De seguir los preceptos del crítico embozado, el poeta debería abstenerse de hacer crítica de poesía. En caso de que no pueda evitarlo, debería evitar hacer crítica a poetas que son críticos en el diario en el que colabora. Y a libros publicados por la editorial en cuyo catálogo haya un poemario suyo. Y a libros de autores que son amigos cercanos, lejanos o mediopensionistas. Y, por seguir con el hilván, debería hacer lo propio en las revistas vinculadas a editoriales en las que o ha publicado o quiere publicar.
Tampoco debería el poeta dirigir una colección de poesía. Y, en caso de hacerlo, pelear con fervor y tenacidad para que los libros de la colección que dirige no sean reseñados en los diarios o revistas en las que colabora. Y evitar la edición de poemarios de poetas que ejercen la crítica en las citadas publicaciones.
En el fondo, el poeta que decida hacer crítica, siguiendo tales preceptos, debería publicarla en una revista que no lea nadie (o casi nadie), renunciar a los suplementos de los diarios como autor objeto de las reseñas de otros crítico, buscar, para la edición de sus poemas, sellos editoriales marginales o desconocidos (porque en los otros siempre hay autores que pueden ser objeto de reseña y, por tanto, de favor): es decir, ser un completo desconocido con obra desconocida. Así, nadie sospechará de complicidades, de intercambio de favores, de tráfico de influencias....
Es decir: un completo despropósito. Por dos razones: la primera, porque estoy convencido de que el mejor crítico de poesía es el poeta interesado en indagar y reflexionar sobre el acto de escritura, sobre el sentido (y los sentidos) del lenguaje poético. Uno de los mejores y más rigurosos críticos de la historia de la poesía universal ha sido T.S. Eliot: nadie cuestionó, jamás -salvo algún contemporáneo receloso y resentido- el hecho de que indagara y criticara en la obra de amigos, compañeros de generación o de editorial. Es más, su obra crítica, a través, sobre todo, de su Función de la poesía y función de la crítica es, hoy, un legado teórico y reflexivo incuestionable. Y, ¿qué decir de Luis Cernuda, o de Salinas o Guillén, o de Gabriel Ferraté, o de Carver, de Paz, de Vázquez Montalbán, de Martínez Sarrión, entre otros muchos poetas que han ejercido la crítica y la labor teórica sobre la poesía? En segundo lugar, porque la objetividad del crítico no tiene otra medida que el rigor con que se acerca al libro, a cualquier libro, comenzando por los que se publican en editoriales relevantes. Renunciar a la crítica a estos últimos sería, simplemente, una traición a los propios lectores. Y la efectividad de su crítica será mayor cuando ésta aparece en un diario de amplia tirada.
Por tanto, la independencia del crítico nada tiene que ver con la editorial en la que publique ni con los compañeros de tarea en el suplemento en que sus reseñas aparecen. Es evidente que se dan casos de vulneración del principio de independencia: pero no sólo en los diarios ni en el caso de editoriales de relieve: se da en revistas pequeñas y medianas, en relación con editoriales de provincias e institucionales, en relación con la pertenencia o no a grupos marginales o semimarginales, en relación con la presencia en el mundo universitario.... Es decir, puede darse en todos los ámbitos y siempre será inevitable que haya un porcentaje de "tráfico de influencias" o "intercambios de favores". Ahora bien, el que ese hecho exista, ¿debe llevar a un diario a prescindir de nombres de poetas o críticos ya reconocidos porque publican en editoriales importantes o porque "corren el riesgo" de tener que escribir crítica a poetas que son compañeros de suplemento cultural? Sería un despropósito. Sólo el crítico no poeta y, además, desconocido, tendría, según los principios del embozado, legitimidad para hacer crítica "con independencia". Claro, debería renunciar a publicar, algún día, en una editorial importante, a criticar a autores que publican en el diario aunque hayan escrito la "obra del siglo". Es decir: deberían mantenerse en la sombra de la mediocridad, en la penumbra del desconocimiento.
Si la historia de la poesía y de la teoría de y sobre poesía y crítica se hubiera basado en tales presupuestos, no hubieran llegado hasta nosotros los más perspicaces e incisivos acercamientos a la materia poética, comenzando por el arriba mencionado Eliot. Prejuzgar, de manera permanente, posibles influencias tras el contenido de una determinada crítica o buscar relaciones que lo invaliden es errar el tiro. Vayamos al texto, a lo que se dice en él y no al prejuicio. Porque hacer lo contrario revela algo parecido a ese refrán popular que dice: "mal cree el ladrón...".
miércoles, 22 de agosto de 2007
¿Debe el poeta hacer crítica de poesía?
Madrileño. Periodista, escritor y crítico literario. Ha publicado más de veinte libros: entre otros, las novelas "El lento adiós de los tranvías" (1992), "Una mirada oblicua" (1995), "La mujer muerta" (2000), "Los días de Eisenhower" (2002) y "Trenes en la niebla" (2005); de los libros de poemas "El vuelo liberado" (1986), "El muro transparente" (1992), "La densidad de los espejos" (1997), "Donde nunca hubo ángeles" (2003) y "De viejas estaciones invernales" (2006). En "Monólogo del entreacto. Cien poemas. 1982-2005" (Hiperion, 2007)recoge una amplia selección de su obra poética. Es autor del único ensayo sobre la totalidad de la poesía de Manuel Vázquez Montalbán ("Memoria, deseo y compasión", 2001) y de varias ediciones críticas. Ha escrito el libro de viajes "Por la sierra del agua" (GADIR, 2006) y "Verano´" (Alianza, 2008)es su última novela. Con posterioridad ha publicado "Espejo y tinta" (Bruguera, 2008), compuesto por dos novelas cortas. Dirige la colección de poesía de Bartleby Editores.
Colabora en el diario El País y en diversas revistas culturales con artículos sobre política y cultura. Ejerce la crítico de poesía en Babelia desde 1996.
miércoles, 27 de junio de 2007
Al calor de "La chica de ayer", renace un viejo diario.
Soy escéptico respecto a la periodicidad, en la historia, de determinados fenómenos. Por ejemplo, el de la recuperación, entre nostálgica y reivindicativa, de épocas anteriores. Un buen amigo me dijo no hace mucho que veinte años después de vivir directamente la experiencia personal y colectiva de un tramo de la Historia, ésta cobra la dimensión de lo mítico, se convierte en territorio de la nostalgia. Esta reflexión me ha venido de pronto, mientras escucho un programa cultural de una radio pública, respiro el aire fresco de la noche de junio que entra por la ventana abierta al jardín e intento corregir las galeradas de mi primera antología poética (novedad en octubre próximo: Monólogo del entreacto). Y me ha venido en un momento concreto: cuando en la radio ha sonado "La chica de ayer", la hermosa canción de Nacha Pop, un emblema no de mi generación, sino de la inmediatamente posterior.
"Me asomo a la ventana, eres la chica de ayer". Y me doy cuenta de que mi amigo tenía razón. La música, la letra quizá poco trascendente, me han devuelto noches de los ochenta, viejos sueños de un tiempo que yo no viví en el nucleo, en el ojo del huracán en que lo vivieron quienes nacieron en los sesenta. Han pasado veinte años y, como decía mi amigo, aquel tiempo se convierte en territorio mítico: aunque yo lo viví en la periferia de un Madrid hervidero y experimental, no por ello dejo de asumir la memoria de quienes lo gozaron al calor de una posmodernidad que dio en movida, que derivó en banco de pruebas del que saldría una música nueva, unas artes plásticas entre lo naif y lo moderno, una narrativa light de escasa huella, un cine urbano e irreverente, matriz de lo almodovariano y de la nueva mirada que la generación emergente proyectaba sobre el mundo.
No es mi memoria pero la hago mía. Es memoria heredada de los jóvenes nacidos en los sesenta (yo nací, perdonadme, en los primeros cincuenta) que asumo del mismo modo que asumí hace tiempo otra memoria no vivida: la de quienes habitaron, gozaron o sufrieron el París existencialista, la Europa en ruinas de la posguerra, el mundo en blanco y negro de Edith Piaff y sus desolaciones. Era la memoria de la juventud de mis mayores que, a través de la literatura, del cine, de las historias escuchadas, ha pasado a ser de mi propiedad.
Sí: en los ochenta, ese tiempo que en mi geografía más íntima asoma como una explosión de color y de irresponsabilidad, yo vivía otro mundo. Era la militancia política cruzándose, a grupas de una culpa oscura derivada del arrinconamiento de la poesía, con la visión de la realidad democrática que llenó los sueños de mi adolescencia. Era la periferia industrial a la que acudíamos a reunirnos para hablar de movilizaciones obreras, de alianzas con los movimientos ciudadanos, de cultura popular, de cine forum en parroquias. Era la falta de tiempo, la lectura en el autobús o en la madrugada de un acarreo enorme de textos de orígenes diversos: ensayos sobre urbanismo, libro rojo del cole, Ulises, novísimos tardíos, la historia de la burguesía de Hobsbawn, narradores españoles del cincuenta, novelistas de la berza o exquisitos novelistas experimentales, abanderados franceses de un nouveau roman ilegible salvo que se tratara de la Sarraute, La verdad sobre el caso Savolta o las innovadoras verdades del eurocomunismo, Berlinguer, Togliatti, Gramsci, Napolitano. Era el trabajo oscuro en una oficina bancaria al final de López de Hoyos. Era el amor intenso, recién estrenado y sin límite.... Y era (curiosamente habían pasado, como esta noche respecto a los ochenta, veinte años) añoranza de los años sesenta como luminoso lugar de una adolescencia crecida bajo la dictadura: primer Serrat, Raimon semiclandestino, curas obreros en mi barrio periférico, noticias de un exilio tabú, miedo en los ojos del padre y terror en los de una madre propensa al silencio y blanda para el llanto.
"Un día cualquiera no sabes que hora es
te acuestas a mi lado sin saber por qué.
Las calles mojadas te han visto crecer,
y tú en tu corazón estás llorando otra vez."
Nacha Pop, como Gabinete Caligari, como Duncan Dhu, como el Joaquín Sabina de La Mandrágora, han irrumpido en mi cuarto de trabajo para demostrarme la verdad que alienta tras la teoría de mi buen amigo. Una teoría frágil, es verdad, como todas las teorías. Pero que hoy vivo con la verdad más plena: con la que otorgan las emociones que me ha traído, a través de la radio, "La chica de ayer", la voz de hace veinte años.
