domingo, 29 de noviembre de 2009

Palabras para José Viñals / El tiempo en los objetos

Para José Viñals, in memoriam
Palabras para José Viñals

José Viñals perdió la batalla contra la enfermedad. Vaya otoño que llevamos. Anteanoche recibí la noticia y no pude evitar un vacío extraño en la boca del estómago. Recordé de inmediato a Diego Jesús Jiménez y su marcha inesperada y recobré momentos de una amistad firme, casi siempre en la lejanía, cultivada a lo largo de más de quince años. Fue en 1995, en una de sus visitas a Madrid desde el Jaén que acabó por convertirse en su pequeña patria dentro de la patria universal del idioma (él, argentino de Corralito, Córdoba, era un eterno exiliado de los países y de las ciudades, un gran amigo de los pueblos, un grandísimo poeta), cuando lo conocí. Buscaba editorial de ámbito estatal para sus libros, buscaba reconocimiento, buscaba la proyección nacional que su poesía, su narrativa, sin duda alguna, merecían.
En aquellos años fue creciendo, a su alrededor, una constelación de jóvenes poetas que fueron trabajando por abrir paso a una obra caudalosa y brillante, que bebía en el surrealismo y las vanguardias, en la que había toneladas de sensualidad, y un trasfondo de tristeza, de conciencia de desterrado de la que nunca se liberó. Juan Carlos Mestre, José Ángel Cilleruelo, Lupe Grande, Jorge Riechmann,  Yolanda Soler, Juan Manuel Molina Damiani, José María Parreño...  Hoy recuerdo las largas conversaciones de aquellos días en un Madrid que no fue tan hospitalario como él esperaba, en el que vivió por un tiempo para terminar abandonándolo buscando mejores horizontes en Málaga primero, en Valencia después para, al final, retornar a Jaén. En 2000 obtuvo el premio Jaime Gil de Biedma con un libro intenso, Transustanciaciones y entre sus títulos (escribo de memoria) cabe destacar, en poesía, Milagro a milagro, Animales, amores, parajes y blasfemias y Elogio de la miniatura. La última vez que lo vi en Madrid fue hace tres años, con motivo de la presentación, en el Círculo, de He amado. Lo encontramos delicado de salud, pero ilusionado, hondamente comprometido con la poesía. Y con la narrativa. Lo digo porque escribió tres libros en prosa en los que no dudo en vislumbrar una voz equiparable a la de Juan Rulfo: los libros de relatos Miel de avispa y Ojo alegre y viejísimo (un buen homenaje a José sería publicar ambos en un volumen de "cuentos completos") y la novela, con una capacidad perturbadora difícilmente igualable, titulada Padreoscuro. Descansa en paz, José. A los que quedan aquí, sobre todo a Martha (maravillosa e inigualable tejedora de tapices), a Irene y a Andrea, a Gabriel, a Yolanda y a Celia, mi solidaridad, mi cercanía. Nuestra solidaridad y nuestra cercanía y nuestro calor.
Un breve poema de José (de Elogio de la miniatura):

"Nadie responde por mi nombre: yo me he ido. Lo que queda de mí es un polvillo ceniciento que cabe en una urna".
Y una obra poética singular, irrepetible, extraña, acogedora.

El tiempo en los objetos

Planchas de hierro, máquinas de coser (Singer, Sigma....), pequeñas y arcaicas básculas, cajas metálicas de membrillo y de otros productos, pesas y medidas, radios de galena y  aparatos de radio enormes de los años cincuenta y sesenta, maletas, arcones, cestas, cadenas oxidadas, banquetas, transitores primitivos, baúles, picadores de carne, frascos diversos, teléfonos, cananas de la guerra civil, tijeras oxidadas, pinzas, viejas monturas de gafas, viejas balas, cacharras de leche, antiguas botellas de gaseosa... Todos esos objetos, que parecen extraidos del universo rural y remoto al que tantas veces se refirió Viñals en sus poemas y en sus cuentos, y en los que alienta (o duerme) la vida de otro tiempo, pude contemplarlos, junto a otros muchos, hace poco más de una semana, durante la mañana de nubes y claros del sábado de noviembre, en dos lugares que sólo conocía de paso y a los que distintas circunstancias nos llevaron a E. y a mí.

El primero es el llamado centro de recursos ambientales de Garganta de los Montes, en la pedanía de El Cuadrón, en pleno valle del Lozoya. Allí, en lo que hace algunos años fuera sala de exposiciones, podemos ver ahora algo muy parecido a un museo etnográfico de la comarca. Los viejos del lugar, las familias más añosas de los pueblos del valle, han ido dejando allí algunos de los objetos que durante muchos años formaron parte de su vida cotidiana en un valle poco accesible hasta bien avanzada la década de los sesenta, al que las carreteras (si así podían llamarse) llegaban difícilmente y en el que la existencia se desarrollaba en íntima comuníón con la naturaleza.

