Mostrando entradas con la etiqueta Gamoneda. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Gamoneda. Mostrar todas las entradas

viernes, 14 de agosto de 2015

Las cosas de Chus Visor: una reflexión y algún recuerdo

Hace una semana, en Expoesía 2015, varios poetas me confesaron que se habían sentido algo decepcionados por mi falta de respuesta pública a los insultos con que Chus Visor me “regaló” en una entrevista aparecida en El Cultural de El Mundo. La verdad es que dudé mucho tras anunciarlo en Facebook. Después pensé que era mejor esperar y escribir sin la tensión del primer momento. La opinión de los poetas asistentes a la feria y algunas conversaciones con buenos amigos me han llevado a pensar que, a más de un mes de distancia, la frialdad de juicio se impondrá a la vehemencia. A continuación, mis reflexiones en forma de artículo.


El viernes, 26 de junio, en una larga entrevista en El Cultural de El Mundo, Nuria Azancot, a propósito de las críticas que habían aparecido en distintos medios a la antología El canon abierto, interpelaba al veterano editor de poesía Jesús García Sánchez, conocido como Chus Visor, con las palabras que siguen y sin referencia alguna a suplemento, crítico o revista: "Bueno, también hace unos días se publicaba que Visor había presionado para que sus autores salieran en una antología". La respuesta, de gran rigor intelectual, superó en altura a la pregunta: “Ah, eso es lo de ese chico que es más tonto cada día, Manuel Rico. Si tengo 900 libros de poesía publicados  una antología reúne a los 40 mejores poetas de Hispanoamérica, y de esos, 9 están en Visor, malpiensa que la editorial ha debido de presionar o algo así. ¡Será tonto! Pero como lo publica en El País, la gente se lo cree, aunque sea una idiotez”. No me consta precedente alguno en el que un editor se dedica a insultar a un crítico con ese tono entre desdeñoso, suficiente y autoritario. Todo un estilo en el que el editor, como en otras ocasiones, se retrata. No hay más que leer mi crítica en Babelia para ver que en ningún caso afirmo lo que Azancot subraya: tras valorar positivamente el componente plural de la antología y elogiar el método de selección, constato un dato objetivo que llama la atención de cualquier lector: 11, de los 13 poetas españoles seleccionados, han obtenido premios que edita Visor. Punto. Es el editor quien saca conclusiones y quien pone sobre la mesa sus fantasmas respondiendo a algo que yo no escribí… y, quizá, mostrando su mala conciencia (pero eso ya es asunto de psicólogos). Curiosamente, algunas semanas antes, publiqué, también un Babelia, una elogiosa reseña sobre un libro de Benjamín Prado editado por él: no dijo ni Pamplona.

Supe de la insultante respuesta a Nuria Azancot en la misma tarde del 26, por una llamada de mi amigo el novelista Justo Sotelo, que no se creía lo que estaba leyendo. Cuando cerré la conversación con Justo, busqué, llamando a varios amigos comunes, el móvil de Chus: no se me ocurría otra respuesta que llamarlo para que él, directamente, me explicara el despropósito y las razones del mismo. No lo encontré. Como obligado sucedáneo de la llamada telefónica, le envié un mail de carácter privado del que al día de la fecha no he obtenido respuesta. Una confirmación del talante autoritario y pelín soberbio con que se expresó: o de la plena conciencia de que carecía de cualquier asomo de razón.

Yo fui (soy, creo, aunque han pasado doce años desde entonces
) autor de Visor con un libro con una historia que no procede contar, Donde nunca hubo ángeles. Mi relación con Chus ha sido siempre amistosa, de respeto mutuo aunque bordeando la ironía y la chanza en no pocas ocasiones (soy del Real Madrid y él del Atlético), y la propia de un autor ante uno de sus editores: intenté en varias ocasiones publicar un nuevo libro con él sin que mediara el consabido premio: infructuosamente. Deduzco que no le gustó el libro (lo cual no es un demérito después de conocer sus gustos más depurados) o que su precaria situación económica no le permitía añadir, sin subvención o premio, un título más a su catálogo o, sencillamente, que no le caigo bien por razones que se me escapan. Aunque no me es difícil apuntarlas. Lo haré a continuación.

