo Ignacio Echevarría titulado "¿Cuántos lectores necesita un escritor?". Leamos un fragmento:

"Quinientas personas, a Olmos le parecen pocas. Eso despeja el panorama, pues de un plumazo se barre con un elevadísimo porcentaje de quienes se toman por escritores, ilusos ellos. Para ir por la calle creyéndose escritor él necesita que lo lean cuántos: ¿mil, diez mil, veinte mil? Y ese número, ¿establecería algún tipo de grado o de precedencia? Quiero decir, ¿se es más escritor si te leen diez mil que quinientos? Bueno, claro, en cierto modo sí. Lo que pasa es que, conforme a ese criterio, escritores-escritores, de esos que pueden ir por la calle diciéndose, muy ufanos, ¡soy escritor!, lo son, sobre todo, dejémonos de gaitas, Carlos Ruiz Zafón, o María Dueñas, o Arturo Pérez Reverte. Por debajo de ellos, sumidos en dudas cada vez más desgarradoras acerca de sí mismos según se desciende en el escalafón, estarían los demás, hasta llegar a ese montón innombrable de quienes publican libros que apenas venden quinientos ejemplares."
Aviso para navegantes, sobre todo para poetas, premios nacionales y de la crítica incluidos: no deben considerarse escritores si no los leen más de quinientas personas. Es, sin duda, su opinión. Una opinión legítima y respetable, pero que no puedo compartir. El número de lectores de un libro depende de factores que van del sello editorial que lo publica hasta la distribución pasando por la provincia en que sale o la repercusión en los medios. En todo caso, hago mías las palabras de Echevarría.

Por último, Nuria Azancot cuenta de él: "asegura ser un lector 'cargado de prejuicios' que no lee novelas sobre la guerra civil, el holocausto ni premiadas, pero que siente gran curiosidad por los creadores más jóvenes, aunque algunos 'sean deleznables' ". Casi nada. Eso no es ninguna provocación sino sumarse a una corriente tan real como la vida misma y alineada, en la mayor parte de los cosas, con una visión conservadora del mundo. Son muchos los artículos en contra de la recuperación de la memoria histórica, en contra de las novelas sobre la guerra civil o sobre el Holocausto: "quien pierde la memoria, pierde identidad", escribió y cantó Raimon. Deduzco, por ello, que entre los "deleznables" de los creadores más jóvenes están las que aluden , directa o indirectamente, a esos temas o a la memoria que de ellos perdura en el presenteo: pienso en Isaac Rosa, en Menéndez Salmón, en Marta Sanz,  en tantos otros.

viernes, 14 de octubre de 2011

Símbolos de un tiempo oscuro: insultos de piedra

Cuando se reflexiona sobre la pervivencia de símbolos del franquismo en Madrid suele aludirse, casi en exclusiva, al Valle de los Caídos, a su presencia como expresión de la imposición de la dictadura a la voluntad democrática de los españoles, como testimonio, en piedra, de la más dura represión, de la condena a trabajos forzados de miles de republicanos, de las penalidades indecibles que, por el "delito" de defender a las instituciones democráticas, tuvieron que sufrir miles de demócratas. 

El monumento de Lozoyuela. Perspectiva completa

No se alude, sin embargo, a la humillación silenciosa que permanece en muchos pueblos pequeños de la región. Madrid no sólo es su capital, ni su área metropolitana. Madrid se compone, también, de más de un centenar de pequeños municipios a los que, a veces, quienes viven en la capital, tengan la edad que tengan, asoman en alguna excursión o por motivos que no hacen al caso. Son lugares poco conocidos en los que, sin embargo, los símbolos del franquismo más duro se mantienen intocados. Conozco, por razones íntimas y literarias (que, seguro, no escapan a los lectores de este blog) muchos de los pueblos de la sierra norte madrileña. Pues bien, en buena parte de ellos se mantienen plazas y calles con los nombres de generales y otros personajes de la dictadura. Las "plazas del Caudillo", o las avenidas o calles de "José Antonio Primo de Rivera", son, entre otras, el pan de cada día en esas localidades. Es como si la alargada sombra del fascismo español se hubiera proyectado con especial dureza en esa zona. Han pasado más de setenta años desde el final de la guerra, varias generaciones han crecido ya en democracia, pero la simbología fascista ahí permanece.

Por razones diversas, he tenido que indagar en el pasado de este territorio, sobre todo en el de los años de posguerra. Es un pasado que está lleno de zonas oscuras, de sevicias, de atentados al derecho internacional, de crímenes contra la Humanidad. Presos que construyeron el ferrocarril Madrid-Burgos, presos que levantaron la presa de Riosequillo, a tiro de piedra de Buitrago de Lozoya, presos que edificaron las estaciones de Bustarviejo (donde aún son visibles los barracones donde dormían) y de otras localidades, presos que vivieron humillaciones sin cuento en el ya aludido Bustarviejo, en el campo de trabajo de Garganta de los Montes, en el destacamento penal de Chozas de la Sierra, en Venturada.... Es decir: presos, presos, presos que estuvieron cautivos y trabajando para redimir penas, hasta bien entrada la década de los cincuenta.

