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martes, 3 de marzo de 2015

Poesía, tiempo salvado del tiempo: casi una poética

No es frecuente que un poeta reflexione, abiertamente, de manera pública, sobre su propia poesía. Yo lo hice hace algunos años a petición de José Luis Morante para abrir una publicación periódica que él dirigía titulada Señales de humo. El texto que le envié se publicó en el otoño de 2004. Estaba muy reciente la edición de mi poemario Donde nunca hubo ángeles (Visor, 2003) y mi reflexión, que combinaba el acercamiento teórico al misterio de la poesía con indagaciones en mis propios libros y en las motivaciones que los habían alentado, concluía en ese poemario. Después vinieron De viejas estaciones invernales (Igitur, 2006) y Fugitiva ciudad (Hiperion, 2012). Sin embargo, el sentido último de cuanto entonces escribí sigue vigente. La poesía como "tiempo salvado del tiempo". Aquí dejo mi reflexión de entonces  que es mi reflexión de hoy. 

¿Es posible atrapar el tiempo, reelaborarlo mediante la palabra, y entregárselo a los lectores para que a su vez lo gocen y lo reinterpreten de acuerdo con su propia experiencia? No tengo plena seguridad al respecto. Pero si hay algo que nos aproxime a ese proceso, ese algo es el poema. No la poesía en términos abstractos, sino el poema, cada poema. “Palabra en el tiempo”, así la denominaría Antonio Machado. “Intersección de lo intemporal con el tiempo”, así intentó formularla T. S. Eliot. No muy diferente de la definición de ambos poetas —por otro lado, tan alejados estética y vitalmente— se encuentra la respuesta que, en 1997, me dio Manolo Vázquez Montalbán durante una larga conversación que mantuvimos —y que, íntegramente, fue publicada en la revista Ínsula— a propósito de la aparición de su último libro de poemas, Ciudad: “La literatura es sólo lenguaje, pero el lenguaje está cargado de tiempo, de tiempo significante, y a esa fatalidad de transmitir el tiempo significante no puede escapar ningún escritor”. Tiempo significante que se compone de objetos, de lugares, de sueños, de deseos, de frustraciones, de incertidumbres, de sentimientos, de estados de conciencia. Tiempo significante que sólo existe cuando la palabra, sobre el papel en blanco, nos lo hace visible.

No cualquier palabra, sino la palabra que revela, que ilumina, que descubre o redescubre: la palabra poética. Tiempo salvado de la muerte, emoción en estado de lenguaje, arte que nos ayuda a vivir, a entendernos y a indagar en las zonas ocultas de la realidad y no por ello inexistentes.

Esa es la base sobre la que he intentado, a lo largo de más de un cuarto de siglo y de seis libros, explicarme a través del poema. No ha sido fácil: cuando, a principios de los años ochenta, intenté publicar el que considero mi primer poemario (El vuelo liberado), prevalecía una poesía, que prolongaba la que había sido dominante en la década anterior, en la que la experiencia del poeta se enmascaraba en un culturalismo con vocación de vanguardia y no era fácil abrir paso a propuestas poéticas que tenían más que ver con las estéticas, más apegadas a lo real, de los años cincuenta y sesenta (tal vez por eso, el libro no se publicó hasta 1986). Mis poemas estaban hechos de mi memoria íntima y de la memoria colectiva, de experiencias vividas en los tiempos últimos de la dictadura, de reflexiones sobre el sentido del poema en las sociedades contemporáneas. Eran, como los de otros poetas que entonces comenzaban a publicar, un anacronismo respecto a la poesía que había sido dominante. En ese camino, perseveré en Papeles inciertos (1990) y en El muro transparente (1992): en el primero pretendí fundir experiencia e incertidumbre, memoria y duda, en el convencimiento de que todo poema es un ser vivo en el que no caben las certezas: “ser papeles inciertos, / llanuras asequibles/a emociones difusas, a recuerdos y nubes, / a octubres memorables”. En el segundo, ganó espacio la reflexión metapoética, la búsqueda, a través de la palabra, de un “estado de conciencia” respecto a la realidad. El poema como muro entre lo visible y lo oculto, un muro no opaco, sino transparente:

         “Por eso, el muro. El de la letra amiga,
         el que nos llama y, al tiempo, nos destruye,
         el que araña la puerta,
         no nos deja tranquilos, nos sorprende
         y nos cerca y quizá nos emborrache
         un segundo quizá”..