Nunca he ocultado mi admiración por el trabajo desarrollado durante décadas por el editor García Sánchez. Pese a su concepción de la poesía, con la que discrepo, siempre he considerado que en los años 70 abrió una nueva vía de difusión, distribución y promoción de la poesía hasta convertirse en un referente obligado. Después, las cosas discurrieron por otro camino: la proliferación de premios institucionales de los que Visor se beneficia vía edición, ahorro de derechos y alguna que otra ventaja adicional (dinero público a fin de cuentas), la subvención y la búsqueda de  proyectos financiados por las administraciones a ambos lados del Atlántico, y la beligerancia vehemente contra cualquier crítico que se atreva a señalar alguno de sus errores o a discrepar de su línea editorial, han ido marcando la pauta de su sello, un sello que, como bien apunta Martín López-Vega, es el equivalente al Planeta en el ámbito de la poesía y foco de atracción de todo poeta que quiera mucha difusión y distribución sin competencia. No está mal, por cierto. Un deseo tan legítimo o más que cualquier otro.

Sin embargo, difícilmente soporta la crítica. No esconde sus filias ni sus fobias y convierte su particular mirada en una categoría universal de nocivos efectos para el conjunto del panorama poético de nuestro país. Más de una vez he dicho (creo que Vázquez Montalbán decía algo parecido) que el buen crítico de poesía es aquel capaz de descubrir, en todo libro, su "proteína", su contenido de poesía de calidad más allá de la opción estética de su autor. En otras palabras, gozar y reconocer la calidad de la poesía de Claudio Rodríguez,  por ejemplo, y de Ángel González, de Blas de Otero, por ejemplo, y de  Pablo García Baena, de Miguel Hernández y de Aleixandre, en las antípodas estéticas unos de los otros.... La misma visión abierta reclamo del buen editor de poesía: acoger la pluralidad, respetar las distintas opciones formales y temáticas, ser generoso e integrador y saber detectar la calidad, el “duende” que respira en todo buen poema, sea realista o sea onírico o irracional.

Chus Visor no oculta que no le gusta la poesía de Antonio Gamoneda (aunque sí parece gustarle la de Gelman, lo que no deja de ser una contradicción: la estética del argentino está mucho más próxima a la del leonés que a la de sus poetas preferentes), proclama su identificación con la poesía más directa y conversacional, con el realismo dominante en lo que se ha venido en llamar "poesía de la experiencia". Hasta ahí, todo normal (salvo lo de Gelman). Lo que no es tan normal es que considere casi ataques personales las críticas a ese tipo de poesía (de la que, todo hay que decirlo, yo estoy muy próximo) o los desacuerdos con la obra de algunos de sus más señalados poetas. Precisamente en ese ámbito es donde la actitud de Chus, de manera abierta o implícita, me ha parecido improcedente por autoritaria, despectiva y si se me apura clasista. Y lo he escrito y afirmado públicamente.  

Dos son los “momentos” en que me he manifestado de ese modo. La primera fue a propósito de la imagen que, desde círculos próximos a la editorial, se transmitía del poeta Ángel González tras su fallecimiento, una imagen superficial y arquetípica, vinculada a la noche, al alcohol y a la juerga, que lo alejaba del que yo había leído y conocido en los años 70 y cuyos poemas habían sido referentes de mi generación. Lo conté, delante de Chus y de algunos de sus autores y amigos, en un homenaje en un pueblo de la periferia de Madrid y lo escribí en el libro que se publicó con ese motivo. El texto puede ser leído en este enlace: “El Ángel González al que quiero, admiro y releo”. Y en este blog hay una reflexión sobre aquel homenaje (¨Ángel González y Javier Egea").


El segundo fue más ruidoso: me vi moralmente obligado a responder a la riada de descalificaciones e insultos a un Antonio Gamoneda que se había atrevido a decir, tras la muerte de Benedetti, que valoraba más su actitud cívica que su poesía. Al constatar el silencio con que en el mundo poético fueron recibidos esos insultos (en los que se empeñaron a fondo algunos autores “de la casa”), sentí la responsabilidad de defender al poeta leonés. Y lo hice con un artículo que se publicó en Opinión de El País en junio de 2009. Como el artículo puede ser leído íntegramente (“Lo inoportuno y lo inaceptable” ) sólo me limitaré a reproducir lo que llegó a decir Chus Visor del premio Cervantes leonés: lo calificó de poeta "de segunda división", de "ser sujeto al techo por telarañas", afirmando que Benedetti "comparado con Gamoneda es el Barça frente al Alcoyano".

