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jueves, 8 de noviembre de 2012

Un almuerzo con Antonio Gamoneda y con "Canción errónea"

El último día del pasado octubre tuve la fortuna de almorzar, por iniciativa de Fanny Rubio, con Antonio Gamoneda. Fue en el Circulo de Bellas Artes, ese lugar que ha acabado por convertirse en escenario de casi todos los encuentros que he mantenido en el centro de Madrid con poetas, narradores y amigos con otras dedicaciones en los último años.  El caso es que Fanny había organizado el almuerzo para obtener apoyos para el proyecto "Espacios de Intercreación / Creadores sin fronteras" y para intercambiar impresiones sobre la necesidad de reforzar los niveles de compromiso de los artistas en estos tiempos de recortes sociales y de retroceso democrático.


Éramos siete u ocho comensales, pero el azar (o la premeditación de Fanny) hizo que en un extremo de la mesa nos situáramos, frente por frente, Antonio y yo. Esa circunstancia convirtió el almuerzo en un reencuentro cálido puesto que hacía al menos seis meses que no nos veíamos --creo recordar que no hablábamos desde la entrega del último premio Cervantes a Nicanor Parra (el chileno no estuvo presente por razones de salud,  fue su nieto Cristóbal Ugarte, quien lo recogió en su nombre) en el acto de la Universidad de Alcalá, donde intercambiamos algunas palabras de trámite-- y era una buena oportunidad para pasar revista a la literatura , a España, a Europa y al mundo, sobre todo con el horizonte de las elecciones en Estados Unidos (todos en la mesa apostábamos por Obama y todos, en parte, somos ganadores). Hablamos, claro, del tiempo transcurrido desde la última conversación que merecía tal nombre, cuando, allá por el año 2008, yo trabajaba en el Instituo Cervantes. de las polémicas y los malos entendidos suscitados a propósito de su punto de vista sobre la obra de Ángel González o de Mario Benedetti, de los ejércitos de viudas y de viudos que les nacen, tras su muerte, a los grandes poetas, y de la suerte diversa, que va de la muerte en vida a la actividad intensa pasando por el pulso débil y el electroencefalograma semiplano, que corren las fundaciones a ellos dedicadas. Nacen para difundir, defender y estudiar la obra del fallecido y acaban siendo un campo abonado para la jurisprudencia sobre la materia y las pugnas entre herederos legítimos, ilegítimos y hasta voluntarios que pasaban por allí. Y cuando funcionan bien, las víctimas propiciatorias de los recortes en cultura, como si las políticas conservadoras tuvieran como enemigos declarados a los poetas. Aunque hayan pasado al "club de los poetas muertos".

Sin embargo, la mayor parte del tiempo la dedicamos a charlar, ayudados por el vino y por una comida modesta y sabrosa, de poesía, de su último libro, Canción errónea (que comencé a leer unas horas después, en el Metro)  y de algo tan inevitable y yo diría que obligado en los tiempos que corren como la crisis económica. Yo no sabía en aquel momento que algunos días después iba a aparecer una larga entrevista en Babelia, por lo que buena parte de las afirmaciones de Gamoneda, que, más o menos matizadas, aparecerían en el suplemento citado, me fueron llamativas y sorprendentes.

Siempre he pensado que Gamoneda es un poeta que, en cada libro, en cada poema, se asoma al abismo. Desde Descripción de la mentira, libro de 1977, ha venido tanteando esa sucesión de ventanas oscuras a las que se asomara  la vida y que sólo descubre --cuando las descubre-- el poeta. Recordamos a Gelman, hablamos, casi de pasada, del gesto de Javier Marías (un gesto ya amortizado políticamente una vez que ha transcurrido una semana desde su rechazo del Premio Nacional) y me hizo saber su desconfianza hacia el mundo de Internet y de las nuevas tecnologías: sus vínculos con esa realidad están delegados en Amelia, su hija, espléndida traductora y veladora permanente de la tranquilidad del poeta (ya tiene 81 años y lo merece) y de la integridad de su obra.

Gamoneda habla de manera pausada. Cierra los ojos como si una luz exterior lo deslumbrara y precisara recluirse en su interior para sacar de allí las palabras. Es hombre de origen humilde que contempla aterrorizado el proceso de desmantelamiento que está llevando a cabo la derecha en Europa, en el sur especialmente (con cierta tibieza socialista) para cubrir el pozo financiero de la banca y se le ha ocurrido promover una alternativa que se aleje de la estridencia y la confrontación y descienda al núcleo poblacional más básico: el barrio. Lo cuenta en la entrevista de Babelia y su idea descansa sobre la posibilidad de establecer, a un ritmo lento pero decidido, un circuito paralelo de relaciones económicas que tengan como base el cooperativismo, el desarrollo de la actividad económica local. Frente al poder de los bancos, buscar fórmulas que eludan su necesidad, en las que el ciudadano sea de verdad el protagonista. No son ideas a echar en saco roto. La continua (y creciente) presión del Bundesbank y de la canciller Merkel para que la Europa del Sur siga recortando servicios públicos, derechos y dosis de felicidad colectiva va acabar por obligarnos a buscar alternativas a una sociedad a la que le imponen como labor prioritaria salvar bancos a costa de hundir familias.

