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domingo, 9 de diciembre de 2012

López Andrada y el lugar de la niebla y la derrota

Hace algo más de un año recibí un hermoso libro de Alejandro López Andrada, Las voces derrotadas. Los azares y prioridades de la crítica en los periódicos no siempre permiten abordar libros de un alto nivel de calidad con el tiempo suficiente. El tiempo de la crítica de poesía en la prensa es lento, exasperantemente lento y muchas veces injusto. Las voces derrotadas fue una de las víctimas de esa lógica y Alejandro López Andrada su principal damnificado.

Alejandro López Andrada
Alejandro es un poeta que entra dentro de la categoría de los que en este blog vengo a denominar "poetas laterales": por su opción poética centrada en la naturaleza y en la memoria, pero también por su circunstancia existencial: vive en medio de la sierra de los Pedroches, en la Córdoba rural y profunda, lejos de la turba ciudadana y del rompeolas literario --que a veces rompe, o destruye algo más que olas-- de Madrid o Barcelona.  Pero es, además, un poeta que frecuenta la prosa narrativa, que se zambulle en la escritura de memorias en las que se mezcla la experiencia íntima y la colectiva. Y es, también, un hombre generoso, cercano, al que nada de lo que en el mundo ocurre le es ajeno.

Lo conocí hace mucho, creo que en la primavera de 1997, en su condición de organizador de unas jornadas sobre "Poesía y paisaje" en Pozoblanco. Miro hacia atrás y veo que han pasado quince años desde entonces y que aquellas jornadas se han convertido en materia de añoranza y de evocaciones (también en recipiente de ausencias, las fotografías que guardo revelan algún hueco de hoy que a todos nos duele). Allí nos encontramos (a muchos los conocí personalmente en aquellos días) algunos de los poetas que pugnábamos por hacer un hueco a nuestra voz en el panorama literario a la sombra (no poética, sino emocional) de Antonio Gamoneda, que oficiaba de maestro de ceremonias, y de  Diego Jesús Jiménez (en todas las jornadas siempre hay algunos de los grandes) . De aquel encuentro poético, en el que con la distancia de los años puedo reconocer una de mis primeras incursiones en  el mundo de las jornadas e intercambios de poetas y críticos, me queda hoy el recuerdo de un Jordi Virallonga desbordante y propicio a las desapariciones de las que todos hablaban o callaban, de mi primera charla con Sergio Gaspar, entonces editor de "éxito" con DVD, de mis conversaciones con Isabel Pérez Montalbán, a quien conocí tras mi lectura en uno de los institutos de Secundaria de Pozoblanco, de un jugoso intercambio de opiniones con el poeta portugués Luis Filipe Sarmento (que, pasado el tiempo, acabaría traduciendo a su idioma mi novela Verano) de alguna larga conversación con Miguel Casado, de una cena con charla posterior con Concha García, poeta residente en Barcelona pero nacida en Córdoba, un viaje en taxi desde la estación cordobesa del AVE hasta Pozoblanco junto a María Antonia Ortega y una borrosa imagen de Alejandro, dedicado en aquellos días a garantizar que todo saliera a la perfección.

