jueves, 27 de junio de 2019

Recordando a Pavese, leyendo a Margarit y pensando en mis diarios.


Leí a Pavese a finales de los años 70. Leía a Pavese en el autobús o en el metro y me reunía, algunas noches y sin saberlo, con la traductora de los libros que me acompañaban. Aunque creo haberlo contado en algún otro lugar, vuelvo a ello pensando en otros lectores: hablo de Esther Benítez, a quien solo conocía por su nombre y apellido, con quien compartía debates en una célula del PCE del barrio de Manoteras y de la que no sabía su condición de traductora de referencia de la lengua itliana. Leía Oficio de vivir / Oficio de poeta (en la edición de bolsillo de Bruguera y traducido por Esther) en los amaneceres de camino a la oficina bancaria en que trabajaba y me reunía una noche por semana con ella y con otros militantes del barrio de Manoteras pensando que simplemente era una activista más (la recuerdo con sus gafas de cadenita, unas veces puestas, otras colgando sobre el pecho) e ignorando por completo su condición de traductora de los libros que leía aquellas mañanas. Entonces, quienes accedíamos al mundo de la literatura y leíamos con voracidad cuanto llegaba a nuestras manos no reparábamos en quien traducía cada obra. Salvo que se tratara de Cortázar, o de algún otro monstruo viviente o no de la literatura, nunca leíamos el nombre del traductor. Y, como consecuencia de ello, nunca lo grabábamos en nuestra mente. Con ese mismo grado de ignorancia identitaria leí algunas de las novelas que publicó Isaac Montero en aquellos años y solo muchos años después supe que era esposo de Esther Benítez. También supe de su viva polémica en torno a la función de la narrativa con Juan Benet. En fin, ignorante que era uno en aquellos años de la transición primera.

Viene esto a propósito de mi reciente publicación de Escritor a la espera, mis diarios de los ochenta, y del proceso de revisión y corrección de los que escribí entre 2000 y 2008, aún sin título. He pensado en el origen de esa propensión. Y si bien en los ochenta su origen devino de mi necesidad de "hacer pluma", los diarios posteriores tuvieron mucho que ver con mi lectura de los ¨"oficios" pavesianos, con una rara necesidad de detener el tiempo, de dejar constancia de experiencias personales no sé si valiosas socialmente pero sí sentimentalmente muy significativas. Soy consciente de que el blog, este blog, en el año en que nació, 2007, comenzó a suplantar, poco a poco a los diarios, a ocupar su espacio. Sin embargo, hay una diferencia sustancial entre los diarios que uno escribe en la intimidad, con una cierta vocación reflexiva o meditativa, escritos siempre con la idea de su no publicación inmediata y, por tanto, con la posibilidad de ser sometidos a la corrección, al "afinamiento", a las sutilezas más elaboradas, y el blog que se escribe para su publicación casi inmediata, al día siguiente o dos días después de que la correspondiente entrada hay sido escrita.

Lllama la atencion la perseverancia de algunos autores (pienso en Andrés Trapiello, cuyos diarios son casi la novela de su vida) manteniendo diarios abiertos, con la edición de sucesivos tomos, durante décadas). A mí me ocurre lo contrario: es en períodos muy especiales, en los que mi espíritu se mantiene con una cierta calma, poco desbordado por los acontecimientos, y en los que cuento con algunas horas libres a lo largo de la semana (mis diarios no son "diarios", sino de publicación irregular, con intervalos de días, en algunos casos semanas o meses). El diario es un lugar de encuentro entre la literatura y la cotidianidad, entre el pensamiento y la creación, entre el yo y los otros. Una suerte de campo de pruebas en el que quedan rastros de toda índole sobre las pulsiones, querencias y fobias del escritor. Y donde se acumulan indicios y materia

En otro plano sitúo las memorias, las autobiografías literarias, las evocaciones sobre la propia vida. Escribo esto a propósito de mi lectura del libro en el que Joan Margarit evoca su infancia y adolescencia, Para tener casa hay que ganar la guerra. La memoria de un niño que crece en una familia de derrotados en la guerra civil. Sometido a un itinerario, marcado por la profesión de la madre, maestra, de pequeñas ciudades de residencia en las que la penuria cultural y la menesterosidad de la mayoría era norma. Es curioso cómo Margarit describe las mudanzas de una ciudad a otra (Sanaüja, Figueras, Rubí, Barcelona), el poso de tristeza y de grisura que actúa como telón de fondo de un mundo que acabaría suministrando buena parte de las claves de lo que corriendo el tiempo sería su poesía. Curiosamente, en el libro es visible un contraste rotundo entre la luz oscurecida que ambienta sus primeros años, especialmente marcadas por las necesidades económicas familiares, por la austeridad obligada (en el borde de la pobreza) y por las dificultades del padre para realizarse profesionalmente como arquitecto y, a la vez, disponer de unos ingresos saneados, y la claridad atlántica, casi alegre, con que evoca la adolescencia y la primera juventud en Santa Cruz de Tenerife, ciudad en la que viviría, según cuenta, los mejores momentos de la etapa descrita en el libro.

Es inevitable establecer el contraste ente la memoria leída en otros y la propia memoria. La lectura de Para tener casa..., sobre todo aquellos pasajes en los que con todo detalle Margarit habla de las mudanzas y traslados familiares, del efecto que tuvieron en su conciencia, en su educación sentimental, en el cultivo de la soledad y en su propia vocación poética.me ha llevado a recordar espacios de mi vida que parecían cegados, ensombrecidos, casi olvidados por completo. Hasta mi emancipación, en el remotísimo 1976, viví dos traslados familiares: del barrio de la Alegría, mi "paraíso" de casitas bajas con patio y sin servicio alguno, a la UVA de Hortaleza, una mudanza obligadas por la demolición del barrio y por mandato gubernamental, en 1963. Uno o dos años después, mi padre compró a plazos un piso en la Vallecas semiagrícola de Palomeras Altas y, para arreglar la casa de la UVA, hubimos de desplazarnos al piso nuevo, donde creo recordar que vivimos unos meses y del que solo guardo muy borrosos recuerdos: el descubrimiento de la prensa deportiva en un kiosko que hoy situaría en el Alto del Arenal, el cine de verano en medio de las manzanas de chabolas de lo que debía ser Palomeras Bajas, y alguna caminata, junto a mi madre, hasta lo que por entonces era la "civilización": la Avenida de la Albufera. Nada queda de los detalles de las mudanzas, de los muebles que trasladamos, de las opiniones de unos padres a los que recuerdo agobiados por el día a día y poco propicios a la confidencia.

miércoles, 22 de mayo de 2019

Literatura en el barrio: Coslada y otras plazas similares


Sólo he impartido un taller de escritura en mi vida. Fue en Managua, a principios de 2011, y lo fue sobre el poema de Gabriel Celaya que más me gusta y más me emociona entre todos los suyos por su tono conversacional y su cercanía alejada de la proclama y del manifiesto. Pertenece al libro De claro en claro (1956) y se titula "Momentos felices". El poema comienza así: “Cuando llueve y reviso mis papeles y acabo / tirando todo al fuego...”. Reconozco que debo de ser una excepción en un panorama amplísimo de autores que imparten talleres de todo género y que ponen al descubierto los trucos y secretos de su escritura (o los trucos que aprendieron en un tiempo remoto) ante grupos de alumnos entusiasmados con sus enseñanzas y, casi siempre, con el sueño del primer libro, del primer artículo en la prensa o de su primer cuento publicado.

Mi relación más cercana con ese tipo de actividad ha sido impartir cursos o celebrar encuentros con unos alumnos (la mayoría, alumnas) muy especiales. Hablo de los centros de educación de Adultos, o de los centros culturales de barrio, foros que forman parte de un mundo muy alejado del universitario, a años luz del que nos solemos construir los poetas cuando participamos en un festival internacional, o en un encuentro o mesa redonda en una universidad, o en un congreso sobre literatura.

Hasta mediados del próximo junio imparto un curso en un pueblo (más bien cabría decir una ciudad) como Coslada, vecino de Madrid y volcado, casi imbricado con el de San Fernando de Henares, al nordeste de la región. El temario es muy preciso aunque el contenido lo tengo que aportar yo con un ajuste necesario: acercarlo al nivel medio de la clase, evitar distancias, incomprensiones, aburrimiento.  La poesía y la novela desde la posguerra hasta los años 80 del pasado siglo. De Rosales o Panero, o de Cela o Ignacio Agustí, a los poetas y narradores más recientes. Es decir, sobre los cimientos en que se asientan nuestra novela y nuestra poesía de hoy. 