Detalle: parte trasera del monumento. Lozoyuela
Pues bien, hace un par de semanas, paseando con unos amigos por el pueblo de Lozoyuela, situado en el kilómetro 69 de la Nacional I, me sorprendió encontrar un auténtico santuario dedicado a Franco y al franquismo. Está proyectado hacia la carretera aunque no es visible desde la misma porque las mamparas anti-ruido no lo hacen posible. Pero sí se puede ver, en su totalidad, paseando por el interior del pueblo, en su límite sur. Dos reproducciones, en piedra, del yugo y las flechas de falange y una cruz en medio, también en piedra, con el archisabido "caídos por Dios y por España", insultan al caminante, se burlan de la Constitución, pisotean la memoria de los vencidos, de los fusilados, de los desaparecidos y escupen sobre la voluntad de construir, de manera definitiva, un país radicalmente democrático. En las fotografías que reproduzco, tomadas al atardecer, podéis ver la dimensión del desmán.

Una semana después, paseando por el hermoso pueblo de Pinilla del Valle, en pleno idem del Lozoya, el amigo que nos acompañaba, señaló un texto pintado en el muro de su iglesia parroquial (de magnífica fachada barroca): "José Antonio Primo de Rivera. ¡Presente!". Repito: en la puerta de la iglesia, bien visible, sin alusiones a otros "caídos". Como puede verse en la fotografía, la letra está cuidada, la pintura renovada y aparece tan visible que casi te asalta al llegar al pórtico: es decir, una auténtica provocación.

Si uno recapacita sobre la derecha que nos está tocando vivir en España, una derecha que, a la altura del actual 2011, se ha negado a calificar el levantamiento contra la República de golpe de estado y a condenar el franquismo, y piensa en el horizonte del 20-N no puede por menos que sentir un cierto temor y mucha prevención. La derecha (el Partido Popular y algunas variantes de formaciones independientes) gobierna muchos de estos pequeños pueblos y nunca ha tenido un mínimo gesto de compasión con quienes durante décadas han vivido bajo el silencio al que les obligaba sus viejas militancias izquierdistas, o el hecho de tener familiares que fueron encarcelados o fusilados... La humillación permanente a lo largo de 40 años se prolongaría, trocándose en impotencia y miedo, durante la transición y en lo que llevamos de democracia. Los símbolos se mantienen no sólo porque esa derecha incivilizada, que añora los tiempos de la dictadura, ha impedido por todos los medios que desaparecieran. Se mantienen, también, por el miedo los las gentes de izquierda, de los vecinos que han arrastrado y heredado de padres a hijos una memoria cruel, terrible, aterrorizada. Y, por supuesto, por la falta de coraje y de firmeza democrática de quienes han gobernado y gobiernan.

Iglasia de Pinilla. Lema grabado en el pórtico

En la Comunidad de Madrid, gobernó Leguina durante doce años y muchos de sus consejeros visitaron estos pueblos, en los que la inversión del gobierno regional hizo auténticos milagros en la mejora de la calidad de vida, de las infraestructuras, de los servicios. Pues bien, esa simbología se mantuvo intocada. Sólo en algunos pueblos se renombraron plazas de nombre sedicioso con el de plaza de la Constitución, pero poco más.  Después vinieron Ruiz Gallardón y Esperanza Aguirre: no parece que fueran los más adecuados gobernantes para proceder a una operación que es infnitamente más que un "lavado de cara" de los pueblos: es una adaptación radical y valiente a la democracia.

¿Alguien puede imaginar, en la Alemania de hoy la existencia de una "plaza del Führer", o de una "avenida Adolf Hitler", o de una "travesía del Tercer Recich"? ¿Y en la Italia democrática plazas dedicadas de Mussolini, al conde Ciano o a la "Marcha sobre Roma"? No, ¿verdad?. A todos los alemanes e italianos con un mínimo de conciencia democrática les avergonzaría. Pues a mí me avergüenza, me llena de ira, me produce una infinita desolación la presencia de los citados símbolos en estos pueblos. El partido socialista, una de las víctimas esenciales del franquismo, ha gobernado en España, entre unas legislaturas y otras, más de 20 años. En la Comunidad de Madrid, nada menos que doce. Pues bien, de poco ha servido en estas pequeñas ciudades: si algún demócrata, o progresista del pueblo ha pensado alguna vez en exigir la erradicación de tales ignominias le ha vencido el miedo y, quizá, la falta de firmeza de sus gobernantes.

