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martes, 14 de febrero de 2017

Lo que se fue con Félix: mundos que se disuelven

La muerte de Félix Grande hace tres años, más que cualquier otra de las de entre mis amigos mayores, me hizo cobrar conciencia de un proceso de gran calado y del que sólo advertimos su silencioso discurrir en momentos muy precisos: me refiero a la desaparición del mundo que contribuyó a acentuar y dar encaje a mi vocación de poeta, a la vocación de poeta de tantos escritores coetáneos. Echo la mirada atrás, la proyecto en los primeros años de mi andadura y recorro con ella la realidad que viví y los ingredientes que le dieron sentido y descubro ante mí una historia rica, compleja, irrepetible.

Encuentro "Poesía y paisaje" en Pozoblanco. Primavera de 1997
Ese mundo que con Félix comenzó a escaparse se lleva las lecturas de la Tertulia Hispanoamericana de los años ochenta y primeros noventa, tiempo último de Rafael Montesinos en los bordes de la Universitaria, noches de vino y tortilla de patatas en la cafetería Sicilia, mi primera presentación literaria de la mano de Pepe Hierro, mis hijos pura infancia (Malva con seis años, José Manuel con uno y subido en su carrito) de la mano de Esperanza, poeta oculta e intensa. Éramos los poetas jóvenes que llevábamos en la cartera las viejas antologías de Taururs (la mítica Cuatro poetas de hoy), que nos habíamos formado en la lectura en paralelo de Rosales o Vivanco de un lado y de Blas de Otero, Gloria Fuertes o Gabriel Celaya, de otro, que habíamos descubierto lo más contemporáneo en las voces de los poetas del cincuenta y que aún no nos habíamos repuesto de la ofensiva novísima. Entonces nacían las revistas que había alumbrado la todavía reciente transición: Leer, Quimera, los lejanos Camp de l'Arpa o Lateral, revistas que se querían comer el mundo con nosotros, que llenaron mi Madrid de compromisos inacabables con la gente del barrio y de sueños de inmortalidad que el tiempo y la madurez se llevarían.

De izquierda a derecha, Diego Jesús Jiménez, Esperanza, Manuel Rico
y Félix Grande. Nochevieja de 2005
Pero la muerte de Félix, como años antes la de Diego Jesús Jiménez, se llevaba también el mundo que construimos en Priego en los meses de julio de la década primera del siglo XXI. Jornadas de conversación, poesía y felicidad, de noches al raso en la plaza del ayuntamiento mientras los más jóvenes intentaban encender un amor fugitivo o reservar el mejor poema para la lectura que clausuraría el curso. Se llevaba parte de mi mundo, del que también Paca formaba parte, especialmente una mañana en la que en la alfarería del pueblo nos hicieron, a Félix y a mí, un molde de la mano derecha para convertirlo en cerámica, en pieza de artesanía que conmemorara el paso de los poetas por el pueblo. Allí conocí a Carlos Sahagún, a Carme Riera, a Antonio Carvajal, a Paco Brines, a los poetas más jóvenes que buscaban un camino y una identidad a la sombra del Centro Cultural que lleva el nombre del maestro Diego Jesús y que fuera cárcel en un tiempo remoto. Allí compartí risa y versos con Antonio Hernández, con un Manolo Vázquez Montalbán que colgó a la entrada del salón de actos sus "carvalhos" y se desató como poeta en estado impuro en el escenario.

Con Félix se fueron también los rescoldos de otros, mayores de edad que él, pero inseparables de mi goegrafía sentimental y literaria: Gil de Biedma,  Claudio Rodríguez, José Agustín Goysitisolo, Carlos Barral.... muertos previos y ceniza. Se fueron las historias, que tan bien contaba, de Oliver, donde Paco Umbral, Juan Benet, García Hortelano, probablemente en mesas separadas, quizá enfrentadas, debatían de narrativa, de vanguardias, de Faulkner o de Hemingway, los dos extremos referenciales de las opciones estéticas que representaban. Se fueron también los rescoldos de las terturlias poéticas del Café Gijón, los años últimos de La Estafeta Literaria, el reverencial deslumbramiento ante la revista Ínsula, llena de historia democrática y literaria, y los años más recientes de Nueva Estafeta, entonces dirigida por Rosales....

Juan Carlos Mestre, Alejandro López Andrada y Manuel Rico
Lecturas de poetas. Una visión de la sierra del Guadarrama filtrada por los mejores de la Generación del 36, por Luis Rosales, pero también por Alberti, por un Prado Nogueira olvidado demasiado pronto, por el viejísimo y exiliadísimo don Antonio Machado. La Tertulia Hispanoamericana de entonces se asomaba a la Universitaria, respiraba el aire de aquellos poetas pero también los aromas, aún vivos, de la Institución Libre de Enseñanza.

Con Félix se fueron (porque era inevitable) mis asiduas visitas a la casa de los libros en la calle Alenza, y las noches de vino y debate, los sueños a cumplir en el logro de la obra maestra y de la canonización que muy pocos alcanzarían, los cuadros de Lorenzo Aguirre, el relato emocionado y casi iracundo de Paca hablando de los años del hambre, del garrote vil que Franco aplicó a su padre, de la Chiquita Piconera o del "último mohicano" que llenó un poema de emociones, de vida, de memoria íntima y colectiva, de verdad. Se comenzaron a marchar las cenas de Nochevieja (¿cuántos años?) en nuestra casa, con Diego Jesús unas veces, otras con Guadalupe y con otros amigos. Ya hace tiempo que las tardes de reflexión y poesía, de literatura y política, de lecturas inacabables dejaron de ser, fueron cayendo en el abismo gradual conde crece el olvido.