El encuentro semanal con los alumnos de Coslada, casi todos jubilados o prejubilados y la mayoría mujeres, me ha hecho evocar otras experiencias similares. En mis viajes desde casa al centro cultural días he recordado mis dos o tres visitas a presentar libros al CEPA de Entrevías, o una conversación con alumnos parecidos en un centro en Carabanchel  hacia 2006 ó 2007, o la presentación de La voz dormida, la novela de Dulce Chacón, en la primavera previa a su enfermedad y a su muerte, en un salón rebosante de mujeres con la memoria alerta, muchas de ellas conocedoras de primera mano o a través de familiares muy próximos, de la realidad que la novelista cuenta, del mundo penitenciario que en los años cuarenta construyó el franquismo llenando las cárceles de demócratas con convicciones de izquierdas, de mujeres que negaban el ideario y el modo de vida cuya implantación había delegado en la Sección Femenina. 



Uno siempre va acompañado de la memoria haga lo que haga. Somos selectivos y esa selección mental se aviva ante aquellas experiencias del presente que tuvieron, aunque en otro plano o en otra dimensión, su pasado. El curso de Coslada, del mismo modo que otros que he tenido la fortuna de impartir en centros culturales de barrio, me ha trasladado a un tiempo remotísimo, quizá a los días que evoca mi Escritor a la espera, cuando en al barrio de mi adolescencia, la UVA de Hortaleza, un grupo de aguerridas y muy jóvenes profesoras (dónde estaréis la mayoría, me he preguntado muchas  veces) creó la matriz de lo que pasado el tiempo (poco tiempo) sería un Centro de Educación de Personas Adultas.  Mujeres que la historia había desplazado a la vida hogareña y a la subsidiariedad descubrían de pronto las puertas que podían abrir a mundos desconocidos: cursaban el Graduado Escolar, algunas daban el salto al bachillerato y muy pocas alcanzarían la universidad. Eran la retaguardia del movimiento vecinal de la época y eran también los bastiones de una ambición cultural, de un afán de ilustración que no se veía en los hombre. En Entrevías, en Carabanchel, en Fuencarral, en Coslada…. En sus centros culturales, treinta años después de aquellos momentos fundacionales, he vuelto a ver el mismo entusiasmo, el mismo afán por aprender, el mismo deslumbramiento ante un poema, ante la anécdota de un escritor o de una escritora, ante el desvelamiento de los secretos técnicos que se esconden tras una frase magistral o tras un verso estremecedor..

Hablo de Blas de Otero, leo poemas de Claudio Rodríguez, les acerco a las sevicias que vivió Paca Aguirre de niña y de adolescente, les descubro a Ángela Figuera, me interno en los pasadizos de un Carlos Sahagún desconocido o en la canción francesa (de la que algunas de ellas guardan memoria) que Gil de Biedma evoca en uno de sus poemas más felices. O me refiero a los oropeles de los novísimos, o a la mezcla entre Conchita Piquer y Los Beatles de la poesía de Manolo Vázquez Montalbán  y en los rostros de todas ellas vislumbro la devoción por aquello que la sociedad les ocultó. Son las representantes del otro feminismo, del menos visible, del que ha nacido en el barrio e intenta sobrevivir entre las rutinas de lo cotidiano. Ellas vienen al curso y descubren el otro lado de la vida, de la historia y de la Historia. 

jueves, 2 de mayo de 2019

Volver al blog, volver a casa

Revisando mis diarios de la primera década del siglo (llevan por título provisional Umbral de un siglo y abarcan un período que va de 2001 a 2008) me doy cuenta de que el impulso que me movía a escribirlos fue agotándose en paralelo a la apertura y consolidación de mi primer blog. De este blog. Fue inaugurado hace doce años, coincidiendo con la Feria del Libro de Madrid de 2007 y su vida ha sido rica y diversa hasta los aledaños de 2016. Fue perdiendo fuelle al mismo tiempo que mi recurso a las redes sociales, especialmente a Facebook, se intensificaba. Ahí he ganado amigos y algunos enemigos, he comprobado la fugacidad de cuanto se escribe, la inmediatez de las polémicas, la tensión de algunas conversaciones (por llamarlas de algún modo) y la difícil presencia de lo reflexivo y hondo. Ha sido un viaje extraño: de los viejos diarios manuscritos al blog, del blog a las redes y de las redes... ¿a dónde?



La pregunta solo tiene, a mi parecer, una respuesta: al blog, sin duda. En mi caso, este blog compartía con los diarios la extensión de cada texto (de cada "entrada"), la posibilidad de profundizar en aquellos asuntos a los que en cada una de ellas me refería, la escritura reposada y el gusto por el lenguaje literario. Tenía (tiene) algo de columna periodística cruzada por la aspiración a prosa poética con el hilo conductor propio del diario. Es decir, sólo (o esencialmente) lo aleja del diario la inmediatez de su publicación. Mis diarios de Escritor a la espera han dormido el sueño de los justos durante algo menos de treinta años. Se han publicado hace solo unos meses. Los que escribí entre 2001 y 2008 siguen al día de hoy en reposo (aunque en proceso de corrección). El blog, sin embargo, va de la cocina literaria a la mesa: es lo casi inmediato aunque en el proceso de escritura sea, para mí al menos, el territorio del reposo y la meditación. Hoy lo escribes y mañana está a disposición de los lectores.

El blog, en efecto, ha entrado en crisis, pero todo escritor consciente del oficio y del alcance de la literatura, debería acudir a salvarlo. Y yo lo hago de la mejor forma posible: volviendo a él después de doce meses sin adentrarme en sus escenarios en busca de los lectores que quizá lo fueron abandonando por la irregularidad penúltima en el ritmo de publicación.

Volver al blog tiene, para mí, algo de tabla de salvación. Del blog (de otro blog) surgió mi libro Letras viajeras y no es descabellado pensar que de este Al margen se derive el tercer volumen de mis diarios. Aquí, en este espacio que no hace tanto frecuentaban muchos lectores, he hecho memoria, he recobrado infancia y adolescencia y señalado la huella que en mí han dejado seres muy queridos, he volcado mis fantasmas personales (políticos, literarios, existenciales), he viajado, he redescubierto poetas y libros a los que la actualidad (rabiosa y cruel) y las ambiciones del mercado fueron desterrando, han venido a verme, con sus poemas, amigos próximos y amigos remotos, he indagado en la trastienda de dolorosas muertes, he reflexionado sobre mi propia obra y sobre la ajena, he polemizado con fervor y sin paños calientes... En fin, he vivido en la escritura.

Vuelvo al blog, amigos, y es como volver a un hogar que inexplicablemente fuimos abandonando. Vuelvo porque lo necesito. Disciplina y observación. Como en los viejos diarios. Y vuelvo hoy, 2 de mayo, escribiendo al abrigo de antiguos recuerdos, a la sombra del porche de la casa familiar del Valle del Lozoya. Aquí os aguardo.

domingo, 29 de abril de 2018

Viaje por la mala conciencia: LOS FILOS DE LA NOCHE, mi segunda novela.

Desde enero de 2018, Los filos de la noche, mi segunda novela, está otra vez en el mundo de los vivos. Descatalogada hace muchos años, ha vuelto entre nosotros. Aquí cuento su pequeña historia.

El pueblo de Patones, en los años de la acción de la novela
En los primeros años setenta, cuando comencé a escribir poesía con una clara voluntad literaria, no imaginaba que mi pasión por la literatura, que se había iniciado con la poesía una década antes, iba a tener una derivada persistente en la novela. La novela como artefacto literario, como lugar de descubrimiento de las capacidades del idioma, sin duda. Pero también como instrumento de creación de mundos, de personajes, de inyección de nueva vida, de nuevas realidades en la realidad cotidiana. Una brecha en el tedio. Un ventana a la memoria. Un juego de reinvención. Escribí, a mediados de los años ochenta, Mar de octubre (a la que aludo en una entrada anterior de este blog ) y poco tiempo después de terminarla, comenzó a crecer, sin que apenas me diera cuenta, una nueva novela.

