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jueves, 10 de marzo de 2011

Alfredo Buxán: un poeta a descubrir, a disfrutar, a situar en el lugar que merece

En mi última columna "Espejo y tinta", publicada en Culturamas.es reflexionaba sobre la escasa propensión de las editoriales de poesía más consolidadas a apostar por autores, jóvenes o maduros, con propuestas no convencionales que o no venían acompañadas de un premio institucional o carecían de garantías de contar con grandes posibilidades de vender muchos ejemplares. Añadía, y eso es lo que me parece más importante, que si eso ocurría con nuevos libros de autores nuevos, el vacío era clamoroso cuando se trataba de recuperar autores con obra de alto voltaje que había sido muy poco conocida (o nada conocida) por circunstancias diversas o que habían quedado marginados en razón de las modas, de las tendencias dominantes o de la mala suerte. Sabemos de la hondura y la calidad de la obra de un poeta como José María Millares Sall, Premio Nacional de Poesía 2009 porque hubo un pequeño editor, Emilio Torné, de Calambur, que se arriesgó a recuperar un libro irrepetible como Liverpool, perdido en el olvido de los años cuarenta del pasado siglo y a editar su obra póstuma. No sabemos cuántas editoriales supieron de la existencia de esas obras antes de llegar al despacho de Torné, ni cuántas decidieron no publicarlas: no se sabrá nunca. Lo que sí sabemos es que si no llega a ser por Calambur, los libros de Millares Sall seguirían durmiendo el sueño de los justos. Publicar a Benedetti, o a Blas de Otero, o a Gil de Biedma, o a Antonio Gamoneda, o a Ángel González, por no hablar de Gelman o de José Emilio Pacheco es, sin duda meritorio. Pero no requiere valor alguno: sólo contar con los derechos.

Lo complicado y a la vez valiente es la búsqueda. Intentar hacer justicia. Y en esa labor de búsqueda está la colección de poesía de Bartleby Editores desde su propio origen. Una labor que ha rendido algunos magníficos frutos, que en breve pondrá en los anaqueles de las librerías el primer tomo de la poesía completa de Javier Egea y que en un plazo muy corto publicará Las palabras perdidas, la poesía cuasicompleta de Alfredo Buxán, un poeta prácticamente desconocido (su nombre es seudónimo) y autor de una obra de un alto nivel de calidad, llena de capacidades emotivas y fronteriza con una poesía experiencial con una fuerte tensión lírica. Alfredo Buxán es poeta raro y exigente, ajeno a los círculos literarios, al mundo de los cócteles, de la farándula y de las presentaciones, un poeta preocupado por mantener su intimidad y, sobre todo, por el rigor en la escritura. Aquí os dejo una pequeña muestra de Las palabras perdidas

UNA PEQUEÑA MUERTE

Una pequeña muerte sucede cada día
muy lejos de nosotros, o nos pasa rozando,
en una aldea persa o a la orilla de un río.

Abajo, en la cantina donde compras tabaco,
o en el andén del metro que tomas cada día
para ir al trabajo rodeado de gente
que también va cansada.

Una pequeña muerte que tiene su reflejo,
aunque tú no lo entiendas, en la cama deshecha,
en una bombilla que de súbito se apaga
a media tarde y lo envuelve todo en el silencio,
en tus ojos cerrados y en el día que acaba,
en el triste lamento que los muebles exhalan 
cuando llega la noche. Una pequeña muerte
que te llena de asombro
cuando aceptas con pena que también es la tuya.

