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martes, 14 de febrero de 2017

Lo que se fue con Félix: mundos que se disuelven

La muerte de Félix Grande hace tres años, más que cualquier otra de las de entre mis amigos mayores, me hizo cobrar conciencia de un proceso de gran calado y del que sólo advertimos su silencioso discurrir en momentos muy precisos: me refiero a la desaparición del mundo que contribuyó a acentuar y dar encaje a mi vocación de poeta, a la vocación de poeta de tantos escritores coetáneos. Echo la mirada atrás, la proyecto en los primeros años de mi andadura y recorro con ella la realidad que viví y los ingredientes que le dieron sentido y descubro ante mí una historia rica, compleja, irrepetible.

Encuentro "Poesía y paisaje" en Pozoblanco. Primavera de 1997
Ese mundo que con Félix comenzó a escaparse se lleva las lecturas de la Tertulia Hispanoamericana de los años ochenta y primeros noventa, tiempo último de Rafael Montesinos en los bordes de la Universitaria, noches de vino y tortilla de patatas en la cafetería Sicilia, mi primera presentación literaria de la mano de Pepe Hierro, mis hijos pura infancia (Malva con seis años, José Manuel con uno y subido en su carrito) de la mano de Esperanza, poeta oculta e intensa. Éramos los poetas jóvenes que llevábamos en la cartera las viejas antologías de Taururs (la mítica Cuatro poetas de hoy), que nos habíamos formado en la lectura en paralelo de Rosales o Vivanco de un lado y de Blas de Otero, Gloria Fuertes o Gabriel Celaya, de otro, que habíamos descubierto lo más contemporáneo en las voces de los poetas del cincuenta y que aún no nos habíamos repuesto de la ofensiva novísima. Entonces nacían las revistas que había alumbrado la todavía reciente transición: Leer, Quimera, los lejanos Camp de l'Arpa o Lateral, revistas que se querían comer el mundo con nosotros, que llenaron mi Madrid de compromisos inacabables con la gente del barrio y de sueños de inmortalidad que el tiempo y la madurez se llevarían.

De izquierda a derecha, Diego Jesús Jiménez, Esperanza, Manuel Rico
y Félix Grande. Nochevieja de 2005
Pero la muerte de Félix, como años antes la de Diego Jesús Jiménez, se llevaba también el mundo que construimos en Priego en los meses de julio de la década primera del siglo XXI. Jornadas de conversación, poesía y felicidad, de noches al raso en la plaza del ayuntamiento mientras los más jóvenes intentaban encender un amor fugitivo o reservar el mejor poema para la lectura que clausuraría el curso. Se llevaba parte de mi mundo, del que también Paca formaba parte, especialmente una mañana en la que en la alfarería del pueblo nos hicieron, a Félix y a mí, un molde de la mano derecha para convertirlo en cerámica, en pieza de artesanía que conmemorara el paso de los poetas por el pueblo. Allí conocí a Carlos Sahagún, a Carme Riera, a Antonio Carvajal, a Paco Brines, a los poetas más jóvenes que buscaban un camino y una identidad a la sombra del Centro Cultural que lleva el nombre del maestro Diego Jesús y que fuera cárcel en un tiempo remoto. Allí compartí risa y versos con Antonio Hernández, con un Manolo Vázquez Montalbán que colgó a la entrada del salón de actos sus "carvalhos" y se desató como poeta en estado impuro en el escenario.

Con Félix se fueron también los rescoldos de otros, mayores de edad que él, pero inseparables de mi goegrafía sentimental y literaria: Gil de Biedma,  Claudio Rodríguez, José Agustín Goysitisolo, Carlos Barral.... muertos previos y ceniza. Se fueron las historias, que tan bien contaba, de Oliver, donde Paco Umbral, Juan Benet, García Hortelano, probablemente en mesas separadas, quizá enfrentadas, debatían de narrativa, de vanguardias, de Faulkner o de Hemingway, los dos extremos referenciales de las opciones estéticas que representaban. Se fueron también los rescoldos de las terturlias poéticas del Café Gijón, los años últimos de La Estafeta Literaria, el reverencial deslumbramiento ante la revista Ínsula, llena de historia democrática y literaria, y los años más recientes de Nueva Estafeta, entonces dirigida por Rosales....