En mi novela La mujer muerta intento arañar en la memoria atormentada de estos pueblos. Escribo sobre la presencia, más de medio siglo después del final de la guerra, de los fantasmas que perviven en la conciencia de sus habitantes. En Trenes en la niebla, con la recuperación de la experiencia colectiva de un campo de trabajo en uno de sus pueblos, intenté concretar en una realidad que fue "real", mensurable, esa conciencia. Pues bien, estas fotografías son la evidencia terrible de que esos fantasmas no han muerto: están muy vivos y los alimenta una derecha que nunca pensó que podría dejar de ser quien rigiera los destinos de este país.


domingo, 25 de septiembre de 2011

Mis lecturas de Juan Benet y su mundo de sombras.

No tuve oportunidad de conocer personalmente a Juan Benet aunque algunos de los amigos que frecuenté a lo largo de la década de los ochenta y principios de los noventa lo conocían bien y podían habérmelo presentado. Cuando murió, lo lamenté profundamente. Por su talla literaria, por su sólido y riguroso bagaje intelectual y por su actitud un punto provocadora en la polémica, fuera literaria, política o filosófica. Llegué a su obra casi por casualidad. Fue a finales de los años setenta, cuando ya había leído las novelas más emblemáticas de sus compañeros de generación como Juan Marsé, Carmen Martín Gaite, Juan y Luis Goytisolo, Juan García Hortelano o del gran olvidado Jesús Fernández Santos, autor de Los bravos, el gran libro de cuentos, junto con El corazón y otros frutos amargos, de Aldecoa, de esa etapa. También después de haber leído Tiempo de silencio, la novela en la que el canon suele situar el comienzo de la renovación estética de la narrativa social en la España de los 60, algo que Benet nunca llegó a aceptar pese a la amistad que mantuvo con el escritor navarro. La mía fue, por ello, una lectura tardía. 

¿Por qué ese retraso en la lectura de Benet? Aunque nunca me ha planteado buscar las razones auténticas, hoy, con la perspectiva que aporta el paso del tiempo, sí podría acercarme a ellas. O, al menos, a una que creo me parece esencial: influyó, con toda seguridad, el fondo de soberbia con que solía opinar de la realidad literaria de nuestro país. Esa percepción se afianzó con la lectura, en Cuadernos para el Diálogo, de la polémica que mantuvo con Isaac Montero a propósito del compromiso del escritor en la propia obra. Al tono de autosuficiencia se añadió el desdén con que valoraba la novela crítica, el realismo social. El tono y el enfoque, en unos años en los que todavía estaba actuando la dictadura, me parecieron una forma de eludir el conflicto sociopolítico, de minusvalorar el riesgo que habían asumido no pocos escritores (desde Armando López Salinas o Juan Marsé hasta el propio Isaac Montero o los narradores exiliados) escribiendo novelas y cuentos con el objetivo de cambiar el mundo, de resquebrajar el franquismo.

Edición en bolsillo de 1974,
hoy inencontrable. 
Sin embargo, mi opinión cambió cuando me enfrenté a su obra. Empecé por Volverás a Región.  Era otra literatura, alejada de los modelos de literatura social a os que estábamos acostumbrados. Me sedujo el mundo en claroscuro que describía, el territorio mítico en que se constituía Región, un lugar sombrío, cruzado por los fantasmas de la Guerra Civil y como desgajado del tiempo. Era una geografía con pueblos perdidos (Macerta, el valle del Torce, Bocentellas... qué hermosos nombres), con trenes con destino incierto, con estaciones abandonadas, en las que apenas se detenía algún convoy inesperado, una geografía sometida a la mirada de un extraño guarda forestal, un ser omnipresente e invisible a la vez, una amenaza sin forma. La naturaleza casi nocturna, los riscos, los caminos borrosos, los hombres y las mujeres viviendo, desde el hondón del drama de la guerra, una realidad desesperanzada, la incertidumbre pesando como una inmensa losa sobre todos. Todo ello conformaba el mundo de Región.y  ofrecía al lector, en la España de finales de los años sesenta, un escenario extraño, duro, pero brutalmente vinculado con los fantasmas que, casi adolescente, recordaba haber vivido en mi familia (y en las familias de mis amigos). Curiosamente, Juan Benet, que desdeñaba la narrativa del compromiso, ha escrito una de las novelas más estremecedoras, más cercanas a la médula de las contradicciones vividas en nuestra guerra civil y más enraizadas en el núcleo duro de nuestra memoria histórica.

