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sábado, 18 de diciembre de 2010

Javier Egea, Enrique Urquijo y Antonio Vega. Destinos rotos cultivados en los ochenta

En muy poco tiempo, estará en librerías la poesía completa de Javier Egea editada por Bartleby. Tenía que haber salido en otoño, incluso me referí a ello con entusiasmo en este blog el pasado verano, pero imponderables diversos lo han hecho imposible. En algo más de un mes, lo tendremos de nuevo con nosotros. Un retorno imprescindible porque el  perturbador poeta de Paseo de los tristes, a pesar de darse a conocer en el mundo literario en 1983 con el manifiesto/libro Otra sentimentalidad junto a Luis García Montero y Álvaro Salvador, ha estado ausente de todas las antologías de ámbito nacional, epocales o generacionales (más de 30) aparecidas hasta 2007. Cierto que en 2003 es rescatado para una antología "de grupo",  La otra sentimentalidad. Estudio y antología, de Francisco Díaz de Castro, pero no será sino en 2007, en Metalingüísticos y sentimentales. 50 poetas hacia el nuevo siglo, de Marta Sanz. Es decir, 24 años después de la aparición de La otra sentimentalidad y ocho después de su muerte. ¿Casualidad?

En los dos últimos meses he vivido inmerso en la obra poética (publicada) de Egea y en la lectura de trabajos de lo más diverso. De alguna manera, he vuelto gracias a esas lecturas (artículos de prensa de la época, reportajes, críticas, referencias a presentaciones de libros) a la Granada de los años ochenta, al mundo en el que fueron posibles versos que intentaban ensamblar una visión marxista de la realidad con la sentimentalidad más subjetiva aunque siempre partiendo de la idea básica de que la poesía es, ante todo, lenguaje revelador. En octubre, casualidades de la vida, inmerso en las últimas páginas de mi prólogo a la Poesía completa, tuve la fortuna de ser invitado por Antonio Carvajal a leer poemas en la Cátedra Federico García Lorca de la Universidad de Granada. Dispuse, antes de la lectura, de algunas horas para pasear en soledad por la ciudad. Sabía que aquel mundo, en el que todo parecía a la espera de ser descubierto, en el que Granada se llenó de sueños de jovencísimos poetas, ya no existía. Todo eran recuerdos. De los que se fueron, como Luis García Montero (aunque volviera periódicamente mientras estuvo en la universidad), y de los que quedaron como el propio Javier Egea.  Pero por encima de ese clima, tal y como pude comprobar en mis conversaciones con Carvajal y con otros amigos durante la cena que sucedió a mi lectura, estaba el lamento, un lamento hondo, especialmente dolorido, por su suicidio, por  su prematura desaparición en la plenitud de sus capacidades como poeta. Era un destino roto que se intentó recomponer en los últimos años pero que se dejó llevar por un fatalismo extraño, presente en buena parte de sus poemas:
¿Por qué, mientras escribía el prólogo, releía trabajos y hablaba con Carvajal, no me abandonaba la idea de vincular la biografía de Javier Egea con otros artistas con destinos rotos prematuramente, especialmente con los de Antonio Vega y Enrique Urquijo? Creo que tiene mucho que ver con mi memoria de los años ochenta, con la iconografía en la que se desenvolvió mi vida y la de mi generación y con algunas canciones emblemáticas de le época, vinculadas, en mi trayectoria literaria, con la poesía que empezábamos a escribir quienes no compartíamos los presupuestos del culturalismo de Nueve novísimos. Canciones como La chica de ayer, de Vega, Ojos de gata o La calle del olvido de Urquijo tienen hoy una vigencia plena y han dejado de ser meras canciones de amor para transformarse en metáforas de la tristeza, de una tristeza infinita, acentuada por el trágico final de los dos.

