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jueves, 2 de mayo de 2019

Volver al blog, volver a casa

Revisando mis diarios de la primera década del siglo (llevan por título provisional Umbral de un siglo y abarcan un período que va de 2001 a 2008) me doy cuenta de que el impulso que me movía a escribirlos fue agotándose en paralelo a la apertura y consolidación de mi primer blog. De este blog. Fue inaugurado hace doce años, coincidiendo con la Feria del Libro de Madrid de 2007 y su vida ha sido rica y diversa hasta los aledaños de 2016. Fue perdiendo fuelle al mismo tiempo que mi recurso a las redes sociales, especialmente a Facebook, se intensificaba. Ahí he ganado amigos y algunos enemigos, he comprobado la fugacidad de cuanto se escribe, la inmediatez de las polémicas, la tensión de algunas conversaciones (por llamarlas de algún modo) y la difícil presencia de lo reflexivo y hondo. Ha sido un viaje extraño: de los viejos diarios manuscritos al blog, del blog a las redes y de las redes... ¿a dónde?



La pregunta solo tiene, a mi parecer, una respuesta: al blog, sin duda. En mi caso, este blog compartía con los diarios la extensión de cada texto (de cada "entrada"), la posibilidad de profundizar en aquellos asuntos a los que en cada una de ellas me refería, la escritura reposada y el gusto por el lenguaje literario. Tenía (tiene) algo de columna periodística cruzada por la aspiración a prosa poética con el hilo conductor propio del diario. Es decir, sólo (o esencialmente) lo aleja del diario la inmediatez de su publicación. Mis diarios de Escritor a la espera han dormido el sueño de los justos durante algo menos de treinta años. Se han publicado hace solo unos meses. Los que escribí entre 2001 y 2008 siguen al día de hoy en reposo (aunque en proceso de corrección). El blog, sin embargo, va de la cocina literaria a la mesa: es lo casi inmediato aunque en el proceso de escritura sea, para mí al menos, el territorio del reposo y la meditación. Hoy lo escribes y mañana está a disposición de los lectores.

El blog, en efecto, ha entrado en crisis, pero todo escritor consciente del oficio y del alcance de la literatura, debería acudir a salvarlo. Y yo lo hago de la mejor forma posible: volviendo a él después de doce meses sin adentrarme en sus escenarios en busca de los lectores que quizá lo fueron abandonando por la irregularidad penúltima en el ritmo de publicación.

Volver al blog tiene, para mí, algo de tabla de salvación. Del blog (de otro blog) surgió mi libro Letras viajeras y no es descabellado pensar que de este Al margen se derive el tercer volumen de mis diarios. Aquí, en este espacio que no hace tanto frecuentaban muchos lectores, he hecho memoria, he recobrado infancia y adolescencia y señalado la huella que en mí han dejado seres muy queridos, he volcado mis fantasmas personales (políticos, literarios, existenciales), he viajado, he redescubierto poetas y libros a los que la actualidad (rabiosa y cruel) y las ambiciones del mercado fueron desterrando, han venido a verme, con sus poemas, amigos próximos y amigos remotos, he indagado en la trastienda de dolorosas muertes, he reflexionado sobre mi propia obra y sobre la ajena, he polemizado con fervor y sin paños calientes... En fin, he vivido en la escritura.

Vuelvo al blog, amigos, y es como volver a un hogar que inexplicablemente fuimos abandonando. Vuelvo porque lo necesito. Disciplina y observación. Como en los viejos diarios. Y vuelvo hoy, 2 de mayo, escribiendo al abrigo de antiguos recuerdos, a la sombra del porche de la casa familiar del Valle del Lozoya. Aquí os aguardo.

jueves, 25 de agosto de 2016

Sobre crítica, narrativa y literatura, a propósito de "Un extraño viajero". Entrevista de Herme Cerezo.

La entrevista que se reproduce a continuación apareció el 22 de junio de 2016 en el Diario Siglo XXI bajo el título "El franquismo tuvo tiempo de borrar su pasado". Su autor es HERME CEREZO. La rescato para Al margen porque es, quizá, la que refleja más fielmente mi visión de la novela y mi concepción de la literatura. 

Una noche de invierno llega un extraño viajero a un hotel rural de la Sierra de Madrid, Aunque carece de documentación, Lucía Olmedo, la propietaria, decide alojarlo. El recién llegado le inspira tanto desasosiego como curiosidad, pero pronto comparten un fugaz encuentro amoroso. Al poco tiempo el hombre desaparece, dejándole una escueta nota, el recibo de un laboratorio de revelado y sesenta dólares. Cuando Lucía trata de recoger el encargo, descubre que el recibo tiene más de medio siglo de antigüedad. Es solo el principio de una inquietante investigación.

A mitad de camino entre la novela histórica y el relato fantástico, Manuel Rico se sirve de una historia de amor para profundizar en un tema que le interesa particularmente: la memoria histórica más reciente. Descabalados los ejes espaciotemporales, por la novela navegan los campos de trabajo del franquismo y surgen espectros como el del escritor Humphrey Slater, un personaje real que se esfumó en el aire, bajo extrañas circunstancias, en el año 1958. Nunca se ha vuelto a saber nada de él. 


