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domingo, 16 de febrero de 2014

Donald Hall, la poesía norteamericana y lo cotidiano: una reflexión tras la lectura de "Without".


  
He leído, a lo largo del mes de diciembre, Without (Vitruvio, Madrid, 2013) el libro que Donald Hall (Connecticut, 1928) escribió a raíz de la muerte de su esposa y compañera, la también poeta Jane Kenyon, traducido y prologado por Juan José Vélez Otero. Un libro amargo y, a la vez, cargado de resortes emocionales y de evocaciones. Al leerlo, vivimos, digámoslo en palabras de José Hierro, "aquello que ya vivió (o que no vivió) el poeta".  Los poemas de Hall recuerdan a la amada en el lecho del dolor del hospital y la dura convivencia con la enfermedad. Pero no sólo. Recobran los viajes en coche al supermercado, el hueco que queda en el grupo de amigos de toda la vida, las pequeñas manías de Jane, las fotografías de su álbum familiar ("Raquel y Polly delgados posando / en el porche con los niños / en 1952, gente corriente / en una casa..."), el alquiler de una película en el videoclub, las jornadas de trabajo y de intercambio de versos y de ideas entre ellos, poetas ambos, las fiestas, los detalles mínimos vividos juntos y vestidos de orfandad tras la muerte... Without es un canto a la vida asentado sobre el vacío que la muerte deja. Escrito en un lenguaje directo, en apariencia sencillo pero con una intensidad lírica y emocional extremadamente difícil de alcanzar (quienes escribimos poesía sabemos lo que es eso) e impregnado, de manera casi absoluta, del aliento existencial de Jane Kenyon. Incluso en la primera parte del libro, en la que los poemas tienen cierta deriva onírica, irracional, se advierte una característica que subraya Vélez Otero en el prólogo como parte sustancial de la poesía que escribió Jane: "poesía desnuda, precisa y clara que emplea adjetivos exactos sin ornamentación superflua: doméstica".

"El recorrido de la felicidad es doloroso;
lo mismo que recordar el dolor.
Vivo en un presente lleno
de aniversarios y objetos:
tu alfiletero; tus zapatillas blancas;
tu secador de pelo,
la etiqueta albahaca escrita en una caligrafía que conozco;
una mancha en unas sábanas estampadas".

Hacía mucho tiempo que no había leído un poemario de un tirón, como si de una novela se tratara. Eso me ha ocurrido con Donald Hall. La poesía como conjuro que nos concilia con la vida, que nos ayuda a contemplar la realidad con otra mirada, a emocionarnos con las vivencias que el poeta transforma en lenguaje, a mirar a la muerte con la certeza de que algo más allá de su sombra nefasta vivirá en el poema por encima del tiempo. Y, como trasfondo, un escenario en el que se levanta una casa en el campo (una granja heredada en el paraje denominado Eagle Pond), no lejos de un lago y cerca de un pueblo apacible (Wilmot) de la Norteamérica interior.

Donald Hall y Jane Kenyon, en sus pasos por Eagle Pond / De un reportaje de televisión
El libro se cierra con una sucesión de poemas largos, a modo de cartas dirigidas a Jane Kenyon, dando cuenta de cómo evoluciona, sin ella, la realidad que compartieron: ("Carta sin destino", "Carta del Día de la Independencia", "Carta de Verano", "Carta de otoño"). Hermosas muestras del poder de la palabra para dar vida a lo que ya no se vivirá.  Es dificil no empatizar con esta poesía arraigada en la que alienta una de las líneas que más me atraen de la poesía norteamericana del último siglo: la que está en el mundo y busca la relación dialéctica de lo íntimo y lo común. Ashbery, Sexton, o Sylvia Plath son poetas generacionalmente próximos aunque muy distintos a Hall.  Éste conoció, aunque tardíamente (es de una oleada posterior) a los grandes mitos de la beat generation, pero no asumió ni compartió sus opciones estéticas, rotundamente rupturistas. Es un poeta más entrañado y más atento a lo cotidiano y a la belleza de lo próximo y pequeño.