Y con esa voz, llena de la ternura con que nos empapa lo que no ha de volver, se ha avivado la necesidad de recuperar un manuscrito que terminé, revisé y corregí hace un par de años: mis diarios de la década de los ochenta. Mi cuaderno de aprendizaje. Mi particular testimonio de un tiempo de mutaciones: escrito desde la lateralidad, desde mi condición de viajero procedente del Madrid menesteroso y humillado. Unos diarios que probablemente algún día publicaré. Mis días de los ochenta. Quizá no haya un título mejor. En fin...
"Me asomo a la ventana, eres la chica de ayer". Y me doy cuenta de que mi amigo tenía razón. La música, la letra quizá poco trascendente, me han devuelto noches de los ochenta, viejos sueños de un tiempo que yo no viví en el nucleo, en el ojo del huracán en que lo vivieron quienes nacieron en los sesenta. Han pasado veinte años y, como decía mi amigo, aquel tiempo se convierte en territorio mítico: aunque yo lo viví en la periferia de un Madrid hervidero y experimental, no por ello dejo de asumir la memoria de quienes lo gozaron al calor de una posmodernidad que dio en movida, que derivó en banco de pruebas del que saldría una música nueva, unas artes plásticas entre lo naif y lo moderno, una narrativa light de escasa huella, un cine urbano e irreverente, matriz de lo almodovariano y de la nueva mirada que la generación emergente proyectaba sobre el mundo.
No es mi memoria pero la hago mía. Es memoria heredada de los jóvenes nacidos en los sesenta (yo nací, perdonadme, en los primeros cincuenta) que asumo del mismo modo que asumí hace tiempo otra memoria no vivida: la de quienes habitaron, gozaron o sufrieron el París existencialista, la Europa en ruinas de la posguerra, el mundo en blanco y negro de Edith Piaff y sus desolaciones. Era la memoria de la juventud de mis mayores que, a través de la literatura, del cine, de las historias escuchadas, ha pasado a ser de mi propiedad.
Sí: en los ochenta, ese tiempo que en mi geografía más íntima asoma como una explosión de color y de irresponsabilidad, yo vivía otro mundo. Era la militancia política cruzándose, a grupas de una culpa oscura derivada del arrinconamiento de la poesía, con la visión de la realidad democrática que llenó los sueños de mi adolescencia. Era la periferia industrial a la que acudíamos a reunirnos para hablar de movilizaciones obreras, de alianzas con los movimientos ciudadanos, de cultura popular, de cine forum en parroquias. Era la falta de tiempo, la lectura en el autobús o en la madrugada de un acarreo enorme de textos de orígenes diversos: ensayos sobre urbanismo, libro rojo del cole, Ulises, novísimos tardíos, la historia de la burguesía de Hobsbawn, narradores españoles del cincuenta, novelistas de la berza o exquisitos novelistas experimentales, abanderados franceses de un nouveau roman ilegible salvo que se tratara de la Sarraute, La verdad sobre el caso Savolta o las innovadoras verdades del eurocomunismo, Berlinguer, Togliatti, Gramsci, Napolitano. Era el trabajo oscuro en una oficina bancaria al final de López de Hoyos. Era el amor intenso, recién estrenado y sin límite.... Y era (curiosamente habían pasado, como esta noche respecto a los ochenta, veinte años) añoranza de los años sesenta como luminoso lugar de una adolescencia crecida bajo la dictadura: primer Serrat, Raimon semiclandestino, curas obreros en mi barrio periférico, noticias de un exilio tabú, miedo en los ojos del padre y terror en los de una madre propensa al silencio y blanda para el llanto.
"Un día cualquiera no sabes que hora es
te acuestas a mi lado sin saber por qué.
Las calles mojadas te han visto crecer,
y tú en tu corazón estás llorando otra vez."
Nacha Pop, como Gabinete Caligari, como Duncan Dhu, como el Joaquín Sabina de La Mandrágora, han irrumpido en mi cuarto de trabajo para demostrarme la verdad que alienta tras la teoría de mi buen amigo. Una teoría frágil, es verdad, como todas las teorías. Pero que hoy vivo con la verdad más plena: con la que otorgan las emociones que me ha traído, a través de la radio, "La chica de ayer", la voz de hace veinte años.
Y con esa voz, llena de la ternura con que nos empapa lo que no ha de volver, se ha avivado la necesidad de recuperar un manuscrito que terminé, revisé y corregí hace un par de años: mis diarios de la década de los ochenta. Mi cuaderno de aprendizaje. Mi particular testimonio de un tiempo de mutaciones: escrito desde la lateralidad, desde mi condición de viajero procedente del Madrid menesteroso y humillado. Unos diarios que probablemente algún día publicaré. Mis días de los ochenta. Quizá no haya un título mejor. En fin...
Madrileño. Periodista, escritor y crítico literario. Ha publicado más de veinte libros: entre otros, las novelas "El lento adiós de los tranvías" (1992), "Una mirada oblicua" (1995), "La mujer muerta" (2000), "Los días de Eisenhower" (2002) y "Trenes en la niebla" (2005); de los libros de poemas "El vuelo liberado" (1986), "El muro transparente" (1992), "La densidad de los espejos" (1997), "Donde nunca hubo ángeles" (2003) y "De viejas estaciones invernales" (2006). En "Monólogo del entreacto. Cien poemas. 1982-2005" (Hiperion, 2007)recoge una amplia selección de su obra poética. Es autor del único ensayo sobre la totalidad de la poesía de Manuel Vázquez Montalbán ("Memoria, deseo y compasión", 2001) y de varias ediciones críticas. Ha escrito el libro de viajes "Por la sierra del agua" (GADIR, 2006) y "Verano´" (Alianza, 2008)es su última novela. Con posterioridad ha publicado "Espejo y tinta" (Bruguera, 2008), compuesto por dos novelas cortas. Dirige la colección de poesía de Bartleby Editores.
Colabora en el diario El País y en diversas revistas culturales con artículos sobre política y cultura. Ejerce la crítico de poesía en Babelia desde 1996.
martes, 19 de junio de 2007
La saña del crítico. Sobre "Metalingüísticos y sentimentales", de Marta Sanz.
José Luis García Martín se ha caracterizado por ser uno de los impulsores, desde comienzos de la década de los ochenta del pasado siglo, de la hegemonía figurativa. Sus antologías, sustentadas en una concepción excluyente de la poesía, marcaron una senda en la que convivieron y cooperaron opciones ideológicas en apariencia confrontadas -Martínez Mesanza y García Montero, De Cuenca y Javier Egea, por ejemplo- y en la que cualquier asomo de connivencia con la vanguardia, con una poesía menos "racionalista" o con una poesía abiertamente crítica, que se reclamara social, o política, eran condenadas al infierno de lo anacrónico, de lo inútil. Es la actitud del crítico militante que no sólo se muestra incapaz de descubrir cuánto hay de poesía en otras opciones estéticas (Claudio Rodríguez y Gil de Biedma tienen estéticas confrontadas, distantes, pero la calidad de sus propuestas son incuestionables. Lo mismo cabría de Juan Ramón y Machado, o de Blas de Otero y Rosales....), sino que se inquieta, se muestra belicoso e intolerante cuando sus presupuestos teóricos son cuestionados. Y si el cuestionamiento viene de una persona no procedente del mundillo (es decir, no maleada por las peleas entre familias, subfamilias, corrientes y subcorrientes, tan frecuentes en la poesía española), que intenta situarse en una posición lo más objetiva posible aun sabiendo que la objetividad absoluta es una quimera, su intolerancia, su falta de rigor en el análisis y su actitud rayana en el insulto y en el desprecio se convierten en paradigma de lo que no debe ser un crítico.
Viene esto a propósito de la antología que, en Biblioteca Nueva, acaba de publicar la narradora y profesora universitaria Marta Sanz. Una antología en la que recoge una muestra plural y amplia de la poesía escrita en España entre 1966 y el fin de siglo. Con ausencias, obviamente. Con presencias cuestionables (me pongo la venda antes que me salten el ojo: el que suscribe, el primero). Como en todas las antologías que en el mundo han sido. Pero la antología de Marta es toda una lección para profesores, antólogos profesionales (García Martín entre ellos) y poetas metidos a antólogos. Está trabajada a fondo, no rehuye ninguna de las incógnitas que se vienen planteando en nuestro panorama crítico y se desarrolla mediante una estructura absolutamente novedosa. Y, sobre todo, útil: para el lector avisado, para el no avisado y para el que quiere aprender. El prólogo, sensible con la pluralidad realmente existente en el período y bien trabado en el análisis de los vínculos que se establecen entre la evolución de nuestra sociedad y su manifestación poética, con afirmaciones discutibles (por supuesto) y con alguna omisión en cuanto a referencias biobibliográficas (Juan José Lanz me expresó, no hace mucho, su queja porque no es aludido en ningún momento) es complementado con un trabajo meticuloso en las notas a pie de página. Un trabajo que es reflexión sobre cada poema, contextualización del libro al que el poema pertenece, rastreo de los vínculos entre la obra del poeta antologado y las distintas estéticas, apunte de las influencias. Son notas de gran extensión, espléndidamente trabadas que, lejos de estorbar al lector (ya sabemos que a García Martín casi todo le estorba) le ayudan a tener una visión poliédrica, enriquecida, de cada poema.
Pues bien, el crítico asturiano, hace un par de semanas, descalificó en La Nueva España la antología sin más. Es decir: la enmendó a la totalidad. Cuestionó la estructura, cuestionó las notas al pie, el planteamiento del prólogo y, como colofón, cuestionó la selección de los 50 poetas. Para él sobran algunos nombres, que cita (entre ellos estoy yo, reitero) y faltan otros, que no cita. Nada de valorar el esfuerzo de sistematizar medio siglo de poesía española y de integrar, como parte de una panorámica compleja, a autores de distintas generaciones y de distintas propuestas de lenguaje. Para él, todo lo que no sea exclusión y apuesta totalizadora por lo figurativo no merece la pena ser publicado. Recuerdo que, hace nueve años, mantuvimos, en Las Palmas, un larga conversación sobre algunos nombres de la poesía española. Entonces, yo estaba preparando para Cátedra la edición crítica de dos poemarios de Manuel Vázquez Montalbán, Una educación sentimental y Praga, por lo que en un momento determinado le pregunté por su opinión acerca del poeta barcelonés. Dijo tan sólo una frase: "es un político... comunista". Después seguimos repasando el panorama poético y puse sobre la mesa el nombre de un muy conocido poeta militante y crítico: "es un ecologista". Tal fue su respuesta. Con ambas denominaciones, García Martín descalificaba a ambos autores como poetas y, de paso y seguramente de manera inadvertida para él mismo, se descalificaba como crítico.
