Mostrando entradas con la etiqueta Bartleby. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Bartleby. Mostrar todas las entradas

martes, 2 de febrero de 2016

La trastienda y la sabiduría de Javier Egea en su "Taller del autor"

“Ante todo os doy las gracias por haber venido. Me llamo Francisco Javier Egea Martínez. He nacido en Granada y tengo dieciséis año. Durante el corto tiempo que me vengo llamando poeta he escrito mucho, aunque los últimos poemas que tienen valor para mí son estos últimos, estos que ahora escucharéis, ya que intentan dar y conseguir algo”. Este es el comienzo de la primera prosa recuperada de Javier Egea que se incluye en el libro Taller de autor, que hace un par de meses puso Bartleby en librerías. Es el primer volumen de su prosa y el tercero de la obra completa que desde 2012 viene publicando esa editorial tras la poesía ya publicada en libro del primero y los poemas sueltos e inéditos del segundo. La edición, como en la poesía, corre a cargo de Pío Alcántara y Juan Antonio Hernández, que ponen a disposición del lector un auténtico aparato de anotaciones y referencias de una enorme utilidad. Lamentablemente, debido a razones ajenas a Bartleby, será el penúltimo volumen de su obra completa puesto que el proyecto quedará interrumpido cuando aparezca el segundo tomo de prosas. El broche de cierre, los Diarios, quedarán varados en ese extenso mar de los libros inéditos.

Taller del autor es un fascinante recorrido por los fantasmas literarios, humanos, sociales y políticos del poeta Javier Egea. Este primer tomo se divide en dos grandes bloques: "Artículos y recitales" y "Prosa narrativa". El siguiente acogerá sus cartas, las entrevistas que le hicieron y sus "Cuadernos y carpetas". Podemos decir que el conjunto de los dos volúmenes compone un verdadero libro mosaico de época. En lo que se refiere al que acaba de ser publicado yo añadiría que cualquier lector puede acceder a él guiado por un doble aliciente: entrar en la cocina del autor, en su taller, y recorrer, a través de su mirada y de su experiencia “en tiempo real”, una época decisiva para nuestro país y su evolución política (desde los últimos años de la dictadura a la década de los noventa) y para la deriva que habría de marcar la poesía española del último cuarto del siglo XX. 

Aquel tiempo está lleno de la Granada que va de la clandestinidad a la legalidad, que entrelaza política, vivencia y poesía, que se llena de bares, de paseos y de madrugadas. La ciudad y sus ambientes, entre 1969 y 1999, se reflejan en la actividad literaria y poética que Egea protagonizó. Su opinión sobre Albert Camus, su relación con escritores coetáneos como Eduardo Castro, sus palabras de recepción del premio Juan Ramón Jiménez por Paseo de los tristes, sus introducciones a recitales propios y a recitales en los que pone voz a poetas como Federico, Miguel Hernández, César Vallejo, Bertolt Brecht, sus reflexiones, breves pero no por ello de menor interés, sobre el Alberti de las "Coplas de Juan Panadero", sobre Memoria de la melancolía, las evocaciones de María Teresa León o sobre el legado teórico de Juan Carlos Rodríguez son, junto a otros trabajos (esquemas de lecturas, apuntes sobre y de El Quijote, etc...), indicadores de las preocupaciones éticas y estéticas de nuestro poeta que componen la primera parte del libro, "Artículos y recitales". 

Me parece necesario destacar dos textos de ese apartado: de un lado, el que lleva por título "Mis lugares lorquianos: un laberinto de coincidencias" compuesto de tres acercamientos, entre los descriptivo y lo evocador, a rincones de Granada llenos de significado: Fuentevaqueros, la Huerta de San Vicente y Viznar; de otra, "Memoria explicativa del proyecto para un libro de poesía titulado Raro de luna" . Este último presenta un interés adicional: en él advertimos el cambio de fondo que, en sus últimos años de vida, Quisquete empezó a imprimir a su poesía. Y lo advertimos en el plano de la consciencia, de la premeditación y del soporte teórico: "Se trata de un libro --escribe Egea-- de ambiente sonámbulo, de un surrealismo muy controlado, concebido como un viaje de despedida por el mundo de las dependencias personales". Es evidente que el poeta granadino había comenzado a despedirse de la apuesta figurativa de libros anteriores y se aprestaba a profundizar en las líneas irracionalistas apuntadas en Troppo mare.


