martes, 14 de febrero de 2017

Lo que se fue con Félix: mundos que se disuelven

La muerte de Félix Grande hace tres años, más que cualquier otra de las de entre mis amigos mayores, me hizo cobrar conciencia de un proceso de gran calado y del que sólo advertimos su silencioso discurrir en momentos muy precisos: me refiero a la desaparición del mundo que contribuyó a acentuar y dar encaje a mi vocación de poeta, a la vocación de poeta de tantos escritores coetáneos. Echo la mirada atrás, la proyecto en los primeros años de mi andadura y recorro con ella la realidad que viví y los ingredientes que le dieron sentido y descubro ante mí una historia rica, compleja, irrepetible.

Encuentro "Poesía y paisaje" en Pozoblanco. Primavera de 1997
Ese mundo que con Félix comenzó a escaparse se lleva las lecturas de la Tertulia Hispanoamericana de los años ochenta y primeros noventa, tiempo último de Rafael Montesinos en los bordes de la Universitaria, noches de vino y tortilla de patatas en la cafetería Sicilia, mi primera presentación literaria de la mano de Pepe Hierro, mis hijos pura infancia (Malva con seis años, José Manuel con uno y subido en su carrito) de la mano de Esperanza, poeta oculta e intensa. Éramos los poetas jóvenes que llevábamos en la cartera las viejas antologías de Taururs (la mítica Cuatro poetas de hoy), que nos habíamos formado en la lectura en paralelo de Rosales o Vivanco de un lado y de Blas de Otero, Gloria Fuertes o Gabriel Celaya, de otro, que habíamos descubierto lo más contemporáneo en las voces de los poetas del cincuenta y que aún no nos habíamos repuesto de la ofensiva novísima. Entonces nacían las revistas que había alumbrado la todavía reciente transición: Leer, Quimera, los lejanos Camp de l'Arpa o Lateral, revistas que se querían comer el mundo con nosotros, que llenaron mi Madrid de compromisos inacabables con la gente del barrio y de sueños de inmortalidad que el tiempo y la madurez se llevarían.

De izquierda a derecha, Diego Jesús Jiménez, Esperanza, Manuel Rico
y Félix Grande. Nochevieja de 2005
Pero la muerte de Félix, como años antes la de Diego Jesús Jiménez, se llevaba también el mundo que construimos en Priego en los meses de julio de la década primera del siglo XXI. Jornadas de conversación, poesía y felicidad, de noches al raso en la plaza del ayuntamiento mientras los más jóvenes intentaban encender un amor fugitivo o reservar el mejor poema para la lectura que clausuraría el curso. Se llevaba parte de mi mundo, del que también Paca formaba parte, especialmente una mañana en la que en la alfarería del pueblo nos hicieron, a Félix y a mí, un molde de la mano derecha para convertirlo en cerámica, en pieza de artesanía que conmemorara el paso de los poetas por el pueblo. Allí conocí a Carlos Sahagún, a Carme Riera, a Antonio Carvajal, a Paco Brines, a los poetas más jóvenes que buscaban un camino y una identidad a la sombra del Centro Cultural que lleva el nombre del maestro Diego Jesús y que fuera cárcel en un tiempo remoto. Allí compartí risa y versos con Antonio Hernández, con un Manolo Vázquez Montalbán que colgó a la entrada del salón de actos sus "carvalhos" y se desató como poeta en estado impuro en el escenario.

Con Félix se fueron también los rescoldos de otros, mayores de edad que él, pero inseparables de mi goegrafía sentimental y literaria: Gil de Biedma,  Claudio Rodríguez, José Agustín Goysitisolo, Carlos Barral.... muertos previos y ceniza. Se fueron las historias, que tan bien contaba, de Oliver, donde Paco Umbral, Juan Benet, García Hortelano, probablemente en mesas separadas, quizá enfrentadas, debatían de narrativa, de vanguardias, de Faulkner o de Hemingway, los dos extremos referenciales de las opciones estéticas que representaban. Se fueron también los rescoldos de las terturlias poéticas del Café Gijón, los años últimos de La Estafeta Literaria, el reverencial deslumbramiento ante la revista Ínsula, llena de historia democrática y literaria, y los años más recientes de Nueva Estafeta, entonces dirigida por Rosales....

Juan Carlos Mestre, Alejandro López Andrada y Manuel Rico
Lecturas de poetas. Una visión de la sierra del Guadarrama filtrada por los mejores de la Generación del 36, por Luis Rosales, pero también por Alberti, por un Prado Nogueira olvidado demasiado pronto, por el viejísimo y exiliadísimo don Antonio Machado. La Tertulia Hispanoamericana de entonces se asomaba a la Universitaria, respiraba el aire de aquellos poetas pero también los aromas, aún vivos, de la Institución Libre de Enseñanza.

Con Félix se fueron (porque era inevitable) mis asiduas visitas a la casa de los libros en la calle Alenza, y las noches de vino y debate, los sueños a cumplir en el logro de la obra maestra y de la canonización que muy pocos alcanzarían, los cuadros de Lorenzo Aguirre, el relato emocionado y casi iracundo de Paca hablando de los años del hambre, del garrote vil que Franco aplicó a su padre, de la Chiquita Piconera o del "último mohicano" que llenó un poema de emociones, de vida, de memoria íntima y colectiva, de verdad. Se comenzaron a marchar las cenas de Nochevieja (¿cuántos años?) en nuestra casa, con Diego Jesús unas veces, otras con Guadalupe y con otros amigos. Ya hace tiempo que las tardes de reflexión y poesía, de literatura y política, de lecturas inacabables dejaron de ser, fueron cayendo en el abismo gradual conde crece el olvido.

Los más jóvenes soñábamos con los mayores, con los que ya estaban en las antologías y nos traían la tradición sobre sus hombros vivos y combativos todavía. Había una continuidad que se remansaba en cada tertulia, en cada lectura, en cada debate... .Todos o casi todos vivían y creaban cuando los de mi generación empezábamos. Teníamos a los maestros que habían entrado en el libro de literatura como dioses cotidianos y accesibles. Vivían la plenitud y la madurez y nosotros la devoción y el aprendizaje. Noticias de Ángel González y sus noches de vino y bolero, noticias de Gamoneda a través de un Blues castellano  apenas conocido, un Gamoneda todavía sepultado en la provincia por intereses ajenos a la poesía y que llegaría a Madrid, a los foros más notables, a partir de Lápidas y, sobre todo, de Edad, la poesía completa que editó Cátedra bajo la batuta de Miguel Casado,  noticias de Granada donde la Otra Sentimentalidad nacía y a la sombra alargadísima y honda (no todas las sombras son hondas) de Federico comenzaban a publicar los amigos, los de la misma edad que cumplíamos en Madrid con nuestra condición de coetáneos y de apasionados por la poesía. Hablo de Luis García Montero, con quien polemicé a propósito de otro granadino, Javier Egea, a quien solo conocí en la distancia del poema y de otras lecturas, Rafael Guillén, ya maestro entonces, hablo del redescubrimiento de un realismo que mezclaba subjetividad y preocupación colectiva, que miraba a Italia y a Pasolini y a Pavese y a los narradores del neorrealismo. Hablo de la memoria, casi apagada de un muerto jovencísimo, casi adolescente, como Pablo del Águila, amigo de de Félix, visitante ocasional de la casa de Alenza, de quien Bartleby publicará la obra completa en unos días. Y hablo de los amigos de Madrid, de los que pugnábamos por publicar algún poema en Cuadernos, o en una revista recién nacida, o por ver editados nuestros primeros libros en Hiperion, en Visor, entonces proyectos nuevos, vivos, todavía no agrietados por el tiempo y las sevicias institucionales, en Endymion, donde el enorme Jesús Moya cuidaba de su sótano en Cruz Verde y alimentaba gatos y poetas.... Fernando Beltrán, José Carlón, Adolfo García Ortega, Juan Carlos Suñen, Jordi Virallonga (venía de Barcelona y sinTaxis), Antonio Jiménez Millán (venía de Granada), Amalia Iglesias,  Juan Carlos Mestre, Rogelio Blanco, Blanca Andreu lejana y triunfadora con un Adonais más que memorable... Jóvenes de entonces que hoy nos miramos en el espejo descubriendo las huellas de la edad y el aura de una orfandad naciente.