Juan Carlos Mestre, Alejandro López Andrada y Manuel Rico
Lecturas de poetas. Una visión de la sierra del Guadarrama filtrada por los mejores de la Generación del 36, por Luis Rosales, pero también por Alberti, por un Prado Nogueira olvidado demasiado pronto, por el viejísimo y exiliadísimo don Antonio Machado. La Tertulia Hispanoamericana de entonces se asomaba a la Universitaria, respiraba el aire de aquellos poetas pero también los aromas, aún vivos, de la Institución Libre de Enseñanza.

Con Félix se fueron (porque era inevitable) mis asiduas visitas a la casa de los libros en la calle Alenza, y las noches de vino y debate, los sueños a cumplir en el logro de la obra maestra y de la canonización que muy pocos alcanzarían, los cuadros de Lorenzo Aguirre, el relato emocionado y casi iracundo de Paca hablando de los años del hambre, del garrote vil que Franco aplicó a su padre, de la Chiquita Piconera o del "último mohicano" que llenó un poema de emociones, de vida, de memoria íntima y colectiva, de verdad. Se comenzaron a marchar las cenas de Nochevieja (¿cuántos años?) en nuestra casa, con Diego Jesús unas veces, otras con Guadalupe y con otros amigos. Ya hace tiempo que las tardes de reflexión y poesía, de literatura y política, de lecturas inacabables dejaron de ser, fueron cayendo en el abismo gradual conde crece el olvido.

Los más jóvenes soñábamos con los mayores, con los que ya estaban en las antologías y nos traían la tradición sobre sus hombros vivos y combativos todavía. Había una continuidad que se remansaba en cada tertulia, en cada lectura, en cada debate... .Todos o casi todos vivían y creaban cuando los de mi generación empezábamos. Teníamos a los maestros que habían entrado en el libro de literatura como dioses cotidianos y accesibles. Vivían la plenitud y la madurez y nosotros la devoción y el aprendizaje. Noticias de Ángel González y sus noches de vino y bolero, noticias de Gamoneda a través de un Blues castellano  apenas conocido, un Gamoneda todavía sepultado en la provincia por intereses ajenos a la poesía y que llegaría a Madrid, a los foros más notables, a partir de Lápidas y, sobre todo, de Edad, la poesía completa que editó Cátedra bajo la batuta de Miguel Casado,  noticias de Granada donde la Otra Sentimentalidad nacía y a la sombra alargadísima y honda (no todas las sombras son hondas) de Federico comenzaban a publicar los amigos, los de la misma edad que cumplíamos en Madrid con nuestra condición de coetáneos y de apasionados por la poesía. Hablo de Luis García Montero, con quien polemicé a propósito de otro granadino, Javier Egea, a quien solo conocí en la distancia del poema y de otras lecturas, Rafael Guillén, ya maestro entonces, hablo del redescubrimiento de un realismo que mezclaba subjetividad y preocupación colectiva, que miraba a Italia y a Pasolini y a Pavese y a los narradores del neorrealismo. Hablo de la memoria, casi apagada de un muerto jovencísimo, casi adolescente, como Pablo del Águila, amigo de de Félix, visitante ocasional de la casa de Alenza, de quien Bartleby publicará la obra completa en unos días. Y hablo de los amigos de Madrid, de los que pugnábamos por publicar algún poema en Cuadernos, o en una revista recién nacida, o por ver editados nuestros primeros libros en Hiperion, en Visor, entonces proyectos nuevos, vivos, todavía no agrietados por el tiempo y las sevicias institucionales, en Endymion, donde el enorme Jesús Moya cuidaba de su sótano en Cruz Verde y alimentaba gatos y poetas.... Fernando Beltrán, José Carlón, Adolfo García Ortega, Juan Carlos Suñen, Jordi Virallonga (venía de Barcelona y sinTaxis), Antonio Jiménez Millán (venía de Granada), Amalia Iglesias,  Juan Carlos Mestre, Rogelio Blanco, Blanca Andreu lejana y triunfadora con un Adonais más que memorable... Jóvenes de entonces que hoy nos miramos en el espejo descubriendo las huellas de la edad y el aura de una orfandad naciente.


