sábado, 1 de diciembre de 2007

Una mirada, desde hoy, al poeta que fui

No soy partidario de hablar de mi poesía. Sobre ello, sólo en contadas ocasiones y por encargo me he pronunciado. Hoy haré una excepción. No para hablar de mi poesía, sino para meditar acerca de la sensación que me ha producido tener entre mis manos la antología de mi obra poética que, con un estudio preliminar de Marta Sanz, acaba de publicar Hiperión: Monólogo del entreacto. Ha sido una experiencia parecida a la extrañeza. Mezclada con una íntima alegría por reencontrarme con viejos poemas (los de principios de los ochenta, o de los primeros noventa) que parecen haber renacido. Sí: renacido. Porque casi todos (pertenecen a mis tres primeros libros) los anteriores a Quebrada luz han sido corregidos a conciencia. Hace tiempo, quizá durante 2001 ó 2002, dediqué muchos meses a trabajar en aquellos libros con una sólo pretensión: acabar con la insatisfacción que me producía la relectura eliminando excesos retóricos y aumentando la tensión emotiva de los poemas. Ahora, los releo y me siento cómodo, reconozco en sus versos al poeta que yo entonces era. También tengo la sensación de saldar una deuda con quienes, al final de mis lecturas, suelen preguntarme qué ha sido de mis primeros libros. Ahí va una muestra. Confío en que algún día, quizá como consecuencia del interés que pueden despertar unos poemas casi desconocidos para el lector de poesía de hoy, los tres libros (El vuelo liberado, Papeles inciertos y El muro transparente) tengan, en su versión corregida, renovada, una digna edición.

Casi un cuarto de siglo de poesía. Escrita en paralelo a mis novelas. Y a mi vida en el barrio, una vida que prolonga una educación sentimental confusa, propia de quienes, nacidos en los años cincuenta, accedimos a la madurez, a una cierta conciencia del mundo, en los años finales del franquismo y vivimos en primera línea la transición política (éramos los jóvenes, casi adolescentes de la transición): todo está en esos poemas. Están los otoños de soledad y clandestinidad. Están los cafés de la periferia. El amor descubierto entre reuniones interminables y excursiones colectivas en busca de pueblos desconocidos y comarcas desheredadas. El coñac caliente y la música escuchada con la pasión de quien cree que se va a comer el mundo... Y está, también, una crítica frontal -aunque traspasada por un afán vindicativo, por un sordo reproche- a la estética novísima, un tsunami que anegó la década de los setenta hasta convertir a todo joven poeta que aspirara a escribir, en verso o en prosa poética, de sus desacuerdos con el mundo, de su vida cotidiana, de su más honda percepción de la difícil realidad del tardofranquismo, en una especie de escritor garbancero. Hace sólo unos días pude comprobar, en Córdoba, al calor del primer debate de VII Seminario de Poesía, cómo vivieron aquella experiencia otros poetas, coetáneos de los novísimos, pero que defendían una estética distinta: en la marginación más absoluta, excluidos de los catálogos de las editoriales más difundidas, condenados a publicar casi clandestinamente... Sólo porque en sus libros estaban ausentes las muletillas venecianas, o los guiños culturalistas, o los excesos en la emulación de las vanguardias, o la escritura automática.... Yo, aunque muy joven entonces, también viví aquella marginación.

La evocación de esas historias, a la luz de la relectura de mis poemas de entonces, me ha llevado a una reflexión complementaria: ¿habrá alguien que se atreva a escribir la otra historia de nuestra poesía, la crónica de aquella marginación? Y, ¿por qué no pensar en una antología de excluidos en razón de su opción estético-temática? No sería mala idea. Aunque, sin duda, habrá quien piense que ese tipo de antologías podrían realizarse a la luz de lo ocurrido en otras etapas: los que García Hortelano dejó fuera en su recuento de la generación del 50 (aunque, en parte, los salvó de la quema Prieto de Paula, también Antonio Hernández); los que barrió en la década de los años ochenta la omnipresencia neoexperiencial... En fin.

Para que el lector se sitúe en el tipo de crítica que respiraba en alguno de mis poemas de entonces, ahí dejo el más signficativo de los que aparecen en Monólogo del entreacto, un poema de finales de los ochenta que formó parte del libro Papeles inciertos:

PRINCIPIOS DEL SETENTA
(Escena de café)
Llegaban, decadentes y enigmáticos,
a los viejos cafés y en los espejos
recreaban Bizancio y su memoria
de símbolos helados, de cristales y esencias.

En arcaicos cuadernos evocaban
aguas de otra memoria y caballos de niebla,
inventaban noticias de inalterados cuerpos
y en los muelles remotos donde viejos navíos
embarcaban el oro, el cristal, los diamantes,
soñaban altas músicas y gestas milenarias.

Era el mundo una senda
cercada por la sombra, ajena a los espejos,
hendidura de tiempo contenida en ciudades
tan cercanas y viejas, tan agrias, tan amadas,
años setenta turbios floreciendo en el fango
y ellos inaccesibles, como muros de hielo.

Cantaban a las ruinas de muertos territorios.
Era la calle afán de rostros inseguros
viviendo entre fogatas y brumas de extrarradio.

Bien pulidas, las joyas preludiaban un tiempo
de silencios y luces, de efebos y de mármoles,
mientras manos oscuras recorrían la carne
sorprendida a traición en esquinas urgentes
o en viejas estaciones, alejadas del sueño
donde yedras y estatuas bebían de otros siglos.

Llegaban, con la noche, a los cafés antiguos.
Distantes, algo esquivos, como si nada fuera
con su canto, ignorantes del aire o de la tierra
donde tú o yo vivíamos la niebla interminable,
la inmensa oscuridad, la tierra sumergida.
http://www.hiperion.com/maqueta.php?p=detalles&id=688&secc=e

1 comentario:

manuel ángel dijo...

Se recuerda, claro. Y las noches deslumbradas de cafés, y paseos, de charlas rojas, y paseos, de poesía de esa que quedaba desnuda, bronca, y paseos...
Siempre paseos porque era lo único que teníamos, a parte de la poesía: pies...para qué os quiero.

P.D.: ¿Manuel Rico es quien escribió un comentario, justo, a la muerte de Justo Alejo, sobre la biografía y sobre la obra poética,de aquella barahunda humana, allá por el lejano 1979?
Me gustaría intercambiar, si es así, opiniones, críticas y experiencias.
Salud, ManuelA