Marta Sanz ha elaborado una antología necesaria. Ha trabajado a fondo. Y ha dado una lección de pedagogía, de capacidad analítica, de sistematización innovadora a todo un ejército de antologadores que nunca se han planteado romper con lo convencional. Pese al disgusto de José Luis García Martín.
Viene esto a propósito de la antología que, en Biblioteca Nueva, acaba de publicar la narradora y profesora universitaria Marta Sanz. Una antología en la que recoge una muestra plural y amplia de la poesía escrita en España entre 1966 y el fin de siglo. Con ausencias, obviamente. Con presencias cuestionables (me pongo la venda antes que me salten el ojo: el que suscribe, el primero). Como en todas las antologías que en el mundo han sido. Pero la antología de Marta es toda una lección para profesores, antólogos profesionales (García Martín entre ellos) y poetas metidos a antólogos. Está trabajada a fondo, no rehuye ninguna de las incógnitas que se vienen planteando en nuestro panorama crítico y se desarrolla mediante una estructura absolutamente novedosa. Y, sobre todo, útil: para el lector avisado, para el no avisado y para el que quiere aprender. El prólogo, sensible con la pluralidad realmente existente en el período y bien trabado en el análisis de los vínculos que se establecen entre la evolución de nuestra sociedad y su manifestación poética, con afirmaciones discutibles (por supuesto) y con alguna omisión en cuanto a referencias biobibliográficas (Juan José Lanz me expresó, no hace mucho, su queja porque no es aludido en ningún momento) es complementado con un trabajo meticuloso en las notas a pie de página. Un trabajo que es reflexión sobre cada poema, contextualización del libro al que el poema pertenece, rastreo de los vínculos entre la obra del poeta antologado y las distintas estéticas, apunte de las influencias. Son notas de gran extensión, espléndidamente trabadas que, lejos de estorbar al lector (ya sabemos que a García Martín casi todo le estorba) le ayudan a tener una visión poliédrica, enriquecida, de cada poema.
Pues bien, el crítico asturiano, hace un par de semanas, descalificó en La Nueva España la antología sin más. Es decir: la enmendó a la totalidad. Cuestionó la estructura, cuestionó las notas al pie, el planteamiento del prólogo y, como colofón, cuestionó la selección de los 50 poetas. Para él sobran algunos nombres, que cita (entre ellos estoy yo, reitero) y faltan otros, que no cita. Nada de valorar el esfuerzo de sistematizar medio siglo de poesía española y de integrar, como parte de una panorámica compleja, a autores de distintas generaciones y de distintas propuestas de lenguaje. Para él, todo lo que no sea exclusión y apuesta totalizadora por lo figurativo no merece la pena ser publicado. Recuerdo que, hace nueve años, mantuvimos, en Las Palmas, un larga conversación sobre algunos nombres de la poesía española. Entonces, yo estaba preparando para Cátedra la edición crítica de dos poemarios de Manuel Vázquez Montalbán, Una educación sentimental y Praga, por lo que en un momento determinado le pregunté por su opinión acerca del poeta barcelonés. Dijo tan sólo una frase: "es un político... comunista". Después seguimos repasando el panorama poético y puse sobre la mesa el nombre de un muy conocido poeta militante y crítico: "es un ecologista". Tal fue su respuesta. Con ambas denominaciones, García Martín descalificaba a ambos autores como poetas y, de paso y seguramente de manera inadvertida para él mismo, se descalificaba como crítico.
Marta Sanz ha elaborado una antología necesaria. Ha trabajado a fondo. Y ha dado una lección de pedagogía, de capacidad analítica, de sistematización innovadora a todo un ejército de antologadores que nunca se han planteado romper con lo convencional. Pese al disgusto de José Luis García Martín.
Madrileño. Periodista, escritor y crítico literario. Ha publicado más de veinte libros: entre otros, las novelas "El lento adiós de los tranvías" (1992), "Una mirada oblicua" (1995), "La mujer muerta" (2000), "Los días de Eisenhower" (2002) y "Trenes en la niebla" (2005); de los libros de poemas "El vuelo liberado" (1986), "El muro transparente" (1992), "La densidad de los espejos" (1997), "Donde nunca hubo ángeles" (2003) y "De viejas estaciones invernales" (2006). En "Monólogo del entreacto. Cien poemas. 1982-2005" (Hiperion, 2007)recoge una amplia selección de su obra poética. Es autor del único ensayo sobre la totalidad de la poesía de Manuel Vázquez Montalbán ("Memoria, deseo y compasión", 2001) y de varias ediciones críticas. Ha escrito el libro de viajes "Por la sierra del agua" (GADIR, 2006) y "Verano´" (Alianza, 2008)es su última novela. Con posterioridad ha publicado "Espejo y tinta" (Bruguera, 2008), compuesto por dos novelas cortas. Dirige la colección de poesía de Bartleby Editores.
Colabora en el diario El País y en diversas revistas culturales con artículos sobre política y cultura. Ejerce la crítico de poesía en Babelia desde 1996.
martes, 12 de junio de 2007
Mi recorrido por la Feria del Libro
Fin de semana en la Feria del Libro de Madrid. Mejor dicho: domingo último de Feria. Recorrido por las casetas en busca de libros de poesía. Con la salvedad de dos o tres títulos, éstos se encuentran recluidos en las editoriales "ad hoc". Es muy difícil, por no decir imposible, encontrarlos en las casetas de las librerías y no menos difícil en las de las distribuidoras. Los best-sellers, la hegemonía de las novelas históricas o pseudohistóricas con trama entre policíaca y religiosa, casi siempre en escenarios medievales, vienen siendo la tónica. Ese hecho, que no hace sino prolongar una realidad que se ha hecho cotidiana, que prevalece a lo largo del año, en las grandes librerías y en los grandes almacenes, ha dominado también la Feria del Libro. Aunque casi todos los especialistas en analizar los ciclos que vive el mercado editorial lo achacan a puras razones comerciales, a la estela que dejó El código da Vinci, un inexplicable e inexplicado best seller internacional, creo que hay razones más profundas que, a la vez, son alentadas desde determinadas cúpulas editoriales (que son, en el fondo, parte del aparato de cultura que emite contenidos ideológicos en favor del pensamiento único): pienso en la extendida voluntad de evitar la literatura que nos confronte con nuestra realidad de hoy, que indague en las más hondas insatisfacciones del ser humano desde una perspectiva crítica y con una mirada atenta al mundo circundante. Nuestra novela, con excepciones muy contadas, pasa de puntillas por la experiencia cotidiana de amplias capas de la sociedad, deja de lado realidades históricas del presente que determinan actitudes, comportamientos, intenta refugiarse en una intimidad sin contexto o viajar a tiempos ancestrales, a lugares en los que la memoria no incomoda a nadie.
Con la poesía ocurre algo parecido: con una salvedad. Existe un grupo, más o menos homogéneo, que se ha presentado en sociedad (aunque la mayoría de sus componentes ya estaban presentes en nuestro escenario poético) con el marbete de Once poetas críticos, una de cuyas señas de identidad es la atención hacia el mundo desde una perspectiva poético-crítica. En él, hay magníficos poetas -hombres y mujeres, por supuesto-, pero, a la vez, predomina un acercamiento a la realidad social, política y económica que se aleja de la que se vive cotidianamente en nuestros pueblos y ciudades. Es una mirada que bebe en la marginalidad, proyectada desde el extremo y desde una lógica que si bien encuentra su sentido en el mundo no desarrollado, en sociedades como la nuestra se sitúa fuera del estado de conciencia medio de un amplísimo segmento de lectores, de gentes preocupadas por la cultura y, en menor grado, por la literatura y por la poesía. Por eso, apenas cala en la sociedad literaria (y separo los casos de propuestas estéticas tan supuestamente revolucionarias como herméticas). Y por eso, es difícil hablar de la existencia de una poesía crítica acorde con las exigencias del momento, con la realidad cotidiana que viven nuestros jóvenes, nuestros mayores, el ciudadano medio que no vive en barrios de chabolas, ni se mueve en lo marginal, que aspira a una sociedad más justa pero desconfía de ciertas derivas autoritarias, de ciertas actitudes comprensivas con prácticas terroristas, subyacentes en la propuesta de la poesía crítica a la que aludo.
Luchar como ciudadano por cambiar la sociedad, por invertir la tendencia dominante en la globalización, por garantizar los derechos sociales, políticos y económicos a todos los ciudadanos, no necesariamente pasa por la radicalidad más extrema. Ni tampoco pasa por la poesía. Aunque en ella se depositen las incertidumbres del ser humano frente a una realidad hostil (yo apuesto por ello y, en la medida en que puedo y "me sale", lo traslado a mi poesía). O somos conscientes de que su poder para cambiar las cosas, como ya dijera Manolo Vázquez Montalbán hace más de 35 años, no pasa del que tiene "un modesto tirachinas", o nos estaremos equivocando.
Es probable (y quizá diga una herejía, pero para eso están los blogs) que el ciudadano medio del siglo XXI, joven o mayor, tenga más motivos para reflexionar sobre su condición social, sobre las servidumbres que lo condicionan, sobre el imaginario de sociedad que quisiera construir a través de algunos poemas de Ángel González, de Blas de Otero, del Pepe Hierro de Agenda o del Vázquez Montalbán de Una educación sentimental -pese a haber sido escritos hace décadas- que mediante poemas escritos premeditadamente para agitar conciencias y desde un lugar -el extremo, la marginalidad- desde el que no es fácil reconocerse.
Hasta aquí mi meditación ante una Feria del Libro en despedida y tan poco propensa a dar protagonismo a la poesía como todas las ferias del libro que en el mundo han sido.
