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sábado, 4 de enero de 2014

De listas y de autores: Chirbes, Blas de Otero, Muñoz Molina. Mi reflexión al margen


Como un crítico más, he participado en el proceso, que se repite cada mes de diciembre, de decantación de los diez mejores libros del año, siempre desde la óptica de los especialistas de Babelia. El resultado es conocido por todos (Libros del año), la selección de cada "especialista" también, y la sistemática utilizada parece las más próxima a una "justicia poética": cada crítico remite una lista de diez, ordenados de mayor a menor importancia y de todos los géneros. Se puntúan de 10 a 1, en el orden enunciado, y los que obtienen más puntos pasan a formar parte de la lista. Más allá de los aspectos técnicos y de la metodología, me parece pertinente reflexionar sobre el resultado y, sobre todo, sobre algunos aspectos que creo especialmente significativos y sobre los que nadie, a mi parecer, ha reflexionado.

El primer dato a considerar es el hecho de que entre los cinco primeros están tres libros de autores españoles. El primero, En la orilla, de Rafael Chirbes. El tercero y el cuarto, la poesía completa de Blas de Otero, editada (¡al fin!) por Galaxia Gutenberg con el cuidado que su obra merece, y Todo lo que era sólido, de Antonio Muñoz Molina, respectivamente.

El segundo dato a destacar, es que la poesía sigue siendo la pariente pobre de la literatura. Aunque en el recorrido global por las valoraciones de los críticos, se refleja la presencia de poemarios (se hacen públicos los cinco mejor valorados en columna aparte) es llamativa su ausencia en la relación de los 20 del ranking principal: sólo la obra de Blas de Otero y Los libros proféticos de William Blake encuentran un hueco en él. En el fondo, esa ausencia no hace sino reflejar el peso que el género tiene en el ámbito lector entendido en sentido global.   

El tercero es la distancia que el contenido de la lista establece con respecto a las listas de libros más vendidos, best-sellers varios (incluidos los de autores editados por el grupo al que pertenece el diario: Pérez Reverte o Jöel Dicker --que ha sido, curiosamente, el más votado por los lectores del diario--, dos "superventas" de la casa, ni siquiera aparecen en la lista, y El héroe discreto, de Vargas Llosa, ocupa el número 14) y tramas vaticanas, mediavales y misterios diversos. Parece que los críticos apuestan por la mejor literatura sin valorar el grado de difusión o venta del libro, algo que debería ser una práctica habitual. Aunque la mayor parte de los títulos están editados por sellos de mucho peso mediático y económico, los hay también editados por pequeñas o medianas editoriales que en no pocas ocasiones han sido situadas en el grupo de editoriales "indie": se destacan libros de Turner, Periférica, Páginas de Espuma o Acantilado. No obstante, todas las editoriales de peso (de Anagrama a Taurus) gozan de un prestigio literario difícilmente discutible aunque alguna de ellas tenga una línea "best-selleriana". Es decir, la selección parece el reverso de la lista de super ventas a la que tan proclives son determinados suplementos literarios.

Sin entrar en enjuiciar el sistema de listas en general, es de destacar el valor que los tres libros de autores españoles tienen desde la óptica del entendimiento de la literatura como instrumento de indagación en la vida colectiva.  Casi treinta años después de que se proclamara, desde los ámbitos crítico y académico (me refiero a los años iniciales de la transición, cuando surge el fenómeno de la nueva narrativa española o se descalifica la poesía "social") el acta de defunción de la literatura atenta a la realidad política y social, de la literatura crítica, en 2013 se ha puesto de relieve que esa apuesta va más allá de un momento histórico determinado, que tiene, desde El Quijote y desde los primeros cantos de juglaría, un carácter estructural, que está estrechamente vinculada a la condición del escritor como ser social con independencia de la aventura estética o formal que emprenda. 


En la orilla, colofón imprescindible de la que podríamos calificar como "novela de la burbuja", de la que es autor también Rafael Chirbes, Crematorio, es una novela enorme que disecciona la realidad de nuestro país, inmerso en la crisis económica. Una novela de alta calidad literaria que, a la vez, actúa como instrumento crítico, toca la raíz del boom inmobiliario en la costa mediterránea y establece un contraste acerado, muy duro entre los paraísos ilusorios construidos con corrupción y absoluta falta de ética y el paisaje desolador que la crisis que se inicia en 2008 ha aflorado en nuestro país, especialmente en la zona de la costa que fue paradigma de especulación, optimismo económico y burbuja.  La miseria, la experiencia al límite de la inmigración que queda varada entre el paro, el retorno al país de origen y un subempleo cercano al esclavismo, o los modos de supervivencia de empresarios que tuvieron el mundo (y el poder institucional de ayuntamientos y diputaciones) a sus pies y que han derivado a la ruina o a la dependencia de mafias que reclaman deudas. Un retrato crudo, escrito con un lenguaje transparente y lúcido y, a la vez, creativo y exigente, que consolida a Chirbes como uno de los grandes cronistas de la realidad contemporánea de nuestro país.