Son tantos los huecos....  Es ley de vida. He tenido el privilegio de convivir y crecer literariamente con todos ellos, pero cuando Félix se fue hace tres años, tomé conciencia de que del mundo que había vivido tan intensamente y los mundos que dentro de él crecieron empezaban a dejar el espacio de la realidad para ir recluyéndose lentamente en el de la memoria. Hablando con algunos de mis amigos poetas nacidos en los cincuenta compruebo que compartimos una sensación: durante décadas nos hemos sentido "jóvenes poetas" (incluso ahora yo mantengo esa sensación). Y el misterio de esa rara conciencia prolongada no era otro que la presencia viva y amiga de los maestros. Pero se nos han ido yendo poco a poco dejando un vacío difícil de colmar. Nos han dejado huérfanos. Se llevaron el mundo que nos dio experiencia, felicidad y mitologías necesarias para sobrevivir. Y nos quedamos algo más solos.



martes, 7 de febrero de 2017

Los fotógrafos de Auschwitz y "Un extraño viajero"

Leo en el diario El País un reportaje sobre la aparición de una colección de fotografías realizadas en el campo de exterminio de Auschwitz por dos agentes de las SS durante la primavera y el verano de 1944. Se trata de instantáneas tomadas en el intervalo temporal que iba de la bajada de los trenes de los prisioneros judíos trasladados desde distintos países de Europa, sobre todo de Hungría,  hasta la entrada de los “no válidos para el trabajo”, fundamentalmente enfermos, ancianos y niños, en las cámaras de gas. Fotografías que hablan de una cotidianidad rota., de pertenencias y enseres amontonados, de rostros entre perplejos y desvalidos, de premoniciones de muerte, de frágiles esperanzas, del hundimiento de centenares de miles de pequeños mundos —la suma de los que llevaban consigo cada uno de los prisioneros— y de la abyección más absoluta.

Panorámica de las dependencias del campo de trabajo franquista de Bustarviejo, hoy restaurado
Los fotógrafos, cuyos nombres eran Ernst Hofmann  y Bernhard Walter, por motivos que se desconocen, llegaron a construir un álbum fotográfico de la crueldad que sirvió, paradójicamente, como prueba irrefutable en el “juicio Auschwitz” que se celebró en Alemania en los años sesenta. La casualidad hizo que una superviviente de aquel siniestro campo, Lily Jacob-Zelmanovic Meier, encontrara el álbum, el mismo día de la liberación, en el campo de concentración de Dora, en una de las barracas abandonadas por los oficiales de las SS y utilizada por los médicos aliados para atender a los enfermos recién liberados. Lily acabó donándolas al Yad Vashem, el museo de la Shoah en Jerusalen. De ese modo el mundo civilizado y democrático recuperó para la memoria colectiva la nada desdeñable cantidad de 193 fotografías imprescindibles para entender en toda su dimensión el antihumanismo radical del Holocausto. Cualquier lector interesado las puede encontrar en Internet, en la página del citado Museo bajo la denominación de El Álbum  de Auschwitz.
Por circunstancias diversas —entre las que no cabe desdeñar la vertiente “científica” con que el nazismo concibió el exterminio de los judíos ni su empeño de documentar todo lo relacionado con ello—, existe un extenso fondo de documentación gráfica sobre los campos de concentración en Alemania y en otros países de Centroeuropa. Es evidente que a ello ayudó un hecho incuestionable: la victoria de los aliados permitió la entrada en sus dependencias tanto de las tropas como de un buen número de periodistas, fotógrafos y operadores cinematográficos que darían testimonio, mediante sus reportajes, de aquella realidad.

 Durante muchos años, quizá desde febrero de 2001, cuando comencé a escribir el primer borrador de mi novela Trenes en la niebla y a indagar sobre la existencia, en España, de numerosos campos de trabajo o destacamentos penales que estuvieron abiertos, y funcionando, hasta bien avanzada la década de los sesenta del pasado siglo (aunque parezca mentira), he vivido una mezcla de desazón y perplejidad ante la práctica inexistencia de fotografías de su vida diaria. Fueron como poco veinte años de “actividad” en sus instalaciones con decenas de miles de penados protagonizándola y apenas existen documentos gráficos que nos hablen de algo más que de las frías estadísticas (terribles estadísticas). En el fondo, mi última novela, Un extraño viajero, nació como una forma de dar continuidad a las obsesiones de Trenes en la niebla, pero también como una vía de escape a esa desazón. Nadie, o solo de manera oblicua y tímida, ha dado testimonio escrito de la vida en los campos de trabajo franquistas. Apenas nadie dio cuenta, a través de la fotografía, de aquel mundo oculto, que sobrevivía a duras penas en espacios fronterizos de términos municipales concretos, cerca de carreteras que aparecen en los mapas con nombre y número reconocibles, de aquella realidad que expresaba la vertiente más dura de una Guerra Civil que el Régimen prolongaba pese a haberla dado por concluida el 1 de abril de 1939.

En el caso de las fotografías de Auschwitz, la casualidad quiso que Lily las recuperara para la Humanidad y para las generaciones venideras. Aunque yo desconocía esta historia, nunca, en los tres lustros transcurridos desde aquel invierno de 2001, dejé de pensar en la posibilidad de que, por algún imprevisto camino, la sociedad española del siglo XXI recibiera el legado de una colección de fotos realizada en el interior de un campo de trabajo, o en un destacamento penal habitado (es un decir) por presos-esclavos de los muchos que fueron creados en nuestra geografía. Fotos logradas de incógnito o adrede. Por un acto de heroísmo o por un mandato administrativo. Pero fotografías, a fin de cuentas, que nos mostraran la abyección de un Régimen capaz de mantener durante largos años a presos políticos sometidos a trabajos forzosos y viviendo en las antípodas de su realidad familiar. Junto a pueblos perdidos entre montañas, al pie de grandes riscos en los que horadar un túnel, junto a ríos que colmarían de agua ciclópeas presas. Existieron: todavía son visibles huellas de su precaria arquitectura. Sabemos que en ellos miles de hombres soñaron, lloraron, tuvieron miedo, quizá terror, enfermaron y combatieron infecciones sin atención sanitaria, carecieron de intimidad para sus actos más radicalmente personales, sucumbieron a la muerte o a la desesperación o intentaron sobrevivir para regresar a un medio de origen (el pueblo, la aldea, la ciudad, el barrio) que a la vuelta no sería el mismo.
Campo de concentración franquista. Alicante

Del "Álbum de Auschwitz"
Si la expresidiaria Lily encontró casualmente el álbum de los agentes nazis en una barraca que abandonaron y que los aliados convirtieron en “clínica de campaña”, Lucía Olmedo, la protagonista de mi novela accede a un viejo carrete depositado por un viajero de incógnito en una tienda de revelado del Madrid histórico en los primeros años cincuenta. Una decisión argumental que, vista en perspectiva, me llevaba a imaginar quizá la única posibilidad de restituir la dignidad de aquellos presos del mismo modo que en Trenes en la niebla era un cuaderno con los diarios de un joven recluido en otro campo de trabajo (los presos construían el trazado del “directo Madrid-Burgos”). Lo ocurrido en mis novelas es ficción. La historia de los “fotógrafos” de las SS fue real. Pero nadie podría jurar hoy que la posibilidad que yo apunto y que convierto en relato pueda ser posible hoy, o mañana, o en cualquier otro momento de este tormentoso siglo XXI.
Imaginar una colección de fotografías reconstruyendo la vida cotidiana que los propios presos no contaron cuando recobraron la libertad (los que no murieron en los campos) por miedo a una dictadura que se prolongó muchos años después del cierre de los campos, es pensar en una realidad posible, quizá necesaria. Los escasos testimonios gráficos con que contamos (se pueden ver en Internet) dan noticia capilar, borrosa de ese mundo enterrado, perdido para la memoria histórica de nuestro país. Encontrar un legado como el que recibe en la novela Lucía Olmedo y exponerlo en un centro cultural en grandes paneles, como ocurre en la novela, o convertirlo en una página web abierta a los ciudadanos, a los familiares y descendientes de los presos sería un gran paso para reconciliarnos con el pasado. También para alimentar de memoria la conciencia de los jóvenes que han nacido y crecido muy lejos del tiempo de la abyección.     

miércoles, 5 de octubre de 2016

Entre Hitchcock y la "belle époque": hotel Belvedère de Rayon Vert

La fachada frontal del hotel
El pasado mes de febrero, en mi viaje a Collioure para impartir una conferencia sobre Antonio Machado y acompañado de E., recorrimos en tren el espacio que separa  el pueblo donde reposan los restos del poeta y Portbou, la localidad fronteriza donde vivió sus últimos días Walter Benjamin. Fue un viaje emocionante y de él quedaron algunas huellas fotográficas que pasaron, en algún caso, a las redes sociales, y en otros a mi particular catálogo de imágenes preferentes. Entre ellas, algunas fotografías de la estación “internacional”, del monumento, volcado sobre el mar, que con la denominación de "Memorial", el israelí Dani Karavan dedicó a Walter Benjamin y algunas perspectivas sobre la bahía y la playa de Portbou. Tras recorrer el pueblo, decidimos buscar un lugar donde comer en uno de los pueblos próximos. En razón del horario de trenes, optamos por trasladarnos a Cerbère, el municipio fronterizo por parte francesa.

Caminamos, por estrechas calles en las que se mezclaban viejos y nuevos edificios de dos plantas, hasta la playa y allí nos acomodamos en el único restaurante abierto aquel sábado de febrero: una pizzería mirando al mar en la que no había más de tres o cuatro comensales.