Con Quebrada luz, aparecido en 1996, intenté ahondar en esa reflexión fortaleciendo, a la vez, sus vínculos con la memoria, con la capacidad de evocación de todo poema. La luz, me decía, no existe inmaculada, pura.  La luz se enriquece con la mancha, con los colores de la realidad, cobra nuevo sentido si se quiebra, si se ensucia. Con ese libro, di por cerrada una etapa extendida a lo largo de cuatro poemarios que, en los últimos años, he corregido en profundidad y sin misericordia. Los he agrupado en un volumen, Monólogo del entreacto (*), y espero la atención de un editor arriesgado que no sepa lo que es el miedo a ir a contracorriente.   

Cierto que en esa etapa la experiencia de lo real y el componente autobiográfico estaban presentes en mi poesía. Pero lo estaban de un modo sutil, enunciado apenas. Con La densidad de los espejos (1997) y, de manera mucho más acentuada con Donde nunca hubo ángeles (2003), he pretendido la incorporación, de manera abierta, de la Historia al texto poético. Filtrada por mi historia, metabolizada por mi experiencia y por mi memoria y sometida a una labor de rescate mediante el lenguaje: un lenguaje que, más que nunca, he pretendido revelador, nuevo, “emocionador” y emocionante, en el convencimiento de que sólo así es posible hablar de poesía con todas las consecuencias.

En una y otra etapa he intentado no alejarme de un hilo conductor que he pretendido componente esencial de toda mi poesía: el acercamiento a una conciencia crítica en la mirada hacia el mundo. Buscar y alumbrar sus contradicciones, sus carencias, sus crueldades, su sinsentido (echar una mirada a la realidad nacional e internacional ahorra todo discurso). Entre otras razones porque comparto con Eliot  un principio —poco divulgado, todo hay que decirlo— al que alude en su mítico Función de la poesía y función de la crítica: “La ventaja esencial para un poeta no es la de enfrentarse con un mundo bello: es ser capaz de ver tras la fealdad y la belleza; es ser capaz de ver el tedio, el horror y la gloria”.

Para ello es básico tener en cuenta la realidad, ese ecosistema en el que, lo quiera o no, el poeta vive. Pero no para acartonarla y dejarla muda, sino para hacer de ella el punto de partida al que Joan Brossa, hace algunas décadas, se refirió: “A la realidad se le deben abrir las ventanas; debe ser un punto de partida, no uno de llegada”. En fin...

 (*) Monólogo del entreacto. (Cien poemas 1982-2005) se publicó en Hiperion. Madrid, 2007.

miércoles, 6 de julio de 2011

Verano, lectura y evocaciones

                                                           A María Luisa Zamora, in memoriam

El verano tiene algo de tierra liberada, de lugar al margen. Ayer, a última hora de la tarde, mientras intentaba sobreponerme al turbión de emociones producido por la muerte de la persona querida y cercana a quien dedico esta entrada y contemplaba la pradera casi vacía de la piscina de la urbanización en que vivo, pensaba en la estrecha vinculación con la lectura que para mí tiene el verano. Vacaciones, horarios laborales distintos y, por tanto, mayor libertad para organizar el tiempo... Es una sensación extraña y expansiva que, año tras año, me lleva a poner sobre la mesa los libros no leídos o aplazados a lo largo del curso (incluso de cursos anteriores) con la voluntad de acabar  con su condición de asignaturas pendientes. Es tiempo para leer y tiempo para poner en orden los recuerdos, evocar y escribir.