La obra completa de Blas de Otero, que incorpora muchos poemas inéditos, es otro aldabonazo en nuestras conciencias. Blas de Otero murió en 1979. Dejó un libro inédito, Hojas de Madrid con la galerna, que se publicó en 2012, muchos poemas por publicar. Es un poeta en las antípodas del poeta encerrado en su torre de cristal. En tiempos de indignación frente a gobiernos que se someten a los dictados de poderes económicos incontrolables y en una sociedad que vive, día tras día, procesos de regresión impensables solo un lustro antes en materia de derechos humanos, de protección social, de servicios públicos, el poeta implicado en esas preocupaciones cobra una vigencia fundamental. Blas de Otero estuvo ahí en tiempos duros… Y Blas de Otero, como si Sabina de la Cruz, su editora (con Mario Hernández) y compañera, hubiera decidido restituirlo a las nuevas generaciones, está ahí en tiempos que parecen mirar más a la década de los 70, cuando él iba de barrio en barrio y de plaza en plaza leyendo sus poemas, que a un siglo XXI de democracia avanzada y de libertades. Blas de Otero era, además, mucho más poeta de lo que algunos bardos del culturalismo sospechaban: su último libro y buena parte de sus poemas inéditos son una muestra de su permanente indagación en el idioma, de sus preocupaciones formales y del logro de un equilibrio difícil entre el tono directo, realista, casi conversacional, y la metáfora innovadora e imprevista.  Es de destacar que el aliento de fondo de la obra del autor de Ancia está presente en buena parte de la poesía española de hoy. Incluso entre los cinco libros mejor clasificados en ese género, podemos encontrar dos títulos en los que la crítica a la realidad presente es consustancial es consustancial al discurso poético (Insumisión, de Eudardo Moga, y Nueva York después de muerto, de Antonio Hernández) y uno que, pese a su carga intimista, presta una atención especial a las contradicciones de una realidad nada apacible: Escritos en la corteza de los árboles, de Julia Uceda..

En Todo lo que era sólido, Antonio Muñoz Molina acomete una disección de la evolución de España y de sus representantes políticos en el período que va del comienzo de la transición hasta los tiempos actuales, marcados por la crisis. Es un libro de reflexiones con un tiente marcadamente oscuro que responde a esa exigencia no escrita que algunos escritores asumimos de atender al mundo circundante, de diseccionarlo, de criticarlo. Sin embargo, a mi entender es una crítica en la que el autor tiende a simplificar los procesos políticos y sociales, a analizar la realidad desde una lente no siempre objetiva aunque lo pretenda, y a generalizar y fijar doctrina a partir de  experiencias personales (algunas procedentes de su ejercicio como director del Cervantes de Nueva York que conocemos ahora y no entonces) no siempre generalizables. Muñoz Molina tiene una larga trayectoria como articulista. En esos trabajos ha combinado la crítica, muchas veces acerada y exacta, otras hiperbólica y sin matices, con una suerte de voluntad prescriptora que roza el alegato o el recetario, sobre todo cuando aborda la memoria histórica, la educación o la realidad plurinacional de España. En Todo lo que era sólido hay mucho de ello. Y todo lo que tiene de certero cuando aborda la corrupción, cuando denuncia la inconsciencia y la ambición especulativa que acompañaron a la burbuja (no sólo inmobiliaria), se agrieta cuando silencia o ignora las grandes conquistas sociales, culturales, educativas que han formado parte, también (y de manera absolutamente destacada) de los últimos 35 años de nuestra Historia.
 
En Todo lo que era sólido resulta especialmente difícil de entender la valoración como “excesiva” de la Ley de la Memoria Histórica, descalificándola desde la equidistancia: “En 2006, las noticias más urgentes eran casi siempre del pasado”, afirma. Y prosigue: “Excavaciones de fosas de ejecutados e indagaciones judiciales sobre verdugos muertos treinta o cuarenta años atrás ocupaban aquella extraña actualidad en la que el presente casi no existía sino como reiteración fantasmal de las confrontaciones sanguinarias de hacía tres cuartos de siglo”. Pocos críticos han resaltado esta frase (hay otras de parecido tono). Olvida Muñoz Molina que las fosas se abrieron por exigencia de familiares de las víctimas, de los desaparecidos o fusilados. El problema del pasado de hace tres cuartos de siglo no es de equidistancia. Entre otras cosas porque estamos en un país en el que en muchos pueblos todavía no es posible hablar con libertad de aquellos años. Es de simple justicia. Cuando en plazas, calles y avenidas se mantiene aún nombres de la dictadura o existen iglesias con el “Caídos por Dios y por España” bajo el yugo y las flechas, la apelación a la renuncia tiene algo de agresión. Muñoz Molina, que establece en el libro multitud de comparaciones con la civilidad de otros países europeos, no se plantea, sin embargo, si sería imaginable en Alemania, o en Italia, tropezarse con avenidas de Adolfo Hitler, o de Göering, o de Mussolini en muchos de sus pueblos. En España sí. Incluso siete años después de promulgada la Ley de Memoria Histórica.    