Crebère es un pueblecito de veraneo que, aquel día parecía en letargo a la espera de los días mejores de la primavera. Por eso, lo recorrimos con cierta premura. Había pocos edificios que nos interesaran…. hasta que, de vuelta a la estación, nos dimos cuenta de la presencia de un edificio volcado sobre las vías ferroviarias, en plena curva de salida de la estación, que tenía algo de fantasmal. Y de gótico y cinematográfico. Como una suerte de barco varado en la altura, con las ventanas y los balcones asomados a las vías, su frontal curvo, casi semicilíndrico, mostraba una fachada blanqueada no hacía mucho en la que podía leerse con dificultad “Belvedere”. El hotel, al que el arquitecto León Baille dio forma de paquebote inmenso, tiene algo de arquitectura híbrida entre los sueños de Dalí y la escenografía de Hitchcock en Psicosis y su visión, asomado, casi precipitado sobre la vía del ferrocarril, produce un efecto similar al de las pesadillas. Uno piensa en las ventanas de las habitaciones volcadas sobre las vías, sobre el tendido de la electrificación de los trenes y se explica difícilmente la razón por la que su promotor, Jean-Baptiste Deleón, decidió levantarlo en ese lugar. Cierto que al otro lado está el Mediterráneo, un mediterráneo hermoso y lleno de significados que se prolonga hacia Collioure, pero lo que produce inquietud, hasta cierto punto una sensación de incomodidad (imaginar a los inquilinos despertando a media noche con el sonido de los trenes o pensar en el dudoso atractivo del paisaje que aguardaba a quien se asomara a la ventana en cualquiera de las habitaciones que asoman a las vías no parece una experiencia agradable) es esa fachada trasera que parece desafiar al ferrocarril.

El hotel, construido en estilo art decó, se levantó entre los años 1928 y 1932 y fue un modelo de modernidad para la época. Tenía como función permitir a los viajeros que esperaban el cambio de ejes de los trenes que se dirigían al interior de Francia o a otros países de Europa pasar la noche en Cerbère, en las proximidades de la estación. Uno se pregunta si hubo alguna etapa en la que vivió lo que conocemos como "tiempos de esplendor". He consultado documentos diversos en el mundo complejo de Internet y ha llegado a una conclusión: vivió su edad de oro hasta nuestra Guerra Civil. El cierre de fonteras que se desencadenó con ese motivo hizo imposibles los viajes de España hacia Francia y viceversa, lo que llevó a vaciar de potenciales viajeros la estación y a vaciar el hotel. Después de la guerra estuvo abierto hasta 1983, pero sin que llegara a alcanzar en ningún momento el esplendor previo a 1936. En 1987, el ministerio de cultura de Francia lo declaró "monumento protegido" como legado arquitectónico a mantener para las siguientes generaciones. Sus espacios rehabitlitados son, al día de hoy, el comedor, la vieja sala de cine y el bar. Confiamos en que se acaben restaurando las pinturas murales que realizó José Zamora, un artista plástico nacido en Madrid en 1889 y muerto en Sitges en 1971 que estuvo alojado durante un tiempo en el hotel y a cuyos propietarios pagó la estancia con las propias pinturas.


Su visión, en el horizonte, como una aparición fantasmal, nos habla de un tiempo de sueños cosmopolitas, de lujos y hedonismo que quizá tuvo mucho que ver con los gozos y despreocupaciones del la "belle epóque", algo con lo que acabó la crisis económica del 29, que llegó de modo tardío a Europa, la Guerra Civil española y, por supuesto, la invasión nazi de Francia, que convirtió todo el espacio fronterizo con España en un inmenso campo de concentración que acogería, entre otros muchos, el éxodo y la muerte de Antonio Machado y de Walter Benjamin. Hoy, el hotel Belvedere aloja anualmente, en el escenario "a la italiana" de su salón de actos y desde 2005, un encuentro anual sobre cine en el que por unos días vive el reflejo de los antiguos esplendores. En tanto encuentra otro destino, seguirá ahí aguardando la reacción de otros viajeros que, como el que suscribe, se sientan entre asombrados y cautivos por ese barco de hormigón que parece irrumpir del horizonte mediterráneo para volcarse, como un guardián de otros tiempos, sobre las vías de un ferrocarril que enlaza Cerbère con Europa al norte, con España al Sur, como una realidad soñada o como una arquitectura imposible surgida de una pesadilla.


jueves, 25 de agosto de 2016

Sobre crítica, narrativa y literatura, a propósito de "Un extraño viajero". Entrevista de Herme Cerezo.

La entrevista que se reproduce a continuación apareció el 22 de junio de 2016 en el Diario Siglo XXI bajo el título "El franquismo tuvo tiempo de borrar su pasado". Su autor es HERME CEREZO. La rescato para Al margen porque es, quizá, la que refleja más fielmente mi visión de la novela y mi concepción de la literatura. 

Una noche de invierno llega un extraño viajero a un hotel rural de la Sierra de Madrid, Aunque carece de documentación, Lucía Olmedo, la propietaria, decide alojarlo. El recién llegado le inspira tanto desasosiego como curiosidad, pero pronto comparten un fugaz encuentro amoroso. Al poco tiempo el hombre desaparece, dejándole una escueta nota, el recibo de un laboratorio de revelado y sesenta dólares. Cuando Lucía trata de recoger el encargo, descubre que el recibo tiene más de medio siglo de antigüedad. Es solo el principio de una inquietante investigación.

A mitad de camino entre la novela histórica y el relato fantástico, Manuel Rico se sirve de una historia de amor para profundizar en un tema que le interesa particularmente: la memoria histórica más reciente. Descabalados los ejes espaciotemporales, por la novela navegan los campos de trabajo del franquismo y surgen espectros como el del escritor Humphrey Slater, un personaje real que se esfumó en el aire, bajo extrañas circunstancias, en el año 1958. Nunca se ha vuelto a saber nada de él. 


Manuel, a lo largo de tu carrera literaria has alternado poesía y novela, periodismo y crítica literaria, con incursiones en libros de viajes y ensayos, ¿escribir registros tan diversos es necesario para todo autor que se precie o hay que considerarlo como un reto?

Todo eso forma parte de mi manera de acercarme a la literatura. Soy muy curioso, empecé escribiendo poesía y, de modo natural, la novela se me planteó como una forma de desarrollar algunas de las obsesiones de mis poemas. Yo he sentido un enorme interés por descubrir los resortes que convierten en única la poesía de ciertos autores, como Lorca o Ángel González, y eso me llevó a acercarme a la crítica hasta tal punto que se ha convertido en mi forma de entender por qué escribo poesía. El ensayo es el colofón de la crítica, porque es un intento de sistematizar mi forma de ejercerla.

Y ¿qué es para ti la escritura?

Comencé a escribir cuando constaté que mi padre, mi madre y los paisajes de mi infancia, donde fui feliz, iban a desaparecer algún día. La escritura es una forma de conservar aquellos paisajes, de detener el tiempo, de recuperar la memoria y de enfrentarse, aunque sea artificiosamente, a la muerte.

¿Para qué le sirve a Manuel Rico ganar un premio como el de Novela Ciudad de Logroño?

Ganar un premio te proporciona la posibilidad de acercarte a más lectores. En el caso de un escritor como yo, a cuyos libros accede el lector ya iniciado, un premio de estas características y una colección como la de Algaida, en la que se incluye, permite que llegues a cualquier tipo de público. Por supuesto, también son importantes el reconocimiento de los colegas del jurado y el importe económico.

Han definido Un extraño viajero como novela histórica, con tintes de género negro y fantástico a la vez.

Sí, eso son muletillas que utilizan las editoriales. Yo solo he pretendido escribir literatura, una historia que se mueve en el presente, pero que abre ventanas al pasado, y que está elaborada de tal modo que su estructura, a través de determinados recursos técnicos, permita atrapar al lector y conducirlo al desenlace final. Es verdad que está inmersa en un escenario histórico y que hay en ella un cierto aspecto fantástico, porque juego con el tiempo y, a veces, el lector duda del espacio por el que transitan algunos personajes.

Parece ser que la contemplación de un hotel de las afueras de Madrid disparó tu imaginación para escribirla. ¿Cuántas historias se cuecen y esconden en las habitaciones de un hotel?

Un hotel es una especie de burbuja, un lugar donde, en parte, el tiempo deja de existir. Tengo un poema titulado ‘De paso’ en el que cuento como, en ocasiones, necesitas disfrutar de unas horas para pasear por una ciudad de incógnito. En este sentido, los hoteles tienen algo de cápsula, de espacio de tránsito donde pueden ocurrir multitud de cosas, porque allí se da cita gente de muchos lugares. La novela empieza así porque yo guardaba, desde hace bastante tiempo, la imagen de un viajero, Salko Hamzic, que llega en invierno a un hotel donde le atiende una mujer, Lucía. De ahí nació esta historia de amor, que ya sabía que no culminaría porque él se marcharía y ella habría de ir en su búsqueda. En esta búsqueda tropezaría con una historia insospechada, como es la de los campos de trabajo en la España de Franco.