Javier Egea con Juan de Loxa en los años 70
Quizá lo más sorprendente e imaginativo de Taller del autor sea su prosa narrativa. Cuentos, sueños cargados de iluminaciones, también de zonas oscuras y de retazos procedentes de la realidad, tentativas de relatos (sólo uno de ellos se nos da terminado, "El chino del panteón") y de juegos argumentales y verbales ("Spain es diferente") dan cuenta de una vocación poliédrica que probablemente, en el ámbito de la narrativa, hubiera madurado de no ser por su prematura muerte.

Cuando uno se acerca al mundo de Egea, sobre todo cuando lo haces a través de la mirada de amigos que con él convivieron y que no han salido de Granada en las últimas décadas, se da cuenta del enorme peso específico que tuvo en esa zona a veces indefinible en que se funde la trastienda de la noche de la ciudad, con us bares, sus tertulias, sus proyectos colectivos, sus recitales, su pequeña bohemia, y el empeño renovador de la literatura que sus inquilinos protagonizaron. La memoria de Egea está viva, divide al mundo literario de esa ciudad y cualquier actividad cultural en la que su obra o su memoria  aparezcan como protagonistas genera expectativas que no provoca ningún otro escritor. He tenido la fortuna de presentar en Granada tres libros suyos: pues bien, es las tres presentaciones (los dos volúmenes de poesía y este primero de prosas), quienes protagonizaron la decisiva etapa del nacimiento de la "Otra sentimentalidad" en los ya lejanos ochenta han sido los grandes ausentes: ni Luis García Montero, ni Álvaro Salvador. compañeros del manifiesto iniciático,  han estado presentes. Sí participaron en cierta polémica en algunos medios, pero hubiera sido bueno que esa polémica se hubiera llevado a cabo con una mesa por medio, en público y sin los lastres de una tensión que hoy carece de sentido.. ¿Ha llegado el momento de dialogar desde la discrepancia? ¿No es posible confrontar dialécticamente las dos miradas que he venido advirtiendo sobre el sustrato ideológico-poético de su obra?  No ha sido posible hacerlo alrededor de este primer tomo de Taller del autor. Confiemos en lograrlo cuando, a la vuelta de un año, se publique el segundo. Sería una muy buena noticia.    

jueves, 8 de noviembre de 2012

Un almuerzo con Antonio Gamoneda y con "Canción errónea"

El último día del pasado octubre tuve la fortuna de almorzar, por iniciativa de Fanny Rubio, con Antonio Gamoneda. Fue en el Circulo de Bellas Artes, ese lugar que ha acabado por convertirse en escenario de casi todos los encuentros que he mantenido en el centro de Madrid con poetas, narradores y amigos con otras dedicaciones en los último años.  El caso es que Fanny había organizado el almuerzo para obtener apoyos para el proyecto "Espacios de Intercreación / Creadores sin fronteras" y para intercambiar impresiones sobre la necesidad de reforzar los niveles de compromiso de los artistas en estos tiempos de recortes sociales y de retroceso democrático.


Éramos siete u ocho comensales, pero el azar (o la premeditación de Fanny) hizo que en un extremo de la mesa nos situáramos, frente por frente, Antonio y yo. Esa circunstancia convirtió el almuerzo en un reencuentro cálido puesto que hacía al menos seis meses que no nos veíamos --creo recordar que no hablábamos desde la entrega del último premio Cervantes a Nicanor Parra (el chileno no estuvo presente por razones de salud,  fue su nieto Cristóbal Ugarte, quien lo recogió en su nombre) en el acto de la Universidad de Alcalá, donde intercambiamos algunas palabras de trámite-- y era una buena oportunidad para pasar revista a la literatura , a España, a Europa y al mundo, sobre todo con el horizonte de las elecciones en Estados Unidos (todos en la mesa apostábamos por Obama y todos, en parte, somos ganadores). Hablamos, claro, del tiempo transcurrido desde la última conversación que merecía tal nombre, cuando, allá por el año 2008, yo trabajaba en el Instituo Cervantes. de las polémicas y los malos entendidos suscitados a propósito de su punto de vista sobre la obra de Ángel González o de Mario Benedetti, de los ejércitos de viudas y de viudos que les nacen, tras su muerte, a los grandes poetas, y de la suerte diversa, que va de la muerte en vida a la actividad intensa pasando por el pulso débil y el electroencefalograma semiplano, que corren las fundaciones a ellos dedicadas. Nacen para difundir, defender y estudiar la obra del fallecido y acaban siendo un campo abonado para la jurisprudencia sobre la materia y las pugnas entre herederos legítimos, ilegítimos y hasta voluntarios que pasaban por allí. Y cuando funcionan bien, las víctimas propiciatorias de los recortes en cultura, como si las políticas conservadoras tuvieran como enemigos declarados a los poetas. Aunque hayan pasado al "club de los poetas muertos".

