viernes, 29 de enero de 2010

Sobre "El cónsul de Sodoma". Gil de Biedma y otros asuntos relacionados

No he visto El cónsul de Sodoma. Tampoco me apetece verla. Y cuanto he leído (críticas, artículos de toda orientación, tribunas libres, reportajes), lejos de invitarme a ello, me han animado a lo contrario. Gil de Biedma fue uno de los grandes de la lírica en castellano de la segunda mitad del siglo XX. Tiene unos cuantos poemas que justifican toda una vida dedicada a la literatura. Lo descubrí a finales de los años 70, leí entonces la práctica totalidad de sus poemas (después publicó muy pocos) y su homosexualidad, puesta de relieve de manera intensa y sutilísma a la vez en su poema Pandémica y celeste, me pareció un ingrediente más en su forma de ver el mundo, en la temática abordada en sus poemas. Me interesó su actitud frente a la realidad circundante, de compromiso cultural, social y político contra Franco y su Régimen. Me interesó, y mucho, su perspicacia como lector de poemas, sus acercamientos críticos y teóricos a la obra de poetas como Jorge Guillén, T.S. Eliot, Gil Albert, Cernuda, Espronceda. Admiré, retrospectivamente, su implicación en el homenaje a Antonio Machado en Collioure, a principios de los años sesenta, su contribución al renacimiento cultural de una España que salía de la posguerra... 

Aunque no lo conocí personalmente, la lectura de su obra y los testimonios escritos por algunos de sus mejores amigos, especialmente las memorias de Carlos Barral en Años de penitencia, en Los años sin excusa y en Cuando las horas veloces, me han permitido construir un Gil de Biedma complejo, alegre, de una enorme inteligencia, homosexual proclive a los amores furtivos y a los "hoteles de una noche", enamorado de Barcelona y, a la vez, de las tierras de Castilla, en la Segovia de sus vacaciones infantiles, lector profundo, vividor de la noche de la gauche divine de Boccacio en un tiempo irrepetible, firmante de manifiestos antifranquistas y solidario con los trabajadores y huelguistas de toda condición...  Pero no un ser obsesionado hasta la paranoia por su homosexualidad, por convertir la vida en una permanente búsqueda del amor más joven e irreverente. Y sospecho (reconozco el riesgo que asumo al utilizar tal verbo al no haber visto el film) que la película de  Sigfrid Monleón  proyecta sobre el espectador un Gil de Biedma parcial, sustituye la parte por el todo y obvia aspectos esenciales de su vida y, sobre todo, la profundidad y complejidad de una personalidad que no sólo pasó por la vida y marcó a una sociedad (al menos, a su mundo cultural) por su condición de homosexual, sino por muchos otros aspectos.

Gil de Biedma, Blas de Otero y Gabriel Celaya
Si las cosas son tal y como nos las cuentan Marsé y algunos otros amigos del poeta, con el Gil de Biedma que la película muestra, las generaciones más jóvenes, las de los nacidos después de la muerte del poeta, van a construir en su mente un Gil de Biedma irreal, tan simple como puede ser la obsesión permanente por un pene, un Gil de Biedma poetahomosexual u homosexualpoeta y no un gran poeta y un gran ser humano que vivió intensamente, al lado de los más débiles y con la mala conciencia del burgués desclasado, en un tiempo difícil y que, también, alardeo a veces de su condición de gay. Ni que decir tiene que estoy, en la polémica que se ha mostrado en los medios escritos, especialmente en el diario El País, con Juan Marsé y con quienes han compartido, con los matices que sea, su posición.

Hace algo más de un año, tras la muerte de Ángel González, escribí un entrada en este blog en la que expresaba mi radical desacuerdo con la imagen que no pocos columnistas y escritores, amigos y compañeros de muchas noches del gran autor de Áspero mundo estaban trasladando a los nuevos lectores y, en general, a aquellos amantes de la poesía interesados en conocer en profundidad a uno de los poetas clave de la generación del medio siglo: amigo de las farras nocturnas, cantor de boleros entre los vapores del vino, protagonista de borracheras memorables... y un largo etcétera de "cualidades" parecidas. Pocos aludían a su condición de poeta urbano comprometido con la lucha democrática, a su calidad de profesor en la Universidad de Nuevo México y a sus virtudes como enseñante, a su imprescindible lectura de Antonio Machado, a sus artículos teóricos, al modo en que alimentó, en los años 60 y 70 la pasión por una poesía crítica en las nuevas generaciones de la época. El lector imagianba, de la mano de los columnistas exégetas y amigos, a un Ángel González juerguista y bebedor en las noches madrileñas y no al poeta complejo y exigente, al intelectual comprometido, al innovador radical, desde una opción conversacional, directa y emocionada, de la poesía de nuestra posguerra.

Pues bien, cuanto he leído y escuchado sobre El cónsul de Sodoma me lleva a pensar que en el film se convierten la homosexualidad y el homoerotismo de Jaime Gil en el elemento esencial, casi único, de una vida que fue infinitamente más compleja y rica del mismo modo que Ángel González, tras su muerte, fue descrito en decenas de escritos (incluso preparados para homenajearlo) en el amigo de las noches alcohólicas y de la juerga. Y claro que lo fue (no es delito y es hasta saludable), pero fue infinitamente más.

Os dejo con el poema "Contra Jaime Gil de Biedma". Con sólo pinchar, veréis el video y escucharéis la voz del poeta. Que os vaya bien.

domingo, 24 de enero de 2010

Luis Javier, Lola: mis recuerdos de una noche de enero en la calle Atocha

Hoy no escribiré de poetas, ni de pugnas estéticas, ni de críticas o contracríticas. Escribiré de dos seres entrañables. De un hombre y de una mujer, Luis Javier Benavides y Dolores González Ruiz, que ocuparon un lugar en el paisaje contradictorio de mi primera juventud. Quizá escribiendo de ellos escriba, en parte, de muchos de nosotros. A ellos les dejo, como muestra de los más nobles sentimientos que compartimos, los cantuesos en flor de la fotografía.

Luis Javier. Lola. Dos nombres grabados a fuego en mi memoria más íntima, en las páginas quizá más doloridas e inexplicables de mi biografía. Al leer en los diarios de ayer la esquela conmemorativa del 33 aniversario de la matanza de Atocha, no he podido sustraerme a la evocación de las horas vividas aquella noche.Lola González Ruiz, Luis Javier Benavides.  Dos identidades. Dos rostros que difumina el tiempo, que aún es posible contemplar en las fotografías de los archivos periodísticos de la época. Lola vive (desde aquí mi abrazo, mi cariño, mi solidaridad), creo, en algún lugar de Cantabria. Luis Javier, no. Los dos fueron acribillados a balazos por pistoleros fascistas  aquella noche del 24 de enero de 1977. Lola se salvó de milagro. Luis Javier nos fue arrancado de la vida en plena juventud. De él recuerdo su condición de abogado de la Asociación de Vecinos "La Unión de Hortaleza", su presencia incansable, optimista y alegre, en las primeras asambleas del barrio, su trenka de paño oscuro, sus jerseys de punto y su mirada confiada, directa, llena de la convicción que, seguro, le aportaba saber que estaba construyendo con todos nosotros, hijos de la UVA de Hortaleza y de la derrota de casi cuarenta años antes, una realidad que iba a acabar con el franquismo. Lo recuerdo en un seiscientos destartalado, con la carrera recién acabada, pertrechado con una enorme carpeta en la que guardaba los sueños y las luchas de tantos de nosotros. En aquel seiscientos, E., que conocía los barrios del distrito, lo acompañaba a impartir charlas (entonces no se llamaban conferencias) a grupos de parados, a vecinos que pretendían organizarse para reclamar viviendas dignas y libertad. De Canillas a Villa Rosa, del barrio de San Lorenzo al de Santa María, de Las Cárcavas a Manoteras, entonces nucleos urbanos de un territorio de calles embarradas, sin apenas iluminación, sin transporte público que los enlazara con los tranvías de Arturo Soria o sólo con achacosas camionetas, barrios que lindaban con el campo, con la vía del ferrocarril, con viejos olivares, huertas y alamedas.... En aquel seiscientos --al que no le cerraba una de las ventanillas, me ha recordado E.-- hizo cientos de kilómetros y conoció una realidad muy alejada del mundo universitario que había dejado atrás y de la familia acomodada, de formación católica, de la que procedía.