Pero Gamoneda es también (sobre todo), poesía con abismo, con estremecimiento, con dolor. Canción errónea está en la estela de sus mejores libros, especialmente de Libro del frío. Es una poesía que, sin perder pie en la realidad, nos araña muy adentro, remueve nuestra memoria y nos pone de frente ante la vida y sus incertidumbres.  Emoción, lenguaje que enamora, descubre y redescubre, rigor y, sobre todo, un enorme caudal de interrogantes, de preocupación existencial ante ese errático e incomprensible fruto que es la vida: una existencia entre dos oscuridades, la previa al nacimiento y la que aguarda al otro lado de la muerte.

Como muestra vale un poema del libro:

"Un desconocido habita en mí. Agoniza y, para agonizar, utiliza
                                                                                 [mi corazón.
Pienso en mi padre enloquecido por la visión de frutos muy frescos, 
     [pienso en el amor y en la morfina. No, no es mi padre. Pero,
     [entonces, ¿quién
agoniza en mí?

Cabe que yo mismo sea el desconocido y que mi corazón no sea mío
     [aunque yo ponga en él sus latidos. Cabe.

En realidad no hay problema. En cualquier caso, yo voy a ser,
     [ya estoy siendo,
huérfano de mí mismo."

He de subrayar que la preocupación social del poeta leonés no es nueva: estos días he recordado la parte de su obra en la que ésta era tan explícita que bordeaba la apuesta que otros poetas (Nora, Celaya, Crémer, Blas de Otero) hicieron escribiendo una poesía directamente comprometida. La editorial Bartleby, en la primera etapa de su serie Lecturas21, reeditó, con prólogo de Elena Medel, un libro emblemático de la poesía de los años 60, Blues castellano. Un libro que si hace unos años, cuando llegó por segunda vez a librerías, parecía haber perdido vigencia en sus contenidos (eran los años del crecimiento, del optimismo colectivo y de la burbuja), ahora, en medio de una crisis a la que no se le ve el final, cobra una actualidad estremecedora.

Cierro con una sugerencia adicional a los libros citados. Entrad en el enlace al documental Escritura y alquimia, un homenaje que distintas instituciones prepararon y publicaron dos años después de que Antonio Gamoneda fuera galardonado con el Premio Cervantes. Disfrutadlo.

jueves, 16 de julio de 2009

Postpoesía, la emoción y los poemas de Déborah Vukušic

Previo: cambio en la portada. La fotografía muestra un hermoso roble desnudo en medio del monte, cerca de Puebla de la Sierra, antes Puebla de la Mujer Muerta. Of course, la foto es mía.
El juego
Hoy me voy a entregar, en esta entrada, a un sugerente juego. Estoy viviendo, casi en paralelo, dos experiencias. Llevo muy avanzada la lectura del ensayo de Agustín Fernández Mallo (perdóneseme la rima) titulado Postpoesía con el que ha quedado finalista del premio Anagrama del género citado: voy por la página 118 y creo que mi destino es interrumpir, en breve, la lectura por agotamiento. La segunda experiencia consiste en lo siguiente: coincidiendo con la Feria del libro de Madrid, por consejo de mi amigo Pepo Paz, me leí de un tirón un poemario conmovedor y lleno de innovaciones formales: su título, Guerra de identidad, su autora, la galaico-croata Déborah Vukušic (Ourense, 1979). El juego consiste en relacionar dialéctiamente una y otra.
Postpoesía: una ficción
Es evidente que el libro de Fernández Mallo (por razones de economía verbal, FM a partir de ahora) es un valiente ejercicio de imaginación que defiende parecidos (si no los mismos) postulados que ya pusieron sobre la mesa las varias vanguardias que en el mundo han sido. Eso sí, con un telón de fondo nuevo: Internet, el mundo virtual, las tecnologías de la información y la comunicación (también denominadas TIC). El canto al fragmento, la redefinición del lema que Marshall McLuhan (¿os acordáis?) acuñó a finales de los años cincuenta, "el medio es el mensaje" son algunos de los soportes del aparato teórico de FM. Sí, no se extrañe el lector. FM nos dice: "Ahora lo importante está en el continente, no en el contenido", y añade: "el nuevo contenido, lo fascinante, la obra de arte es el ordenador en sí, el móvil, la pantalla, y el nuevo continente es el texto que en ellos está escrito". Es decir, "el medio es el mensaje", McLuhan dixit. Y, con el argumento de que la poesía española no ha accedido a la postmodernidad, es decir, no se ha hecho "postpoesía", postula (cita textual) "la necesidad de que los poetas acometan sin complejos la deconstrucción de la poesía, única disciplina que todavía no lo ha hecho".