Un mundo  (aunque vivo) detenido en un tiempo dramático, como si  contuviera un espejo en el que nuestra sociedad, las distintas generaciones que la componen, han de mirarse siempre. Una realidad misteriosa y viva. Una naturaleza dura, extrema, que Juan Benet metabolizó a lo largo de los años (en las décadas de los 50 y 60) en que, como ingeniero de caminos, dirigió la construcción de presas al norte de León, en zonas limítrofes con Asturias. Todo eso me fascinó de Región. Y todo eso volví a encontrarlo en El aire de un crimen, en Una meditación (novela que leí trabajosamente), en una de sus últimas obras, En la penumbra y, de manera muy especial y casi absorbente, en dos cuentos estremecedores, Numa y Una tumba, dos cuentos cuya mero recuerdo me devuelve viejos aromas de hojarasca, de bosques invernales, y en la hexalogía Herrumbrosas lanzas, una auténtica epopeya sobre la guerra, en la que las estrategias militares se mezclan con las pasiones más oscuras y perversas y con los sentimientos más nobles y justos y en la que Región cobra una densidad y una textura envolventes. Con ese mundo en claroscuro he vuelto a conectar en estos días al hilo de la lectura de los relatos inéditos que Tusquets acaba de publicar bajo el título Variaciones sobre un tema romántico. especialmente en la cuarta variación, titulada La hostería. Es un texto breve pero con una gran intensidad: ésta se deriva de la atmósfera regionata que lo invade de principio a fin. He subrayado un fragmento que no sitúa en el misterio de Región:
"Por otra parte el hostal se hallaba desierto y un teléfono de manivela colgado de la pared detrás del mostrador de recepción tan sólo respondía a sus insistentes llamadas con un indiferente zumbido de caracola, a veces salpicado de extrañas y lejanas voces inconexas que ni siquiera cabía interpretar como residuos de conversaciones perdidas por el éter, sino, acaso, como extremados suspiros de almas en pena desperdigadas por la montaña que el alambre recogería a su paso por lugares siniestrados".
Cierto que Benet fue también Otoño en Madrid hacia 1950, una pequeña joya cuya lectura recomiendo en la que, frente a la influencia de Faulkner del conjunto de su obra,se proyecta la sombra de Baroja, pero el Benet que hice mío, al que releo de vez en cuando, es el Benet que habita Región. Esta pasión por su literatura, no contradictoria con mis devociones por otros narradores del 50, no se prolongó, sin embargo, con sus "discípulos". Alejandro Gándara, Javier Marías o Vicente Molina Foix, sus tres seguidores más reconocidos nunca alcanzaron la profundidad y la solidez del más faulkneriano de nuestros narradores. Es más: tengo para mí que hicieron una lectura parcial de sus novelas (y dudo que una obra como Herrumbrosas lanzas fuera leída en su integridad por ellos). Su lectura es esencialmente estética, como réplica a lo que ellos llamaron costumbrismo, no en su proteína, en su condición de indagación en las zonas oscuras de nuestra memoria colectiva, de los espacios irracionales de una contienda todavía viva en nuestras conciencias. .

Paisaje en los montes de la Puebla de la Sierra.
He de confesar que la lectura de Volverás a Región me produjo un impacto similar al que, diez o doce años después, experimenté con la La piel del lobo del austriaco Hans Lebert. Un impacto que tuvo mucho que ver con el protagonismo que en ambas novelas juega la naturaleza como demiurgo que actúa de modo misterioso sobre el comportamiento de hombres y mujeres. Esa naturaleza, que Benet absorbió (y, añado, de la que se enamoró) mientras trabajaba en la construcción del pantano de Porma en la provincia de León entre 1962 y 1964, ha pasado a formar parte de mi personal mitología. Digo más: los parajes que en el límite nordeste de Madrid, entre Montejo de la Sierra y la Puebla y, más allá, hacia la sierra de la Tejera Negra, tienen similitudes muy notables con la Región descrita por Benet. En esas tierras casi deshabitadas todavía se respira el aire de una posguerra no acabada. Tal vez por ello, formaron parte de una de mis novelas más extrañas,  La mujer muerta. Cerbal, Brezo, Fresneda no sólo son hijas de mi presencia asidua desde el final de mi adolescencia en los pueblos abandonados de esa sierra:  son, también, deudores del mundo narrativo de Benet, de un territorio al que nos invita a entrar del siguiente modo al comienzo de su Volverás a Región:
"Es cierto, el viajero que saliendo de Región pretende llegar a su sierra siguiendo el antiguo camino real --porque el moderno dejó de serlo-- se ve obligado a atravesar un pequeño y elevado desierto que parece interminable.// Un momento u otro conocerá el desaliento al sentir que cada paso hacia adelante no hace sino alejarlo un poco más de aquellas desconocidas montañas." 

domingo, 11 de septiembre de 2011

Septiembre en tres tiempos

El final del verano siempre asoma en el horizonte como una habitación conocida que habíamos abandonado en los primeros días de julio. Esa habitación es la que acoge todos los retornos a la cotidianidad vividos en nuestra corta o dilatada historia. La que guarda momentos (felices o dramáticos) que nos han marcado de una manera muy especial. La que tiene abiertas ventanas al otoño con su equipaje de sueños, de proyectos, también de decepciones. En las paredes de esa habitación llamada septiembre hay fotografías, grabados, notas de lectura, borradores de poemas, folios con intentos de proseguir una novela iniciada no sabes cuándo.