Luis Javier se hizo parte de nosotros y de nuestra lucha. Hasta que aquella noche, de frío y de tinieblas, recibimos en casa (domicilio de recién casados progresistas y demasiado jóvenes, con reproducción del Guernica en un salón que olía a tabaco de pipa y a esperanza) una llamada telefónica: Luis Javier, con otros cuatro compañeros de despacho, había sido asesinado por una banda de pistoleros fascistas. Y fue el miedo, y la incertidumbre, y los sollozos, y la búsqueda de un lugar donde reunirnos donde no pudieran llegar quienes, temíamos, podían estar sembrando el horror (todavía mayor) en la noche de enero de la ciudad callada. Recordar a Luis Javier Benavides es poner en valor el inmenso cargamento de sueños, de entrega, de amor (sí de amor), de pasión y de empeño solidario que tantos hombres y mujeres, desde la más temprana juventud, pusieron en la difícil tarea de construir la democracia.


Escultura dedicada a los abogados de Atocha situada en Antón Martín. Autor: Pepe Caballero
Mi recuerdo de Lola González Ruiz es diferente. Ella sobrevivió: recibió un disparo (quizá alguno más) entre el final de la mandíbula y el cuello y, aunque tardó mucho tiempo en recuperarse, compartimos durante dos o tres años trabajo y dedicaciones en favor de un urbanismo solidario, redistributivo, en la sexta planta de la sede provincial del PCE, calle de Campomanes, Madrid central y adoquinado, días interminables que se colaban en las noches (y a veces en la madrugada) avivando en nosotros sueños que, tiempo más tarde, se mostrarían precarios, imposi bles casi. Entonces, ella batallaba contra una depresión tenaz, implacable, hija de la noche de asesinatos y  de una circunstancia de las que acaban emocional y psicológicamente con el más fuerte de los seres humanos: Lola era la novia de Enrique Ruano, el estudiante de Derecho al que agentes de la temida brigada político-social arrojaron por la ventana de un tercer piso un fatídico día de 1969 y, terrible destino, se había casado, años después, con Francisco Javier Sauquillo, uno de los asesinados aquella noche del 24 de enero de 1977. No la conocía de antes, pero la recuerdo trabajando sin parar por un Madrid mejor y caminando de un despacho a otro por el interminable pasillo, surcado de grabados de Pepe Ortega, de Agustín Ibarrola, de Saura, de Zamorano, de Genovés, de la sexta planta de la calle Campomanes llevando en la mirada la tristeza infinita de la muerte de dos seres tan queridos y del terror vivido ante unos pistoleros. Deseo que haya sido (y sea) feliz en Cantabria, que todavía mantenga aquel entusiasmo difícil tras su dramática experiencia y que la vida, al fin, la haya recompensado de tanto dolor.



Luis Javier hubiera sido, con tada seguridad, uno de los artífices del Madrid democrático que se forjó bajo la alcaldía de Tierno Galván y habría vivido con nosotros la construcción, no por precaria menos importante, de parte de la realidad que con tanta pasión imaginamos. Hoy sería un sesentón cercano, inteligente, quizá apuesto, firme en sus convicciones y lleno de sensibilidad hacia las carencias de una sociedad injusta. Al menos, así me gusta imaginarlo.

Dos nombres. Un hombre y una mujer que han vuelto a mí en estas horas de recapitulación sobre aquella terrible experiencia. Íntima. y, por supuesto, colectiva. Quede aquí esta gavilla de recuerdos que nunca aparecerán en los periódicos. Ni en la pantalla del televisor.

Un íntimo compromiso literario
A propósito de lo hasta aquí escrito: con la literatura , que es también instrumento de la memoria (que a veces la salva y a veces la traiciona), y con la gente a la que quiero, incluso con la que no quiero, tengo una deuda personal, íntima. No es otra que el compromiso de escribir la novela de quienes nacimos en los cincuenta, vivimos los estertores de la dictadura y nos dejamos alegrías, lágrimas, esperanzas, erotismo, sueños, intereses personales y decepciones en un tiempo de transición que a veces se edulcora, pero que no sólo estuvo marcado por la alegría, sino, digámoslo con palabras de un hermano mayor de aquellos años, Diego Jesús Jiménez, "lleno de incertidumbre y de sollozos".  Aspectos, trazos, ráfagas quizá de esa memoria, quedaron en mis novelas Los filos de la noche y Una mirada oblicua, también en Verano. Pero sólo son realidades parciales. Mi compromiso íntimo es su aprehensión global, su reconstrucción literario-emocional desde la mirada del adolescente que vivió aquellos años y que fue joven, maduro y postmaduro en las décadas posteriores y en el nucleo duro del compromiso social y político,del desprendimiento, de la confianza ciega en un mundo mejor. Esa novela, a la que quizá quepa denominar "de la transición", está, todavía, por escribir. Confío en hacerlo algún día.

lunes, 11 de enero de 2010

Nieve: un poema de hace 15 años

Lo escribí hace muchos años. Apareció en mi libro Quebrada luz (1996) y es un poema que siempre regresa a mi memoria cuando la nieve desciende sobre la ciudad y puedo contemplar su caída, como ahora, desde la ventana a la noche de mi cuarto de trabajo. Raymond Carver, C. K. Williams, Auden, Gerardo Diego, Luis Cernuda escribieron hermosos poemas con el telón de fondo de la nieve. En La tierra de Alvargonzález, de Antonio Machado, la nieve es, más que un fenómeno meteorológico, un personaje del poema/relato del mismo modo que es amenaza para los caminantes que acaban buscando el calor del mesón en noches de ventisca por los viejos caminos de Soria. Nieve urbana y sucia de Sandburg, nieve en las montañas del Guadarrama en Leopoldo Panero o en Enrique de Mesa; nieve de la desolación en los poemas de Celan, en los relatos de Kafka, en las novelas de Lars Gustaffson o en los perturbadores cuentos de Herta Müller.


"Nieve desde la ventana". Foto del autor de blog. Enero 2009
Y nieve crecida en la más recóndita esquina del corazón de mi infancia, de todas las infancias. La que viví de niño en los descampados de mi barrio y la que, cuando eran niños, sorprendí, en las mañanas de nieve, en las pupilas de mis hijos. Esa es, de forma depurada, la nieve que tiembla en el poema que escribí hace tantos años. Aquí os lo dejo. Como un extraño regalo en esta noche de nieve y puertos de montaña cerrados y calles intransitables.

NIEVE
La sorprendida nieve
cubre tu corazón, que es como el valle.
Como el valle de enero, luz helada. Aire en suspenso
como una larga duda
temblando bajo el humo de la tarde.

Llegamos de la nieve con los años al hombro. En esta tierra,
la de la eternidad imaginada, la infancia que perdimos
tiene en la nieve su más estricta luz, su posesión,
su amanecer, su aliento.

¿Quién olvida
esa luz fría que puso a nuestro alcance la mañana
de un enero perdido en la maleza? ¿No es acaso
parte de la memoria su fría longitud, tierra sin voz
su contextura?

Crecimos con su imagen
prendida a nuestros ojos, asediando la casa,
extenso territorio al que no se retorna.
No se vuelve a su luz. Tampoco a su silencio.
No se regresa al alba
que nos mostró la nieve un viejo enero.