Con el telón de fondo de la Galicia costera (algunos de sus poemas respiran en Corcubión y cobran sentido a la luz de los recuerdos de infancia del propio poeta), Buxán construye un mundo hecho de  instantáneas de la propia vida, de detenciones en el camino para meditar acerca de la memoria, sobre el amor, sobre la soledad y sus asedios, sobre la vida más personal y el paisaje de pérdidas (la casa vacía, los lugares vividos, las lecturas),  que, con el paso del tiempo, uno va contemplando al echar la vista atrás, sobre el muerte del padre (con un par de poemas estremecedores) y sobre lecturas que lo han marcado y que marcaron a su generación. Buxán es novelista al que publicamos, hace una década, E. y yo en la efímera colección El Umbral que codirigimos (formaba parte del "sello" valenciano Germanía). Pero es, sobre todo, un gran poeta que, espero, saldrá de la zona de sombra en que habita cuando Las palabras perdidas esté en librerías.

El libro saldrá poco después de la "movida" mediática que ha acompañado (y acompaña) la aparición del último poemario del granadino Luis García Montero. No cuestiono esa movida. Sí cuestiono la discrecionalidad de los medios de comunicación, especialmente de los diarios, a la hora de abordar determinadas novedades. A mi juicio, Las palabras perdidas es un libro de peso, muy por encima, en nivel de calidad, de muchos otros libros que se publican con una aparato mediático más que significativo (sin llegar, por supuesto, al caso de  García Montero, cuyo último libro cerró un telediario de La 1 de TVE en fin de semana). Creo que es extraordinario que determinadas cadenas de radio, que la televisión incluso, apoyen a la poesía y a los poetas.El problema, sin embargo, es que ese apoyo, con la excepción de algún programa de la radio pública, siempre deriva por los mismos nombres (bueno, por el mismo nombre), lo cual traslada al lector una idea superficial y deformada de la riqueza y la pluralidad de la poesía española de hoy.

Alfredo Buxán es un exponente rotundo de la buena poesía que hoy se escribe en España. En este blog he venido dando cuenta de algunos otros grandes poetas desplazados de la actualidad literaria por razones de lo más diverso. Buxán, con la publicación de Las palabras perdidas, va a salir de esa zona de sombra. No tendrá una página en los suplementos culturales de los grandes diarios del país; tampoco tendrá múltiples entrevistas en radios y foros de Internet vinculados a los grandes grupos, ni cerrará el telediario del fin de semana. Pero llegará a muchos más lectores de los que ha podido llegar hasta ahora con algunas de sus pequeñísimas (y casi perdidas) ediciones casi clandestinas. Porque es un gran poeta. Porque es, además, un hombre, digámoslo con palabras machadianas, "en el buen sentido de la palabra, bueno". Os dejo con un poema de Alfredo Buxán, en galego, musicado por Xaquín Lera con el telón de fondo del universo emocional, en imágenes, del poeta.