Cabo de Palos, en los años sesenta del siglo XX
Recuerdo las siestas de la adolescencia y las lecturas de entonces, en aquellos largos y cálidos veranos de los años sesenta. Descubría la poesía y descubría una literatura erótica que se publicaba en España con cuentagotas y con sentido equívoco. La poesía era Juan Ramón Jiménez, un Juan Ramón que trascendía como nadie el verano (el estío, escribía él) de un pueblo próximo al mar, un pueblo blanco llamado Moguer sobre cuyo telón de fondo se levantaban aquellos poemas gozados en la Segunda Antología, un libro que todavía conservo, archisobado, en aquella edición de la colección Austral de Espasa. Recuerdo, sobre todo, una noche del mes de julio, a los 12 años, que pasé en vela intentando imitar los versos de sus primeros libros. Noche de insomnio, de una extraña y desconocida exaltación (muchos años después pensé que debió de ser, salvando las distancias, algo parecido al acceso místico que describe Teresa de Ávila) que tuvo como fruto un largo poema en romance, inmensamente malo, que guardo en algún lugar poco o nada accesible de la estantería de casa. A principios de los años noventa ese recuerdo dio lugar a un poema de mi libro El muro transparente titulado "Memoria del primer poema", del que os dejo un fragmento, quizá el más querido.


Era la noche al otro lado
de la luz amarilla de tu lámpara, era
la cercanía de las sombras
lo que daba
un tinte clandestino a aquella pluma
que extendía su incierto desafío
tras la puerta cerrada al resto de la casa
—largo sueño diario
de los seres amados, compartido paréntesis
con relojes, armarios, alacenas—
con lentos octosílabos que hablaban
del Juan Ramón violeta
que dormía también bajo aquel techo
en un libro de tapas bien  gastadas
por roces y caricias de un muchacho,
no sabes si soñado, que buscaba en sus páginas
una luz intuida  y, sobre todo,
el brillo inexplicable,
la fortaleza misteriosa
del arte.
               Tú tenías
doce años tan sólo
y un desván de palabras
temblando en el tintero.

Sí, descubría la literatura erótica, cierta literatura que tenía, entonces, esa etiqueta y que mi padre, carente de toda cultura literaria, compraba para que yo fuera adquiriendo, indirectamente, algo parecido a una formación sexual: recuerdo dos libros de aquella época. Edad prohibida, de Torcuato Luca de Tena, una novela que en aquellos años tuvo ediciones millonarias (creo que hoy es una novela de formación recomendada por sectores conservadores) y Lola, espejo oscuro, de Darío Fernández Flórez. Recuerdo, en ambas novelas, escenas de iniciación al sexo protagonizadas por adolescentes, ambientes prostibularios y la sombra de la culpa proyectada desde una concepción católica de la existencia.

Pero el verano fue, también, el acceso al erotismo sutil de la entonces jovencísima Françoise Sagan en una memorable narración (novela corta o relato largo), Buenos días tristeza, en días de playa en un pequeño pueblo de pescadores junto al Mar Menor mientras (era en 1966, o en 1967) las noches de mis quince años las llenaban los ecos de  las primeras melodías de Los Beatles, o de su versión española, jamás igualada, Los Brincos, o la versión musical de la Sagan en la voz de Silvie Vartan, o Johnny Halliday.