Manuel, a lo largo de tu carrera literaria has alternado poesía y novela, periodismo y crítica literaria, con incursiones en libros de viajes y ensayos, ¿escribir registros tan diversos es necesario para todo autor que se precie o hay que considerarlo como un reto?

Todo eso forma parte de mi manera de acercarme a la literatura. Soy muy curioso, empecé escribiendo poesía y, de modo natural, la novela se me planteó como una forma de desarrollar algunas de las obsesiones de mis poemas. Yo he sentido un enorme interés por descubrir los resortes que convierten en única la poesía de ciertos autores, como Lorca o Ángel González, y eso me llevó a acercarme a la crítica hasta tal punto que se ha convertido en mi forma de entender por qué escribo poesía. El ensayo es el colofón de la crítica, porque es un intento de sistematizar mi forma de ejercerla.

Y ¿qué es para ti la escritura?

Comencé a escribir cuando constaté que mi padre, mi madre y los paisajes de mi infancia, donde fui feliz, iban a desaparecer algún día. La escritura es una forma de conservar aquellos paisajes, de detener el tiempo, de recuperar la memoria y de enfrentarse, aunque sea artificiosamente, a la muerte.

¿Para qué le sirve a Manuel Rico ganar un premio como el de Novela Ciudad de Logroño?

Ganar un premio te proporciona la posibilidad de acercarte a más lectores. En el caso de un escritor como yo, a cuyos libros accede el lector ya iniciado, un premio de estas características y una colección como la de Algaida, en la que se incluye, permite que llegues a cualquier tipo de público. Por supuesto, también son importantes el reconocimiento de los colegas del jurado y el importe económico.

Han definido Un extraño viajero como novela histórica, con tintes de género negro y fantástico a la vez.

Sí, eso son muletillas que utilizan las editoriales. Yo solo he pretendido escribir literatura, una historia que se mueve en el presente, pero que abre ventanas al pasado, y que está elaborada de tal modo que su estructura, a través de determinados recursos técnicos, permita atrapar al lector y conducirlo al desenlace final. Es verdad que está inmersa en un escenario histórico y que hay en ella un cierto aspecto fantástico, porque juego con el tiempo y, a veces, el lector duda del espacio por el que transitan algunos personajes.

Parece ser que la contemplación de un hotel de las afueras de Madrid disparó tu imaginación para escribirla. ¿Cuántas historias se cuecen y esconden en las habitaciones de un hotel?

Un hotel es una especie de burbuja, un lugar donde, en parte, el tiempo deja de existir. Tengo un poema titulado ‘De paso’ en el que cuento como, en ocasiones, necesitas disfrutar de unas horas para pasear por una ciudad de incógnito. En este sentido, los hoteles tienen algo de cápsula, de espacio de tránsito donde pueden ocurrir multitud de cosas, porque allí se da cita gente de muchos lugares. La novela empieza así porque yo guardaba, desde hace bastante tiempo, la imagen de un viajero, Salko Hamzic, que llega en invierno a un hotel donde le atiende una mujer, Lucía. De ahí nació esta historia de amor, que ya sabía que no culminaría porque él se marcharía y ella habría de ir en su búsqueda. En esta búsqueda tropezaría con una historia insospechada, como es la de los campos de trabajo en la España de Franco.

Para narrar has manejado el tiempo pasado y el presente, ¿el lector, a través de las indagaciones de Lucía, asiste a la construcción de la novela o ella le sirve solo como la cámara de cine que guía al lector durante su lectura?

Lucía es el sujeto de la narración, contada en tercera persona, aunque me meto en su mente muchas veces y recojo sus pensamientos. De alguna forma, ella va abriendo las puertas para desarrollar la novela, pero no la he utilizado conscientemente para eso. Detrás de todo hay una gran obra de cocina, como dicen ahora, aunque a la hora de leerla dé la impresión de que sí que es ella la que enseña todo lo que se cuenta.

En la novela aparece el escritor Humphrey Slater, un personaje real, que participó en la Guerra Civil y desapareció en España en la década de los años cincuenta.

Dicen que murió pero no se pudo comprobar. Es un personaje fascinante, que llegó a publicar tres novelas y cuatro ensayos, fue director de una película, muy exitosa, y tomó parte en la Guerra Civil como miembro de las Brigadas Internacionales. Fue comunista, pero más tarde, decepcionado, se transformó y trabajó en algunas instituciones democráticas, porque estaba en contra de la Europa del Este. Después regresó a España y se desvaneció en 1958, aunque se sabe que estuvo alojado en el Hotel Ritz de Madrid antes de desaparecer.

¿No lo eliminaría el servicio secreto del régimen por algún motivo que ignoramos?

La hipótesis que planteo en la novela es ésa, pero también dejo una zona de ambigüedad, porque él trabó amistad con un fotógrafo que estuvo en España al mismo tiempo que él. Coincide también su desaparición con los años en que se terminó la presa de Riosequillo, pero nadie puede demostrar a ciencia cierta que siguiera vivo y que más tarde fuera asesinado por un comando franquista.