Al pasear la mirada por aquellos objetos, muchos de ellos muy familiares por haberlos visto, en los veranos de mi infancia, en un remoto pueblo de Soria, no pude evitar pensar en el enorme acarreo de sueños, decepciones, esperanzas, gozo y sufrimiento, que podían albergarse en todos y cada uno de ellos. Son, cierto, seres inertes, hechos de madera o metal, o de otros materiales procedentes de la naturaleza. Pero llenaron de sentido las horas de cada jornada dentro de aquellas casas de adobe y piedra, de bajísimos techos y ventanucos (salvaguardas contra el frío de la montaña) que hasta mediados del siglo XX conformaron la arquitectura popular de esa sierra. No sólo desde el punto de vista individual, o familiar. Dieron sentido al mundo cotidiano compartido por toda una sociedad: la sociedad rural, un universo que hasta hace muy pocos años vivía casi aislado, protegido por la cadena de montañas que, desde La Morcuera al Mondalindo, constituye la barrera sur del valle.
El segundo "museo", infinitamente más completo y diverso, se encuentra en un lugar soprendente, extraño: el estanco de Lozoyuela, un viejo establecimiento situado en el centro del pueblo, en el que su propietario guarda un riquísimo y proteico legado familiar apiñado en las más variadas estanterías: junto a una colección de viejas máquinas fotográficas, vive otra de teléfonos cuyos más antiguos ejemplares proceden de los años de nuestra Guerra Civil. Además, aperos de labranza, soportes para fotografías, llaveros, balas, cartucheras, cascos, gorras militares utilizadas en el frente de Somosierra, no lejos del pueblo donde se encuentra el estanco...   Si alguna vez cualquiera de los lectores que recala en este blog pasa por el pueblo madrileño de Lozoyuela, no deje de lado el estanco. Aunque no fume, debe de entrar a comprar, por ejemplo, un paquete de chicle, perfecta excusa para llenar la imaginación con los centenares de objetos que conviven con el estanquero, con las diversas marcas de tabaco, con pequeños materiales de papelería.



Más de una vez, cuando viajo por las estrechas carreteras que surcan comarcas remotas de nuestra geografía, incluso por las zonas menos pobladas de la sierra norte de Madrid, o de la Tejera Negra, al norte de Guadalajara, suelo pensar en los vestigios de otro tiempo que, en forma de objetos cotidianos y utensilios de todo género, duermen detrás de las ventanas cerradas de las casas abandonadas que parecen hacer guardia junto a la carretera, o en los antiguos edificios de los pueblos semivacíos. Palanganas o jofainas, cántaros, botijos, baldes, cuchillos, cucharas, cordeles, peones y peonzas, espejos con marcos de bronce o de hierro forjado.... Los símbolos de un mundo desaparecido que sólo la sensibilidad de quien quiera recuperarlos para el presente  trasladándolos a una vivienda de hoy como objetos decorativos, quizá en una lejana ciudad, o de quien decida resucitarlos con la palabra a través del poema o del relato, puede concederles una nueva y diferente existencia. O de una entrada de blog en homenaje a un poeta que, como José Viñals, nos ha dejado algo más huérfanos.

sábado, 7 de noviembre de 2009

Mi lectura de Terenci Moix

En el centro cultural Blanquerna de Madrid y en el marco de una exposición homenaje en memoria de Terenci Moix comisariada por el polifacético Ignasi Riera, tuve, el pasado día 3, la oportunidad de hablar de su obra. Compartían la mesa conmigo Boris Izaguirre y Pedro Manuel Villora, que se extendieron, ante todo, en la experiencia que vivieron junto a él y en una visión de su literatura relacionada con el sentido de su vida cotidiana (con anécdotas de todo orden, divertidas casi todas). Yo hablé, sobre todo, de su obra desde un punto de vista más literario y existencial. No lo conocí ni tuve relación personal alguna con él, pero en una etapa de mi vida algunos de sus libros fueron compañeros tenaces en mis viajes en autobús y metro, me conmovieron profundamente. Por eso, hablé de su obra con el convencimiento de que Terenci es  uno de los grandes escritores españoles de la generación del 68 a los que el canon, la crítica más academicista, el mundo universitario y los historiadores de nuestra literatura no le han hecho justicia.