Memoria del verano de 1985 y de la inmersión, lleno de asombro, en las fiestas de una Costa Azul mítica protagonizadas por los personajes de Scott Fitzerald en Suave es la noche, novela que leí compulsivamente, en noches sucesivas y a la luz del porche, en casa de María Luisa, allá en las tierras prealcarreñas de El Casar de Talamanca, tierra de estepa y de trigales anchos, tierra de parte de la infancia de mi hija, tierra, hoy, de odiosas despedidas, mientras sonaba, al fondo, "el coro de los grillos que cantan a la luna", que diría Antonio Machado. Cinco o seis veranos más tarde (¿o fue el siguiente?) me enamoré de una libertina Emma leyendo, también bajo la luna de agosto aunque no de la Alcarria, sino de la sierra norte madrileña, Madame Bovary, de Flaubert. Siete años después, en el verano de 2000, en noches menorquinas llenas de olores a madreselva y a sal, leería El gran Gatsby, también de Fitzerald, y la estremecedora obra maestra de Truman Capote, A sangre fría.


Atardecer en el Mar Menor. Verano de 2010
 Veranos de música y aprendizaje. De descubrimientos y siestas interminables. De noches de fiesta y de amistad.. Pero sobre todo, veranos de lecturas, de sedimentación de una memoria que, con el paso de los años, se ilumina viendo las pasiones, los descubrimientos, las lecturas de mis hijos, de los "sucesores" en la hermosa tarea de vivir esas experiencias. Verano de Helena y el mar del verano, de Julián Ayesta; verano de Carver y Catedral, de Eliot y La tierra baldía, o de Carlos Álvarez y Aullido de licántropo en aquel año 1976, de lecturas nocturnas oliendo el galán de noche en Sanlúcar de Barrameda, ese lugar en que E. y María Luisa, su hermana, acabaron convirtiendo en un territorio mítico, en el espacio de todas las infancias y de todos los sueños imposibles (ella, en este verano duro de 2011, estará, con toda seguridad, allí respirando el aire inflamado de jazmín de sus noches eternas), verano de mi última novela.....

Todas esas sensaciones, irrepetibles, que cuantos ahora leéis este post habéis vivido de manera similar, encuentran su síntesis en esta hermosa canción, Summertime, interpretada por dos genios de la música del siglo XX: Ella Fitzerald y Louis Asmstrong. Tiempo de verano. Escuchemos. Para todos y, sobre todo, para ti, María Luisa.

viernes, 29 de enero de 2010

Sobre "El cónsul de Sodoma". Gil de Biedma y otros asuntos relacionados

No he visto El cónsul de Sodoma. Tampoco me apetece verla. Y cuanto he leído (críticas, artículos de toda orientación, tribunas libres, reportajes), lejos de invitarme a ello, me han animado a lo contrario. Gil de Biedma fue uno de los grandes de la lírica en castellano de la segunda mitad del siglo XX. Tiene unos cuantos poemas que justifican toda una vida dedicada a la literatura. Lo descubrí a finales de los años 70, leí entonces la práctica totalidad de sus poemas (después publicó muy pocos) y su homosexualidad, puesta de relieve de manera intensa y sutilísma a la vez en su poema Pandémica y celeste, me pareció un ingrediente más en su forma de ver el mundo, en la temática abordada en sus poemas. Me interesó su actitud frente a la realidad circundante, de compromiso cultural, social y político contra Franco y su Régimen. Me interesó, y mucho, su perspicacia como lector de poemas, sus acercamientos críticos y teóricos a la obra de poetas como Jorge Guillén, T.S. Eliot, Gil Albert, Cernuda, Espronceda. Admiré, retrospectivamente, su implicación en el homenaje a Antonio Machado en Collioure, a principios de los años sesenta, su contribución al renacimiento cultural de una España que salía de la posguerra... 