Esos son los dos momentos en los que me he expresado críticamente respecto al “canon Chus Visor” sobre poesía y sobre poetas. Tengo la íntima convicción de que ambos textos no le pasaron inadvertidos. Y de que, con independencia de las numerosas críticas que, con un fondo elogioso, he publicado de libros de sus colecciones a lo largo de mi vida, en su respuesta a Nuria Azancot y en su salida de tono estaba ese recuerdo. Se puede --y se debe-- discrepar del editor de poesía más importante, cuantitativamente al menos, del país. Es saludable. Digo más: es no sólo saludable sino imprescindible, necesario. Aunque parezca mentira, su tendencia a la simplificación, al desprecio y a la descalificación con un cierto toque de chulería, no deben quedar sin la crítica o la respuesta de rigor. A veces, el silencio oculta miedos y prevenciones que nada tienen que ver con la libertad de expresión. Tomemos nota.

Se ha escrito mucho sobre otros aspectos de la entrevista, especialmente sobre su descalificación de la poesía escrita por mujeres y de la mayoría de las poetas españolas. No abundaré sobre ello, pero en su propio catálogo hay mujeres que desmienten su apreciación. Y en la historia más reciente de nuestra poesía, no pocos nombres insustituibles: Julieta Valero, Concha García, Olga Novo, Olvido García Valdés, Elena Medel, Raquel Lanseros, Angelina Gatell, Julia Uceda, Francisca Aguirre, Blanca Andreu, Clara Janés, Miriam Reyes, Marta Agudo, Amalia Iglesias, Rosa Lentini, Ana Pérez Cañamares, Ana Merino, Ángeles Mora, Rosana Acquaroni, Chantal Maillard, Esperanza Ortega, Elvira Daudet, Guadalupe Grande…. ¿Para qué seguir?

Confío en hablar algún día con Chus Visor sobre estos asuntos. Creo que el diálogo, la discrepancia en el respeto y el intercambio de ideas y posiciones es un elemento básico de todo ecosistema literario, y más aún poético, que se precie. Tengo el orgullo de dirigir una colección de poesía en las antípodas del criterio que Chus proclama: diversidad, atención a las poetas, convivencia de estéticas, autofinanciación sin subvenciones pese a las dificultades, ausencia de premios, atención a poetas olvidados, recsate de grandes libros…. Es decir, independiente. Es el mismo principio que aplico a la crítica. A pesar de los pesares. Y, sobre todo, a pesar del más importante editor de poesía del país y, sobre todo, a pesar de sus insultos.   


miércoles, 15 de enero de 2014

En legítima defensa: los poetas y la poesía en tiempos de crisis


El 20 de julio de 1979, un periódico madrileño de ámbito nacional abría la crónica del homenaje a Blas de Otero, fallecido semanas antes, con las palabras siguientes:  “Al aire libre, en la plaza de toros de Las Ventas, de Madrid, cerca de 40.000 personas manifestaban con los primeros aplausos su apoyo a un «festival» de poemas y canciones, que duraría más de tres horas, en recuerdo del poeta (Blas de Otero) fallecido en la madrugada del 29 de junio pasado”.

La plaza de toros de Las Ventas a rebosar y la multitud allí presente coreando las canciones basadas en sus poemas y los poetas y escritores  leyendo sus versos y el pueblo de Madrid, los ciudadanos de a pie que habían llegado de los barrios extremos, que venían de las universidades, de los institutos, de las fábricas, establecían una comunicación intensa, viva, con la memoria del poeta.  Cuarenta mil personas de todas las edades escuchando versos, aplaudiendo versos, emocionándose.

En aquellos años, albores de la democracia, la poesía aparecía íntimamente vinculada con el proceso que estaba viviendo el país. Recuerdo a Alberti recitando poemas en un viejo campo de fútbol de tierra en el barrio de San Blas. A Carlos Álvarez, Félix Grande  y Carlos Sahagún en un descampado de Orcasitas alternándose en la tribuna para leer sus poemas con los dirigentes vecinales que exigían la remodelación del barrio, el final del chabolismo o la construcción de un centro sanitario. Recuerdo lecturas de poemas y poesía musicada (textos de Agustín Millares, de Celaya, de Hierro, de Ángela Figuera, de Neruda, de Antonio Machado) ante más de 500 jóvenes en los bajos de lo que sería el centro cívico-social de la UVA de Hortaleza  y a jóvenes poetas leyendo sus propios versos en el salón de actos del centro juvenil de la parroquia del viejo barrio, hoy desaparecido, de Portugalete, con el aforo sobrepasado. Recuerdo a Diego Jesús Jiménez celebrando la noche de San Juan  en el madrileño barrio de Santa María en el umbral de la democracia y leyendo sus poemas ante un auditorio en el que se mezclaban gentes de toda condición. Recuerdo el descubrimiento de los poemas de Caballero Bonald (sobre todo, un memorable poema que transcribí en mi novela Los días de Eisenhower, “Dehesa de la Villa”), leídos en un foro a rebosar de una asociación de vecinos de Vallecas.

