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domingo, 15 de febrero de 2026

Viaje por la mala conciencia: LOS FILOS DE LA NOCHE, una novela reescrita. Una nueva novela.

En breve, Los filos de la noche, mi segunda novela, estará otra vez en librerías. Oculta desde hace muchos años, ha vuelto entre nosotros como una criatura  recién nacida. Aquí cuento su pequeña historia. La pequeña historia, que es parte del prólogo de un libro que es, en el fondo, una nueva novela.

En los primeros años setenta, cuando comencé a escribir poesía con una clara voluntad literaria, no imaginaba que mi pasión por la literatura, que se había iniciado con la poesía una década antes, iba a tener una derivada persistente en la novela. La novela como artefacto literario, como lugar de descubrimiento de las capacidades del idioma, sin duda. Pero también como instrumento de creación de mundos, de personajes, de inyección de nueva vida, de nuevas realidades en la realidad cotidiana. Una brecha en el tedio. Un ventana a la memoria. Un juego de reinvención. Escribí, a mediados de los años ochenta, Mar de octubre (a la que aludo en una entrada anterior de este blog ) y poco tiempo después de terminarla, comenzó a crecer, sin que apenas me diera cuenta, una narración nueva que acabaría llevando como tírulo Los filos de la noche.


Durante algunos meses, una imagen, probablemente asentada en algún recuerdo (pasa casi siempre) había rondado mi mente de forma muy tenaz: un hombre sentado en una hamaca en un jardín disfrutando, semidormido, del sol otoñal, recibe la inesperada visita de una mujer con la que convivió durante años y con la que rompió de manera definitiva. Abel era el nombre que le dí al hombre. Elia, en homenaje a una amiga que, en 1976, fue torturada por la policía política en la DGS hasta perder el bebé del que estaba embarazada, fue el nombre de ella. Ese retorno hace tambalear el edificio de aislamiento y dedicación a la literatura de Abel y abre la puerta a una noche de diálogo entre los dos en el que los reproches se alternan con los recuerdos y con el que la voz narrativa va construyendo el mundo en que vivieron cuando eran pareja. Un tiempo que va de 1968 a los primeros años de la transición política.

Esa es la trama de Los filos de la noche.  Cuando apareció el libro en primera edición (Fundamentos, Madrid, 1990) había una sección en el suplemento de Libros del diario El Sol titulada "El autor ante su obra". El suplemento lo dirigía Manolo Longares y en la sección citada se publicaban las impresiones de los autores ante sus libros recién editados. Era quizá la pequeña dosis de egoteca que se preveía en una publicación semanal en un tiempo en el que no eran ni siquiera imaginables las redes sociales que han florecido en Internet a lo largo de lo que llevamos de siglo XXI. En aquella sección escribí un artículo que llevaba por título "Raíces al acecho. Semillas" en el que contaba mi experiencia de convivencia con la escritura de la novela. Hoy ese artículo, con algunas actualizaciones imprescindibles, es el prólogo de la nueva edición.

A lo largo de su escritura, la narración se me reveló como una novela de la "mala conciencia".

En la escritura de la novela me guiaron dos impulsos: el estético, consistente en la búsqueda de un modo de narrar distinto, hasta cierto punto innovador. Y el ético, basado en la indagación en las contradicciones que vivimos quienes éramos muy jóvenes en la transición y despertamos a la vida en los años últimos de la dictadura de Franco. Respecto al estético he de reconocer que por aquellos años yo estaba muy colgado del nouveau roman y leía mucha teoría estructuralista. Esa circunstancia me llevó a ensayar una fórmula difícil y no siempre agradecida: me refiero a la narración en segunda persona y, a la vez, en estilo libre indirecto. El narrador dialoga permanentemente con los personajes, guía sus diálogos, accede a su memoria y a su meditaciones y reflexiones. Si al principio pensé que una voz narrativa de ese carácter podía tener poco recorrido, que haría muy difícil pasar, con soltura y sin trasladar una sensación excesiva de artificio, de cuatro o cinco capítulos, no tardé en darme cuenta de que no ocurría así: la novela fue avanzando sin apenas interrupciones a lo largo de dos años y, para mi sorpresa, el resultado fue más que digno..