No conocemos demasiada literatura sobre la Posguerra, ¿no?

Creo que la Guerra Civil sí es un motivo narrativo importante, no solo para escritores españoles sino también para extranjeros, porque desde Hemingway y Humphrey Slater, que sale en mi novela, hasta cantautores como Bob Dylan o Pete Seeger, se han ocupado de ella. Sin embargo y aunque en realidad no sabría explicar el motivo muy bien, la posguerra es una etapa larga y resulta un momento incómodo para trabajar, porque en contra de lo que sucede con otros periodos históricos, aquí no basta con leer libros de Historia, hay que recurrir a otro tipo de fuentes, como los testimonios orales directos que escasean. Quizá sea más difícil escribir sobre la posguerra porque, al contrario de lo que les ocurrió a los nazis, el franquismo sí tuvo tiempo suficiente para borrar pruebas de sus atrocidades.
Sí, el franquismo tuvo tiempo de borrar su pasado, mientras que a los nazis y a los fascistas no les sucedió eso, porque llegaron los aliados y liberaron a los prisioneros directamente. Durante el franquismo hubo ciento veinte campos de concentración con varios miles de presos. A lo largo de la década de los sesenta y primeros años de los setenta, los fueron cerrando y destruyendo sus vestigios. El campo que aparece en Un extraño viajero se encontraba junto a  Buitrago, donde ahora se leanta la presa de Riosequillo, albergaba a unos cien prisioneros y no queda ni el más mínimo rastro de su existencia. Nadie de los que van por allí pueden imaginar que aquel embalse fue levantado por presos políticos, mano de obra esclava a la que se pagaba una peseta al día. Al interés de Franco por ocultar aquella realidad, se sumó la voluntad de la propia gente que quería olvidar, enterrar su pasado y lavar su imagen. A todo eso, tenemos que añadir la existencia en nuestro país de una derecha que todavía no ha condenado el franquismo. Por lo tanto, bajo este planteamiento, es absolutamente normal de que en Riosequillo no haya ninguna placa conmemorativa de aquella triste página de nuestra historia.

El contenido de la novela cae de lleno en lo que denominamos memoria histórica, una temática que no es nueva en tu escritura.

Efectivamente, la reivindicación de la memoria histórica se encuentra en todas mis novelas y en buena parte de mi poesía. Considero que la literatura es una recuperación del pasado colectivo. Sin obras como las de Primo Levi, de Imre Kertész o de Jorge Semprún sobre los campos de concentración, seguramente nuestro conocimiento de esta materia sería muy limitado. Creo que la literatura puede entrar en el corazón de las personas, algo que un ensayo no alcanza, y contarte la vida de un hombre de veinticinco años, carpintero, que, de repente y por ser republicano, va a la cárcel y luego a un campo de trabajo, con una dieta de hambre, ignorando cuánto tiempo va a pasar allí. Y de esto trata la historia de ese hombre que llega solo al hotel una tarde de invierno, que se esfuma dejando el resguardo de una casa de revelado de muchos años atrás, cuyas fotografías contienen imágenes que escasean, las de la vida cotidiana en los campos de trabajo del franquismo.

Acabamos por hoy. ¿En qué rincón de la novela estás tú?

En Lucía Olmedo, en Slater, en todos un poquito y también en la voz narrativa. Muchos de mis fantasmas desfilan por ahí. De repente, aparece el barrio de la Concepción, donde yo fui niño, o los paisajes de la Sierra del Norte de Madrid, que también tienen mucho que ver con mi infancia y la relación con mi padre, con quien recorría aquellas tierras. En todo eso estoy yo.

viernes, 14 de agosto de 2015

Las cosas de Chus Visor: una reflexión y algún recuerdo

Hace una semana, en Expoesía 2015, varios poetas me confesaron que se habían sentido algo decepcionados por mi falta de respuesta pública a los insultos con que Chus Visor me “regaló” en una entrevista aparecida en El Cultural de El Mundo. La verdad es que dudé mucho tras anunciarlo en Facebook. Después pensé que era mejor esperar y escribir sin la tensión del primer momento. La opinión de los poetas asistentes a la feria y algunas conversaciones con buenos amigos me han llevado a pensar que, a más de un mes de distancia, la frialdad de juicio se impondrá a la vehemencia. A continuación, mis reflexiones en forma de artículo.