También recuerdo, hace mucho menos tiempo, a Juan Gelman (en 2008) ante el atril en el Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares recibiendo el Premio Cervantes  y reivindicando, en su discurso, la memoria colectiva y la dignidad de los hombres y mujeres que aún estaban enterrados en innominadas cunetas o en descampados perdidos en la España interior y derrotada. Y reivindicando a la poesía como ese “lugar más calcinado del idioma” donde encontrarnos y soñar un mundo distinto. 

La crisis de hoy: nuestra crisis, nuestros poetas 

Desde entonces hasta hoy, la poesía como coadyuvante al cambio social, a la toma de conciencia del ciudadano de a pie ha retrocedido. La política progresista ha ido alejándose de los poetas y los poetas han seguido el único camino que vienen recorriendo desde los primeros cantos de juglaría: el de la poesía como respuesta a las incertidumbres de los seres humanos, el de la poesía como iluminadora de zonas ocultas de la realidad, como espacio en el que es posible imaginar un mundo hospitalario, de seres libres e iguales en el que la cultura y las posibilidades de creación artística estén sustentadas en la igualdad de oportunidades.

La crisis económica que comenzó a extender su sombra en el verano de 2008 ha tenido sus cronistas en el ámbito del periodismo, sus tertulianos en esa frontera en la que la pura opinión se entrelaza con la vocación de estrellato, sus políticos sinceros y sus políticos hipócritas y cómplices, sus columnistas escribiendo entre la teoría política y el cotilleo. Esos son quienes se han mostrado y se muestran  en los foros públicos, especialmente en ese escenario con millones de espectadores que es la televisión. Los poetas han sido los grandes ausentes en la crisis. Sin embargo, ahí estaban, más vivos que nunca quizá: escribiendo en humildes habitaciones de alquiler o en la vivienda familiar; leyendo versos a pequeños grupos en librerías o bares, en centros culturales asediados por los recortes o amenazados por  quienes consideran la poesía una dedicación inútil; en foros universitarios dirigidos a universitarios aficionados a la filología; en jornadas en las que los poetas leían a otros poetas y eran, a la vez, intérpretes y público…. Batiéndose en Internet y en las redes sociales por abrir paso a su mirada sobre la realidad y sus contradicciones. Y en algunos programas de la radio pública emitidos en horas imposibles y no siempre proclives a mostrar una poesía diseccionadora de los aspectos más duros de una realidad que avanza en la precariedad y en la pobreza en la misma medida en que se engrosan los beneficios de las grandes corporaciones multinacionales y los bancos.

A pesar del silencio de algunos medios convencionales (en un programa de la televisión pública como Página 2 se pueden contar con los dedos de media mano las veces en que, en sus más de cinco años de vigencia, ha tratado libros de poesía o se ha entrevistado a poetas), los poetas han escrito del mundo que les rodeaba y que les rodea, un mundo al que ofrecen su dramática cotidianidad seis millones de parados, que muestra, en calles circundadas por locales clausurados, con cierres pintados de graffiti o empapelados con carteles inútiles, las huellas de una miseria que cada vez es más difícil de ocultar, han escrito y escriben de los jóvenes sin horizonte, sabios hijos de la generación que hizo la transición a los que las clases dominantes van dejando en la cuneta.  Los poetas han salido de las torres de cristal y de la neutralidad aséptica a la que no pocos críticos y profesores les condenaban, y se han multiplicado las iniciativas que han llevado al poeta a la calle, a contribuir a la movilización social y política, a ofrecer su palabra a quienes la necesitaban (el pasado mes de noviembre, en Madrid, los poetas pusieron su voz para oponerse a los recortes sanitarios, o celebraron un encuentro crítico, "Voces del Extremo", por ejemplo).  Es decir, la poesía ha recuperado su capacidad de conjura, su vertiente más crítica, su potencial de emoción para ayudar a los ciudadanos a vivir la crisis, a luchar contra ella y, sobre todo, a conocer sus raíces, su origen radicalmente inhumano para enfrentarse a ella y a quienes la provocaron y la aprovechan.