La manchó el tiempo.
Como barro, los días
destruyeron su luz inmaculada, esa tierra sin voz
donde muere la aurora,
se afirma la pisada, busca el lodo, las hierbas ateridas,
las cruel posesión que fue el invierno
bajo la blanca luz que recordamos.
                                         (De Quebrada luz. 1996)

sábado, 9 de enero de 2010

Una tardía (y bienvenida) reseña

Los días de Eisenhower es una de mis novelas más queridas. Fue publicada en el otoño de 2002, obtuvo un premio no irrelevante y me dio muchas alegrías. Ahora, una alerta de un buscador de Internet me ha traído una noticia inesperada: una crítica aparecida en la página web de la "Librería de Javier" ("Un punto de encuentro para los amantes de los libros", así se subtitula la página), un rincón, en el que creo no haber estado nunca, de Alcalá de Henares. La crítica es de ahora. Aunque no suelo reproducir en este blog las críticas y reseñas que aparecen sobre mis libros, esta vez haré una excepción dada la circunstancia de que la reseña, escrita además por un librero que ama los libros y que ha decidido hacer de su librería una suerte de templo para dar culto (en ciudad cervantina, por otro lado) a ese medio/objeto/instrumento que los más apocalípticos de la era Internet dan por muerto, tiene algo de carta que me llega desde otro tiempo.  Aquí os dejo el enlace de la reseña: Sobre Los días de Eisenhower.

Es además, un retorno a los días en que escribí la novela: finales de los años noventa, cuando todavía ni los más proféticos intuían en qué se iba a convertir el mundo virtual. De entonces prevalece mi absoluta fe en la literatura, en el poema y en la novela. Y el recuerdo de los escenarios que tuve que evocar y reconstruir: una ciudad que las excavadoras y los urbanistas de la especulación se encargaron de enterrar definitivamente: una parte de Madrid que hoy es irreconocible, que se extiende entre el barrio de la Concepción y el aeropuerto de Barajas. Menos mal, y ha ahí la magia de la literatura, que al volver a mi novela, al releer sus párrafos, esas zonas de la ciudad regresan a mí tan vivas como en los tiempos de mi memoria remota en los que la acción de la novela se desarrolla. De aquel proceso y de la historia que narré queda, además, el testimonio de una entrevista que, en diciembre de 2002, me hizo una periodista de Terra. Aunque está colgada en este blog, en la columna derecha, no me resisto a dejar un enlace para quien quiera acceder desde este post: entrevista en Terra .

domingo, 3 de enero de 2010

Un homenaje a Bartleby Editores en el año que empieza.

Realizo esta primera entrada de 2010 sobre una plantilla nueva. Como el lector asiduo podrá comprobar, he cambiado la imagen global del blog. He pretendido hacerlo más funcional, más legible, mejor estructurado. No sé si lo he conseguido. En todo caso, aplico un lema: "año nuevo, nueva imagen.... del blog". Eso sí: manteniendo la línea "al margen" que lo ha caracterizado desde que, en abril de 2007, viera la luz. Por tanto, bienvenidos a todos a esta entrada cuya escritura comienzo en la noche/madrugada del 2 al 3 de enero del recién inaugurado 2010.

El fin de un año y el comienzo de otro suele ser un tiempo de reflexión, de recapitulación sobre lo vivido, o lo escrito, o lo no vivido o lo no escrito. Depende. En este caso, mi reflexión tiene a un proyecto como excusa y objetivo: pienso en Bartleby Editores, la pequeña editorial que cumplirá en 2010 doce años en la que tengo el honor de dirigir, casi desde su origen y en calidad de colaborador "militante", la colección de poesía. Echar la vista atrás y recordar aquella tarde de octubre, o noviembre de 1997, en que Pepo Paz apareció en el pequeño estudio de Europa FM donde emitíamos el mítico programa Libromanía (mi recuerdo para Paco Solano, Ángel García Galiano y Blanca Navarro, entusiastas aventureros de las ondas en aquella época en que éramos más jóvenes) supone un ejercicio de memoria, sin duda. Pero también es un acto imprescindible para recapitular.

Pepo, a quien ninguno de los que estábamos allí tenía el gusto de conocer, fue a presentar el proyecto, a poner sobre la mesa del estudio dos libros hermosos y valientes (editados de forma manifiestamente mejorable, todo hay que decirlo) de dos autores cubanos: de José Kózer, poeta, el primero: Dípticos. De José Lezama Lima, narrador universal, el segundo (sus cuentos completos, titulado La Habana caleidoscópica). Eran pequeños libros (pequeñas joyas) que todavía no contaban con la envoltura y el diseño que un par de años después se harían seña de identidad de Bartleby (seña que, en lo esencial, todavía se mantiene) pero que por la altura de su contenido podían perfectamente competir con los mejores títulos de las más consolidadas editoriales del país. Pepo Paz, a quien acompañaba un socio cuyo nombre no recuerdo y que se perdió poco después en aventuras no editoriales, llegaba con la timidez de quien se inicia en una labor llena de secretos y de dificultades. He de decir, antes de proseguir y como aviso para navegantes, que el libro de Kózer, Dípticos, ha sido el único libro de poesía de Bartleby que he reseñado en Babelia en los últimos doce años.


 Vista de Garagantilla. Lugar de nacimiento de algunos prouyectos Bartleby
No sé a través de qué mecanismos (creo recordar, pero sin seguridad alguna, que gracias a una gestión de Luis Cicuéndez, poeta, o de María José Parejo, hoy periodista en RNE, o quizá de Ana Manzano, hoy bloguera y pintora de iconos medievales), Pepo Paz me ofreció la posibilidad de dirigir la recién nacida colección de poesía. Los tres títulos siguientes, todavía con el diseño primitivo, fueron de poetas muy jóvenes o con poca obra publicada: Eduardo Moga, el citado Luis Cicuéndez y Salustiano Martín. Pepo y yo, durante aquellos días, nos reunimos innumerables veces. Recuerdo largas comidas en el comedor de la Asamblea de Madrid, o cafés urgentes en algún bar próximo a Pueblo Nuevo, barrio en el que ambos habíamos echado raíces en nuestra infancia (más reciente la suya, casi remota la mía), en las que soñábamos el futuro de Bartleby, barajábamos nombres de poetas nuevos y menos nuevos y debatíamos, con un entusiasmo casi infantil, sobre el sentido de la liteatura, sobre las finalidades del proyecto, hasta que logramos afinar un par de principios básicos que se han mantenido a lo largo del tiempo: el primero, que la editorial debía aspirar a todo, no podía quedarse embarrancada en el arenal en que se quedaban tantos proyectos editoriales independientes; el segundo, que su independencia era básica: no podía financiarse gracias a premios institucionales, o de cajas de ahorro, o de otras entidades. Así, inició una nueva etapa, con un nuevo diseño del que es "culpable" Sandra Zavala, tirando muy alto: la totalidad de la poesía amorosa de Manuel Vázquez Montalbán (que estará, seguro, en los cielos de los rojos más honestos), recogida bajo el título Ars amandi,  y dos libros de la gran escritora canadiense Anne Michaels, El peso de las naranjas/Minner's Pound.


 La Ciudad Lineal en los 60

Así fue cobrando forma un proyecto que ya venía de antes pero que poco a poco fue perfilándose, con un trabajo infinito, en lo que es hoy. Casi doce años después de aquellos días, Bartleby es un proyecto consolidado en el que Pepo Paz pone, junto al talento, el riesgo económico, la hipoteca y un trabajo sin horas, extendido durante mañanas, tardes, noches y madrugadas. Y quien esto escribe, en sus ratos libres combinándolo con sus labores literarias (noches, madrugadas y fines de semana, vacaciones también), pone algo de trabajo y lo que puede de talento (si lo hay) junto a dosis infinitas de entusiasmo.

