Nuestro barrio se extendía en la periferia norte de Madrid. Lo llamaban barrio de la UVA de Hortaleza y había sido construido por el Ministerio de la Vivienda de entonces para acoger a los habitantes de los barrios de chabolas, entre los que mi familia se encontraba. No eran viviendas mucho mejores que las casitas bajas que las excavadoras derribaron, tenían carencias de todo orden (la nuestra medía 40 metros para cinco de familia) pero eran nuevas. Allí vivíamos aquel mes de julio.Mucho tiempo después, quizá en 1992, o en 1993, en la noche del 20 de julio, en homenaje y recuerdo al padre que aquella noche contemplaba conmigo la pantalla en blanco y negro, al hombre que murió una noche, también de verano, de 1979, a quien sólo vivió un año de democracia después de esperarla durante 39 años, al hombre que se me fue prematuramente sin que pudiera hablar con él de tantas cosas, de tantos sueños, de tantas esperanzas posibles -siempre que me acuerdo de él, no puedo sino evocar el título de un libro breve del portugués José Luis Pexoto titulado Te me moriste, padre-, escribí un poema que titulé "Recuerdo con luna". Forma parte de mi libro La densidad de los espejos (Premio Hispanoamericano de Poesía Juan Ramón Jiménez 1997) y dice así:
Recuerdo con luna
“Fue el verano en que el hombre pisó por primera vez la luna.
Yo era muy joven entonces, pero no creía que hubiera futuro”.
Paul Auster
Hoy recuerdo la noche de verano del sesenta y nueve: afuera
la calima aquietaba la brisa y daba densidad
al tiempo en claroscuro en que habíamos crecido.
El hombre pisaba al fin la luna
y mi padre rondaba los cincuenta.
Era el verano del amor a tientas y de la paz ficticia.
Apenas conocíamos el color de la tinta que hablaba en el abismo,
la espesura sin fronda de un mundo subterráneo,
de casi aparecidos.
Sí. Yo sé que entonces el mundo limitaba
con las cuatro fronteras de mi calle. Que el corazón tenía
su agujero en la casa de niebla de mi barrio,
que el padre aún respiraba el olor algo acre de todos los barnices
y que olía a madera, a colas y a amargura
su ropa al fin rendida en el sofá gastado de la noche
mientras Armstrong tanteaba la luna a paso lento.
Yo sé que esta memoria de aquella noche de bochorno y ceniza
que a cerveza me sabe y a silencio,
es una puerta extraña.
La he abierto hoy, de madrugada,
para encontrar al otro lado no la luz indecisa
de quien fuera, sin saberlo, adolescente,
sino un dolor sin forma, un lastre ambiguo,
el turbio fotograma de un tiempo desflecado.
Sé que me fui. Que abandoné el salón
en el preciso instante en que el hombre pisaba al fin la luna.
Y que mi padre me miró de paso, y que en sus ojos
tembló un destello, acaso la certeza
de que otra luz llegaba
y no era suya.
Y recuerdo, ¿por qué?, la noche en el jardín,
la palidez exhausta de la luna de julio,
el pliegue lateral donde apuntaban las primeras señales
de la huida, esa indigna presencia
que me plantó en la vida sin elección posible.