jueves, 27 de junio de 2019

Recordando a Pavese, leyendo a Margarit y pensando en mis diarios.


Leí a Pavese a finales de los años 70. Leía a Pavese en el autobús o en el metro y me reunía, algunas noches y sin saberlo, con la traductora de los libros que me acompañaban. Aunque creo haberlo contado en algún otro lugar, vuelvo a ello pensando en otros lectores: hablo de Esther Benítez, a quien solo conocía por su nombre y apellido, con quien compartía debates en una célula del PCE del barrio de Manoteras y de la que no sabía su condición de traductora de referencia de la lengua itliana. Leía Oficio de vivir / Oficio de poeta (en la edición de bolsillo de Bruguera y traducido por Esther) en los amaneceres de camino a la oficina bancaria en que trabajaba y me reunía una noche por semana con ella y con otros militantes del barrio de Manoteras pensando que simplemente era una activista más (la recuerdo con sus gafas de cadenita, unas veces puestas, otras colgando sobre el pecho) e ignorando por completo su condición de traductora de los libros que leía aquellas mañanas. Entonces, quienes accedíamos al mundo de la literatura y leíamos con voracidad cuanto llegaba a nuestras manos no reparábamos en quien traducía cada obra. Salvo que se tratara de Cortázar, o de algún otro monstruo viviente o no de la literatura, nunca leíamos el nombre del traductor. Y, como consecuencia de ello, nunca lo grabábamos en nuestra mente. Con ese mismo grado de ignorancia identitaria leí algunas de las novelas que publicó Isaac Montero en aquellos años y solo muchos años después supe que era esposo de Esther Benítez. También supe de su viva polémica en torno a la función de la narrativa con Juan Benet. En fin, ignorante que era uno en aquellos años de la transición primera.

Viene esto a propósito de mi reciente publicación de Escritor a la espera, mis diarios de los ochenta, y del proceso de revisión y corrección de los que escribí entre 2000 y 2008, aún sin título. He pensado en el origen de esa propensión. Y si bien en los ochenta su origen devino de mi necesidad de "hacer pluma", los diarios posteriores tuvieron mucho que ver con mi lectura de los ¨"oficios" pavesianos, con una rara necesidad de detener el tiempo, de dejar constancia de experiencias personales no sé si valiosas socialmente pero sí sentimentalmente muy significativas. Soy consciente de que el blog, este blog, en el año en que nació, 2007, comenzó a suplantar, poco a poco a los diarios, a ocupar su espacio. Sin embargo, hay una diferencia sustancial entre los diarios que uno escribe en la intimidad, con una cierta vocación reflexiva o meditativa, escritos siempre con la idea de su no publicación inmediata y, por tanto, con la posibilidad de ser sometidos a la corrección, al "afinamiento", a las sutilezas más elaboradas, y el blog que se escribe para su publicación casi inmediata, al día siguiente o dos días después de que la correspondiente entrada hay sido escrita.

Lllama la atencion la perseverancia de algunos autores (pienso en Andrés Trapiello, cuyos diarios son casi la novela de su vida) manteniendo diarios abiertos, con la edición de sucesivos tomos, durante décadas). A mí me ocurre lo contrario: es en períodos muy especiales, en los que mi espíritu se mantiene con una cierta calma, poco desbordado por los acontecimientos, y en los que cuento con algunas horas libres a lo largo de la semana (mis diarios no son "diarios", sino de publicación irregular, con intervalos de días, en algunos casos semanas o meses). El diario es un lugar de encuentro entre la literatura y la cotidianidad, entre el pensamiento y la creación, entre el yo y los otros. Una suerte de campo de pruebas en el que quedan rastros de toda índole sobre las pulsiones, querencias y fobias del escritor. Y donde se acumulan indicios y materia