El viernes, 26 de junio, en una larga entrevista en El Cultural de El Mundo, Nuria Azancot, a propósito de las críticas que habían aparecido en distintos medios a la antología El canon abierto, interpelaba al veterano editor de poesía Jesús García Sánchez, conocido como Chus Visor, con las palabras que siguen y sin referencia alguna a suplemento, crítico o revista: "Bueno, también hace unos días se publicaba que Visor había presionado para que sus autores salieran en una antología". La respuesta, de gran rigor intelectual, superó en altura a la pregunta: “Ah, eso es lo de ese chico que es más tonto cada día, Manuel Rico. Si tengo 900 libros de poesía publicados  una antología reúne a los 40 mejores poetas de Hispanoamérica, y de esos, 9 están en Visor, malpiensa que la editorial ha debido de presionar o algo así. ¡Será tonto! Pero como lo publica en El País, la gente se lo cree, aunque sea una idiotez”. No me consta precedente alguno en el que un editor se dedica a insultar a un crítico con ese tono entre desdeñoso, suficiente y autoritario. Todo un estilo en el que el editor, como en otras ocasiones, se retrata. No hay más que leer mi crítica en Babelia para ver que en ningún caso afirmo lo que Azancot subraya: tras valorar positivamente el componente plural de la antología y elogiar el método de selección, constato un dato objetivo que llama la atención de cualquier lector: 11, de los 13 poetas españoles seleccionados, han obtenido premios que edita Visor. Punto. Es el editor quien saca conclusiones y quien pone sobre la mesa sus fantasmas respondiendo a algo que yo no escribí… y, quizá, mostrando su mala conciencia (pero eso ya es asunto de psicólogos). Curiosamente, algunas semanas antes, publiqué, también un Babelia, una elogiosa reseña sobre un libro de Benjamín Prado editado por él: no dijo ni Pamplona.

Supe de la insultante respuesta a Nuria Azancot en la misma tarde del 26, por una llamada de mi amigo el novelista Justo Sotelo, que no se creía lo que estaba leyendo. Cuando cerré la conversación con Justo, busqué, llamando a varios amigos comunes, el móvil de Chus: no se me ocurría otra respuesta que llamarlo para que él, directamente, me explicara el despropósito y las razones del mismo. No lo encontré. Como obligado sucedáneo de la llamada telefónica, le envié un mail de carácter privado del que al día de la fecha no he obtenido respuesta. Una confirmación del talante autoritario y pelín soberbio con que se expresó: o de la plena conciencia de que carecía de cualquier asomo de razón.

Yo fui (soy, creo, aunque han pasado doce años desde entonces
) autor de Visor con un libro con una historia que no procede contar, Donde nunca hubo ángeles. Mi relación con Chus ha sido siempre amistosa, de respeto mutuo aunque bordeando la ironía y la chanza en no pocas ocasiones (soy del Real Madrid y él del Atlético), y la propia de un autor ante uno de sus editores: intenté en varias ocasiones publicar un nuevo libro con él sin que mediara el consabido premio: infructuosamente. Deduzco que no le gustó el libro (lo cual no es un demérito después de conocer sus gustos más depurados) o que su precaria situación económica no le permitía añadir, sin subvención o premio, un título más a su catálogo o, sencillamente, que no le caigo bien por razones que se me escapan. Aunque no me es difícil apuntarlas. Lo haré a continuación.

Nunca he ocultado mi admiración por el trabajo desarrollado durante décadas por el editor García Sánchez. Pese a su concepción de la poesía, con la que discrepo, siempre he considerado que en los años 70 abrió una nueva vía de difusión, distribución y promoción de la poesía hasta convertirse en un referente obligado. Después, las cosas discurrieron por otro camino: la proliferación de premios institucionales de los que Visor se beneficia vía edición, ahorro de derechos y alguna que otra ventaja adicional (dinero público a fin de cuentas), la subvención y la búsqueda de  proyectos financiados por las administraciones a ambos lados del Atlántico, y la beligerancia vehemente contra cualquier crítico que se atreva a señalar alguno de sus errores o a discrepar de su línea editorial, han ido marcando la pauta de su sello, un sello que, como bien apunta Martín López-Vega, es el equivalente al Planeta en el ámbito de la poesía y foco de atracción de todo poeta que quiera mucha difusión y distribución sin competencia. No está mal, por cierto. Un deseo tan legítimo o más que cualquier otro.

Sin embargo, difícilmente soporta la crítica. No esconde sus filias ni sus fobias y convierte su particular mirada en una categoría universal de nocivos efectos para el conjunto del panorama poético de nuestro país. Más de una vez he dicho (creo que Vázquez Montalbán decía algo parecido) que el buen crítico de poesía es aquel capaz de descubrir, en todo libro, su "proteína", su contenido de poesía de calidad más allá de la opción estética de su autor. En otras palabras, gozar y reconocer la calidad de la poesía de Claudio Rodríguez,  por ejemplo, y de Ángel González, de Blas de Otero, por ejemplo, y de  Pablo García Baena, de Miguel Hernández y de Aleixandre, en las antípodas estéticas unos de los otros.... La misma visión abierta reclamo del buen editor de poesía: acoger la pluralidad, respetar las distintas opciones formales y temáticas, ser generoso e integrador y saber detectar la calidad, el “duende” que respira en todo buen poema, sea realista o sea onírico o irracional.

