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miércoles, 15 de febrero de 2012

La narrativa española en la era del ciberespacio (y II)

Segunda parte del artículo que lleva el de la entrada del post publicado en La Página, dento del monográfico sobre la narrativa española actual. En él abordo, esencialmente, el debate que se ha abierto a propósito de la llamada "literatura mutante" y del hipotético impacto de Internet y las nuevas tecnologías en el artefacto narrativo. Feliz y paciente lectura.
IV
Al igual que en períodos históricos caracterizados por la confrontación o el debate entre vanguardia y tradición (soy consciente de la simplicidad de la fórmula, pero se trata de ilustrar y aportar claridad), la base teórica “mutante” sería que la novela tradicional ha entrado en una crisis irreversible a causa de los nuevos modos de lectura y de la convivencia con la diversidad y complejidad del mundo y de la cultura que al escritor le aporta Internet. El fragmentarismo y, a la vez, la “mirada Google Earth” hipotéticamente global, la desaparición del argumento, la integración de nuevas formas de expresión en lo que fuera sólo texto —el video, la televisión, la fotografía, el dibujo, la música— serían, así, los nuevos ingredientes de la novela. Incluso se llega a afirmar que la realidad poliédrica generada por Internet da lugar a un nuevo “producto artístico” que acaba con la novela como mecanismo narrativo por excelencia.

Entiendo que para las nuevas generaciones esta propuesta aparezca como una opción revolucionaria. Que para sus promotores, desde Agustín Fernández Mallo hasta Eloy Fernández Porta, vaya por ahí el futuro de la novela y que, para ellos, el escritor haya de reflejar, en el artefacto narrativo, el mundo en que hoy vivimos con el universo añadido que conforma el mundo virtual, la realidad de Internet (Vicente Luis Mora, uno de los críticos y narradores que más ha reflexionado acerca de este fenómeno, lo explica así: “Estamos (…) en una cultura donde la televisión, el cine y las nuevas tecnologías dominan el saber común de los ciudadanos, y cualquier cosmovisión literaria que responda a otra cosa, imaginando que ese cambio no ha sucedido, abunda en estructuras sociales anacrónicas”). Pero, a mi entender, se trata de una teoría tan en apariencia revolucionaria como caótica, limitada y endeble. Es más: es una repetición, quizá más sofisticada gracias a las nuevas conquistas tecnológicas, de teorizaciones surgidas en otros momentos ante supuestas crisis de la novela.

"Reading by the Brooklyn Bridge", de Joep R.

Sólo con echar la vista atrás y revisar los manifiestos, análisis críticos y valoraciones prospectivas publicados entonces, nos podemos dar cuenta de que la propuesta revolucionaria no lo es tanto. Ya en los años 20, el collage, la intertextualidad, la interrelación de géneros y de formas expresivas, la incorporación de la imagen, el fragmento y la visión fragmentaria de la realidad estuvieron presentes, con una fuerza no desdeñable, en la creación literaria. Algo similar ocurrió en la década de los sesenta en USA y en Europa (sus efectos llegaron a España a principios de los 70 del pasado siglo generando una narrativa experimental con muy escasos frutos perdurables e influyendo en autores entonces muy consolidados como Cela, Delibes, los Goytisolo —a quienes debemos, por cierto, los mejores logros de aquella corriente—), con una narrativa que, en los casos más extremos, incorporaba el comic, la fotografía, la cultura radiofónica y televisiva y el cine además de proclamar a los cuatro vientos la desaparición de las fronteras entre géneros.  Esas quiebras de la tradición no sólo afectaron —ni siquiera principalmente— a la novela. Tuvieron también sus efectos en la poesía y en el teatro. Por tanto, la idea de la “muerte de la novela” no es, ni mucho menos, hija de la era de Internet. Viene de mucho tiempo atrás, atraviesa la labor literaria de varias generaciones y ha surgido, casi siempre, en momentos a los que podríamos definir como “de crisis civilizatoria”.   

