domingo, 23 de septiembre de 2007

Segunda reflexión sobre Collins: las ventas, la calidad, los realismos y los no realismos.

En el comentario a mi última entrada, Vicente Luis Mora me invitaba a revisar las listas de libros de poesía más vendidos para, así, poder constatar cómo la poesía plana, de un realismo fácil, se encarama a ellas por encima de cualquier otra propuesta. Pues bien. El resultado de mi "inspección" ha sido el siguiente: Rilke, Gamoneda, La Fontaine, Chantal Maillard: ésa era la lista de libros más vendidos del último El Cultural de El Mundo. También William Carlos Williams, Julio Martínez Mesanza y Luis Alberto de Cuenca. La de la pasada semana, en ABCD, mostraba a poetas como González Iglesias, Rene Char, Juan Ramón, Carver, Julia Uceda, la antología Poesía visual española... Pocos, muy pocos (y aún así, proyectando sobre ellos el juicio de la subjetividad) son poetas adscribibles a un realismo plano, carente de complejidad y de misterio. Lo cual quiere decir que la afirmación de Vicente Luis Mora en su comentario no siempre se corresponde con la realidad. El ranking de libros más vendidos en poesía está, siempre, condicionado por factores de la más diversa índole. El principal, la precariedad de las cifras de venta, incluso cuando excepcionalmente su produce un llemémosle best-seller. En mi modesta opinión, la venta de dos o tres mil ejemplares de un libro de poesía garantiza la entrada en alguna de las listas de más vendidos. No hace falta más. Por encima de esas cifras, están las excepciones (el caso de Antonio Gala es un anacronismo en el mundo poético). Por ello, con que se dé la circunstacia de la edición de un poemario que, por alguna razón, literaria o no literaria, focaliza la atención del lector de poesía (un colectivo que, en toda España, no debe superar las tres mil personas) ya tenemos al libro en esa nómina. Con independencia de la apuesta estética de que se trate. Deben de ser centenares los libros de poesía "sin ambición" o plana que salen al año. De ellos, sólo dos o tres, como mucho, se cuelan en las listas de más vendidos. Lo mismo cabe decir respecto a las propuestas más complejas y "con ambición". Por tanto, lo que, con toda probabilidad, vale para la novela (y, si se me apura, para el ensayo), que salpica la lista de más vendidos con best-sellers e intrigas vaticanas, pseudovaticanas, premios mutimillonarios y otras hierbas, no se aplicable en poesía. Su público es, de por sí, un público restringido cuya apuesta por la poesía supone, de por sí, una preselección que reduce el espectro de posibilidades de grandes ventas al mínimo imprescindible. Para mí siempre ha sido un misterio, por ejemplo, el hecho de que un libro como Itinerario para náufragos, de Diego Jesús Jiménez, libro complejo, de una poesía visionaria y meditativa a la vez, de lectura difícil, vendiera, en dos años (1996 y 1997) cuatro ediciones. ¿Facilidad de su propuesta? ¿Realismo plano? No lo creo. Más bien parece que su opción estética va en dirección contraria.


Por lo tanto, el problema esencial que Mora/García Casado encuentran en el libro de Collins (problema que, por cierto, no ha encontrado ningún otro crítico) es el de una poesía directa, sin complejidad ni misterio, "fácil", lo que les lleva a salvar un puñado de poemas del conjunto del libro. Yo creo que no es una poesía fácil, pero no voy a polemizar con ese punto de vista. Toda crítica tiene un componente de subjetividad inevitable. Los gustos del crítico se mezclan con múltiples factores difíciles de evaluar. Sí diré, sin embargo, que discrepo de la tendencia, muy asentada en nuestro mundo poético y crítico a establecer el baremo de la calidad en función de la transparencia u opacidad del texto, del realismo o el no realismo que lo caracteriza, de lo tradicional o lo vanguardista que en él se contiene. A mi parecer (y lo digo, también, como creador), es tan o más difícil y complejo escribir un texto directo, sencillo, transparente y cargado de intensidad que lo contrario. Diría más: a veces es más díficil porque la verdad literaria o poética del texto no aparece encubierta u oculta en un aparato de lenguaje que no siempre habla del sentido último de la existencia (en lo individual, pero también en lo colectivo). No es necesaria una mirada que descodifique el entramado que el autor propone: la emoción estética y sentimental llega de inmediato, la empatía entre poeta y lector no encuentra barreras.


En lo que se refiere a la poesía de la complejidad, una poesía que en no pocas ocasiones deriva en hermetismo, hay un factor que, creo, mide su "proteína lírica": cuando, en una primera lectura, el poema transmite emoción. Aunque sea no racionalizable. Aunque no se pueda traducir a términos lógicos. Después, vendrán las indagaciones lectoras, la búsqueda de sentidos y significados. Pero el lenguaje lírico tiene que impactar al lector. Nos impactan y emocionan Rulfo o Joyce (con excepción, a mi juicio, de su Finnegans Wakes) no por su transparencia sino por la profundidad emotiva que sus textos nos ofrecen, por su honda vinculación con las incertidumbres del hombre de cualquier tiempo y lugar. Pero no lo hacen muchos otros textos tan experimentales o más que los de ambos autores. Lo mismo cabe decir de Kafka, o de un realista tan directo como Doss Pasos. O como Carver. Es la eterna pregunta, basada en una permanente pugna, del misterio poético y, más allá, literario: ¿Góngora o Quevedo? ¿Claudio Rodríguez o Ángel González? ¿El Alberti surrealista o el Alberti realista? ¿Blas de Otero o Pablo García Baena? ¿Benet o García Hortelano? ¿Aleixandre o Cernuda?...