Bartleby es una editorial independiente llena de ideas, con una plantilla unipersonal (el único asalariado -por llamarlo de alguna forma- es Pepo Paz, quien, además, dirige ejecuta el activísimo "departamento de comunicación y marketing") y cientos de posibilidades de edición: todas ellas de calidad gracias a la tenacidad en la búsqueda de nuevos títulos, a la apertura de miras a la hora de sondear nuevas líneas y nuevos nombres y a una ambición sin límite a la hora de aspirar a contar en su catálogo con los mejores: no en vano, Félix Grande, Diego Jesús Jiménez, Martínez Sarrión, Caballero Bonald, Donoso o Gamoneda conviven en él con Soyinka, con Sylvia Plath, con Szymborska, con Sharon Olds, con Peter Hanke, con Raymond Carver o con Auden. Son algunos nombres a los que se podrían añadir los de jóvenes poetas españoles, voces nuevas que se han incorporado a nuestra literatura a finales del siglo XX y en este siglo XXI que no sólo han aportado savia nueva y títulos innovadores (Julieta Valero, Marcos Canteli, Isabel Pérez Montalbán, Xoán Abeleira, Julia Piera, David González...), sino que han contribuido a la recuperación, desde la mirada joven del presente siglo, de títulos casi olvidados (y, a la vez, de un alto nivel de calidad) de nuestros poetas mayores en la serie Lecturas21.

Como la poesía limitaba el campo editorial de Bartleby, Pepo Paz decidió un buen día consolidar una línea en la que había trabajado en la prehistoria bartlebiana: la narrativa. Lorenzo Dávila, profesor y arquitecto y escritor en sus ratos libres, diseñó la nueva portada y, con la nueva etapa de la colección de narrativa llegaron Niall Williams, Haroldo Conti, Adalbert Stifter, John Steinbeck, Briggitte Reimann, y autores nuevos o poco conocidos como Crespo Massieu, Giovanna Rivero o Justo Sotelo.


Comparto con Pepo Paz la afición por los tranvías
De esa labor, casi siempre callada y tenaz, se ha derivado un final de año 2010 gratificante: la votación de los 50 críticos y colaboradores de Babelia ha situado 2 libros de Bartleby entre los 10 mejores del año; El Cultural, de El Mundo, ha situado uno entre los diez; Público, otros dos entre los 10, y uno de los más prestigiosos periodistas culturales de El Periódico de Cataluña, Albert Espinosa, ha colocado también un libro de Bartleby entre los mejores del año además de situarlo (me refiero a Aquí, de Szymborska) en tercer lugar en la lista de llos mejor traducidos en 2009. Las portadas de los tres títulos mencionados en esas publicaciones se reproducen en este post. En definitiva, el listón de 2008, con Sylvia Plath y Haroldo Conti situados en la lista de Babelia, ha sido superado sobradamente.


Sé que habrá quien busque motivaciones distintas en el colofón (al día de hoy) de esta historia, pero en ella, dentro y fuera, en lo visible y en la trastienda, sólo hay trabajo, talento, pasión por la literatura y una tenacidad a prueba de bombas, de hipotecas y de baches económicos. Y más allá, como línea conductora de una realidad que ha ido haciéndose día a día y título a título, una amistad crecida de manera lenta y natural entre el editor-empresario y este modesto director de la colección de poesía. Una amistad llena de afinidades: la querencia por la Ciudad Lineal y su memoria de lugares abolidos, la evocación de los tranvías y de los crepúsculos junto al barrio de Las Cárcavas,  la sierra norte y sus rincones apenas visitados en los que todavía respira un tiempo perdido, Marsé y sus Últimas tardes con Teresa y Si te dicen que caí, el Real Madrid, la compasión por los desheredados, el origen humilde, arraigado en barrios casi limítrofes de una ciudad desarrollista, el eterno retorno a los paisajes de la infancia (en gran medida, desaparecidos) y, siempre, la extraña erótica que aporta el proceso en virtud del cual un simple manuscrito pasa a la condición de libro. La portada, el tipo de letra y su tamaño, la caja y los márgenes, el olor de la tinta, son elementos constitutivos de una labor que tiene algo de mágico. Esa labor, que más de una vez me ha llevado a acudir, en viernes por la tarde, sin comer apenas, a alguna inmensa nave perdida en un polígono industrial de las afueras de Madrid en busca de los primeros ejemplares de un libro largamente soñado, es la que da sentido a las horas sin sueño, a los amaneceres en vela, a la pasión por la literatura. A Bartleby Editores.


miércoles, 30 de diciembre de 2009

A punto de acabar el año: por un feliz 2010

Es casi la una de la madrugada del día 30 de diciembre. Constato que el número de visitantes del blog, esta noche, ha cruzado el rubicón de los 30.000, me pregunto por la identidad del visitante que lo ha hecho y proyecto una mirada retrospectiva al año a punto de finalizar: ha habido momentos felices como no podía ser de otro modo. Pero no todo ha sido felicidad porque la realidad y la vida son imprefectos, consoladores y apacibles a veces, crueles e ingratos otras. He viajado, he amado, he compartido conversaciones, ideales, poemas, novelas, sueños y horas de una intimidad feliz. He construido proyectos y los he imaginado cumplidos, lo que es bastante. E. y su perseverancia y su cercanía 33 años después, los hijos, los paseos por el campo, los poemas acabados, los poemas inacabados, la novela a medias, las manifestaciones por lo que debería ser evidente, el voto contra el escepticismo y la desidia, las lecturas, los amigos y amigas  (tan escasos siempre cuando son verdaderos), los nuevos escritores descubiertos, los manuscritos que me sorprendieron, Chicago, Sidney, Delhi... Ahí ha estado, sin duda, la felicidad. O, al menos, parte de la felicidad.

Pero la vida es un claroscuro. "Que la vida iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde", escribió Jaime Gil de Biedma en su hermoso poema No volveré a ser joven. Ese verso siempre acude a mi mente en los momentos no fáciles. Y 2009 fue un año en el que la felicidad que arriba he descrito ha tenido su contrapunto de infelicidad, de desazón, de desconcierto. Se fueron dos amigos que llenaron muchas veces mi casa y mi mente y mi corazón: José Viñals y, sobre todo, mi hermano Diego Jesús Jiménez (Benedetti  o Ayala también duelen, pero no estuvieron tan cerca). Tuve otras pérdidas familiares, de gentes que formaban parte del paisaje de mi infancia. Y hubo dramas colectivos que no pueden dejer indiferente a nadie con un mínimo de sensibilidad: Gaza, Afganistán, las hambrunas de siempre, el paro que tocó a personas muy próximas, la crisis que cercenó proyectos...


Quiero un 2010 mejor. Infinitamente mejor. Con proyectos cumplidos. Con sueños. Con más felicidad que incertidumbre. Con más amor que desamor. Con poesía, con arte, con verdad. Con más empleo, con salud. Con amistad. Con palabras, esa hermosa materia que nos explica y nos emociona. Y sólo con los silencios imprescindibles. A todos: un 2010 mejor. Con un horizonte tan amplio como el de la fotografía.   

Cierro esta peculiar felicitación con un poema de mi libro Donde nunca hubo ángeles. Un poema que habla de muchas noches de felicidad y amistad y desazón discutiendo de arte, de palabras, de poesía:

DISCUTIR DE POESÍA

Discutir de poesía abrazando las horas hasta dar con el alba
no es despojar al tiempo de sentido.
Es armarlo.
El humo y el coñac, y la noche y la música
levantaron el mundo en torno de una mesa: discutimos
acerca de lo inútil y amamos el instante
que jamás nos consuela, que nos ata
y esclaviza.
¿Mas sabemos que en el aire de un verso algo respira
más allá del lenguaje?
Decimos
viento y nos convocan tardes vencidas,
horas de soledad o de intemperie,
días de dicha o desventura. Decimos tierra
y nos visita la oscuridad y el légamo
donde nunca hubo ángeles, y el paladar se empaña
con el sabor a muerte de un verano maldito,
decimos niebla y la luz se estremece
entre muebles sin uso y busca la memoria
el frío de un invierno en el muchacho
que apenas reconoces.

domingo, 27 de diciembre de 2009

Mundos no tan al margen en tiempos de Internet: dos lecturas últimas.