Sin embargo, la mayor parte del tiempo la dedicamos a charlar, ayudados por el vino y por una comida modesta y sabrosa, de poesía, de su último libro, Canción errónea (que comencé a leer unas horas después, en el Metro)  y de algo tan inevitable y yo diría que obligado en los tiempos que corren como la crisis económica. Yo no sabía en aquel momento que algunos días después iba a aparecer una larga entrevista en Babelia, por lo que buena parte de las afirmaciones de Gamoneda, que, más o menos matizadas, aparecerían en el suplemento citado, me fueron llamativas y sorprendentes.

Siempre he pensado que Gamoneda es un poeta que, en cada libro, en cada poema, se asoma al abismo. Desde Descripción de la mentira, libro de 1977, ha venido tanteando esa sucesión de ventanas oscuras a las que se asomara  la vida y que sólo descubre --cuando las descubre-- el poeta. Recordamos a Gelman, hablamos, casi de pasada, del gesto de Javier Marías (un gesto ya amortizado políticamente una vez que ha transcurrido una semana desde su rechazo del Premio Nacional) y me hizo saber su desconfianza hacia el mundo de Internet y de las nuevas tecnologías: sus vínculos con esa realidad están delegados en Amelia, su hija, espléndida traductora y veladora permanente de la tranquilidad del poeta (ya tiene 81 años y lo merece) y de la integridad de su obra.

Gamoneda habla de manera pausada. Cierra los ojos como si una luz exterior lo deslumbrara y precisara recluirse en su interior para sacar de allí las palabras. Es hombre de origen humilde que contempla aterrorizado el proceso de desmantelamiento que está llevando a cabo la derecha en Europa, en el sur especialmente (con cierta tibieza socialista) para cubrir el pozo financiero de la banca y se le ha ocurrido promover una alternativa que se aleje de la estridencia y la confrontación y descienda al núcleo poblacional más básico: el barrio. Lo cuenta en la entrevista de Babelia y su idea descansa sobre la posibilidad de establecer, a un ritmo lento pero decidido, un circuito paralelo de relaciones económicas que tengan como base el cooperativismo, el desarrollo de la actividad económica local. Frente al poder de los bancos, buscar fórmulas que eludan su necesidad, en las que el ciudadano sea de verdad el protagonista. No son ideas a echar en saco roto. La continua (y creciente) presión del Bundesbank y de la canciller Merkel para que la Europa del Sur siga recortando servicios públicos, derechos y dosis de felicidad colectiva va acabar por obligarnos a buscar alternativas a una sociedad a la que le imponen como labor prioritaria salvar bancos a costa de hundir familias.

Pero Gamoneda es también (sobre todo), poesía con abismo, con estremecimiento, con dolor. Canción errónea está en la estela de sus mejores libros, especialmente de Libro del frío. Es una poesía que, sin perder pie en la realidad, nos araña muy adentro, remueve nuestra memoria y nos pone de frente ante la vida y sus incertidumbres.  Emoción, lenguaje que enamora, descubre y redescubre, rigor y, sobre todo, un enorme caudal de interrogantes, de preocupación existencial ante ese errático e incomprensible fruto que es la vida: una existencia entre dos oscuridades, la previa al nacimiento y la que aguarda al otro lado de la muerte.

Como muestra vale un poema del libro:

"Un desconocido habita en mí. Agoniza y, para agonizar, utiliza
                                                                                 [mi corazón.
Pienso en mi padre enloquecido por la visión de frutos muy frescos, 
     [pienso en el amor y en la morfina. No, no es mi padre. Pero,
     [entonces, ¿quién
agoniza en mí?