Los más jóvenes soñábamos con los mayores, con los que ya estaban en las antologías y nos traían la tradición sobre sus hombros vivos y combativos todavía. Había una continuidad que se remansaba en cada tertulia, en cada lectura, en cada debate... .Todos o casi todos vivían y creaban cuando los de mi generación empezábamos. Teníamos a los maestros que habían entrado en el libro de literatura como dioses cotidianos y accesibles. Vivían la plenitud y la madurez y nosotros la devoción y el aprendizaje. Noticias de Ángel González y sus noches de vino y bolero, noticias de Gamoneda a través de un Blues castellano  apenas conocido, un Gamoneda todavía sepultado en la provincia por intereses ajenos a la poesía y que llegaría a Madrid, a los foros más notables, a partir de Lápidas y, sobre todo, de Edad, la poesía completa que editó Cátedra bajo la batuta de Miguel Casado,  noticias de Granada donde la Otra Sentimentalidad nacía y a la sombra alargadísima y honda (no todas las sombras son hondas) de Federico comenzaban a publicar los amigos, los de la misma edad que cumplíamos en Madrid con nuestra condición de coetáneos y de apasionados por la poesía. Hablo de Luis García Montero, con quien polemicé a propósito de otro granadino, Javier Egea, a quien solo conocí en la distancia del poema y de otras lecturas, Rafael Guillén, ya maestro entonces, hablo del redescubrimiento de un realismo que mezclaba subjetividad y preocupación colectiva, que miraba a Italia y a Pasolini y a Pavese y a los narradores del neorrealismo. Hablo de la memoria, casi apagada de un muerto jovencísimo, casi adolescente, como Pablo del Águila, amigo de de Félix, visitante ocasional de la casa de Alenza, de quien Bartleby publicará la obra completa en unos días. Y hablo de los amigos de Madrid, de los que pugnábamos por publicar algún poema en Cuadernos, o en una revista recién nacida, o por ver editados nuestros primeros libros en Hiperion, en Visor, entonces proyectos nuevos, vivos, todavía no agrietados por el tiempo y las sevicias institucionales, en Endymion, donde el enorme Jesús Moya cuidaba de su sótano en Cruz Verde y alimentaba gatos y poetas.... Fernando Beltrán, José Carlón, Adolfo García Ortega, Juan Carlos Suñen, Jordi Virallonga (venía de Barcelona y sinTaxis), Antonio Jiménez Millán (venía de Granada), Amalia Iglesias,  Juan Carlos Mestre, Rogelio Blanco, Blanca Andreu lejana y triunfadora con un Adonais más que memorable... Jóvenes de entonces que hoy nos miramos en el espejo descubriendo las huellas de la edad y el aura de una orfandad naciente.


Son tantos los huecos....  Es ley de vida. He tenido el privilegio de convivir y crecer literariamente con todos ellos, pero cuando Félix se fue hace tres años, tomé conciencia de que del mundo que había vivido tan intensamente y los mundos que dentro de él crecieron empezaban a dejar el espacio de la realidad para ir recluyéndose lentamente en el de la memoria. Hablando con algunos de mis amigos poetas nacidos en los cincuenta compruebo que compartimos una sensación: durante décadas nos hemos sentido "jóvenes poetas" (incluso ahora yo mantengo esa sensación). Y el misterio de esa rara conciencia prolongada no era otro que la presencia viva y amiga de los maestros. Pero se nos han ido yendo poco a poco dejando un vacío difícil de colmar. Nos han dejado huérfanos. Se llevaron el mundo que nos dio experiencia, felicidad y mitologías necesarias para sobrevivir. Y nos quedamos algo más solos.



miércoles, 15 de enero de 2014

En legítima defensa: los poetas y la poesía en tiempos de crisis


El 20 de julio de 1979, un periódico madrileño de ámbito nacional abría la crónica del homenaje a Blas de Otero, fallecido semanas antes, con las palabras siguientes:  “Al aire libre, en la plaza de toros de Las Ventas, de Madrid, cerca de 40.000 personas manifestaban con los primeros aplausos su apoyo a un «festival» de poemas y canciones, que duraría más de tres horas, en recuerdo del poeta (Blas de Otero) fallecido en la madrugada del 29 de junio pasado”.

La plaza de toros de Las Ventas a rebosar y la multitud allí presente coreando las canciones basadas en sus poemas y los poetas y escritores  leyendo sus versos y el pueblo de Madrid, los ciudadanos de a pie que habían llegado de los barrios extremos, que venían de las universidades, de los institutos, de las fábricas, establecían una comunicación intensa, viva, con la memoria del poeta.  Cuarenta mil personas de todas las edades escuchando versos, aplaudiendo versos, emocionándose.

En aquellos años, albores de la democracia, la poesía aparecía íntimamente vinculada con el proceso que estaba viviendo el país. Recuerdo a Alberti recitando poemas en un viejo campo de fútbol de tierra en el barrio de San Blas. A Carlos Álvarez, Félix Grande  y Carlos Sahagún en un descampado de Orcasitas alternándose en la tribuna para leer sus poemas con los dirigentes vecinales que exigían la remodelación del barrio, el final del chabolismo o la construcción de un centro sanitario. Recuerdo lecturas de poemas y poesía musicada (textos de Agustín Millares, de Celaya, de Hierro, de Ángela Figuera, de Neruda, de Antonio Machado) ante más de 500 jóvenes en los bajos de lo que sería el centro cívico-social de la UVA de Hortaleza  y a jóvenes poetas leyendo sus propios versos en el salón de actos del centro juvenil de la parroquia del viejo barrio, hoy desaparecido, de Portugalete, con el aforo sobrepasado. Recuerdo a Diego Jesús Jiménez celebrando la noche de San Juan  en el madrileño barrio de Santa María en el umbral de la democracia y leyendo sus poemas ante un auditorio en el que se mezclaban gentes de toda condición. Recuerdo el descubrimiento de los poemas de Caballero Bonald (sobre todo, un memorable poema que transcribí en mi novela Los días de Eisenhower, “Dehesa de la Villa”), leídos en un foro a rebosar de una asociación de vecinos de Vallecas.

También recuerdo, hace mucho menos tiempo, a Juan Gelman (en 2008) ante el atril en el Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares recibiendo el Premio Cervantes  y reivindicando, en su discurso, la memoria colectiva y la dignidad de los hombres y mujeres que aún estaban enterrados en innominadas cunetas o en descampados perdidos en la España interior y derrotada. Y reivindicando a la poesía como ese “lugar más calcinado del idioma” donde encontrarnos y soñar un mundo distinto. 

La crisis de hoy: nuestra crisis, nuestros poetas 

Desde entonces hasta hoy, la poesía como coadyuvante al cambio social, a la toma de conciencia del ciudadano de a pie ha retrocedido. La política progresista ha ido alejándose de los poetas y los poetas han seguido el único camino que vienen recorriendo desde los primeros cantos de juglaría: el de la poesía como respuesta a las incertidumbres de los seres humanos, el de la poesía como iluminadora de zonas ocultas de la realidad, como espacio en el que es posible imaginar un mundo hospitalario, de seres libres e iguales en el que la cultura y las posibilidades de creación artística estén sustentadas en la igualdad de oportunidades.

La crisis económica que comenzó a extender su sombra en el verano de 2008 ha tenido sus cronistas en el ámbito del periodismo, sus tertulianos en esa frontera en la que la pura opinión se entrelaza con la vocación de estrellato, sus políticos sinceros y sus políticos hipócritas y cómplices, sus columnistas escribiendo entre la teoría política y el cotilleo. Esos son quienes se han mostrado y se muestran  en los foros públicos, especialmente en ese escenario con millones de espectadores que es la televisión. Los poetas han sido los grandes ausentes en la crisis. Sin embargo, ahí estaban, más vivos que nunca quizá: escribiendo en humildes habitaciones de alquiler o en la vivienda familiar; leyendo versos a pequeños grupos en librerías o bares, en centros culturales asediados por los recortes o amenazados por  quienes consideran la poesía una dedicación inútil; en foros universitarios dirigidos a universitarios aficionados a la filología; en jornadas en las que los poetas leían a otros poetas y eran, a la vez, intérpretes y público…. Batiéndose en Internet y en las redes sociales por abrir paso a su mirada sobre la realidad y sus contradicciones. Y en algunos programas de la radio pública emitidos en horas imposibles y no siempre proclives a mostrar una poesía diseccionadora de los aspectos más duros de una realidad que avanza en la precariedad y en la pobreza en la misma medida en que se engrosan los beneficios de las grandes corporaciones multinacionales y los bancos.