¿Poesía social? No simplifiquemos. Poesía entendida en su sentido más profundo: ayudando a la memoria colectiva y mostrando viejas humillaciones que hoy se prolongan a los más jóvenes;  buscando la magia originaria de la palabra para abrir rendijas al mundo feliz que se nos niega (algo parecido a la “muerte en efigie” con que, tal y como demostró Arnold Hauser, el hombre del paleolítico apresaba a la bestia a través del arte: comer, combatir el hambre, meter al bisonte en el hogar, eso era la felicidad en la caverna); descubriendo lo que no nos descubre ni ilumina el periodismo y que sólo es explicable gracias al lenguaje revelador de la poesía. Así nos contó la desolación de Nueva York a principios del siglo XX Federico García Lorca:

"La aurora de Nueva York tiene 
cuatro columnas de cieno 
y un huracán de negras palomas 
que chapotean las aguas podridas.

La aurora de Nueva York gime 
por las inmensas escaleras 
buscando entre las aristas 
nardos de angustia dibujada.

La aurora llega y nadie la recibe en su boca 
porque allí no hay mañana ni esperanza posible. 
A veces las monedas en enjambres furiosos 
taladran y devoran abandonados niños.

Los primeros que salen comprenden con sus huesos 
que no habrá paraíso ni amores deshojados; 
saben que van al cieno de números y leyes, 
a los juegos sin arte, a sudores sin fruto.

La luz es sepultada por cadenas y ruidos 
en impúdico reto de ciencia sin raíces. 
Por los barrios hay gentes que vacilan insomnes 
como recién salidas de un naufragio de sangre." 

Con palabra nueva . Como lo hicieron en Chicago Carl Sandburg en medio de la crisis del 29, o Edgar Lee Masters en la imaginaria Spoon River, reflejo de todas las ciudades de la Historia, o Antonio Machado en la Soria terrible de su tiempo, por no referirme a Miguel Hernández y su grito resistente o a César Vallejo  indagando en las fisuras y quiebras del idioma.  

En legítima defensa, un libro de todos los poetas ante la crisis 

Ante la crisis provocada, ante el ataque a nuestros derechos y libertades, ejercer la legítima defensa con el más poderoso instrumento con que el hombre cuenta desde su propio origen: la palabra. Añado: la palabra poética. Esa es la proteína, el sentido profundo de la iniciativa que impulsamos, hace poco más de un año, Pepo Paz y quien esto suscribe, desde Bartleby Editores.  Invitar a los poetas a rebelarse y a indignarse con su principal destreza, con su más valioso patrimonio: sus versos.  Respondieron más de doscientos autores de todas las edades. Poetas de distintas generaciones se aprestaron a convivir en un maravilloso acto de resistencia: contribuir a un libro colectivo en el que se hermanan textos de nuestros dos poetas premio Cervantes vivos, Antonio Gamoneda, que aporta poema y prólogo, y José Manuel Caballero Bonald. Junto a ellos, una ejército de escritores que van de Félix Grande o Juan Carlos Mestre, o Angelina Gatell, a Gsús Bonilla, Ana Pérez Cañamares o Julieta Valero, pasando por Eduardo Moga, Miguel Casado, Felipe Benítez Reyes u Olvido García Valdés entre otros, o por poetas apenas conocidos que han comenzado a dar sus primeros pasos literarios en la Red.

Todos sabemos que la poesía difícilmente hace cambiar la Historia. Pero también sabemos que algo ayuda. Al menos, puede acompañarnos y contribuir a que nuestra conciencia no se acartone, se mantenga viva y se hermane con la respiración de la calle.  

domingo, 7 de junio de 2009

LA POLÉMICA GAMONEDA/BENEDETTI

Hoy cambio la imagen de cabecera del blog. Cambio paisaje soriano por fragmento de un óleo sobre tabla de José Manuel Rico. No soy yo: es mi hijo. Una licencia sentimental que me permito antes de acometer uno de los asuntos que más me han inquietado en las últimas semanas. Vayamos a él.