Con la poesía ocurre algo parecido: con una salvedad. Existe un grupo, más o menos homogéneo, que se ha presentado en sociedad (aunque la mayoría de sus componentes ya estaban presentes en nuestro escenario poético) con el marbete de Once poetas críticos, una de cuyas señas de identidad es la atención hacia el mundo desde una perspectiva poético-crítica. En él, hay magníficos poetas -hombres y mujeres, por supuesto-, pero, a la vez, predomina un acercamiento a la realidad social, política y económica que se aleja de la que se vive cotidianamente en nuestros pueblos y ciudades. Es una mirada que bebe en la marginalidad, proyectada desde el extremo y desde una lógica que si bien encuentra su sentido en el mundo no desarrollado, en sociedades como la nuestra se sitúa fuera del estado de conciencia medio de un amplísimo segmento de lectores, de gentes preocupadas por la cultura y, en menor grado, por la literatura y por la poesía. Por eso, apenas cala en la sociedad literaria (y separo los casos de propuestas estéticas tan supuestamente revolucionarias como herméticas). Y por eso, es difícil hablar de la existencia de una poesía crítica acorde con las exigencias del momento, con la realidad cotidiana que viven nuestros jóvenes, nuestros mayores, el ciudadano medio que no vive en barrios de chabolas, ni se mueve en lo marginal, que aspira a una sociedad más justa pero desconfía de ciertas derivas autoritarias, de ciertas actitudes comprensivas con prácticas terroristas, subyacentes en la propuesta de la poesía crítica a la que aludo.
Luchar como ciudadano por cambiar la sociedad, por invertir la tendencia dominante en la globalización, por garantizar los derechos sociales, políticos y económicos a todos los ciudadanos, no necesariamente pasa por la radicalidad más extrema. Ni tampoco pasa por la poesía. Aunque en ella se depositen las incertidumbres del ser humano frente a una realidad hostil (yo apuesto por ello y, en la medida en que puedo y "me sale", lo traslado a mi poesía). O somos conscientes de que su poder para cambiar las cosas, como ya dijera Manolo Vázquez Montalbán hace más de 35 años, no pasa del que tiene "un modesto tirachinas", o nos estaremos equivocando.
Es probable (y quizá diga una herejía, pero para eso están los blogs) que el ciudadano medio del siglo XXI, joven o mayor, tenga más motivos para reflexionar sobre su condición social, sobre las servidumbres que lo condicionan, sobre el imaginario de sociedad que quisiera construir a través de algunos poemas de Ángel González, de Blas de Otero, del Pepe Hierro de Agenda o del Vázquez Montalbán de Una educación sentimental -pese a haber sido escritos hace décadas- que mediante poemas escritos premeditadamente para agitar conciencias y desde un lugar -el extremo, la marginalidad- desde el que no es fácil reconocerse.
Hasta aquí mi meditación ante una Feria del Libro en despedida y tan poco propensa a dar protagonismo a la poesía como todas las ferias del libro que en el mundo han sido.
Madrileño. Periodista, escritor y crítico literario. Ha publicado más de veinte libros: entre otros, las novelas "El lento adiós de los tranvías" (1992), "Una mirada oblicua" (1995), "La mujer muerta" (2000), "Los días de Eisenhower" (2002) y "Trenes en la niebla" (2005); de los libros de poemas "El vuelo liberado" (1986), "El muro transparente" (1992), "La densidad de los espejos" (1997), "Donde nunca hubo ángeles" (2003) y "De viejas estaciones invernales" (2006). En "Monólogo del entreacto. Cien poemas. 1982-2005" (Hiperion, 2007)recoge una amplia selección de su obra poética. Es autor del único ensayo sobre la totalidad de la poesía de Manuel Vázquez Montalbán ("Memoria, deseo y compasión", 2001) y de varias ediciones críticas. Ha escrito el libro de viajes "Por la sierra del agua" (GADIR, 2006) y "Verano´" (Alianza, 2008)es su última novela. Con posterioridad ha publicado "Espejo y tinta" (Bruguera, 2008), compuesto por dos novelas cortas. Dirige la colección de poesía de Bartleby Editores.
Colabora en el diario El País y en diversas revistas culturales con artículos sobre política y cultura. Ejerce la crítico de poesía en Babelia desde 1996.
jueves, 31 de mayo de 2007
ANTE LA PERSEVERANCIA EN LA MENTIRA, IMPOSIBLE NO REPLICAR
Uno está tan tranquilo, dedicado a escribir, a hacer crítica en la medida en que puede, decide no responder a mentiras y otras infamias y, de pronto, alguien te llama y te dice que el contracrítico embozado insiste en mentir, injuriar e infamar. Entro en su blog (ése que asume el nombre de un crítico de cine norteamericano de los años de la caza de brujas -debe de ser por eso-) y me encuentro que el embozado corrige las entradas, matiza mentiras sin reconocerlas y persevera en mentir e insultar. Decido dejar un comentario exigiendo rectificaciones y no es posible. NO ES POSIBLE, LO QUE MUESTRA SU TALANTE DEMOCRÁTICO. Me cuidé de copiar en otro archivo mi texto y es el que sigue:
“Había decidido no contestar a las mentiras que aquí se publican y que me afectan directamente. Sin embargo, con este comentario hago una excepción a propósito de dos mentiras.
Una, publicada el 9 de mayo achacándome una amistad personal inexistente con Edgardo Dobry: la afirmación ha sido corregida de facto, eliminando en la entrada de ese día esa referencia. La honestidad más elemental requeriría que se hiciera público en el blog que era mentira lo publicado. No parece que esa honestidad exista.
Dos, una nueva mentira añadida ahora en la misma entrada: se me adjudica la condición de ideólogo del PSOE y de ZP y de Prisa (¿¿¿???) y la autoría de un blog llamado "El periodista incendiario" con el que nada tengo que ver salvo en la coincidencia de mi nombre y mi apellido. No hay más que entrar en el perfil de su autor y, en paralelo, leer, en la solapa de mis libros, mi biobibligrafía para darse cuenta de que somos dos pesonas radicalmente distintas. Además, no es mi estilo el que según parece domina ese blog. Mi blog es literario y crítco y se llama "AL MARGEN". Como de nada sirven exigencias de rectificación, me reservo el derecho para actuar legal y jurídicamente contra el blog del embustero anónimo por injurias y calumnias y por basar su información en la mentira permanente (al menos en lo que a mí me afecta). Fdo. MANUEL RICO".
“Había decidido no contestar a las mentiras que aquí se publican y que me afectan directamente. Sin embargo, con este comentario hago una excepción a propósito de dos mentiras.
Una, publicada el 9 de mayo achacándome una amistad personal inexistente con Edgardo Dobry: la afirmación ha sido corregida de facto, eliminando en la entrada de ese día esa referencia. La honestidad más elemental requeriría que se hiciera público en el blog que era mentira lo publicado. No parece que esa honestidad exista.
Dos, una nueva mentira añadida ahora en la misma entrada: se me adjudica la condición de ideólogo del PSOE y de ZP y de Prisa (¿¿¿???) y la autoría de un blog llamado "El periodista incendiario" con el que nada tengo que ver salvo en la coincidencia de mi nombre y mi apellido. No hay más que entrar en el perfil de su autor y, en paralelo, leer, en la solapa de mis libros, mi biobibligrafía para darse cuenta de que somos dos pesonas radicalmente distintas. Además, no es mi estilo el que según parece domina ese blog. Mi blog es literario y crítco y se llama "AL MARGEN". Como de nada sirven exigencias de rectificación, me reservo el derecho para actuar legal y jurídicamente contra el blog del embustero anónimo por injurias y calumnias y por basar su información en la mentira permanente (al menos en lo que a mí me afecta). Fdo. MANUEL RICO".
Madrileño. Periodista, escritor y crítico literario. Ha publicado más de veinte libros: entre otros, las novelas "El lento adiós de los tranvías" (1992), "Una mirada oblicua" (1995), "La mujer muerta" (2000), "Los días de Eisenhower" (2002) y "Trenes en la niebla" (2005); de los libros de poemas "El vuelo liberado" (1986), "El muro transparente" (1992), "La densidad de los espejos" (1997), "Donde nunca hubo ángeles" (2003) y "De viejas estaciones invernales" (2006). En "Monólogo del entreacto. Cien poemas. 1982-2005" (Hiperion, 2007)recoge una amplia selección de su obra poética. Es autor del único ensayo sobre la totalidad de la poesía de Manuel Vázquez Montalbán ("Memoria, deseo y compasión", 2001) y de varias ediciones críticas. Ha escrito el libro de viajes "Por la sierra del agua" (GADIR, 2006) y "Verano´" (Alianza, 2008)es su última novela. Con posterioridad ha publicado "Espejo y tinta" (Bruguera, 2008), compuesto por dos novelas cortas. Dirige la colección de poesía de Bartleby Editores.
Colabora en el diario El País y en diversas revistas culturales con artículos sobre política y cultura. Ejerce la crítico de poesía en Babelia desde 1996.
lunes, 21 de mayo de 2007
Fin de semana con Raymond y Tess dentro de "Carver y yo"
"Diez meses antes de la muerte de Ray emprendimos con coraje una dura batalla, pero en mayo de 1988 supimos que la victoria no sería posible. Ray murió el 2 de agosto. Ese período de tiempo tuvimos que asumir que no saldríamos de aquello. Fue duro, muy duro. Pero, aunque resulte extraño, fue una de las fases más trascendentes de nuestra vida en común". Así comienza el texto "Sin final", uno de los trabajos de Tess Gallagher que forman parte del libro que este otoño editará Bartleby, Carver y yo, traducido, al igual que ocurriera con los libros de Ray Sin heroísmos, por favor y Todos nosotros, por el poeta asturiano Jaime Priede. Reproduzco el párrafo porque es quizá el resumen de lo que el libro contiene. Y porque es el que , de manera inequívoca, sirvió de anzuelo, el viernes pasado, para que dedicara buena parte del fin de semana a leer las primeras galeradas de este emocionante libro de Tess.
Carver y yo nos contiene a quienes hemos sentido esa mezcla de placer y dolor, de certeza e incertidumbre, de claridad y penumbra, que transmiten sus relatos y sus poemas. Es la indagación acerada, entre lo poético y lo sentimental, de Tess Gallagher en una experiencia amorosa que duró diez años pero que adquirió tonos de un emotivo lirismo, de una reflexión entre la desesperanza y la felicidad (una felicidad doliente) cuando a Ray le diagnosticaron el cáncer de pulmón que acabaría con su vida. A lo largo de esta semana he vivido largas horas al lado de Tess. Ha sido como prolongar la conversación que hace menos de un mes mantuvimos en una mesa de la en aquellos momentos solitaria cafetería de la Residencia de Estudiantes. Al leer las galeradas veía a Tess escuchando la opinión de Ray sobre sus poemas, tomando nota del viaje que realizaron juntos por Europa durante la primavera de 1987, evocando sus conversaciones sobre Chejov, o sobre la poesía de William Carlos Williams, o describiendo a un Raymond Carver viviendo entre la conmoción de un diagnóstico y la necesidad de afrontar la vida y la muerte sin desprenderse de la literatura, del relato, de la poesía.