Chus Visor no oculta que no le gusta la poesía de Antonio Gamoneda (aunque sí parece gustarle la de Gelman, lo que no deja de ser una contradicción: la estética del argentino está mucho más próxima a la del leonés que a la de sus poetas preferentes), proclama su identificación con la poesía más directa y conversacional, con el realismo dominante en lo que se ha venido en llamar "poesía de la experiencia". Hasta ahí, todo normal (salvo lo de Gelman). Lo que no es tan normal es que considere casi ataques personales las críticas a ese tipo de poesía (de la que, todo hay que decirlo, yo estoy muy próximo) o los desacuerdos con la obra de algunos de sus más señalados poetas. Precisamente en ese ámbito es donde la actitud de Chus, de manera abierta o implícita, me ha parecido improcedente por autoritaria, despectiva y si se me apura clasista. Y lo he escrito y afirmado públicamente.  

Dos son los “momentos” en que me he manifestado de ese modo. La primera fue a propósito de la imagen que, desde círculos próximos a la editorial, se transmitía del poeta Ángel González tras su fallecimiento, una imagen superficial y arquetípica, vinculada a la noche, al alcohol y a la juerga, que lo alejaba del que yo había leído y conocido en los años 70 y cuyos poemas habían sido referentes de mi generación. Lo conté, delante de Chus y de algunos de sus autores y amigos, en un homenaje en un pueblo de la periferia de Madrid y lo escribí en el libro que se publicó con ese motivo. El texto puede ser leído en este enlace: “El Ángel González al que quiero, admiro y releo”. Y en este blog hay una reflexión sobre aquel homenaje (¨Ángel González y Javier Egea").


El segundo fue más ruidoso: me vi moralmente obligado a responder a la riada de descalificaciones e insultos a un Antonio Gamoneda que se había atrevido a decir, tras la muerte de Benedetti, que valoraba más su actitud cívica que su poesía. Al constatar el silencio con que en el mundo poético fueron recibidos esos insultos (en los que se empeñaron a fondo algunos autores “de la casa”), sentí la responsabilidad de defender al poeta leonés. Y lo hice con un artículo que se publicó en Opinión de El País en junio de 2009. Como el artículo puede ser leído íntegramente (“Lo inoportuno y lo inaceptable” ) sólo me limitaré a reproducir lo que llegó a decir Chus Visor del premio Cervantes leonés: lo calificó de poeta "de segunda división", de "ser sujeto al techo por telarañas", afirmando que Benedetti "comparado con Gamoneda es el Barça frente al Alcoyano".

Esos son los dos momentos en los que me he expresado críticamente respecto al “canon Chus Visor” sobre poesía y sobre poetas. Tengo la íntima convicción de que ambos textos no le pasaron inadvertidos. Y de que, con independencia de las numerosas críticas que, con un fondo elogioso, he publicado de libros de sus colecciones a lo largo de mi vida, en su respuesta a Nuria Azancot y en su salida de tono estaba ese recuerdo. Se puede --y se debe-- discrepar del editor de poesía más importante, cuantitativamente al menos, del país. Es saludable. Digo más: es no sólo saludable sino imprescindible, necesario. Aunque parezca mentira, su tendencia a la simplificación, al desprecio y a la descalificación con un cierto toque de chulería, no deben quedar sin la crítica o la respuesta de rigor. A veces, el silencio oculta miedos y prevenciones que nada tienen que ver con la libertad de expresión. Tomemos nota.

Se ha escrito mucho sobre otros aspectos de la entrevista, especialmente sobre su descalificación de la poesía escrita por mujeres y de la mayoría de las poetas españolas. No abundaré sobre ello, pero en su propio catálogo hay mujeres que desmienten su apreciación. Y en la historia más reciente de nuestra poesía, no pocos nombres insustituibles: Julieta Valero, Concha García, Olga Novo, Olvido García Valdés, Elena Medel, Raquel Lanseros, Angelina Gatell, Julia Uceda, Francisca Aguirre, Blanca Andreu, Clara Janés, Miriam Reyes, Marta Agudo, Amalia Iglesias, Rosa Lentini, Ana Pérez Cañamares, Ana Merino, Ángeles Mora, Rosana Acquaroni, Chantal Maillard, Esperanza Ortega, Elvira Daudet, Guadalupe Grande…. ¿Para qué seguir?

Confío en hablar algún día con Chus Visor sobre estos asuntos. Creo que el diálogo, la discrepancia en el respeto y el intercambio de ideas y posiciones es un elemento básico de todo ecosistema literario, y más aún poético, que se precie. Tengo el orgullo de dirigir una colección de poesía en las antípodas del criterio que Chus proclama: diversidad, atención a las poetas, convivencia de estéticas, autofinanciación sin subvenciones pese a las dificultades, ausencia de premios, atención a poetas olvidados, recsate de grandes libros…. Es decir, independiente. Es el mismo principio que aplico a la crítica. A pesar de los pesares. Y, sobre todo, a pesar del más importante editor de poesía del país y, sobre todo, a pesar de sus insultos.   


lunes, 11 de agosto de 2014

Tal como eramos. Ante la edición digital de "Una mirada oblicua"