Aunque no lo conocí personalmente, la lectura de su obra y los testimonios escritos por algunos de sus mejores amigos, especialmente las memorias de Carlos Barral en Años de penitencia, en Los años sin excusa y en Cuando las horas veloces, me han permitido construir un Gil de Biedma complejo, alegre, de una enorme inteligencia, homosexual proclive a los amores furtivos y a los "hoteles de una noche", enamorado de Barcelona y, a la vez, de las tierras de Castilla, en la Segovia de sus vacaciones infantiles, lector profundo, vividor de la noche de la gauche divine de Boccacio en un tiempo irrepetible, firmante de manifiestos antifranquistas y solidario con los trabajadores y huelguistas de toda condición...  Pero no un ser obsesionado hasta la paranoia por su homosexualidad, por convertir la vida en una permanente búsqueda del amor más joven e irreverente. Y sospecho (reconozco el riesgo que asumo al utilizar tal verbo al no haber visto el film) que la película de  Sigfrid Monleón  proyecta sobre el espectador un Gil de Biedma parcial, sustituye la parte por el todo y obvia aspectos esenciales de su vida y, sobre todo, la profundidad y complejidad de una personalidad que no sólo pasó por la vida y marcó a una sociedad (al menos, a su mundo cultural) por su condición de homosexual, sino por muchos otros aspectos.

Gil de Biedma, Blas de Otero y Gabriel Celaya
Si las cosas son tal y como nos las cuentan Marsé y algunos otros amigos del poeta, con el Gil de Biedma que la película muestra, las generaciones más jóvenes, las de los nacidos después de la muerte del poeta, van a construir en su mente un Gil de Biedma irreal, tan simple como puede ser la obsesión permanente por un pene, un Gil de Biedma poetahomosexual u homosexualpoeta y no un gran poeta y un gran ser humano que vivió intensamente, al lado de los más débiles y con la mala conciencia del burgués desclasado, en un tiempo difícil y que, también, alardeo a veces de su condición de gay. Ni que decir tiene que estoy, en la polémica que se ha mostrado en los medios escritos, especialmente en el diario El País, con Juan Marsé y con quienes han compartido, con los matices que sea, su posición.

Hace algo más de un año, tras la muerte de Ángel González, escribí un entrada en este blog en la que expresaba mi radical desacuerdo con la imagen que no pocos columnistas y escritores, amigos y compañeros de muchas noches del gran autor de Áspero mundo estaban trasladando a los nuevos lectores y, en general, a aquellos amantes de la poesía interesados en conocer en profundidad a uno de los poetas clave de la generación del medio siglo: amigo de las farras nocturnas, cantor de boleros entre los vapores del vino, protagonista de borracheras memorables... y un largo etcétera de "cualidades" parecidas. Pocos aludían a su condición de poeta urbano comprometido con la lucha democrática, a su calidad de profesor en la Universidad de Nuevo México y a sus virtudes como enseñante, a su imprescindible lectura de Antonio Machado, a sus artículos teóricos, al modo en que alimentó, en los años 60 y 70 la pasión por una poesía crítica en las nuevas generaciones de la época. El lector imagianba, de la mano de los columnistas exégetas y amigos, a un Ángel González juerguista y bebedor en las noches madrileñas y no al poeta complejo y exigente, al intelectual comprometido, al innovador radical, desde una opción conversacional, directa y emocionada, de la poesía de nuestra posguerra.

Pues bien, cuanto he leído y escuchado sobre El cónsul de Sodoma me lleva a pensar que en el film se convierten la homosexualidad y el homoerotismo de Jaime Gil en el elemento esencial, casi único, de una vida que fue infinitamente más compleja y rica del mismo modo que Ángel González, tras su muerte, fue descrito en decenas de escritos (incluso preparados para homenajearlo) en el amigo de las noches alcohólicas y de la juerga. Y claro que lo fue (no es delito y es hasta saludable), pero fue infinitamente más.

Os dejo con el poema "Contra Jaime Gil de Biedma". Con sólo pinchar, veréis el video y escucharéis la voz del poeta. Que os vaya bien.

Viaje por la mala conciencia: LOS FILOS DE LA NOCHE, una novela reescrita. Una nueva novela.

En breve, Los filos de la noche, mi segunda novela, estará otra vez en librerías. Oculta desde hace muchos años, ha vuelto entre nosotros c...