Eduardo Mendoza, Luis Goytisolo y Mario Vargas Llosa entre los escritores, y Vicente Verdú entre los periodistas, además de algunos de los más significativos representantes de la llamada literatura mutante, han escrito sobre la crisis de la novela tradicional. A mi juicio, las reflexiones más lúcidas los proporcionó el premio Nobel peruano en un artículo titulado “La muerte de la novela” publicado en la revista Letras Libres de marzo de 1999, es decir, hace la friolera de doce años. Aunque Internet, entonces, estaba en mantillas y la propuesta “nocilla” no había asomado en el horizonte, considero plenamente válidas para hoy las conclusiones recogidas en su artículo, conclusiones que se sintetizan en la siguiente afirmación: “Miro a mi alrededor y no veo nada que reemplace a la “novela de sofá” en esta manera soberbia de defenderse contra la miseria de esa condición humana que condena a hombres y mujeres a una sola vida, cuando desean tener mil”. Las servidumbres de la condición humana, la lucha cotidiana por sobrevivir, los sentimientos que han condicionado, desde hace milenios, a los hombres y mujeres de cada época (intensificados en los momentos de crisis), son los elementos que están ausentes de la reflexión “mutante”, centrada en la formalización de la obra, en sus ingredientes estéticos, en la metabolización de distintos mensajes procedentes de distintos estratos y pasadizos de la Red.

Enredados en el ciberespacio. Fernando Vicente
Estoy más cerca, en consecuencia, de la narrativa que aun experimentando con el lenguaje, se sustenta en historias, tiene como base un argumento con capacidad de atrapar al lector y de sumergirle, durante un tiempo indeterminado, en la experiencia irrepetible de ser protagonista de una vida construida con palabras por un autor al que no conoce aunque sepa su nombre. Frente al desorden que nos ofrece Internet, el escritor tiene que proponer un orden en la ficción, intentar explicar verbalmente el mundo: entre otras razones porque la novela no es otra cosa. Y las propuestas con las que experimenta la lllamada generación “nocilla” son, precisamente, otra cosa. Llamémosle hipertexto, literatura electrónica, producto multimedia o collage mediático, pero no lo llamemos novela, ni relato. Es probable que la omnipresencia de la Red acabe por alumbrar un artefacto artístico nuevo (de hecho, se está ya experimentando) con una denominación que ahora no se me alcanza, pero no será novela del mismo modo que, una década después de que Internet se haya hecho cotidiano en la vida “laboral” del escritor, nada que sea distinto al poema construido con palabras ha logrado sustituir a la poesía. Y ello es así porque la proteína, la materia prima, la esencia de poesía y novela es el lenguaje.   

V
Del mismo modo que la novela no ha sido un reflejo fiel del desorden o caos de la realidad (ni siquiera las de Thomas Pynchon o John Barth), sino un nivel distinto, elaborado, de la realidad o una realidad sometida a la intencionalidad y destreza del autor en el uso del lenguaje (un salto cualitativo verbal edificado con ingredientes que proceden de la realidad), tampoco será un reflejo del desorden y de la fragmentariedad que Internet nos proporciona.

Ese factor está presente en narradores, jóvenes y menos jóvenes, que considero expresan lo mejor de nuestra narrativa de hoy. Creo, sin embargo, que buena parte de la literatura mutante es la expresión de cierta retirada ante uno de los mayores retos de la novela de todos los tiempos: la creación de una trama, la estructuración de su desarrollo de tal modo que genere interés creciente en el lector y no hastío. Desde esa perspectiva, se puede hablar de cierto estado de crisis de la narratividad en el abordaje del artefacto novela. También (más de un narrador de lo fragmentario me lo ha confesado) de incapacidad para acometerla: es más fácil, más accesible, renunciar a la lógica implacable del argumento (aunque no sea lineal, aunque tenga una apariencia caótica), al objetivo de narrar una historia y dejarse llevar por la fragmentariedad del mundo, por la parcialidad de nuestra percepción, por el asalto desordenado de imágenes e ideas.