Todavía se mantiene vivo mi recuerdo de un día de otoño de 1994, en la sede que la editorial Alfaguara tenía en la calle Juan Bravo. Estaba frente a uno de los más poderosos directores literarios de la época: Juan Cruz. A través de un amigo le había hecho llegar el manuscrito de una novela que entonces tenía como título provisional Cierto sabor a ceniza. Fue una conversación corta y aún así interrumpida por una riada de llamadas telefónicas desde los más remotos lugares del mapa: recuerdo especialmente una, probablemente de Carmen Balcells, en la que habló del premio Cervantes de 1989 Augusto Roa Bastos, creo que de la edición de Contravida, que sería publicada aquel año en el sello que dirigía Cruz. Lo cierto es que hablamos poco de mi novela puesto que se limitó a entregarme un informe de un lector de la editorial en el que se desaconsejaba su publicación y dedicamos el resto de la entrevista a hablar, de manera breve, de la actualidad literaria de aquellos años y de la apuesta del propio Cruz por reforzar el catálogo con nuevos autores hispanoamericanos.

Detalle manifestación 26 de febrero de 1981, contra el golpe del 23-F
El manuscrito viajó a Planeta unos días después y Planeta, que había iniciado una colección titulada "Nueva Narrativa" codirigida por Mariona Costa y Silvia Bastos, decidió publicarla. Incluso la pasó al premio Ateneo de Sevilla (era uno de los mejor dotados de entonces) de aquel año, premio en el que quedó en segundo lugar tras la novela ganadora, cuyo autor era Felipe Benítez Reyes y cuyo título era Humo.

Mariona Costa y el equipo de Planeta me sugirieron buscar un título "más comercial" que Cierto sabor a ceniza. Después de intercambiar múltiples faxes (no existía el correo electrónico aunque hoy nos parezca mentira) con propuestas y contrapropuestas de títulos, me enviaron el que consideraban más ajustado al contenido de la novela: así nació el título definitivo: Una mirada oblicua. Después vendría la fotografía de Man Ray para la portada (también aportación del equipo Planeta) y el proceso de edición.

Escribí la novela bajo el impacto emocional del intento de golpe del 23-F. En 1989, cuando le inicié, todavía no me había quitado de encima sus efectos. Viví aquella noche en el ojo del huracán del compromiso político como miembro del PCE de Madrid con responsabilidades, pasé durante algunas horas a la clandestinidad y, visto lo ocurrido con Videla en Argentina o con Pinochet en Chile, casi me había despedido íntimamente de mis seres más cercanos y queridos. El 23-F había removido el suelo sobre el que había ido creciendo el llamado desencanto, había puesto en valor la Constitución del 78 y la libertad y había dejado claro que nada estaba consolidado, que en cualquier momento, la democracia recién iniciada podía irse a la mierda.  A ello ayudaba, además, un terrorismo etarra que no entendía de procesos democráticos y que se había convertido en el mejor aliado de los llamamientos de la extrema derecha a acabar con el "caos" e imponer de nuevo una dictadura.

Por eso, los efectos emocionales (no sólo políticos) del intento de golpe extenderían su alargada sombra sobre la década recién iniciada. Es verdad que fue la década de la movida madrileña, de los ayuntamientos democráticos y de la explosión cultural, del inicio de la nueva narrativa española y de la poesía realista que negaba el culturalismo precedente de los novísimos, la década que alumbró a Almodóvar, a Antonio Vega, a Los Secretos, a la "Otra sentimentalidad" en la Granada renaciente, la década en la que la izquierda, en los ayuntamientos (socialistas y comunistas) impulsaron cambios trascendentales para nuestra vida cotidiana (de todo ello doy cuenta, en tiempo real, en mis diarios Días de los ochenta), y fue, en fin, la década del definitivo aggiornamento de la literatura española en relación con lo que se escribía en Europa y en Estados Unidos, también en América Latina. Una década que concluyó, por cierto, con un acontecimiento histórico y demoledor para gran parte de quienes se habían formado en la cultura comunista: la caída del muro de Berlín.

Pero yo comencé a escribir Una mirada oblicua porque necesitaba explicarme el comportamiento de una parte de mi generación, de quienes habíamos dedicado tiempo y experiencia y acumulado renuncias en la vida personal en la lucha por unos ideales que, poco a poco, la década iría esponjando. Por razones que no vienen al caso aunque vinculadas a la lucha urbana en la periferia de Madrid por unos barrios mejores, yo había conocido a brillantes urbanistas, abogados y sociólogos comprometidos a fondo con la remodelación de todo el Madrid periférico: en pocos años, lo que en Orcasitas, el Pozo del Tío Raimundo, Palomeras, El Carmen, etc... eran interminables extensiones de casitas bajas y chabolas, extensos barrizales o zonas de vertederos y marginación, se convirtieron en barrios nuevos con todo tipo de equipamientos y diseñados y construidos con la participación vecinal. Pero ya en aquellos años, comencé a advertir que no todos los urbanistas  pensaban que su compromiso había de durar para siempre. Y quien dice urbanistas, dice profesionales de distintas disciplinas que comenzaban a pensar que su vida no podía depender de los ideales transformadores aprendidos y asumidos como propios en los años setenta. Era demasiado renunciar a poner en valor (un término que triunfaría años más tarde) sus capacidades y a la posibilidad de ascender económicamente gracias a ellas cuando la democracia ya estaba ahí.