A pesar del silencio de algunos medios convencionales (en un programa de la televisión pública como Página 2 se pueden contar con los dedos de media mano las veces en que, en sus más de cinco años de vigencia, ha tratado libros de poesía o se ha entrevistado a poetas), los poetas han escrito del mundo que les rodeaba y que les rodea, un mundo al que ofrecen su dramática cotidianidad seis millones de parados, que muestra, en calles circundadas por locales clausurados, con cierres pintados de graffiti o empapelados con carteles inútiles, las huellas de una miseria que cada vez es más difícil de ocultar, han escrito y escriben de los jóvenes sin horizonte, sabios hijos de la generación que hizo la transición a los que las clases dominantes van dejando en la cuneta.  Los poetas han salido de las torres de cristal y de la neutralidad aséptica a la que no pocos críticos y profesores les condenaban, y se han multiplicado las iniciativas que han llevado al poeta a la calle, a contribuir a la movilización social y política, a ofrecer su palabra a quienes la necesitaban (el pasado mes de noviembre, en Madrid, los poetas pusieron su voz para oponerse a los recortes sanitarios, o celebraron un encuentro crítico, "Voces del Extremo", por ejemplo).  Es decir, la poesía ha recuperado su capacidad de conjura, su vertiente más crítica, su potencial de emoción para ayudar a los ciudadanos a vivir la crisis, a luchar contra ella y, sobre todo, a conocer sus raíces, su origen radicalmente inhumano para enfrentarse a ella y a quienes la provocaron y la aprovechan.


¿Poesía social? No simplifiquemos. Poesía entendida en su sentido más profundo: ayudando a la memoria colectiva y mostrando viejas humillaciones que hoy se prolongan a los más jóvenes;  buscando la magia originaria de la palabra para abrir rendijas al mundo feliz que se nos niega (algo parecido a la “muerte en efigie” con que, tal y como demostró Arnold Hauser, el hombre del paleolítico apresaba a la bestia a través del arte: comer, combatir el hambre, meter al bisonte en el hogar, eso era la felicidad en la caverna); descubriendo lo que no nos descubre ni ilumina el periodismo y que sólo es explicable gracias al lenguaje revelador de la poesía. Así nos contó la desolación de Nueva York a principios del siglo XX Federico García Lorca:

"La aurora de Nueva York tiene 
cuatro columnas de cieno 
y un huracán de negras palomas 
que chapotean las aguas podridas.

La aurora de Nueva York gime 
por las inmensas escaleras 
buscando entre las aristas 
nardos de angustia dibujada.

La aurora llega y nadie la recibe en su boca 
porque allí no hay mañana ni esperanza posible. 
A veces las monedas en enjambres furiosos 
taladran y devoran abandonados niños.

Los primeros que salen comprenden con sus huesos 
que no habrá paraíso ni amores deshojados; 
saben que van al cieno de números y leyes, 
a los juegos sin arte, a sudores sin fruto.

La luz es sepultada por cadenas y ruidos 
en impúdico reto de ciencia sin raíces. 
Por los barrios hay gentes que vacilan insomnes 
como recién salidas de un naufragio de sangre." 

Con palabra nueva . Como lo hicieron en Chicago Carl Sandburg en medio de la crisis del 29, o Edgar Lee Masters en la imaginaria Spoon River, reflejo de todas las ciudades de la Historia, o Antonio Machado en la Soria terrible de su tiempo, por no referirme a Miguel Hernández y su grito resistente o a César Vallejo  indagando en las fisuras y quiebras del idioma.  

En legítima defensa, un libro de todos los poetas ante la crisis 

Ante la crisis provocada, ante el ataque a nuestros derechos y libertades, ejercer la legítima defensa con el más poderoso instrumento con que el hombre cuenta desde su propio origen: la palabra. Añado: la palabra poética. Esa es la proteína, el sentido profundo de la iniciativa que impulsamos, hace poco más de un año, Pepo Paz y quien esto suscribe, desde Bartleby Editores.  Invitar a los poetas a rebelarse y a indignarse con su principal destreza, con su más valioso patrimonio: sus versos.  Respondieron más de doscientos autores de todas las edades. Poetas de distintas generaciones se aprestaron a convivir en un maravilloso acto de resistencia: contribuir a un libro colectivo en el que se hermanan textos de nuestros dos poetas premio Cervantes vivos, Antonio Gamoneda, que aporta poema y prólogo, y José Manuel Caballero Bonald. Junto a ellos, una ejército de escritores que van de Félix Grande o Juan Carlos Mestre, o Angelina Gatell, a Gsús Bonilla, Ana Pérez Cañamares o Julieta Valero, pasando por Eduardo Moga, Miguel Casado, Felipe Benítez Reyes u Olvido García Valdés entre otros, o por poetas apenas conocidos que han comenzado a dar sus primeros pasos literarios en la Red.

Todos sabemos que la poesía difícilmente hace cambiar la Historia. Pero también sabemos que algo ayuda. Al menos, puede acompañarnos y contribuir a que nuestra conciencia no se acartone, se mantenga viva y se hermane con la respiración de la calle.  

miércoles, 15 de agosto de 2012

¿Quién lee hoy al poeta Eladio Cabañero?

Ayer, buscando en Internet fotografías del Madrid literario de los años sesenta y setenta, me encontré con la imagen de Eladio Cabañero junto a otros poetas. Recordé, de pronto, que durante algunos meses de 1991 ó 1992, estuve trabajando en su poesía para escribir el prólogo de una antología que pasaría inadvertida, Señal de amor, y caí en la cuenta de que hasta yo, lector apasionado de su obra en mi adolescencia y en mi primera juventud, lo había olvidado. Si injusta es, en general, la vida con los hombres buenos, la vida literaria lo es aún más con los hombres buenos que, además, son buenos poetas y procuran vivir de manera discreta.

"Memoria de Tomelloso". Antonio López

Cuando lo conocí, yo no había cumplido los veinte años aunque había leído, en la antología Poesía última, de Francisco Ribes, algunos de sus poemas más conocidos: "El andamio", "Castilla 1960" o "Antes, cuando la infancia". Debió ser una mañana de la primavera de 1971, o de 1972, en la que Diego Jesús Jiménez, poeta al que acababa de conocer como vecino del barrio de Hortaleza (¡cómo recuerdo aquellas largas tardes de tortilla de patatas, poesía, conversación y empeños democráticos en su casa de la Avenida de San Luis!), que ya era un poeta conocido y contaba en su haber con los premios Adonais y Nacional de Poesía, nos llevó, a Manuel López Sanz, un amigo de adolescencia que también escribía versos, y a mí, a "conocer el mundo literario", ese ámbito que veíamos, desde el barrio, lejano y casi inaccesible.