En otro plano sitúo las memorias, las autobiografías literarias, las evocaciones sobre la propia vida. Escribo esto a propósito de mi lectura del libro en el que Joan Margarit evoca su infancia y adolescencia, Para tener casa hay que ganar la guerra. La memoria de un niño que crece en una familia de derrotados en la guerra civil. Sometido a un itinerario, marcado por la profesión de la madre, maestra, de pequeñas ciudades de residencia en las que la penuria cultural y la menesterosidad de la mayoría era norma. Es curioso cómo Margarit describe las mudanzas de una ciudad a otra (Sanaüja, Figueras, Rubí, Barcelona), el poso de tristeza y de grisura que actúa como telón de fondo de un mundo que acabaría suministrando buena parte de las claves de lo que corriendo el tiempo sería su poesía. Curiosamente, en el libro es visible un contraste rotundo entre la luz oscurecida que ambienta sus primeros años, especialmente marcadas por las necesidades económicas familiares, por la austeridad obligada (en el borde de la pobreza) y por las dificultades del padre para realizarse profesionalmente como arquitecto y, a la vez, disponer de unos ingresos saneados, y la claridad atlántica, casi alegre, con que evoca la adolescencia y la primera juventud en Santa Cruz de Tenerife, ciudad en la que viviría, según cuenta, los mejores momentos de la etapa descrita en el libro.

Es inevitable establecer el contraste ente la memoria leída en otros y la propia memoria. La lectura de Para tener casa..., sobre todo aquellos pasajes en los que con todo detalle Margarit habla de las mudanzas y traslados familiares, del efecto que tuvieron en su conciencia, en su educación sentimental, en el cultivo de la soledad y en su propia vocación poética.me ha llevado a recordar espacios de mi vida que parecían cegados, ensombrecidos, casi olvidados por completo. Hasta mi emancipación, en el remotísimo 1976, viví dos traslados familiares: del barrio de la Alegría, mi "paraíso" de casitas bajas con patio y sin servicio alguno, a la UVA de Hortaleza, una mudanza obligadas por la demolición del barrio y por mandato gubernamental, en 1963. Uno o dos años después, mi padre compró a plazos un piso en la Vallecas semiagrícola de Palomeras Altas y, para arreglar la casa de la UVA, hubimos de desplazarnos al piso nuevo, donde creo recordar que vivimos unos meses y del que solo guardo muy borrosos recuerdos: el descubrimiento de la prensa deportiva en un kiosko que hoy situaría en el Alto del Arenal, el cine de verano en medio de las manzanas de chabolas de lo que debía ser Palomeras Bajas, y alguna caminata, junto a mi madre, hasta lo que por entonces era la "civilización": la Avenida de la Albufera. Nada queda de los detalles de las mudanzas, de los muebles que trasladamos, de las opiniones de unos padres a los que recuerdo agobiados por el día a día y poco propicios a la confidencia.

miércoles, 22 de mayo de 2019

Literatura en el barrio: Coslada y otras plazas similares


Sólo he impartido un taller de escritura en mi vida. Fue en Managua, a principios de 2011, y lo fue sobre el poema de Gabriel Celaya que más me gusta y más me emociona entre todos los suyos por su tono conversacional y su cercanía alejada de la proclama y del manifiesto. Pertenece al libro De claro en claro (1956) y se titula "Momentos felices". El poema comienza así: “Cuando llueve y reviso mis papeles y acabo / tirando todo al fuego...”. Reconozco que debo de ser una excepción en un panorama amplísimo de autores que imparten talleres de todo género y que ponen al descubierto los trucos y secretos de su escritura (o los trucos que aprendieron en un tiempo remoto) ante grupos de alumnos entusiasmados con sus enseñanzas y, casi siempre, con el sueño del primer libro, del primer artículo en la prensa o de su primer cuento publicado.

Mi relación más cercana con ese tipo de actividad ha sido impartir cursos o celebrar encuentros con unos alumnos (la mayoría, alumnas) muy especiales. Hablo de los centros de educación de Adultos, o de los centros culturales de barrio, foros que forman parte de un mundo muy alejado del universitario, a años luz del que nos solemos construir los poetas cuando participamos en un festival internacional, o en un encuentro o mesa redonda en una universidad, o en un congreso sobre literatura.