Para narrar has manejado el tiempo pasado y el presente, ¿el lector, a través de las indagaciones de Lucía, asiste a la construcción de la novela o ella le sirve solo como la cámara de cine que guía al lector durante su lectura?

Lucía es el sujeto de la narración, contada en tercera persona, aunque me meto en su mente muchas veces y recojo sus pensamientos. De alguna forma, ella va abriendo las puertas para desarrollar la novela, pero no la he utilizado conscientemente para eso. Detrás de todo hay una gran obra de cocina, como dicen ahora, aunque a la hora de leerla dé la impresión de que sí que es ella la que enseña todo lo que se cuenta.

En la novela aparece el escritor Humphrey Slater, un personaje real, que participó en la Guerra Civil y desapareció en España en la década de los años cincuenta.

Dicen que murió pero no se pudo comprobar. Es un personaje fascinante, que llegó a publicar tres novelas y cuatro ensayos, fue director de una película, muy exitosa, y tomó parte en la Guerra Civil como miembro de las Brigadas Internacionales. Fue comunista, pero más tarde, decepcionado, se transformó y trabajó en algunas instituciones democráticas, porque estaba en contra de la Europa del Este. Después regresó a España y se desvaneció en 1958, aunque se sabe que estuvo alojado en el Hotel Ritz de Madrid antes de desaparecer.

¿No lo eliminaría el servicio secreto del régimen por algún motivo que ignoramos?

La hipótesis que planteo en la novela es ésa, pero también dejo una zona de ambigüedad, porque él trabó amistad con un fotógrafo que estuvo en España al mismo tiempo que él. Coincide también su desaparición con los años en que se terminó la presa de Riosequillo, pero nadie puede demostrar a ciencia cierta que siguiera vivo y que más tarde fuera asesinado por un comando franquista.


No conocemos demasiada literatura sobre la Posguerra, ¿no?

Creo que la Guerra Civil sí es un motivo narrativo importante, no solo para escritores españoles sino también para extranjeros, porque desde Hemingway y Humphrey Slater, que sale en mi novela, hasta cantautores como Bob Dylan o Pete Seeger, se han ocupado de ella. Sin embargo y aunque en realidad no sabría explicar el motivo muy bien, la posguerra es una etapa larga y resulta un momento incómodo para trabajar, porque en contra de lo que sucede con otros periodos históricos, aquí no basta con leer libros de Historia, hay que recurrir a otro tipo de fuentes, como los testimonios orales directos que escasean. Quizá sea más difícil escribir sobre la posguerra porque, al contrario de lo que les ocurrió a los nazis, el franquismo sí tuvo tiempo suficiente para borrar pruebas de sus atrocidades.
Sí, el franquismo tuvo tiempo de borrar su pasado, mientras que a los nazis y a los fascistas no les sucedió eso, porque llegaron los aliados y liberaron a los prisioneros directamente. Durante el franquismo hubo ciento veinte campos de concentración con varios miles de presos. A lo largo de la década de los sesenta y primeros años de los setenta, los fueron cerrando y destruyendo sus vestigios. El campo que aparece en Un extraño viajero se encontraba junto a  Buitrago, donde ahora se leanta la presa de Riosequillo, albergaba a unos cien prisioneros y no queda ni el más mínimo rastro de su existencia. Nadie de los que van por allí pueden imaginar que aquel embalse fue levantado por presos políticos, mano de obra esclava a la que se pagaba una peseta al día. Al interés de Franco por ocultar aquella realidad, se sumó la voluntad de la propia gente que quería olvidar, enterrar su pasado y lavar su imagen. A todo eso, tenemos que añadir la existencia en nuestro país de una derecha que todavía no ha condenado el franquismo. Por lo tanto, bajo este planteamiento, es absolutamente normal de que en Riosequillo no haya ninguna placa conmemorativa de aquella triste página de nuestra historia.

El contenido de la novela cae de lleno en lo que denominamos memoria histórica, una temática que no es nueva en tu escritura.

Efectivamente, la reivindicación de la memoria histórica se encuentra en todas mis novelas y en buena parte de mi poesía. Considero que la literatura es una recuperación del pasado colectivo. Sin obras como las de Primo Levi, de Imre Kertész o de Jorge Semprún sobre los campos de concentración, seguramente nuestro conocimiento de esta materia sería muy limitado. Creo que la literatura puede entrar en el corazón de las personas, algo que un ensayo no alcanza, y contarte la vida de un hombre de veinticinco años, carpintero, que, de repente y por ser republicano, va a la cárcel y luego a un campo de trabajo, con una dieta de hambre, ignorando cuánto tiempo va a pasar allí. Y de esto trata la historia de ese hombre que llega solo al hotel una tarde de invierno, que se esfuma dejando el resguardo de una casa de revelado de muchos años atrás, cuyas fotografías contienen imágenes que escasean, las de la vida cotidiana en los campos de trabajo del franquismo.

Acabamos por hoy. ¿En qué rincón de la novela estás tú?

En Lucía Olmedo, en Slater, en todos un poquito y también en la voz narrativa. Muchos de mis fantasmas desfilan por ahí. De repente, aparece el barrio de la Concepción, donde yo fui niño, o los paisajes de la Sierra del Norte de Madrid, que también tienen mucho que ver con mi infancia y la relación con mi padre, con quien recorría aquellas tierras. En todo eso estoy yo.

martes, 22 de marzo de 2016

Blas de Otero, el poeta ausente en Puerto Rico

Blas de Otero, en Granada, en 1976. Homenaje a Federico
No es fácil entender la ausencia de la poesía y del poeta Blas de Otero en el Congreso de la Lengua celebrado en Puerto Rico. Se dirá que no tuvo relación con ese país o que la poesía en castellano ya estaba representada en las voces de los españoles Juan Ramón y de Pedro Salinas y de los latinoamericanos Rubén Darío y Luis Palés Matos (Puerto Rico, 1898–1959), a los que se ha rendido homenaje. Hace sólo unos días, el 15 de marzo, se cumplió un siglo de su nacimiento y, salvo algunas referencias puntuales y el esfuerzo de algún suplemento literario, la conmemoración está pasando inadvertida. Por eso, el silencio en que ha quedado en el Congreso de Puerto Rico aunque probablemente se deba al olvido o a las consabidas razones de agenda, tiene algo de hiriente. No sólo para él y su lírica, sino para la memoria de una poesía  escrita en los difíciles años cincuenta y sesenta, protagonizada por poetas que vivieron la Guerra Civil en su juventud y que después, bajo el franquismo, abrieron, con su escritura, ventanas a la libertad desafiando a un sistema que mantenía en silencio al país y respondía a cualquier reivindicación democrática con la represión, la cárcel, el exilio.
“En tiempos en que Blas de Otero tenía enormes dificultades para publicar en España sus libros íntegros, fue la Universidad de Puerto Rico quien salió en su ayuda”.
Se da, además, la circunstancia, que relata Sabina de la Cruz en el prólogo a su Obra completa (Galaxia Gutenberg, 2013) de que en tiempos en que el poeta bilbaíno tenía enormes dificultades para publicar en España sus libros íntegros, fue la Universidad de Puerto Rico, en su colección Río Pedras, quien salió en su ayuda. Las cosas discurrieron así: cuando concluyó el libro Que trata de España en 1962, la censura de Franco lo retuvo durante un año. Al cabo de ese tiempo, le suprimieron al menos un tercio de los poemas para su edición. Fue la citada universidad la institución que, al año siguiente, le permitió publicar, como parte de su antología Esto no es un libro (1963) todos los poemas censurados. Una iniciativa valiente y necesaria puesto que Que trata de España tendría que esperar a 1977, en los albores de la democracia, para ser publicado en nuestro país en su versión completa. Algo parecido ocurrió, por cierto, con En castellano, que se publicó en España, por vez primera, en ese mismo año. Su poesía, se había afilado, había cobrado un tono conversacional, directo, intenso y difícil, insoportable para el Régimen, y en ambos libros estaba la matriz de los nuevos horizontes de lenguaje que el poeta frecuentaría en los últimos años de su vida..   

Esa poesía, la poesía de corte más civil y comprometido, la que no forma parte de la nómina o del canon, más que asentados, de la Generación del 27, no ha ocupado todavía el lugar que merece en los Congresos de la Lengua que promueven las Academias en colaboración con el Instituto Cervantes.  En 2011 se cumplió el centenario de Gabriel Celaya y ocurrió, con las conmemoraciones oficiales, algo parecido.  ¿Es cuestión de tiempo? ¿De que no hay una distancia suficiente desde su muerte? No lo parece. Blas de Otero no contó con uno solo de los premios institucionales a toda una vida (ni el Nacional de las Letras ni el Cervantes) y Gabriel Celaya recibió el primero de ellos en 1986 casi de modo vergonzante y cuando se hizo público que la situación económica en la que vivía rozaba lo miserable (murió en 1991).
   