Cabe que yo mismo sea el desconocido y que mi corazón no sea mío
     [aunque yo ponga en él sus latidos. Cabe.

En realidad no hay problema. En cualquier caso, yo voy a ser,
     [ya estoy siendo,
huérfano de mí mismo."

He de subrayar que la preocupación social del poeta leonés no es nueva: estos días he recordado la parte de su obra en la que ésta era tan explícita que bordeaba la apuesta que otros poetas (Nora, Celaya, Crémer, Blas de Otero) hicieron escribiendo una poesía directamente comprometida. La editorial Bartleby, en la primera etapa de su serie Lecturas21, reeditó, con prólogo de Elena Medel, un libro emblemático de la poesía de los años 60, Blues castellano. Un libro que si hace unos años, cuando llegó por segunda vez a librerías, parecía haber perdido vigencia en sus contenidos (eran los años del crecimiento, del optimismo colectivo y de la burbuja), ahora, en medio de una crisis a la que no se le ve el final, cobra una actualidad estremecedora.

Cierro con una sugerencia adicional a los libros citados. Entrad en el enlace al documental Escritura y alquimia, un homenaje que distintas instituciones prepararon y publicaron dos años después de que Antonio Gamoneda fuera galardonado con el Premio Cervantes. Disfrutadlo.

viernes, 28 de enero de 2011

La elegía de Mary Jo Bang, el gran poema de 2010

Mary Jo Bang nació en 1946. Por fecha de nacimiento es coetánea a nuestros poetas de la llamada generación del 68. Tuvo 20 años cuando los estudiantes de Berckeley, al amparo de las reflexiones de Marcuse y, más allá, de los filósofos de la Escuela de Frankfurt, se movilizaron por los derechos civiles. Tenía 22 cuando asesinaron a Martin Lutero King y vivió, en plena juventud no sólo los movimientos masivos contra la guerra del Vietnam, sino la irrupción de los más diversas corrientes estéticas en todos los campos de la actividad artística en tiempos de contracultura, de rebelión colectiva, de búsqueda de nuevos horizontes de libertad y de realización personal. Mary Jo Bang nació en Waynesville, una pequeña localidad de Missouri, y, como tantos otros miembros de su generación, vivió las grandes conmociones de un siglo XX especialmente cruel.  En enero de 1967, a los veintiún años, Mary Jo  Bang tuvo un hijo. Un hijo que creció mientras el siglo XX avanzaba hacia su final.  Un hijo en el que depositó sueños, ilusiones, caricias, esperanzas, el imaginario de un mundo distinto. Para él y para quienes lo acompañaran. Un hijo al que amaba intensamente en el comienzo del siglo XXI mientras veía cómo lentamente se iba deslizando, sin que ella lo pudiera evitar, hacia el abismo. El hijo murió un día de junio de 2004 por sobredosis, probablemente de heroína. Mari Jo Bang, hasta ese día, había escrito cuatro libros de poemas. Su trabajo lírico lo combinaba con sus clases de inglés y con la dirección del programa de Escritura Creativa  de Washington University. Mary Jo Bang se asomó al abismo ante el vacío y ante el hijo muerto. Y poco después, comenzó a escribir los poemas de Elegía, libro que se publicó en Estados Unidos en 2007, que obtuvo el Premio de la Crítica de su país y que, en 2010, con traducción y prólogo de Jaime Priede, publicó Bartleby Editores en la colección que tengo el honor de dirigir.

Elegía es, a mi juicio, uno de los libros más perturbador, emotivo y profundo de cuantos se han publicado en España en 2010. Mary Jo Bang lo escribió en el agujero de un drama íntimo de proporciones incalculables. Los poemas se enlazan unos con otros para hablarnos del pasado del hijo, de los momentos vividos a su lado por la poeta, de lo que pudo hacer y no hizo para evitar su trágico final. La culpa, el amor astillado, los deseos rotos, la infancia como paraíso ajeno a las tragedias, los objetos del hijo, la indagación en la raíz (frágil, enormemente inestable) de aquellos momentos en que pudo no estar a su lado, no darse cuenta de alguna desatención, las fotografías de una felicidad perdida, la conciencia no menos astillada de haber fracasado como madre. Sólo en en el fondo del dolor, en el núcleo de todas las dudas existenciales es posible escribir: "Amnesia nocturna. / El sueño se convierte / en dibujo animado y lentejuela de menta".