Herta Müller, la última premio Nobel, es una escritora difícilmente encuadrable en el paradigma postmoderno de la literatura. Es una escritora alejada de las nóminas al uso de narrativa europea.


Aunque residente en Berlín desde 1987, sus espacios imaginarios trabajan en la Rumania rural, en la Suabia de la que es originaria, en un mundo duro, desapacible, en el que los seres humanos, por sus condiciones de vida, casi se confunden con los animales. Un mundo real y vivido, contado con un lenguaje afilado, perturbador, que no elude lo escatológico, que se acerca a las raíces de la condición humana en situaciones límite. Compré hace un par de meses En tierras bajas y lo leí de un tirón. Ayer me hice con la edición en bolsillo de El hombre es un gran faisán en el mundo y espero no tardando mucho hacer lo mismo que con el anterior.

Herta Müller, que narra la experiencia vital de unos seres que trabajan de sol a sol, en la que la sexualidad bordea lo maldito, en la que la religión gravita como amenaza a veces, como salvación otras, que cuenta un mundo en el que las infidelidades y los hijos “ilegítimos” forman parte de lo cotidiano, una existencia regida por el ritmo de las cosechas, por los funerales y los entierros, por el frío y la nieve y la suciedad y el barro, por el amor y por la crueldad. Un universo limitado, asfixiante, pero… lleno de una pavorosa actualidad: no sólo porque todavía, en la Europa del siglo XXI, sobre todo en la del Este, existen territorios, aldeas, pequeños pueblos en los que ese mundo vive más allá de la ficción, sino porque en los relatos de la Müller también respira la realidad que se vive (con las lógicas diferencias culturales) en tres cuartas partes del planeta.


Casi de manera simultánea, leí El caballo de cartón, de Abel Hernández, testimonio poético de un mundo desaparecido que en los años 50 y 60 no mostraba grandes diferencias con el que nos cuenta la premio Nobel y al que dediqué no hace mucho una entrada en este blog. No volveré a ese libro, pero sí viajaré con la imaginación a las tierras y pueblos abandonados de los que en él nos hablaba Abel. Y lo haré de l mano de un poeta mucho más joven que Abel Hernández y bastante más joven que Herta Müller: Fermín Herrero, soriano, nacido en 1962 en Ausejo de la Sierra. Para abrir boca, aquí reproduzco uno de los poemas del libro al que me referiré a continuación.

En el silencio de los pueblos se desmoronan
las paredes de adobe. Qué se podría hacer,
todo, todos se fueron, se fueron yendo
a la ciudad y todas sus muertes juntas
siguen aquí. Y también sigue aquí el castaño
y la fuente, la iglesia, los olmos muertos, los cerros
y la loma. Y también un ramal del nublado
que se volvió, cargado de pedrisco, y el gancho
que arrastraba hasta el banco de matar
a las cochinas. No debo interpretar sus silencios.

Fermín Herrero es un poeta de honda lírica, un escritor que aúna lenguaje y conciencia crítica, que no huye de la memoria y que tiene en el mundo rural que conoció de niño un referente que perdura de un libro a otro. Viene esto a propósito de un breve e intenso poemario que acabo de recibir: De la letra menuda es el título. Algo más de medio centenar de poemas cortos en los que muestra la memoria de un mundo deshabitado, que hoy solo pueblan fantasmas –entre ellos, el fantasma del poeta niño-, en el que la nieve, el viaje, la lluvia, los atardeceres, el vuelo de los pájaros, la vida intensa y mínima del matorral o del viejo álamo conforman una realidad que, en el fondo, es la metáfora del mundo, de un mundo que ya no existe (o que sí existe, no hay más que internarse en la Soria profunda, tierra de origen de Herrero).


He visto en los poemas de De la letra menuda un complemento silencioso de los relatos de la Müller, un caleidoscopio de emociones y de evocaciones que tocan universos pequeños que, todos, alguna vez, hemos conocido. Su lectura me ha permitido reconstruir experiencias que suelo recobrar cada vez que viajo, en coche, por las estrechas carreteras que, en nuestro país, se internan en las comarcas menos habitadas, incluso en el Madrid de la llamada sierra pobre. También cuando lo hago en tren. Siempre me ha fascinado ver, a lo lejos, ruinas de viejas aldeas, de pueblos que tuvieron vida y esplendor décadas antes, pequeñas torretas o campanarios de los que huyeron hasta las cigüeñas. Esos mundos (mejor dicho, la pequeña y gran historia de esos mundos) han cobrado vida estos días (metido en una polémica, por cierto, sobre el fragmentarismo y la propuesta "nocilla") al leer a Fermín Herrero. Cierro con otro poema del libro:

Con trapos viejos y un caldero tan abollado
como su edad camina muy despacio hacia
la casa abandonada donde guarda
los tiestos en el tiempo malo, al calorcejo
de aquella habitación tan calentita
donde tres veces diera a luz y una
amortajara a su difunto. Va a regar
los geranios. El año pasado heló
tanto que ni al abrigo aguantaron, a ver
los nuevos. El caldero abollado, la tos seca.

lunes, 21 de diciembre de 2009

Narrativa de hoy: ¿Dónde está la guerra de las galaxias? ¿Cómo se libra?

En la tarde del domingo he dedicado un rato a ver la entrevista que el programa Página 2 de TVE ha realizado a Manuel Vilas a propósito de su novela Aire nuestro. Ha sido una entrevista interesante en la que Vilas ha hecho un canto acrítico a la televisión (una televisión, por cierto, que sólo en la cadena en que lo entrevistaban y en algunos programas marginales de las autonómicas atiende a la cultura, el resto evita los programas culturales o, en el caso de las puramente comerciales, se dedica a programar basura) y en la que, a la hora de juzgar la narrativa española actual, ha afirmado lo siguiente: "Hay escritores que combaten en la guerra civil española y escritores que combaten en la guerra de las galaxias". No está mal la frase. Al menos, como lema publicitario funciona. Pero las dudas surgen cuando intentamos ahondar en su significado y pensar en él en conexión con la realidad social (no con la virutal y catódica, sino con la que afrontamos cada día al salir de casa) y con la realidad literaria. Tanto de nuestro país como de Europa, Estados Unidos o Latinoamérica, por ejemplo. No es difícil recordar la llamada tecnoficción de Pynchon en sus novelas de los años sesenta La subasta del lote 49 o Arco iris de gravedad o pensar en el nouveau roman o en experiencias narrativas de la contracultura. O en el más que superado lema "el medio es el mensaje" (años 50) del visionario McLuhan. La afirmación de Vilas nos lleva a plantearnos, al menos, dos reflexiones.


1. ¿Qué es combatir "en la guerra civil española" y quiénes lo hacen?
La primera tiene que ver con la premisa inicial: se deduce de tal planteamiento que quienes no asumen (o no asumimos) la llamada (para ser pedagógicos) "propuesta nocilla"  estamos combatiendo (literariamente) "en la guerra civil española". Cuando sólo horas antes de la entrevista de Página 2 nos llegaba la noticia, de una actualidad pavorosa,  de que García Lorca ha comenzado a ser el primer gran escritor desaparecido, y no sólo asesinado, del siglo XX, la afirmación de Manolo Vilas no deja de ser, con todos los respetos y con toda mi amistad, un sarcasmo. ¿Se refiere a quienes ejercen una propuesta narrativa moderna, innovadora aunque sustentada en la historia, con argumento?  ¿Se refiere a quienes, como Muñoz Molina, o Chirbes, o Belén Gopegui, o Isaac Rosa, o Menéndez Salmón, o Marta Sanz, por ejemplo, siguen arañando, con una rotunda vocación de modernidad, en la memoria colectiva? ¿O quizá plantea que los escritores abandonen la sombra que todavía proyecta (y proyectará sobre las futuras generaciones: no hay más que ver la perseverancia de la caverna en oponerse a cualquier afán recuperador de nuestra memoria) la guerra civil sobre el comportamiento colectivo de mayores, maduros y jóvenes? Yo (seguro que Vilas también) he vivido la experiencia de preguntar a vecinos, jóvenes y menos jóvenes, de pueblos del norte de Madrid sobre acontecimientos de la posguerra y se han negado a hablar. Diría más: me han hecho saber su miedo (heredado silenciosamente de padres a hijos). Ante esa realidad, ¿qué hemos de hacer los escritores? ¿No combatir ese miedo, no aportar claridad ni proyectar nuestra mirada del siglo XXI sobre las heridas que perviven desde hace 60 años?  Si algo necesita el momento narrativo que estamos viviendo en España es rigor en el análisis y no frases efectistas. La televisión, el comic, el cine, el underground, la publicidad son, sin duda, medios que proyectan contenidos, que comunican. Internet, además, intercomunica, proporciona nuevos contenidos globaliza. Somos, en gran medida, seres televisivos, marcados por la televisión, por la publicidad. Pero la narrativa es lenguaje escrito y crítico, instrumento superador de la banalidad, arte basado en palabras.  
   