En los cócteles, en la actividad cultural de la época, en los recitales, en encuentros de lo más diverso (en el Festival de Otoño de Madrid, en los Veranos de la Villa) se comenzaba a advertir la presencia de los primeros yupies (no venían de fuera, de otro lugar, eran los antaño comprometidos convertidos en sujetos de la transformación). El pantalón de pana o el vaquero con la zamarra o cazadora era sustituído por los trajes, la arruga es bella, de Adolfo Domínguez, el dos caballos o el Dyane 6 dejaba paso a los primeros BMW de importación, y todo comenzaba a ser posmoderno, cool, guay o in. Y lo que fue peor: las reuniones con los vecinos para definir un centro cultural o un centro sanitario comenzaron, para algunos, a ser una "incomodidad" que debería ser sustituida cuanto antes por el planeamiento de grandes promociones inmobiliarias para desarrollar Madrid. La vida y las oportunidades pasaban frente a nosotros y no podíamos perder ese tren: eso contaban algunos que en los años posteriores y lentamente habrían de cambiar de orilla, de ideales, de convicciones.


Yo, como muchos otros que llegábamos del barrio y del compromiso directo vivimos con cierto estupor y no poco dolor ese proceso. Recuerdo que en aquellos años leí mucha novela social de los años 50 y 60 por no entender la promoción que se hacía del realismo sucio americano (Anagrama fue su editorial-emblema)  mientras nuestro realismo (de Aldecoa a Marsé o a Fernández Santos pasando por Ferres o López Salinas) se silenciaba o descalificaba. Leí a los narradores americanos de la generación perdida y leí, de manera muy especial, a algunos escritores centroeuropeos: a Günter Grass, a Robert y a Martin Walser y a un hoy casi olvidado Max Frisch, narrador suizo de lengua alemana cuya obra No soy Stiller, una reflexión sobre la identidad en la realidad contemporánea, acabó convirtiéndose en leit-motiv, casi en motor de Una mirada oblicua.

Ese proceso, sobre todo desde la perspectiva emocional, sentimental, íntima (y, por supuesto, moral), es el que abordo en la novela. Intenté explicarme mi mundo y el mundo de quienes apostaban por otra forma de afrontar la vida. Contradicciones, renuncias, dolor infinito, amores rotos y amores reconstruidos, lecturas, músicas: esa es la experiencia que viven los tres personajes principales: Esteban Neira, arquitecto urbanista, Germán Badía, sociólogo, y Andrea Santos, psicóloga curtida en la vida de frustraciones de las mujeres de los barrios periféricos. Un triángulos amoroso y un mundo cambiante como telón de fondo. De algún modo es también la crónica de la "primera burbuja inmobiliaria" vivida desde las entrañas de quienes la intuimos entonces y en ella se transparentan los efectos de la droga en los más jóvenes: la heroína se llevó en el barrio en que yo vivía, a la casi totalidad de un grupo de amigos.

Enrique Urquijo, un símbolo de la época en que se desarrolla la novela
Al revisar y corregir la novela para su edición digital, he comprobado que más allá de los factores emocionales que explican "tal como éramos" hay otros que me han parecido llamativos: se bebe mucho, sobre todo whisky y ginebra, y se fuma más. Creo que en esa doble afición está la época que la novela refleja. Pero también están los tics que aprendimos del cine quienes nacimos en la España de los cincuenta.

Termino: de la novela escribieron Manuel Vázquez Montalbán en El País, Santos Alonso en Diario 16 o Ángel Basanta en ABC Literario, entre otros. En los próximos días en mi blog La mirada ajena aparecerán algunas de esas críticas.  En el fondo, Una mirada oblicua podría titularse perfectamente Tal como éramos, el espléndido título del memorable film de Sidney Pollack. Pero dejémosla con el título con que apareció.

viernes, 11 de enero de 2013

Un poema rescatado de mi primer libro: "La visita"

Pocas veces aludo a mi primer poemario en mis recuentos bibliográficos. Casi siempre arranco el "catálogo" con El vuelo liberado, aparecido en 1986 en Endymion. Sin embargo hubo uno anterior, publicado también por Endymion, de título algo alambicado y muy metafórico: Poco importa romper con las alondras. Fue un libro de formación, con poemas hechos en ese borde contradictorio en el que suelen nacer los textos en los que se recogen, como material de acarreo, las más diversas influencias. Lo publicó Jesús Moya, nuestro entrañable Jesús Moya, de la librería Fuentetaja, promotor de Ciencia Nueva, editor de Marx y Engels, en su colección poética casi recién nacida, en el otoño de 1980: han pasado nada menos que 32 años y algunos meses. Casi nada.