En el fondo, las guerras estéticas, cuando se convierten en batallas que levantan fronteras inexpugnables, ocultan otras guerras que tienen más que ver con el poder mediático, con la proyección de sus autores en los medios, que con la esencia del poema, que con el arte. Por ello, la crítica que me interesa es la que busca en cada libro la "honda palpitación del espíritu", o la "palabra en el tiempo" de las que hablara, con perdón, Antonio Machado. Con independencia de la estética por la que el poeta apueste. No la que se pone en guardia y, a partir del prejuicio, estabula a los poetas: realistas a un lado, órficos a otro. Los primeros, sin misterio, los segundos con él. O viceversa. Lo fundamental es sumergirse en el texto concreto y buscar las verdades que en él respiran. Tarea difícil y, siempre, salvo en los casos de incompetencia manifiesta del autor al que se lee, llena de subjetividad. Lo importante es que esa subjetividad sea aplicada, por el crítico, con "conciencia de objetividad". Pero eso es complicado de explicar y lo dejo para otro día. Si hay hueco y si la inspiración me llega.

martes, 11 de septiembre de 2007

Primera reflexión sobre Billy Collins: ¿Es mala la poesía que se vende?

Edgar Lee Masters publicó Spoon River Anthology en 1915. De su primera edición se hicieron 19 reimpresiones y en 1940 llevaba, ya, 70 ediciones. Ha sido el best-seller de la poesía norteamericana y, poco después de su aparición, Ezra Pound, paradigma del poeta experimental, irracionalista de la primera mitad del siglo XX, escribió en The Egoist: "¡Por fin! ¡Por fin América ha descubierto a un poeta!".


Cuaderno de Nueva York, de José Hierro, vendió en poco más de dos años por encima de cuarenta mil ejemplares sin contar con las ediciones que aparecieron al margen de la inicial de Hiperión. Las ediciones de Ancia, de Blas de Otero, se vienen sucediendo año tras año en Visor desde finales de la década de los sesenta. Fonollosa, según declaraciones de Sergio Gaspar, editor de DVD, es, de su catálogo, el poeta que más libros ha vendido desde que la editorial inició su andadura. Más recientemente, Raymond Carver, con su poesía reunida Todos nosotros, ha vendido, en algo más de un año, tres ediciones y Bartleby Editores está preparando la cuarta.


Citar a Juan Ramón, a Antonio Machado, a Cernuda, a Pablo Neruda, a Federico García Lorca, como poetas con un enorme bagaje de ediciones de sus libros, de antologías y poesías completas, sería un lugar común.


¿Cabe, hablando de poesía, establecer un paralelismo, en términos cualitativos, entre Edgar Lee Masters, Pepe Hierro, Blas de Otero, Fonollosa, Carver, Juan Ramón, Machado, Cernuda o Lorca y Antonio Gala? Nadie que tenga una brizna de sentido crítico (o de sensibilidad literaria) lo haría. Sólo cabría el paralelismo cuantitativo: todos venden o han vendido muchos ejemplares de sus libros. Venden poesía. Y mucho. Por eso, establecer como verdad universal (es malo aferrarse a verdades universales que tienen como punto de partida el gusto del lector o del crítico y, por ello, la más radical subjetividad) la afirmación de Felipe Benitez Reyes "la poesía no vende y, si vende, no es poesía" para poner en cuestión el valor de la obra de Billy Collins partiendo del hecho de que es un poeta "muy vendido en Estados Unidos" no parece un ejemplo de rigor analítico. Y lo es menos aún si procede de un poeta/crítico como Vicente Luis Mora que dio sobradas muestras de perspicacia y hondura en los ensayos de su libro Singularidades. Eso nos llevaría a afirmar que la poesía que no vende es, por definición, buena, y la que vende, es, también por definición, mala. Y eso no es verdad bajo ningún concepto. Es más, creo que Vicente Luis Mora, autor de una reseña sobre Lo malo de la poesía (en el último número de la revista Quimera) que parece un trámite (no muy alejada, en su planteamiento de fondo, de otra de Pablo García Casado en La tormenta en un vaso) sabe que no es verdad. Billy Collins ha vendido muchos libros en Estados Unidos, es cierto. Pero, a mi juicio, no es comparable con el "fenómeno Gala". Entre otras razones porque, creo, su conexión con el público tiene más que ver con las incertidumbres y angustias que respiran tras la vida cotidiana de una América autosatisfecha y frágil que con la autocomplacencia o el juego (aunque a veces lo aparente, del mismo modo que, por citar un ejemplo a vuelapluma, aparentaba jugar el Blas de Otero de Pido la paz y la palabra) al que se refiere Vicente Luis Mora. Ya quisiéramos, todos los escritores que de vez en cuando terminamos un poemario (o casi todos) vender los 40.000 ejemplares de Collins o de Cuaderno de Nueva York, de Hierro. Eso significará que nuestra poesía, sin hacer concesiones, ha conectado con un amplio segmento de lectores. Son otras las razones que hacen de la poesía un género minoritario. Tienen que ver con su escasa promoción, con la limitada atención de los grandes medios, también, por supuesto, con una sensibilidad lectora más educada para la narrativa. Pero del mismo modo que hay películas o novelas que son obras maestras que fueron escritas pensando en la "inmensa minoría" y, de pronto, concitan la atención y el seguimiento de millones de espectadores o lectores, hay poemarios que rompen la norma del elitismo, que se convierten en excepción. No "fenómenos Gala", sí "fenómenos Lee Masters". Y si Masters vendió 70 ediciones de su Spoon River en 15 años no lo achaquemos a la "facilidad". Pensemos (es lo que yo creo) que conectó con la sensibilidad colectiva de una América en crisis, marcada por las grandes convulsiones sociales que dieron lugar al crack del 29 y por sus consecuencias. Con poemas transparentes y hondos a la vez. Inteligentes y estremecedores. Irónicos y turbios. Todo a la vez pese a las apariencias.

Hasta aquí una primera reflexión sobre las ventas de Collins. Queda pendiente reflexionar sobre la calidad, sobre las supuestas "facilidades" que lastran (¿a partir de qué principios?) sus poemas. Pero por hoy ya he escrito bastante.