En el plano ético se me reveló como una novela de la "mala conciencia". Si siempre he escrito a caballo de otras actividades ajenas a la literatura (invadiendo las noches, los fines de semana, las vacaciones...), en los años a los que alude la novela vivía en medio de una brutal contradicción: era imprescindible comprometerse, militar política y socialmente, trabajar todo el tiempo posible por la construcción de la democracia, por desafiar al franquismo. Relegaba la vocación literaria, la dejaba para tiempos mejores y lo hacía con una conciencia dolorida: el aplazamiento del tiempo de la literatura, las contradicciones vividas en la relación amorosa y erótica, el miedo y la prevención ante los embates del Régimen eran materiales enormemente valiosos que me suministraba mi experiencia de aquella época para afrontar la narración. Así, a lo largo del proceso de escritura volvieron a mi mente escenarios que llenaron un tiempo (los colegios mayores, la universidad, la vida en el barrio, el precario asociacionismo cultural que llevó a la periferia las mejores películas del cine "no oficial" del país, la trastienda de las parroquias obreras, el amor crecido entre la implicación política y la sentimentalidad más íntima) y en ella encontré una forma de recapitulación, una suerte de regreso a la vida de muchos, de quienes acumularon renuncias personales por construir un país nuevo.




Los filos de la noche está de nuevo en la calle e incorporada, como una novela nueva, al catálogo de Huso Narrativa. . Para los nuevos lectores y para los menos nuevos.

La novela también se adentraba en otro mundo, también vinculado a la geografía emocional de mi generación: la búsqueda en el mundo rural del contrapeso de la vida urbana. El viaje a pueblos semiabandonados como forma de compromiso con una realidad que iba perdiendo su identidad. En este caso, Elia y Abel, y el grupo de amigos que les acompañan en la trama, alquilan una vieja casa en Patones de Arriba, no lejos de Madrid y en los años en que escribí la novela al margen de la pasión turística que hoy ha transformado el pueblo. Allí se desarrollará parte del argumento. Es una zona de la memoria que una y otro frecuentan. Las cerámicas, los tapices sudamericanos, las músicas de la época y los sueños que oscilan entre las vocaciones artísticas, el cine nerorrealista italiano (y el realista de los primeros Bardem o Berlanga)  y la batalla cotidiana por la libertad completan un puzzle que no fue en aquellos años sino el reflejo de mi geografía emocional.

Dos década después de su primera edición, a comienzos de 2010, volví a la novela. La releí con dudas y la dejé en stand by tras darme cuenta de que las prisas de entonces, la juventud excesiva y algunos abusos retóricos hacían aconsejable una reesceitura. Así, a mediados de 2014 inicié un proceso de reescritura que duraría hasta los años de pandemia. Lo hice con tranquilidad, sin prisa, aprovechando los ratos libres para ello y, en su caso, para corregirla y saldar alguna deuda literaria y emocional, hasta que, tras una ultimísima lectura,  en diciembre del pasado año estuvo lista para su reedición. 
Gracias a la generosidad de Mayda Bustamante, Los filos de la noche está de nuevo en la calle e incorporada, como una novela nueva, al catálogo de Huso Narrativa. Para los nuevos lectores y para los menos nuevos. 


viernes, 9 de marzo de 2018

La nueva vida de MAR DE OCTUBRE, una novela que vuelve desde el remoto 1989. Mi primera novela

Hace algo más de una semana publiqué en el diario digital Nueva Tribuna (y después en este mismo blog) un artículo sobre el negro destino de los libros descatalogados o publicados, sin reedición, hace décadas fuera cual fuera su nivel de calidad. En el artículo planteé las enormes posibilidades que ofrece la era digital y las nuevas conquistas tecnológicas. Me he aplicado el cuento con mi primera novela, MAR DE OCTUBRE, publicada en 1989, y hago la prueba. De eso escribo a continuación.