"Septiembre en Gargantilla". M.R.
Unos, las fotografías,  proceden de la memoria personal y colectiva de septiembres clavados como cuchillos en la conciencia y en el corazón. Otros, las notas, los borradores, el fragmento de novela, son restos del verano que termina, residuos de lo que al final de la primavera fueron gigantescos sueños para dar sentido a un tiempo libre que luego se mostró menos libre de lo previsto y más corto de lo imaginado.

I

La fotografías son duras: la primera procede de un 11 de septiembre de 1973, es La Moneda, la residencia del presidente Salvador Allende, bajo los bombardeos. Es una fotografía en blanco y negro, la imagen de una ignominia que marcaría la década de lo setenta y de los ochenta: después vinieron Uruguay y Argentina y una cadena de asesinatos, desapariciones, exilios de los que el siglo XX nunca podrá desprenderse. Es la memoria de la infamia, de la injusticia, de la desolación. Aquel día de septiembre yo tenía veinte años, acababa de conocer a E. y, juntos, éramos asiduos de los centros culturales semiclandestinos (en sedes oficiales, pero con actividades que ocultábamos) de un Madrid periférico que comenzaba a despertar bajo el franquismo último. Nos amábamos y nos manifestábamos (haz y envés de la misma página) por unos barrios mejores y por un país en democracia, construíamos un proyecto íntimo y trabajábamos por el proyecto colectivo. Soñábamos con Chile, con el Chile más limpio y ejemplar: con Neruda, con Violeta Parra, con Víctor Jara, con Gabriela Mistral, con Salvador Allende, con Quilapayún... América era el mundo nuevo que anunciaban millones de trabajadores de la mina, de la banca, de la industria, del campo, de la cultura en ciudades como Santiago y Valparaíso.  Yo escribía malísimos poemas sociales (los conservo en algún lugar inaccesible) y E. cantaba, en actos semiprohibidos, ante cientos de jóvenes, con una voz hermosa y sideral, canciones de Méjico, de Chile, de Joan Baez o de Bob Dylan.... Pero aquel 11 de septiembre, lo que todos temíamos ocurrió. El sueño del socialismo en libertad fue pisoteado por las botas militares. No sería ni la primera ni la última vez. Mi recuerdo, 38 años después (qué vértigo), quiere ser un homenaje a todos los chilenos de paz (ahí están las nuevas generaciones de estudiantes exigiendo la enseñanza pública con la que acabó Pinochet y las teorías económicas de Friedmann) que saben soñar y sueñan, que no han renunciado a la construcción de un Chile más igualitario y justo. 


La segunda fotografía ocupa también el día 11 del calendario: fue en 2001, hace diez años, y su memoria es el inmenso vacío, una multiplicación a su vez de miles de vacíos personales, que quedó tras el criminal derribo de la Torres Gemelas de Nueva York, en una ciudad estupefacta y herida, incrédula y asustada. Fue un aldabonazo terrible en las conciencias de todo el mundo. La primera década del siglo XXI se iniciaba de la peor manera posible. Y el presidente Bush, apoyado por el complejo militar industrial, por los sectores más conservadores y ultraliberales de América y de fuera de América (Aznar fue uno de los más entusiastas), inició una cruzada no contra el terrorismo (aunque ese fue el argumento esencial), sino contra los principios democráticos más elementales. Cuando (así lo plantearon numerosas y autorizadas voces) junto a la búsqueda y detención de los criminales y el aislamiento de los sectores minoritarios y poderosos que los respaldaban, se debiera haber reforzado la cooperación y el intercambio de experiencias e iniciativas con el mundo árabe, Bush fue en la dirección contraria: ideología de la guerra, invasión de Afganistán y de Irak, ignominia de Guantánamo, victimización de pueblos enteros, endurecimiento de las precarias condiciones de vida del pueblo palestino... Y una década después, ¿con qué nos encontramos? Con una guerra interminable en el país asiático; con una crisis económica derivada de las doctrinas económicas de Bush, Friedmann (el de las recetas a Chile) y, también, del inmenso agujero del gasto militar para invadir Irak; con un Obama acosado que intenta restañar las heridas, buscar zonas de encuentro entre civilizaciones. Es decir, intenta recorrer el camino que se debió iniciar tras el 11-S de Nueva York. Eso sí, con diez años de retrasos y algunos centenares de miles de muertos inocentes que son centenares de miles de heridas abiertas en la conciencia de pueblos enteros y centenares de miles de justificaciones para alentar el odio entre mundos, entre civilizaciones, y no el diálogo y la convivencia. En fin.