domingo, 29 de noviembre de 2009

Palabras para José Viñals / El tiempo en los objetos

Para José Viñals, in memoriam
Palabras para José Viñals

José Viñals perdió la batalla contra la enfermedad. Vaya otoño que llevamos. Anteanoche recibí la noticia y no pude evitar un vacío extraño en la boca del estómago. Recordé de inmediato a Diego Jesús Jiménez y su marcha inesperada y recobré momentos de una amistad firme, casi siempre en la lejanía, cultivada a lo largo de más de quince años. Fue en 1995, en una de sus visitas a Madrid desde el Jaén que acabó por convertirse en su pequeña patria dentro de la patria universal del idioma (él, argentino de Corralito, Córdoba, era un eterno exiliado de los países y de las ciudades, un gran amigo de los pueblos, un grandísimo poeta), cuando lo conocí. Buscaba editorial de ámbito estatal para sus libros, buscaba reconocimiento, buscaba la proyección nacional que su poesía, su narrativa, sin duda alguna, merecían.
En aquellos años fue creciendo, a su alrededor, una constelación de jóvenes poetas que fueron trabajando por abrir paso a una obra caudalosa y brillante, que bebía en el surrealismo y las vanguardias, en la que había toneladas de sensualidad, y un trasfondo de tristeza, de conciencia de desterrado de la que nunca se liberó. Juan Carlos Mestre, José Ángel Cilleruelo, Lupe Grande, Jorge Riechmann,  Yolanda Soler, Juan Manuel Molina Damiani, José María Parreño...  Hoy recuerdo las largas conversaciones de aquellos días en un Madrid que no fue tan hospitalario como él esperaba, en el que vivió por un tiempo para terminar abandonándolo buscando mejores horizontes en Málaga primero, en Valencia después para, al final, retornar a Jaén. En 2000 obtuvo el premio Jaime Gil de Biedma con un libro intenso, Transustanciaciones,  y entre sus títulos (escribo de memoria) cabe destacar, en poesía, Milagro a milagro, Animales, amores, parajes y blasfemias y Elogio de la miniatura. La última vez que lo vi en Madrid fue hace tres años, con motivo de la presentación, en el Círculo, de He amado. Lo encontramos delicado de salud, pero ilusionado, hondamente comprometido con la poesía. Y con la narrativa. Lo digo porque escribió tres libros en prosa en los que no dudo en vislumbrar una voz equiparable a la de Juan Rulfo: los libros de relatos Miel de avispa y Ojo alegre y viejísimo (un buen homenaje a José sería publicar ambos en un volumen de "cuentos completos") y la novela, con una capacidad perturbadora difícilmente igualable, titulada Padreoscuro. Descansa en paz, José. A los que quedan aquí, sobre todo a Martha (maravillosa e inigualable tejedora de tapices), a Irene y a Andrea, a Gabriel, a Yolanda y a Celia, mi solidaridad, mi cercanía. Nuestra solidaridad y nuestra cercanía y nuestro calor.
Un breve poema de José (de Elogio de la miniatura):

"Nadie responde por mi nombre: yo me he ido. Lo que queda de mí es un polvillo ceniciento que cabe en una urna".
Y una obra poética singular, irrepetible, extraña, acogedora.

El tiempo en los objetos

Planchas de hierro, máquinas de coser (Singer, Sigma....), pequeñas y arcaicas básculas, cajas metálicas de membrillo y de otros productos, pesas y medidas, radios de galena y  aparatos de radio enormes de los años cincuenta y sesenta, maletas, arcones, cestas, cadenas oxidadas, banquetas, transitores primitivos, baúles, picadores de carne, frascos diversos, teléfonos, cananas de la guerra civil, tijeras oxidadas, pinzas, viejas monturas de gafas, viejas balas, cacharras de leche, antiguas botellas de gaseosa... Todos esos objetos, que parecen extraidos del universo rural y remoto al que tantas veces se refirió Viñals en sus poemas y en sus cuentos, y en los que alienta (o duerme) la vida de otro tiempo, pude contemplarlos, junto a otros muchos, hace poco más de una semana, durante la mañana de nubes y claros del sábado de noviembre, en dos lugares que sólo conocía de paso y a los que distintas circunstancias nos llevaron a E. y a mí.

El primero es el llamado centro de recursos ambientales de Garganta de los Montes, en la pedanía de El Cuadrón, en pleno valle del Lozoya. Allí, en lo que hace algunos años fuera sala de exposiciones, podemos ver ahora algo muy parecido a un museo etnográfico de la comarca. Los viejos del lugar, las familias más añosas de los pueblos del valle, han ido dejando allí algunos de los objetos que durante muchos años formaron parte de su vida cotidiana en un valle poco accesible hasta bien avanzada la década de los sesenta, al que las carreteras (si así podían llamarse) llegaban difícilmente y en el que la existencia se desarrollaba en íntima comuníón con la naturaleza.