De unas tierras misteriosas y del misterio de un poeta

Ved la imagen que preside esta entrada. Es un retazo mínimo del paraje al que me enfrenté hace un par de días. Montañas cubiertas de bosques que se pierden en lontananza. Ni una sola construcción mancha un territorio que parece proceder de un sueño, en el que sólo la masa forestal, algunos pequeños espacios pelados y un cielo que la tarde y la intensidad de la luz emblanquecen le dan vida. No es un lugar perdido en cualquier valle pirenaico, ni en la montaña leonesa o en las extensas sierras pinariegas de la Soria más alta o del Burgos más norteño. Es Madrid: su norte escondido y afortunadamente olvidado. Este paraje, en el que el silencio juega con los ruidos ancestrales del viento y de las ramas, respira en mi último libro Por la sierra del agua y seguía respirando el pasado domingo allá en las cercanías de un pueblecito llamado Villavieja. Son los pinos de Villavieja. Un paisaje inverosímil a una hora de Madrid. Un lugar en el que a estas alturas del siglo todavía se pierden los caminantes, que, en su vertiente este, atraviesa una vía de ferrocarril medio abandonada y surcada de estaciones sin uso desde hace décadas que o bien se han convertido en superficies de hormigón y matorrales o mantienen huellas de su antigua prestancia en casetas muertas, en viejas casonas de arquitectura vagamente alpina en cuyo interior sólo hay basura, escombros, viejos muebles, tejas rotas.
En esa tierra, en mi convivencia de años con esos parajes, nació el misterio y la zozobra que quise plasmar en mi novela La mujer muerta. ¿Acaso es tan difícil imaginar, en medio de esa inmensa superficie arbolada, en en recodo de cualquiera de los muchos caminos medio borrados por el tiempo y la zarza que la surcan, la existencia de una aldea detenida en el tiempo, en los años cuarenta o cincuenta del pasado siglo?

Las tierras misteriosas están, a veces, cerca. Como el misterio de la literatura. Como el enigma de la poesía. Como esa pasión, difícilmente definible, que a uno lo lleva a descubrir, como director de una colección de poesía, un misterio en cada nuevo libro por el que apuesta. Y a observar, con sorpresa, cómo a veces la crítica, lejos de arañar en ese misterio, se enmaraña en la convención, en el lugar común, en la afirmación gratuita. Por supuesto, sin encontrar el misterio que el editor descubrió inicialmente en el libro. ¿Por qué? ¿Porque no existía o porque el crítico ha situado el libro en el lugar de la convención, ha partido del prejucio para descalificarlo? Pienso en Billy Collins y pienso en una crítica aparecida recientemente sobre Lo malo de la poesía que elude entrar en el nucleo que da sentido al libro (en el misterio del poema, tan desasosegador como el que respira en los bosques de la fotografía). Pero de eso hablaré (escribiré) quizá mañana. Con sosiego, sin prisas. Como la suma de convenciones que una visión pretendidamente vanguardista e innovadora, buscadora de un nuevo -y viejo- dogma, se merece.

viernes, 7 de septiembre de 2007

Enseñanzas de "Pelando la cebolla"

Ocupé buena parte de los días del pasado agosto a leer Pelando la cebolla, el controvertido libro de memorias (y de la memoria) de Günter Grass. Ha sido una experiencia apasionante, de las que dejan huella durante largo tiempo. No por lo que ha sido piedra de escándalo, su pertenencia a las Walfen SS cuando tenía diecisiete años, un hecho que, evaluado en su contexto, no me parece relevante. Sí lo es su ocultamiento a la opinión pública a lo largo de medio siglo, pero aún así hay razones muy poderosas, comenzando por la propia actitud progresista, de compromiso radicalmente democrático, de izquierdas, de Grass durante los años posteriores a la Guerra Mundial, para entender su silencio. Si ponemos en un lado de la balanza ese silencio y en otro su contribución a las causas de los menos favorecidos, a la lucha por la libertad en la propia Alemania y en numerosos países -comenzando por la España de la dictadura-, no es difícil inclinarla hacia este último.

Por eso, lo que más me ha interesado del libro de Grass ha sido el recorrido por su geografía íntima en el camino hacia la toma de conciencia artística, literaria, tras haber vivido, en la última fase de la guerra, situaciones límite, en las que la vida y su sentido último pendían de un hilo. Su inmersión en la pintura, su pasión primera por la poesía, su conocimiento y su acceso al Grupo 47, la gestación de sus primeros relatos, de El tambor de hojalata, su novela más poderosa, su vocación de escultor a medio camino entre el marmolista y esculpelápidas y el artista que busca un camino. Todo eso, narrado con eficacia y con un controlado fervor por el idioma (la traducción de Miguel Sáez es siempre una garantía), ofrece al lector un mundo interior enormemente rico y complejo. También los pasos iniciales de una vocación artística polifacética, llena de curiosidad por el mundo, inconforme, crítica, a la altura de lo que una Historia irrepetible en una Eruropa en construcción y que se recuperaba de una herida mortal, requería de los intelectuales.

También me ha llamado la atención un aspecto poco conocido de su trayectoria: su devoción por el existencialismo, por Alber Camus, por la pugna ideológico-teórico-literaria que con él mantuviera Jean Paul Sartre, por el mundo artístico, intelectual, que, en aquellos años cincuenta y primeros sesenta del pasado siglo, situaba a París y a la lengua francesa en la vanguardia de los movimientos culturales.