Con ese telón de fondo, creo que la narrativa española de hoy (también la latinoamericana, cuyos autores más jóvenes están cada vez más presentes en nuestro ecosistema literario) debe, además, dar respuesta a una pregunta que no hace mucho oí formular a un joven periodista: “¿Existe la novela Las uvas de la ira de la crisis que desde 2008 estamos viviendo en el mundo?”. En esa pregunta está inserta lo que, en mi opinión, es un componente imprescindible de la narrativa hoy (y que lo ha sido de la mejor narrativa de siempre, fuera más o menos experimental): la preocupación cívica, el relato del mundo contemporáneo, los grandes peligros que acechan a la existencia humana, las sevicias que afectan a hombres y mujeres en las ciudades de la España contemporánea (quien dice España, dice Europa, América, el mundo). Novelistas de los ochenta como Rafael Chirbes, el Manuel Longares de Romanticismo, la Gopegui de sus novelas “sociales” (a pesar del lastre que literariamente arrastra por su enfoque dogmático, casi arqueológico, de las relaciones políticas e ideológicas), entre otros, son el anticipo de una nueva narrativa crítica protagonizada por escritores nacidos en las décadas de los 60 y 70 del pasado siglo como Mercedes Cebrián, Isaac Rosa, Julián Rodríguez, Ricardo Menéndez Salmón, Marta Sanz o Rodrigo Fresán. Cierto que sus propuestas conviven con otras, algunas esencialmente esteticistas y otras de un intimismo radical, pero en mi modesta opinión, lo que requiere el momento presente es un aggiornamento de la literatura crítica, de la novela construida con los dos materiales básicos de toda gran obra literaria: lenguaje revelador, búsqueda en el idioma de nuevas posibilidades, y conciencia crítica, mirada disconforme ante un mundo injusto que, además, vive una crisis global de consecuencias imprevisibles.

Todo ello, sin duda, en medio de un turbión de transformaciones en el “arte de la edición”: el libro digital, los nuevos modos de lectura, la búsqueda de nuevas líneas de negocio, la crisis de las librerías y de la edición basada sólo en el libro convencional, en papel. Transformaciones que, sin embargo, no deben difuminarnos el objetivo esencial: salvar la proteína de la literatura, revalorizar el artefacto novela, afirmar, con hechos y no sólo con meras declaraciones de principios, que en narrativa el medio no es el mensaje ni mucho menos. El mensaje (la novela) es un edificio construido con palabras, sustentado en una historia —sea más o menos compleja o comprensible en un primer nivel— y que ofrece una interpretación del mundo, una mirada sobre los otros. También un goce estético imprescindible. Y no otra cosa, ni otro arte, aunque sea legítimo buscar toda suerte de materiales híbridos en el universo de Internet.    

lunes, 21 de diciembre de 2009

Narrativa de hoy: ¿Dónde está la guerra de las galaxias? ¿Cómo se libra?

En la tarde del domingo he dedicado un rato a ver la entrevista que el programa Página 2 de TVE ha realizado a Manuel Vilas a propósito de su novela Aire nuestro. Ha sido una entrevista interesante en la que Vilas ha hecho un canto acrítico a la televisión (una televisión, por cierto, que sólo en la cadena en que lo entrevistaban y en algunos programas marginales de las autonómicas atiende a la cultura, el resto evita los programas culturales o, en el caso de las puramente comerciales, se dedica a programar basura) y en la que, a la hora de juzgar la narrativa española actual, ha afirmado lo siguiente: "Hay escritores que combaten en la guerra civil española y escritores que combaten en la guerra de las galaxias". No está mal la frase. Al menos, como lema publicitario funciona. Pero las dudas surgen cuando intentamos ahondar en su significado y pensar en él en conexión con la realidad social (no con la virutal y catódica, sino con la que afrontamos cada día al salir de casa) y con la realidad literaria. Tanto de nuestro país como de Europa, Estados Unidos o Latinoamérica, por ejemplo. No es difícil recordar la llamada tecnoficción de Pynchon en sus novelas de los años sesenta La subasta del lote 49 o Arco iris de gravedad o pensar en el nouveau roman o en experiencias narrativas de la contracultura. O en el más que superado lema "el medio es el mensaje" (años 50) del visionario McLuhan. La afirmación de Vilas nos lleva a plantearnos, al menos, dos reflexiones.