En 1984 empecé un cuento. Creo que fue en otoño, en uno de aquellos otoños en que, a la vuelta de vacaciones, yo regresaba a la actividad cotidiana con unas ganas irreprimibles de escribir, de recuperar las tardes de octubre, y los fines de semana invernales, y las noches que me era posible para convivir con la pasión que había mantenido relegada durante muchos años: la literatura. El cuento que comencé a escribir trataba del regreso de un joven escritor a los lugares en que, de niño y adolescente, pasaba las vacaciones veraniegas. Mar Menor, Cabo de Palos, los parajes mineros de La Unión y de El Estrecho al este de la ciudad de Cartagena: tales eran los escenarios a los que volvía. El cuento se iniciaba en una tarde de octubre, de lluvias esporádicas y ambiente gris, con el protagonista Martín Revuelta conduciendo desde Madrid tras dejar atrás la ciudad de Murcia, a la pequeña localidad de Los Urrutias. No tenía nada claros los caminos por los que iba a derivar la trama, sólo tenía claro que Martín debía llegar al mar, alojarse en el pueblo de los veranos infantiles e iniciar una investigación sobre una experiencia vivida de adolescente: la aparición, junto a la empalizada de uno de los embarcaderos, del cadáver de una joven.

La novela, en la edición de Fundamentos (1989) en segundo plano y, en primero,
en la nueva edición en tapa blanda (Amazon / El Umbral)
El cuento se fue alargando hasta cobrar la forma primero de una nouvelle y más tarde, a lo largo de dos años, hasta convertirse en una novela. Eran los años del "boom" de la nueva narrativa española. Recuerdo que mientras yo escribía la narración se publicaron Luna de lobos, la primera novela de Julio Llamazares, Beatus Ille, de Muñoz Molina,  y en los dos o tres años posteriores a su finalización, aparecieron La media distancia, de Alejandro Gándara, Ballenas de Pedro Molina Temboury, El silencio de las sirenas, de Adelaida García Morales, o Soldaditos de Pavía, Manuel Longares... Editoriales como Alfaguara, Seix Barral, Tusquets, Lumen o Anagrama orientaban su mirada hacia los nuevos narradores y la quiebra del experimentalismo de los setenta, que se había iniciado con La verdad sobre el caso Savolta, de Eduardo Mendoza, se manifestaba definitivo o, dicho con otras palabras,  en fase de no retorno.

Playa de Los Nietos. Mar Menor. En los años 70
Con la escritura de Mar de octubre viví una maravillosa experiencia: imaginé una realidad otoñal aplicada a un mundo con el que siempre había convivido en verano: inicialmente, de niño y adolescente, en el bullicioso universo de las vacaciones familiares y, más tarde, cuando me emancipé del hogar familiar, en casi todos los septiembres de la primera mitad de los años ochenta. Reconstruí, con la imaginación y velados por el otoño, los pueblos del Mar Menor, el marinero pueblo de Cabo de Palos y el universo entre especulativo y surrealista de una Manga naciente, cobrando un brillo entre hortera y cosmopolita con su flamante casino Doblemar (con hotel incorporado) y alrededor de un proyecto urbanístico-vacacional de rara modernidad, una modernidad casi hermanada con la vocación de nuevos ricos de los integrantes de las emergentes clases medias que comenzaron a aflorar como consecuencia del desarrollismo tardío del franquismo, antes de la crisis del petróleo de los años 70.