Pero Grass también muestra algo que en España, quizá por la deriva repetitiva y plana que asumió la mayor parte de la literatura social de aquella época, es casi imposible plantear. Especialmente en determinados círculos que, paradójicamente, se autodenominan progresistas. Grass narra cómo simultaneaba la construcción de sus novelas y relatos, la escritura de sus poemas con la redacción de discursos para leerlos en los mítines y encuentros electorales en defensa del SPD, del partido socialdémócrata, de Willy Brandt, de un modelo de desarrollo igualitario, con un fuerte componente social, de políticas públicas. para Alemania. Sin ningún complejo, con el pleno convencimiento de que ser ciudadano consciente forma parte, de manera natural e irrenunciable, de la condición de escritor. Es una opción voluntaria, una decisión íntima irreprochable, que en nada enturbia la calidad de sus textos de creación, una apuesta existencial, artística, vital que, frente a la cultura "antimilitancia política" de la que se hace gala con pasión (y, a veces, con un enfoque excluyente, empapado de intolerencia) en mentideros literarios fácilmente reconocibles de nuestro país.

Sólo los sectarios, los "apolíticos" que suelen justificar los desmanes de la derecha y convertir en imperdonables los errores de la izquierda para acabar poniendo en el poder a la derecha (que no es aséptica, que expresa intereses económicos y valores bien definidos), descalifican al escritor, al poeta, al narrador que se pronuncia políticamente y asume un compromiso explícito con los, digámoslo en palabras de Dostoievsky, "humillados y ofendidos".

Pelando la cebolla, es, en ese sentido, un alegato en contra de los sectarismos. Porque, ¿cuántas veces hemos escuchado a significativos representantes de nuestro mundo literario descalificar, por sus vínculos con la política o por su compromiso, a determinados colegas acusándoles de "obedecer consignas" (hecho más que discutible por otro lado) mientras guardaban un silencio clamoroso ante las consignas de facto que venían de poderosos grupos editoriales, ante la concesión de dotadísimos premios cuyo beneficiario se conocía con meses de antelación, ante la consigna, implícita o explícita, de centros de poder tan políticos o más que los partidos aunque ocultos o disfrazados de medio de comunicación, de sello editorial?

Una lectura que aconsejo a todos. Incluso a los que han hecho costumbre residir en la torre de cristal donde viven los que no quieren "mancharse" con la política. Abiertamente, claro. Porque nada vive o respira al margen de la política.

miércoles, 22 de agosto de 2007

¿Debe el poeta hacer crítica de poesía?

De seguir los preceptos del crítico embozado, el poeta debería abstenerse de hacer crítica de poesía. En caso de que no pueda evitarlo, debería evitar hacer crítica a poetas que son críticos en el diario en el que colabora. Y a libros publicados por la editorial en cuyo catálogo haya un poemario suyo. Y a libros de autores que son amigos cercanos, lejanos o mediopensionistas. Y, por seguir con el hilván, debería hacer lo propio en las revistas vinculadas a editoriales en las que o ha publicado o quiere publicar.

Tampoco debería el poeta dirigir una colección de poesía. Y, en caso de hacerlo, pelear con fervor y tenacidad para que los libros de la colección que dirige no sean reseñados en los diarios o revistas en las que colabora. Y evitar la edición de poemarios de poetas que ejercen la crítica en las citadas publicaciones.

En el fondo, el poeta que decida hacer crítica, siguiendo tales preceptos, debería publicarla en una revista que no lea nadie (o casi nadie), renunciar a los suplementos de los diarios como autor objeto de las reseñas de otros crítico, buscar, para la edición de sus poemas, sellos editoriales marginales o desconocidos (porque en los otros siempre hay autores que pueden ser objeto de reseña y, por tanto, de favor): es decir, ser un completo desconocido con obra desconocida. Así, nadie sospechará de complicidades, de intercambio de favores, de tráfico de influencias....

Es decir: un completo despropósito. Por dos razones: la primera, porque estoy convencido de que el mejor crítico de poesía es el poeta interesado en indagar y reflexionar sobre el acto de escritura, sobre el sentido (y los sentidos) del lenguaje poético. Uno de los mejores y más rigurosos críticos de la historia de la poesía universal ha sido T.S. Eliot: nadie cuestionó, jamás -salvo algún contemporáneo receloso y resentido- el hecho de que indagara y criticara en la obra de amigos, compañeros de generación o de editorial. Es más, su obra crítica, a través, sobre todo, de su Función de la poesía y función de la crítica es, hoy, un legado teórico y reflexivo incuestionable. Y, ¿qué decir de Luis Cernuda, o de Salinas o Guillén, o de Gabriel Ferraté, o de Carver, de Paz, de Vázquez Montalbán, de Martínez Sarrión, entre otros muchos poetas que han ejercido la crítica y la labor teórica sobre la poesía? En segundo lugar, porque la objetividad del crítico no tiene otra medida que el rigor con que se acerca al libro, a cualquier libro, comenzando por los que se publican en editoriales relevantes. Renunciar a la crítica a estos últimos sería, simplemente, una traición a los propios lectores. Y la efectividad de su crítica será mayor cuando ésta aparece en un diario de amplia tirada.

Por tanto, la independencia del crítico nada tiene que ver con la editorial en la que publique ni con los compañeros de tarea en el suplemento en que sus reseñas aparecen. Es evidente que se dan casos de vulneración del principio de independencia: pero no sólo en los diarios ni en el caso de editoriales de relieve: se da en revistas pequeñas y medianas, en relación con editoriales de provincias e institucionales, en relación con la pertenencia o no a grupos marginales o semimarginales, en relación con la presencia en el mundo universitario.... Es decir, puede darse en todos los ámbitos y siempre será inevitable que haya un porcentaje de "tráfico de influencias" o "intercambios de favores". Ahora bien, el que ese hecho exista, ¿debe llevar a un diario a prescindir de nombres de poetas o críticos ya reconocidos porque publican en editoriales importantes o porque "corren el riesgo" de tener que escribir crítica a poetas que son compañeros de suplemento cultural? Sería un despropósito. Sólo el crítico no poeta y, además, desconocido, tendría, según los principios del embozado, legitimidad para hacer crítica "con independencia". Claro, debería renunciar a publicar, algún día, en una editorial importante, a criticar a autores que publican en el diario aunque hayan escrito la "obra del siglo". Es decir: deberían mantenerse en la sombra de la mediocridad, en la penumbra del desconocimiento.