viernes, 2 de julio de 2010

De entre los poetas semiocultos surge José Luis Prado Nogueira

Desde mi ya lejana adolescencia he sentido una especial atracción por los poetas semiocultos. Por los poetas que, pese a contar con una obra de una gran calidad, jamás saldrán del cuasi-anonimato o serán conocidos de manera oblicua y vergonzante por unos cuantos iniciados. Unas veces pertenecen a la siempre atrayente secta de los "malditos", aunque he de reconocer que en este caso el nivel de ocultamiento es reducido: pensar en Leopoldo María Panero, o en Alfonso Costafreda, o en Miguel Labordeta, por no aludir al canónico (dentro del "canon del malditismo") Rimbaud, o al no menos canónico Edgar Allan Poe o al prematuramente fallecido  (y más cercano en el tiempo) Javier Egea es hablar de poetas muy conocidos, estéticamente raros y de vida tan rara o heterodoxa como su propia obra. Pero otras veces, las más, forman parte de la secta de poetas poco amigos de las sectas, de los resistentes a los círculos de influencia, a las corrientes dominantes (y no dominantes), a la vida literaria y sus servidumbres en definitiva. Me refiero a los poetas cuya vida profesional se desarrolla lejos del mundo poético aunque vivan la poesía con intensidad de devotos. Poetas que publican muy de vez en cuando y cuyos libros,  cuando lo hacen, aparecen en sellos casi desconocidos o en proyectos editoriales de vida escasa y precaria, a esos poetas casi sin nombre a los que, en algún momento, cuando coincido con amigos de vasta cultura poética --me ocurre con Antonio Martínez Sarrión, con Eduardo Moga, con Félix Grande, me ocurría con Diego Jesús Jiménez--, rescatamos para apasionarnos en un diálogo lleno de descubrimientos mutuos que, antes de confesarnos, creímos devociones secretas, quizá intransferibles, de cada uno. Entonces, con alegría, descubrimos complicidades imprevistas, lecturas en paralelo de muchos años atrás, devociones inesperadas.

Otros poetas, hoy semiocultos, tuvieron sus días de esplendor e inexplicablemente, quizá debido a la pasión por la desmemoria de cada nueva oleada de poetas/críticos/profesores, tendente a afirmar las nuevas corrientes enterrando a los predecesores, haya sido decisiva en ese injusto enterramiento. Ese es el caso del ferrolano, nacido en 1919, José Luis Prado Nogueira. Si bien he dedicado muchas horas a leer a algunos poetas semiocultos (Juan José Cuadros, Julio Garcés, Gabino Alejandro Carriedo, José Luis Hidalgo, Justo Alejo...), he de reconocer que en la poesía de José Luis Prado Nogueira he encontrado siempre pasadizos a emociones muy personales, muy hondas.

Para quienes lo desconozcan, diré que fue un poeta lateral de la generación del 36 hoy prácticamente olvidado, militar de profesión,y autor, sobre todo, de dos emotivos e intensos libros, Oratorio del Guadarrama, una colección de poemas, publicada en 1956, en la que reconstruye la estancia en un pueblo de la sierra durante un verano de finales de los años 40 en la que el hijo enfermo, niño aún, ha acudido para "sanar su pecho", y Miserere en la tumba de R. N., una honda y rigurosa elegía a la madre de imprescindible lectura para las nuevas generaciones de poetas y lectores. Tuvo muy estrecha relación con el grupo que, encabezado por José García Nieto, publicó la revista Garcilaso, lo cual significa que ideológicamente, al menos durante un tiempo (como Ridruejo, como Rosales, como tantos otros escritores de la época), se situó en las cercanías de Falange aunque en 1971, ante la pregunta que le formuló un periodista sobre lo que significó para él la Guerra Civil respondió con una extrema lucidez: "Algo abominable que ultrajó mi juventud", dijo. Además, tal y como he dicho más arriba, era militar. Militar y marino en tiempos de Franco. 
Pero la poesía, la buena poesía, incluso contra la voluntad de sus autores, es libertad pura, se escapa a los moldes ideológicos y toca la médula de la existencia, tanto en el plano estético como sentimental. Tal es el caso de la de Prado Nogueira.