Recuerdo que fuimos en el Citröen dos caballos del padre de mi amigo, que lo dejamos aparcado en una de las calles próximas a la Castellana (entonces no había ORA ni nada parecido), y que cuando nos quisimos dar cuenta estábamos en el Café Gijón saludando a un hombre corpulento, de poco más de cuarenta años (aunque a mí me pareció mucho mayor), escuchándole hablar de poesía con una mezcla de ironía cachazuda y distanciamiento, y riéndonos con esa risa nerviosa que produce vivir una experiencia que se cree improbable por no decir imposible.


 
Eladio Cabañero junto a José Hierro
Cuando salimos de allí (creo que dejamos sin pagar las consumiciones en aplicación de una práctica a la que era asiduo cierto sector de la bohemia madrileña y aficionados algunos poetas) recuerdo que mi amigo Manuel me dijo que le costaba mucho trabajo asimilar que el Eladio Cabañero que acabábamos de conocer, una manchego bromista que mantenía un aire entre campesino y funcionarial, pudiera haber escrito los poemas de amor de libros como Recordatorio o Marisa Sabia y otros poemas. Volvimos, con Diego Jesús, al barrio, a las partidas de ajederez, a las tertulias sobre poesía, política y cultura, sexo y cine, a los paseos por las calles del barrio de Hortaleza. En los años posteriores, no volví a tener relación con él, aunque sí leí cuanto de él aparecía en revistas y en otras publicaciones literarias.

Sería a finales de 1989, en la presentación de mi primera novela, Mar de octubre, cuando volvería a encontrarme con Eladio. Discreto, acompañado de Félix Grande y de algún poeta-funcionario, me felicitó calurosamente y me sorprendió al decir que ya había leído la novela, que le había gustado mucho y que se notaba que estaba escrita por un poeta. Mi gratitud fue inmensa. Habían pasado diecisiete años desde la visita al Gijón, Eladio se aprestaba a cruzar el rubicón de los sesenta y yo acababa de cumplir treinta y siete. Yo no sabía que nuestra relación se iba a "normalizar" en los años posteriores.

En efecto, en abril de 1990, no recuerdo a través de qué conducto (creo que fue Antonio Huerga, el editor de Libertarias), me llegó su invitación a prologar una antología que venía preparando con gran ilusión y excesiva lentitud (era poco "mirado" para sus cosas). No eran tiempos fáciles para la difusión de su obra: la poesía figurativa de la generación de los 80 estaba en pleno auge y sus referentes eran, en la generación del 50, Gil dde Biedma, Ángel González, para los más experienciales, y Claudio Rodríguez y José Ángel Valente, para los más metafísicos. En tierra de nadie, en un desamparo que en el fondo lo había acompañado desde siempre, estaba su coetáneo del 50, Eladio Cabañero. Recuerdo un par de visitas al cuchitril del Servicio de Publicaciones del Ministerio de Cultura donde trabajó hasta la jubilación, algún almuerzo en el Café Gijón para intercambiar impresiones sobre el estado de mi prólogo, y su incredulidad porque hubiera, en la sociedad literaria de la última década del siglo XX, poetas, críticos o simples lectores interesados en su obra.

Aquellos días pude adentrarme en sus poemas y conocer en detalle la dificultad y el trabajo que subyacían tras la aparente sencillez de sus versos. Tenía un dominio extremo de la estrofa clásica, especialmente del soneto: algunos de los que aparecen en su primer libro, especialmente "El vino desahuciado", son ejemplares, deberían figurar en el programa de todo taller literario. Pero lo esencial de la obra de Eladio son algunos ingredientes que lo emparentan con sus coetáneos de la Generación del 50. El tono conversacional, directo, con una chispa de ironía, casi siempre compasiva, nunca hiriente. El carácter narrativo de buena parte de sus poemas. El papel, básico, esencial, de la memoria, especialmente la memoria de la infancia vivida en Tomelloso, una memoria en la que brillan con especial intensidad la natuarleza, la relación con sus mayores, el telón de fondo de una guerra que marcó a su generación, la de los "niños de la guerra". Los amigos, los humillados y ofendidos (el pocero, los albañiles, los trabajadores del campo), la amada, siempre evocada en un tiempo joven y maravilloso con el fondo del pueblo y de una naturaleza cercana y prometeica....

Decía que Eladio Cabañero era coetáneo de la generación del 50. Fue antologado dentro de ella por algunos especialistas y críticos. Andrew P. Debicki, lo integró en su espléndido ensayo Poesía del conocimiento. La generación española de 1956 - 1971. Leopoldo de Luis en Poesía social española contemporánea (1965), Francisco Ribes en el ya citado Poesía última, Antonio Hernández en La poética del cincuenta. Una promoción desheredada (1978).... y poco más. No estuvo en la canónica de Juan García Hortelano y no estuvo en ninguna  de las que consagraron los nombres de su generación, ni siquiera en las que, como Poetas españoles de los cincuenta, de Prieto de Paula (2002), o La promoción poética de los 50, de Luis García Jambrina (2000), se publicaron tardíamente, con una perspectiva histórica consolidada.

Su mirada, no obstante (quizá eso explique el olvido en que vive su obra y su desaparición de la mayor parte de los recuentos), era muy diferente a la que dominaba entre sus compañeros de generación. Debicki lo señala en el estudio citado: "Los antecedentes sociales de Eladio Cabañero difieren considerablemente de los demás poetas de su generación. Nacido y criado en la pequeña ciudad de Tomelloso, Cabañero trabajó como peón en su juventud y tuvo una formación en gran medida autodidacta hasta su llegada a Madrid, cumplidos ya los treinta".


Creo que ahí está la clave. Fue un niño de la guerra que la vivió, no desde la cierta comodidad con que la evocan (un tiempo de felicidad, sin obligaciones, unas largas vacaciones...) poetas como Gil de Biedma, Caballero Bonald o José Agustín Goytisolo, entre otros. Su origen de clase hace que su mirada no sea la mirada crítica e irónica hacia la propia clase (Gil de Biedma), sino una mirada desolada, de sufrimiento, marcada por las desapariciones ("Muchos ya no volvieron. / Algunos no volvieron a echar hato los lunes / para irse de semana, a la vendimia") , por la muerte del tiempo feliz de antes de la guerra y por la sombra de la posguerra ("y a los niños dejaron de querernos. / Y nosotros, mis primos, mis amigos / no volvimos tampoco de la guerra"). La mirada del hijo de los vencidos perteneciente, además, a la clase más humilde.


Volver a la poesía de Eladio Cabañero es un saludable ejercicio. Es adentrarse en un mundo sólo desaparecido en parte (el mundo campesino y menesteroso que evoca) y en un universo de emociones que pervive con toda su frescura. Además, su mirada solidaria, el fuerte componente social de sus versos tienen una actualidad evidente en tiempos de crisis. Nunca como hoy la poesía comprometida tiene un sentido que vaya más allá del puro lenguaje. Quede, como muestra del legado poético de que podemos disfrutar acudiendo a sus versos, este hermosísimo poema cargado de connotaciones emotivas y de apelaciones a la memoria.