Durante algunos meses, una imagen, probablemente asentada en algún recuerdo (pasa casi siempre) había rondado mi mente de forma muy tenaz: un hombre sentado en una hamaca en un jardín disfrutando, semidormido, del sol otoñal, recibe la inesperada visita de una mujer con la que convivió durante años y con la que rompió de manera definitiva. Abel era el nombre que le dí al hombre. Elia, en homenaje a una amiga que, en 1976, fue torturada por la policía política en la DGS hasta perder el bebé del que estaba embarazada, fue el nombre de ella. Ese retorno hace tambalear el edificio de aislamiento y dedicación a la literatura de Abel y abre la puerta a una noche de diálogo entre los dos en el que los reproches se alternan con los recuerdos y con el que la voz narrativa va construyendo el mundo en que vivieron cuando eran pareja. Un tiempo que va de 1968 a los primeros años de la transición política.

La portada de la nueva edición en
Del Umbral / Amazon
Esa es la trama de Los filos de la noche. Después de terminarla y revisarla  tuvo un recorrido muy corto e intenso: presenté el manuscrito al primer Premio de Novela Feria del Libro de Madrid y, para mi sorpresa, llegó a la final. Todavía recuerdo mi lectura de la lista de afortunados (creo que eran diez novelas) que alcanzamos ese dudoso privilegio en las páginas de Madrid de un diario que sobrevivía a duras penas en la democracia, el católico Ya, y en una breve nota en cultura del diario Informaciones. No recuerdo haber leído la noticia en El País. Ganó el periodista Javier Figuero con una novela extraña, La Fiametta, y Los filos... quedó segunda.

Cuando apareció el libro en primera edición (Fundamentos, Madrid, 1990) había una sección en el suplemento de Libros del diario El Sol titulada "El autor ante su obra". El suplemento lo dirigía Manolo Longares y en la sección citada se publicaban las impresiones de los autores ante sus libros recién editados. Era quizá la pequeña dosis de egoteca que se preveía en una publicación semanal en un tiempo en el que no eran ni siquiera imaginables las redes sociales que han florecido en Internet a lo largo de lo que llevamos de siglo XXI. En aquella sección escribí un artículo que llevaba por título "Raíces al acecho. Semillas" en el que contaba mi experiencia de convivencia con la escritura de la novela. Hoy ese artículo, con algunas actualizaciones imprescindibles, es el prólogo de la nueva edición.

A lo largo de su escritura, la narración se me reveló como una novela de la "mala conciencia".

En su escritura me guiaron dos impulsos: el estético, consistente en la búsqueda de un modo de narrar distinto, hasta cierto punto innovador. Y el ético, basado en la indagación en las contradicciones que vivimos quienes éramos muy jóvenes en la transición y despertamos a la vida en los años últimos de la dictadura de Franco. Respecto al estético he de reconocer que por aquellos años yo estaba muy colgado del nouveau roman y leía mucha teoría estructuralista. Esa circunstancia me llevó a ensayar una fórmula difícil y no siempre agradecida: me refiero a la narración en segunda persona y, a la vez, en estilo libre indirecto. El narrador dialoga permanentemente con los personajes, guía sus diálogos, accede a su memoria y a su meditaciones y reflexiones. Si al principio pensé que una voz narrativa de ese carácter podía tener poco recorrido, que haría muy difícil pasar, con soltura y sin trasladar una sensación excesiva de artificio, de cuatro o cinco capítulos, no tardé en darme cuenta de que no ocurría así: la novela fue avanzando sin apenas interrupciones a lo largo de dos años y, para mi sorpresa, el resultado fue más que digno.. En el plano ético se me reveló como una novela de la "mala conciencia". Si siempre he escrito a caballo de otras actividades ajenas a la literatura (invadiendo las noches, los fines de semana, las vacaciones...), en los años a los que alude la novela vivía en medio de una brutal contradicción: era imprescindible comprometerse, militar política y socialmente, trabajar todo el tiempo posible por la construcción de la democracia, por desafiar al franquismo. Relegaba la vocación literaria, la dejaba para tiempos mejores y lo hacía con una conciencia dolorida: el aplazamiento del tiempo de la literatura, las contradicciones vividas en la relación amorosa y erótica, el miedo y la prevención ante los embates del Régimen eran materiales enormemente valiosos que me suministraba mi experiencia de aquella época para afrontar la narración. Así, a lo largo del proceso de escritura volvieron a mi mente escenarios que llenaron un tiempo (los colegios mayores, la universidad, la vida en el barrio, el precario asociacionismo cultural que llevó a la periferia las mejores películas del cine "no oficial" del país, la trastienda de las parroquias obreras, el amor crecido entre la implicación política y la sentimentalidad más íntima) y en ella encontré una forma de recapitulación, una suerte de regreso a la vida de muchos, de quienes acumularon renuncias personales por construir un país nuevo.


La novela también se adentraba en otro mundo, también vinculado a la geografía emocional de mi generación: la búsqueda en el mundo rural del contrapeso de la vida urbana. El viaje a pueblos semiabandonados como forma de compromiso con una realidad que iba perdiendo su identidad. En este caso, Elia y Abel, y el grupo de amigos que les acompañan en la trama, alquilan una vieja casa en Patones de Arriba, no lejos de Madrid y en los años en que escribí la novela al margen de la pasión turística que hoy ha transformado el pueblo. Allí se desarrollará parte del argumento. Es una zona de la memoria que una y otro frecuentan. Las cerámicas, los tapices sudamericanos, las músicas de la época y los sueños que oscilan entre las vocaciones artísticas, el cine nerorrealista italiano (y el realista de los primeros Bardem o Berlanga)  y la batalla cotidiana por la libertad completan un puzzle que no fue en aquellos años sino el reflejo de mi geografía emocional.

Portada primera edición en 1990
Los filos de la noche tuvo muy pocas críticas (aunque como contrapeso he de decir que se ocuparon de ella Santos Sanz Villanueva y todo un clásico como Pablo Corbalán). A pesar del premio pasó, en gran parte, inadvertida para los suplementos literarios de la época, y tuvo muy escasa difusión. El hecho de que la publicara una editorial pequeña, Fundamentos, muy vinculada en el imaginario lector al ensayo político, educativo y al teatro, y su precaria distribución ayudaron a ello.  Durante más de una década, poco a poco, he ido reescribiéndola. Siempre consideré que había algunos excesos y cierta artificialidad en el lenguaje. Por eso trabajé para depurar esas secuelas de la inexperiencia, algo que las nuevas tecnologías facilitan de manera muy eficaz. Hasta que en diciembre del pasado año estuvo lista para su reedición. En coherencia con mi artículo sobre la necesaria nueva vida de los libros descatalogados, Los filos de la noche está de nuevo en la calle. No en las librerías convencionales (en alguna de viejo quedará algún ejemplar de la primera edición), sino en la inmensa librería de Internet. En Amazon. En papel, en una edición austera y bella, evocadora de las clásicas ediciones de Einaudi, y en formato digital (kindle). Para los nuevos lectores y para los menos nuevos. Para acceder a su compra, este es el enlace: Los filos de la noche / Del Umbral Ediciones.

viernes, 9 de marzo de 2018

La nueva vida de MAR DE OCTUBRE, una novela que vuelve desde el remoto 1989. Mi primera novela

Hace algo más de una semana publiqué en el diario digital Nueva Tribuna (y después en este mismo blog) un artículo sobre el negro destino de los libros descatalogados o publicados, sin reedición, hace décadas fuera cual fuera su nivel de calidad. En el artículo planteé las enormes posibilidades que ofrece la era digital y las nuevas conquistas tecnológicas. Me he aplicado el cuento con mi primera novela, MAR DE OCTUBRE, publicada en 1989, y hago la prueba. De eso escribo a continuación.

En 1984 empecé un cuento. Creo que fue en otoño, en uno de aquellos otoños en que, a la vuelta de vacaciones, yo regresaba a la actividad cotidiana con unas ganas irreprimibles de escribir, de recuperar las tardes de octubre, y los fines de semana invernales, y las noches que me era posible para convivir con la pasión que había mantenido relegada durante muchos años: la literatura. El cuento que comencé a escribir trataba del regreso de un joven escritor a los lugares en que, de niño y adolescente, pasaba las vacaciones veraniegas. Mar Menor, Cabo de Palos, los parajes mineros de La Unión y de El Estrecho al este de la ciudad de Cartagena: tales eran los escenarios a los que volvía. El cuento se iniciaba en una tarde de octubre, de lluvias esporádicas y ambiente gris, con el protagonista Martín Revuelta conduciendo desde Madrid tras dejar atrás la ciudad de Murcia, a la pequeña localidad de Los Urrutias. No tenía nada claros los caminos por los que iba a derivar la trama, sólo tenía claro que Martín debía llegar al mar, alojarse en el pueblo de los veranos infantiles e iniciar una investigación sobre una experiencia vivida de adolescente: la aparición, junto a la empalizada de uno de los embarcaderos, del cadáver de una joven.