Se puede argüir, en el caso de Blas de Otero, que, no hubo tiempo, que murió demasiado pronto, cuando la democracia española comenzaba a andar y que el reconocimiento le hubiera venido después. Pero no: han sido muchas las oportunidades para, una vez fallecido, situar su obra, en el ámbito de la lengua española, en el lugar que le corresponde. Sólo la iniciativa de Sabina de la Cruz  y de Mario Hernández y la tenaz y rigurosa preocupación del crítico y profesor Juan José Lanz (junto a otros expertos como Pablo Jauralde, Araceli Iravedra o José Olivio Jiménez) han mantenido su nombre y su obra en el ámbito de las producciones poéticas más poderosas y exigentes que ha dado la literatura española en la segunda mitad del siglo XX.

En estos días he releído su poesía, he frecuentado la portentosa e inagotable edición en Galaxia Gutenberg de toda su obra, y he podido comprobar qué lejos está Blas de Otero de las convenciones que pretenden situarlo en el rincón de los poetas sociales (era comunista) y alejarlo de lo que, en el fondo, fue su compromiso esencial: con la lengua, con la palabra poética, con sus capacidades semánticas y con sus vínculos entre lengua y existencia cotidiana. Es cierto que libros como Ancia o En castellano, o Pido la paz y la palabra, son ya libros clásicos, que están presentes en las colecciones de bolsillo dedicadas a autores canónicos, pero también lo es que quizá donde se puede advertir su trabajo cotidiano con el idioma, su concepción de la poesía y la solidez de una cultura literaria mucho más diversificada y poliédrica de lo que las convenciones nos dejan imaginar, es en sus últimos libros y en no pocos inéditos que aparecen en la parte final de la Obra completa. El poeta que bordeaba el alegato en textos como “A la inmensa mayoría” o “Y el verso se hizo hombre” (“escribo a gritos, digo cosas fuertes / y se entera hasta dios”), adelgazaba el verso hasta lo esencial evocando su paso por pueblos y ciudades o se embargaba de delicadeza y lirismo al recobrar destellos de la infancia o cantar al amor o a la música.

En Hojas de Madrid con La galerna, en no pocos inéditos, está su taller, está su memoria y está un entendimiento de la poesía de una modernidad apabullante: anticipos de esa concepción los tenemos en Pido la paz y la palabra, también en En castellano y de ellos aprendieron algunos poetas del cincuenta (Ángel González y Gil de Biedma, José Agustín Goytisolo y Carlos Sahagún) y, por derivación, algo quedó en las poéticas posteriores aunque se haya teorizado poco, o casi nada, sobre ello. No en vano, escuché a Pepe Hierro más de una vez decir, “de entre nosotros, Blas era el mejor”. Todavía recuerdo el homenaje que se le rindió, el 19 de julio de 1979, en la Plaza de Toros de Las Ventas, pocos días después de su muerte: un foto abarrotado por cerca de cuarenta mil personas vibró con sus poemas y nos trasladó el espejismo de que podía haberse hecho realidad la "inmensa mayoría" a la que siempre quiso dirigir sus versos nuestro poeta. Había muerto en Majadahonda, a donde se trasladó para curar su pecho enfermo. En la última década había escrito con lucidez no sólo poemas, también las memorias rotas de Historia (casi) de mi vida y parte de las prosas de Historias fingidas y verdaderas. Antes de Majadahonda, el lugar de su escritura fue su modesto "apartamento frailuisiano" del Barrio Blanco de Madrid, muy cerca del barrio de la Concepción y de los escenarios donde discurrió mi infancia.En la única casa que pudo considerar suya. Blas de Otero vivió el barrio y su cotidianidad, vivió sus depresiones y escribió con la serenidad que le otorgó saberse parte de un cambio político inevitalbe. 

Una vez más, las instituciones que velan por nuestro idioma y por la creación literaria, han olvidado en un Congreso de la Lengua a uno de los grandes. La circunstancia que une a Blas de Otero con posiciones comunistas durante gran parte de su vida quizá vele, a los ojos de quienes confunden a veces su labor de conservación de la lengua con el conservadurismo político, la calidad de una poesía exigente, engañosamente sencilla y directa, construida sobre un andamiaje exigente, difícil, impregnado de una sabiduría y de una intuición poco frecuentes en nuestra lírica del último siglo. Sí: en su centenario, el poeta bilbaíno hubiera merecido un lugar en el homenaje a la poesía que ha celebrado el Congreso de Puerto Rico.

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Textos de Manuel Rico sobre Blas de Otero: "La serenidad lúcida de Blas de Otero". El País. / Al margen: "Dos lecturas del libro inédito de Blas de Otero"  / Babelia: "Blas de Otero y su libro inédito"

martes, 2 de febrero de 2016

La trastienda y la sabiduría de Javier Egea en su "Taller del autor"

“Ante todo os doy las gracias por haber venido. Me llamo Francisco Javier Egea Martínez. He nacido en Granada y tengo dieciséis año. Durante el corto tiempo que me vengo llamando poeta he escrito mucho, aunque los últimos poemas que tienen valor para mí son estos últimos, estos que ahora escucharéis, ya que intentan dar y conseguir algo”. Este es el comienzo de la primera prosa recuperada de Javier Egea que se incluye en el libro Taller de autor, que hace un par de meses puso Bartleby en librerías. Es el primer volumen de su prosa y el tercero de la obra completa que desde 2012 viene publicando esa editorial tras la poesía ya editada del primero y los poemas sueltos e inéditos del segundo. La edición, como en la poesía, corre a cargo de Pío Alcántara y Juan Antonio Hernández, que ponen a disposición del lector un auténtico aparato de anotaciones y referencias de una enorme utilidad. Lamentablemente, debido a razones ajenas a Bartleby, será el penúltimo puesto que el proyecto se quedará interrumpido cuando aparezca el segundo tomo de prosas. El broche de cierre, los Diarios, quedarán varados en ese extenso mar de los libros inéditos.

Taller del autor es un fascinante recorrido por los fantasmas literarios, humanos, sociales y políticos del poeta Javier Egea. Este primer tomo se divide en dos grandes bloques: "Artículos y recitales" y "Prosa narrativa". El siguiente acogerá sus cartas, las entrevistas que le hicieron y sus "Cuadernos y carpetas". Podemos decir que el conjunto de los dos volúmenes componen un verdadero libro mosaico de época. En lo que se refiere al que acaba de ser publicado yo añadiría que cualquier lector puede acceder guiado por un doble aliciente: acceder a la cocina del autor, a su taller, y recorrer, a través de su mirada y de su experiencia “en tiempo real”, una época decisiva para nuestro país y su evolución política (desde los últimos años de la dictadura a la década de los noventa) y para la evolución de la poesía española del último cuarto del siglo XX. 

Aquel tiempo está lleno de la Granada que va de la clandestinidad a la legalidad, que entrelaza política, vivencia y poesía, que se llena de bares, de paseos y de madrugadas. La ciudad y sus ambientes, entre 1969 y 1999, se reflejan en la actividad literaria y poética que Egea protagonizó. Su opinión sobre Albert Camus, su relación con escritores coetáneos como Eduardo Castro, sus palabras de recepción del premio Juan Ramón Jiménez por Paseo de los tristes, sus introducciones a recitales propios y a recitales en los que pone voz a poetas como Federico, Miguel Hernández, César Vallejo, Bertolt Brecht, sus reflexiones, breves pero no por ello de menor interés, sobre el Alberti de las "Coplas de Juan Panadero", sobre Memoria de la melancolía, las evocaciones de María Teresa León, sobre el tanto, sobre el legado teórico de Juan Carlos Rodríguez son, junto a otros trabajos (esquemas de lecturas, apuntes sobre y de El Quijote, etc...), indicadores de las preocupaciones éticas y estéticas de nuestro poeta que llenan la primera parte, "Artículos y recitales", del libro. 

Me parece necesario destacar dos textos de esa primera parte: de una parte, el titulado "Mis lugares lorquianos: un laberinto de coincidencias" compuesto de tres acercamientos, entre los descriptivo y lo evocador, a rincones de Granada llenos de significado: Fuentevaqueros, la Huerta de San Vicente y Viznar; de otra, "Memoria explicativa del proyecto para un libro de poesía titulado Raro de luna" . Este último presenta un interés adicional: en él advertimos el cambio de fondo que, en sus últimos años de vida, Quisquete empezó a imprimir a su poesía. Y lo advertimos en el plano de la consciencia, de la premeditación y del soporte teórico: "Se trata de un libro --escribe Egea-- de ambiente sonámbulo, de un surrealismo muy controlado, concebido como un viaje de despedida por el mundo de las dependencias personales". Es evidente que el poeta granadino había comenzado a despedirse de la apuesta figurativa de libros anteriores y se aprestaba a profundizar en las líneas irracionalistas apuntadas en Troppo mare.