ANTES, CUANDO LA INFANCIA
(Del libro Recordatorio)

El cielo aquel pintado con tizas de colores;
el sol que se empozaba tantos jueves
para los largos temporales
( "Cuando se empoza el sol en jueves,
antes del domingo llueve...")
Aquellas calles largas con carros y viñeros;
el pregonero del Ayuntamiento
y el tío del "rabiche"; el carro
del "alhigue" cuando los carnavales;
las barberías con aquellos frascos
llenos de sanguijuelas coleantes;
el miedo de las noches del invierno
desiertas por el cierzo y los fantasmas;
las uvas, las espigas, la Glorieta,
la feria, el corralazo de los títeres...
¿Era aquél Tomelloso?
¿Era yo aquél, aquel de por entonces?
No me recuerdo bien. No tengo pruebas.
Era antes de la guerra. Mucha gente
no viviría bien, seguro, pero
el tiempo de los niños es hermoso,
y aunque la vida va a su mejoría
-según dicen- y hay tantos nuevos sueños:
viajar a la luna y los planetas;
inventar pan para que no haya pobres,
nueva fe en nuevos pechos,
aquel tiempo consuela a los que fuimos
niñez y luego muerte en nuestra infancia.
Antes que lo perdiéramos,
aquel niño de todos y de nadie
jugó por todo el pueblo, entre bidones
y cubas y trujales, en las fábricas,
en las destilerías de alcohol,
donde el vino zurría y se quemaba,
mientras nosotros -aúpa- nos saltábamos
montoneras de orujo, eras de lías.


Y el campo, ¿cómo era
antes de que aquel cielo, aquellos hombres,
se fueran a la guerra para no volver nunca?
...Vendimiadores tiempos,
una vez en las viñas, vendimiando, una noche
-quiero acordarme, pero ha tanto tiempo-
en la pequeña casa, acabada la cena,
todos bien avenidos se embromaron,
se tiznaron jugando al "San Alejo",
con la sartén tocaron seguidillas
y jotas a la luz de los candiles;
y luego se acostaron en parva por el suelo,
que ya no se cabía
sino en las alambores y en la cuadra.
Eran caras alegres como nunca haya visto.
Era antes de la guerra y yo tenía
de cuatro a cinco años.
Muchos ya no volvieron para echar hato los lunes
para irse de semana, de vendimia.
El cielo no volvió ni fue ya claro.
La gente se hizo dura,
y a los niños dejaron de querernos.
Y nosotros, mis primos, mis amigos,
no volvimos tampoco de la guerra:
de repente crecimos, fuimos otros,
nos perdimos igual que se perdieron
de vista, hacia el Oeste, tantas cosas.

lunes, 12 de marzo de 2012

Caballero Bonald y Félix Grande y el deslumbramiento de sus libros últimos

La poesía española del siglo XXI está de enhorabuena. El año 2011 se cerró con dos libros de los que nos reconcilian con la gran poesía en castellano. Fuera de la chata ambición nutrida de bares de una noche y realismo plano, dos poetas imprescindibles en nuestro panorama literario desde hace algunas décadas, Félix Grande y José Manuel Caballero Bonald, dieron a imprenta dos sobrerbios poemarios. Aunque lo estilos son muy diferentes y los mundos a los que uno y otro aluden, desde sus primeros libros, nacen y se desarrollan en espacios alejados aunque no antagónicos, los dos libros tienen un hilo conductor que comparten: son libros de recapitulación, de balance, de memoria poetizada.

José Manuel Caballero Bonald
Libro de familia y Entreguerras. Tales son los títulos. El primero, de Grande; el segundo, de Caballero Bonald. Ambos reconstruyen un tiempo duro, lleno de servidumbres y de renuncias como el de la dictadura. Ambos hacen recuento de lecturas, de experiencias individuales y colectivas, de compromisos cívicos, de pasiones y decepciones de juventud. Ambos bucean en la infancia y en la adolescencia: uno (Caballero Bonald) en la de un hijo de la burguesía jerezana que con prontitud decide ser oveja negra en su propia clase, proyectar una mirada crítica sobre el mundo; el otro, en la infancia menesterosa vivida en Tomelloso, en el miedo de los ancestros en la guerra civil, en la biografía de un autodidacta


El libro de Caballero Bonald ilumina las contradicciones y los empeños de toda una generación: la del medio siglo. En el libro están los amigos (Ángel, Jaime, José Agustín...), están las primeras lecturas, el mundo de la clandestinidad, de la resistencia frente a la dictadura de Franco, está la evocación de su estancia en Colombia, está el Mediterráneo y el deslumbramiento ante sus legendarias ciudades (Estambul, Atenas, Túnez, Palma --en parte, Pepe Caballero fue el alma de Papeles de Son Armadans, la revista que fundara Camilo José Cela--), está el flamenco y su hondo pálpito, los viajes como espacios de permanente descubrimiento, están las lecturas y está el misterio de la poesía y la permanente pugna del poeta (y del novelista) con el lenguaje. Entreguerras podría ser considerado como una suerte de síntesis poética de sus dos monumentos narrativo-memorialísticos: Tiempo de guerras perdidas (1995) y La costumbre de vivir (2005), recientemente editadas en un solo volumen titulado La novela de la memoria. Es, además, una muestra del grado de autoexigencia lingüística que Caballero Bonald siempre ha puesto en evidencia. Escrito en versículos, con un barroquismo controlado,  el lector goza del placer de la palabra innovadora, polisémica, del ritmo de un verso que se desliza por la página llevado por el movimiento al que invitan e incitan palabras elegidas por su sonoridad y su sentido: palabras que se saborean, que casi se mastican, que tienen el poder de reflejar y, a la vez, recrear el mundo: "la ausencia es amarilla como la taciturna credencial del fugitivo / la ausencia en cada poro está latiendo manando germinando / cubriendo el libro intonso del azar con una escama sensitiva".

Félix Grande
Hace algunos años, cuando trabajaba en la edición crítica de Blanco Spirituals y Las rubaiyàtas de Horacio Martín, un conocido poeta de una generación posterior (cuyo nombre me reservo) me dijo que con aquellos libros Grande había agotado su capacidad lírico-creativa. Los más de treinta años de silencio poético que han sucedido al segundo de los libros citados parecía dar la razón al colega.  Hasta el otoño de 2011 esa afirmación parecía tener cierto fundamento. Sin embargo, el último trimestre de ese año ha puesto de relieve lo errático de la apreciación. Si la nueva edición de Biografía (Galaxia Gütenberg, 2011) incorporaba el  intenso libro-poema La cabellera de la Shoá, su nueva entrega demuestra cómo el largo silencio que mi amigo poeta interpretó como sequía definitiva era trabajo y creación, lucha con las palabras, búsqueda de nuevos caminos sobre los caminos inaugurales sustentados en las enseñanzas de César Vallejo y Antonio Machado.. Leyendo Libro de familia nos damos cuenta cuánto de verdad había ya en Blanco Spirituals: la búsqueda de la palabra precisa en un verso ambicioso, a veces desbordante, la creación de neologismos que iluminan nuevos significados, la indagación en las raíces de la existencia la sabia combinación entre recuperación de la memoria y mirada crítica hacia la realidad, elementos consustanciales al libro con que Grande ganó el premio Casa de las Américas en 1966, están también en Libro de familia..
 