Si la historia de la poesía y de la teoría de y sobre poesía y crítica se hubiera basado en tales presupuestos, no hubieran llegado hasta nosotros los más perspicaces e incisivos acercamientos a la materia poética, comenzando por el arriba mencionado Eliot. Prejuzgar, de manera permanente, posibles influencias tras el contenido de una determinada crítica o buscar relaciones que lo invaliden es errar el tiro. Vayamos al texto, a lo que se dice en él y no al prejuicio. Porque hacer lo contrario revela algo parecido a ese refrán popular que dice: "mal cree el ladrón...".

miércoles, 27 de junio de 2007

Al calor de "La chica de ayer", renace un viejo diario.

Soy escéptico respecto a la periodicidad, en la historia, de determinados fenómenos. Por ejemplo, el de la recuperación, entre nostálgica y reivindicativa, de épocas anteriores. Un buen amigo me dijo no hace mucho que veinte años después de vivir directamente la experiencia personal y colectiva de un tramo de la Historia, ésta cobra la dimensión de lo mítico, se convierte en territorio de la nostalgia. Esta reflexión me ha venido de pronto, mientras escucho un programa cultural de una radio pública, respiro el aire fresco de la noche de junio que entra por la ventana abierta al jardín e intento corregir las galeradas de mi primera antología poética (novedad en octubre próximo: Monólogo del entreacto). Y me ha venido en un momento concreto: cuando en la radio ha sonado "La chica de ayer", la hermosa canción de Nacha Pop, un emblema no de mi generación, sino de la inmediatamente posterior.
"Me asomo a la ventana, eres la chica de ayer". Y me doy cuenta de que mi amigo tenía razón. La música, la letra quizá poco trascendente, me han devuelto noches de los ochenta, viejos sueños de un tiempo que yo no viví en el nucleo, en el ojo del huracán en que lo vivieron quienes nacieron en los sesenta. Han pasado veinte años y, como decía mi amigo, aquel tiempo se convierte en territorio mítico: aunque yo lo viví en la periferia de un Madrid hervidero y experimental, no por ello dejo de asumir la memoria de quienes lo gozaron al calor de una posmodernidad que dio en movida, que derivó en banco de pruebas del que saldría una música nueva, unas artes plásticas entre lo naif y lo moderno, una narrativa light de escasa huella, un cine urbano e irreverente, matriz de lo almodovariano y de la nueva mirada que la generación emergente proyectaba sobre el mundo.
No es mi memoria pero la hago mía. Es memoria heredada de los jóvenes nacidos en los sesenta (yo nací, perdonadme, en los primeros cincuenta) que asumo del mismo modo que asumí hace tiempo otra memoria no vivida: la de quienes habitaron, gozaron o sufrieron el París existencialista, la Europa en ruinas de la posguerra, el mundo en blanco y negro de Edith Piaff y sus desolaciones. Era la memoria de la juventud de mis mayores que, a través de la literatura, del cine, de las historias escuchadas, ha pasado a ser de mi propiedad.
Sí: en los ochenta, ese tiempo que en mi geografía más íntima asoma como una explosión de color y de irresponsabilidad, yo vivía otro mundo. Era la militancia política cruzándose, a grupas de una culpa oscura derivada del arrinconamiento de la poesía, con la visión de la realidad democrática que llenó los sueños de mi adolescencia. Era la periferia industrial a la que acudíamos a reunirnos para hablar de movilizaciones obreras, de alianzas con los movimientos ciudadanos, de cultura popular, de cine forum en parroquias. Era la falta de tiempo, la lectura en el autobús o en la madrugada de un acarreo enorme de textos de orígenes diversos: ensayos sobre urbanismo, libro rojo del cole, Ulises, novísimos tardíos, la historia de la burguesía de Hobsbawn, narradores españoles del cincuenta, novelistas de la berza o exquisitos novelistas experimentales, abanderados franceses de un nouveau roman ilegible salvo que se tratara de la Sarraute, La verdad sobre el caso Savolta o las innovadoras verdades del eurocomunismo, Berlinguer, Togliatti, Gramsci, Napolitano. Era el trabajo oscuro en una oficina bancaria al final de López de Hoyos. Era el amor intenso, recién estrenado y sin límite.... Y era (curiosamente habían pasado, como esta noche respecto a los ochenta, veinte años) añoranza de los años sesenta como luminoso lugar de una adolescencia crecida bajo la dictadura: primer Serrat, Raimon semiclandestino, curas obreros en mi barrio periférico, noticias de un exilio tabú, miedo en los ojos del padre y terror en los de una madre propensa al silencio y blanda para el llanto.

"Un día cualquiera no sabes que hora es
te acuestas a mi lado sin saber por qué.
Las calles mojadas te han visto crecer,
y tú en tu corazón estás llorando otra vez."

Nacha Pop, como Gabinete Caligari, como Duncan Dhu, como el Joaquín Sabina de La Mandrágora, han irrumpido en mi cuarto de trabajo para demostrarme la verdad que alienta tras la teoría de mi buen amigo. Una teoría frágil, es verdad, como todas las teorías. Pero que hoy vivo con la verdad más plena: con la que otorgan las emociones que me ha traído, a través de la radio, "La chica de ayer", la voz de hace veinte años.

Y con esa voz, llena de la ternura con que nos empapa lo que no ha de volver, se ha avivado la necesidad de recuperar un manuscrito que terminé, revisé y corregí hace un par de años: mis diarios de la década de los ochenta. Mi cuaderno de aprendizaje. Mi particular testimonio de un tiempo de mutaciones: escrito desde la lateralidad, desde mi condición de viajero procedente del Madrid menesteroso y humillado. Unos diarios que probablemente algún día publicaré. Mis días de los ochenta. Quizá no haya un título mejor. En fin...

martes, 19 de junio de 2007

La saña del crítico. Sobre "Metalingüísticos y sentimentales", de Marta Sanz.

