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miércoles, 6 de julio de 2011

Verano, lectura y evocaciones

                                                           A María Luisa Zamora, in memoriam

El verano tiene algo de tierra liberada, de lugar al margen. Ayer, a última hora de la tarde, mientras intentaba sobreponerme al turbión de emociones producido por la muerte de la persona querida y cercana a quien dedico esta entrada y contemplaba la pradera casi vacía de la piscina de la urbanización en que vivo, pensaba en la estrecha vinculación con la lectura que para mí tiene el verano. Vacaciones, horarios laborales distintos y, por tanto, mayor libertad para organizar el tiempo... Es una sensación extraña y expansiva que, año tras año, me lleva a poner sobre la mesa los libros no leídos o aplazados a lo largo del curso (incluso de cursos anteriores) con la voluntad de acabar  con su condición de asignaturas pendientes. Es tiempo para leer y tiempo para poner en orden los recuerdos, evocar y escribir.

Cabo de Palos, en los años sesenta del siglo XX
Recuerdo las siestas de la adolescencia y las lecturas de entonces, en aquellos largos y cálidos veranos de los años sesenta. Descubría la poesía y descubría una literatura erótica que se publicaba en España con cuentagotas y con sentido equívoco. La poesía era Juan Ramón Jiménez, un Juan Ramón que trascendía como nadie el verano (el estío, escribía él) de un pueblo próximo al mar, un pueblo blanco llamado Moguer sobre cuyo telón de fondo se levantaban aquellos poemas gozados en la Segunda Antología, un libro que todavía conservo, archisobado, en aquella edición de la colección Austral de Espasa. Recuerdo, sobre todo, una noche del mes de julio, a los 12 años, que pasé en vela intentando imitar los versos de sus primeros libros. Noche de insomnio, de una extraña y desconocida exaltación (muchos años después pensé que debió de ser, salvando las distancias, algo parecido al acceso místico que describe Teresa de Ávila) que tuvo como fruto un largo poema en romance, inmensamente malo, que guardo en algún lugar poco o nada accesible de la estantería de casa. A principios de los años noventa ese recuerdo dio lugar a un poema de mi libro El muro transparente titulado "Memoria del primer poema", del que os dejo un fragmento, quizá el más querido.


Era la noche al otro lado
de la luz amarilla de tu lámpara, era
la cercanía de las sombras
lo que daba
un tinte clandestino a aquella pluma
que extendía su incierto desafío
tras la puerta cerrada al resto de la casa
—largo sueño diario
de los seres amados, compartido paréntesis
con relojes, armarios, alacenas—
con lentos octosílabos que hablaban
del Juan Ramón violeta
que dormía también bajo aquel techo
en un libro de tapas bien  gastadas
por roces y caricias de un muchacho,
no sabes si soñado, que buscaba en sus páginas
una luz intuida  y, sobre todo,
el brillo inexplicable,
la fortaleza misteriosa
del arte.
               Tú tenías
doce años tan sólo
y un desván de palabras
temblando en el tintero.

Sí, descubría la literatura erótica, cierta literatura que tenía, entonces, esa etiqueta y que mi padre, carente de toda cultura literaria, compraba para que yo fuera adquiriendo, indirectamente, algo parecido a una formación sexual: recuerdo dos libros de aquella época. Edad prohibida, de Torcuato Luca de Tena, una novela que en aquellos años tuvo ediciones millonarias (creo que hoy es una novela de formación recomendada por sectores conservadores) y Lola, espejo oscuro, de Darío Fernández Flórez. Recuerdo, en ambas novelas, escenas de iniciación al sexo protagonizadas por adolescentes, ambientes prostibularios y la sombra de la culpa proyectada desde una concepción católica de la existencia.

Pero el verano fue, también, el acceso al erotismo sutil de la entonces jovencísima Françoise Sagan en una memorable narración (novela corta o relato largo), Buenos días tristeza, en días de playa en un pequeño pueblo de pescadores junto al Mar Menor mientras (era en 1966, o en 1967) las noches de mis quince años las llenaban los ecos de  las primeras melodías de Los Beatles, o de su versión española, jamás igualada, Los Brincos, o la versión musical de la Sagan en la voz de Silvie Vartan, o Johnny Halliday.