II

Las notas hablan de momentos de lectura: haber leído al poeta chileno Raúl Zurita, o las experiencias memorizadas, de un modo ágil y profundo a la vez, en el libro Editor, de Tom Maschler, el mítico director del sello británico Jonathan Cape (abajo, a la izquierda, en la fotografía), una figura  imprescindible de la historia literaria anglosajona y descubridor de McEwan o Martin Amis, entre otros muchos autores hoy imprescindibles de la literatura universal del siglo XX y de lo que llevamos del XXI; convivido con los poemas inéditos de Javier Egea en el camino previo a la publicación del segundo volumen de su obra completa, o descubierto a un magnífico narrador argentino, Patricio Pron, que en su novela El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia nos habla de la mirada que proyectan sobre los años de las desapariciones masivas en la Argentina de Videla, los hijos de quienes se enfrentaron a la dictadura y fueron víctimas principales; recuperado la lectura, dejada a medias hace un par de años, de La montaña mágica, de Thomas Mann. Todo ello, junto la lectura de algún manuscrito de algún poeta inédito, ha formado parte de estas vacaciones raras, teñidas por la crisis, por la ofensiva de los llamados mercados (otra herencia de los "Chicago Boys") contra la deuda soberana, por las movilizaciones sindicales y del 15-M y por la presencia, en los intersticios de la cotidianidad, de ese "patio de vecindad" al que llamamos facebook..

Y las notas hablan, también, de experiencia de escritura: por ejemplo, haber concluido un largo artículo sobre la narrativa española de hoy para la revista La Página (saldrá en diciembre, me dice Santos Sanz Villanueva), o haber avanzado en un par de poemas iniciados hace cinco o seis años para un nuevo libro que no se sabe cuándo terminaré, o escrito medio folio de una novela a medias, iniciada hace un par de vacaciones, o perfilado el borrador de un artículo (que acompañaré de poemas inéditos) sobre el antes citado Javier Egea para Cuadernos Hispanoamericanos, o la búsqueda en mis archivos del viejo artículo sobre Ángel González al que aludo en mi post anterior y a la que me incitó un comentario de Susana Rivera sobre el lamentable estado de la Fundación que lleva el nombre del poeta asturiano.

III

Playa en Calblanque
Pero septiembre tiene también un filo íntimo ineludible, sin el que las otras esferas de la vida quizá carezcan de sentido (o tengan menos sentido): Por ejemplo, haber vivido las alegrías y las decepciones que un huerto (que cultiva y cuida con paciencia, esmero y no pocas dosis de desesperación, E., pero que lo siento mío) proporciona, haber contemplado la luna y las estrellas en un cielo negro y prístino desde un pequeño desmonte junto a una carretera de la sierra norte de Madrid, haber descubierto, gracias a la recomendación y al ejemplo de mi hija Malva (he de confesar que antes lo fue de Pepo Paz, pero con pocas consecuencias: una hija es una hija), el parque regional de Calblanque, cerca de Cabo de Palos, en el que las playas vírgenes de arena dorada nos ofrecieron una experiencia irrepetible en dos mañanas de luz espléndida y azul de principios de septiembre; por ejemplo, la tormenta en la costa, con las nubes cubriendo el faro como invitaciones a evocar otras tormentas perdidas en el tiempo.... 

Y septiembre es, también, el recuerdo de los septiembres en que soñaba con dedicarme a la literatura, en que añoraba el otoño, un otoño de cafés perdidos en barrios extremos, de tertulias interminables, de cines de arte y ensayo, de ciudad universitaria y colegios mayores, de paseos de atardecer por el parque del Retiro o por calles sin nombre de un barrio cualquiera, de chaquetas de pana y cachimba existencialista (fumé en pipa durante algunos años), de tranvías perdidos y autobuses nocturnos. Es decir, de imposturas propias de un joven idealista (aunque se declarara marxista y dialéctico).

En fin: septiembre.

lunes, 22 de agosto de 2011

Sobre el olvido y la memoria: cuando Egea "desaparece" de un encuentro histórico con Ángel González.