Digo que el libro es en ejercicio de imaginación que parte de una premisa a mi juicio falsa: es necesario determinar qué tipo de poesía requiere la sociedad del siglo XXI, nos dice FM. ¿Por qué? La poesía del siglo XXI se está escribiendo ya. Lleva diez años escribiéndose desde presupuestos formales diversos, incluido el que él nos propone. La fragmentariadad, el palimpsesto, el texto-mosaico, la integración/desintegración de géneros son propuestas que, con distintas variantes, han estado presentes desde los ismos de entreguerras hasta otros ismos más recientes: postismo, poesía underground, poesía visual, textos de la beat generation y un largo etcétera. Internet, el mundo digital, la mirada global que ello propicia sólo amplían los horizontes referenciales del poema, del texto literario (que son, en el fondo, los horizontes de los seres humanos en su lucha por la existencia), texto que se cimenta en el lenguaje escrito, es decir: en la palabra como elemento insustituible.

La performance, el collage, la combinación de imágenes y palabras, la mezcla de signos científicos con imágenes, la integración de las artes plásticas con otras artes, de éstas con la teoría científica, etc... pueden generar productos artísticos, "arte nuevo", pero no poesía. La poesía es, a mi juicio, palabra reveladora, se construye con palabras, esos mágicos artefactos llenos de significado, y tiene una relación profunda y estrecha con las emociones más hondas del ser humano. Por tanto, Postpoesía no es otra cosa que una obra de ficción que diagnostica muy bien la realidad tecnológica en que vivimos (así lo hicieron los futuristas rusos e italianos ante la sociedad industrial emergente, ante el maquinismo de las primeras décadas del siglo XX) y genera el paradigma falso de dar por muerta la poesía tal y como la entendemos, vivimos y sentimos.

Y... poesía. Es decir: Déborah y su libro

Todo esto me lleva a la segunda experiencia: el libro de Déborah. Se trata de un libro de poemas (en realidad es un libro-poema) escrito con un lenguaje directo, sencillo, pero lleno de esas difíciles iluminaciones que despuntan en ese tipo de lenguaje. Iluminaciones del idioma que encienden luces interiores en el lector, que conmueven, que lo conducen al borde (y nos es sentimentalismo barato) de la lágrima, de la compasión, de la solidaridad más honda. ¿Es postmoderna Déborah? ¿No lo es? Curiosamente, desde el punto de vista generacional, es 12 años más joven que el autor de Postpoesía: nació en 1979 y cumplió los quince años cuando los ordenadores ya formaban parte de la realidad cotidiana de las sociedades occidentales. Se ha criado en la sociedad postindustrial (hablo de occidente, porque tres cuartas partes de la Humanidad están todavía en la preindustrial cuando no en la esclavista), ha crecido en la era de la tan manida postmodernidad y, comparada generacionalmente con FM, podría ser definida como "tardoposmoderna". Pero se pone a escribir poesía y nos habla de su memoria (que es íntima y es colectiva a la vez), de la huella turbia, dramática, cruel, que ha dejado en parte de su familia la guerra de los Balcanes, de la sombra de los asesinatos, de un criminal de guerra muy próximo sentimentalmente, del hondón de las relaciones familiares, del amor y del odio, de la infancia y de la adolescencia, de los sueños realizados y de los amputados, de vida y muerte y enfermedad y miedo, de gozo y risa también. Y lo hace con palabras que evocan, cargadas de sentido, de emoción, con verso corto y musical y seco a la vez, y nos deja boquiabiertos y nos perturba y nos pone frente a nuestros propios fantasmas. Nos sitúa, en fin, ante el espejo de lo que somos: hombres y mujeres ante el claroscuro de la existencia. ¿Acaso las nuevas tecnologías, la globalización, el mundo de Internet han acabado con esa fragilísima condición? No parece.
Termino: ¿es posible escribir un ensayo sobre poesía de casi 200 páginas en el que la palabra emoción no aparece -así es, al menos, en las 118 que llevo leídas-?. Sí: es posible. Pero mucho me temo que el resultado sea un paradigma que no lleva a la poesía, sino a otros lugares. Probablemente a un juego de inteligencia, de imaginación que nace y muere en sí mismo. Déborah, como Miriam Reyes, como Elena Medel, como Carlos Pardo o Julieta Valero (y cito a vuelapluma a algunos nuevos poetas de la era de Internet, que me perdonen los no citados) se han formado a la sombra de los nuevos horizontes tecnológicos y de la post modernidad (sobre cuyos paradigmas habría mucho que decir), pero escriben POESÍA. Moderna, innovadora, rupturista en algunos casos: pero construida con palabras cuyo sentido está arraigado en las emociones más hondas, en las grandes incertidumbres de la condición humana. Como en Juan de la Cruz, o en Eliot, o en Celan, o en Vallejo, o en Machado...

Viaje por la mala conciencia: LOS FILOS DE LA NOCHE, una novela reescrita. Una nueva novela.

En breve, Los filos de la noche, mi segunda novela, estará otra vez en librerías. Oculta desde hace muchos años, ha vuelto entre nosotros c...