Javier Egea nació en 1952, cinco años antes que Antonio Vega (1957) y ocho que Enrique Urquijo (1960), pero comparte con ellos el hecho de que sus libros y poemas más conocidos y el comienzo de su trayectoria artística tuviera lugar en la década de los ochenta. La primera, en la Granada en ebullición de la nueva poesía crítíca, en la Granada de Carlos Cano y de Morente; las de los cantantes, en el Madrid de Tierno Galván y la "movida", de los rescoldos del 23-F y de la construcción democrática. Egea se suicidó un día de julio de 1999; Urquijo murió, probablemente, por sobredosis, en noviembre de 1999, poco más de tres meses después, con sólo 39 años de edad; Vega, en mayo de 2009, diez años más tarde. Distintas biografías (más parecidas las de los dos cantantes) que comparten la muerte prematura y una obra cargada de emoción, arraigada en una época pero, a la vez, con capacidad para concitar la atracción, la devoción, de generaciones sucesivas de lectores y aficionados a la música. En la obra de los tres, pese a las diferencias visibles entre la naturaleza de las letras de canciones (poemas pensados para ser musicados) y de los poemas (pensados para la lectura, en voz alta o en silencio), hay una mirada marcada por la desolación, un amor hondo pero con bordes indefinidos, marcados por la inseguridad. Y hay una visión, sutil en los cantantes, más perceptible y llamativa en el poeta, de la muerte, como una sombra premonitoria.

¿Cómo contar ahora que la muerte se llama 2º B
cómo decir 2º B sin abismarse 
por la tiniebla de porteros eléctricos y solos 
cómo decir a nadie yo soy el enamorado del 2º B
quién saca la basura del 2º B 
dónde se prende la luz del 2º B
cómo vivir 
cuando su nombre pálido te cerca? 

Hay noches que no ofrecen 
sino palomas ciegas en sus escaparates 
Hay en algún lugar personas que no soportan ya el silencio.

Los dos cantantes tuvieron, además, una azarosa y dramática relación con las drogas, con diversas drogas y probablemente también el poeta (aunque lo que he podido rastrear a través de diversos testimonios fueron sus excesos alcohólicos). Vivieron una larga lucha con esas dependencias. De algún modo, en ellas experimentaron esa dualidad atrormentada que conforman el amor y la muerte que caracteriza al dependiente en relación con la droga. Y, tal y como se puede advertir en sus respectivas obras, compartieron una profunda necesidad de amor, de protección, una permanente sensación de desasimiento, de orfandad. Una soledad inmensa vivida incluso en medio de la multitud y del éxito. Los poemas de Paseo de los tristes, ecos emocionales de una ciudad en claroscuro, que hablan del amor incompleto, de calles sucias en el amancer y de pensiones perdidas en calles que dan al descampado, parecen pensados para formar parte del universo emocional de Urquijo y de Vega. Si uno intenta construir una relación imaginaria entre ellos no sería difícil pensar a los dos cantantes intentando poner música a los poemas de Javier Egea.

En recuerdo a los dos cantantes y a falta del imaginado poema de Egea musicado por cualquier da ellos, aquí os dejo un video de homenaje a Vega y Urquijo con la emotiva canción de Urquijo "Agárrate a mí María".

jueves, 14 de mayo de 2009

Antonio Crespo Massieu: cuentos entre la luz y la sombra // Antonio Vega: entre la sombra y la luz

El pasado viernes, día 8, E. y yo cenamos con Antonio Crespo Massieu y con Carmen Ochoa, su compañera. Fue una velada de charla, de búsqueda en la memoria común, de reflexiones en voz alta, de crítica o elogio a amigos poetas (y a poetas menos amigos), de debate político y de recapitulación sobre su nuevo libro - libro que fue, junto a una amistad nacida hace algunos años, tras la obtención por Antonio del premio de poesía Ciudad de Irún, la excusa perfecta para celebrar la cena que veníamos aplazando sin mucho sentido-. El peluquero de Dios es un magnífico libro de relatos que nos revela la más profunda dimensión de la labor literaria de Antonio -quien, como ha quedado dicho, es poeta también-. Son siete cuentos intensos, sin material sobrante, que nos acercan a distintos momentos de nuestra hisotira (y de la historia europea) a través de personajes llenos de vida, que sufren contradicciones, que vislumbran los claroscuros de la realidad, que aman, recuerdan... y sufren. El profesor que asiste a la última clase antes de la jubilación y evoca sus entusiasmos iniciales, en un tiempo en el que apuntaban los primeros indicios de la transicíón política española; el peluquero que vive un drama profundo, contradictorio, lleno de aristas y de conductos a la desolación, en el campo de exterminio de Treblinka; la mujer que regresa al Madrid adolescente desde un Nueva York mítico y mitificado; el espectador que vive en un pequeño reducto en el interior de un cuadro...
En El peluquero de Dios está la memoria de nuestra guerra civil. Están los años del cambio hacia la democracia de la que todavía gozamos. La sombra del exilio y de la muerte lejos de las raíces. Los rescoldos de la Argentina de los desaparecidos bajo una de las más crueles dictaduras del último medio siglo. Cuentos para recordar, para vivir (y para aprender a vivir), para avivar una conciencia crítica, para reconstruir el inconsciente colectivo ante los grandes dramas que han vivido las sociedades contemporáneas. El libro, recién aparecido bajo el sello Bartleby Editores es una de esas extrañas obras, de no muy grueso formato (pienso en Los girasoles ciegos, de Alberto Méndez), que descubren a un autor no por desconocido menos sólido, ambicioso y sensible. La difícl sencillez del relato. La transparencia. La emoción. La zozobra y la incertidumbre. Todo eso, y mucho más, está en esta colección de cuentos.
El relato no es un género fácil. El lugar que ocupa dentro de la narrativa no siempre es reconocido por los grandes editores y la mayor parte de los libros que se editan se ven condenados a arrastrar una vida clandestina o semiclandestina hasta que llega la vara mágica de un éxito puntual, o de una Feria del Libro, o el dedo "recomendador" de un buen amigo para que los lectores no asiduos se acerquen a él.
Esta noche, cuando todos los que valoramos el papel que la música y determinadas letras jugaron en la conformación de nuestra educación sentimental, lloramos la muerte de Antonio Vega (otra más del grupo de quienes crecieron y maduraron, humana y artísticamente, a la par que avanzaba una sociedad -la nuestra- recién salida de la dictadura hacia la plena democracia), me atrevo a recomendar con fervor, con pasión, con la certeza de que de su lectura a nadie dejará indemne, El peluquero de Dios.