1. De Ángel González.

Hace algo más de tres años, el 17 de mayo de 2008, participé, en Alcorcón en un acto de homenaje al poeta Ángel González. Compartí mesa redonda con Almudena Grandes, Benjamín Prado, Luis García Montero, Juan Cruz, Julio Llamazares y Javier Rioyo. Yo estaba allí por invitación del concejal de cultura (había contribuido a que el Instituo Cervantes apoyara el homenaje) y como conocedor y amante de la poesía de Ángel. También porque, tal y como escribí en este blog días después, "creía representar a los cientos de miles de lectores que han vivido la poesía de Ángel más allá de la figura ceñida a las noches de farra y al reducido grupo de amigos de las madrugadas madrileñas en que se centraron, con posterioridad a su muerte, la mayoría de las columnas y semblanzas que se publicaron". Otro "mérito" para compartir la mesa fue ser director de la colección de poesía donde se reeditó Tratado de urbanismo con lectura de Carlos Pardo (Bartleby, 2007). Es decir, yo no era amigo de Ángel y mi presencia allí obedecía a razones distintas a las de los amigos "oficiales". Pues bien, tuve la sensación (algo que se derivó de algún comentario entre irónico y hostil de uno de los compañeros de mesa y que me confirmaron después amigos presentes en el acto) de que en aquella mesa estábamos dos escritores que, para la mayoría de sus integrantes, quizá no debiéreamos estar. Uno era yo, ajeno al tono de confidencia y al lenguaje para iniciados con que se dirigían unos a otros. El otro era Julio Llamazares. En el fondo, pienso hoy, me consideraban intruso, un invitado ajeno, el crítico y poeta no requerido por ellos y, sobre todo, extraño al universo de amistades del poeta homenajeado y, por tanto, sin la "legitimidad" del amigo próximo para hablar de él y de su poesía....  Menos aún si había tenido la idea políticamente incorrecta de escribir, en el libro-homenaje que para la ocasión publicó el ayuntamiento de Alcorcón, un artículo titulado "El Ángel González al que admiro, quiero y releo", (podéis leerlo en mi blog- "Estantería") en el que afirmaba la necesidad de que  las nuevas generaciones de lectores no heredaran sólo la imagen de un Ángel González frecuentador de las noches alcohólicas, cantor de boleros o de peregrinación nocturna que solía destacar un grupo de escritores y poetas que se habían erigido en propietarios, intérpretes, herederos, quizá albaceas y difusores de su obra. Ángel González era y es mucho más. No era (ni es) de ellos, sino de millones de lectores que habíamos aprendido, a finales de los años 60, que la poesía es algo más que un desahogo íntimo. En Alcorcón hubo, por parte del ayuntamento, un intento de acabar con el reductivismo del grupo, sólo conseguido en parte, al que Ángel parecía sometido.

2. De Javier Egea

En mi prólogo al I volumen de la Poesía completa de Egea subrayo mi extrañeza e incomprensión ante su ausencia, durante más de un cuarto de siglo, de todas las antologías y recuentos de ámbito estatal que, entre 1982 y 2007, se han publicado en España. Una incomprensión que se convierte en incredulidad y perplejidad si se valora el peso específico que algunos poetas amigos fueron adquiriendo, a lo largo de los años 80 y 90 del pasado siglo, en el ámbito universitario, editorial e institucional de España. Pues bien, la manifestación, negro sobre blanco, de esa perplejidad dio lugar a la expresión de determinadas reservas respecto al contenido de mi prólogo. Eso sí, muy acotadas. Me explico: fueron Álvaro Salvador y Luis García Montero, compañeros de Javier en el manifiesto La otra sentimentalidad, quienes expresaron su crítica por considerar que en mi texto había una acusación indirecta hacia ellos. Después de reconocer lo certero de mi análisis crítico de la obra de Javier, de valorar la importancia de la edición de su poesía completa y el gran mérito de Bartleby, me adjudican la acusación: ellos eran los grandes amigos, los "hermanos" de Egea, y, por tanto, no podían excluirlo. Álvaro Salvador llegó, incluso, a afirmar que él también fue excluido de casi todas las antologías. Por tanto, sería la casualidad, algún mal fario o la perversa voluntad de editores (algunos muy cercanos a los compañeros de Egea en La otra sentimentalidad), profesores, antólogos e historiadores, lo que habría relegado al silencio a Javier Egea durante varias décadas. Y claro, en los últimos años, la responsabilidad sería achacable a los herederos legales (como en el caso de Ángel González, o en el de Rafael Alberti, no falta voluntad de reprochar a los elegidos en el testamento por el fallecido la apropiación de derechos que se consideraban propios, exclusivos, intocables). Pues bien, hoy, 19 de agosto de 2011, he conocido un nuevo elemento para reflexionar sobre la desaparición de Quisquete de antologías y recuentos.

Sigamos....

Y... 3. De Ángel González, Javier Egea y Luis García Montero

La exclusión de la obra de Javier Egea (el volumen II de su Obra completa) de las ayudas del Ministerio de Cultura correspondientes a 2011, me ha llevado a escribir una amplia nota en Facebook mostrando mi desacuerdo ante una decisión injusta del que considero mi gobierno. A esa nota han respondido numerosos internautas con comentarios de los más diverso y con un denominador común: críticos con la medida, solidarios con Javier Egea, con la editorial, y admiradores de su obra poética. Entre ellos estaba Susana Rivera, la viuda de Ángel González, quien ha aportado una nueva muestra de la práctica (seguramente involuntaria) del silenciamiento. Es decir, de instrumentalización de la historia, de reescritura de hechos pasados de acuerdo con intereses contrarios a la memoria del poeta granadino. En esta ocasión el borrón, la tachadura o la difuminación de Quisquete está vinculada a la figura de Ángel González y se advierte en una evocación de Luis García Montero.