Al leer a Hall he recordado otras lecturas (algunas lejanas en el tiempo, otras muy próximas) de poetas norteamericanos, hombres y mujeres, que han desplegado ante mí un mundo fascinante pese a nutrirse de la cotidianidad: el valor de la memoria, el encanto de las pequeñas comunidades interiores, en las que un día de pesca compartido con el padre se convierte en un lugar inmortal en el poema, bares de carretera donde reír, llorar o meditar o escuchar música, el amor de una madre ante la existencia rota de un hijo o de una hija viviendo la diaria experiencia de la enfermedad terminal del padre.Viajes en coche con amigos, el amor construido en caminatas por la montaña o en viejas ciudades europeas, partidos de beisbol compartidos por padre e hijo... Una poesía realista, sí, pero dotada de la magia difícil del lenguaje revelador, nuevo. Sharon Olds, C.K. Williams, Robert Hass, Mary Jo Bang, Billy Collins. Es un mundo con ventanas abiertas a la narrativa (en muchos casos se trata de poesía con un fuerte componente narrativo, como en Without), y no es difícil reconocer ella el telón de fondo que comparten los relatos de Carver, Richard Ford o Tobias Wolff, esa narrativa minimalista que fue calificada de realismo sucio pero cuyos logros van infinitamente más allá de ese término.  Mi experiencia como director de una colección de poesía (y, en menor medida, como crítico y poeta), me ha permitido entrar en contacto con la obra de muchos de esos autores.  Y, en parte, conocer una América interior, individualista y comprometida con lo colectivo a la vez, que sólo muy parcialmente llegamos a conocer sin la ayuda de la literatura.

Concluyo con este fragmento del poema de Hall "Carta del Día de la Independencia".

"Cinco de la mañana. Cuatro de julio. 
Salgo por Eagle Pond a pasear con el perro,
llevo puesto el abrigo de cuero
para combatir el frío de la mañana,
miro los nenúfares que se agarran unos a otros
como fríos puños amarillos
mientras afronto el nuevo día
doce semanas después de aquel martes 
cuando nos dijeron que te ibas a morir.

"Esta tarde liquidaré las facturas pendientes
y le escribiré a un amigo sobre su libro
y veré el partido de béisbol de los Red Sox.
Sacará de nuevo a pasea a Gussie.
Pondré algo de Stouffer's en el microondas.
Una señora va a venir desde Bristol
para ver el Ford de tu madre
que está aparcado junto a tu Saab
en el aparcamiento de coches de segunda mano
de mujeres muertas".

jueves, 10 de noviembre de 2011

Sylvia & Ted, un libro excepcional leído tardíamente

En abril de 2010, en la Feria del libro de poesía de Soria, Trinidad Ruiz Marcellán, la directora y promotora de la editorial Olifante, me regaló un libro de llamativo título. Sylvia &Ted. Su autor, para mí absolutamente desconocido entonces, era (es) David Aceituno.  Por la tarde de aquel día (creo que era sábado, un día antes o un día después del Día del Libro) yo leía poemas con Amalia Iglesias en el Casino Amistad Numancia y no estaba entre mis prioridades del momento sumergirme en el libro. Lo guardé y sólo  a mi vuelta a Madrid le eché una ojeada. Recuerdo que antes de abrirlo pensé que se trataba de una recreación de las vivencias en común del matrimonio que durante 6 años, entre 1956 y 1962, formaron Sylvia Plath y Ted Hughes, pareja mítica de la literatura universal. O de un breve ensayo sobre la relación entre las poesías de uno y de otra. Sin embargo, tras leer el espléndido y sintético prólogo de Gonzalo Torné y adentrarme en sus páginas, viví una experiencia apasionante. El libro está compuesto de poemas. En ellos, Aceituno abordaba un recorrido, entre lo emotivo, lo psicológico y lo literario, por una historia en la que el amor y el desamor convivieron durante un tiempo. Por cumplir con algún encargo de crítica a un libro que hoy no recuerdo, tuve que interrumpir la lectura y dejarla para otro momento. Coloqué el libro en un lado de la mesa de mi cuarto de trabajo y a lo largo de las semanas posteriores, sobre Sylvia & Ted se fueron acumulando novelas, poemarios y ensayos de toda índole, enterrando el libro durante un largo tiempo. Otras lecturas y otros encargos fueron distanciándome de él en las semanas y meses posteriores. Hasta el punto de que llegué a olvidarme de dónde lo había dejado. Incluso llegue a creerlo perdido sin remedio. Hace unos días, limpiando y ordenando la mesa, lo encontré. Fue una sorpresa y,  a la vez, una invitación a recuperar la experiencia de lectura interrumpida casi un año antes. Si las bicicletas, tal y como señaló Fernando Fernán Gómez, son para el verano, las lecturas en soledad de libros recuperados que se creían para siempre extraviados son para el otoño.