En la lectura que he realizado estos dos días de Carver y yo, una lectura sin otra servidumbre que la del placer de la literatura de un sábado y de un domingo grises y lluviosos, he sorprendido en sus páginas una doble virtud: es la crónica de Tess -y, en parte, de Raymond Carver- sobre la zona de intersección en que la vida y la muerte conviven y dialogan. La mirada de la amante sobre el amado, sobre un amado que inevitablemente y en un plazo muy corto desaparecerá del mundo de los vivos. Con sus manías, con sus lecturas, con sus pasiones (Chejov, siempre Chejov), con sus miedos, con la permanente amenaza del alcohol abandonado una década antes, con su maniática aplicación a corregir poemas y relatos. Pero también es la reflexión de Tess Gallagher como poeta, como viuda entregada a recobrar el tiempo de Ray a través de sus poemas y, sobre todo, a recapacitar sobre el proceso de crecimiento del libro que escribió en ese tiempo doloroso y, según confiesa, feliz ("Me resulta duro hablar de aquellos días, decir que llegamos a ser felices. Y sí, lo fuimos. Sentíamos la felicidad como el brillo del sol en otra parte cuando la tierra está a oscuras", escribe Tess en el texto aludido al principio), en su hermosísimo y complejo libro El puente que cruza la luna (Bartleby, 2006).
La correspondencia entre Robert Altmann y Gallagher a propósito del rodaje de Vidas cruzadas, la película inspirada en 9 relatos de Ray, el diario del viaje por Europa que ella escribió, una honda conversación sobre Carver y el cine entre Robert Stewart, Altmann y Tess... Algunos artítulos y trabajos de la poeta sobre Ray y su mundo de amistades... Y las fotografías. Sí: las fotografías. El volumen contiene algunas fotografías que he visto por vez primera: Ray con Tess, Ray con Richard Ford, Ray vestido de smoking, Ray con su editor italiano. Fotografías en las que vemos a un Carver que, a veces, se oculta tras unas gafas oscuras como si huyera de la desolación; o que sonríe vagamente, como si observara en algún lugar no demasiado lejano el vuelo de la enfermedad o de la muerte.
Sé que no va a ser mi única lectura. Leer un libro en galeradas no es lo mismo que hacerlo una vez editado. Pero es una experiencia que aporta una extraña intimidad, la sensación de compartir con el autor (en este caso con Tess, la autora) su proceso creador: no olvidemos que el libro no será realidad hasta que, en septiembre, vea la luz. Y de sentir que, por unas horas, has formado parte de una familia que desapareció: la que Tess y Ray conformaron entre 1978 y el 2 de agosto de 1988. Dos escritores entregados al amor, a la literatura y a combatir la sombra del pasado alcoholico y devastador de uno de ellos.
Carver y yo nos contiene a quienes hemos sentido esa mezcla de placer y dolor, de certeza e incertidumbre, de claridad y penumbra, que transmiten sus relatos y sus poemas. Es la indagación acerada, entre lo poético y lo sentimental, de Tess Gallagher en una experiencia amorosa que duró diez años pero que adquirió tonos de un emotivo lirismo, de una reflexión entre la desesperanza y la felicidad (una felicidad doliente) cuando a Ray le diagnosticaron el cáncer de pulmón que acabaría con su vida. A lo largo de esta semana he vivido largas horas al lado de Tess. Ha sido como prolongar la conversación que hace menos de un mes mantuvimos en una mesa de la en aquellos momentos solitaria cafetería de la Residencia de Estudiantes. Al leer las galeradas veía a Tess escuchando la opinión de Ray sobre sus poemas, tomando nota del viaje que realizaron juntos por Europa durante la primavera de 1987, evocando sus conversaciones sobre Chejov, o sobre la poesía de William Carlos Williams, o describiendo a un Raymond Carver viviendo entre la conmoción de un diagnóstico y la necesidad de afrontar la vida y la muerte sin desprenderse de la literatura, del relato, de la poesía.
En la lectura que he realizado estos dos días de Carver y yo, una lectura sin otra servidumbre que la del placer de la literatura de un sábado y de un domingo grises y lluviosos, he sorprendido en sus páginas una doble virtud: es la crónica de Tess -y, en parte, de Raymond Carver- sobre la zona de intersección en que la vida y la muerte conviven y dialogan. La mirada de la amante sobre el amado, sobre un amado que inevitablemente y en un plazo muy corto desaparecerá del mundo de los vivos. Con sus manías, con sus lecturas, con sus pasiones (Chejov, siempre Chejov), con sus miedos, con la permanente amenaza del alcohol abandonado una década antes, con su maniática aplicación a corregir poemas y relatos. Pero también es la reflexión de Tess Gallagher como poeta, como viuda entregada a recobrar el tiempo de Ray a través de sus poemas y, sobre todo, a recapacitar sobre el proceso de crecimiento del libro que escribió en ese tiempo doloroso y, según confiesa, feliz ("Me resulta duro hablar de aquellos días, decir que llegamos a ser felices. Y sí, lo fuimos. Sentíamos la felicidad como el brillo del sol en otra parte cuando la tierra está a oscuras", escribe Tess en el texto aludido al principio), en su hermosísimo y complejo libro El puente que cruza la luna (Bartleby, 2006).
La correspondencia entre Robert Altmann y Gallagher a propósito del rodaje de Vidas cruzadas, la película inspirada en 9 relatos de Ray, el diario del viaje por Europa que ella escribió, una honda conversación sobre Carver y el cine entre Robert Stewart, Altmann y Tess... Algunos artítulos y trabajos de la poeta sobre Ray y su mundo de amistades... Y las fotografías. Sí: las fotografías. El volumen contiene algunas fotografías que he visto por vez primera: Ray con Tess, Ray con Richard Ford, Ray vestido de smoking, Ray con su editor italiano. Fotografías en las que vemos a un Carver que, a veces, se oculta tras unas gafas oscuras como si huyera de la desolación; o que sonríe vagamente, como si observara en algún lugar no demasiado lejano el vuelo de la enfermedad o de la muerte.
Sé que no va a ser mi única lectura. Leer un libro en galeradas no es lo mismo que hacerlo una vez editado. Pero es una experiencia que aporta una extraña intimidad, la sensación de compartir con el autor (en este caso con Tess, la autora) su proceso creador: no olvidemos que el libro no será realidad hasta que, en septiembre, vea la luz. Y de sentir que, por unas horas, has formado parte de una familia que desapareció: la que Tess y Ray conformaron entre 1978 y el 2 de agosto de 1988. Dos escritores entregados al amor, a la literatura y a combatir la sombra del pasado alcoholico y devastador de uno de ellos.
Madrileño. Periodista, escritor y crítico literario. Ha publicado más de veinte libros: entre otros, las novelas "El lento adiós de los tranvías" (1992), "Una mirada oblicua" (1995), "La mujer muerta" (2000), "Los días de Eisenhower" (2002) y "Trenes en la niebla" (2005); de los libros de poemas "El vuelo liberado" (1986), "El muro transparente" (1992), "La densidad de los espejos" (1997), "Donde nunca hubo ángeles" (2003) y "De viejas estaciones invernales" (2006). En "Monólogo del entreacto. Cien poemas. 1982-2005" (Hiperion, 2007)recoge una amplia selección de su obra poética. Es autor del único ensayo sobre la totalidad de la poesía de Manuel Vázquez Montalbán ("Memoria, deseo y compasión", 2001) y de varias ediciones críticas. Ha escrito el libro de viajes "Por la sierra del agua" (GADIR, 2006) y "Verano´" (Alianza, 2008)es su última novela. Con posterioridad ha publicado "Espejo y tinta" (Bruguera, 2008), compuesto por dos novelas cortas. Dirige la colección de poesía de Bartleby Editores.
Colabora en el diario El País y en diversas revistas culturales con artículos sobre política y cultura. Ejerce la crítico de poesía en Babelia desde 1996.
lunes, 14 de mayo de 2007
Respuesta última al "contracrítico" embozado
Insiste el crítico enmascarado en el insulto y la descalificación personal en la última entrada de su blog. ¡Qué le vamos a hacer! Probablemente haya presentado algún manuscrito a Bartleby y no haya pasado el listón mínimo de calidad, algo que ocurre con mucha frecuencia, y opta por la vía de la venganza. Si no es por eso, es imposible dar crédito a tanta mentira.
Hago en este blog alguna puntalización a sus despropósitos por una razón muy simple: por segunda vez he querido introducir un comentario en el del insultante sin que me haya sido posible hacerlo: un filtro lo impide. Sin embargo, hay dos comentarios publicados y los dos son incondicionales del susodicho. Lo cual pone de relieve el grado de tolerancia del individuo y me ofrece algún que otro indicio sobre la identidad real de Addison de Witt (por cierto, más que el nombre de un poeta parece una marca de bombillas).
Bien: dejando aparte la calificación que pueda hacer de mi último libro de poemas, De viejas estaciones invernales, que respeto aunque la credibilidad del comentario sea nula al elegir la trinchera del anonimato -¿por qué no lo critica, con rigor, con nombre y apellidos?: eso siempre se agradece-, sólo apuntaré dos muestras de su paranoia: me hace tantos favores Babelia que la crítica de Antonio Ortega ha aparecido más de medio año después de que el libro se publicara. Es más, cuatro o cinco meses después de que aparecieran las críticas de ABCD las Artes y de El Cultural. Estamos, por tanto, ante un gesto de favoritismo similar al que se produce con Bartleby Editores: en todo un año, sólo una crítica a uno de sus libros y dos referencias a otros tantos títulos. Es decir: ¡3 apariciones en todo el año 2006! Eso lo dice todo y pone de relieve la calaña del "contracrítico embozado".
Hasta aquí mi respuesta. Y no habrá más, diga lo que diga el interfecto en el futuro. Sólo lo haré por la vía del comentario en su blog. Si es que se atreve a abrirlo, lo que no parece probable.