Son tantos los huecos....  Es ley de vida. He tenido el privilegio de convivir y crecer literariamente con todos ellos, pero cuando Félix se fue hace tres años, tomé conciencia de que del mundo que había vivido tan intensamente y los mundos que dentro de él crecieron empezaban a dejar el espacio de la realidad para ir recluyéndose lentamente en el de la memoria. Hablando con algunos de mis amigos poetas nacidos en los cincuenta compruebo que compartimos una sensación: durante décadas nos hemos sentido "jóvenes poetas" (incluso ahora yo mantengo esa sensación). Y el misterio de esa rara conciencia prolongada no era otro que la presencia viva y amiga de los maestros. Pero se nos han ido yendo poco a poco dejando un vacío difícil de colmar. Nos han dejado huérfanos. Se llevaron el mundo que nos dio experiencia, felicidad y mitologías necesarias para sobrevivir. Y nos quedamos algo más solos.



domingo, 10 de junio de 2012

Donde el mundo se llama Celanova y su poeta Celso Emilio Ferreiro


En el verano de 1976, E. y yo, con una pareja de amigos, recorrimos gran parte de la Galicia costera.  En Malpica, en pueblo de pescadores próximo a Coruña, vivimos una trágica experiencia:  fuimos testigos del intento de salvamento, en la playa, de una muchacha. Ella tuvo suerte, pero uno de los pescadores que se lanzó al mar, precisamente para salvarla, tuvo la mala fortuna de morir ahogado. Aquella experiencia ennegreció el viaje y nos llevó a alejarnos del mar, a buscar la Galicia interior: nos adentramos en la provincia de Orense y recorrimos parte de sus bosques y montañas hasta recalar en un pueblo, cuyo nombre he olvidado, cercano al monasterio de Osera. No muy lejos de allí, hacia el sur, se encontraba el pueblo cuya denominación llevaba impresa en la portada del libro que me acompañó a lo largo de aquel viaje: Celanova.

Su título: Donde el mundo se llama Celanova. Su autor, Celso Emilio Ferreiro.  En 1975, con Franco enfermo, Celso Emilio era un poeta vivo y activo (comprometido en la lucha antifranquista) que cuatro años después, el 31 de agosto de 1979, moriría precisamente allí, en Celanova, donde había nacido en 1912. He de decir que el poemario había sido editado meses antes gracias a la iniciativa del poeta y entonces director de la colección Alfar de poesía, de Editoria Nacional,  Diego Jesús Jiménez: una bella edición de bolsillo, bilingüe (la traducción era del propio Celso Emilio), cuya portada reproduzco en este post. Recuerdo que aquellos poemas acompañaron algunos de mis duermevelas de aquel viaje y que, en ellos reconocía experiencias anteriores vividas en la Galicia profunda: un viaje a As Pontes en tiempo de navidad del que todavía recuerdo maravillosas veladas al calor de una hoguera junto a amigos que el tiempo se ha encargado de borrar de mi memoria, queimadas que duraban hasta el amanecer y conversaciones interminables sobre los tiempos que se avecinaban con la previsiblemente próxima muerte del dictador. De modo que yo había construido en mi mente una Galicia. Literaria, sin duda. Idealizada, también. Pero cargada de imágenes vinculadas a un tiempo de descubrimientos del que formaba parte la poesía de Ferreiro (y la música de Luis Emilio Batallán, del berciano Amancio Prada, de Voces Ceibes...), la lectura adolescente de poemas de Rosalía y de un monográfico de Cuadernos para el Diálogo dedicado al genial Castelao. Era mi Galicia de los veintipocos años, ese tiempo de descubrimientos en el que todo se mitifica y magnifica.


En este 2012 se cumple un siglo del nacimiento de Celso Emilio Ferreiro. Será un centenario poco celebrado porque el olvido es el consejero indeseado de los buenos poetas que estuvieron en los márgenes. Un olvido injusto de uno de los poetas de mayor relieve de la lengua gallega. Su obra, cuyo libro más conocido e influyente fue Longa noite de pedra, (su primera edición data de 1962, pero ha sido continuamente reeditado) desbordó, sin embargo ese ámbito lingüístico para convertirse, sobre todo en las décadas de los sesenta y setenta del pasado siglo, en un referente de la lírica más comprometida, más implicada en la denuncia de la dictadura y en la búsqueda de una nueva realidad. Su poesía, con fuerte arraigo en la tradición poética de lengua gallega (Rosalía, Curros Enríquez, Pondal),  alcanzó en aquel tiempo una notoriedad parecida a la de autores como Blas de Otero, Gabriel Celaya o José Hierro y tuvo vínculos estéticos y simbólicos, con la mejor poesía crítica de la Generación del 50.