Descubrí su narrativa a principios de los ochenta (es decir, tarde) cuando llegó a mis manos una edición, en castellano, de su primera y juvenil novela, Olas sobre una roca desierta y, sobre todo, cuando meses más tarde y debido a mi experiencia de lectura de Olas (una novela de formación, de descubrimiento en la que Terenci, transmutado en Oliveri, un "niño bien" de la época, recorre Europa y envía cartas a un interlucutor imaginario en las que relata su experiencia, que no es sino una búsqueda de sí mismo por el camino de la incertidumbre, del gozo ... y, quizá, quizá, de la locura), busqué afanosamente la novela que afirmó su trayectoria como escritor, El día (en) que murió Marilyn. Confieso que busqué ese libro por una razón adicional: siempre me ha fascinado reflexionar acerca de lo que ocurría en mi vida cotidiana en momentos especialmente trascendentes para la historia. La llegada de Eisenhower a España, el 23-F, el asesinato de J. F. Kennedy, el golpe de Pinochet, la muerte de Franco o de Carrero Blanco, el atentado contra el World Trade Center el 11-S, han sido momentos históricos que han marcado mi vida. Y siempre he intentado mantener fresco en la memoria el modo en que viví la experiencia: dónde estaba, qué leía en aquella época, cómo amaba, que barrios frecuentaba, cómo era el microcosmos en que me movía. Uno de esos momentos, cuando apenas había traspasado mi primera década de vida y aún no me había asomado a la adolescencia, fue el día de la muerte de Marilyn Monroe, en 1962. La muerte de la actriz me pareció extraña, en contra de la lógica, me puso, a mis diez años, ante una injusticia abismal y existencial. Pero cuando, años después, intenté recordar qué hacía yo entonces, donde estaba el día en que murió Marilyn, cuáles eran mis sueños, en mi mente sólo se dibujaba una nebulosa. Por eso, cuando a principios de los 80 supe que Terenci Moix había escrito la novela arriba citada, sentí la necesidad de sumergirme en ella, de vivir con sus personajes. Como si en ella fuera a encontrar mis propias vivencias en ese día que había olvidado.

Al hacerlo no me sentí decepcionado sino al contrario. La infancia y la adolescencia, con sus gozos, sus miedos, sus incertidumbres; la Barcelona de los años cuarenta y cincuenta, la magia del cine, la vida cotidiana en los hogares, la sexualidad oculta y condenada, el amor extraconyugal, las frustraciones, los tebeos, las fiestas que se clavan en la memoria, comenzando por la de los Reyes Magos (memorable la descripción de la cabalgata, del tiempo navideño desde la mirada de Bruno, el protagonista), los mitos del cine y de la literatura, la soledad de la infancia, la educación en los colegios religiosos y, sobre todo, la evolución y el desarrollo de una Barcelona que, pese a todo, mantenía su vitalidad bajo el franquismo: todo ello respira en la novela y la dota de sentido.


La muerte de Marilyn significó para la generación de Terenci el descubrimiento de que los mitos también podían dejarnos, de que eran vulnerables y que, quizá por eso, eran mitos. A partir de entonces, fui un devoto lector de su obra narrativa. Mejor dicho: de aquella que tenía a Barcelona y a su memoria perosnal como protagonistas esenciales (no de la ambientada en el Antiguo Egipto) del relato. Así, gocé, como si de una prolongación de El día... se tratara de los tres volúmenes que conforman su autobiografía titulada El peso de la paja (El cine de los sábados, El beso de Peter Pan y Extraño en el paraíso). Y en mi imaginación creció una Barcelona que se fundía con la leída en Eduardo Mendoza, en Juan Marsé o en Manolo Vázquez Montalbán, una Barcelona hecha literatura, una Barcelona a la que no he dejado de buscar paseando por sus calles cada vez que he viajado allí. Leamos a Terenci. Sobre todo, a ese Terenci próximo, cercano, tan irreverente como romántico, que tanto nos habla de nosotros mismos.

jueves, 5 de noviembre de 2009

"Aire Nuestro"... y también de Manolo Vilas

Conocí a Manolo Vilas hace nueve años. Fue a raíz de la publicación, en Babelia, de una crítica (creo que elogiosa) a su libro El cielo. Creo recordar que me escribió una nota, que luego hablamos por teléfono y que, al poco tiempo, pudimos encontrarnos en su ciudad, Zaragoza. Después, he tenido la oportunidad de encontrarme con él y con María Ángeles Naval, su compañera, en diversas ocasiones (recuerdo con especial emoción un día pasado en Biescas, una localidad del Pirineo oscense en la que nos llevó a probar los mejores calamares de España en uno de sus bares-restaurante) y de hablar de poesía, de novela, del mundo literario y editorial y de sus sevicias. También de la vida del profesor y de su actitud ante los alumnos (no he hablado con él de su blog, pero alguna vez lo haré y no de forma totalmente elogiosa). Después, hablé en la radio de algunos de sus libros posteriores, sobre todo de su poemario Calor y de sus libros narrativos Magia y España. 