DE ANTONIO VEGA Y DE SU MUERTE PREMATURA

Qué decir de Antonio Vega? Algunas verdades esenciales: su muerte nos habla de la fragilidad de una generación que tuvo que aprender, sin reglas establecidas y sin caminos trazados, a vivir en libertad. Que maduró sin darse cuenta, como si los juegos con que se estrenó la movida madrileña no fueran a terminar nunca. Que avanzó entre parques asediados por el paro de los ochenta y las jeringuillas tiradas en medio de la hierba como testimonios de la fragilidad de una juventud escéptica, confusa, deslumbrada por la libertad y, a la vez, atada a una adolescencia perpetua (¡tan hermosa cuando se evoca en la distancia de los años, tan frágil y pasajera cuando la muerte prematura la ilumina al fondo del túnel de la memoria más amada!). Antonio Vega había cumplido cincuenta y un años y era de una generación de jóvenes inconformes, sentimentalmente atados a las noches sin límite, de seres endebles y apasionados que jamás creyeron que algún día podían peinar canas, cumplir el medio siglo, alcanzar la edad que alguna vez tuvieron sus padres.

Antonio Vega, el genio de La chica de ayer o de El sitio de mi recreo, deja un vacío de piedra en la memoria de todos. Incluso en la de quienes, como yo, éramos algo mayores que él y que los músicos que lo acompañaban en Nacha Pop cuando las canciones citadas vieron la luz, y vivíamos alejados de aquella movida que el tiempo hace crecer y depura. Sus textos y músicas atizan la añoranza de un tiempo irrepetible. Nos hablan, al tiempo, de un submundo cruel, en el que la imaginación y el dolor parecían condenados a ir, por siempre, de la mano (¿cómo no recordar a Enrique Urquijo, a Antonio Flores, a tantos otros que transitaron ese camino dual y tormentoso?), en el que aquella felicidad posmoderna y ecléctica, que miraba de reojo hacia las grandes movilizaciones obreras de los ochenta, o hacia el golpe del 23-F, o hacia la reconversión industrial iniciada por Felipe González, parecía hecha con la materia de los sueños. De una materia, en todo caso, parecida a la que cimentó la geografía inolvidable de una bella novela de Scott Fizterald y cuyo título parecía pensada para Vega y sus coetáneos: Hermosos y malditos.

Termino con dos invitaciones: a escuhar, como homenaje a Vega, una de sus canciones (ya sé que no soy nada original: pichad aquí o aquí) y a recobrar una anotación en este blog de hace casi dos años. Su título (pinchad en él): "La chica de ayer".

Viaje por la mala conciencia: LOS FILOS DE LA NOCHE, una novela reescrita. Una nueva novela.

En breve, Los filos de la noche, mi segunda novela, estará otra vez en librerías. Oculta desde hace muchos años, ha vuelto entre nosotros c...