En 2007, la reedición, con una traducción nueva y sólo en castellano, de Larga noche de piedra (Rinoceronte Editora), y de sus relatos americanos  de La frontera infinita (Faktoría K) fue no sólo una llamada de atención sobre la importancia de su obra, sino una oportunidad, para nuevas generaciones de lectores, de asomarse a ella y de evaluar cuánto de artificial hubo en la descalificación de cierta literatura adjetivada con el marchamo de social y en la tenacidad de algunos autores de libros de texto de relegar a Ferreiro, junto con Grabriel Aresti y Salvador Espriu, al espacio marginal de los "autores en otras lenguas". Esperemos que el centenario se aproveche para insistir en el objetivo de potenciar el conocimiento de su obra, logrado de manera muy limitada, casi testimonial en 2007 con la publicación en castellano de los libros antes referidos  

En Larga noche de piedra está la esencia de la mirada de Celso Emilio Ferreiro sobre la realidad de su tiempo, pero también una reivindicación del sentido último de la lírica como instrumento descubridor de la belleza, de una belleza a la que llama verdad: “Uno busca la verdad / por todos los caminos, bajo las piedras, / en las raíces oscuras de las miradas, / más allá de espumas y crepúsculos”. La mirada de Ferreiro no fue una mirada localista, chata, sino universalista, dotada de un fuerte componente humanista y con plena conciencia del territorio en el que ha de moverse la palabra poética. La mezcla de componentes íntimos y preocupaciones colectivas, el tono conversacional, lejano a la estridencia y al artificio y una mirada compasiva y enamorada sobre la realidad gallega y sus paisajes dieron una identidad diferenciada a sus poemas, los dotaron de un estilo reconocible.   


Celanova, lugar de nacimiento de Celso Emilio Ferreiro
Aunque se puede acceder a su obra completa en edición bilingüe, el tiempo transcurrido desde su aparición, más de un cuarto de siglo, hace imprescindible no sólo su reedición sino una nueva traducción al castellano que se libere de las servidumbres de la época, por otro lado inevitables. En 1981 (año en que fue editado el tercer volumen), en el ecuador de la transción política, la visión de la obra de Ferreiro venía marcada por el componente político, social, mucho menos por el  estético o emocional. Libros suyos como El sueño sumergido (1954), Cementerio privado (1973), muestran un universo poético que se aleja de la convención que la historia literaria ha establecido. La vida cotidiana en la Galicia profunda, los sueños rotos, la memoria de la infancia, el amor, el exilio y la añoranza, la muerte como amenaza y, en ciertas situaciones, como salvación, cruzan e impregnan una poesía dúctil y directa a la vez, realista pero no ajena a la ensoñación y a la imagen imprevista.

La obra de Ferreiro no se agotó, ni mucho menos, en la poesía. Fue un notable narrador de cuentos. Fruto de esa labor, desarrollada, en gran parte, en el exilio venezolano, fue la colección de cuentos reeditada en 2007 antes aludida, La frontera infinita,  que vio la luz, por vez primera y en lengua gallega, en 1972. Cuentos duros derivados de una experiencia amarga y en los que se advierte el aliento de cierta narrativa del boom latinoamericano y en los que fantasía y realidad interactúan y se complementan.  

En aquel lejanísimo año 75, sin embargo, desconocía todos los aspectos que acabo de referir de su literatura, de su poesía. Conmigo, en un espacio accesible del equipaje, iba Donde el mundo se llama Celanova. Había sido, meses antes, mi gran descubrimiento poético del año. Sus poemas hablaban de la infancia en Celanova, de la cotidianidad de un mundo aferrado a costumbres ancestrales y, a la vez, impregnado por la pátina de irrealidad, de magia, con que la memoria tamiza los recuerdos de la niñez.  Un libro que está pidiendo desde hace tiempo una reedición en condiciones, quizá acompañada de un texto de lectura de algún poeta de hoy, del siglo XXI. En la colección de poesía de Bartleby existe una serie denoeminada "Lecturas 21". Ahí tendría un perfecto encaje.