En mi memoria guardaba un Mar Menor rodeado de pequeñas localidades hechas a la pesca y a la atención a un turismo muy casero, de asiduos visitantes de la cercana Murcia, de Cartagena o de Madrid, pueblos con cine de verano (en algunos casos con dos cines), nacientes discotecas, algunas al aire libre, y con precarios comercios. Eso sí, sin centros comerciales ni hipermercados, quizá con algún supermercado doméstico como ligero apunte de lo que les depararía el porvenir. Vamos, pueblos "de andar por casa". A ese Mar Menor vuelve Martín, el protagonista y, en parte, narrador de mi novela. Y vivirá una curiosa experiencia en la otoñal soledad de una realidad que parecía pensada para prolongarse en un estío eterno. Martín volverá con mis recuerdos (como no podía ser de otro modo) y con una carga muy especial en la conciencia: la memoria de juventud del padre del autor (mi padre), nacido en Alumbres, y del abuelo minero, hijo del cobre y de la pirita, oriundo de La Unión. Poco a poco, en la novela se asomarían otras realidades: la Cartagena urbana, entre ciudad marina con puerto y ciudad manchega, los pequeños pueblos vecinos de las explotaciones mineras, las playas, entonces desiertas todavía, avanzando hacia los soberbios parajes de Calblanque (la acción se desarrolla a mediados de los ochenta), un Cabo de Palos todavía huérfano de su actual condición de pueblo de moda, y un ambiente que no viví de apacibles y acogedores pubs frecuentados por artistas retirados en la tranquilidad de un lugar con mar y clima benigno, no lejos de lo que hoy se conoce como Puerto Maestre. 

La Manga naciente: final década de los 60
Di por terminada la novela en 1986, tal y como cuento en el prólogo de la nueva edición. Durante algo más de dos años, el manuscrito peregrinó por algunas editoriales: estuvo a punto de publicarla Plaza Janés, cuando en Madrid llevaba su dirección literaria Osmán Vega, en una colección de nueva narrativa (cumpliendo con la denominación de moda de la época) que murió pocos años después y que se estrenó con Marcos Ordóñez y con Daniel Múgica; la envié a Seix Barral tras pedir consejo a Antonio Muñoz Molina, entonces principiante con cierto nombre acuñado en una columna en un diario de Granada y con puesto de funcionario en su Diputación, la leyó, o no, Pere Gimferrer, que me envió una carta, aséptica, valorándola positivamente y rechazándola editorialmente; Jorge Martínez Reverte hizo una infructuosa gestión en Alfaguara y al final, tras enviarla, sin encomendarme ni a Dios ni al diablo, un día de enero de 1989 a Fundamentos, que acababa de inaugurar nueva colección de narrativa, recibí una llamada de Juan Serraller tras la Semana Santa en la  que me comunicaba que quería contratarla. En muy pocos días, entraba en la oficina de la editorial en la calle Caracas, muy cerca de Rubén Darío, que entonces compartía con la editora y agente Cristina Vizcaíno, conocía a Juan, sentado tras una mesa de despacho y mecido por la nube de algún vaporizador antitabaco que olía a menta y a eucalipto  y salí a la calle con el contrato en la mano. Me pagaba muy poco pero la novela saldría en unos meses. Fue presentada en Madrid, un día de primavera de aquel año, por Jorge Martínez Reverte.

La primitiva Manga, en Ecthacrome
Ahora cobra vida de nuevo. Y lo hace de la mejor forma posible: a través de una plataforma como Amazon, en versión digital (kindle) y en papel con tapa blanda y para el mercado mundial. Es una contradicción, sin duda, clamar contra los monopolios de distribución y venta y, a la vez, reeditar libros ahí. Pero no creo que haya mucha diferencia haciéndolo en Random House, en cualquiera de sus editoriales, o en el Grupo Planeta, o en Anaya. Quizá si haya diferencia si hablamos de pequeñas o medianas editoriales independientes. Pero bueno, lo esencial es que Mar de octubre deja de ser un libro muerto como tantas primeras novelas, como tantos libros descatalogados y perdidos en remotas librerías de viejo o en tenderetes de saldo de quién sabe donde. También aparece en la misma plataforma mi segunda novela, pero de ella escribiré en otro momento.


Comprar en el enlace: Mar de octubre / Manuel Rico / El Umbral | Narrativa /Amazon. 242 pgs.
Versión kindle | En tapa blanda




Viaje por la mala conciencia: LOS FILOS DE LA NOCHE, una novela reescrita. Una nueva novela.

En breve, Los filos de la noche, mi segunda novela, estará otra vez en librerías. Oculta desde hace muchos años, ha vuelto entre nosotros c...