1. ¿Qué es combatir "en la guerra civil española" y quiénes lo hacen?
La primera tiene que ver con la premisa inicial: se deduce de tal planteamiento que quienes no asumen (o no asumimos) la llamada (para ser pedagógicos) "propuesta nocilla"  estamos combatiendo (literariamente) "en la guerra civil española". Cuando sólo horas antes de la entrevista de Página 2 nos llegaba la noticia, de una actualidad pavorosa,  de que García Lorca ha comenzado a ser el primer gran escritor desaparecido, y no sólo asesinado, del siglo XX, la afirmación de Manolo Vilas no deja de ser, con todos los respetos y con toda mi amistad, un sarcasmo. ¿Se refiere a quienes ejercen una propuesta narrativa moderna, innovadora aunque sustentada en la historia, con argumento?  ¿Se refiere a quienes, como Muñoz Molina, o Chirbes, o Belén Gopegui, o Isaac Rosa, o Menéndez Salmón, o Marta Sanz, por ejemplo, siguen arañando, con una rotunda vocación de modernidad, en la memoria colectiva? ¿O quizá plantea que los escritores abandonen la sombra que todavía proyecta (y proyectará sobre las futuras generaciones: no hay más que ver la perseverancia de la caverna en oponerse a cualquier afán recuperador de nuestra memoria) la guerra civil sobre el comportamiento colectivo de mayores, maduros y jóvenes? Yo (seguro que Vilas también) he vivido la experiencia de preguntar a vecinos, jóvenes y menos jóvenes, de pueblos del norte de Madrid sobre acontecimientos de la posguerra y se han negado a hablar. Diría más: me han hecho saber su miedo (heredado silenciosamente de padres a hijos). Ante esa realidad, ¿qué hemos de hacer los escritores? ¿No combatir ese miedo, no aportar claridad ni proyectar nuestra mirada del siglo XXI sobre las heridas que perviven desde hace 60 años?  Si algo necesita el momento narrativo que estamos viviendo en España es rigor en el análisis y no frases efectistas. La televisión, el comic, el cine, el underground, la publicidad son, sin duda, medios que proyectan contenidos, que comunican. Internet, además, intercomunica, proporciona nuevos contenidos globaliza. Somos, en gran medida, seres televisivos, marcados por la televisión, por la publicidad. Pero la narrativa es lenguaje escrito y crítico, instrumento superador de la banalidad, arte basado en palabras.  
   
2. ¿Dónde y cómo se libra la "guerra de las galaxias"?
Lo primero que cabe decir es que la película (una obra maestra de la ciencia ficción) a la que alude la afirmación de Vilas tiene ya 30 años. Que en ese tiempo ha habido, al menos, dos procesos de renovación/revolución/desestructuración narrativa en occidente. En España también. De esos procesos, las obras perdurables que han quedado se pueden contar con los dedos de una mano. Por tanto, afirmar que los escritores "modernos" (o post) están librando "la guerra de las galaxias" mientras que los antiguos están en la guerra civil española, no deja de ser una afirmación huera de contenido. Entre otras razones porque hay escritores modernos, innovadores, rupturistas si se me apura, que en España afrontan nuestra realidad social con moldes estéticos y literarios "no fragmentarios". Y que en Europa o en Norteamérica ocurre lo mismo: sólo a los sectores más conservadores se les ocurre decir en Italia, en Francia o en Alemania, o en Inglaterra, que hay escritores que "combaten" en la Segunda Guerra Mundial o en la guerra contra el nazi-fascismo (por tanto, no modernos) frente a los que están en "la de las galaxias".  Recordar novelas europeas recientísimas (de dos años para acá) proyectadas sobre la memoria colectiva y, a la vez, radicalmente modernas, como Las benévolas, de Johanatan Littel, o La elegancia del erizo, de Muriel Barbery, o El informe de Brodeck, de Philippe Claudel, o Chesil Beach, de Ian Mcewan o La lluvia antes de caer, de Johanthan Coe, por citar sólo las que he leído y me vienen a la cabeza, haría innecesario prolongar esta reflexión.

Creo que Aire Nuestro es una buena obra narrativa. Lo he dejado escrito en este blog (pinchen aquí). Pero a mi juicio es una obra narrativa valiosa en la medida en que baja de las galaxias y conecta, sobre una base compuesta de personajes reales (algunos inventados) que proceden tanto de la cultura "culta" como de la cultura popular, con nuestra geografía sentimental, con nuestra memoria personal y colectiva. Su estructura televisiva es importante. Pero sin la programación por la que opta, apegada a nuestro universo de emociones y de experiencias, se quedaría subida a la galaxia.
Hasta aquí, mis reflexiones sobre la frase de Vilas. Una aportación a un debate tan imprescindible como esquivado.

Viaje por la mala conciencia: LOS FILOS DE LA NOCHE, una novela reescrita. Una nueva novela.

En breve, Los filos de la noche, mi segunda novela, estará otra vez en librerías. Oculta desde hace muchos años, ha vuelto entre nosotros c...