Sylvia & Ted está compuesto de poemas con una alta carga emotiva,  hondos, escritos con un lenguaje que mantiene un portentoso equilibrio entre lo conversacional y lo revelador. David Aceituno ha  metabolizado la poesía de ambos y, sobre todo, ha asimilado la tormentosa biografía de la Plath, su dolorosa experiencia de lo cotidiano, especialmente la desatención de Hughes, la soledad experimentada al lado de sus hijos y la herida, de consecuencias trágicas, que le produjo la marcha de Ted con su amante Assia Wevill. Sylvia Plath se suicidó el 11 de febrero de 1963 acabando con una vida que se le había hecho insoportable. Aceituno da voz a cada uno de los personajes que protagonizan lo que fuera una historia real. Ted medita, habla con Sylvia, se compadece o se arrepiente. Sylvia se dirige a Ted, recapacita sobre la soledad, sobre la depresión, sobre la imposibilidad de vivir, monologa con Assia, imagina a los amantes. Pero tales procesos meditativos no son construidos por Aceituno a partir de abstracciones. Cada uno de ellos es consecuencia de una anécdota o de un capítulo concreto, extremadamente concreto, casi siempre doloroso para ella y generador de mala conciencia, de tensión e ira, para él.

Por ejemplo: Ted habla de su conversación con Jillian, la amiga de Sylvia en cuyo domicilio ésta se refugió dias antes del suicidio, minutos después del entierro de la propia Plath: "El día de tu funeral le dije a Jillian que nadie te soportaba". Por ejemplo, Sylvia descubre que es engañada: "Supe que todo se había roto /cuando vi que tu traje favorito te quedaba algo más grande".  Por ejemplo, la amante Assia dirigiéndose a Sylvia intentando exculparse por seducir a Ted: "Lo único que hice yo / fue pasar por allí, / poner mi hocico en la tristeza, /husmear una parcela de futuro". Momentos de escritura, peticiones de perdón, súplicas, lecturas de poemas, conferencias impartidas en diversos foros. Parcelas de una biografía que Aceituno recrea a la luz de sus lecturas de la poesía de ambos y tras un poderoso esfuerzo de asimilación de los recovecos psico-emocionales de cada uno de ellos.  Ahora bien: aunque las raíces de todos y cada uno de los poemas de que se compone están en el mundo compartido por Sylvia y Ted, hay que decir que la destreza, el talento y la intuición de David Aceituno los convierte en artefactos absolutamente autónomos, independientes, con sentido en sí mismos.

Es, sin duda, uno de los mejores libros que ha leído en este tiempo. Un libro que lamento haber leído tardíamente. Un libro con múltiples lecturas, polisémico, que es invitación a la relectura y una llamada a la complicidad sentimental, a la apropiación, por parte de cada lector o lectora, del universo recreado. Aceituno, sin ninguna duda, asumió un desafío muy difícil, casi imposible de saldar con éxito. Pues bien: ha sabido afrontarlo y nos ha dejado un poemario de muy alto voltaje. Un poemario que, lamentablemente (aunque haya que asumirlo con deportividad), ha sido silenciado en los medios de comunicación de mayor peso de nuestro país. Y, más allá, del universo de la lengua castellana.

Os dejo con este poema, titulado "Segunda fotografía", en el que Aceituno nos muestra la calidad y la hondura de su sabiduría poética diseccionando la fotografía que sobre el poema se reproduce:


La mirada de Sylvia como un poema no escrito.
Incluso el biógrafo más severo hablaría de amor: 
no desea poseer al objeto amado porque ya le pertenece.
Una mano podría deslizar su diadema 
hasta taparle los ojos 
y todo seguiría igual.

"Los contrastes se agudizan en las fotografías antiguas",
dice el aficionado, "el color negro impera en Ted
porque el blanco consume a Sylvia".

De la gente con labios finos suele decirse que tienen mala luna,
que son avariciosos y posesivos.
Lo que no se dice es que necesitan poseer para destrozar lo poseído.
Mirad la geometría de su rostro: el dios indestructible
de la corbata negra.
¿Qué se oculta tras su frente?
¿Un mentón es un presagio?
¿Quién de los dos será la primera víctima?



Viaje por la mala conciencia: LOS FILOS DE LA NOCHE, una novela reescrita. Una nueva novela.

En breve, Los filos de la noche, mi segunda novela, estará otra vez en librerías. Oculta desde hace muchos años, ha vuelto entre nosotros c...