Hasta mediados del próximo junio imparto un curso en un pueblo (más bien cabría decir una ciudad) como Coslada, vecino de Madrid y volcado, casi imbricado con el de San Fernando de Henares, al nordeste de la región. El temario es muy preciso aunque el contenido lo tengo que aportar yo con un ajuste necesario: acercarlo al nivel medio de la clase, evitar distancias, incomprensiones, aburrimiento.  La poesía y la novela desde la posguerra hasta los años 80 del pasado siglo. De Rosales o Panero, o de Cela o Ignacio Agustí, a los poetas y narradores más recientes. Es decir, sobre los cimientos en que se asientan nuestra novela y nuestra poesía de hoy. 

El encuentro semanal con los alumnos de Coslada, casi todos jubilados o prejubilados y la mayoría mujeres, me ha hecho evocar otras experiencias similares. En mis viajes desde casa al centro cultural días he recordado mis dos o tres visitas a presentar libros al CEPA de Entrevías, o una conversación con alumnos parecidos en un centro en Carabanchel  hacia 2006 ó 2007, o la presentación de La voz dormida, la novela de Dulce Chacón, en la primavera previa a su enfermedad y a su muerte, en un salón rebosante de mujeres con la memoria alerta, muchas de ellas conocedoras de primera mano o a través de familiares muy próximos, de la realidad que la novelista cuenta, del mundo penitenciario que en los años cuarenta construyó el franquismo llenando las cárceles de demócratas con convicciones de izquierdas, de mujeres que negaban el ideario y el modo de vida cuya implantación había delegado en la Sección Femenina. 



Uno siempre va acompañado de la memoria haga lo que haga. Somos selectivos y esa selección mental se aviva ante aquellas experiencias del presente que tuvieron, aunque en otro plano o en otra dimensión, su pasado. El curso de Coslada, del mismo modo que otros que he tenido la fortuna de impartir en centros culturales de barrio, me ha trasladado a un tiempo remotísimo, quizá a los días que evoca mi Escritor a la espera, cuando en al barrio de mi adolescencia, la UVA de Hortaleza, un grupo de aguerridas y muy jóvenes profesoras (dónde estaréis la mayoría, me he preguntado muchas  veces) creó la matriz de lo que pasado el tiempo (poco tiempo) sería un Centro de Educación de Personas Adultas.  Mujeres que la historia había desplazado a la vida hogareña y a la subsidiariedad descubrían de pronto las puertas que podían abrir a mundos desconocidos: cursaban el Graduado Escolar, algunas daban el salto al bachillerato y muy pocas alcanzarían la universidad. Eran la retaguardia del movimiento vecinal de la época y eran también los bastiones de una ambición cultural, de un afán de ilustración que no se veía en los hombre. En Entrevías, en Carabanchel, en Fuencarral, en Coslada…. En sus centros culturales, treinta años después de aquellos momentos fundacionales, he vuelto a ver el mismo entusiasmo, el mismo afán por aprender, el mismo deslumbramiento ante un poema, ante la anécdota de un escritor o de una escritora, ante el desvelamiento de los secretos técnicos que se esconden tras una frase magistral o tras un verso estremecedor..

Hablo de Blas de Otero, leo poemas de Claudio Rodríguez, les acerco a las sevicias que vivió Paca Aguirre de niña y de adolescente, les descubro a Ángela Figuera, me interno en los pasadizos de un Carlos Sahagún desconocido o en la canción francesa (de la que algunas de ellas guardan memoria) que Gil de Biedma evoca en uno de sus poemas más felices. O me refiero a los oropeles de los novísimos, o a la mezcla entre Conchita Piquer y Los Beatles de la poesía de Manolo Vázquez Montalbán  y en los rostros de todas ellas vislumbro la devoción por aquello que la sociedad les ocultó. Son las representantes del otro feminismo, del menos visible, del que ha nacido en el barrio e intenta sobrevivir entre las rutinas de lo cotidiano. Ellas vienen al curso y descubren el otro lado de la vida, de la historia y de la Historia. 