¿Cómo llegué hasta sus poemas? Recuerdo, de manera borrosa, algún ejemplar de la revista, creo que editada entonces por el Instituto de Cultura Hispánica, Poesía española, que encontré entre viejos papeles en un centro de la antigua Sección Femenina de la UVA de Hortaleza, mi barrio de entonces, de 1968 ó 1969. En aquella revista él firmaba un poema de Oratorio que me llegó muy hondo. Creo recordar que se trataba del poema que abre el libro. Después, la dinámica de la propia vida y las exigencias de la lucha clandestina me llevaron a los poetas sociales, a Blas de Otero y a Gabriel Celaya, o a los poetas más críticos del 50, y el deslumbramiento provocado por el poema de aquel desconocido fue difuminado por el paso del tiempo y por la construcción de la España democrática.

Laguna de Peñalara. Sierra del Guadarrama

Muchos años después, en alguna de las veladas de conversación, humo y vino con que los poetas amigos nos conjuramos para perjudicar la salud y afinar la intuición literaria y poética, recapitulando sobre la poesía leída a lo largo de nuestra vida, Félix Grande se refirió a Oratorio del Guadarrama. De inmediato, recordé mi vieja lectura y sentí la necesidad de leer el resto de los poemas de aquel libro de tan bello título. Félix me dijo que tenía un ejemplar de la primera edición, se comprometió a fotocopiarlo y desde entonces aquella fotocopia forma parte de mis lecturas reincidentes. Después, la Universidad Popular de San Sebastián de los Reyes lo reeditó junto a Miserere. Es una poesía directa, cordial, cómplice, casi conversacional, escrita en una segunda persona que dialoga, en cada poema, con el hijo. La Peñota, el pueblo de Los Molinos, Peñalara o La Maliciosa son realidades geográficas de la sierra del Guadarrama en las que vive, también, parte de mi infancia y de mi primera adolescencia. Quizá se deba a esa relación entre la experiencia del poeta y mi propia vida lo que me hizo sintonizar, desde el primer momento, con aquel libro. En todo caso, no me duelen prendas en afirmar que al igual que me conmueve la mejor poesía de Blas de Otero, o de Raymond Carver o de Miguel Hernández, por ejemplo, me emocionan los poemas más íntimos y entrañados de Prado Noguerira, o de Rosales, o de Luis Felipe Vivanco. Porque la poesía es una materia viva  que, una vez creada por su autor, adquiere autonomía, respira por sí misma, se hace carne en cada lector que se acerca a ella. En otra palabras, si es buena, si responde a las más profundas incertidumbres del ser humano de siempre, es, incluso contra la voluntad de su autor, revolucionaria.

Hoy, trasteando con Internet, he comprobado que la primera edición, en Ágora, de Oratorio del Guadarrama, se ha convertido en un objeto de culto, que se vende, en el mercado de libro antiguo de la Red al precio de 149 dólares.  Como homenaje a ese primer recuerdo de mi lectura de Prado Nogueira, os dejo dos fragmentos del poema "La nueva vida" con que se inicia el libro:

LA NUEVA VIDA
Guille, querido hijo, hace dos años
que vinimos aquí a sanar tu pecho
con un dinero que nos dio la abuela.
Ahora estás a mi lado, contemplando
el cielo aquel que devolvió tu vida
a nuestras vidas. Ahora, en tal minuto,
dos años más crecido y más hermoso,
dos años más entero hacia la vida,
dos años más maduro hacia tu muerte,
me sonríes, cogidas nuestras manos.
Ese que miras es el sol de agosto
de blanca luz reluciente, pero el mismo
sol de un pasado agosto, más maduro
dos años, y también hacia su muerte,
que te ha sido devuelto
más intenso, más vívido, más puro,
más gemelo de ti, tu sol hermano.

(..................................)

Queda la tierra en soledad, abierta
a la inquietud de tus atentos ojos.
Queda un circo de montes con bellísimos
nombres de pila: La Peñota, Siete
Picos, Montón de Trigo, Peñalara
más allá, más allá La Maliciosa.
Mira qué grandes montes se inventaron
para tu pobre pecho. Resplandecen
en la azul cercanía. Hay un enigma
umbilical, una invisible arteria
con latido común entre su bronca
y solemne hermosura y la exquisita
pulcritud de tus hilios pulmonares,
entre su anchura silenciosa, inerte,
y tu complejo aliento, destilado.

Viaje por la mala conciencia: LOS FILOS DE LA NOCHE, una novela reescrita. Una nueva novela.

En breve, Los filos de la noche, mi segunda novela, estará otra vez en librerías. Oculta desde hace muchos años, ha vuelto entre nosotros c...