Javier Egea con Juan de Loxa en los años 70
Quizá lo más sorprendente e imaginativo de Taller del autor sea su prosa narrativa. Cuentos, sueños cargados de iluminaciones, también de zonas oscuras y de retazos procedentes de la realidad, tentativas de relatos (sólo uno de ellos se nos da terminado, "El chino del panteón") y de juegos argumentales y verbales ("Spain es diferente") dan cuenta de una vocación poliédrica que probablemente, en el ámbito de la narrativa, hubiera madurado de no ser por su prematura muerte.

Cuando uno se acerca al mundo de Egea, sobre todo cuando lo haces a través de la mirada de amigos que con él convivieron y que no han salido de Granada en las últimas décadas, se da cuenta del enorme peso específico que tuvo en esa zona a veces indefinible en que se funde la trastienda de la noche de la ciudad, con us bares, sus tertulias, sus proyectos colectivos, sus recitales, su pequeña bohemia, y el empeño renovador de la literatura que sus inquilinos protagonizaron. La memoria de Egea está viva, divide al mundo literario de esa ciudad y cualquier actividad cultural en la que su obra o su memoria  aparezcan como protagonistas genera expectativas que no provoca ningún otro escritor. He tenido la fortuna de presentar en Granada tres libros suyos: pues bien, es las tres presentaciones (los dos volúmenes de poesía y este primero de prosas), quienes protagonizaron la decisiva etapa del nacimiento de la "Otra sentimentalidad" en los ya lejanos ochenta han sido los grandes ausentes: ni Luis García Montero, ni Álvaro Salvador. compañeros del manifiesto iniciático,  han estado presentes. Sí participaron en cierta polémica en algunos medios, pero hubiera sido bueno que esa polémica se hubiera llevado a cabo con una mesa por medio, en público y sin los lastres de una tensión que hoy carece de sentido.. ¿Ha llegado el momento de dialogar desde la discrepancia? ¿No es posible confrontar dialécticamente las dos miradas que he venido advirtiendo sobre el sustrato ideológico-poético de su obra?  No ha sido posible hacerlo alrededor de este primer tomo de Taller del autor. Confiemos en lograrlo cuando, a la vuelta de un año, se publique el segundo. Sería una muy buena noticia.    

miércoles, 28 de octubre de 2015

Ciertas formas de la extrañeza: las razones de un libro


Un libro de poemas tiene mucho de radiografía de una etapa de la vida del poeta. Hay veces que se escribe de un tirón, en una suerte de arrebato de inspiración. Otras (es mi caso) se escribe lentamente, va madurando a lo largo de años  y va creciendo en los más diversos soportes: en un cuaderno, en un folio perdido, en un archivo digital, en una libreta… Los días extraños pertenece a los poemarios de esta última estirpe. Lo fui escribiendo casi de manera solapada con los últimos poemas de Fugitiva ciudad y los textos que lo componen se fueron diferenciando por partir de orígenes anecdóticos muy distintos.

Desde hace muchos años escribo poesía con la doble pretensión de establecer una mirada crítica hacia la realidad y hacia la memoria y de hacerlo mediante la palabra reveladora, mediante el descubrimiento imprevisto en el campo del lenguaje, a través de la búsqueda de la proteína lírica que duerme a la espera entre las palabras. El peso de lo colectivo solía ser determinante a pesar de la subjetividad con que abordaba ese proceso. Soy de una generación curtida en la poesía comprometida y durante mucho tiempo replegarse en la intimidad conllevaba ciertas dosis de culpa y de mala conciencia. Los textos que desembocarían en Los días extraños, sin embargo, no parten en su mayoría de anécdotas marcadas por "el peso de lo colectivo".  Tienen un origen anecdótico muy diferente: nacen de la intimidad, de mi experiencia más inmediata y cotidiana. Al principio eran apuntes de paso sobre momentos vividos o recordados y profundamente vinculados a una experiencia individual (aunque no todos, obviamente). Después se convertirían en pequeñas piezas en las que el lenguaje poético se ponía al servicio de todo cuanto merecía perdurar por encima del tiempo.

Escribimos contra la muerte y su amenaza, con el afán de trascender. Y a medida que cumplimos años (al menos esa es mi experiencia) la poesía va ganando en capacidad de depurar emociones y compartirlas con los demás y perdiendo la intencionalidad experimental, a veces artificiosa y demasiado retórica que la acompañó en los primeros tiempos. Poesía es lenguaje revelador, sin duda. Es, también, tiempo significante, Historia en movimiento. Pero es, sobre todo emoción construida con el lenguaje, con un lenguaje nuevo, como recién creado, que es capaz de mover un mínimo resorte en el catálogo emocional del lector y, si es posible, cambiarle la vida aunque sea por un segundo.

Los poemas de Los días extraños son de esa clase. Son fragmentos de vida rescatados del tiempo: una noche de verano en que mis hijos se sorprendieron ante la presencia de una familia de erizos, unas horas de lectura tras la caminata en un hotel rural en el valle de Ordesa, el instante vivido en Manchester frente a la mesa en la que Carlos Marx escribió el Manifiesto Comunista, un momento envuelto en el ambiente de una ciudad invadida por feriantes y casetas que anuncian el tiempo navideño, el otoño desplomándose sobre el valle del Lozoya, una caminata, junto a los amigos, en busca de las primeras setas de octubre, un libro leído en la madrugada, cuando todos en casa duermen….. 

Más de un lector me ha dicho que hacía tiempo que no leía de un tirón, y sobrecogido, un libro de poemas, que eso le ha ocurrido con Los días extraños. Sé que en algunos sectores críticos y teóricos hay cierta prevención ante todo lo que no sea una lectura trabajosa, difícil, de la poesía en busca de sus claves ocultas, de sus niveles semánticos... pero al escuchar a estos lectores me he reconciliado, en gran medida,  con más de una década de escritura. Me han transmitido las emociones, sentimientos y recuerdos que llevaban escondidos hasta que la lectura los vivificó, lo que ha provocado una suerte de reconciliación con una intimidad que los poetas que hemos tenido una vida políticamente militante visitábamos acomplejados. 

Los días extraños tiene deudas con Antonio Machado, con poéticas del cincuenta marcadas por el realismo, con cierto Claudio Rodríguez y con cierto Diego Jesús Jiménez, con Cernuda, con Juan Ramón… Deudas inconscientes, venidas de viejísimas lecturas y de noches casi inaugurales procedentes de ese tiempo joven  en el que toda lectura es algo parecido a un milagro. Pero también hay deudas más recientes: poetas de la Norteamérica cotidiana a los que he leído en mi condición de director de la colección de Bartleby o poetas a los que he llegado de manera indirecta a través de buenos amigos traductores. Pienso en Philp Levine, en Donald Hall, en Sharon Olds, en Mary Jo Bang, en Billy Collins... Pienso en el Raymond Carver de los poemas que evocan los días de pesca, la comunión con la naturaleza, su cotidianidad enamorada junto a Tess Gallager, sus caminatas por la montaña, su convivencia con la enfermedad que se lo llevaría por delante. Soy deudor, también, de lugares.  Vividos en soledad o en compañía: ciudades a las que llegar de incógnito, un Chicago al que debían enviar un diagnóstico clínico desde el Madrid lejano, Soria y la lluvia de un día de diciembre, o sus campos en un agosto de incendio, La Habana tristísima y empobrecida de febrero de 2011, los montes de la sierra pobre de Madrid recorridos con un padre inmensa y tempranamente mortal…


“Cumplidos ya los 30 años, de pronto, sucede la memoria. Se ha construido con nuestra ayuda y con la de los otros, y contribuyen a convocarla los espejos donde el llamado otro yo  se aleja de quien y como creemos ser”, escribió Manuel Vázquez Montalbán en su crítica a mi poemario La densidad de los espejos en el casi remoto 1997. Esa frase, que la escribió a propósito de uno de los apartados de aquel libro (“Fragmentos de una historia”) cobra una validez estremecedora ante Los días extraños. Sucede la memoria, sí. En ella intento explicarme y explicar mi relación con los seres más cercanos, que me han acompañado en la vida, en los momentos felices (de los que solemos tomar conciencia de manera tardía) y en los momentos duros.

Sí… De pronto sucede la memoria. Aunque los treinta años en los que Manuel veía una suerte de rubicón estén más que olvidados y enterrados, sucede la memoria. Y nos acercamos a ella con extrañeza, con sorpresa incluso, con miedo a veces y siempre con la emoción de quien se dispone a romper la lógica del tiempo y a convertir el pasado en un intenso presente continuo. De pronto, sucede el poema.  

viernes, 14 de agosto de 2015

Las cosas de Chus Visor: una reflexión y algún recuerdo

Hace una semana, en Expoesía 2015, varios poetas me confesaron que se habían sentido algo decepcionados por mi falta de respuesta pública a los insultos con que Chus Visor me “regaló” en una entrevista aparecida en El Cultural de El Mundo. La verdad es que dudé mucho tras anunciarlo en Facebook. Después pensé que era mejor esperar y escribir sin la tensión del primer momento. La opinión de los poetas asistentes a la feria y algunas conversaciones con buenos amigos me han llevado a pensar que, a más de un mes de distancia, la frialdad de juicio se impondrá a la vehemencia. A continuación, mis reflexiones en forma de artículo.