No estaría mal que esa iniciativa se convirtiera en una modesta aportación de la editorial al centenario de Celso Emilio Ferreiro.

lunes, 28 de mayo de 2012

Pepe Hierro y cierta crítica

Recuerdo una anécdota de Pepe Hierro de hace muchos años, quizá de 1996 ó 1997, que expresa de manera muy gráfica cómo vivió el poeta las prescripciones médicas durante los últimos años de su vida. El humo del tabaco era veneno puro para el enfisema pulmonar que padecía desde hacía tiempo. Y Lines, su mujer, y Marian, su hija, vivían con gran tensión sus permanentes vulneraciones de la prohibición. Un día que hoy me parece remoto, con motivo de la celebración del “doblete” premio de la Crítica y Premio Nacional de Poesía a Itinerario para náufragos, de Diego Jesús Jiménez, el premiado y Társila, su mujer, organizaron una cena en su casa. E. y yo llegamos antes y estuvimos charlando un buen rato con los anfitriones. Los invitados fueron llamando al timbre  (Carlos Sahagún, Juan Carlos Mestre y Aleja, Félix Grande, Lupe y Paca Aguirre….) y unas veces Diego, otras yo, les abríamos la puerta. A E. y a mí nos tocó abrir a Pepe, que llegaba con Lines. Ella se adelantó y Pepe se detuvo junto a mí para decirme algo al oído. Cuando Lines estuvo dentro de la casa, me dijo algo así como: “Si me das tres cigarros te regalo un dibujo”. Yo entonces fumaba como un carretero y él tenía por costumbre entretener las conversaciones de las sobremesas con dibujos que coloreaba no sólo con los rotuladores que solía llevar en el bolsillo de sus grandes camisolas, sino con los más diversos vinos y licores que habían regado la comida o la cena. Hoy, su dibujo cuelga en mi cuarto de trabajo.

Desde el pasado mes de marzo, la Fundación Centro de Poesía José Hierro, con el apoyo de diversas instituciones, viene desarrollando un amplio programa de actividades para celebrar los noventa años que Pepe cumpliría y la década transcurrida desde que murió, cuatro años después de recibir el Premio Cervantes. Un merecido homenaje que está sirviendo para recuperar su personalidad civil y poética y para valorar en toda su dimensión la obra del único poeta español del último medio siglo que dio a la luz un auténtico best-seller poético: Cuaderno de Nueva York, poemario que contó con numerosas ediciones y del que se dice que llegaron a venderse casi cincuenta mil ejemplares, algo que en poesía parece una quimera. En cualquier caso, la poesía de Hierro, antes de publicar su Cuaderno ya había alcanzado cotas de calidad difícilmente imaginables en poemas como "Canción de cuna para dormir a un preso", "Requiem" o "Alucinación en Salamanca". La música de su verso, su concepción de la poesía como lugar de encuentro entre lo civil y la más radical intimidad, su búsqueda de nuevos caminos para el idioma (el salto de lo que él llamó "reportaje" a la "alucinación") otorgan una potente personalidad, claramente diferenciada de cualquier otra, a su obra poética.   

El pasado jueves, 24 de mayo, tuve el honor y la fortuna de compartir, en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, mesa y debate con Juan José Lanz, Antonio Ortega, Luis García Jambrina y Túa Blesa sobre la valoración crítica de su poesía. De entre los muchos aspectos que se valoraron, hubo uno que creo imprescindible destacar y que iba implícito en una de las preguntas que Jordi Doce,
moderador del debate, puso sobre la mesa.  A los interrogantes con que se abrió el coloquio  ("¿Cuál es la estimación crítica de que goza la obra de José Hierro en estos momento? ¿No se le está tratando quizá con cierta indiferencia, como un poeta cuya valía nadie discute, pero al que quizá no hace falta «estudiar» o releer críticamente? En otras palabras, ¿no se le está dando muchas veces por sabido (o leído)?")  yo respondí con cinco razones a mi juicio claves para entender el fondo de las preguntas de Jordi.

La primera, afirmando que  la obra de Hierro ocupa un lugar indiscutible en la literatura española del siglo XX. Nadie la cuestiona. El premio Cervantes no sólo dio carta de naturaleza a la altura de su poesía, sino que estableció un "statu quo" a su obra que ningún crítico, ni siquiera los que se han mostrado muy alejados de la estética de Hierro, discuten. Hay cierto silencio, sí. Pero un silencio parecido al que al día de hoy envuelve la obra de poetas como Gerardo Diego, o algunos grandes nombres del 27, o a Blas de Otero.

De otro lado (segunda razón), Hierro fue un poeta sin generación Nacido en 1922 era más joven que la mayoría de los poetas de la primera Generación de postguerra, más joven que Otero y Celaya y más viejo que los sucesores de la Generación del 50 (González, Gil de Biedma, Valente). Y, lamentablemente, la crítica, sea académica sea periodística, suele estar muy apegada a las categorizaciones generacionales. En el fondo, se da por sentada la calidad y la importancia de la poesía de Hierro. Y si no es así, se guarda silencio: no hay un utillaje teórico generacional para cuestionarlo.