Muy pocas veces he sentido, ante un poema, la necesidad de llorar, de dejar (los hombres no lloran, me decían en casa cuando era niño) que los sentimientos afloren de una manera líquida y silenciosa ante la capacidad del lenguaje para tocarnos esos lugares recónditos de nuestro cerebro donde se alojan la emociones más hondas e inesperadas. Así ha sido esta noche al releer el poema "Fuiste eres elegía". Os transcribo un fragmento:
Eras. Eres
en mayo. Mayo mirando
hacia junio que llega.
Así es como mido
el año. Todo Fue Culpa Mía
es el título de la canción
que he estado cantando.
Incluso cuando me pedías calma.
No he tenido calma alguna,
he estado llorando. Creo que tú
me has perdonado. Todavía me pones
la mano en el hombro
cuando lloro.
Gracias por eso.
Es una poesía directa que, sin embargo, no desdeña la metáfora ni la comparación,  que combina momentos de alta tensión lírica con acercamientos en apariencia objetivos a lo cotidiano, que tantea con sutileza los fantasmas de la memoria más remota a la vez que recobra los más duros momentos de la días últimos y penúltimos del hijo. Es una poesía de las emociones --que, a la vez, indaga en el lenguaje, encabalga versos, despliega imágenes imprevistas-- que no pocas veces es tratada con desdén por quienes, desde la trinchera crítica o desde la poesía no coincidente, consideran ajena al poema toda emoción que no sea puramente estética. ¿Poesía de la experiencia en versión norteamericana? No exactamente. Más bien poesía de la existencia. Una poesía que conmueve y perturba que forma parte de una tradición muy asentada en la poesía anglosajona (sobre todo de USA) contemporánea. Se trata de la poesía que habla de las relaciones entre padres e hijos, del taller de escritura del poeta, de los amigos del fin de semana, de la soledad de padres que intentan prolongarse en el hijo yendo de pesca o paseando por la montaña, de mujeres abandonadas o perdidas en el desamor, de lecturas fuera del canon, de vagabundos hundidos en el alcohol o en la soledad más completa. Es la poesía de la otra América. De una América que vive en Nueva York o en Chicago. Pero que, sobre todo, desarrolla su vida cotidiana en pequeñas ciudades de Missouri ( como la Waynesville de Mary Jo Bang) o Montana, de Kansas o Dakota.

sábado, 10 de octubre de 2009

Lecciones de un poema de la Szymborska

Árboles que son testigos
Cambio la foto de cabecera con una imagen especialmente querida: se trata del anuncio del otoño en los árboles que, en mi refugio del valle, han sido testigos de gran parte de mi vida. En ellos, en la tarde del sábado de octubre, he buscado una isla de calma y de memoria. He sentido la necesidad de atrapar su belleza un día después de regresar, en un viaje de trabajo, de la megalópolis de Chicago. A esa experiencia me referiré en estas páginas en los próximos días. En tanto llega el momento, prefiero dejarme llevar por la coloración, que va del verde al rojo casi burdeos, de esos árboles que han crecido conmigo, que han sombreado, en los días de verano, los juegos de mis hijos, que nos han anunciado, con mayor eficacia que cualquier otro método, el paso de las estaciones, los días de lluvia y viento, las tormentas, el tiempo de los hongos y de la hojarasca. He llegado de la ciudad de la arquitectura y de las multitudes (no sólo de Obama) a la calma apacible del lugar en que siento el pulso de lo cotidiano con una intensidad incomparable. Esos árboles (el pruno, los fresnos, las arizónicas) y el cielo otoñal al fondo, son el reverso del viaje, el lugar de la intimidad más honda, los seres junto a los que, año tras año (magnífico título, por cierto de una novela casi desconocida de Armando López Salinas, el novelista del 50 vecino del barrio de la Concepción), han nacido y crecido mis poemas, mis novelas, mis sueños, mis pensamientos. Nuestros sueños y nuestros pensamientos.