La novela, en la edición de Fundamentos (1989) en segundo plano y, en primero,
en la nueva edición en tapa blanda (Amazon / El Umbral)
El cuento se fue alargando hasta cobrar la forma primero de una nouvelle y más tarde, a lo largo de dos años, hasta convertirse en una novela. Eran los años del "boom" de la nueva narrativa española. Recuerdo que mientras yo escribía la narración se publicaron Luna de lobos, la primera novela de Julio Llamazares, Beatus Ille, de Muñoz Molina,  y en los dos o tres años posteriores a su finalización, aparecieron La media distancia, de Alejandro Gándara, Ballenas de Pedro Molina Temboury, El silencio de las sirenas, de Adelaida García Morales, o Soldaditos de Pavía, Manuel Longares... Editoriales como Alfaguara, Seix Barral, Tusquets, Lumen o Anagrama orientaban su mirada hacia los nuevos narradores y la quiebra del experimentalismo de los setenta, que se había iniciado con La verdad sobre el caso Savolta, de Eduardo Mendoza, se manifestaba definitivo o, dicho con otras palabras,  en fase de no retorno.

Playa de Los Nietos. Mar Menor. En los años 70
Con la escritura de Mar de octubre viví una maravillosa experiencia: imaginé una realidad otoñal aplicada a un mundo con el que siempre había convivido en verano: inicialmente, de niño y adolescente, en el bullicioso universo de las vacaciones familiares y, más tarde, cuando me emancipé del hogar familiar, en casi todos los septiembres de la primera mitad de los años ochenta. Reconstruí, con la imaginación y velados por el otoño, los pueblos del Mar Menor, el marinero pueblo de Cabo de Palos y el universo entre especulativo y surrealista de una Manga naciente, cobrando un brillo entre hortera y cosmopolita con su flamante casino Doblemar (con hotel incorporado) y alrededor de un proyecto urbanístico-vacacional de rara modernidad, una modernidad casi hermanada con la vocación de nuevos ricos de los integrantes de las emergentes clases medias que comenzaron a aflorar como consecuencia del desarrollismo tardío del franquismo, antes de la crisis del petróleo de los años 70.

En mi memoria guardaba un Mar Menor rodeado de pequeñas localidades hechas a la pesca y a la atención a un turismo muy casero, de asiduos visitantes de la cercana Murcia, de Cartagena o de Madrid, pueblos con cine de verano (en algunos casos con dos cines), nacientes discotecas, algunas al aire libre, y con precarios comercios. Eso sí, sin centros comerciales ni hipermercados, quizá con algún supermercado doméstico como ligero apunte de lo que les depararía el porvenir. Vamos, pueblos "de andar por casa". A ese Mar Menor vuelve Martín, el protagonista y, en parte, narrador de mi novela. Y vivirá una curiosa experiencia en la otoñal soledad de una realidad que parecía pensada para prolongarse en un estío eterno. Martín volverá con mis recuerdos (como no podía ser de otro modo) y con una carga muy especial en la conciencia: la memoria de juventud del padre del autor (mi padre), nacido en Alumbres, y del abuelo minero, hijo del cobre y de la pirita, oriundo de La Unión. Poco a poco, en la novela se asomarían otras realidades: la Cartagena urbana, entre ciudad marina con puerto y ciudad manchega, los pequeños pueblos vecinos de las explotaciones mineras, las playas, entonces desiertas todavía, avanzando hacia los soberbios parajes de Calblanque (la acción se desarrolla a mediados de los ochenta), un Cabo de Palos todavía huérfano de su actual condición de pueblo de moda, y un ambiente que no viví de apacibles y acogedores pubs frecuentados por artistas retirados en la tranquilidad de un lugar con mar y clima benigno, no lejos de lo que hoy se conoce como Puerto Maestre. 

La Manga naciente: final década de los 60
Di por terminada la novela en 1986, tal y como cuento en el prólogo de la nueva edición. Durante algo más de dos años, el manuscrito peregrinó por algunas editoriales: estuvo a punto de publicarla Plaza Janés, cuando en Madrid llevaba su dirección literaria Osmán Vega, en una colección de nueva narrativa (cumpliendo con la denominación de moda de la época) que murió pocos años después y que se estrenó con Marcos Ordóñez y con Daniel Múgica; la envié a Seix Barral tras pedir consejo a Antonio Muñoz Molina, entonces principiante con cierto nombre acuñado en una columna en un diario de Granada y con puesto de funcionario en su Diputación, la leyó, o no, Pere Gimferrer, que me envió una carta, aséptica, valorándola positivamente y rechazándola editorialmente; Jorge Martínez Reverte hizo una infructuosa gestión en Alfaguara y al final, tras enviarla, sin encomendarme ni a Dios ni al diablo, un día de enero de 1989 a Fundamentos, que acababa de inaugurar nueva colección de narrativa, recibí una llamada de Juan Serraller tras la Semana Santa en la  que me comunicaba que quería contratarla. En muy pocos días, entraba en la oficina de la editorial en la calle Caracas, muy cerca de Rubén Darío, que entonces compartía con la editora y agente Cristina Vizcaíno, conocía a Juan, sentado tras una mesa de despacho y mecido por la nube de algún vaporizador antitabaco que olía a menta y a eucalipto  y salí a la calle con el contrato en la mano. Me pagaba muy poco pero la novela saldría en unos meses. Fue presentada en Madrid, un día de primavera de aquel año, por Jorge Martínez Reverte.

La primitiva Manga, en Ecthacrome
Ahora cobra vida de nuevo. Y lo hace de la mejor forma posible: a través de una plataforma como Amazon, en versión digital (kindle) y en papel con tapa blanda y para el mercado mundial. Es una contradicción, sin duda, clamar contra los monopolios de distribución y venta y, a la vez, reeditar libros ahí. Pero no creo que haya mucha diferencia haciéndolo en Random House, en cualquiera de sus editoriales, o en el Grupo Planeta, o en Anaya. Quizá si haya diferencia si hablamos de pequeñas o medianas editoriales independientes. Pero bueno, lo esencial es que Mar de octubre deja de ser un libro muerto como tantas primeras novelas, como tantos libros descatalogados y perdidos en remotas librerías de viejo o en tenderetes de saldo de quién sabe donde. También aparece en la misma plataforma mi segunda novela, pero de ella escribiré en otro momento.


Comprar en el enlace: Mar de octubre / Manuel Rico / El Umbral | Narrativa /Amazon. 242 pgs.
Versión kindle | En tapa blanda




martes, 6 de marzo de 2018

Vida nueva a los libros descatalogados: el horizonte digital y sus desafíos.



Es mucha la carga de polémica que a estas alturas del siglo llevamos acumulada respecto a las ventajas del libro en papel (sobre todo para quienes nos hemos formado, literaria y sentimentalmente, en su universo) en relación con el libro en formato digital, es decir, en e-book. Tacto, olor, valor artístico y cultural del objeto libro, sencillez y despojamiento, ahorro de baterías y otros artilugios alimentadores del lector electrónico en sus distintos formatos, han sido argumentos colocados sobre la mesa en cada debate. Comparto, como no podía ser de otro modo, todos los que se utilizan para defender el libro tradicional y no voy a contradecirlos. Pero quienes escriben y publican desde hace mucho tiempo con buena acogida crítica y no tienen ninguno de los títulos (Premio Cervantes, premio Nobel y pocos más, o una dilatada carrera de best-sellers) que permiten mantener vivo (es decir, accesible y reeditado) todo el catálogo de obra propia, se encuentran con enormes dificultades para que obras publicadas hace diez, quince o veinte años, descatalogadas por muerte de las colecciones en que aparecieron o por voluntad del director o directora editorial correspondiente sean conocidas, compradas o leídas por los lectores de hoy. Si ya es extremadamente difícil lograr que una novedad se mantenga un par de meses en las mesas de novedades de las librerías, aspirar a que ésta se incorpore al fondo vivo de las mismas —cada vez hay menos “librerías de fondo”—parece un objetivo que linda con lo imposible. Si esa pretensión la extendemos a los libros que se publicaron hace más de una década y planteamos junto a esa presencia “viva” en las librerías de fondo la posibilidad de la reedición, nos encontraremos con la misma, o más contundente imposibilidad. Solo la casualidad, el ojo curioso de un editor (casi siempre modesto e idealista), o la apuesta de un experto o maniático buscador entre los libros  que enterró el tiempo pueden ejercer cierta labor salvadora. La inmensa mayoría de las novedades dejan de ser novedades a los pocos meses y al cabo del año o de los dos años quedan sepultadas por toneladas de papel de incierto destino.