Hace apenas una semana me llegó Aire Nuestro su última novela, aparecida al fin, tal y como merecía su autor, en Alfaguara. He de decir que me llegó un par de días después de mi intento frustrado de leer Nocilla Lab, de Agustín Fernández Mallo. Por eso, no he podido evitar, al leer Aire Nuestro, establecer comparaciones con la tercera entrega de la "serie nocilla". En la novela de Vilas respira, ríe, ironiza, se emociona y nos emociona el mejor Manuel Vilas. El libro prolonga sus poemas y prolonga sus anteriores obras narrativas y prolonga y enriquece su obra bloguística. Si bien tiene una estructura basada en la visión fragmentaria de su peculiar mundo, su estructura es la de un imaginario televisor con múltiples canales Por ese televisor pasa la vida. Nuestra vida. En las parrillas de sus distintos canales vive Z, la Zaragoza amada y odiada a la vez, el microcosmos donde la obra toda de Vilas tiene hondas raíces. Es decir, tal y como hicieran los grandes narradores que en la literatura universal han sido, parte de lo particcular, de lo cercano y vivido y sentido para acceder a lo universal (el condado de Jefferson de Faulkner es la base por la que accede al mundo, así como el Dublín de Joyce o la Barcelona de Marsé son los cimientos del ascenso a la condición humana global de ambos autores). Las raíces de las que parte son sólidas, reconocibles y están fecundadas en su libro de cuentos Z, en Magia,  en  España y en buena parte de sus poemas.  Esa es la diferencia, a mi juicio esencial, con Nocilla Lab, que evoluciona al contrario: Mallo se zambulle en el cosmopolitismo sin partir de una realidad arraigada, sentimentalmente poderosa, en la que las emociones del escritor conecten con los imaginarios de la memoria del lector. La prosa irreverente, irónica, cargada de giros imprevisibles, de Vilas, que transita de lo íntimo a lo colectivo, del referente cultural al más vulgar y prosaico referente, ayuda al lector a penetrar en un mundo en el que los iconos de época conviven con seres humanos de carne y hueso en los que los sentimientos juegan un papel esencial.
   
El libro tiene mucho de caleidoscopio, incorpora imágenes para dar una sensación de collage (las imágenes, a mi juicio, apenas añaden nada: lo esencial es el texto), pero es ante todo el intento, culminado con éxito, de mostrarnos la complejidad de un mundo vivo, cargado de emociones, en el que de manera simultánea viven la cultural popular y la cultura más sofisticada, en el que el académico Dámaso Alonso es vecino de un Johnny Cash que recorre España en un Dodge rojo, una España en el borde del surrealismo y a la vez de un realismo perturbador. Aire Nuestro está lleno de personajes conocidos que son desdibujados y dotados de significados nuevos, en apariencia contradictorios con la naturaleza de su personalidad real, pero que, curiosamente, la hacen más transparente a través de una mirada crítica, casi corrosiva. Modas que han (hemos) vivido distintas generaciones, poetas indiscutibles e indiscutidos, personajes de la Monarquía y toda la mitología popular de quien, como Vilas, fue niño en los 60-primeros 70, joven en los 80 y adulto y consciente en los 90, una mitología hecha de objetos, costumbres, experiencias familiares y de vida periférica, menesterosa (la figura del padre, a la que trata con ternura en el filo de la muerte, es especialmente emotiva). Aire Nuestro es un libro hermoso, con el que uno se divierte, pero también reflexiona y medita, se emociona y evoca su propia historia y la historia colectiva, que tiene sustancia, hondura crítica, que habla de nosotros (y lo hace no en lo capilar y superficial, sino en lo más hondo y contradictorio). La televisión textual creada por Vilas en esta novela es, también, un desafío crítico, mordaz, a la televisión real.
 