Hago en este blog alguna puntalización a sus despropósitos por una razón muy simple: por segunda vez he querido introducir un comentario en el del insultante sin que me haya sido posible hacerlo: un filtro lo impide. Sin embargo, hay dos comentarios publicados y los dos son incondicionales del susodicho. Lo cual pone de relieve el grado de tolerancia del individuo y me ofrece algún que otro indicio sobre la identidad real de Addison de Witt (por cierto, más que el nombre de un poeta parece una marca de bombillas).
Bien: dejando aparte la calificación que pueda hacer de mi último libro de poemas, De viejas estaciones invernales, que respeto aunque la credibilidad del comentario sea nula al elegir la trinchera del anonimato -¿por qué no lo critica, con rigor, con nombre y apellidos?: eso siempre se agradece-, sólo apuntaré dos muestras de su paranoia: me hace tantos favores Babelia que la crítica de Antonio Ortega ha aparecido más de medio año después de que el libro se publicara. Es más, cuatro o cinco meses después de que aparecieran las críticas de ABCD las Artes y de El Cultural. Estamos, por tanto, ante un gesto de favoritismo similar al que se produce con Bartleby Editores: en todo un año, sólo una crítica a uno de sus libros y dos referencias a otros tantos títulos. Es decir: ¡3 apariciones en todo el año 2006! Eso lo dice todo y pone de relieve la calaña del "contracrítico embozado".
Hasta aquí mi respuesta. Y no habrá más, diga lo que diga el interfecto en el futuro. Sólo lo haré por la vía del comentario en su blog. Si es que se atreve a abrirlo, lo que no parece probable.
Madrileño. Periodista, escritor y crítico literario. Ha publicado más de veinte libros: entre otros, las novelas "El lento adiós de los tranvías" (1992), "Una mirada oblicua" (1995), "La mujer muerta" (2000), "Los días de Eisenhower" (2002) y "Trenes en la niebla" (2005); de los libros de poemas "El vuelo liberado" (1986), "El muro transparente" (1992), "La densidad de los espejos" (1997), "Donde nunca hubo ángeles" (2003) y "De viejas estaciones invernales" (2006). En "Monólogo del entreacto. Cien poemas. 1982-2005" (Hiperion, 2007)recoge una amplia selección de su obra poética. Es autor del único ensayo sobre la totalidad de la poesía de Manuel Vázquez Montalbán ("Memoria, deseo y compasión", 2001) y de varias ediciones críticas. Ha escrito el libro de viajes "Por la sierra del agua" (GADIR, 2006) y "Verano´" (Alianza, 2008)es su última novela. Con posterioridad ha publicado "Espejo y tinta" (Bruguera, 2008), compuesto por dos novelas cortas. Dirige la colección de poesía de Bartleby Editores.
Colabora en el diario El País y en diversas revistas culturales con artículos sobre política y cultura. Ejerce la crítico de poesía en Babelia desde 1996.
jueves, 10 de mayo de 2007
Refugiar la mentira en el anonimato o en el seudónimo
Recibo un enlace con el blog de un (¿o una?) tal Addison de Witt -supongo que se trata de un seudónimo- debido a que mi nombre aparece en varias ocasiones en una de sus entradas. Es un supuesto "contracrítico" que, por lo que he podido leer, se dedica a encadenar despropósitos y mentiras, difundirlas a través de la red sin mostrar su identidad para, como en la jerga de mi barrio se decía, dejarlas en el aire con el fin de que "el que haya hecho el mundo, que lo arregle". La práctica de la derecha más rancia puesta en la letra de un hipotético izquierdista atrincherado en el ocultamiento.
Más allá de establecer una mentira sin paliativos sobre supuestos vínculos entre Bartleby y Babelia (sólo con decir que en los 52 suplementos del año 2006 sólo aparecieron una crítica a un libro de Bartleby y un par de referencias a otros, se dice todo), y de achacar torvas estrategias por parte de Pepo Paz, su propietario, entre las que incluye mi supuesta contratación (otra mentira, mi trabajo es voluntario y gratuito, nacido de una amistad surgida hace casi una década y sin contrato alguno de por medio), el autor del blog me adjudica una "amistad personal" con Edgardo Dobry, crítico al que no he visto en mi vida, con el que nunca he hablado, ni siquiera por teléfono y a uno de cuyos libros dediqué una crítica, por cierto, sólo en parte positiva, hace no sé cuánto tiempo. Es decir: no puedo ni ponerle cara porque a Dobry no lo he visto ni en fotografía. Sólo he leído, con gusto y respeto, algunos de sus trabajos críticos y el epílogo a la antología ZurDos, texto, por cierto, que venía en el bloque que contrató Bartleby después de que otras editoriales desestimaran su publicación (del bloque, claro está).
Si todo cuanto afirma este "contracrítico" embozado tiene el mismo porcentaje de verdad que lo que ha escrito sobre Bartleby y sobre esta modesta persona, la credibilidad del personaje es nula. Absolutamente. No me extraña que oculte su identidad tras un seudónimo.
Lo más lamentable, con todo, es constatar cómo la práctica que hemos visto en distintos medios de comunicación, digitales y convencionales, consistente en lanzar a los cuatro vientos mentiras y acusaciones sin pruebas, se extiende por la Red ante la imposibilidad de las "víctimas" de defenderse. Ni siquiera, como es el caso, de conocer al mentiroso. Porque a ello se añade una ciruncunstancia muy especial: el contenido de cuanto llevo escrito he intentado insertarlo en la entrada del blog famoso. Pues no ha sido posible porque tiene instalado un mecanismo de filtración que lo impide. Con lo cual, la mentira queda en la red y no hay posibilidad de desmentirla en el mismo medio/blog en que aquélla apareció. Y un derecho, esencial en toda práctica informativa y periodística, como el de réplica, es laminado, de facto, en la Red.
Creo que este tipo de prácticas deberían encontrar el rechazo más contundente por parte de quienes creemos en el valor de la verdad, en el valor de las palabras y en la importancia esencial de la literatura y de la poesía en la conformación de la conciencia contemporánea. No sería malo buscar iniciativas conjuntas que impidan que Internet sea utilizado, de manera irresponsable y desde el anonimato o desde el seudónimo, para insultar, mentir, contar medias verdades y agraviar a personas, sean críticos, poetas, narradores o simples ciudadanos de a pie. Al viejo lema (todavía vigente, al menos en su esencia) "proletarios de todos los países, uníos", deberíamos añadir, con urgencia, otro nuevo: "internautas contra la mentira, uníos". Pues eso, pensemos cómo acabar, colectivamente, con la impunidad en la Red. Porque hace falta el debate, el intercambio de opiniones, por muy distantes y radicales que éstas sean, per sabiendo siempre quién es quien firma o respalda cada opinión. Es decir: con honestidad, franqueza y rigor intelectual. Es lo menos que cabe pedir.
Más allá de establecer una mentira sin paliativos sobre supuestos vínculos entre Bartleby y Babelia (sólo con decir que en los 52 suplementos del año 2006 sólo aparecieron una crítica a un libro de Bartleby y un par de referencias a otros, se dice todo), y de achacar torvas estrategias por parte de Pepo Paz, su propietario, entre las que incluye mi supuesta contratación (otra mentira, mi trabajo es voluntario y gratuito, nacido de una amistad surgida hace casi una década y sin contrato alguno de por medio), el autor del blog me adjudica una "amistad personal" con Edgardo Dobry, crítico al que no he visto en mi vida, con el que nunca he hablado, ni siquiera por teléfono y a uno de cuyos libros dediqué una crítica, por cierto, sólo en parte positiva, hace no sé cuánto tiempo. Es decir: no puedo ni ponerle cara porque a Dobry no lo he visto ni en fotografía. Sólo he leído, con gusto y respeto, algunos de sus trabajos críticos y el epílogo a la antología ZurDos, texto, por cierto, que venía en el bloque que contrató Bartleby después de que otras editoriales desestimaran su publicación (del bloque, claro está).
Si todo cuanto afirma este "contracrítico" embozado tiene el mismo porcentaje de verdad que lo que ha escrito sobre Bartleby y sobre esta modesta persona, la credibilidad del personaje es nula. Absolutamente. No me extraña que oculte su identidad tras un seudónimo.
Lo más lamentable, con todo, es constatar cómo la práctica que hemos visto en distintos medios de comunicación, digitales y convencionales, consistente en lanzar a los cuatro vientos mentiras y acusaciones sin pruebas, se extiende por la Red ante la imposibilidad de las "víctimas" de defenderse. Ni siquiera, como es el caso, de conocer al mentiroso. Porque a ello se añade una ciruncunstancia muy especial: el contenido de cuanto llevo escrito he intentado insertarlo en la entrada del blog famoso. Pues no ha sido posible porque tiene instalado un mecanismo de filtración que lo impide. Con lo cual, la mentira queda en la red y no hay posibilidad de desmentirla en el mismo medio/blog en que aquélla apareció. Y un derecho, esencial en toda práctica informativa y periodística, como el de réplica, es laminado, de facto, en la Red.
Creo que este tipo de prácticas deberían encontrar el rechazo más contundente por parte de quienes creemos en el valor de la verdad, en el valor de las palabras y en la importancia esencial de la literatura y de la poesía en la conformación de la conciencia contemporánea. No sería malo buscar iniciativas conjuntas que impidan que Internet sea utilizado, de manera irresponsable y desde el anonimato o desde el seudónimo, para insultar, mentir, contar medias verdades y agraviar a personas, sean críticos, poetas, narradores o simples ciudadanos de a pie. Al viejo lema (todavía vigente, al menos en su esencia) "proletarios de todos los países, uníos", deberíamos añadir, con urgencia, otro nuevo: "internautas contra la mentira, uníos". Pues eso, pensemos cómo acabar, colectivamente, con la impunidad en la Red. Porque hace falta el debate, el intercambio de opiniones, por muy distantes y radicales que éstas sean, per sabiendo siempre quién es quien firma o respalda cada opinión. Es decir: con honestidad, franqueza y rigor intelectual. Es lo menos que cabe pedir.