2. ¿Dónde y cómo se libra la "guerra de las galaxias"?
Lo primero que cabe decir es que la película (una obra maestra de la ciencia ficción) a la que alude la afirmación de Vilas tiene ya 30 años. Que en ese tiempo ha habido, al menos, dos procesos de renovación/revolución/desestructuración narrativa en occidente. En España también. De esos procesos, las obras perdurables que han quedado se pueden contar con los dedos de una mano. Por tanto, afirmar que los escritores "modernos" (o post) están librando "la guerra de las galaxias" mientras que los antiguos están en la guerra civil española, no deja de ser una afirmación huera de contenido. Entre otras razones porque hay escritores modernos, innovadores, rupturistas si se me apura, que en España afrontan nuestra realidad social con moldes estéticos y literarios "no fragmentarios". Y que en Europa o en Norteamérica ocurre lo mismo: sólo a los sectores más conservadores se les ocurre decir en Italia, en Francia o en Alemania, o en Inglaterra, que hay escritores que "combaten" en la Segunda Guerra Mundial o en la guerra contra el nazi-fascismo (por tanto, no modernos) frente a los que están en "la de las galaxias".  Recordar novelas europeas recientísimas (de dos años para acá) proyectadas sobre la memoria colectiva y, a la vez, radicalmente modernas, como Las benévolas, de Johanatan Littel, o La elegancia del erizo, de Muriel Barbery, o El informe de Brodeck, de Philippe Claudel, o Chesil Beach, de Ian Mcewan o La lluvia antes de caer, de Johanthan Coe, por citar sólo las que he leído y me vienen a la cabeza, haría innecesario prolongar esta reflexión.

Creo que Aire Nuestro es una buena obra narrativa. Lo he dejado escrito en este blog (pinchen aquí). Pero a mi juicio es una obra narrativa valiosa en la medida en que baja de las galaxias y conecta, sobre una base compuesta de personajes reales (algunos inventados) que proceden tanto de la cultura "culta" como de la cultura popular, con nuestra geografía sentimental, con nuestra memoria personal y colectiva. Su estructura televisiva es importante. Pero sin la programación por la que opta, apegada a nuestro universo de emociones y de experiencias, se quedaría subida a la galaxia.
Hasta aquí, mis reflexiones sobre la frase de Vilas. Una aportación a un debate tan imprescindible como esquivado.

sábado, 5 de diciembre de 2009

Recogerse el pelo, salir del blog y otras reflexiones

Que Internet está modificando los hábitos de lectura, los caminos de acceso a determinados libros y las formas de hacer públicos textos literarios (cuentos, novelas y poemas) es ya una verdad universal. El e-book abre perspectivas cuyo alcance último se nos escapa. Y sugiere preguntas diversas: ¿convivirá el libro en papel con el libro digital?, ¿terminará éste con aquél?, ¿quedará el libro tal y como lo conocemos relegado a la condición de objeto marginal, vicio de colecconistas o consumo de minorías? Son preguntas que quienes nos hemos formado en la cultura del libro nos hacemos con cierta angustia, con la marca del temor a lo desconocido y el miedo a perder el suelo sobre el que hemos venido caminando.

Igual se trata sólo de un vaticinio interesado, pero soy de los que opinan que habrá convivencia del mismo modo que hoy convive la televisión de alta definición (donde es posible ver el cine en alta definición) con las salas de cine (eso sí, en el formato multicine incorporado a gran superficie comercial) y con la costumbre de ir al teatro. El video no mató a la estrella de la radio frente a lo que nos contaba una canción pop de principios de los ochenta (la radio está más viva que nunca, por cierto) ni la televisión ha matado al cine o al teatro. En todos ellos, la proteína, es decir, la historia como sustento del hecho narrativo, se mantiene incólume o con más fuerza que nunca.


Viene todo esto a propósito de dos reflexiones.
La primera está relacionada con el fragmentarismo consecuencia del efecto nocilla (literatura mutante, así lo llama Vicente Luis Mora) en que, con la excusa de la omnipresencia de Internet, se ha querido situar el paradigma de la novela del siglo XXI. Agustín Fernández Mallo tiene un ferviente "hincha" llamado Manuel Vilas, autor al que me he referido aquí  y que cuenta en su haber con una obra certera, Aire Nuestro, en la que se advierte una voluntad estructural para acercarse al formato novela (mi elogio, curiosamente, no apareció en su blog). Pues bien, Internet es un espacio virtual donde todo convive. Pero un espacio virtual que no afecta a la esencia de la literatura desde sus orígenes: dar forma, a través del lenguaje, a nuestras emociones y a nuestros miedos, que son las emociones y los miedos de siempre. Que tampoco afecta, si hablamos de narrativa, a la base esencial de la novela desde El Quijote o la picaresca hasta nuestros días: la historia. La literatura mutante produce otros materiales, parecidos cuando no casi idénticos (estructuralmente, se entiende) a los que produjeron las vanguardias: produce fragmentos, agregaciones de imágenes, reflexiones a las que se busca un hilo conductor no siempre de manera afortunada. Es el nuevo escenario de Internet. Pero el medio no es el mensaje aunque lo dijera McLuhan hace más de medio siglo. La fragmentariedad del mundo tal y como lo recibimos a través de los nuevos medios tiene en la literatura un paradigma ordenador: ahí están las últimas novelas de Muñoz Molina o de Luis Landero, por ejemplo. La narrativa no es un espejo/reflejo de lo que nos llega a través de la Red. Ni siquiera un espejo deforme. Es un "lugar" cualitativamente diferente, que se nutre de la realidad y la trasciende para construir una nueva realidad. Con palabras: por supuesto.



Las manera de recogerse el pelo. Generación bloguer es una antología de poetas "blogueras" ideada/promovida por el poeta asturiano David González que, tal y como ha anunciado en diversas ocasiones Pepo Paz, editará Bartleby en unos meses. Poetas que, mayoritariamente, se han curtido en la escritura en el mundo de Internet, en el ámbito del blog. Que han crecido en este ecosistema virtual que, siempre, habla del ecosistema de la realidad , de nuestro mapa de emociones, incertidumbres, miedos y deseos. Pues bien, estas poetas, buenas poetas (¿o poetisas?) pasarán del blog (de Internet) al papel, verán sus poemas, negro sobre blanco, agrupados en un libro hecho con el gusto y la delicadeza con que Bartleby hace los libros, un libro que irá a los anaqueles de las librerías, estará (si es posible) en las mesas de novedades de éstas y será leído al amor de la lumbre, en un café, en el tren, en el metro o en el autobús o junto a una ventana que da al mar (por ejemplo), por lectores devotos de la poesía .

