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lunes, 4 de mayo de 2009

Sobre el blog y sus efectos / Dos breves homenajes: Pablo Lizcano y Ana María Navales

Hoy, Al margen estrena telón de fondo en la cabecera. Un nuevo paisaje toma el relevo a la carretera solitaria que se perdía entre montañas y que lo ha presidido en las dos últimas semanas. La fotografía, al igual que la que puede el lector ver a la izquierda, fue tomada por quien firma esta nota en el otoño de 2005: es el valle del Lozoya contemplado/atrapado desde el Mirador de los Robledos, junto al monumento al guarda forestal, en un claro del bosque que se extiende entre Rascafría y Navacerrada. Habrá, en el futuro, otras fotografías de cabecera. Lo he decidido. Si el blog (ver notas posteriores) es dinamismo e interactividad, ¿por qué su encabezamiento, su ilustración de fondo, ha de mantenerse, sin cambios, por los meses de los meses?

Sobre el blog y sus efectos
A lo largo de la tarde del domingo le he dado vueltas al abanico de razones que lleva a una persona, sea o no escritor, sea o no periodista, a confesarse de vez en cuando mediante anotaciones (o "entradas", ese término tan genérico y que tan poco me gusta) en un blog. Y he llegado a una conclusión: junto a la necesidad de meditar en voz alta, de compartir experiencias, hay no pocas dosis de vanidad, de narcisismo. Es algo muy parecido, si no idéntico, al impulso que lleva al escritor, o al artista plástico, o al cantante, a proyectar en los demás sus fantasmas en busca de un reconocimiento. Pero hay algo más: búsqueda de amparo frente a la soledad. Hay necesidad de comunicación, una comunicación meditada (aunque sin la gravedad que requiere un libro) y necesitada del juicio ajeno, un juicio que el propio género demanda en un tiempo casi inmediato. El bloguero pone sus fantasmas en la plaza pública y espera el veredicto, el ánimo de los demás, la comprensión, la crítica, el "comentario". Y lo espera en un tiempo razonablamente corto. Es como el pescador que echa la caña y pacientemente aguarda que el pez pique el anzuelo para dar por concluida la faena del día y proceder a preparar la pesca del día siguiente. Blogs para la vanidad propia y para combatir el anonimato. Blogs para el consuelo y la compañía. Blogs para crear, para llorar, para protestar, para amar, para odiar, para avivar la memoria y proyectar ternura. Blogs para las tardes de lluvia de los sábados y para el portátil sin apenas cobertura y manejado en la montaña. Para aprender y para enseñar. Para encontrar amigos perdidos en la niebla de otros años (Juan Carlos Montoya, el fotógrafo espléndido del que perdí la pista hace varios años y al que, gracias a la blogosfera, volví a encontrar alumbrando una nueva existencia en la Granada de Lorca, es el ejemplo más reciente) y para descubrir complicidades impensadas. El blog es interactividad pura y dura. Dinamismo creativo. Espacio de encuentro y espacio de intercambio. Tierra de las emociones y del compañerismo, de la hermandad y del llanto. También de la risa y de la incredulidad.

Hasta aquí esta anotación que pretendía ser una reflexión sobre las papelerías (sí, no se extrañe el lector, sobre las papelerías, no sobre las librerías) y que se ha convertido, por arte de magia y por esos inexcrutables caprichos de la conciencia (mala) en una meditación sobre el blog. ¿Un nuevo género literario? Quizá. El tiempo, implacable juez, lo dictaminará.

Dos breves homenajes: Pablo Lizcano y Ana María Navales
Concluyo con dos recuerdos obligados (o dos pequeños homenajes): hoy he sabido que Pablo Lizcano, periodista y escritor, ha muerto ("las bombas comienzan a estallar cerca", pensé cuando he conocido la noticia en la conciencia de que pertenecemos a la misma generación). Lo conocí a principios de los noventa, en labores de periodismo y gestión cultural, y fui un devoto de su programa de televisión (creo que en La 2 de TVE): entrevistas de calidad, profundas conversaciones y una cercanía inteligente hacia esa zona en la que la cultura y la política saben relacionarse, mezclarse, dar lugar a un ser mestizo y enriquecedor. Descanse en paz Pablo Lizcano y vaya mi abrazo a Rosa (Montero), su compañera.

El otro recuerdo es hacia Ana María Navales, a quien no vi en mi última visita a Zaragoza. Allí charlamos, Esperanza y yo, de adolescentes e institutos, de fracasos escolares e inmigración, con Manolo Vilas, José Luis Calvo y María Ángeles Naval, los hermanos maños, amantes de la literatura y del buen vino, pero también de los amigos literarios de Aragón. Entonces lo supe: pregunté por Ana María y el propio Manolo me lo dijo. "¿No lo sabes? Murió hace unas semanas". Sentí una sensación extraña: sobre Ana María escribí, a principios de esta década, algunos artículos de crítica literaria en varias revistas, me ocupé, en Babelia, de algunos de sus poemarios y tuve la satisfacción de prologar sus cuentos completos (Cuentos de las dos orillas, 2001), editados magistralmente por la editorial canaria Prames. Pensé en Turia, la revista que codirigía con Raúl Carlos Maicas, en unas jornadas memorables en Albarracín con motivo de mi participación en el jurado de un premio de cuentos, jornadas en las que charlamos hasta el agotamiento con Mario Muchnik y Nicole y en las que pude comprobar que en Ana había, junto a su sabiduría literaria, junto a cierto descreimiento respecto a un mundo literario que no siempre había sido justo con ella, una generosidad sin límite y una vocación poética primigenia, poderosa. Descanse en paz.

Viaje por la mala conciencia: LOS FILOS DE LA NOCHE, una novela reescrita. Una nueva novela.

En breve, Los filos de la noche, mi segunda novela, estará otra vez en librerías. Oculta desde hace muchos años, ha vuelto entre nosotros c...