En la solapa del libro se afirma que el de Vilas es un modo de narrar "del siglo XXI". No creo que sea así. Es el mismo modo de narrar que el propio Vilas utiliza en sus novelas anteriores. La diferencia estriba en que en Aire Nuestro eleva las dosis de ingredientes estructurales, ordenadores de la novela, procedentes de ese medio de comunicación (también de Internet), además de las imágenes. Pero no hay más que acudir a las vanguardias (de entreguerras, de los 60 y la contracultura,  del Nouveau roman) o a Cortázar, o a Pynchon, entre otros muchos, para darnos cuenta de que ese modo de narrar es novedad sólo muy parcialmente.  (¿No es el Quijote, en sus dos entregas, un caleidoscopio de más de mil páginas?). Enhorabuena, Manolo.

domingo, 1 de noviembre de 2009

La cocina del poeta: dos poemas de "Ciudad adentro"

Escribir un poema es un proceso complejo. En mi caso es, además, un proceso largo. Hace algunas entradas, conté que había terminado un poemario en el que venía trabajando a lo largo de diez años. Que, en él había poemas cuyo primer verso lo escribí en 2000, incluso en 1999. Hace unos días estuve revisando los textos, apuntes y correcciones con la decisión de guardarlos, algo que nunca hice con los papeles que dieron lugar a otros libros. Al revisarlos, he sentido que estaba ante extrañas criaturas que fueron creciendo lentamente, hasta cobrar la forma definitiva. Pura "obra en marcha" que tiene en el poema una materia viva que evoluciona de modo imprevisible, que tiene un sistema misterioso de crecer, como si lo hiciera orgánicamente. He seleccionado, para mostrarlos a amigos y lectores, dos poemas del libro que titulo provisionalmente Ciudad adentro. Mostraré la "cocina", para lo cual he escaneado, en cada caso, el folio en el que se recoge la radiografía del proceso, las correcciones que he ido acumulando durante años, es decir: un ser vivo buscándose. A continuación podréis leer el poema terminado.

El primero pertenece a la tercera parte del libro, compuesta de poemas de amor. Es un texto evocativo, en el que respira mi memoria del amor primero, un tiempo extraño de descubrimientos y de sentimientos contradictorios. Ved la "cocina", las correcciones, y ved el poema en su versión última.

EL AMOR COMO PÁJARO y distancia.
También como tibieza y cercanía, como abrigo de paño
o blusa de franela. Como rincón oscuro
y cuaderno olvidado
en ocultos refugios de montaña.

El amor construido de habitaciones sólo
conocidas de paso, como huellas
de un tiempo muy extraño, fugitivo en exceso.
El amor como ventana, como alféizar
que sujeta la noche, que explica adolescencias,
que amarga a veces o se endulza
con dudosos azúcares.

El amor de humedades y de sedas
y cremalleras torpes y manos inexpertas
en barrios tan limítrofes
como tu propia estirpe, originaria
de la ciudad más rota y de los estraperlos.

El segundo poema nació de una doble conciencia: la que acompaña mi condición de hijo de una familia humilde, en cuyo hogar no había libros (o sólo alguno básico, de consulta) y en el que términos como literatura o poesía eran tan extraños como los nombres de países remotos como Nueva Zelanda o Tailandia. El poema habla del acceso tardío a determinadas lecturas. Habla también de las lecturas que jamás podré realizar, de los libros que quedan en las estanterías en una eterna espera: la vida es limitada, nuestro tiempo libre también. Y, por último, intenta un acercamiento al sentido último de la lectura. Un poema de reflexión que va en la cuarta parte del libro. Veamos su antecedente, su "cocina", y leamos el producto final.


LAS LECTURAS descubiertas, a veces,
demasiado a destiempo, quizá con la tardanza
del condenado.

Las lecturas que nunca serán mías,
que cubrirá la muerte con la gasa
de la imposibilidad. Las lecturas
que quedarán a medias como testigos mudos
de una impotencia antigua. Las lecturas
que barrieron las sombras,
que ocuparon las calles y las noches.

Las lecturas que arañaron la piel de la pequeña patria
del corazón, del río tantas veces soñado.
Las lecturas que hablaban
de unos días de Cambridge
que jamás vivirías.
                                    Las lecturas
donde crecen los héroes y te cercan
las verdades de otros, las almas reversibles,
el corazón más tuyo y algún sótano.
                                    
                                         (Las lecturas)
En los textos escaneados viven mis dudas acerca de la evolución de cada poema. En las tachaduras están los caminos interrumpidos, en las líneas escritas los encontrados, en los trazos que cruzan el poema la guía que sitúa, en el poema inicial, los nuevos versos.

Mi vida en la UVA de Hortaleza: una entrevista de Juan Jiménez Mancha

Reproduzco, a cotinuación, la entrevista que Juan Jiménez Mancha publicó, en diciembre de 2020, en El Periódico de Hortaleza . Creo que el...