Ese itinerario conduce, a la vez, a dos reflexiones: de un lado, es bueno destacar la importancia que tiene, para todo poeta, por muy joven que éste sea, el libro convencional, el libro de siempre. Tiene algo (lo he escrito alguna vez en este blog) de canonización, de "certificado" que acredita su condición de escritor. Puesto que es obvio que todas las poetas de La manera de recogerse el pelo  pueden colgar sus libros (no sólo los poemas antologados) en sus blogs o en mutitud de páginas web, ¿qué sentido tiene la edición en papel? Dejó ahí la pregunta. La segunda reflexión es algo más peliaguda: estos días, con motivo de una agria polémica sobre el pirateo de libros de poemas, Pepo Paz ha sugerido la posibilidad de colgar la antología y no editarla para así dar la razón a quienes justificaban, en los comentarios recibidos en su blog,  la apropiación indebida de textos ajenos. Ha habido, como es natural, protestas entre quienes entendían y justificaban (algunas interesadas, por tratarse de antologadas) el pirateo de otros por el gran papel difusor de cultura que tiene Internet pero, sin embargo, no veían bien que esa "medicina" se aplicara a La manera...  Pues bien, esa es una de las muchas evidencias de la necesidad de oponerse a todo pirateo. Si se cuelga en la red, ¿para qué editarlo? Si un libro puede ser reproducido en su integridad, o casi, por cualquier bloguero, ¿qué sentido tiene gastar tiempo, dinero y esfuerzo en la edición en papel? Aun considerando en el horizonte el e-book, es obvio que hay que salvaguardar los derechos de los autores y de los editores, también trabajar para que la red de librerías interesadas en vender poesía se mantenga y crezca, y evitar que cualquier ciudadano pueda, por la vía directa, copiar entero (o casi) un libro y colgarlo en la red como si éste si fuera propiedad suya. Que lo haga si quiere con los de dominio público, no sujetos a derechos... Pero hacerlo con el resto de los libros es un delito.

La manera de recogerse el pelo, editado en papel, tendrá algo de consagración de las poetas que lo nutren. Saldrán del blog, cruzarán ese espacio invisible que separa la pantalla y el universo de la Red del libro que se acaricia, cuyas páginas se huelen (ese aroma algo ácido del papel y la tinta), cuyo lomo puede contemplarse, junto al de otros libros, en una estantería.... Pero... ¿y si no llegara a ser un libro... en papel? El contenido sería el mismo, cualquiera se lo podría descargar e imprimir, no habría merma en los poemas, ni en las biografías de las poetas. Incluso podría ser leído sin descargarlo ni imprimirlo. ¡¡Y sería gratis para los lectores!! Como director de la colección que lo acoge, creo que no sería lo mismo. Y estoy convencido de que así piensan las propias poetas que integran la antología. ¿O no?

domingo, 29 de noviembre de 2009

Palabras para José Viñals / El tiempo en los objetos

Para José Viñals, in memoriam
Palabras para José Viñals

José Viñals perdió la batalla contra la enfermedad. Vaya otoño que llevamos. Anteanoche recibí la noticia y no pude evitar un vacío extraño en la boca del estómago. Recordé de inmediato a Diego Jesús Jiménez y su marcha inesperada y recobré momentos de una amistad firme, casi siempre en la lejanía, cultivada a lo largo de más de quince años. Fue en 1995, en una de sus visitas a Madrid desde el Jaén que acabó por convertirse en su pequeña patria dentro de la patria universal del idioma (él, argentino de Corralito, Córdoba, era un eterno exiliado de los países y de las ciudades, un gran amigo de los pueblos, un grandísimo poeta), cuando lo conocí. Buscaba editorial de ámbito estatal para sus libros, buscaba reconocimiento, buscaba la proyección nacional que su poesía, su narrativa, sin duda alguna, merecían.
En aquellos años fue creciendo, a su alrededor, una constelación de jóvenes poetas que fueron trabajando por abrir paso a una obra caudalosa y brillante, que bebía en el surrealismo y las vanguardias, en la que había toneladas de sensualidad, y un trasfondo de tristeza, de conciencia de desterrado de la que nunca se liberó. Juan Carlos Mestre, José Ángel Cilleruelo, Lupe Grande, Jorge Riechmann,  Yolanda Soler, Juan Manuel Molina Damiani, José María Parreño...  Hoy recuerdo las largas conversaciones de aquellos días en un Madrid que no fue tan hospitalario como él esperaba, en el que vivió por un tiempo para terminar abandonándolo buscando mejores horizontes en Málaga primero, en Valencia después para, al final, retornar a Jaén. En 2000 obtuvo el premio Jaime Gil de Biedma con un libro intenso, Transustanciaciones,  y entre sus títulos (escribo de memoria) cabe destacar, en poesía, Milagro a milagro, Animales, amores, parajes y blasfemias y Elogio de la miniatura. La última vez que lo vi en Madrid fue hace tres años, con motivo de la presentación, en el Círculo, de He amado. Lo encontramos delicado de salud, pero ilusionado, hondamente comprometido con la poesía. Y con la narrativa. Lo digo porque escribió tres libros en prosa en los que no dudo en vislumbrar una voz equiparable a la de Juan Rulfo: los libros de relatos Miel de avispa y Ojo alegre y viejísimo (un buen homenaje a José sería publicar ambos en un volumen de "cuentos completos") y la novela, con una capacidad perturbadora difícilmente igualable, titulada Padreoscuro. Descansa en paz, José. A los que quedan aquí, sobre todo a Martha (maravillosa e inigualable tejedora de tapices), a Irene y a Andrea, a Gabriel, a Yolanda y a Celia, mi solidaridad, mi cercanía. Nuestra solidaridad y nuestra cercanía y nuestro calor.
Un breve poema de José (de Elogio de la miniatura):

"Nadie responde por mi nombre: yo me he ido. Lo que queda de mí es un polvillo ceniciento que cabe en una urna".
Y una obra poética singular, irrepetible, extraña, acogedora.

El tiempo en los objetos

Planchas de hierro, máquinas de coser (Singer, Sigma....), pequeñas y arcaicas básculas, cajas metálicas de membrillo y de otros productos, pesas y medidas, radios de galena y  aparatos de radio enormes de los años cincuenta y sesenta, maletas, arcones, cestas, cadenas oxidadas, banquetas, transitores primitivos, baúles, picadores de carne, frascos diversos, teléfonos, cananas de la guerra civil, tijeras oxidadas, pinzas, viejas monturas de gafas, viejas balas, cacharras de leche, antiguas botellas de gaseosa... Todos esos objetos, que parecen extraidos del universo rural y remoto al que tantas veces se refirió Viñals en sus poemas y en sus cuentos, y en los que alienta (o duerme) la vida de otro tiempo, pude contemplarlos, junto a otros muchos, hace poco más de una semana, durante la mañana de nubes y claros del sábado de noviembre, en dos lugares que sólo conocía de paso y a los que distintas circunstancias nos llevaron a E. y a mí.

El primero es el llamado centro de recursos ambientales de Garganta de los Montes, en la pedanía de El Cuadrón, en pleno valle del Lozoya. Allí, en lo que hace algunos años fuera sala de exposiciones, podemos ver ahora algo muy parecido a un museo etnográfico de la comarca. Los viejos del lugar, las familias más añosas de los pueblos del valle, han ido dejando allí algunos de los objetos que durante muchos años formaron parte de su vida cotidiana en un valle poco accesible hasta bien avanzada la década de los sesenta, al que las carreteras (si así podían llamarse) llegaban difícilmente y en el que la existencia se desarrollaba en íntima comuníón con la naturaleza.