Memoria del verano de 1985 y de la inmersión, lleno de asombro, en las fiestas de una Costa Azul mítica protagonizadas por los personajes de Scott Fitzerald en Suave es la noche, novela que leí compulsivamente, en noches sucesivas y a la luz del porche, en casa de María Luisa, allá en las tierras prealcarreñas de El Casar de Talamanca, tierra de estepa y de trigales anchos, tierra de parte de la infancia de mi hija, tierra, hoy, de odiosas despedidas, mientras sonaba, al fondo, "el coro de los grillos que cantan a la luna", que diría Antonio Machado. Cinco o seis veranos más tarde (¿o fue el siguiente?) me enamoré de una libertina Emma leyendo, también bajo la luna de agosto aunque no de la Alcarria, sino de la sierra norte madrileña, Madame Bovary, de Flaubert. Siete años después, en el verano de 2000, en noches menorquinas llenas de olores a madreselva y a sal, leería El gran Gatsby, también de Fitzerald, y la estremecedora obra maestra de Truman Capote, A sangre fría.


Atardecer en el Mar Menor. Verano de 2010
 Veranos de música y aprendizaje. De descubrimientos y siestas interminables. De noches de fiesta y de amistad.. Pero sobre todo, veranos de lecturas, de sedimentación de una memoria que, con el paso de los años, se ilumina viendo las pasiones, los descubrimientos, las lecturas de mis hijos, de los "sucesores" en la hermosa tarea de vivir esas experiencias. Verano de Helena y el mar del verano, de Julián Ayesta; verano de Carver y Catedral, de Eliot y La tierra baldía, o de Carlos Álvarez y Aullido de licántropo en aquel año 1976, de lecturas nocturnas oliendo el galán de noche en Sanlúcar de Barrameda, ese lugar en que E. y María Luisa, su hermana, acabaron convirtiendo en un territorio mítico, en el espacio de todas las infancias y de todos los sueños imposibles (ella, en este verano duro de 2011, estará, con toda seguridad, allí respirando el aire inflamado de jazmín de sus noches eternas), verano de mi última novela.....

Todas esas sensaciones, irrepetibles, que cuantos ahora leéis este post habéis vivido de manera similar, encuentran su síntesis en esta hermosa canción, Summertime, interpretada por dos genios de la música del siglo XX: Ella Fitzerald y Louis Asmstrong. Tiempo de verano. Escuchemos. Para todos y, sobre todo, para ti, María Luisa.

jueves, 14 de mayo de 2009

Antonio Crespo Massieu: cuentos entre la luz y la sombra // Antonio Vega: entre la sombra y la luz

El pasado viernes, día 8, E. y yo cenamos con Antonio Crespo Massieu y con Carmen Ochoa, su compañera. Fue una velada de charla, de búsqueda en la memoria común, de reflexiones en voz alta, de crítica o elogio a amigos poetas (y a poetas menos amigos), de debate político y de recapitulación sobre su nuevo libro - libro que fue, junto a una amistad nacida hace algunos años, tras la obtención por Antonio del premio de poesía Ciudad de Irún, la excusa perfecta para celebrar la cena que veníamos aplazando sin mucho sentido-. El peluquero de Dios es un magnífico libro de relatos que nos revela la más profunda dimensión de la labor literaria de Antonio -quien, como ha quedado dicho, es poeta también-. Son siete cuentos intensos, sin material sobrante, que nos acercan a distintos momentos de nuestra hisotira (y de la historia europea) a través de personajes llenos de vida, que sufren contradicciones, que vislumbran los claroscuros de la realidad, que aman, recuerdan... y sufren. El profesor que asiste a la última clase antes de la jubilación y evoca sus entusiasmos iniciales, en un tiempo en el que apuntaban los primeros indicios de la transicíón política española; el peluquero que vive un drama profundo, contradictorio, lleno de aristas y de conductos a la desolación, en el campo de exterminio de Treblinka; la mujer que regresa al Madrid adolescente desde un Nueva York mítico y mitificado; el espectador que vive en un pequeño reducto en el interior de un cuadro...
En El peluquero de Dios está la memoria de nuestra guerra civil. Están los años del cambio hacia la democracia de la que todavía gozamos. La sombra del exilio y de la muerte lejos de las raíces. Los rescoldos de la Argentina de los desaparecidos bajo una de las más crueles dictaduras del último medio siglo. Cuentos para recordar, para vivir (y para aprender a vivir), para avivar una conciencia crítica, para reconstruir el inconsciente colectivo ante los grandes dramas que han vivido las sociedades contemporáneas. El libro, recién aparecido bajo el sello Bartleby Editores es una de esas extrañas obras, de no muy grueso formato (pienso en Los girasoles ciegos, de Alberto Méndez), que descubren a un autor no por desconocido menos sólido, ambicioso y sensible. La difícl sencillez del relato. La transparencia. La emoción. La zozobra y la incertidumbre. Todo eso, y mucho más, está en esta colección de cuentos.
El relato no es un género fácil. El lugar que ocupa dentro de la narrativa no siempre es reconocido por los grandes editores y la mayor parte de los libros que se editan se ven condenados a arrastrar una vida clandestina o semiclandestina hasta que llega la vara mágica de un éxito puntual, o de una Feria del Libro, o el dedo "recomendador" de un buen amigo para que los lectores no asiduos se acerquen a él.
Esta noche, cuando todos los que valoramos el papel que la música y determinadas letras jugaron en la conformación de nuestra educación sentimental, lloramos la muerte de Antonio Vega (otra más del grupo de quienes crecieron y maduraron, humana y artísticamente, a la par que avanzaba una sociedad -la nuestra- recién salida de la dictadura hacia la plena democracia), me atrevo a recomendar con fervor, con pasión, con la certeza de que de su lectura a nadie dejará indemne, El peluquero de Dios.