 
Quien haya gozado o goce de la amistad de Félix (es mi caso) sabe muy bien que hay varios universos que forman parte del propio metabolismo emocional y cultural del poeta: Antonio Machado, el flamenco, la música clásica, el miedo heredado y mamado a la vez, generado por la crueldad de los vencedores durante la Guerra Civil y la posguerra, y la memoria personal (la propia, la de Paca Aguirre, poeta y esposa, y la colectiva). Todo eso está en Libro de familia. Aunque con una estructura distinta respecto al libro de Caballero Bonald, Grande se sumerge en más de medio siglo de historia propia y ajena. Poemas largos, escritos con un lenguaje de una gran riqueza, crudo cuando la referencia lo exige y delicado y frágil cuando se refiere a lo más cercano y querido. En Libro de familia encontramos al poeta proteico y generoso capaz de hermanar el vocablo más rudimentario de nuestra lengua con el más intelectualizado: el temblor popular del flamenco y la intuición elitista de Johan Sebastian Bach conviven, se entrelazan, se miran de frente y no con la mirada por encima del hombro con que a veces queda "canonizada" la relación de la música clásica con la música popular. Quien haya leído La balada del abuelo Palancas no podrá evitar evocar capítulos enteros al leer algunos de los poemas de este poemario de Grande: por ejemplo, "El madrigal del odio muerto", un emocionante ajuste de cuentas con la figura materna, o "Hijopaterno de mí", con el que cierra el libro. Del primero poema, queden aquí estos versos: "¿En dónde nace el odio, madre? / ¿En qué naufragio de la confianza / se me pegó esa grasa sobre mi piel de hijo? / ¿En qué estallido de la decepción / nació aquel estupor que se clavó en mi infancia / como un arpón de soledad, y de culpa, y de angustia?".

El poeta de Jerez y el poeta de Mérida nos han dejado, para terminar 2011, dos libros poderosos, imprescindibles, dos fiestas del idioma para leer despacio, para gozar, para sufrir, para entender la compleja urdimbre de descubrimientos que nos ofrece el lenguaje poético. ¿Quién dice que la poesía, en el siglo XXI, deja de tener sentido?

martes, 29 de noviembre de 2011

¿Censura?: mi frustrado homenaje a José María Millares en el Cervantes

Siempre es bueno dejar pasar un cierto tiempo para valorar los acontecimientos con una perspectiva desapasionada y, por ello, más rigurosa que en caliente. En este caso, el acontecimiento sucedió hace casi un año. No es un asunto banal (no lo fue), aunque para evitar complicaciones y juicios interesados (y, todo hay que decirlo, para no perjudicar a una de las partes, el editor y creador de la prestigiosa editorial de poesía Calambur) preferí dejar que el tiempo pasara para reflexionar con calma sobre lo ocurrido y dejar que la distancia eliminara lastres emocionales.

José María Millares Sall
Vayamos a la historia: el pasado mes de enero tuve no sé si la suerte o la desdicha de vivir, en primera persona, la experiencia de la censura o del veto. Fue con motivo del homenaje póstumo que la editorial Calambur, con Emilio Torné a la cabeza, organizó, en la sede del Instituto Cervantes de Madrid, en honor a la memoria del gran poeta canario José María Millares Sall y con motivo de la concesión, a título póstumo, del Premio Nacional de poesía 2010 a su libro Cuadernos (2000 - 2009). El homenaje se celebró el día 19 de enero (podéis verlo íntegro en Cervantes TV pinchando aquí) y contó con la presencia y la lectura de los siguientes poetas: Alejandro Céspedes, Jordi Doce, Ignacio Elguero, Olvido García Valdés, Ana Gorría, Antón Lamazares, Nieves Mateo, Miguel Ángel Muñoz San Juan y Ada Salas.  Una lista cerrada a última hora en la que faltaban dos nombres: el del autor de este blog, y el de Félix Grande. El primero, por haber sido eliminado el viernes previo a la celebración del homenaje (el 19 era miércoles); el segundo porque no acudió al homenaje por imprevistos problemas de salud, tal y como fue expuesto por Emilio Torné durante el desarrollo de acto.

Lo descrito en el párrafo anterior, con la salvedad de lo escrito en las dos primeras líneas, es la historia conocida. Sin embargo, hubo una intrahistoria. La intrahistoria de un atropello, de un auténtico acto de censura que me afectó personalmente. La instrahistoria se inicia el 4 de enero de 2011, cuando el director de editorial Calambur me llamó para invitarme a participar en el homenaje. La razón de mi presencia, junto a mi condición de poeta y de conocedor de la obra de Millares Sall, era que yo había sido el autor de la critica al libro galardonado. Mi crítica apareció en el diario El País con el título "Pulso existencial" y fue  una de las pocas que se publicó en la prensa diaria (por no decir la única). Mi participación, como la del resto de los poetas, consistiría en la lectura, en la tribuna de la sede central del Cervantes, de un poema del autor canario por no más de tres minutos. Por supuesto, acepté encantado. A lo largo de los días posteriores, Emilio Torné me informó, en alguna conversación telefónica, de la marcha de la organización, de las características que tendría el acto y de los poetas que habían aceptado participar en él. La relación se puede leer en el párrafo anterior y, por ello, no me extiendo.

Pasaron unos días (que aproveché para releer la obra de Millares y para seleccionar un par de poemas para su lectura) y, a la espera del típico tarjetón y de la cita,  me olvidé del asunto mientras la editorial, con la institución anfitriona, organizaba el acto, las invitaciones y el resto de las actividades que exigía cumplir el objetivo que Calambur se había planteado. El día 14 de enero, casi a mediodía, recibí una llamada de Torné. La noticia fue clara y rotunda aunque comunicada con la desolación propia de quien sabía que, para salvar el homenaje, había tenido que tragar con una clara injusticia. Me dijo que las más altas instancias del Instituto Cervantes le habían comunicado, en la voz de su director de cultura  Rufino Sánchez, y en una conversación telefónica, que yo no podía estar en el homenaje póstumo a Millares. Es decir: debía ser borrado de la lista de lectores de poemas. No había explicación, ni razón alguna (le hablaron de horarios y otras excusas nada convincentes) que la justificara. Simplemente que Manuel Rico no podía estar. Mi primera reacción fue expresar públicamente mi protesta ante tan intolerable exigencia y llamar al Cervantes para que alguien me explicara las razones de la misma, pero Emilio Torné me dijo que eso pondría en peligro el homenaje, que en él estaba comprometida la familia del poeta y el resto de los escritores y que no podía arriesgarse a que todo se fuera al traste. Lo entendí e hice un monumental esfuerzo de racionalidad.