Pepe Hierro fue (tercera razón), además, un poeta "mestizo" en el aliento de fondo de su obra: no fue un poeta sólo social. Fue un poeta en el que lo íntimo y lo colectivo se integraron y mezclaron. Que nadie se equivoque: no infravaloraba la poesía social (recuerdo que una vez le pregunté su opinión sobre Blas de Otero: su respuesta fue contundente: "el mejor", dijo), sino que reconocía la presencia en su poesía de Juan Ramón, de Lope, de Quevedo, de Antonio Machado, además de valorar las grandes conquistas de los poetas del 27. Eso significa que en un tiempo de confrontación, para entendernos, entre la estética más próxima a la revista  Espadaña y el garcilasismo, él no estaba en ninguna de esas trincheras. Eso dificulta el tratamiento crítico de su obra: no olvidemos que la crítica, en gran medida, se alimenta en la confrontación entre estéticas, en el argumento y en el contraargumento.



Por otra parte (cuarta razón), Hierro, extremadamente sensible para respirar e identificar los vientos de la modernidad, extremadamente sutil en la elaboración de cada poema, anticipó el cambio estético que protagonizaría la llamada "generación del lenguaje" con su Libro de las alucinaciones (1964) y lo ahondó en libros memorables como Agenda (1990) y, sobre todo, en un poemario lleno de complejidad, de contemporaneidad, de dificultad y transparencia a la vez, Cuaderno de Nueva York. Eso le convierte en un poeta inclasiflicable y difícil de abordar para una crítica acostumbrada a lo previsible.  José Olivio Jiménez, Dionisio Cañas o María Pillar Palomo, Gonzalo Corona, Juan José Lanz han sido, sin embargo, algunos de los críticos y profesores que, con mayor hondura y precisión, se han acercado a ella.

Por último, no conviene olvidar el trato que le dieron a Pepe Hierro (después se lo darían a Antonio Gamoneda) algunos significados miembros de la Generación del 50, magníficos poetas por otro lado. Del silencio de la mayoría a la descalificación de Carlos Barral o de Valente (quien le llegó a reprochar, de manera indirecta, su trabajo, en los años 50 y 60, en la Editora Nacional, o, hasta 1987, en Radio Nacional), juicios que tienen mucho que ver con el origen social de buena parte de los poetas de la generación del medio siglo, especialmente los de la Escuela de Barcelona. Son ciudadanos con la vida resuelta, niños de la guerra a cubierto de una guerra  que en sus memorias y novelas algunos recuerdan como un "tiempo de felicidad", y adolescentes de buena familia en la posguerra. La ironía, la crítica corrosiva a la popia clase de origen (Gil de Biedma sobre todo) no existe en Hierro. En todo caso, su ironía está cargada de ternura, de compasión, de dolor y.... ¿por qué no?, de miedo. Juan José Lanz refleja, en la "Cronología" que escribió para Agenda, la poderosa razón de fondo de esa tristeza, de esa visión dolorida: "1939. En septiembre, ingresa en prisión, acusado de pertenecer a una red clandestina de ayuda y socorro a los presos, y recorre las cárceles de Santander, Comendadoras (Madrid), Palencia, de nuevo Santander, Porlier y Torrijos (Madrid), Segovia y Alcalá de Henares. Es procesado dos vec es y, finalmente, se le condena a doce años y un día de reclusión, per abandona la cárcel en enero de 1944. A los pocos días, muere su padre".

Termino recomendando un magnífico libro extrañamente (o no tan extrañamente) silenciado sobre la vida y la obra de nuesto poeta. Su autor es Pedro J. de la Peña y su título es José Hierro. Vida, obra y actitudes. Está publicado por la Universidad Popular José Hierro de San Sebastián de los Reyes. Apareció hace tres años y su lectura es una tarea imprescindible para quienes quieran adentrarse en la poesía (y en la prosa, y en la pintura) del poeta madrileño de nacimiento y cántabro de adopción.


Viaje por la mala conciencia: LOS FILOS DE LA NOCHE, una novela reescrita. Una nueva novela.

En breve, Los filos de la noche, mi segunda novela, estará otra vez en librerías. Oculta desde hace muchos años, ha vuelto entre nosotros c...