jueves, 2 de mayo de 2019

Volver al blog, volver a casa

Revisando mis diarios de la primera década del siglo (llevan por título provisional Umbral de un siglo y abarcan un período que va de 2001 a 2008) me doy cuenta de que el impulso que me movía a escribirlos fue agotándose en paralelo a la apertura y consolidación de mi primer blog. De este blog. Fue inaugurado hace doce años, coincidiendo con la Feria del Libro de Madrid de 2007 y su vida ha sido rica y diversa hasta los aledaños de 2016. Fue perdiendo fuelle al mismo tiempo que mi recurso a las redes sociales, especialmente a Facebook, se intensificaba. Ahí he ganado amigos y algunos enemigos, he comprobado la fugacidad de cuanto se escribe, la inmediatez de las polémicas, la tensión de algunas conversaciones (por llamarlas de algún modo) y la difícil presencia de lo reflexivo y hondo. Ha sido un viaje extraño: de los viejos diarios manuscritos al blog, del blog a las redes y de las redes... ¿a dónde?



La pregunta solo tiene, a mi parecer, una respuesta: al blog, sin duda. En mi caso, este blog compartía con los diarios la extensión de cada texto (de cada "entrada"), la posibilidad de profundizar en aquellos asuntos a los que en cada una de ellas me refería, la escritura reposada y el gusto por el lenguaje literario. Tenía (tiene) algo de columna periodística cruzada por la aspiración a prosa poética con el hilo conductor propio del diario. Es decir, sólo (o esencialmente) lo aleja del diario la inmediatez de su publicación. Mis diarios de Escritor a la espera han dormido el sueño de los justos durante algo menos de treinta años. Se han publicado hace solo unos meses. Los que escribí entre 2001 y 2008 siguen al día de hoy en reposo (aunque en proceso de corrección). El blog, sin embargo, va de la cocina literaria a la mesa: es lo casi inmediato aunque en el proceso de escritura sea, para mí al menos, el territorio del reposo y la meditación. Hoy lo escribes y mañana está a disposición de los lectores.

El blog, en efecto, ha entrado en crisis, pero todo escritor consciente del oficio y del alcance de la literatura, debería acudir a salvarlo. Y yo lo hago de la mejor forma posible: volviendo a él después de doce meses sin adentrarme en sus escenarios en busca de los lectores que quizá lo fueron abandonando por la irregularidad penúltima en el ritmo de publicación.

Volver al blog tiene, para mí, algo de tabla de salvación. Del blog (de otro blog) surgió mi libro Letras viajeras y no es descabellado pensar que de este Al margen se derive el tercer volumen de mis diarios. Aquí, en este espacio que no hace tanto frecuentaban muchos lectores, he hecho memoria, he recobrado infancia y adolescencia y señalado la huella que en mí han dejado seres muy queridos, he volcado mis fantasmas personales (políticos, literarios, existenciales), he viajado, he redescubierto poetas y libros a los que la actualidad (rabiosa y cruel) y las ambiciones del mercado fueron desterrando, han venido a verme, con sus poemas, amigos próximos y amigos remotos, he indagado en la trastienda de dolorosas muertes, he reflexionado sobre mi propia obra y sobre la ajena, he polemizado con fervor y sin paños calientes... En fin, he vivido en la escritura.

Vuelvo al blog, amigos, y es como volver a un hogar que inexplicablemente fuimos abandonando. Vuelvo porque lo necesito. Disciplina y observación. Como en los viejos diarios. Y vuelvo hoy, 2 de mayo, escribiendo al abrigo de antiguos recuerdos, a la sombra del porche de la casa familiar del Valle del Lozoya. Aquí os aguardo.