El viernes, 26 de junio, en una larga entrevista en El Cultural de El Mundo, Nuria Azancot, a propósito de las críticas que habían aparecido en distintos medios a la antología El canon abierto, interpelaba al veterano editor de poesía Jesús García Sánchez, conocido como Chus Visor, con las palabras que siguen y sin referencia alguna a suplemento, crítico o revista: "Bueno, también hace unos días se publicaba que Visor había presionado para que sus autores salieran en una antología". La respuesta, de gran rigor intelectual, superó en altura a la pregunta: “Ah, eso es lo de ese chico que es más tonto cada día, Manuel Rico. Si tengo 900 libros de poesía publicados  una antología reúne a los 40 mejores poetas de Hispanoamérica, y de esos, 9 están en Visor, malpiensa que la editorial ha debido de presionar o algo así. ¡Será tonto! Pero como lo publica en El País, la gente se lo cree, aunque sea una idiotez”. No me consta precedente alguno en el que un editor se dedica a insultar a un crítico con ese tono entre desdeñoso, suficiente y autoritario. Todo un estilo en el que el editor, como en otras ocasiones, se retrata. No hay más que leer mi crítica en Babelia para ver que en ningún caso afirmo lo que Azancot subraya: tras valorar positivamente el componente plural de la antología y elogiar el método de selección, constato un dato objetivo que llama la atención de cualquier lector: 11, de los 13 poetas españoles seleccionados, han obtenido premios que edita Visor. Punto. Es el editor quien saca conclusiones y quien pone sobre la mesa sus fantasmas respondiendo a algo que yo no escribí… y, quizá, mostrando su mala conciencia (pero eso ya es asunto de psicólogos). Curiosamente, algunas semanas antes, publiqué, también un Babelia, una elogiosa reseña sobre un libro de Benjamín Prado editado por él: no dijo ni Pamplona.

Supe de la insultante respuesta a Nuria Azancot en la misma tarde del 26, por una llamada de mi amigo el novelista Justo Sotelo, que no se creía lo que estaba leyendo. Cuando cerré la conversación con Justo, busqué, llamando a varios amigos comunes, el móvil de Chus: no se me ocurría otra respuesta que llamarlo para que él, directamente, me explicara el despropósito y las razones del mismo. No lo encontré. Como obligado sucedáneo de la llamada telefónica, le envié un mail de carácter privado del que al día de la fecha no he obtenido respuesta. Una confirmación del talante autoritario y pelín soberbio con que se expresó: o de la plena conciencia de que carecía de cualquier asomo de razón.

Yo fui (soy, creo, aunque han pasado doce años desde entonces
) autor de Visor con un libro con una historia que no procede contar, Donde nunca hubo ángeles. Mi relación con Chus ha sido siempre amistosa, de respeto mutuo aunque bordeando la ironía y la chanza en no pocas ocasiones (soy del Real Madrid y él del Atlético), y la propia de un autor ante uno de sus editores: intenté en varias ocasiones publicar un nuevo libro con él sin que mediara el consabido premio: infructuosamente. Deduzco que no le gustó el libro (lo cual no es un demérito después de conocer sus gustos más depurados) o que su precaria situación económica no le permitía añadir, sin subvención o premio, un título más a su catálogo o, sencillamente, que no le caigo bien por razones que se me escapan. Aunque no me es difícil apuntarlas. Lo haré a continuación.

Nunca he ocultado mi admiración por el trabajo desarrollado durante décadas por el editor García Sánchez. Pese a su concepción de la poesía, con la que discrepo, siempre he considerado que en los años 70 abrió una nueva vía de difusión, distribución y promoción de la poesía hasta convertirse en un referente obligado. Después, las cosas discurrieron por otro camino: la proliferación de premios institucionales de los que Visor se beneficia vía edición, ahorro de derechos y alguna que otra ventaja adicional (dinero público a fin de cuentas), la subvención y la búsqueda de  proyectos financiados por las administraciones a ambos lados del Atlántico, y la beligerancia vehemente contra cualquier crítico que se atreva a señalar alguno de sus errores o a discrepar de su línea editorial, han ido marcando la pauta de su sello, un sello que, como bien apunta Martín López-Vega, es el equivalente al Planeta en el ámbito de la poesía y foco de atracción de todo poeta que quiera mucha difusión y distribución sin competencia. No está mal, por cierto. Un deseo tan legítimo o más que cualquier otro.

Sin embargo, difícilmente soporta la crítica. No esconde sus filias ni sus fobias y convierte su particular mirada en una categoría universal de nocivos efectos para el conjunto del panorama poético de nuestro país. Más de una vez he dicho (creo que Vázquez Montalbán decía algo parecido) que el buen crítico de poesía es aquel capaz de descubrir, en todo libro, su "proteína", su contenido de poesía de calidad más allá de la opción estética de su autor. En otras palabras, gozar y reconocer la calidad de la poesía de Claudio Rodríguez,  por ejemplo, y de Ángel González, de Blas de Otero, por ejemplo, y de  Pablo García Baena, de Miguel Hernández y de Aleixandre, en las antípodas estéticas unos de los otros.... La misma visión abierta reclamo del buen editor de poesía: acoger la pluralidad, respetar las distintas opciones formales y temáticas, ser generoso e integrador y saber detectar la calidad, el “duende” que respira en todo buen poema, sea realista o sea onírico o irracional.

Chus Visor no oculta que no le gusta la poesía de Antonio Gamoneda (aunque sí parece gustarle la de Gelman, lo que no deja de ser una contradicción: la estética del argentino está mucho más próxima a la del leonés que a la de sus poetas preferentes), proclama su identificación con la poesía más directa y conversacional, con el realismo dominante en lo que se ha venido en llamar "poesía de la experiencia". Hasta ahí, todo normal (salvo lo de Gelman). Lo que no es tan normal es que considere casi ataques personales las críticas a ese tipo de poesía (de la que, todo hay que decirlo, yo estoy muy próximo) o los desacuerdos con la obra de algunos de sus más señalados poetas. Precisamente en ese ámbito es donde la actitud de Chus, de manera abierta o implícita, me ha parecido improcedente por autoritaria, despectiva y si se me apura clasista. Y lo he escrito y afirmado públicamente.  

Dos son los “momentos” en que me he manifestado de ese modo. La primera fue a propósito de la imagen que, desde círculos próximos a la editorial, se transmitía del poeta Ángel González tras su fallecimiento, una imagen superficial y arquetípica, vinculada a la noche, al alcohol y a la juerga, que lo alejaba del que yo había leído y conocido en los años 70 y cuyos poemas habían sido referentes de mi generación. Lo conté, delante de Chus y de algunos de sus autores y amigos, en un homenaje en un pueblo de la periferia de Madrid y lo escribí en el libro que se publicó con ese motivo. El texto puede ser leído en este enlace: “El Ángel González al que quiero, admiro y releo”. Y en este blog hay una reflexión sobre aquel homenaje (¨Ángel González y Javier Egea").


El segundo fue más ruidoso: me vi moralmente obligado a responder a la riada de descalificaciones e insultos a un Antonio Gamoneda que se había atrevido a decir, tras la muerte de Benedetti, que valoraba más su actitud cívica que su poesía. Al constatar el silencio con que en el mundo poético fueron recibidos esos insultos (en los que se empeñaron a fondo algunos autores “de la casa”), sentí la responsabilidad de defender al poeta leonés. Y lo hice con un artículo que se publicó en Opinión de El País en junio de 2009. Como el artículo puede ser leído íntegramente (“Lo inoportuno y lo inaceptable” ) sólo me limitaré a reproducir lo que llegó a decir Chus Visor del premio Cervantes leonés: lo calificó de poeta "de segunda división", de "ser sujeto al techo por telarañas", afirmando que Benedetti "comparado con Gamoneda es el Barça frente al Alcoyano".

Esos son los dos momentos en los que me he expresado críticamente respecto al “canon Chus Visor” sobre poesía y sobre poetas. Tengo la íntima convicción de que ambos textos no le pasaron inadvertidos. Y de que, con independencia de las numerosas críticas que, con un fondo elogioso, he publicado de libros de sus colecciones a lo largo de mi vida, en su respuesta a Nuria Azancot y en su salida de tono estaba ese recuerdo. Se puede --y se debe-- discrepar del editor de poesía más importante, cuantitativamente al menos, del país. Es saludable. Digo más: es no sólo saludable sino imprescindible, necesario. Aunque parezca mentira, su tendencia a la simplificación, al desprecio y a la descalificación con un cierto toque de chulería, no deben quedar sin la crítica o la respuesta de rigor. A veces, el silencio oculta miedos y prevenciones que nada tienen que ver con la libertad de expresión. Tomemos nota.