Al pasear la mirada por aquellos objetos, muchos de ellos muy familiares por haberlos visto, en los veranos de mi infancia, en un remoto pueblo de Soria, no pude evitar pensar en el enorme acarreo de sueños, decepciones, esperanzas, gozo y sufrimiento, que podían albergarse en todos y cada uno de ellos. Son, cierto, seres inertes, hechos de madera o metal, o de otros materiales procedentes de la naturaleza. Pero llenaron de sentido las horas de cada jornada dentro de aquellas casas de adobe y piedra, de bajísimos techos y ventanucos (salvaguardas contra el frío de la montaña) que hasta mediados del siglo XX conformaron la arquitectura popular de esa sierra. No sólo desde el punto de vista individual, o familiar. Dieron sentido al mundo cotidiano compartido por toda una sociedad: la sociedad rural, un universo que hasta hace muy pocos años vivía casi aislado, protegido por la cadena de montañas que, desde La Morcuera al Mondalindo, constituye la barrera sur del valle.
El segundo "museo", infinitamente más completo y diverso, se encuentra en un lugar soprendente, extraño: el estanco de Lozoyuela, un viejo establecimiento situado en el centro del pueblo, en el que su propietario guarda un riquísimo y proteico legado familiar apiñado en las más variadas estanterías: junto a una colección de viejas máquinas fotográficas, vive otra de teléfonos cuyos más antiguos ejemplares proceden de los años de nuestra Guerra Civil. Además, aperos de labranza, soportes para fotografías, llaveros, balas, cartucheras, cascos, gorras militares utilizadas en el frente de Somosierra, no lejos del pueblo donde se encuentra el estanco...   Si alguna vez cualquiera de los lectores que recala en este blog pasa por el pueblo madrileño de Lozoyuela, no deje de lado el estanco. Aunque no fume, debe de entrar a comprar, por ejemplo, un paquete de chicle, perfecta excusa para llenar la imaginación con los centenares de objetos que conviven con el estanquero, con las diversas marcas de tabaco, con pequeños materiales de papelería.



Más de una vez, cuando viajo por las estrechas carreteras que surcan comarcas remotas de nuestra geografía, incluso por las zonas menos pobladas de la sierra norte de Madrid, o de la Tejera Negra, al norte de Guadalajara, suelo pensar en los vestigios de otro tiempo que, en forma de objetos cotidianos y utensilios de todo género, duermen detrás de las ventanas cerradas de las casas abandonadas que parecen hacer guardia junto a la carretera, o en los antiguos edificios de los pueblos semivacíos. Palanganas o jofainas, cántaros, botijos, baldes, cuchillos, cucharas, cordeles, peones y peonzas, espejos con marcos de bronce o de hierro forjado.... Los símbolos de un mundo desaparecido que sólo la sensibilidad de quien quiera recuperarlos para el presente  trasladándolos a una vivienda de hoy como objetos decorativos, quizá en una lejana ciudad, o de quien decida resucitarlos con la palabra a través del poema o del relato, puede concederles una nueva y diferente existencia. O de una entrada de blog en homenaje a un poeta que, como José Viñals, nos ha dejado algo más huérfanos.

martes, 11 de agosto de 2009

Niall Williams: la historia de la edición de su última novela

Nota previa: cambio imagen de cabecera. Del paisaje serrano próximo a Gargantilla del Lozoya al mar y al cielo, que parecen arder, de Ondarribia en un día de octubre de 2005. Fotografía que me recuerda tres memorables jornadas de reflexión y debate sobre poesía en el parador de esa ciudad que mira, por encima del mar, a Francia. Quede ahí como testimonio de uno de los momentos mágicos de aquellos días.

Pero .... vayamos a Williams

Hace poco más de un año publiqué en este blog una entrada sobre Sólo una palabra tuya, la novela de Niall Williams que había sido novedad de Bartleby en la Feria del Libro de 2008. El título era Niall Williams, la Irlanda relegada y la Feria del Libro de Madrid (pincha y podrás releerla) y consistía en un elogio apasionado del libro. No contaba el modo en que el original llegó a mis manos ni el proceso, lleno de coincidencias y buenos augurios, que condujo a su publicación. Hace unas horas, en uno de los blogs que de vez en cuando sigo, Heterónimos y las palabras de otros, he podido leer una emocionada entrada (¿o un post?) en la que Beatriz Bejarano del Palacio, la traductora de la novela que se "fogueó" por vez primera con Bartleby/Pepo Paz con su primera traducción literaria de relieve, cuenta su visión de la pequeña historia que llevó el libro de Williams al catálogo de Bartleby Narrativa. Un poco por gratitud a su generosa -y apasionada- narración y otro poco por mis vínculos con el mundo que ella cuenta (un mundo pequeño y accesible, hecho de afectos y casualidades, en el que una librería del barrio de Vallecas, Muga, ejerce una perseverante militancia en favor de la buena literatura), contaré la otra cara de esa historia.