En los últimos meses he podido ver cómo alguna novela emblemática de un autor de referencia que participó en la renovación de la narrativa española en los años 80 ha sido reeditada en exclusiva en formato digital y cómo amigos escritores y no escritores van comprobando que libros publicados hace diez, quince o veinte años sólo se encuentran en librerías de viejo, en páginas webs de libros usados o en algún saldo perdido en cualquier feria del ramo (quiero decir de segunda mano) y las más de las veces en un lamentable estado de conservación. Con lo cual, pierde la literatura, pierde el autor y se deteriora gravemente la memoria de la obra publicada, nuestro acervo cultural. Sin embargo, la era digital y las nuevas tecnologías, a pesar de los negativos efectos que tienen en ciertos ámbitos, han venido a ayudar a la literatura y, aunque parezca paradójico y contradictorio, a la buena literatura.

Muchos autores se encuentran con enormes dificultades para que obras publicadas hace diez, quince o veinte años, descatalogadas por muerte de las colecciones en que aparecieron sean conocidas hoy por los jóvenes lectores.

Hasta hace algunos años, el proceso de enterramiento de los libros era inevitable. Los únicos lugares donde podían encontrarse títulos descatalogados era la librería de viejo, la biblioteca pública (con las limitaciones que tiene el hecho de que no todos los libros son objeto de compra por las administraciones de las que la biblioteca depende) y, cuando la ocasión lo permitía, las ventas de ediciones de saldo por parte de los grandes almacenes. Nada más.

Solo el capricho de algún editor curioso o enamorado de determinado libro promovía ciertas recuperaciones. Eso fue en los años 80 y 90. Aunque las llamadas librerías de fondo (con sus “libreros prescriptores”) seguirían —siguen— manteniendo un pequeño reducto que hacía posible que los libros tuvieran una larga vida en activo, la mezcla explosiva de la crisis económica iniciada en el verano de 2008 y la revolución digital e Internet dieron un serio golpe a la industria editorial y, por derivación, a la literatura de calidad.


A partir de entonces, la edición en papel reducía el número de títulos, las grandes editoriales daban prioridad al best-seller y a los libros “de consumo” y de venta previsible y la naciente edición digital vivía sometida a la acción eficiente y tenaz, ilegal por supuesto, de la piratería. Era mucho más difícil lograr que los libros se mantuvieran como novedad más allá de un trimestre y las posibilidades de reedición de títulos descatalogados era poco menos que imposible por económicamente ruinosa.
Libros de autores como José Antonio Gabriel y GalánMariano Antolín RatoJorge Ferrer VidalMercedes SorianoJosé DonosoCarmen LaforetDolores MedioElena QuirogaAgustín Gómez Arcos o de buena parte de nuestros escritores del exilio por citar solo unos ejemplos que he logrado contrastar, cuentan con no pocos títulos imposibles de adquirir en la actualidad. Al tiempo, autores que publicaron libros con cierta repercusión en un momento determinado y que hace años fueron convertidos en pasta de papel por descatalogación o porque fueron cerradas editorial y/o colección en que aparecieron, se encuentran ante la imposibilidad de ponerlos de nuevo en venta, de atender peticiones de lectores, de estudiosos, de críticos, de curiosos o de coleccionistas.

Ante esa situación, que parecía irreversible, nos encontramos con que la edición digital con descarga inmediata del texto en el dispositivo del lector es ya una realidad. Se trata de un paso importante a favor de la buena literatura aunque no se tenga claro (o se desconfíe) por parte de algunos sectores aferrados a los modos tradicionales de difusión y venta de libros. Con un mínimo coste para las editoriales o para las plataformas creadas al efecto (Amazon lo ha visto muy claro por mucho que nos pese), obras descatalogadas y de calidad contrastada muertas o desaparecidas durante años de las estanterías comerciales puedan “volver a la vida”, recuperar impulso, tener nuevas oportunidades de difusión y lectura entre las nuevas generaciones de lectores y ser accesibles para ellos desde cualquier rincón del planeta. De algún modo, ese innovador canal (que posibilita, también, la intervención directa del autor preparando ediciones revisadas, corregidas o ampliadas, en su caso, de primeros títulos inencontrables) aparece no solo como un nuevo modelo de negocio, sino como un servicio público no sólo a favor del autor y del lector, sino de la literatura: es decir, de la cultura. Puedo afirmar, por experiencia, que he explorado ese camino con Mar de octubre, mi primera novela (se publicó en 1989), y el resultado ha sido satisfactorio. El gran problema es que la ausencia de alternativas impulsadas desde las pequeñas y medianas editoriales, desde el mundo editorial convencional están dejando el campo libre a tales iniciativas.

Con un mínimo coste para las editoriales o para las plataformas creadas al efecto, obras descatalogadas y de calidad pueden “ volver a la vida" y descargarse mediante la compra online desde cualquier rincón del planeta.


Junto a ello, se ha puesto en marcha una suerte de complemento a esa línea de trabajo de enorme capacidad de atracción para autores y lectores (y, hasta cierto punto, para aquellos editores dispuestos a innovar en ese terreno):  la edición en papel, en tapa blanda y “a demanda”. Es decir, un autor puede ver reeditado en formato papel un libro descatalogado por iniciativa de una plataforma online (o de una editorial tradicional que se dote de ese instrumento) que cuidará, bajo su supervisión, hasta el último detalle de la obra para después comercializarla “a demanda”. No habrá almacén que incremente costes puesto que los libros se imprimirán cuando el comprador los solicite. El editor (la plataforma, para entendernos) hará un hueco al libro en su publicidad y en las redes sociales, liquidará los correspondientes derechos de autor y del precio del libro “apartará” el importe de la impresión más un margen de beneficio.


Es obvio que estamos ante una auténtica revolución de la industria editorial y ante una relación nueva del autor con su obra desde el instante mismo de su gestación. Hoy es posible, sin necesidad de que una editorial realice una gran inversión, dar nueva vida a un libro que fue editado muchos años antes y comercializarlo: para uno, dos ,cuatro o mil compradores.
Aunque todavía es pronto para ver las consecuencias y resultados de esa línea de actuación, debemos estar muy atentos. Las grandes editoriales y los grupos más poderosos están al corriente de ese fenómeno pero no parece que quieran dar pasos firmes para implementarlo en sus prácticas empresariales. Los sellos pequeños y medianos con apuestas con una fuerte personalidad se mueven con soltura en un campo que han consolidado, la edición de literatura de calidad en tiradas modestas y con el máximo de cuidado y originalidad, y tampoco parecen muy propicias a dar el paso. Pero… ¿quién vela por recuperar libros perdidos que fueron enterrados por la máquina del tiempo y por la sucesión imparable de novedades que ocupan anaqueles y mesas en las librerías año tras año?
A esa pregunta, las plataformas online han empezado a responder favorablemente. Confiemos en que las pequeñas editoriales antes aludidas, dirigidas por amantes de la literatura de calidad, tomen nota y busquen soluciones razonables y de largo aliento, probablemente de carácter cooperativo y mediante acuerdos con las redes de librerías, que coadyuven a ampliar el campo de los buenos libros a aquellos que un día quizá muy lejano fueron novedad y tuvieron reconocimiento crítico y que el paso del tiempo y las modas circunstanciales dejaron en el olvido.