DE ANTONIO VEGA Y DE SU MUERTE PREMATURA

Qué decir de Antonio Vega? Algunas verdades esenciales: su muerte nos habla de la fragilidad de una generación que tuvo que aprender, sin reglas establecidas y sin caminos trazados, a vivir en libertad. Que maduró sin darse cuenta, como si los juegos con que se estrenó la movida madrileña no fueran a terminar nunca. Que avanzó entre parques asediados por el paro de los ochenta y las jeringuillas tiradas en medio de la hierba como testimonios de la fragilidad de una juventud escéptica, confusa, deslumbrada por la libertad y, a la vez, atada a una adolescencia perpetua (¡tan hermosa cuando se evoca en la distancia de los años, tan frágil y pasajera cuando la muerte prematura la ilumina al fondo del túnel de la memoria más amada!). Antonio Vega había cumplido cincuenta y un años y era de una generación de jóvenes inconformes, sentimentalmente atados a las noches sin límite, de seres endebles y apasionados que jamás creyeron que algún día podían peinar canas, cumplir el medio siglo, alcanzar la edad que alguna vez tuvieron sus padres.

Antonio Vega, el genio de La chica de ayer o de El sitio de mi recreo, deja un vacío de piedra en la memoria de todos. Incluso en la de quienes, como yo, éramos algo mayores que él y que los músicos que lo acompañaban en Nacha Pop cuando las canciones citadas vieron la luz, y vivíamos alejados de aquella movida que el tiempo hace crecer y depura. Sus textos y músicas atizan la añoranza de un tiempo irrepetible. Nos hablan, al tiempo, de un submundo cruel, en el que la imaginación y el dolor parecían condenados a ir, por siempre, de la mano (¿cómo no recordar a Enrique Urquijo, a Antonio Flores, a tantos otros que transitaron ese camino dual y tormentoso?), en el que aquella felicidad posmoderna y ecléctica, que miraba de reojo hacia las grandes movilizaciones obreras de los ochenta, o hacia el golpe del 23-F, o hacia la reconversión industrial iniciada por Felipe González, parecía hecha con la materia de los sueños. De una materia, en todo caso, parecida a la que cimentó la geografía inolvidable de una bella novela de Scott Fizterald y cuyo título parecía pensada para Vega y sus coetáneos: Hermosos y malditos.

Termino con dos invitaciones: a escuhar, como homenaje a Vega, una de sus canciones (ya sé que no soy nada original: pichad aquí o aquí) y a recobrar una anotación en este blog de hace casi dos años. Su título (pinchad en él): "La chica de ayer".

Viaje por la mala conciencia: LOS FILOS DE LA NOCHE, una novela reescrita. Una nueva novela.

En breve, Los filos de la noche, mi segunda novela, estará otra vez en librerías. Oculta desde hace muchos años, ha vuelto entre nosotros c...