Un poema de la Szymborska
Volando desde Chicago a Madrid, leí un poema de Wislawa Szymborska que me emocionó de una manera especial y que reproduzco líneas más abajo. La poeta, de la que Bartleby publica en la próxima semana, su nuevo poemario Aquí, con traducción de Gerardo Beltrán y Abel A. Murcia , nos invita a un ejercicio de humildad. A los escritores, a esa grey en la que yo incluyo, también, a los cultivadores del blog y en la que, como no podía ser de otro modo, me incluyo. Y, de manera más específica, a los poetas.
Nos creemos elegidos. Consideramos, en nuestro fuero interno, que nuestra vida sería mucho más pobre y limitada sin escribir y, en gran medida, es verdad. Que sin la (nuestra) escritura no es concebible el mundo. El ejercicio de autoafirmación, de egolatría de la escritura como vía de comunicación con los otros, de transmisión de emociones y de conocimiento, nos parece la cumbre de la experiencia humana. Es la “llamada del arte”. Sin embargo, no caemos en la cuenta de que hay millones de personas (la inmensa mayoría de nuestra sociedad) que no escriben versos, que no escriben cuentos, que, sin más, no escriben salvo para cubrir un trámite, rellenar un formulario o hacer la lista de la compra. Es más: que no tienen necesidad alguna de escribir, de crear.
Leamos el poema de Szymborska

ELOGIO DE MI HERMANA

Mi hermana no escribe versos
y dudo que empiece de repente a escribir versos.
Lo sacó de mi madre, que no escribía versos,
y de mi padre, que tampoco escribía versos.
Bajo el techo de mi hermana me siento segura:
el marido de mi hermana por nada del mundo escribiría versos.

Y aunque esto suene a obra de Adam Macedonski,
ninguno de mis parientes se dedica a escribir versos.

En los cajones de mi hermana no hay viejos versos,
ni recién escritos en su bolso.
Y cuando mi hermana me invita a comer
sé que no es con la intención de leerme sus versos
Sus sopas son exquisitas sin premeditación
y el café no se derrama sobre sus manuscritos.

En muchas familias nadie escribe versos.
Pero si lo hacen, es raro que sea sólo una persona.
A veces la poesía fluye en cascadas de generaciones,
lo que crea peligrosos remolinos en sus mutuos sentimientos.

Mi hermana cultiva una buena prosa hablada,
y toda su escritura son postales de sus vacaciones
con textos que prometen lo mismo cada año:
que cuando vuelva,
me contará todo,
todo,
todo.
(’El gran número. Fin y principio’).
La hermana de la poeta polaca es alguien que forma parte de esa inmensa mayoría de no poetas. Hace poesía de lo cotidiano de otra forma. Del mismo modo que en miles de casas, en miles de oficinas, aulas y fábricas, una multitud de seres anónimos construyen una lírica de lo cotidiano para ellos y para sus seres más próximos. Sólo han escrito (o escribirán) postales o cartas, sms, correos electrónicos… Nunca han escrito un verso, ni en sus familias hay antecedentes de escritores o poetas (en algunas, apenas hay libros). ¿No es, en su extrema sencillez, en su lirismo hondo y depurado, un magnífico poema social? ¿No hay en él una apelación a ese colectivo de seres anónimos que construyen su obra literaria con su propia vida y sin escribirla?


Hoy, cuando es tan fácil dejarse llevar por la lógica del escaparate de los medios de comunicación (incluido Internet), cuando nuestra vocación literaria nos lleva a establecer una comunicación cada vez más intensa y continuada (a través del blog) con los lectores no nos viene mal esa llamada de atención del poema de Szymborska. Junto a cada uno de nosotros, a lo largo de la mayor parte del día, hay hombres y mujeres que hacen versos memorables sin escribir un solo verso. En mi casa, en mi vida, nada de lo que yo escribo tendría sentido sin la poesía de lo cotidiano que otra persona, desde hace más de treinta años, construye, sin escaparate de por medio, hora tras hora a mi lado.

No me ha sido, por ello, difícil reconocer mi experiencia en la hermosísima y emocionada gavilla de versos de la poeta de Poznan. No tardando mucho, podremos constatar, en su nuevo libro Aquí esa intimidad de lo colectivo o esa vertiente colectiva de lo más íntimo, de la premio Nobel. Una difícil pretensión que, con sencillez, de manera directa, alcanza en este libro una entidad extraordinaria.

Viaje por la mala conciencia: LOS FILOS DE LA NOCHE, una novela reescrita. Una nueva novela.

En breve, Los filos de la noche, mi segunda novela, estará otra vez en librerías. Oculta desde hace muchos años, ha vuelto entre nosotros c...