martes, 15 de agosto de 2017

El hermano: una despedida

Hay muertes que no esperas. Haber tenido un hermano menor, nacido doce años después de que lo hicieras tú, obliga a pensar que nunca será él quien se vaya antes. Sin embargo, la fatalidad y un cáncer especialmente agresivo hizo que nos dejara un caluroso día de septiembre del pasado año. A petición de su compañera Lola y de sus hijos, Juan Carlos y Raúl, escribí unas líneas que acerté a leer, con la garganta acogotada por la emoción, en su incineración en el madrileño cementerio de La Almudena. Fueron unas líneas escritas para la intimidad de la familia y de las gentes más cercanas, pero nunca pensé que el recuerdo de mi hermano, parte esencial de mi infancia y de mi adolescencia, debiera quedarse en ese lugar íntimo y desconocido porque sería una enorme injusticia. Mi hermano Juan Carlos era, como millones de seres que viven junto a nosotros, un hombre joven, trabajador, entregado a los suyos, de los que nunca salieron ni saldrán en los periódicos. Un ser anónimo que dio continuidad a la dedicación de mi padre a la carpintería y que vio de lejos, a distancia y seguramente con una admiración que comunicaba a sus amigos más próximos, la trayectoria de su hermano mayor, en quien confiaba ciegamente, que se había metido en política en tiempos duros, que escribía libros a los que no siempre tuvo acceso y que, en los años de su enfermedad, se había asomado a la radio, o a la televisión del hospital, hablando de derechos de autor, defendiendo a los escritores jubilados para que él pudiera enorgullecerse de quien, en la familia, había accedido a un mundo lejano, demasiado lejano de su cotidianidad entre la carpintería, la casa y el barrio. 

He corregido el texto que leí aquel terrible día de septiembre en el cementerio. Porque quiero que lo que fue un homenaje íntimo, familiar, sea el homenaje de un escritor con cierto reconocimiento hacia un hombre que formó parte de su existencia y que vivió en el anonimato, como la inmensa mayoría a la que se refiriera Blas de Otero, sin que nadie lo mencionara en un periódico, en una revista, en una publicación por mínima difusión que esta tuviera. Va por él, por Juan Carlos Rico, mi hermano pequeño: 


"Yo recuerdo descampados de un barrio de Madrid, la UVA de Hortaleza, al que llegó nuestra familia en el ya lejanísimo año sesenta y tres. Veníamos de otro barrio, llamado de la Alegría, de casas bajas sin agua corriente y crecido en noches de posguerra que el franquismo había decidido demoler. Tú, Juan Carlos, naciste muy poco después de nuestra llegada a la nueva casa en el nuevo extrarradio. Corría noviembre de 1964 y llegaste muy tarde, cuando tu hermana y yo habíamos sobrepasado o estábamos a punto de hacerlo, la infancia. De algún modo, fuiste el  juguete, el más pequeño de todos. A ti me unía aquella circunstancia, que me hacía sentirme, en parte, como un padre prematuro y obligado ante las interminables jornadas de trabajo del nuestro (cuando tú cumplías seis años, yo cruzaba la frontera de la mayoría de edad) y , a la vez, me separaba porque mi mundo se alejaba del tuyo cuando tú comenzabas a despertar a la realidad.

La UVA de Hortaleza en los días de infancia y adolescencia
"Estos días, que jamás hubiéramos querido que fueran tus días finales, hemos conversado. No mucho, es cierto, pero ha sido hermoso e inesperado dialogar con franqueza de lo que nunca habíamos hablado. Una tarde, por ejemplo, me dijiste que uno se ve arrastrado por las obligaciones del trabajo, por el esfuerzo desmedido para sacar a una familia adelante y para buscar cierta estabilidad y se olvida quizá de lo más importante. Te referías a la felicidad de las pequeñas cosas, al tiempo dedicado a los otros, a la familia, a los amigos, a algunas aficiones que se van apartando del camino. Me dijiste que tomaste conciencia de ese error cuando de pronto te enfrentaste a los 17 años de tu hijo mayor y te diste cuenta del tiempo que no le habías dedicado por culpa del trabajo y del encadenamiento de obligaciones. Sé lo que es eso. Tal vez por ello, te recordé un par de versos del poeta Jaime Gil de Biedma, que decían: “Que la vida iba en serio / uno comienza a comprenderlo tarde”. Y lloraste y me hiciste llorar. Recordamos juntos momentos que creíamos olvidados. De infancia y adolescencia, de nuestro barrio, de los amigos, que tú conocías, de tu hermano mayor, y de tus pequeños amigos de entonces, de Fidel por ejemplo, a quien he vuelto a ver en estos días terribles y del que tantos recuerdos guardo, de nuestra madre y de nuestro padre, que se fueron también demasiado pronto, del mar de los viejos veranos, el Mar Menor de mi primera novela, Mar de octubre, del barrio que se coló en las novelas posteriores, que vive en mis poemas, que nunca se irá de cuanto escriba en el futuro, de  nuestras vidas, tan distantes por edad y experiencia.

"También hablamos de nuestro padre, Manuel Rico Delgado, otro de los grandes anónimos que acompañaron nuestros primeros años. Me causó especial emoción, sobre todo, tu relato de la vida que compartiste con él cuando yo ya no vivía en la casa familiar. Del vacío inmenso que dejó en ti su muerte, de los días (yo ya no estaba, andaba en afanes colectivos y construía mi vida) en que te llevaba al cine, o a la UGT de Madera y Corcho (hace unos días vi, entre los viejos papeles que guardo, su carnet) recién comenzada la transición política, de la carpintería y de su entusiasmo por la libertad recuperada después de cuarenta años de miedo y de silencio, o de la fragilidad de Lucía, nuestra madre, que vivió casi veinte años más que él aunque sin sobreponerse nunca del todo al enorme hueco que quedó a su marcha.


"En esas infames tardes de hospital y gasa hemos hablado, también, de tus sueños: querías acabar la casa del pueblo, cultivar un huerto, disfrutar de una paz que te ha faltado, ver crecer y realizarse a tus hijos, trabajar sin agobios, casi como un placer. Y yo he sentido profundamente tu angustia porque mientras me lo contabas en tu mirada podía leerse que lo que decías era una forma de consuelo, de enfrentarte a tus horas más difíciles, de soñar cuando nada te invitaba a soñar. He recordado, también, un día muy lejano, quizá a principios de los ochenta, algunos años después de la muerte de nuestro padre, en que decidimos perdernos en algún pueblo de la vega del Jarama (creo que fue en Torrelaguna, o en Valdetorres) para comer juntos y charlar sobre los derroteros que tomaban nuestras vidas y de tu situación personal. Fue una velada emocionante, también dura porque me hablaste del peso que llevabas encima, de lo que había supuesto recuperarte del golpe cuando apenas acababas de cruzar la adolescencia viviendo en la casa, vacía de hermanos y de padre, con la madre sumida en una depresión profunda y hundido en la confusión y en la necesidad de buscarle un sentido a la vida. Hoy me duele no haber estado más cerca de ti, no haber sido consciente de tu dolor, de tu indefensión de entonces.  


"Muchas veces he oído a personas que han trabajado contigo decir que eras, sobre todo, un hombre bueno. Incluso que eras demasiado bueno. Yo creo que nunca se es demasiado bueno. Y creo que te has ido plenamente convencido de haber obrado bien pese a los errores o descuidos que a todos nos acompañan a lo largo de la vida. 



"Te has ido joven. Demasiado joven, Juan Carlos. Dicen que los escritores dejan, al irse, sus libros, sus textos. Pero por lo que he podido comprobar estos días, hay algo quizá más importante que esos legados materiales. Me refiero a lo que queda en la memoria y en la experiencia de quienes vivieron alrededor de uno. Nos dejas, es verdad, el fruto de muchos de tus trabajos como carpintero (ebanista, le gustaba decir a nuestro padre, del que heredaste tan noble profesión) repartidos por mil y un rincones de nuestro país. Pero, sobre todo, dejas lo que queda de ti en la memoria de tus hijos Juan Carlos y Raúl, quienes por encima del dolor se sienten orgullosos de su padre. Lo que queda en la memoria de Lola. Lo que queda, y perdurará, en la memoria de quienes te conocieron, de nuestra pequeña familia, de nuestros hijos.

"No te decimos adiós porque esta despedida es un hasta siempre. Descansa en paz. Llévate nuestro abrazo. 


"Concluyo esta carta con unos versos muy conocidos (más de una vez los habrás escuchado en la voz de Joan Manuel Serrat) de Miguel Hernández que hablan, sobre todo, de vida a pesar de la muerte contra la que se rebela: “A las aladas almas de las rosas / del almendro de nata  te requiero, / que tenemos que hablar de muchas cosas, / compañero del alma, compañero”. Porque, pese a la distancia de los años que nos separaban y a pesar de que durante largas temporadas no nos veíamos, yo sabía que eras, además de hermano, compañero.