Ayer apareció mi artículo titulado "Lo inoportuno y lo inaceptable" en El País a propósito de las réplicas que las palabras de Gamoneda tras la muerte del uruguayo generaron. Me costó mucho escribirlo. Por dos razones: la primera, porque quería que fuera una combinación entre la exposición de hechos incontestables y la crítica solvente, rigurosa, a los excesos que determinados representantes de nuestro mundo cultural habían, a mi juicio, cometido. La segunda, porque el artíulo, para ser eficaz y para mostrar la gravedad de los hechos criticados, no debería quedarse en un plano abstracto. Era imprescindible que la transcripción de cada réplica llevara aparejado el nombre de su autor. De ese modo, Felipe Benítez Reyes, Benjamín Prado, Javier Rioyo y Chus Visor han visto, en mi artículo, reflejadas sus opiniones. No me ha animado animadversión alguna hacia ellos, sino un cierto hartazgo del estilo un tanto pedestre con que se suele abordar, en nuestro mundo poético, la polémica teórica, las diferencias de opinión. Y, ¿por qué no decirlo?, la indignación que me producía el silencio con que ese mundo recibía los insultos con que fue "premiado" Antonio Gamoneda tras confesar públicamente su falta de empatía con la poesía de Benedetti y calificarlo de "poeta menor".
Cierto que Gamoneda fue inoportuno, descortés, poco elegante al emitir ese juicio a las veinticuatro horas de la muerte del escritor uruguayo. Que, dicho sea en lenguaje coloquial, "se pasó". Pero en modo alguno llegó a la descalificación o al insulto. De hecho, emitió juicios literarios calificando de lenguaje "coloquial" o "normalizado" el empleado en su poesía por Benedetti. Nadie le replicó en el terreno estético -bueno, creo recordar, y lo digo con todas las cautelas del caso, que Chus Visor dijo, junto a las afirmaciones que reproduzco en mi artículo de El País, que su poesía no la entendía nadie-, sino en el terreno personal, en el del insulto, con palabras hirientes.

He recibido numerosos mensajes de felicitación. Muy curiosos. Lo digo porque en gran parte de ellos había un par de expresiones que me han conmovido y preocupado a la vez: "en tu artículo nos reconocemos muchos", "ha sido un artículo valiente", "ya era hora de que alguien hablara con claridad", decían. Me han conmovido porque uno siempre siente una íntima satisfacción cuando logra conectar con las aspiraciones y sentimientos de otros. Y me han preocupado porque existe una convención muy extendida: si uno quiere aspirar a alguno de los premios más relevantes de este país, publicados por la editorial a la que he hecho referencia (yo tengo un libro, Donde nunca hubo ángeles, allí editado), debe obviar toda crítica, asumir en silencio las verdades que se establecen desde una determinada opción estética. Aunque parezca mentira, es así. Incluso en la forma en que fue replicado Gamoneda (el tono, el nivel de la descalificación, el recurso a expresiones groseras) transmitía una cierta conciencia de impunidad, como si hubiera la certeza de que nadie replicaría. Diré más: no pocos de los amigos y conocidos que me han enviado felicitaciones, me han advertido, a continuación, de que me "vaya preparando". El significado de esa advertencia es claro: léanse las líneas anteriores.

Como poeta, mi estética está alejada de Gamoneda. Probablemente, esté más cerca de la de Benedetti (vease la entrada Benedetti: mi personal adiós en este blog) o de la de la llamada "poesía de la experiencia". No hay más que asomarse a mi antología Monólogo del entreacto para comprobarlo. Por tanto, no había razones de identidad estética con el poeta leonés en mi artículo. Sólo había un puro y simple afán de equilibrio, de aportar racionalidad, de poner sobre el papel, negro sobre blanco, la suma de despropósitos en que habían incurrido quienes se habían lanzado, en tromba y sin ningún miramiento, contra el poeta leonés. Gamoneda se equivocó, cierto. Los replicantes no se equivocaron: buscaron el calificativo más hiriente, la descalificación más dura.

Termino con dos preguntas y con una respuesta: ¿Cuándo podremos debatir sobre poesía sin que el desacuerdo estético derive en bronca o enfrentamiento? ¿Cuándo se podrá criticar, sin descalificaciones, con rigor, a un editor sin temor a "represalias editoriales", valga la redundancia? Quizá nunca. Lamentablemente.

Viaje por la mala conciencia: LOS FILOS DE LA NOCHE, una novela reescrita. Una nueva novela.

En breve, Los filos de la noche, mi segunda novela, estará otra vez en librerías. Oculta desde hace muchos años, ha vuelto entre nosotros c...