Al pasear la mirada por aquellos objetos, muchos de ellos muy familiares por haberlos visto, en los veranos de mi infancia, en un remoto pueblo de Soria, no pude evitar pensar en el enorme acarreo de sueños, decepciones, esperanzas, gozo y sufrimiento, que podían albergarse en todos y cada uno de ellos. Son, cierto, seres inertes, hechos de madera o metal, o de otros materiales procedentes de la naturaleza. Pero llenaron de sentido las horas de cada jornada dentro de aquellas casas de adobe y piedra, de bajísimos techos y ventanucos (salvaguardas contra el frío de la montaña) que hasta mediados del siglo XX conformaron la arquitectura popular de esa sierra. No sólo desde el punto de vista individual, o familiar. Dieron sentido al mundo cotidiano compartido por toda una sociedad: la sociedad rural, un universo que hasta hace muy pocos años vivía casi aislado, protegido por la cadena de montañas que, desde La Morcuera al Mondalindo, constituye la barrera sur del valle.
El segundo "museo", infinitamente más completo y diverso, se encuentra en un lugar soprendente, extraño: el estanco de Lozoyuela, un viejo establecimiento situado en el centro del pueblo, en el que su propietario guarda un riquísimo y proteico legado familiar apiñado en las más variadas estanterías: junto a una colección de viejas máquinas fotográficas, vive otra de teléfonos cuyos más antiguos ejemplares proceden de los años de nuestra Guerra Civil. Además, aperos de labranza, soportes para fotografías, llaveros, balas, cartucheras, cascos, gorras militares utilizadas en el frente de Somosierra, no lejos del pueblo donde se encuentra el estanco...   Si alguna vez cualquiera de los lectores que recala en este blog pasa por el pueblo madrileño de Lozoyuela, no deje de lado el estanco. Aunque no fume, debe de entrar a comprar, por ejemplo, un paquete de chicle, perfecta excusa para llenar la imaginación con los centenares de objetos que conviven con el estanquero, con las diversas marcas de tabaco, con pequeños materiales de papelería.



Más de una vez, cuando viajo por las estrechas carreteras que surcan comarcas remotas de nuestra geografía, incluso por las zonas menos pobladas de la sierra norte de Madrid, o de la Tejera Negra, al norte de Guadalajara, suelo pensar en los vestigios de otro tiempo que, en forma de objetos cotidianos y utensilios de todo género, duermen detrás de las ventanas cerradas de las casas abandonadas que parecen hacer guardia junto a la carretera, o en los antiguos edificios de los pueblos semivacíos. Palanganas o jofainas, cántaros, botijos, baldes, cuchillos, cucharas, cordeles, peones y peonzas, espejos con marcos de bronce o de hierro forjado.... Los símbolos de un mundo desaparecido que sólo la sensibilidad de quien quiera recuperarlos para el presente  trasladándolos a una vivienda de hoy como objetos decorativos, quizá en una lejana ciudad, o de quien decida resucitarlos con la palabra a través del poema o del relato, puede concederles una nueva y diferente existencia. O de una entrada de blog en homenaje a un poeta que, como José Viñals, nos ha dejado algo más huérfanos.

sábado, 7 de noviembre de 2009

Mi lectura de Terenci Moix

En el centro cultural Blanquerna de Madrid y en el marco de una exposición homenaje en memoria de Terenci Moix comisariada por el polifacético Ignasi Riera, tuve, el pasado día 3, la oportunidad de hablar de su obra. Compartían la mesa conmigo Boris Izaguirre y Pedro Manuel Villora, que se extendieron, ante todo, en la experiencia que vivieron junto a él y en una visión de su literatura relacionada con el sentido de su vida cotidiana (con anécdotas de todo orden, divertidas casi todas). Yo hablé, sobre todo, de su obra desde un punto de vista más literario y existencial. No lo conocí ni tuve relación personal alguna con él, pero en una etapa de mi vida algunos de sus libros fueron compañeros tenaces en mis viajes en autobús y metro, me conmovieron profundamente. Por eso, hablé de su obra con el convencimiento de que Terenci es  uno de los grandes escritores españoles de la generación del 68 a los que el canon, la crítica más academicista, el mundo universitario y los historiadores de nuestra literatura no le han hecho justicia.


Descubrí su narrativa a principios de los ochenta (es decir, tarde) cuando llegó a mis manos una edición, en castellano, de su primera y juvenil novela, Olas sobre una roca desierta y, sobre todo, cuando meses más tarde y debido a mi experiencia de lectura de Olas (una novela de formación, de descubrimiento en la que Terenci, transmutado en Oliveri, un "niño bien" de la época, recorre Europa y envía cartas a un interlucutor imaginario en las que relata su experiencia, que no es sino una búsqueda de sí mismo por el camino de la incertidumbre, del gozo ... y, quizá, quizá, de la locura), busqué afanosamente la novela que afirmó su trayectoria como escritor, El día (en) que murió Marilyn. Confieso que busqué ese libro por una razón adicional: siempre me ha fascinado reflexionar acerca de lo que ocurría en mi vida cotidiana en momentos especialmente trascendentes para la historia. La llegada de Eisenhower a España, el 23-F, el asesinato de J. F. Kennedy, el golpe de Pinochet, la muerte de Franco o de Carrero Blanco, el atentado contra el World Trade Center el 11-S, han sido momentos históricos que han marcado mi vida. Y siempre he intentado mantener fresco en la memoria el modo en que viví la experiencia: dónde estaba, qué leía en aquella época, cómo amaba, que barrios frecuentaba, cómo era el microcosmos en que me movía. Uno de esos momentos, cuando apenas había traspasado mi primera década de vida y aún no me había asomado a la adolescencia, fue el día de la muerte de Marilyn Monroe, en 1962. La muerte de la actriz me pareció extraña, en contra de la lógica, me puso, a mis diez años, ante una injusticia abismal y existencial. Pero cuando, años después, intenté recordar qué hacía yo entonces, donde estaba el día en que murió Marilyn, cuáles eran mis sueños, en mi mente sólo se dibujaba una nebulosa. Por eso, cuando a principios de los 80 supe que Terenci Moix había escrito la novela arriba citada, sentí la necesidad de sumergirme en ella, de vivir con sus personajes. Como si en ella fuera a encontrar mis propias vivencias en ese día que había olvidado.

Al hacerlo no me sentí decepcionado sino al contrario. La infancia y la adolescencia, con sus gozos, sus miedos, sus incertidumbres; la Barcelona de los años cuarenta y cincuenta, la magia del cine, la vida cotidiana en los hogares, la sexualidad oculta y condenada, el amor extraconyugal, las frustraciones, los tebeos, las fiestas que se clavan en la memoria, comenzando por la de los Reyes Magos (memorable la descripción de la cabalgata, del tiempo navideño desde la mirada de Bruno, el protagonista), los mitos del cine y de la literatura, la soledad de la infancia, la educación en los colegios religiosos y, sobre todo, la evolución y el desarrollo de una Barcelona que, pese a todo, mantenía su vitalidad bajo el franquismo: todo ello respira en la novela y la dota de sentido.


La muerte de Marilyn significó para la generación de Terenci el descubrimiento de que los mitos también podían dejarnos, de que eran vulnerables y que, quizá por eso, eran mitos. A partir de entonces, fui un devoto lector de su obra narrativa. Mejor dicho: de aquella que tenía a Barcelona y a su memoria perosnal como protagonistas esenciales (no de la ambientada en el Antiguo Egipto) del relato. Así, gocé, como si de una prolongación de El día... se tratara de los tres volúmenes que conforman su autobiografía titulada El peso de la paja (El cine de los sábados, El beso de Peter Pan y Extraño en el paraíso). Y en mi imaginación creció una Barcelona que se fundía con la leída en Eduardo Mendoza, en Juan Marsé o en Manolo Vázquez Montalbán, una Barcelona hecha literatura, una Barcelona a la que no he dejado de buscar paseando por sus calles cada vez que he viajado allí. Leamos a Terenci. Sobre todo, a ese Terenci próximo, cercano, tan irreverente como romántico, que tanto nos habla de nosotros mismos.

Viaje por la mala conciencia: LOS FILOS DE LA NOCHE, una novela reescrita. Una nueva novela.

En breve, Los filos de la noche, mi segunda novela, estará otra vez en librerías. Oculta desde hace muchos años, ha vuelto entre nosotros c...