Estuve presente, entre el público, en el homenaje. No vi al citado director de cultura. La directora del Instituto intervino brevemente en la apertura y a los pocos minutos desapareció. Supe, al principio del acto, que el poeta Félix Grande, había excusado su asistencia por razones de salud. Me llamó aquella noche para expresarme su solidaridad y su desconcierto: me dijo que no podía entender lo que había ocurrido con mi exclusión. Digo más: añadió que era la primera vez que tenía noticia de semajante actuación en su ya larga relación con el Instituto. Ése era su problema de salud, estoy seguro.

Algunos amigos íntimos me aconsejaron en aquel momento escribir un artículo denunciando aquella actuación. "Si no en el periódico, al menos en tu blog", me decían. Sin embargo, opté por la responsabilidad y por salvaguardar el compromiso con Calambur. Sí trasladé al antes citado director de cultura (en breve, para vergüenza de quienes vivimos aquel episodio y para quienes creen en la libertad de expresión, será director en el Cervantes de Recife, Brasil) mi protesta por correo electrónico. Su respuesta, tras insistir mediante otro correo ante su silencio, fue elusiva, brevísima y vergonzante. Me decía que era una actividad organizada, cito textualmente, "con la misma normalidad que el resto de actividades que se realizan en esta casa". Aquel e-mail no hizo sino dar mayor gravedad al asunto: yo había trabajado 3 años en tareas de dirección en el Cervantes y nunca, bajo ningún concepto, se había vetado a nadie en ninguna actividad propuesta por editoriales u otro tipo de entidades con un mínimo de solvencia cultural. Su nota hacía todavía más incomprensible el despropósito. Pensé que si la "normalidad" era aceptar o excluir a escritores, una institución de tanto prestigio como el Cervantes tenía un director de cultura (y a quien por encima de él legitimaba su actuación) instalado en la anormalidad, en la excepción. Es decir, en la censura.

Pronto se cumplirá un año de aquel "insuceso". El Cervantes, con toda probabilidad, habrá cambiado, para entonces, en su máxima responsabilidad. Creo que sólo una concepción abierta, tolerante, plural e integradora de la cultura puede dar pleno sentido a una institución que este año 2011 ha cumplido un cuarto de siglo. Mi identificación con la izquierda política y con los movimientos sociales y culturales progresistas casi desde la adolescencia me hace desconfiar de que ello sea así tras el triunfo del Partido Popular. No obstante, trabajaré a fondo, en mi condición de escritor y con mis modestas posibilidades, para que un episodio como el que aquí he relatado no vuelva a tener lugar. En todo caso, mantengo desde entonces una incógnita que nadie ha resuelto: ¿por qué razón se produjo aquella exclusión? "The answer, my friend, is blowing in the wind", que diría Bob Dylan. 

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Con Diego Jesús Jiménez: fragmento de poema y evocación


Priego de  Cuenca

El martes, 14 de septiembre de 2009, tus restos, querido Diego, amigo, hermano con quien tanto quería, con quien tanto aprendí, con quien tanto soñamos (Esperanza y yo, y nuestros hijos), y reímos, y luchamos, y lloramos, quedaron bajo tierra en una tumba del cementerio de Priego de Cuenca. Desde allí se ven los riscos donde comienza la hoz del río Escabas, y se ven los mimbrales y los pinos que cubren las montañas de la serranía, y se huele el barro de las alfarerías, y el seco aroma del tomillo y la jara, y el cielo es un toldo próximo en el que mirarse. Allí, en tu Priego mágico y cotidiano, cerca de las gentes a las que cantaste y amaste, han quedado tus restos.
Era día de fiesta y tu fiesta fue inaugurar tu Centro Cultural (de todos) con poesía y con amigos. Pero también había otra fiesta, también tuya, a la que inmortalizaste, con un caleidoscopio de emociones, con un lenguaje afilado, mágico (esa magia castellana de la brujería y de los hondos chiscones de los pueblos más remotos), en un poema del libro con que obtuviste tu primer Premio Nacional, Coro de ánimas. Como sé, amigo Diego, que es un poema poco conocido, recojo un fragmento para gozo de los lectores y para que quienes te leyeron poco o no te leyeron te descubran de un puta vez.


De "FIESTAS EN PRIEGO"

Ahí, donde termina
la alta Alcarria, empieza el pino, hacen cuesta
las viñas, nacen sin esperanza
los centenos; ahí,
donde se oye sobre la piel el canto
de los grajos, está mi pueblo.
Lugar donde la noche se hace
desfiladero, sombra,
cañada...
Rondan las herramientas
mi corazón. Duermen las hoces
por mi sangre.
Si al hombre
que soñó con el fruto
se le seca la flor, ¿vamos a estar alegres?

Tú,
que intentas hoy lucirte
con el pregón del año. Tú, que cuando empiece hoy
la música, en esta plaza
vas a buscar novia. Ahí, entre las sombras
del corral, está tu casa. Mucho
le ha crecido la hierba en estos
años de paz. Ves la ventana
de la cocina, las alacenas, los armarios... Buscas
tu habitación.
En estas
tierras sin dueño
naciste tú. Desde aquí ves los montes, ves el trigo
que ardió. Quisieras
pensar que éste
no fue nunca tu pueblo.
Árboles, sendas, atajos, hoces
y caminos. Sabes que nada
se celebra hoy aquí. Pero tu llegas siempre
para estas fechas. Y saludas a todos; los besas casi
con la mirada.
............................
..............................
Pero bien sé que tú nunca
te irás. Este
es tu pueblo.
Esta es tu casa. “Mira
la claridad del campo.” Y, mientras te despides, lloras
cerca del autobús. ¿Cómo
ibas a irte, tú que no sabes
que lo que salva a veces
es el odio?
Sí, Diego: ese es tu pueblo, del que bien sabías entonces, cuando sólo tenías 25 años y escribiste este poema, que nunca te irías. Llevo varios días con la lágrima fácil y el corazón esponjado, porque toda la memoria de las cosas, las ideas, las largas conversaciones que mantuvimos durante más de treinta años (recuerdo las tortillas de patatas que Társila inventaba en la pequeña casa de la Avenida de San Luis como cierre de aquellas veladas interminables de principios de los setenta, con tanto miedo sobre los hombros y tantas esperanzas en la cabeza), se dice pronto, se precipita sobre mí y me abruma y me envuelve a la vez. Estos días hemos recordado momentos que creíamos que nunca volverían a ocuparse de nosotros. Muchos de los ausentes de esta hora (y de los artífices del silencio en periódicos, radios y televisiones) desconocen que en el tiempo del silencio y de las botas, tú tuviste el coraje (tú, que a veces eras tan miedoso) de inaugurar la biblioteca de una cooperativa agrícola en Villarta, y fuiste citado en Madrid, en el cuartel de la guardia civil de Hortaleza, por aquel "delito" y me llamaste (a mí, casi un imberbe lleno de entusiasmos y utopías) para que te acompañara porque querías testigos de la posible detención y, ¿por qué no decirlo?, porque temías algún tipo de represalia o de violencia física. He recordado, también, aquella foto en primera página del viejo Informaciones, junto a Alfonso Grosso, los dos tumbados sobre una manta de cuadros, en huelga de hambre porque os habían despedido de la Editora Nacional por rojos (¿cuántas veces no lo habremos evocado, sobre todo en los días en que no pocos voceros progres de hoy te cerraban las puertas, te condenaban al paro?): por editar a Félix, a Celso Emilio Ferreiro (su hermoso Donde el mundo se llama Celanova), a De Ory entre otros, por firmar manifiestos por la democracia, por creer, sobre todo, como diría Blas de Otero, en el hombre.