Mucho tiempo después, volví a aquellas montañas. Creo recordar que fue en septiembre de 2011 para leer poemas en Pozoblanco  junto a Juan Carlos Mestre. Y pude hablar con sosiego con Alejandro López Andrada, quien, por otra parte, siempre se había cuidado de enviarme sus libros de poemas y sus novelas.  Tuve la sensación de estar frente a una suerte de guardián de la poesía que, contemplando en la lejanía los mundos literarios de Córdoba, Barcelona y Madrid, seguía aferrado a la tierra originaria y a sus fantasmas e intentaba que los poetas que vivíamos en los “grandes” centros literarios del país pasáramos por aquellos pueblos a decir nuestros versos, a compartir con él ratos de complicidad y a convivir con sus fantasmas, con su memoria, con esa verdad tan honda que a veces nos transmite quien está acostumbrado a vivir en soledad, a escribir versos lejos de todo, al margen de todo aunque consciente de que siempre hay un hilo conductor (más aún con las nuevas tecnologías) del que puede tirar cuando lo considera necesario. Y por si el lector quiere conectarse periódicamente con sus escritos y con sus zozobras y certidumbres, Alejando tiene un blog que se mueve entre la reflexión el poema en prosa. Para acceder a él no hay más que pulsar aquí.
Alejandro López Andrada, entre Juan Carlos Mestre y el autor de este blog
Sus libros en prosa, su narrativa (desde Un dibujo en el viento o El óxido del cielo hasta la reciente novela Los ojos de Natalie Wood ) y sus poemas conforman un universo compacto. Es un escritor con mundo, algo que no todos pueden afirmar. Y parte de ese mundo son las “voces derrotadas” que, como avisos o quejas (o ambas cosas a la vez) de una realidad humana devastada y humillada en la postguerra en el valle de los Pedroches, en las montañas que rodean Pozoblanco, se convierten en hermosos y contenidos poemas. Eso es lo que tiembla, respira y emociona en su libro Las voces derrotadas. Ahí está la memoria del padre, la sombra del expatriado, la vieja bicicleta que servía para las confidencias padre-hijo, los niños uniformados y colocados por la OJE en una “hilera humilde”, las huellas de una dictadura alejada de cualquier modo de piedad, que hubo de cobrarse en humillaciones sin cuento el desafío al que se “atrevieron”, durante la República, los desheredados del campo y de la ciudad (y cuya alargada sombra podemos ver hoy en el comportamiento de algún que otro ministro, curtido, de seguro, en la cultura familiar de los vencedores).  Pero todo ese “relato”  se desarrolla y avanza, poema a poema, con el telón de fondo de un paisaje de una belleza no por triste menos conmovedora: los corrales, los huertos, la niebla de los días de marzo (he recordado ahora aquél par de versos maravilloso y hondo de Diego Jesús Jiménez: “Aquellos días de marzo, / llenos de  amaneceres y alfileres”), la arboleda por donde cruza un vagabundo, la luz del invierno, los frutales en medio del campo, la nostalgia de un París vivido a través de otros y en un tiempo difícil...


Comarca de Los Pedroches (Córdoba). Panorámica
Alejandro López Andrada no escribe desde la distancia o desde la impostura. Escribe desde lo vivido, desde la memoria propia y desde la memoria que le legaron sus antepasados. Un velo de frío y de desolación recorre el libro, pero también un hilo de ternura y de calidez, de compasión y solidaridad: ellos, los vencidos, son los suyos, son parte de su carne y el poeta, que siempre ha de nutrirse de verdad --¡cuánta falta de verdad en buena parte de la poesía que hoy se escribe y cómo se nota!--, les rinde el más hermoso de los homenajes: convertir sentimientos en arte, en palabras que revelan y conmueven, en poesía. En la “honda palpitación del espíritu” y en la “palabra en el tiempo” de que nos hablara Antonio Machado, tan presente por otro lado (en su proteína, que es lo esencial), en la obra de Alejandro.

Dejó aquí el poema "Una bicicleta" como hermosa muestra de un libro memorable:

"No he vuelto a oír
la nieve susurrando, hablándole
al silencio con ternura,
hilando en un murmullo la arboleda,
como en aquella noche
tan lejana,
¿te acuerdas, padre?, en que los dos viajamos
por tu memoria
y lento me llevabas
subido en una humilde bicicleta
atravesando el tiempo
que iba abriéndose
como una mano blanca en la espesura."

domingo, 2 de mayo de 2010

Mi padre

No fui a la manifestación en favor de las víctimas del franquismo y contra la actuación del Tribunal Supremo contra Baltasar Garzón. Estaba fuera de Madrid y, a pesar de que E. y yo lo teníamos previsto, se nos hizo muy tarde y no llegábamos, por lo que optamos por evitarnos el viaje. Pero si no estuve físicamente, sí lo estuve espiritual y sentimentalmente, con todo mi corazón y toda mi inteligencia. No tengo familiares perdidos en fosas comunes junto a remotas (o no tan remotas) cunetas, pero me considero huérfano de todos los que fueron asesinados durante el franquismo.


Con gorra de visera y gafas ligeramente ahumadas,
mi padre en un mitin comunista en abril de 1979
Pero esta entrada va más allá de los asesinados de nuestra historia colectiva. La escribo pensando en mi padre, en los millones de vícitmas no asesinadas físicamente pero amputadas ideológica y emocionalmente durante cuarenta años. Él, Manuel Rico Delgado, carpintero, tenía diecinueve años cuando terminó la guerra, participó en ella en la llamada "quinta del biberón" y fue miembro de las JSU. Después, su vida se desarrolló bajo la humillación colectiva, en una España sombría, sólo apta para los vencedores, para los fascistas y asimilados. "Mi padre de viento puro", así me refería a él en un poema de mi primer libro. Mi padre olía a cola de carpintería y a barnices, a madera pulida y a serrín. Mi padre era el héroe de mi infancia a pesar de que sólo lo veía algunas noches o en las mañanas del domingo. Mi padre me llevaba a tomar el vermut a loa bares del barrio de la Concepción de los primeros años 60 y me presentaba a sus amigos, hombres hechos y derechos viviendo, también, en la humillación, a los que, con un orgullo emocionado, les decía: "este es mi hijo y será ingeniero".