Tal y como referí en mi entrada de hace un año, en 1998 leí, conmovido, una novela anterior de Williams, Como en el cielo, que convertí en una de mis recomendaciones más reiteradas (también de E., que ha hecho de la novela una especie de seña de identidad) y motivo para hablar de literatura con los amigos en sobremesas, paseos y viajes. Han pasado once años desde entonces y no se ha atenuado mi empatía con el libro y con sus personajes. Por eso precisamente, porque han pasado once años y porque una tarde de un mes que no recuerdo (pudo ser primavera) de 2007, cuando hacía nueve que había dejado de ser novedad, la vi como libro recomendado en uno de los anaqueles de Muga, me quedé sorprendido. Gratamente sorprendido. ¿Cómo es posible, me dije, que en una librería de barrio se destaque una novela casi imposible de encontrar y que, además, se recomiende?

Convencido de que sólo alguien que hubiera vivido parecido proceso de descubrimiento de la narrativa de Williams, y más en concreto de ese libro, podía haber alentado esa iniciativa, pregunté al librero (a Pablo). Descubrí, en Muga, a un grupo de fervientes seguidores de Williams (ahí estaba, también, María José) y supe que una empleada de la librería, ausente aquella tarde, estaba traduciendo la última novela del irlandés. Quise hablar con ella, pero había cambiado, según me dijeron, el turno y no podía ser. Dejé mi dirección de correo electrónico para que se la hicieran llegar y les dije que yo compartía la devoción por el novelista, que todavía me duraba la impresión que me produjo la lectura de Como en el cielo muchos años antes y que si la traducción era buena, hablaría con Pepo Paz, el editor y responsable directo de la colección de narrativa para que se hiciera con los derechos y la editara.

Después fue el intercambio de correos electrónicos, el conocimiento personal de la joven traductora, Beatriz Bejarano, en la misma librería y en el mismo día en que acudí para comunicarle que la novela sería editada, y el comienzo de los trámites habituales que llevan a la edición de un libro.

Pero hubo una parte del proceso en el que disfruté de manera muy especial. Fue cuando Beatriz me envió el primer borrador de la traducción y abordé la lectura de Sólo una palabra tuya sin otro condicionante que la búsqueda de errores, erratas y frases inadecuadas, el ofrecimiento de sugerencias y el gozo de la materia literaria. La novela me atrapó desde el primer momento. La red de afectos, de decepciones, de sueños y de carencias sociales que Williams construía (con un lenguaje poético de gran intensidad), el canto al amor que respiraba en sus páginas se vieron complementados con una red de sugerencias y correcciones a estilográfica que devolví a la traductora. Ella las asumió con deportividad e inteligencia, con algún desacuerdo puntual también, algo de lo que le estaré para siempre agradecido.

Hasta aquí la historia de un proceso. Del que, nacido de la imagen de un libro recomendado pese a ser una novedad de casi una década antes, condujo a un libro hermoso por dentro y hermoso por fuera: en mi mente ha quedado grabada, quizá para siempre, esa portada azul en la que puede verse, tras una retícula que simula una ventana, el mar, las rocas, el cielo y un ser anónimo caminando… y en blanco y negro. La que habréis podido contemplar al principio de esta entrada.

Viaje por la mala conciencia: LOS FILOS DE LA NOCHE, una novela reescrita. Una nueva novela.

En breve, Los filos de la noche, mi segunda novela, estará otra vez en librerías. Oculta desde hace muchos años, ha vuelto entre nosotros c...