Madrileño. Periodista, escritor y crítico literario. Ha publicado más de veinte libros: entre otros, las novelas "El lento adiós de los tranvías" (1992), "Una mirada oblicua" (1995), "La mujer muerta" (2000), "Los días de Eisenhower" (2002) y "Trenes en la niebla" (2005); de los libros de poemas "El vuelo liberado" (1986), "El muro transparente" (1992), "La densidad de los espejos" (1997), "Donde nunca hubo ángeles" (2003) y "De viejas estaciones invernales" (2006). En "Monólogo del entreacto. Cien poemas. 1982-2005" (Hiperion, 2007)recoge una amplia selección de su obra poética. Es autor del único ensayo sobre la totalidad de la poesía de Manuel Vázquez Montalbán ("Memoria, deseo y compasión", 2001) y de varias ediciones críticas. Ha escrito el libro de viajes "Por la sierra del agua" (GADIR, 2006) y "Verano´" (Alianza, 2008)es su última novela. Con posterioridad ha publicado "Espejo y tinta" (Bruguera, 2008), compuesto por dos novelas cortas. Dirige la colección de poesía de Bartleby Editores.
Colabora en el diario El País y en diversas revistas culturales con artículos sobre política y cultura. Ejerce la crítico de poesía en Babelia desde 1996.
lunes, 7 de mayo de 2007
Encuentro de intelectuales antifascistas
Recibo, por diversos canales, invitación para acudir al Encuentro de Intelectuales Antifascistas en conmemoración del 70 aniversario de la celebración del Congreso de Escritores en Defensa de la Cultura, celebrado en Valencia. Otras ocupaciones y la falta de tiempo libre me impedirán estar presente en un acto que me parece muy importante en los tiempos que corren (más aún tras la victoria de Sarkozy). Sin embargo, al ver el programa de actividades, las conferencias y encuentros advierto, más que un encuentro de intelectuales y escritores antifascistas, un encuentro antiglobalización en el que no parece haber espacio para quienes, desde posiciones tan antifascistas, al menos, como las que expresan los participantes, tenemos una visión quizá menos esquemática, más compleja y matizada, tanto del sistema en que nos movemos como del proceso de globalización. Para quienes, en definitiva, concebimos el antifascismo como un amplio y rico espectro de organizaciones, personas, ingredientes culturales, sociales, políticos que van del centro izquierda a la izquierda más radical, pero que no se sitúan en exclusiva en la visión que, dado el perfil de los panelistas, parece expresar el Encuentro.
La evidencia de que se trata de un encuentro circunscrito a una sensibilidad en el universo de las políticas de progreso, de izquierdas, está en que muchos narradores, poetas, críticos que se consideran antifascistas y de izquierdas, tan herederos como los que más del Congreso de 1937, han conocido la celebración del encuentro ahora, cuando reciben la correspondiente invitación. ¿Existen documentos sobre los que reflexionar y debatir? ¿Se ha elaborado algún proyecto de declaración y se ha distribuido a los numerosos escritores que en la península ibérica comparten una actitud antifascista para recoger sus aportaciones, sus sugerencias, o simplemente para que elaboren una propuesta alternativa en caso de no estar de acuerdo? ¿Se ha pedido participación a las distintas asociaciones de escritores existentes en España? Ni siquiera la invitación es utilizada como cauce para solicitar la participación del invitado.
En cualquier caso, se trata de una iniciativa de gran interés sobre cuyo desarrollo hemos de estar atentos. Al menos, yo lo estaré. Lo que no obsta para que piense que encuentros de esa naturaleza podrían tener una repercusión enorme si se afrontaran, en su organización y preparación, con un talante abierto a las diversas sensibilidades del antifascismo y se abordaran, también, a través de un proceso de participación de gentes o representantes de todas esas sensibilidades. No hacerlo así limita la repercusión del Encuentro, la circunscribe al espacio de los iniciados y lo puede situar en una marginación que el propio concepto "antifascista" no se merece.
Espero, de todos modos, que el Encuentro tenga una repercusión pública significativa. Y que estas notas sean vistas/leídas como una suma de ideas para la reflexión. O como una forma de participación de alguien que, por las razones arriba expuestas, no podrá estar en Valencia.
La evidencia de que se trata de un encuentro circunscrito a una sensibilidad en el universo de las políticas de progreso, de izquierdas, está en que muchos narradores, poetas, críticos que se consideran antifascistas y de izquierdas, tan herederos como los que más del Congreso de 1937, han conocido la celebración del encuentro ahora, cuando reciben la correspondiente invitación. ¿Existen documentos sobre los que reflexionar y debatir? ¿Se ha elaborado algún proyecto de declaración y se ha distribuido a los numerosos escritores que en la península ibérica comparten una actitud antifascista para recoger sus aportaciones, sus sugerencias, o simplemente para que elaboren una propuesta alternativa en caso de no estar de acuerdo? ¿Se ha pedido participación a las distintas asociaciones de escritores existentes en España? Ni siquiera la invitación es utilizada como cauce para solicitar la participación del invitado.
En cualquier caso, se trata de una iniciativa de gran interés sobre cuyo desarrollo hemos de estar atentos. Al menos, yo lo estaré. Lo que no obsta para que piense que encuentros de esa naturaleza podrían tener una repercusión enorme si se afrontaran, en su organización y preparación, con un talante abierto a las diversas sensibilidades del antifascismo y se abordaran, también, a través de un proceso de participación de gentes o representantes de todas esas sensibilidades. No hacerlo así limita la repercusión del Encuentro, la circunscribe al espacio de los iniciados y lo puede situar en una marginación que el propio concepto "antifascista" no se merece.
Espero, de todos modos, que el Encuentro tenga una repercusión pública significativa. Y que estas notas sean vistas/leídas como una suma de ideas para la reflexión. O como una forma de participación de alguien que, por las razones arriba expuestas, no podrá estar en Valencia.
Madrileño. Periodista, escritor y crítico literario. Ha publicado más de veinte libros: entre otros, las novelas "El lento adiós de los tranvías" (1992), "Una mirada oblicua" (1995), "La mujer muerta" (2000), "Los días de Eisenhower" (2002) y "Trenes en la niebla" (2005); de los libros de poemas "El vuelo liberado" (1986), "El muro transparente" (1992), "La densidad de los espejos" (1997), "Donde nunca hubo ángeles" (2003) y "De viejas estaciones invernales" (2006). En "Monólogo del entreacto. Cien poemas. 1982-2005" (Hiperion, 2007)recoge una amplia selección de su obra poética. Es autor del único ensayo sobre la totalidad de la poesía de Manuel Vázquez Montalbán ("Memoria, deseo y compasión", 2001) y de varias ediciones críticas. Ha escrito el libro de viajes "Por la sierra del agua" (GADIR, 2006) y "Verano´" (Alianza, 2008)es su última novela. Con posterioridad ha publicado "Espejo y tinta" (Bruguera, 2008), compuesto por dos novelas cortas. Dirige la colección de poesía de Bartleby Editores.
Colabora en el diario El País y en diversas revistas culturales con artículos sobre política y cultura. Ejerce la crítico de poesía en Babelia desde 1996.
domingo, 6 de mayo de 2007
Collins y otros nombres de Norteamérica
Edgardo Dobry se ocupa en Babelia de Lo malo de la poesía, de Billy Collins ( http://bartlebyeditores.blogspot.com ), una de las más recientes novedades de Bartleby. Creo que su crítica es certera y el juicio que emite sobre la poesía de Collins, especialmente de los poemas de este libro, sería extensible a una buena parte de la poesía norteamericana menos metafísica, más apegada a lo cotidiano que se viene escribiendo en las últimas décadas. Esa búsqueda del temblor existencial, de los misterios del lenguaje y su capacidad de trascender lo real, en la propia realidad vivida es algo presente, desde opciones estéticas distintas, en buena parte de los poetas norteamericanos de mayor calado. Es verdad, como afirma Dobry, que en algunos momentos de Lo malo de la poesía se transparenta el Philip Larkin de Ventanas. Pero también lo es que en la mirada de Collins respira una tradición poética muy norteamericana que, aunque en éste no tenga la gravedad que en otros casos y contenga algo más de juego que de experiencia angustiada -es, además, una poesía más optimista- se remonta a los poetas de las primeras décadas del siglo. Pienso en Thomas Hardy, en Edgar Lee Masters, en Sandburg, en Frost, en la Escuela de Chicago... Era una poesía atenta al mundo y, a la vez, a las posibilidades de revelación del lenguaje. Una poesía directa, alejada de las distintas vertientes del imaginismo paralelo a las vanguardias aunque en ella sea visible cierto Eliot, esencialmente el primero, y, ya situándonos en Gran Bretaña, cierto Auden.
Pero la de Collins es, también, una poesía emparentada con la literatura -no sólo de la lírica- que, a principios de los años ochenta, rompió con el experimentalismo de los sesenta y setenta regresando a lo cotidiano. Crece en paralelo a la narrativa -y a la poesía- de Carver, de Richard Ford, de Auster, de Tobias Wolff, de Jay McInerney. Cierto que en Collins no es visible la mirada crítica, desoladora, agrietada, amarga de Carver. Que su poesía tiene algo de celebración de la vida -aunque se contemple desde una ventana-, pero participa de la misma vocación de descubrir lo inefable en la realidad más inmediata, en las cosas cercanas, en los objetos y experiencias más previsibles.
Norteamericana y coetánea de Collins es Sharon Olds, y la propia Tess Gallagher, con una poesía de más compleja urdimbre desde el punto de vista lingüístico. Pero en los poemas de todos ellos alienta una tensa emoción ante la experiencia de vivir: la muerte, los seres más cercanos, el amor, el sexo, las sevicias de la enfermedad, los amigos. Esos son, junto con el pozo inabarcable del lenguaje, los ingredientes de una poesía que, con sus variantes, con sus distintos enfoques, se planta ante la vida y reflexiona acerca de su sentido.
Pero la de Collins es, también, una poesía emparentada con la literatura -no sólo de la lírica- que, a principios de los años ochenta, rompió con el experimentalismo de los sesenta y setenta regresando a lo cotidiano. Crece en paralelo a la narrativa -y a la poesía- de Carver, de Richard Ford, de Auster, de Tobias Wolff, de Jay McInerney. Cierto que en Collins no es visible la mirada crítica, desoladora, agrietada, amarga de Carver. Que su poesía tiene algo de celebración de la vida -aunque se contemple desde una ventana-, pero participa de la misma vocación de descubrir lo inefable en la realidad más inmediata, en las cosas cercanas, en los objetos y experiencias más previsibles.