José Luis García Martín se ha caracterizado por ser uno de los impulsores, desde comienzos de la década de los ochenta del pasado siglo, de la hegemonía figurativa. Sus antologías, sustentadas en una concepción excluyente de la poesía, marcaron una senda en la que convivieron y cooperaron opciones ideológicas en apariencia confrontadas -Martínez Mesanza y García Montero, De Cuenca y Javier Egea, por ejemplo- y en la que cualquier asomo de connivencia con la vanguardia, con una poesía menos "racionalista" o con una poesía abiertamente crítica, que se reclamara social, o política, eran condenadas al infierno de lo anacrónico, de lo inútil. Es la actitud del crítico militante que no sólo se muestra incapaz de descubrir cuánto hay de poesía en otras opciones estéticas (Claudio Rodríguez y Gil de Biedma tienen estéticas confrontadas, distantes, pero la calidad de sus propuestas son incuestionables. Lo mismo cabría de Juan Ramón y Machado, o de Blas de Otero y Rosales....), sino que se inquieta, se muestra belicoso e intolerante cuando sus presupuestos teóricos son cuestionados. Y si el cuestionamiento viene de una persona no procedente del mundillo (es decir, no maleada por las peleas entre familias, subfamilias, corrientes y subcorrientes, tan frecuentes en la poesía española), que intenta situarse en una posición lo más objetiva posible aun sabiendo que la objetividad absoluta es una quimera, su intolerancia, su falta de rigor en el análisis y su actitud rayana en el insulto y en el desprecio se convierten en paradigma de lo que no debe ser un crítico.
Viene esto a propósito de la antología que, en Biblioteca Nueva, acaba de publicar la narradora y profesora universitaria Marta Sanz. Una antología en la que recoge una muestra plural y amplia de la poesía escrita en España entre 1966 y el fin de siglo. Con ausencias, obviamente. Con presencias cuestionables (me pongo la venda antes que me salten el ojo: el que suscribe, el primero). Como en todas las antologías que en el mundo han sido. Pero la antología de Marta es toda una lección para profesores, antólogos profesionales (García Martín entre ellos) y poetas metidos a antólogos. Está trabajada a fondo, no rehuye ninguna de las incógnitas que se vienen planteando en nuestro panorama crítico y se desarrolla mediante una estructura absolutamente novedosa. Y, sobre todo, útil: para el lector avisado, para el no avisado y para el que quiere aprender. El prólogo, sensible con la pluralidad realmente existente en el período y bien trabado en el análisis de los vínculos que se establecen entre la evolución de nuestra sociedad y su manifestación poética, con afirmaciones discutibles (por supuesto) y con alguna omisión en cuanto a referencias biobibliográficas (Juan José Lanz me expresó, no hace mucho, su queja porque no es aludido en ningún momento) es complementado con un trabajo meticuloso en las notas a pie de página. Un trabajo que es reflexión sobre cada poema, contextualización del libro al que el poema pertenece, rastreo de los vínculos entre la obra del poeta antologado y las distintas estéticas, apunte de las influencias. Son notas de gran extensión, espléndidamente trabadas que, lejos de estorbar al lector (ya sabemos que a García Martín casi todo le estorba) le ayudan a tener una visión poliédrica, enriquecida, de cada poema.

Pues bien, el crítico asturiano, hace un par de semanas, descalificó en La Nueva España la antología sin más. Es decir: la enmendó a la totalidad. Cuestionó la estructura, cuestionó las notas al pie, el planteamiento del prólogo y, como colofón, cuestionó la selección de los 50 poetas. Para él sobran algunos nombres, que cita (entre ellos estoy yo, reitero) y faltan otros, que no cita. Nada de valorar el esfuerzo de sistematizar medio siglo de poesía española y de integrar, como parte de una panorámica compleja, a autores de distintas generaciones y de distintas propuestas de lenguaje. Para él, todo lo que no sea exclusión y apuesta totalizadora por lo figurativo no merece la pena ser publicado. Recuerdo que, hace nueve años, mantuvimos, en Las Palmas, un larga conversación sobre algunos nombres de la poesía española. Entonces, yo estaba preparando para Cátedra la edición crítica de dos poemarios de Manuel Vázquez Montalbán, Una educación sentimental y Praga, por lo que en un momento determinado le pregunté por su opinión acerca del poeta barcelonés. Dijo tan sólo una frase: "es un político... comunista". Después seguimos repasando el panorama poético y puse sobre la mesa el nombre de un muy conocido poeta militante y crítico: "es un ecologista". Tal fue su respuesta. Con ambas denominaciones, García Martín descalificaba a ambos autores como poetas y, de paso y seguramente de manera inadvertida para él mismo, se descalificaba como crítico.

Marta Sanz ha elaborado una antología necesaria. Ha trabajado a fondo. Y ha dado una lección de pedagogía, de capacidad analítica, de sistematización innovadora a todo un ejército de antologadores que nunca se han planteado romper con lo convencional. Pese al disgusto de José Luis García Martín.

