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jueves, 17 de noviembre de 2011

Lo esencial: el mundo de la cultura y el 20-N

John Steinbeck
Durante los años treinta y cuarenta del siglo XX, el mundo de la cultura vivió de manera intensa las consecuencias económicas y sociales del crack del 29. Hoy no nos es posible desvincular las grandes novelas de Steinbeck, de Faulkner, de Dos Passos o la poesía de Carl Sandburg, o Edgar Lee Masters, de aquella dramática coyuntura. El mundo, conmocionado por una crisis estructural, intentaba primero explicarse las razones que habían llevado a millones de familias a la miseria y, después, encontrar soluciones que permitieran su reconstrucción sobre unas bases distintas. En esa tarea, la labor de escritores, cineastas y artistas plásticos fue de una gran importancia.

Aunque no hubiera una relación mecánica entre cultura y política, las preocupaciones de fondo de la literatura de la época estaban relacionadas con un impulso de las ideas redistributivas que se abrían paso en la economía en la posguerra norteamericana y europea. Galbraith sucedía a Keynes y en Europa la clave de una sociedad atenta a los más débiles descansaba en la creación de poderosos sistemas de protección social y de eficaces servicios públicos, desde la educación o la sanidad hasta el sistema de pensiones. La literatura crítica no sólo denunciaba las injusticias o recuperaba la memoria colectiva más dramática —Grass, Böll, Martin Walser, Hesse, Camus, Sartre, los “jóvenes airados” de Gran Bretaña —, sino que coadyuvaba a tales avances en el convencimiento de que en cada paso en esa dirección había un empeño moral, un paso hacia la felicidad colectiva. Los mercados o tenían conciencia de la necesidad de limitar beneficios a favor de una sociedad menos injusta o una prevención enorme ante las exigencias de sindicatos y otras organizaciones sociales y ante el referente igualitario que suponía la mera existencia del comunismo en el Este. Y, en tanto, la literatura descendía a las realidades sórdidas, dibujaba las contradicciones sociales o realizaba prospecciones sobre el futuro (Aldous Huxley, George Orwell) en busca de sociedades menos vulnerables a los azares de una economía que, pese a todo, se sustentaba en la lógica del beneficio propia de toda sociedad de mercado. Leyendo las memorias de Günter Grass, o revisando la historia del Grupo 47, parte de cuyos miembros fueron soporte de las campañas electorales de Willy Brandt o activistas contra toda mirada complaciente hacia un pasado ignominioso o contra los retrocesos sociales, se advierte que históricamente el intelectual progresista ha combinado la crítica a la fuerza hegemónica de la izquierda, el SPD, con el apoyo firme en momentos decisivos

En España, la relación del intelectual con la política, especialmente con la izquierda representada en el PSOE, tiene algo de ciclotímica. A grandes idilios suceden gigantescas desafecciones. También aparece marcada por la culpa, por la mala conciencia y por la desconfianza. Incluso hoy, en medio de la más grave crisis en ochenta años, no es difícil encontrarse con la mirada simplista, con la actitud equidistante, con la renuncia a intervenir más allá de lo testimonial. Es casi un lugar común la reiterada tendencia a sucumbir al desencanto, a convertir errores políticos coyunturales (por ejemplo, reconocer tardíamente la crisis) o renuncias marcadas por la dureza del contexto (ejemplo: evitar el rescate y la intervención de nuestra economía en mayo de 2010), en excusas para la enmienda a la totalidad, para la descalificación al conjunto de una política. Es decir, a ser, más que la conciencia crítica del partido mayoritario de la izquierda o el prescriptor del voto a partidos minoritarios, el soporte intelectual de las posiciones abstencionistas, del voto en blanco, de un apoliticismo ácrata cuya consecuencia última (seguramente no pretendida) es facilitar el acceso al poder de la derecha. Falta el término medio basado en el rigor en el análisis, en la frialdad de mente frente a la tentación de la demagogia.

Günter Grass fue activista  en las campañas del SPD
Estar con el 15-M no es, a mi juicio contradictorio ni con el voto ni con la claridad de ideas respecto a la necesidad de apostar por un gobierno más sensible a las políticas reequilibradoras. No se trata del mal menor, sino de rigor, de coherencia. De evaluar, junto a la crítica a las derivas erráticas de un gobierno y a la exigencia de más democracia y más transparencia, qué propuestas permiten avanzar en la Europa social y limitar el poder de los mercados (pese a las nada desdeñables dificultades objetivas), afirmar la civilidad, profundizar la democracia, dignificar y extender la cultura, la educación, el laicismo, los servicios públicos, las políticas por la paz, la afirmación y ampliación de los derechos individuales y colectivos, comenzando por el derecho a la vivienda y acabando por el derecho al aborto, o al divorcio o a una radiotelevisión pública plural y volcada en objetivos de calidad, en la erradicación de la zafiedad y de la telebasura.