Sí, Diego, cuando entraba, anteayer, en tu (nuestro) querido Priego, también venía a mi memoria aquel viaje de 1975, Franco vivito y coleando todavía, en que fuimos a encargar piezas de cerámica (de esa alfarería que respira en tus poemas) para recaudar fondos, con su venta, en las fiestas del movimiento ciudadano de nuestro barrio: recuerdo, cómo no, mi descubrimiento de los parajes donde tus poemas habían crecido, los ríos que los hacían frescos y transparentes, los bosques que entonces estabas ya convirtiendo en espacios para un sueño, el piezas de un bajorrelieve, en parte de tu fiesta en la oscuridad y de tu itinerario para náufragos. Paseos por la Avenida de San Luis, partidas de ajedrez interminables, visitas a un Café Gijón que, para mí, en aquel entonces, era el lugar de los mitos vivientes (recuerdo que allí me presentaste a Pepe Esteban, el eterno republicano, o al bueno de Eladio, o a Carlos Álvarez, por aquel entonces, entrando y saliendo un día sí y otro también en las cárceles de la dictadura). Luego fue tu casa en Gil de Palacio, cerca de la Avenida Ciudad de Barcelona, y Pepe Hierro y tu pasión por la vocación ciclista de tu hijo Diego, que ganó carreras y trofeos emulando a tu querido Luis Ocaña, hijo, como tú, de Priego. Y fueron las manifestaciones: muchas, innumerables, nos perdíamos de vista un tiempo, pero Esperanza y yo teníamos la seguridad de que nos encontraríamos contigo en la próxima manifestación contra el paro, o por la vivienda, o contra el terrorismo o en el no a la guerra (tú siempre te quedabas entre la gente, huyendo de ese odioso estrellato de algunos llamados intelectuales por amarrarse a la pancarta para salir en la foto).Después vino la Semana Poética de Cuenca, que tú impulsaste con la Universidad Menéndez Pelayo y la de Castilla la Mancha y que celebrábamos en su sede allá en la altura, mirando desde las ventanas de las salas de reuniones a otra hoz: la del Júcar, tan cantada por ti. Y allí nos encontramos los más nuevos con los más experimentados y maduros: el Luis Rosales último, Caballero Bonald, Claudio Rodríguez, Pepe, Antonio Carvajal, Antonio Gamoneda, Carlos Sahagún, pero también Jambrina, y Juanjo Lanz, y Antonio Colinas, y Luis Antonio de Villena, y Antonio Hernández, y Jesús Hilario, y Luis Alberto de Cuenca, y Luis García Montero, y Felipe Benítez Reyes, y Juan Carlos Mestre, y Concha García, y Luis Javier Moreno y Jordi Virallonga.... Fuiste tú el autor de ese lema que yo he utilizado tantas veces para calificar la poesía española contemporánea: "La ceremonia de la diversidad". Así titulaste la III Semana, la de 1993. Fuiste generoso porque no creías en las tendencias ni en las capillas y nos llevaste a todos. Luego seguiste siendo generoso (es una enfermedad incurable, aunque menos devastadora que la que te arrancó de nosotros) y promoviste la revista Diálogo de la Lengua, y la antología de jóvenes Pasar la página...
Recuerdo, también, la exposición de Alexandra Domínguez, en el otoño de 1999, en Riaza. Ún día de amistad, caminatas, almuerzo colectivo y, como casi siempre, conversación y risas. He rescatado la foto. A nuestra espalda, los inmensos bosques de robles teñidos por el ocre y el amarillo de principios de noviembre, de la sierra de la Tejera Negra. Detras de la cámara que sostienen Lupe o Esperanza, ya ni lo recuerdo, las estribaciones de la sierra del Rincón.
En Riaza. De izquierda a derecha: M. Rico, Juan Vicente Piqueras, Paca Aguirre, Diego Jesús Jiménez y Juan Carlos Mestre

Y más tarde, en el Centro Cultural en que te dimos el último adiós, en tu amado Priego, en colaboración con las universidades, pusiste en pie los cursos de verano sobre poesía contemporánea. Los primeros días de julio, el pueblo que surge "donde termina la Alta Alcarria", se ha venido convirtiendo en "lugar de la palabra". Y muchos de los que estuvimos en la Semana conquense volvimos a acompañarte bajo el calor de sucesivos julios generosos. ¡Cómo olvidar aquella mesa de 2003 en el hostal Los Rosales de Priego donde compartiamos la comida un Manolo Vázquez Montalbán recién llegado de Barcelona, un Martínez Sarrión estridente y sarcástico, el descreído Carlos Sahagún, y Paco Brines, y Carme Riera, y Félix Grande y Antonio Carvajal. Nos quedamos con las ganas de que Serrat nos acompañara en el curso dedicado a los vínculos entre poesía y canción de autor (estuvo a punto, no te creas, pero al final, como buen cultivador de sus amistades del barrio de la infancia, nos dijo que estaba, en las fechas del curso, comprometido con ellos), pero tuvimos a tu buen amigo Luis Eduardo Aute, y a Amancio Prada... odo ese universo, construido con tu palabra y con la presencia tuya y de los tuyos (Társila, Társila María, José Manuel, Dieguito) es nuestra vida, Diego. A veces, paso por la Avenida de San Luis y miro hacia la ventana de lo que fue tu casa. No sé quien vive allí, pero sí estoy seguro de que en sus paredes está la huella de nuestras voces jóvenes, de quienes antes de la libertad soñamos con la libertad, y con la poesía, y con la literatura en su sentido más ancho y hondo. de quienes más de una vez hemos intentado, como los niños de tu hermoso poema "Plaza de Santa Ana", desatarnos del tiempo:




Viaje por la mala conciencia: LOS FILOS DE LA NOCHE, una novela reescrita. Una nueva novela.

En breve, Los filos de la noche, mi segunda novela, estará otra vez en librerías. Oculta desde hace muchos años, ha vuelto entre nosotros c...