martes, 12 de junio de 2007

Mi recorrido por la Feria del Libro

Fin de semana en la Feria del Libro de Madrid. Mejor dicho: domingo último de Feria. Recorrido por las casetas en busca de libros de poesía. Con la salvedad de dos o tres títulos, éstos se encuentran recluidos en las editoriales "ad hoc". Es muy difícil, por no decir imposible, encontrarlos en las casetas de las librerías y no menos difícil en las de las distribuidoras. Los best-sellers, la hegemonía de las novelas históricas o pseudohistóricas con trama entre policíaca y religiosa, casi siempre en escenarios medievales, vienen siendo la tónica. Ese hecho, que no hace sino prolongar una realidad que se ha hecho cotidiana, que prevalece a lo largo del año, en las grandes librerías y en los grandes almacenes, ha dominado también la Feria del Libro. Aunque casi todos los especialistas en analizar los ciclos que vive el mercado editorial lo achacan a puras razones comerciales, a la estela que dejó El código da Vinci, un inexplicable e inexplicado best seller internacional, creo que hay razones más profundas que, a la vez, son alentadas desde determinadas cúpulas editoriales (que son, en el fondo, parte del aparato de cultura que emite contenidos ideológicos en favor del pensamiento único): pienso en la extendida voluntad de evitar la literatura que nos confronte con nuestra realidad de hoy, que indague en las más hondas insatisfacciones del ser humano desde una perspectiva crítica y con una mirada atenta al mundo circundante. Nuestra novela, con excepciones muy contadas, pasa de puntillas por la experiencia cotidiana de amplias capas de la sociedad, deja de lado realidades históricas del presente que determinan actitudes, comportamientos, intenta refugiarse en una intimidad sin contexto o viajar a tiempos ancestrales, a lugares en los que la memoria no incomoda a nadie.

Con la poesía ocurre algo parecido: con una salvedad. Existe un grupo, más o menos homogéneo, que se ha presentado en sociedad (aunque la mayoría de sus componentes ya estaban presentes en nuestro escenario poético) con el marbete de Once poetas críticos, una de cuyas señas de identidad es la atención hacia el mundo desde una perspectiva poético-crítica. En él, hay magníficos poetas -hombres y mujeres, por supuesto-, pero, a la vez, predomina un acercamiento a la realidad social, política y económica que se aleja de la que se vive cotidianamente en nuestros pueblos y ciudades. Es una mirada que bebe en la marginalidad, proyectada desde el extremo y desde una lógica que si bien encuentra su sentido en el mundo no desarrollado, en sociedades como la nuestra se sitúa fuera del estado de conciencia medio de un amplísimo segmento de lectores, de gentes preocupadas por la cultura y, en menor grado, por la literatura y por la poesía. Por eso, apenas cala en la sociedad literaria (y separo los casos de propuestas estéticas tan supuestamente revolucionarias como herméticas). Y por eso, es difícil hablar de la existencia de una poesía crítica acorde con las exigencias del momento, con la realidad cotidiana que viven nuestros jóvenes, nuestros mayores, el ciudadano medio que no vive en barrios de chabolas, ni se mueve en lo marginal, que aspira a una sociedad más justa pero desconfía de ciertas derivas autoritarias, de ciertas actitudes comprensivas con prácticas terroristas, subyacentes en la propuesta de la poesía crítica a la que aludo.

Luchar como ciudadano por cambiar la sociedad, por invertir la tendencia dominante en la globalización, por garantizar los derechos sociales, políticos y económicos a todos los ciudadanos, no necesariamente pasa por la radicalidad más extrema. Ni tampoco pasa por la poesía. Aunque en ella se depositen las incertidumbres del ser humano frente a una realidad hostil (yo apuesto por ello y, en la medida en que puedo y "me sale", lo traslado a mi poesía). O somos conscientes de que su poder para cambiar las cosas, como ya dijera Manolo Vázquez Montalbán hace más de 35 años, no pasa del que tiene "un modesto tirachinas", o nos estaremos equivocando.

Es probable (y quizá diga una herejía, pero para eso están los blogs) que el ciudadano medio del siglo XXI, joven o mayor, tenga más motivos para reflexionar sobre su condición social, sobre las servidumbres que lo condicionan, sobre el imaginario de sociedad que quisiera construir a través de algunos poemas de Ángel González, de Blas de Otero, del Pepe Hierro de Agenda o del Vázquez Montalbán de Una educación sentimental -pese a haber sido escritos hace décadas- que mediante poemas escritos premeditadamente para agitar conciencias y desde un lugar -el extremo, la marginalidad- desde el que no es fácil reconocerse.

Hasta aquí mi meditación ante una Feria del Libro en despedida y tan poco propensa a dar protagonismo a la poesía como todas las ferias del libro que en el mundo han sido.

jueves, 31 de mayo de 2007

ANTE LA PERSEVERANCIA EN LA MENTIRA, IMPOSIBLE NO REPLICAR

Uno está tan tranquilo, dedicado a escribir, a hacer crítica en la medida en que puede, decide no responder a mentiras y otras infamias y, de pronto, alguien te llama y te dice que el contracrítico embozado insiste en mentir, injuriar e infamar. Entro en su blog (ése que asume el nombre de un crítico de cine norteamericano de los años de la caza de brujas -debe de ser por eso-) y me encuentro que el embozado corrige las entradas, matiza mentiras sin reconocerlas y persevera en mentir e insultar. Decido dejar un comentario exigiendo rectificaciones y no es posible. NO ES POSIBLE, LO QUE MUESTRA SU TALANTE DEMOCRÁTICO. Me cuidé de copiar en otro archivo mi texto y es el que sigue:
“Había decidido no contestar a las mentiras que aquí se publican y que me afectan directamente. Sin embargo, con este comentario hago una excepción a propósito de dos mentiras.
Una, publicada el 9 de mayo achacándome una amistad personal inexistente con Edgardo Dobry: la afirmación ha sido corregida de facto, eliminando en la entrada de ese día esa referencia. La honestidad más elemental requeriría que se hiciera público en el blog que era mentira lo publicado. No parece que esa honestidad exista.
Dos, una nueva mentira añadida ahora en la misma entrada: se me adjudica la condición de ideólogo del PSOE y de ZP y de Prisa (¿¿¿???) y la autoría de un blog llamado "El periodista incendiario" con el que nada tengo que ver salvo en la coincidencia de mi nombre y mi apellido. No hay más que entrar en el perfil de su autor y, en paralelo, leer, en la solapa de mis libros, mi biobibligrafía para darse cuenta de que somos dos pesonas radicalmente distintas. Además, no es mi estilo el que según parece domina ese blog. Mi blog es literario y crítco y se llama "AL MARGEN". Como de nada sirven exigencias de rectificación, me reservo el derecho para actuar legal y jurídicamente contra el blog del embustero anónimo por injurias y calumnias y por basar su información en la mentira permanente (al menos en lo que a mí me afecta). Fdo. MANUEL RICO".