Ése es el núcleo, el elemento esencial ante el que el intelectual progresista no puede ser neutral aunque sea crítico, incluso radicalmente crítico, con el balance de un gobierno. Stéphan Hessel, autor de Indignaos y nada sospechoso de conformismo, lo dejó claro en Madrid el pasado mes de septiembre cuando presentó su ensayo Comprometidos. Vino a decir que admiraba a Zapatero y que en caso de tener que votar en España, optaría por el candidato socialista. Demostraba, con ello, clara conciencia de la complejidad de la realidad española y europea y de la necesidad de evitar el triunfo de las políticas más retardatarias y ultraliberales. Más que voto útil, se trataría de responder a una pregunta básica: ¿quién puede contribuir mejor a los avances democráticos, a abrir vías de participación, a establecer un diálogo con los movimientos sociales y culturales, incluso con el 15-M, a establecer mecanismos reguladores en el funcionamiento de los mercados? La respuesta parece obvia.

Al igual que sería un contrasentido castigar a Obama por perder —si así ocurriera al final— la batalla por la sanidad pública y posibilitar con ello un gobierno inspirado por quienes la ganaron y por el tea party, castigar al PSOE por parecidos “pecados”, no llevará, seguro, a un gobierno más a la izquierda, más reequilibrador y más democrático. El resultado, más bien, se situará en las antípodas. Y… ¿por cuánto tiempo? He ahí el nudo del problema: la cuestión esencial que el voto (o la abstención) dirimirá. Ni más ni menos.

martes, 30 de noviembre de 2010

El cuarto de trabajo, nuestro gato y William S. Burroughs

A Malva, en su cumpleaños

Un mundo puede ser a veces una habitación, un cuarto de trabajo. Sus habitantes, algunos objetos en apariencia intrascendentes pero esenciales, que te hacen sentirte más protegido, acompañado, extrañamente feliz mientras escribes. Siempre que me siento ante el portátil en esta pequeña habitación recuerdo mi lectura del Diario de una novela (Las cartas de Al este del edén), de Steinbeck: sus pequeñas manías, sus devociones, la altura de la silla, sus lápices, los cuadernos, la mesa de trabajo, las tareas cotidianas.... Un recipiente de barro donde colocar bolígrafos, rotuladores, estilográficas sin tinta o con la tinta seca, lápices inútiles, algún clip y un par de cartuchos de tinta que nunca se usarán. Una grapadora que sólo grapa borradores de poemas, algún artículo largo para releer en el salón y facturas o recibos bancarios.  Un cuadro hecho con cuerda entrelazada, quizá con macramé, elaborado por las alumnas del centro de educación de adultos de Entrevías en el que se dibuja un búho lector, o una lechuza, quién sabe. Un viejo aparato de radio nacido en los días en que escuchar Hora 25 era casi un acto heroico. Por supuesto, sin pilas y con el sonido algo perjudicado cuando se las pongo. Libros, muchos libros como seres vivos que concentran briznas de otro tiempo, pensamientos abolidos, sueños que quedaron en el camino, horas de felicidad, olvidos. En el refugio del valle están los libros de otro tiempo, libros amados que han acompañado mi biografía hasta conformar mi educación literaria, cívica, sentimental.  Aquí están los premios Adonais de principios de los 70, pequeños volúmenes ya amarilleados que un viejo impresor del barrio de Tetuán me regaló en un día remoto en que acudí a su imprenta porque me habían dicho que podía imprimir en offset documentos clandestinos. Aquí está la literatura política que nos convenció de la oportunidad del eurocomunismo, y los libros de ensayo de Poulantzas, Althusser, el primer Chomsky, Berlinguer, Garaudy, la Harneker en las irrepetibles ediciones de Siglo XXI. Un óleo sobre table de María Elena Rego que data de 1976 y en el que se recrea un paisaje rural de Soria, pequeños recipientes de barro que antaño acogieron riquísima cuajada y hoy sólo lápices, borradores, algún pen drive con archivos no conocidos u olvidados, grabados quién sabe cuándo, libros de poemas de Bartleby, esa colección en paralelo que uno desea tener a salvo de los saqueos de los amigos, una pequeña copia de un grabado de Picasso con un marco tosco de madera de pino, viejas novelas, restos de la antigua colección Reno, de Plaza y Janés (Morris West, Fernández Flórez, Somerset Maugham), libros de Endymion, o de la granadina colección Genil de poesía, disquetes sin uso... Y, en un lugar preferente, aquellos primeros libros de poemas leídos con la pasión de quién descubre en la lejanía casi borrosa de finales de los sesenta: los dos tomitos, en Austral/Espasa con la poesía completa de Gerardo Diego, los olvidados Juan Rejano o Pedro Garfias, una antología, en dos tomos de la vieja Taurus, con Poesía española de testimonio, de José Gerardo Manrique de Lara, una colección de poemas de Jenaro Talens titulada El vuelo excede el ala. Y novelas de autores desconocidos, viejas novelas no leídas que quizá duerman para siempre el sueño de los justos en uno de los estantes. Allí, en el refugio, está la vida. Convertida en tiempo, en palabras, en libros y en objetos.  Y sobre la mesa, la ventana que da a un jardín vecino pero que, si elevo un poco la mirada, me enseña las copas de los fresnos y, al norte, los contornos del monte de la Cruz, el que da sombra al pueblo y custodia los sueños de algunos de mis personajes. Sobre todo, los de Verano..