Vista del cementerio civil de La Almudena. Madrid
Pues bien, en ese libro (todavía recuerdo mi encuentro con el primer ejemplar, oloroso a tinta y a papel, en el sótano de Moya y, después, mi viaje en metro desde la Puerta de Toledo hasta Diego de León, releyendo una y otra vez los poemas, acariciando la portada e imaginando cómo sería recibido por amigos y familiares...) dejé parte de mis recuerdos de adolescente empeñado en ayudar a construir una sociedad distinta, mis luchas de barrio y empresa de la pretransición...  Además, tenía un atractivo especial aquella edición: el dibujo de portada, firmado por el pintor y ceramista Arcadio Blasco, que vivía en aquel momento el favor de la crítica gracias a una exposición que triunfaba en Madrid


Desde hace muchos años, tengo un ejemplar de aquel libro con parte de los poemas corregidos con un fino rotulador de tinta verde. Sin embargo no he podido culminar la tarea (y ni siquiera sé si podré hacerlo en el futuro) salvo en lo que se refiere a un poema: su título, "La visita". Es un poema especialmente querido en el que evoco viejas visitas, cuando era niño, al cementerio civil de Madrid, de la mano de mi padre. Eran visitas semiclandestinas, cautelosas, que tenían, para mi padre, mucho de acto civil de resistencia. Y para mí un atractivo extraño aunque sólo llegué a entender su sentid pleno muchos años después.

En junio de 1979 murió mi padre. Y un mes después, moriría uno de mis poetas de cabecera de aquella época, Blas de Otero. Los restos de ambos fueron enterrados en el cementerio civil. Durante muchos años, mis visitas a ese cementerio tuvieron dos destinatarios. Blas y mi padre.

Aquí dejo el poema "La visita". Es el único hasta ahora salvado de la impericia y de las imperfecciones de aquella época tras un largo proceso de corrección. Ojalá os haga sentir, por un instante al menos, una brizna de las emociones que a mi me llevaron a escribirlo.


LA VISITA
                        A mi padre. In memoriam.

No era
la rutina de una cita de trámite.
                                                         Ni siquiera
el acto tan sencillo 
                                    de cerciorarse
de que seguía allí, en el lugar exacto que ocupara
decenios atrás, con la misma inscripción
sobre la piedra.
                              Cruzar la verja,  contemplar  sin miedo
los pasadizos de tierra entre las tumbas,
respirar los cipreses, los rosales,
las yedras, los pétalos ajados, detenerse
ante los nombres grabados en la piedra
de aquellos que tuvieron
más firme el sueño,
era
          un gesto resistente, un acto de la idea,
cada año y el primero de cada mes de mayo.

Mi padre, hecho de viento puro y de inocencia,
compraba los claveles
para aromar el día y la memoria y yo iniciaba
una senda entre dudas, e intuía que una verdad antigua
respiraba en las tumbas despojadas de cruz y de abalorios,
peladas como frutos mas oliendo a las flores
que habrían de crecer, invisibles semillas
que hoy flotan en el aire dibujando
un signo parecido al porvenir.

Cementerio civil de cada mayo, ciudad adormecida
bajo la noche negra del silencio y la bota,
mi padre, en sus caminos, imaginó la luz en la penumbra,
el agua entre la sed, el deseo y la vida
frente a la pesadilla  tejida sobre el mapa, dueña de las ciudades,
del campo, de la niebla y los talleres...

Mi mano
recibía la herencia y algo extraño
parecía temblar en su apretón nervioso (quizá fueran
los guardias civiles en la puerta
el miedo de aquel tiempo).

Ser niño entonces era
llevar algo de ira en los tirantes y él lo comprendía.

Mi andar menudo y frágil,
mi delgadez casi de tisis,
eran el anticipo de un compromiso en ciernes
y él lo comprendía.

Tal vez por ello,
cada uno de mayo
como si celebrara el mes de los claveles
o el resurgir de la naturaleza,
mi padre me llevaba con él al homenaje
a la boca cerrada, al silencio de niebla
de un cementerio civil que quizá fuera
lugar de libertad casi exclusivo
en aquel tiempo.

Había otros, no sólo estábamos
mi padre y yo entre los cipreses.

Hombres de abrigo gris de hombros hundidos
y codos bien gastados
que con gesto furtivo y solidario
cruzaban con nosotros sus miradas
como extraños destellos
de una luz cierta y, al tiempo, clandestina,
(la presencia de los guardias civiles impedía
la formación de grupos
de más de una persona).

Y dejábamos las flores, casi siempre
la tumba preferida de mi padre
tenía por nombre y apellido Pablo Iglesias,
y, al poco tiempo, nos marchábamos.

Ahora sé que con aquella visita, que no era
la rutina de la cita de trámite,
mi padre levantaba un edificio de esperanza
en la cena en familia, como el hombre  que abre
la puerta a nuevas calles y se mira, orgulloso,
en el espejo del deber cumplido
con la vida diaria y con el hijo
que nada conocía
del tiempo en que él fue joven
y había luz en las calles y la gente soñaba
y, a veces, sonreía.

Viaje por la mala conciencia: LOS FILOS DE LA NOCHE, una novela reescrita. Una nueva novela.

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