En breve, Los filos de la noche, mi segunda novela, estará otra vez en librerías. Oculta desde hace muchos años, ha vuelto entre nosotros como una criatura recién nacida. Aquí cuento su pequeña historia. La pequeña historia, que es parte del prólogo de un libro que es, en el fondo, una nueva novela.
En los primeros años setenta, cuando comencé a escribir poesía con una clara voluntad literaria, no imaginaba que mi pasión por la literatura, que se había iniciado con la poesía una década antes, iba a tener una derivada persistente en la novela. La novela como artefacto literario, como lugar de descubrimiento de las capacidades del idioma, sin duda. Pero también como instrumento de creación de mundos, de personajes, de inyección de nueva vida, de nuevas realidades en la realidad cotidiana. Una brecha en el tedio. Un ventana a la memoria. Un juego de reinvención. Escribí, a mediados de los años ochenta, Mar de octubre (a la que aludo en una entrada anterior de este blog ) y poco tiempo después de terminarla, comenzó a crecer, sin que apenas me diera cuenta, una narración nueva que acabaría llevando como tírulo Los filos de la noche.
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Durante algunos meses, una imagen, probablemente asentada en algún recuerdo (pasa casi siempre) había rondado mi mente de forma muy tenaz: un hombre sentado en una hamaca en un jardín disfrutando, semidormido, del sol otoñal, recibe la inesperada visita de una mujer con la que convivió durante años y con la que rompió de manera definitiva. Abel era el nombre que le dí al hombre. Elia, en homenaje a una amiga que, en 1976, fue torturada por la policía política en la DGS hasta perder el bebé del que estaba embarazada, fue el nombre de ella. Ese retorno hace tambalear el edificio de aislamiento y dedicación a la literatura de Abel y abre la puerta a una noche de diálogo entre los dos en el que los reproches se alternan con los recuerdos y con el que la voz narrativa va construyendo el mundo en que vivieron cuando eran pareja. Un tiempo que va de 1968 a los primeros años de la transición política.
Esa es la trama de Los filos de la noche. Cuando apareció el libro en primera edición (Fundamentos, Madrid, 1990) había una sección en el suplemento de Libros del diario El Sol titulada "El autor ante su obra". El suplemento lo dirigía Manolo Longares y en la sección citada se publicaban las impresiones de los autores ante sus libros recién editados. Era quizá la pequeña dosis de egoteca que se preveía en una publicación semanal en un tiempo en el que no eran ni siquiera imaginables las redes sociales que han florecido en Internet a lo largo de lo que llevamos de siglo XXI. En aquella sección escribí un artículo que llevaba por título "Raíces al acecho. Semillas" en el que contaba mi experiencia de convivencia con la escritura de la novela. Hoy ese artículo, con algunas actualizaciones imprescindibles, es el prólogo de la nueva edición.
En la escritura de la novela me guiaron dos impulsos: el estético, consistente en la búsqueda de un modo de narrar distinto, hasta cierto punto innovador. Y el ético, basado en la indagación en las contradicciones que vivimos quienes éramos muy jóvenes en la transición y despertamos a la vida en los años últimos de la dictadura de Franco. Respecto al estético he de reconocer que por aquellos años yo estaba muy colgado del nouveau roman y leía mucha teoría estructuralista. Esa circunstancia me llevó a ensayar una fórmula difícil y no siempre agradecida: me refiero a la narración en segunda persona y, a la vez, en estilo libre indirecto. El narrador dialoga permanentemente con los personajes, guía sus diálogos, accede a su memoria y a su meditaciones y reflexiones. Si al principio pensé que una voz narrativa de ese carácter podía tener poco recorrido, que haría muy difícil pasar, con soltura y sin trasladar una sensación excesiva de artificio, de cuatro o cinco capítulos, no tardé en darme cuenta de que no ocurría así: la novela fue avanzando sin apenas interrupciones a lo largo de dos años y, para mi sorpresa, el resultado fue más que digno..
A lo largo de su escritura, la narración se me reveló como una novela de la "mala conciencia".
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La novela también se adentraba en otro mundo, también vinculado a la geografía emocional de mi generación: la búsqueda en el mundo rural del contrapeso de la vida urbana. El viaje a pueblos semiabandonados como forma de compromiso con una realidad que iba perdiendo su identidad. En este caso, Elia y Abel, y el grupo de amigos que les acompañan en la trama, alquilan una vieja casa en Patones de Arriba, no lejos de Madrid y en los años en que escribí la novela al margen de la pasión turística que hoy ha transformado el pueblo. Allí se desarrollará parte del argumento. Es una zona de la memoria que una y otro frecuentan. Las cerámicas, los tapices sudamericanos, las músicas de la época y los sueños que oscilan entre las vocaciones artísticas, el cine nerorrealista italiano (y el realista de los primeros Bardem o Berlanga) y la batalla cotidiana por la libertad completan un puzzle que no fue en aquellos años sino el reflejo de mi geografía emocional.
Los filos de la noche está de nuevo en la calle e incorporada, como una novela nueva, al catálogo de Huso Narrativa. . Para los nuevos lectores y para los menos nuevos.
Dos década después de su primera edición, a comienzos de 2010, volví a la novela. La releí con dudas y la dejé en stand by tras darme cuenta de que las prisas de entonces, la juventud excesiva y algunos abusos retóricos hacían aconsejable una reesceitura. Así, a mediados de 2014 inicié un proceso de reescritura que duraría hasta los años de pandemia. Lo hice con tranquilidad, sin prisa, aprovechando los ratos libres para
ello y, en su caso, para corregirla y saldar alguna deuda literaria y emocional, hasta que, tras una ultimísima lectura, en diciembre del pasado año estuvo lista para su reedición.
Los filos de la noche está de nuevo en la calle e incorporada, como una novela nueva, al catálogo de Huso Narrativa. . Para los nuevos lectores y para los menos nuevos.

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