Se ha escrito mucho sobre otros aspectos de la entrevista, especialmente sobre su descalificación de la poesía escrita por mujeres y de la mayoría de las poetas españolas. No abundaré sobre ello, pero en su propio catálogo hay mujeres que desmienten su apreciación. Y en la historia más reciente de nuestra poesía, no pocos nombres insustituibles: Julieta Valero, Concha García, Olga Novo, Olvido García Valdés, Elena Medel, Raquel Lanseros, Angelina Gatell, Julia Uceda, Francisca Aguirre, Blanca Andreu, Clara Janés, Miriam Reyes, Marta Agudo, Amalia Iglesias, Rosa Lentini, Ana Pérez Cañamares, Ana Merino, Ángeles Mora, Rosana Acquaroni, Chantal Maillard, Esperanza Ortega, Elvira Daudet, Guadalupe Grande…. ¿Para qué seguir?

Confío en hablar algún día con Chus Visor sobre estos asuntos. Creo que el diálogo, la discrepancia en el respeto y el intercambio de ideas y posiciones es un elemento básico de todo ecosistema literario, y más aún poético, que se precie. Tengo el orgullo de dirigir una colección de poesía en las antípodas del criterio que Chus proclama: diversidad, atención a las poetas, convivencia de estéticas, autofinanciación sin subvenciones pese a las dificultades, ausencia de premios, atención a poetas olvidados, recsate de grandes libros…. Es decir, independiente. Es el mismo principio que aplico a la crítica. A pesar de los pesares. Y, sobre todo, a pesar del más importante editor de poesía del país y, sobre todo, a pesar de sus insultos.   


lunes, 3 de agosto de 2015

"Eagle Pond": dos miradas, dos vidas, dos poesías... y una historia.

Estado actual de Eagle Pond, residencia de Donald Hall
La laguna del águila” es, para cualquier lector en castellano, una referencia cargada de evocaciones de lo más diverso. Para el lector en inglés, sobre todo para el norteamericano familiarizado con la poesía contemporánea de su país, el referente Eagle Pond es claro: conduce al poeta casi nonagenario Donald Hall. Es el nombre de la finca donde se levanta la casa donde nació en 1928, en la que discurrió gran parte de su infancia, el lugar en donde descubrió los secretos de la naturaleza y de la vida. En Eagle Pond vivió, desde 1975, junto a su amada y compañera, la poeta Jane Kenyon, y allí combatió su propia enfermedad y experimentó el dolor de la muerte de ella en 1995, con sólo 47 años.

La finca Eagle Pond está situada en el estado norteamericano de New Hampshire. Fue construida en 1906 y adquirida por el bisabuelo de Hall en 1865. Rodeada de grandes bosques, junto a una estrecha carretera  y cerca de un lago, en ella Donald y Jane escribieron algunos de sus más hermosos poemas. De todo ello da cuenta Juan José Velez Otero, el principal traductor de su poesía al castellano, en el prólogo al libro que por decisión de él mismo y del editor de Valparaíso Ediciones, Javier Bozalongo, tomó como título el nombre de la vieja housefarm. 

Eagle Pond recoge una amplia selección de los poemas que, con sus paisajes y su vida como referentes, escribieron tanto Donald Hall como Jane Kenyon.  Es un libro emocionante, cargado de experiencia y de memoria, en el que no es difícil advertir el pulso de una poesía directa, alérgica al artificio gratuito y profundamente apegada al temblor, no siempre visible, de la realidad. Aunque hay diferencias entre la poesía de uno y de otra (más próxima a la experimentación la de él, más sencilla y realista la de ella), ambas comparten una dependencia sentimental hacia los escenarios donde discurrió la vida: su vida. 

Jane Kenyon
Confieso que mi lectura de la poesía norteamericana del último medio siglo con motivo de mi labor en la colección de Bartleby me ha ayudado a desprenderme de no pocos complejos respecto a mi propia poesía y a sus vínculos con lo vivido, con la memoria íntima, con algunas emociones alejadas de lo colectivo, algo sobre lo que he escrito algunas líneas en este blog (enlace) y sobre lo que escribiré a propósito de Los días extraños, mi último poemario, no tardando mucho. En todo caso, la lectura y relectura de Eagle Pond es la confirmación de esa evolución personal. Jane Kenyon escribe poemas a las estaciones, a los cambios que advierte en la naturaleza, a recuerdos en apariencia irrelevantes como el acto de planchar el mantel de la abuela, unos calcetines, la labor de unos pintores en la casa, la tormenta del verano, las flores heridas por la escarcha, el sol del crepúsculo o la laguna cuando anochece.... Son las señales que construyen una vida, que, al evocarlas, despliegan un mundo, un tiempo, unos paisajes y un hogar compartido: una realidad, en definitiva, que el paso del tiempo se lleva inevitablemente y que sólo podrá vivirse en el poema.  Los poemas de Kenyon, inéditos en español (Vélez Otero subraya la existencia en España de una amplia selección -a la que califica de excelente-, De otra manera (Pre-Textos, 2007),  traducida por Hilaro Barrero) agrupados bajo el epígrafe "Poemas de la laguna", tienen mucho de autobiográfico y en ellos, aunque aludan a la enfermedad (Donald Hall padeció un cáncer que superó y ella murió de leucemia), hay un punto gozoso, que nos habla de la felicidad, de la preminencia de la vida sobre la muerte incluso en los momentos más difíciles:

"No, la felicidad es el tío que nunca conociste,
que llega con un avión de un solo motor
a la pista de aterrizaje cubierta de hierba y va al pueblo
haciendo autoestop, pregunta en todas las casas
hasta que te encuentra dormida a media tarde
que es como sueles estar durante las despiadadas
horas de tu desesperanza".
                               (Jane Kenyon. Fragmento del poema "Felicidad")


De Donald Hall escribí hace un par de años una entrada en este blog a propósito de su libro-testimonio de la experiencia de la enfermedad y muerte de JaneWithout. Una portentosa elegía en la que la cotidianidad y la épica de las pequeñas cosas que rodean la vida (y la muerte) cobraban forma a través de un verbo poderoso, fuertemente emotivo y, a la vez, renovador. Tiempo después me llegó otro poemario escrito bajo el peso de tan doloroso acontecimiento, La cama pintada. Llama la atención que Hall, nacido en Eagle Pond y protagonista de una memoria sentimental de infancia y adolescencia vinculada a la finca, aporte al libro bastantes menos poemas que su compañera. Sobre todo, si tenemos en cuenta que la edición  y la selección de los textos ha sido llevada a cabo, según nos cuenta Vélez Otero, el traductor, por él mismo.

Textos del libro Viejos y nuevos poemas, de 1990, de Manzanas blancas (2006) conforman el grueso de esta segunda parte. A ellos hay que añadir tres poemas recogidos bajo el epígrafe "Museo de las ideas claras". Aunque no es el estilo directo y despojado de Kenyon, la práctica totalidad de los poemas de Hall reflejan un parecido modo de acercamiento a la realidad de la granja y de la existencia allí sedimentada. La diferencia está en cierta propensión a la imagen imprevista, a incorporar elementos oníricos, ensoñaciones que rozan el campo de la fantasía aunque sin perder nunca la dimensión de lo real evocado:

   "En la cocina de la casa antigua, ya tarde, 
estaba preparando café
   y, casi dormido, pensaba en mis amigos.
Entonces cambió el sueño. Esperé.
   Caminaba solo todo el día por la ciudad
donde nací. Hacía frío. 
  era un sábado de enero, 
cuando nada ocurre. Las calles cambiaban
   al tiempo que el cielo se oscurecía"

                         (Donald Hall. Fragmento del poema "En la cocina de la vieja casa")

El amor, el paso del tiempo, las labores del campo y el placer que transmiten cuando se hacen sin el peso de la obligación, los recuerdos familiares y, como no podía ser de otro modo, las vivencias junto a una Jane Kenyon mortalmente herida por la leucemia, son los temas que aborda Hall.

Eagle Pond es, obviamente, una selección de poemas que alimentaron distintos libros de ambos poetas. Sin embargo, puede ser contemplada como la crónica narrativa de una comunión con una casa, con los paisajes que la rodean y con las costumbres que, a lo largo de los años, le dieron sentido, un sentido que va mucho más allá del valor sentimental de un inmueble y del terreno en que se levanta. La casa-granja que vemos, semioculta entre los árboles, en la portada del libro, es un ser vivo, un personaje centenario en el que respiran los familiares que desaparecieron, los amigos que acompañaron noches de charla y chimenea, las horas dedicadas a la escritura frente a una ventana que da al bosque o al monte Kearsarge, los momentos de sexo y de amor en el tiempo de la felicidad de la pareja, la noticia del carretero, el recuerdo de la cocina de la abuela o los signos que en la naturaleza nos indican la proximidad de los solsticios..

Es ese libro que muchos hubiéramos querido escribir. Un libro en el que, por encima de todo artificio, la poesía cobra la densidad de la existencia que jamás alcanzaremos a vivir.

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Eagle Pond / Jane Kenyon y Donald Hall. Valparaíso Ediciones. Granada, 2015. 141 pags.