El gato y W. S. Burroughs

A veces entra en la habitación un gato negro. Se llama Parchís, así lo bautizó mi hija el primer día que entró en casa --fue un día de otoño de 1998, un día frío y desapacible en que constatamos que había sido destetado y abandonado a su suerte por su madre--. Ha cumplido doce años y la biología y el veterinario ya lo consideran viejo, pero yo lo observo a veces como cuando era un gato joven, tal vez adolescente, casi con la vitalidad de entonces. Un gato negro de ojos dorados que a veces se me queda mirando mientras escribo como si cavilara o soñara. Un gato castrado que ronronea, que ha aprendido los vicios y costumbres de cada uno de los que habitamos lo que aquel remotísimo día de otoño comenzó a ser su hogar, que vuelve con nosotros, de vez en cuando, a este lugar, patria de origen, en el que recupera la infancia, sube a los árboles, corre por el jardín, sube a los muros. 


Parchís, nuestro gato
Burroughs, el autor irreverente, rupturista de Yonki, o Marica, o Los chicos salvajes, fue un enamorado de los gatos. A lo largo de su vida tuvo muchos y de los más diversos pelajes. De esa experiencia nos dejó un maravilloso libro, lleno de pasadizos al misterio y de experiencias vividas con gatos de orígenes variados. Tales experiencias las contó en un libro de título más que ilustrativo: Gato encerrado. Lo publicó, en una edición limitada, en 1986 y Edicions 62, en ediciones El Aleph, lo hizo en lengua española en 2007. Se trata de textos breves, auténticos poemas en prosa, en los que Burroughs deja respirar, sin cautela, sus emociones y evoca fragmentos de vida relacionados con algunos de sus más queridos gatos. Quien haya tenido en casa un gato sabe que es un animal envuelto en misterio, observador incansable que parece guardar, detrás de la belleza de sus ojos, algún secreto relacionado con el sentido de su especie que todos sus miembros heredan generación tras generación sin revelárselo a nadie. El libro de Burroughs me ha atrapado desde el primer fragmento. Como homenaje a Parchís, nuestro gato negro que ha debido cumplir doce años este otoño, aquí os dejo una muestra de este libro extraño, inquietante: 
Burroughs con uno de sus gatos
"Agosto de 1984.James estaba en el centro entre Seventh y Massachusetts cuando oyó a un gato maullar con fuerza como si estuviera sufriendo. Se acercó a ver cuál era el problema y el pequeño gato negro saltó en sus brazos. Se lo trajo a casa y en cuanto me abrí una lata de comida para gatos la pequeña criatura saltó sobre el aparado y se precipitó a por la lata. Comió hasta perder la figura (...). Le he puesto el nombre de Flecht. Es todo brillante y reluciente y encantador, la gula convertida en inocencia y en belleza. Fletch, el pequeño expósito negro, es un animal exquisito y delicado de brillante piel negra, pulcra cabeza como la de una nutria, esbelto y sinuoso, de ojos verdes.
A los dos días de estar en casa y saltaba encima de mi cama y se acurrucaba contra mí, ronroneando y poniéndome las patas en la cara. Es un macho sin castrar de unos seis meses con salpicaduras blancas sobre el pecho y el estómago."

Viaje por la mala conciencia: LOS FILOS DE LA NOCHE, una novela reescrita. Una nueva novela.

En breve, Los filos de la noche, mi segunda novela, estará otra vez en librerías. Oculta desde hace muchos años, ha vuelto entre nosotros c...