Hasta siempre."

martes, 14 de febrero de 2017

Lo que se fue con Félix: mundos que se disuelven

La muerte de Félix Grande hace tres años, más que cualquier otra de las de entre mis amigos mayores, me hizo cobrar conciencia de un proceso de gran calado y del que sólo advertimos su silencioso discurrir en momentos muy precisos: me refiero a la desaparición del mundo que contribuyó a acentuar y dar encaje a mi vocación de poeta, a la vocación de poeta de tantos escritores coetáneos. Echo la mirada atrás, la proyecto en los primeros años de mi andadura y recorro con ella la realidad que viví y los ingredientes que le dieron sentido y descubro ante mí una historia rica, compleja, irrepetible.

Encuentro "Poesía y paisaje" en Pozoblanco. Primavera de 1997
Ese mundo que con Félix comenzó a escaparse se lleva las lecturas de la Tertulia Hispanoamericana de los años ochenta y primeros noventa, tiempo último de Rafael Montesinos en los bordes de la Universitaria, noches de vino y tortilla de patatas en la cafetería Sicilia, mi primera presentación literaria de la mano de Pepe Hierro, mis hijos pura infancia (Malva con seis años, José Manuel con uno y subido en su carrito) de la mano de Esperanza, poeta oculta e intensa. Éramos los poetas jóvenes que llevábamos en la cartera las viejas antologías de Taururs (la mítica Cuatro poetas de hoy), que nos habíamos formado en la lectura en paralelo de Rosales o Vivanco de un lado y de Blas de Otero, Gloria Fuertes o Gabriel Celaya, de otro, que habíamos descubierto lo más contemporáneo en las voces de los poetas del cincuenta y que aún no nos habíamos repuesto de la ofensiva novísima. Entonces nacían las revistas que había alumbrado la todavía reciente transición: Leer, Quimera, los lejanos Camp de l'Arpa o Lateral, revistas que se querían comer el mundo con nosotros, que llenaron mi Madrid de compromisos inacabables con la gente del barrio y de sueños de inmortalidad que el tiempo y la madurez se llevarían.

De izquierda a derecha, Diego Jesús Jiménez, Esperanza, Manuel Rico
y Félix Grande. Nochevieja de 2005
Pero la muerte de Félix, como años antes la de Diego Jesús Jiménez, se llevaba también el mundo que construimos en Priego en los meses de julio de la década primera del siglo XXI. Jornadas de conversación, poesía y felicidad, de noches al raso en la plaza del ayuntamiento mientras los más jóvenes intentaban encender un amor fugitivo o reservar el mejor poema para la lectura que clausuraría el curso. Se llevaba parte de mi mundo, del que también Paca formaba parte, especialmente una mañana en la que en la alfarería del pueblo nos hicieron, a Félix y a mí, un molde de la mano derecha para convertirlo en cerámica, en pieza de artesanía que conmemorara el paso de los poetas por el pueblo. Allí conocí a Carlos Sahagún, a Carme Riera, a Antonio Carvajal, a Paco Brines, a los poetas más jóvenes que buscaban un camino y una identidad a la sombra del Centro Cultural que lleva el nombre del maestro Diego Jesús y que fuera cárcel en un tiempo remoto. Allí compartí risa y versos con Antonio Hernández, con un Manolo Vázquez Montalbán que colgó a la entrada del salón de actos sus "carvalhos" y se desató como poeta en estado impuro en el escenario.

Con Félix se fueron también los rescoldos de otros, mayores de edad que él, pero inseparables de mi goegrafía sentimental y literaria: Gil de Biedma,  Claudio Rodríguez, José Agustín Goysitisolo, Carlos Barral.... muertos previos y ceniza. Se fueron las historias, que tan bien contaba, de Oliver, donde Paco Umbral, Juan Benet, García Hortelano, probablemente en mesas separadas, quizá enfrentadas, debatían de narrativa, de vanguardias, de Faulkner o de Hemingway, los dos extremos referenciales de las opciones estéticas que representaban. Se fueron también los rescoldos de las terturlias poéticas del Café Gijón, los años últimos de La Estafeta Literaria, el reverencial deslumbramiento ante la revista Ínsula, llena de historia democrática y literaria, y los años más recientes de Nueva Estafeta, entonces dirigida por Rosales....

Juan Carlos Mestre, Alejandro López Andrada y Manuel Rico
Lecturas de poetas. Una visión de la sierra del Guadarrama filtrada por los mejores de la Generación del 36, por Luis Rosales, pero también por Alberti, por un Prado Nogueira olvidado demasiado pronto, por el viejísimo y exiliadísimo don Antonio Machado. La Tertulia Hispanoamericana de entonces se asomaba a la Universitaria, respiraba el aire de aquellos poetas pero también los aromas, aún vivos, de la Institución Libre de Enseñanza.

Con Félix se fueron (porque era inevitable) mis asiduas visitas a la casa de los libros en la calle Alenza, y las noches de vino y debate, los sueños a cumplir en el logro de la obra maestra y de la canonización que muy pocos alcanzarían, los cuadros de Lorenzo Aguirre, el relato emocionado y casi iracundo de Paca hablando de los años del hambre, del garrote vil que Franco aplicó a su padre, de la Chiquita Piconera o del "último mohicano" que llenó un poema de emociones, de vida, de memoria íntima y colectiva, de verdad. Se comenzaron a marchar las cenas de Nochevieja (¿cuántos años?) en nuestra casa, con Diego Jesús unas veces, otras con Guadalupe y con otros amigos. Ya hace tiempo que las tardes de reflexión y poesía, de literatura y política, de lecturas inacabables dejaron de ser, fueron cayendo en el abismo gradual conde crece el olvido.

Los más jóvenes soñábamos con los mayores, con los que ya estaban en las antologías y nos traían la tradición sobre sus hombros vivos y combativos todavía. Había una continuidad que se remansaba en cada tertulia, en cada lectura, en cada debate... .Todos o casi todos vivían y creaban cuando los de mi generación empezábamos. Teníamos a los maestros que habían entrado en el libro de literatura como dioses cotidianos y accesibles. Vivían la plenitud y la madurez y nosotros la devoción y el aprendizaje. Noticias de Ángel González y sus noches de vino y bolero, noticias de Gamoneda a través de un Blues castellano  apenas conocido, un Gamoneda todavía sepultado en la provincia por intereses ajenos a la poesía y que llegaría a Madrid, a los foros más notables, a partir de Lápidas y, sobre todo, de Edad, la poesía completa que editó Cátedra bajo la batuta de Miguel Casado,  noticias de Granada donde la Otra Sentimentalidad nacía y a la sombra alargadísima y honda (no todas las sombras son hondas) de Federico comenzaban a publicar los amigos, los de la misma edad que cumplíamos en Madrid con nuestra condición de coetáneos y de apasionados por la poesía. Hablo de Luis García Montero, con quien polemicé a propósito de otro granadino, Javier Egea, a quien solo conocí en la distancia del poema y de otras lecturas, Rafael Guillén, ya maestro entonces, hablo del redescubrimiento de un realismo que mezclaba subjetividad y preocupación colectiva, que miraba a Italia y a Pasolini y a Pavese y a los narradores del neorrealismo. Hablo de la memoria, casi apagada de un muerto jovencísimo, casi adolescente, como Pablo del Águila, amigo de de Félix, visitante ocasional de la casa de Alenza, de quien Bartleby publicará la obra completa en unos días. Y hablo de los amigos de Madrid, de los que pugnábamos por publicar algún poema en Cuadernos, o en una revista recién nacida, o por ver editados nuestros primeros libros en Hiperion, en Visor, entonces proyectos nuevos, vivos, todavía no agrietados por el tiempo y las sevicias institucionales, en Endymion, donde el enorme Jesús Moya cuidaba de su sótano en Cruz Verde y alimentaba gatos y poetas.... Fernando Beltrán, José Carlón, Adolfo García Ortega, Juan Carlos Suñen, Jordi Virallonga (venía de Barcelona y sinTaxis), Antonio Jiménez Millán (venía de Granada), Amalia Iglesias,  Juan Carlos Mestre, Rogelio Blanco, Blanca Andreu lejana y triunfadora con un Adonais más que memorable... Jóvenes de entonces que hoy nos miramos en el espejo descubriendo las huellas de la edad y el aura de una orfandad naciente.