El autor de El jardín extranjero se indigna cada vez que alguien le adjudica un cierto papel, probablemente más por omisión que por acción, en el silenciamiento de Javier Egea (a juicio de muchos, el mejor poeta de los tres del histórico manifiesto). Es más, afirma haber hecho lo imposible por evitarlo. Nadie lo discute. Menos aún yo: no me consta. Sin embargo, la realidad, la historia de lo ocurrido no concuerda con esas afirmaciones: cientos de poetas a años luz de Javier Egea, buena parte de ellos usuarios del marchamo "poesía de la experiencia" y próximos al círculo de Prado o García Montero, han estado presentes en numerosas antologías en ese tiempo. Javier Egea, el proclamado hermano, amigo, compañero, no. Seguramente Luis García Montero tiene razón. Pero mi nota en Facebook ha servido para añadir un eslabón más al argumentario que lleva a la teoría del silenciamiento. Y en este caso, el eslabón se construye, curiosamente, con la figura de Ángel González como protagonista esencial.

Leamos la respuesta que García Montero da a Lillliana Martínez Polo, en la revista digital Vivir.in, de Bogotá, cuándo ésta le pregunta cómo conoció al maestro de la generación del 50:
"En los 80, quisimos hacerle un homenaje a esa generación. Entonces lo llamé (a Ángel González) para pedirle manuscritos y fotografías originales. Me citó en una cafetería, debajo de su casa, un 20 de noviembre. La fecha en que la extrema derecha conmemoraba la muerte de Franco delante de su estatua.”(...) “Ángel vivía solo delante del Ministerio de la Guerra y de la estatua. Cuando llegué, encontré la cafetería cerrada y a un Ángel González tembloroso, porque estábamos rodeados de la extrema derecha, haciendo el saludo fascista. Él dijo: "Vámonos, que nos matan como nos reconozcan". Ese primer incidente creó una complicidad humana, literaria y política. Empezaron ahí los primeros recuerdos de su infancia...”
La misma escena, descrita por el periodista Fernando Araújo Vélez para Elespectador.com, también de Bogotá, el 25 de febrero de este año:
(Ángel González y LGM) “Se citaron en la plaza de San Juan de la Cruz, Madrid, pero sólo se dieron cuenta de su error cuando vieron la plaza repleta de hombres y mujeres vociferantes que ondeaban, histéricos, cientos de banderas españolas con un águila imperial en el centro. Era 20 de noviembre, el día de las extremas derechas en España. Un 20 de noviembre había fallecido Francisco Franco. Un 20 de noviembre había nacido José Antonio Primo de Rivera. Entre esos dos días, y entre ellos dos, la historia de España se tiñó de sangre, de odios, de muerte, de olvido. González aguardaba en la puerta de una cafetería. García Montero lo saludó. Tal vez ni siquiera alcanzó a saludarlo, porque González lo tomó del brazo, presuroso, y le dijo vámonos que si nos reconocen nos matan".

Esa versión es la que se ha hecho canónica, "oficial". Sin embargo, Susana Rivera, testigo del encuentro, ha escrito el siguiente comentario a mi nota:
"Luis García Montero lo desaparece del primer encuentro con Ángel González. Es verdad que (Ángel González) tomó a alguien del brazo, pero no fue a Luis, sino al gran poeta Javier Egea que también estaba citado. Por su propia barba y pinta de intelectual izquierdista y el pelo largo, barba, gafitas estilo John Lennon de Javier, junto con el largo abrigo de visón de su madre que vestía, Ángel temió que podrían llamar la atención de los fascistas congregados en la plaza de nuestra casa".

Es curioso que LGM, en su evocación, obvie el  detalle de que quien lo acompañaba era su amigo y compañero de manifiesto Javier Egea. Precisamente en la primera mitad de los ochenta, una etapa en la que iniciaba su carrera (como poeta y como profesor) al lado de quien ya era un soberbio poeta con un reconocimiento generalizado y que, además, había obtenido uno de los premios con mayor nivel de reconocimiento crítico e institucional de la época, el Juan Ramón Jiménez, por Paseo de los tristes. Egea era conocido y reconocido en Granada y fuera de Granada. Seguramente, ese olvido de Luis es también involuntario. Ni lo dudo ni tengo por qué dudarlo. Pero de parecidas involuntariedades se ha ido construyendo una de las marginaciones más absurdas, inexplicables e inmerecidas de la poesía española en los últimos 50 años. Con todos mis respetos hacia LGM y hacia su obra, dejo aquí estas reflexiones.