Norteamericana y coetánea de Collins es Sharon Olds, y la propia Tess Gallagher, con una poesía de más compleja urdimbre desde el punto de vista lingüístico. Pero en los poemas de todos ellos alienta una tensa emoción ante la experiencia de vivir: la muerte, los seres más cercanos, el amor, el sexo, las sevicias de la enfermedad, los amigos. Esos son, junto con el pozo inabarcable del lenguaje, los ingredientes de una poesía que, con sus variantes, con sus distintos enfoques, se planta ante la vida y reflexiona acerca de su sentido.
Madrileño. Periodista, escritor y crítico literario. Ha publicado más de veinte libros: entre otros, las novelas "El lento adiós de los tranvías" (1992), "Una mirada oblicua" (1995), "La mujer muerta" (2000), "Los días de Eisenhower" (2002) y "Trenes en la niebla" (2005); de los libros de poemas "El vuelo liberado" (1986), "El muro transparente" (1992), "La densidad de los espejos" (1997), "Donde nunca hubo ángeles" (2003) y "De viejas estaciones invernales" (2006). En "Monólogo del entreacto. Cien poemas. 1982-2005" (Hiperion, 2007)recoge una amplia selección de su obra poética. Es autor del único ensayo sobre la totalidad de la poesía de Manuel Vázquez Montalbán ("Memoria, deseo y compasión", 2001) y de varias ediciones críticas. Ha escrito el libro de viajes "Por la sierra del agua" (GADIR, 2006) y "Verano´" (Alianza, 2008)es su última novela. Con posterioridad ha publicado "Espejo y tinta" (Bruguera, 2008), compuesto por dos novelas cortas. Dirige la colección de poesía de Bartleby Editores.
Colabora en el diario El País y en diversas revistas culturales con artículos sobre política y cultura. Ejerce la crítico de poesía en Babelia desde 1996.
jueves, 3 de mayo de 2007
Una lectura del verano de 1976
Fue en verano y fue en Cádiz. En una de las calles próximas al puerto, en una librería cuyo nombre he olvidado, encontré un libro de un poeta hoy desplazado de nóminas generacionales y de clasificaciones al uso: Carlos Álvarez. Su título: Aullido de licántropo. El libro, editado por la mítica colección Ocnos, dirigida por Joaquín Marco y con un consejo editor lleno de nombres irrepetibles de nuestra poesía como Jaime Gil de Biedma, Ángel González, José Ángel Valente, José Agustín Goytisolo, Pere Gimferrer, Manuel Vázquez Montalbán y Carlos Barral, estaba en un mostrador vertical, en una esquina del establecimiento. Lo compré y durante los dos o tres días posteriores, en el cobijo de una pequeña casa del Sanlúcar de Barrameda de 1976, lo leí con pasión y, por qué no decirlo, con mucho desasosiego. Era -y es- un libro estremecedor en el que el sujeto poético se escinde en dos: el traductor, sin nombre, del manuscrito de Lawrence Talbot, un hombre-lobo, y el hombre lobo, autor de los poemas. En el libro se alternan los comentarios, análisis e interpretaciones del traductor con los poemas a los que alude. El manuscrito inglés, nos dice el traductor, "llegó a mis manos no sé todavía si para bien o para mal cierta noche en que casualmente la luna inundaba con su luz mi habitación, y que ahora entrego en prosa y verso castellanos".
En ese tiempo, creo recordar, Carlos Álvarez estaba en la cárcel, era preso político, y sufría una condena adicional en celda de castigo y, creo, protagonizaba una huelga de hambre. Yo había leído tiempo atrás algunos poemas de su libro Escrito en las paredes y había escuchado, con música de un cantautor frecuentador de recitales clandestinos en los barrios en que la ciudad de Madrid perdía su nombre, llamado Gabriel o con música y voz de Luis Pastor, otros. Uno de ellos, no lo sabía, formaba parte de Aullido de licántropo, y siempre me había emocionado especialmente: comienza con el verso "Lo llamaban Frank Stein". En estos días de un mayo lluvioso y elemental, recolocando las estanterías, me he reencontrado con el libro editado por Ocnos. Y he vuelto a leerlo para sentir una emoción muy similar a la que me invadió en aquellos días jóvenes y quizá más elementales que los presentes en que lo leí por vez primera bajo la noche de Sanlúcar. Es un libro en el que respira una angustia existencial ante la omnipresencia de la dictadura franquista que, curiosamente, es extensible a la voluntad de dominio que preside hoy cierta deriva de la globalización. En sus poemas y comentarios late la contradicción entre el hombre que intenta vivir lo cotidiano y el lobo que siempre acecha -esa dualidad que vive con nosotros hasta la muerte-, entre la racionalidad y lo no racional, entre la luz y la sombra. Entre el adanismo y la virginidad con que el inocente contempla el mundo y los más bajos instintos al servicio de la dominación y del oprobio. Un libro denso, cargado de significados, muy alejado del realismo plano con que a veces se ha descalificado cierta poesía social, escrito con un lenguaje ambicioso y preciso. Un libro sorprendente más de treinta años después de su salida a la luz. Un libro a reeditar con el cuidado que requiere una voz, tan poderosa como marginada, como la de Carlos Álvarez. Como para muestra sirve un botón, ahí dejo este poema:
Duerme. Sueña: una grieta
prorrumpe, crece, tensa
los nervios del violín. La calavera
resquebrajada. Escombro. Se pasea
por ella
quién sabe qué sería: una rata muerta,
los dientes de un gusano, la primera
balada de Chopin. Arde, gotea
la sangre en cada tecla
de su cerebro. Nieva
del crescendo dramático la espesa
coloración del pánico... la idea
le ronda en torbellino: vueltas,
vueltas
a la espiral del tema.
¿Liberarlo?
Nadie turbe su sueño. Sueñe. Sueña.
Volver la vista atrás, reescribir, con el rigor y la distancia que ahora son posibles, la historia de nuestra poesía. Rescatar nombres y títulos, darles la vida que la pasión academicista ha intentado enterrar. Apostar por el poema que alienta en la vida. En las palabras, sin duda. Pero en las palabras que revelan y dan vida. Como este magistral Aullido de Carlos Álvarez. El poeta que escribía en un tiempo en el que era inevitable escribir algo así: "Estos que ahora son poemas / serán mañana piezas de un sumario".
En ese tiempo, creo recordar, Carlos Álvarez estaba en la cárcel, era preso político, y sufría una condena adicional en celda de castigo y, creo, protagonizaba una huelga de hambre. Yo había leído tiempo atrás algunos poemas de su libro Escrito en las paredes y había escuchado, con música de un cantautor frecuentador de recitales clandestinos en los barrios en que la ciudad de Madrid perdía su nombre, llamado Gabriel o con música y voz de Luis Pastor, otros. Uno de ellos, no lo sabía, formaba parte de Aullido de licántropo, y siempre me había emocionado especialmente: comienza con el verso "Lo llamaban Frank Stein". En estos días de un mayo lluvioso y elemental, recolocando las estanterías, me he reencontrado con el libro editado por Ocnos. Y he vuelto a leerlo para sentir una emoción muy similar a la que me invadió en aquellos días jóvenes y quizá más elementales que los presentes en que lo leí por vez primera bajo la noche de Sanlúcar. Es un libro en el que respira una angustia existencial ante la omnipresencia de la dictadura franquista que, curiosamente, es extensible a la voluntad de dominio que preside hoy cierta deriva de la globalización. En sus poemas y comentarios late la contradicción entre el hombre que intenta vivir lo cotidiano y el lobo que siempre acecha -esa dualidad que vive con nosotros hasta la muerte-, entre la racionalidad y lo no racional, entre la luz y la sombra. Entre el adanismo y la virginidad con que el inocente contempla el mundo y los más bajos instintos al servicio de la dominación y del oprobio. Un libro denso, cargado de significados, muy alejado del realismo plano con que a veces se ha descalificado cierta poesía social, escrito con un lenguaje ambicioso y preciso. Un libro sorprendente más de treinta años después de su salida a la luz. Un libro a reeditar con el cuidado que requiere una voz, tan poderosa como marginada, como la de Carlos Álvarez. Como para muestra sirve un botón, ahí dejo este poema:
Duerme. Sueña: una grieta
prorrumpe, crece, tensa
los nervios del violín. La calavera
resquebrajada. Escombro. Se pasea
por ella
quién sabe qué sería: una rata muerta,
los dientes de un gusano, la primera
balada de Chopin. Arde, gotea
la sangre en cada tecla
de su cerebro. Nieva
del crescendo dramático la espesa
coloración del pánico... la idea
le ronda en torbellino: vueltas,
vueltas
a la espiral del tema.
¿Liberarlo?
Nadie turbe su sueño. Sueñe. Sueña.
Volver la vista atrás, reescribir, con el rigor y la distancia que ahora son posibles, la historia de nuestra poesía. Rescatar nombres y títulos, darles la vida que la pasión academicista ha intentado enterrar. Apostar por el poema que alienta en la vida. En las palabras, sin duda. Pero en las palabras que revelan y dan vida. Como este magistral Aullido de Carlos Álvarez. El poeta que escribía en un tiempo en el que era inevitable escribir algo así: "Estos que ahora son poemas / serán mañana piezas de un sumario".
Madrileño. Periodista, escritor y crítico literario. Ha publicado más de veinte libros: entre otros, las novelas "El lento adiós de los tranvías" (1992), "Una mirada oblicua" (1995), "La mujer muerta" (2000), "Los días de Eisenhower" (2002) y "Trenes en la niebla" (2005); de los libros de poemas "El vuelo liberado" (1986), "El muro transparente" (1992), "La densidad de los espejos" (1997), "Donde nunca hubo ángeles" (2003) y "De viejas estaciones invernales" (2006). En "Monólogo del entreacto. Cien poemas. 1982-2005" (Hiperion, 2007)recoge una amplia selección de su obra poética. Es autor del único ensayo sobre la totalidad de la poesía de Manuel Vázquez Montalbán ("Memoria, deseo y compasión", 2001) y de varias ediciones críticas. Ha escrito el libro de viajes "Por la sierra del agua" (GADIR, 2006) y "Verano´" (Alianza, 2008)es su última novela. Con posterioridad ha publicado "Espejo y tinta" (Bruguera, 2008), compuesto por dos novelas cortas. Dirige la colección de poesía de Bartleby Editores.
Colabora en el diario El País y en diversas revistas culturales con artículos sobre política y cultura. Ejerce la crítico de poesía en Babelia desde 1996.
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