Son tantos los huecos....  Es ley de vida. He tenido el privilegio de convivir y crecer literariamente con todos ellos, pero cuando Félix se fue hace tres años, tomé conciencia de que del mundo que había vivido tan intensamente y los mundos que dentro de él crecieron empezaban a dejar el espacio de la realidad para ir recluyéndose lentamente en el de la memoria. Hablando con algunos de mis amigos poetas nacidos en los cincuenta compruebo que compartimos una sensación: durante décadas nos hemos sentido "jóvenes poetas" (incluso ahora yo mantengo esa sensación). Y el misterio de esa rara conciencia prolongada no era otro que la presencia viva y amiga de los maestros. Pero se nos han ido yendo poco a poco dejando un vacío difícil de colmar. Nos han dejado huérfanos. Se llevaron el mundo que nos dio experiencia, felicidad y mitologías necesarias para sobrevivir. Y nos quedamos algo más solos.



martes, 7 de febrero de 2017

Los fotógrafos de Auschwitz y "Un extraño viajero"

Leo en el diario El País un reportaje sobre la aparición de una colección de fotografías realizadas en el campo de exterminio de Auschwitz por dos agentes de las SS durante la primavera y el verano de 1944. Se trata de instantáneas tomadas en el intervalo temporal que iba de la bajada de los trenes de los prisioneros judíos trasladados desde distintos países de Europa, sobre todo de Hungría,  hasta la entrada de los “no válidos para el trabajo”, fundamentalmente enfermos, ancianos y niños, en las cámaras de gas. Fotografías que hablan de una cotidianidad rota., de pertenencias y enseres amontonados, de rostros entre perplejos y desvalidos, de premoniciones de muerte, de frágiles esperanzas, del hundimiento de centenares de miles de pequeños mundos —la suma de los que llevaban consigo cada uno de los prisioneros— y de la abyección más absoluta.

Panorámica de las dependencias del campo de trabajo franquista de Bustarviejo, hoy restaurado
Los fotógrafos, cuyos nombres eran Ernst Hofmann  y Bernhard Walter, por motivos que se desconocen, llegaron a construir un álbum fotográfico de la crueldad que sirvió, paradójicamente, como prueba irrefutable en el “juicio Auschwitz” que se celebró en Alemania en los años sesenta. La casualidad hizo que una superviviente de aquel siniestro campo, Lily Jacob-Zelmanovic Meier, encontrara el álbum, el mismo día de la liberación, en el campo de concentración de Dora, en una de las barracas abandonadas por los oficiales de las SS y utilizada por los médicos aliados para atender a los enfermos recién liberados. Lily acabó donándolas al Yad Vashem, el museo de la Shoah en Jerusalen. De ese modo el mundo civilizado y democrático recuperó para la memoria colectiva la nada desdeñable cantidad de 193 fotografías imprescindibles para entender en toda su dimensión el antihumanismo radical del Holocausto. Cualquier lector interesado las puede encontrar en Internet, en la página del citado Museo bajo la denominación de El Álbum  de Auschwitz.
Por circunstancias diversas —entre las que no cabe desdeñar la vertiente “científica” con que el nazismo concibió el exterminio de los judíos ni su empeño de documentar todo lo relacionado con ello—, existe un extenso fondo de documentación gráfica sobre los campos de concentración en Alemania y en otros países de Centroeuropa. Es evidente que a ello ayudó un hecho incuestionable: la victoria de los aliados permitió la entrada en sus dependencias tanto de las tropas como de un buen número de periodistas, fotógrafos y operadores cinematográficos que darían testimonio, mediante sus reportajes, de aquella realidad.

 Durante muchos años, quizá desde febrero de 2001, cuando comencé a escribir el primer borrador de mi novela Trenes en la niebla y a indagar sobre la existencia, en España, de numerosos campos de trabajo o destacamentos penales que estuvieron abiertos, y funcionando, hasta bien avanzada la década de los sesenta del pasado siglo (aunque parezca mentira), he vivido una mezcla de desazón y perplejidad ante la práctica inexistencia de fotografías de su vida diaria. Fueron como poco veinte años de “actividad” en sus instalaciones con decenas de miles de penados protagonizándola y apenas existen documentos gráficos que nos hablen de algo más que de las frías estadísticas (terribles estadísticas). En el fondo, mi última novela, Un extraño viajero, nació como una forma de dar continuidad a las obsesiones de Trenes en la niebla, pero también como una vía de escape a esa desazón. Nadie, o solo de manera oblicua y tímida, ha dado testimonio escrito de la vida en los campos de trabajo franquistas. Apenas nadie dio cuenta, a través de la fotografía, de aquel mundo oculto, que sobrevivía a duras penas en espacios fronterizos de términos municipales concretos, cerca de carreteras que aparecen en los mapas con nombre y número reconocibles, de aquella realidad que expresaba la vertiente más dura de una Guerra Civil que el Régimen prolongaba pese a haberla dado por concluida el 1 de abril de 1939.

En el caso de las fotografías de Auschwitz, la casualidad quiso que Lily las recuperara para la Humanidad y para las generaciones venideras. Aunque yo desconocía esta historia, nunca, en los tres lustros transcurridos desde aquel invierno de 2001, dejé de pensar en la posibilidad de que, por algún imprevisto camino, la sociedad española del siglo XXI recibiera el legado de una colección de fotos realizada en el interior de un campo de trabajo, o en un destacamento penal habitado (es un decir) por presos-esclavos de los muchos que fueron creados en nuestra geografía. Fotos logradas de incógnito o adrede. Por un acto de heroísmo o por un mandato administrativo. Pero fotografías, a fin de cuentas, que nos mostraran la abyección de un Régimen capaz de mantener durante largos años a presos políticos sometidos a trabajos forzosos y viviendo en las antípodas de su realidad familiar. Junto a pueblos perdidos entre montañas, al pie de grandes riscos en los que horadar un túnel, junto a ríos que colmarían de agua ciclópeas presas. Existieron: todavía son visibles huellas de su precaria arquitectura. Sabemos que en ellos miles de hombres soñaron, lloraron, tuvieron miedo, quizá terror, enfermaron y combatieron infecciones sin atención sanitaria, carecieron de intimidad para sus actos más radicalmente personales, sucumbieron a la muerte o a la desesperación o intentaron sobrevivir para regresar a un medio de origen (el pueblo, la aldea, la ciudad, el barrio) que a la vuelta no sería el mismo.
Campo de concentración franquista. Alicante

Del "Álbum de Auschwitz"
Si la expresidiaria Lily encontró casualmente el álbum de los agentes nazis en una barraca que abandonaron y que los aliados convirtieron en “clínica de campaña”, Lucía Olmedo, la protagonista de mi novela accede a un viejo carrete depositado por un viajero de incógnito en una tienda de revelado del Madrid histórico en los primeros años cincuenta. Una decisión argumental que, vista en perspectiva, me llevaba a imaginar quizá la única posibilidad de restituir la dignidad de aquellos presos del mismo modo que en Trenes en la niebla era un cuaderno con los diarios de un joven recluido en otro campo de trabajo (los presos construían el trazado del “directo Madrid-Burgos”). Lo ocurrido en mis novelas es ficción. La historia de los “fotógrafos” de las SS fue real. Pero nadie podría jurar hoy que la posibilidad que yo apunto y que convierto en relato pueda ser posible hoy, o mañana, o en cualquier otro momento de este tormentoso siglo XXI.
Imaginar una colección de fotografías reconstruyendo la vida cotidiana que los propios presos no contaron cuando recobraron la libertad (los que no murieron en los campos) por miedo a una dictadura que se prolongó muchos años después del cierre de los campos, es pensar en una realidad posible, quizá necesaria. Los escasos testimonios gráficos con que contamos (se pueden ver en Internet) dan noticia capilar, borrosa de ese mundo enterrado, perdido para la memoria histórica de nuestro país. Encontrar un legado como el que recibe en la novela Lucía Olmedo y exponerlo en un centro cultural en grandes paneles, como ocurre en la novela, o convertirlo en una página web abierta a los ciudadanos, a los familiares y descendientes de los presos sería un gran paso para reconciliarnos con el pasado. También para alimentar de memoria la conciencia de los jóvenes que han nacido y crecido muy lejos del tiempo de la abyección.