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Mi padre hablaba de fútbol, de quinielas, de maderas diversas, de las nuevas técnicas del poliéster, que susuítuía al barniz tradicional y que creaba, sobre la superficie de la madera, una capa parecida al vidrio.  Mi padre intentaba ser feliz y hacernos felices pero llevaba con él una herida y un silencio hondo, estrecho y afilado: era el silencio del  miedo a hablar, a pronunciar palabras como democracia, libertad, sindicatos, república. Era el silencio que había echado raíces en los amigos asesinados, en la juventud amordazada, en una memoria del terror del que, en nuestra familia, nada sabíamos. Nada contó (nunca supe si se lo contó a mi madre) de su experiencia de posguerra y sólo muchos años después, cuando él había muerto, un viejo amigo suyo me contó que estuvo confinado en el campo de concentración que Franco habilitó en el antiguo estadio (por llamarlo de alguna manera) del Rayo Vallecano junto a varios miles de presos políticos. Aquella revelación me llevó a pensar en él y en el silencio con que había llevado una pena inmensa. En los secretos que lo acompañaron (¿torturas, humillaciones, vejaciones físicas, renuncias, traiciones inconfesables como cantar el "Cara al sol" con una pistola en el pecho o sólo por sobrevivir?) a lo largo de la vida y de los que nunca nos habló. Mi padre de viento puro que murió con 59 años un 25 de junio de 1979, poco menos de un mes antes de que se nos fuera Blas de Otero.

Mi padre autoritario sin ser consciente de ello. Mi padre que no podía ayudarme en las tareas escolares porque no sabía apenas algo más que las cuatro reglas y leer y escribir. Mi padre que leía, a escondidas, las panfletos que recogía en el tranvía. Mi padre retenido por la guardia civil en los primeros de mayo de los años sesenta y abandonado junto a una tapia próxima al barrio después de los golpes y las vejaciones. Mi padre con lágrimas en los ojos cuando, a mis 23 años, le dije que me iba de casa. Mi padre acobardado ante un hijo que se metía en la lucha clandestina y del que, a la vez, se sentía orgulloso (primeros años 70). Mi padre, que pasó su vida soñando con la libertad y que, de los 59 años que vivió, sólo en 6 gozó de un sistema democrático. Mi padre que comenzaba a saborear la libertad, que acababa de vivir las primeras eleccones libres en 1977, de aprobar la Constitución del 78 y de elegir el primer ayuntamiento de izquierdas en la ciudad de Madrid, el que presidiría, a partir de abril del 79 ("Era distinto abril", escribió Vázquez Montalbán, poeta) el irrepetible alcalde Enrique Tierno Galván, y al que un maldito día de junio, la muerte decidió llevárse para que no pudiera gozar de manera plena de la libertad robada durante casi medio siglo. Mi padre que no conoció a mis hijos. Mi padre que murió antes de saber que yo sería el primer titulado universitario de todas las generaciones de su estirpe. Mi padre de viento puro. Mi padre oloroso a tabaco negro, a vino barato en las noches de los sábados de un tiempo remoto, mi padre lijando, barnizando, presidiendo la mesa de nuestra pequeña familia en la cena de Nochebuena. Mi padre llevándome al cine, regalándome libros que intuía me iban a enseñar algo de lo que él nunca llegó a aprender. Mi padre.

En estos días, mientras asistía estupefacto a las actuaciones del juez Varela contra Garzón, pensaba en los asesinados perdidos en las fosas comunes olvidadas en cunetas y descampados. Pero pensaba también en las vítimas que cruzaron la dictadura en un silencio hecho de humillaciones y sevicias. En quienes, hombres y mujeres, crecieron, maduraron acobardados, rotos, conviviendo durante décadas con sus fantasmas, con los asesinos de amigos y compañeros viviendo cerca de sus domicilios, en quienes arrastraron secretos inconfesables y humillantes y hubieron de acostumbrarse a una cotidianidad de plomo y de mediocridad infinita. Pensé en Manuel Rico Delgado. En el destinatario de algunos de mis más emocionados poemas. En el hemenajeado en mi novela Los días de Eisenhower. En mi padre de viento puro.

Viaje por la mala conciencia: LOS FILOS DE LA NOCHE, una novela reescrita. Una nueva novela.

En breve, Los filos de la noche, mi segunda novela, estará otra vez en librerías. Oculta desde hace muchos años, ha vuelto entre nosotros c...