lunes, 21 de mayo de 2007

Fin de semana con Raymond y Tess dentro de "Carver y yo"

"Diez meses antes de la muerte de Ray emprendimos con coraje una dura batalla, pero en mayo de 1988 supimos que la victoria no sería posible. Ray murió el 2 de agosto. Ese período de tiempo tuvimos que asumir que no saldríamos de aquello. Fue duro, muy duro. Pero, aunque resulte extraño, fue una de las fases más trascendentes de nuestra vida en común". Así comienza el texto "Sin final", uno de los trabajos de Tess Gallagher que forman parte del libro que este otoño editará Bartleby, Carver y yo, traducido, al igual que ocurriera con los libros de Ray Sin heroísmos, por favor y Todos nosotros, por el poeta asturiano Jaime Priede. Reproduzco el párrafo porque es quizá el resumen de lo que el libro contiene. Y porque es el que , de manera inequívoca, sirvió de anzuelo, el viernes pasado, para que dedicara buena parte del fin de semana a leer las primeras galeradas de este emocionante libro de Tess.

Carver y yo nos contiene a quienes hemos sentido esa mezcla de placer y dolor, de certeza e incertidumbre, de claridad y penumbra, que transmiten sus relatos y sus poemas. Es la indagación acerada, entre lo poético y lo sentimental, de Tess Gallagher en una experiencia amorosa que duró diez años pero que adquirió tonos de un emotivo lirismo, de una reflexión entre la desesperanza y la felicidad (una felicidad doliente) cuando a Ray le diagnosticaron el cáncer de pulmón que acabaría con su vida. A lo largo de esta semana he vivido largas horas al lado de Tess. Ha sido como prolongar la conversación que hace menos de un mes mantuvimos en una mesa de la en aquellos momentos solitaria cafetería de la Residencia de Estudiantes. Al leer las galeradas veía a Tess escuchando la opinión de Ray sobre sus poemas, tomando nota del viaje que realizaron juntos por Europa durante la primavera de 1987, evocando sus conversaciones sobre Chejov, o sobre la poesía de William Carlos Williams, o describiendo a un Raymond Carver viviendo entre la conmoción de un diagnóstico y la necesidad de afrontar la vida y la muerte sin desprenderse de la literatura, del relato, de la poesía.

En la lectura que he realizado estos dos días de Carver y yo, una lectura sin otra servidumbre que la del placer de la literatura de un sábado y de un domingo grises y lluviosos, he sorprendido en sus páginas una doble virtud: es la crónica de Tess -y, en parte, de Raymond Carver- sobre la zona de intersección en que la vida y la muerte conviven y dialogan. La mirada de la amante sobre el amado, sobre un amado que inevitablemente y en un plazo muy corto desaparecerá del mundo de los vivos. Con sus manías, con sus lecturas, con sus pasiones (Chejov, siempre Chejov), con sus miedos, con la permanente amenaza del alcohol abandonado una década antes, con su maniática aplicación a corregir poemas y relatos. Pero también es la reflexión de Tess Gallagher como poeta, como viuda entregada a recobrar el tiempo de Ray a través de sus poemas y, sobre todo, a recapacitar sobre el proceso de crecimiento del libro que escribió en ese tiempo doloroso y, según confiesa, feliz ("Me resulta duro hablar de aquellos días, decir que llegamos a ser felices. Y sí, lo fuimos. Sentíamos la felicidad como el brillo del sol en otra parte cuando la tierra está a oscuras", escribe Tess en el texto aludido al principio), en su hermosísimo y complejo libro El puente que cruza la luna (Bartleby, 2006).

La correspondencia entre Robert Altmann y Gallagher a propósito del rodaje de Vidas cruzadas, la película inspirada en 9 relatos de Ray, el diario del viaje por Europa que ella escribió, una honda conversación sobre Carver y el cine entre Robert Stewart, Altmann y Tess... Algunos artítulos y trabajos de la poeta sobre Ray y su mundo de amistades... Y las fotografías. Sí: las fotografías. El volumen contiene algunas fotografías que he visto por vez primera: Ray con Tess, Ray con Richard Ford, Ray vestido de smoking, Ray con su editor italiano. Fotografías en las que vemos a un Carver que, a veces, se oculta tras unas gafas oscuras como si huyera de la desolación; o que sonríe vagamente, como si observara en algún lugar no demasiado lejano el vuelo de la enfermedad o de la muerte.

Sé que no va a ser mi única lectura. Leer un libro en galeradas no es lo mismo que hacerlo una vez editado. Pero es una experiencia que aporta una extraña intimidad, la sensación de compartir con el autor (en este caso con Tess, la autora) su proceso creador: no olvidemos que el libro no será realidad hasta que, en septiembre, vea la luz. Y de sentir que, por unas horas, has formado parte de una familia que desapareció: la que Tess y Ray conformaron entre 1978 y el 2 de agosto de 1988. Dos escritores entregados al amor, a la literatura y a combatir la sombra del pasado alcoholico y devastador de uno de ellos.

lunes, 14 de mayo de 2007

Respuesta última al "contracrítico" embozado

Insiste el crítico enmascarado en el insulto y la descalificación personal en la última entrada de su blog. ¡Qué le vamos a hacer! Probablemente haya presentado algún manuscrito a Bartleby y no haya pasado el listón mínimo de calidad, algo que ocurre con mucha frecuencia, y opta por la vía de la venganza. Si no es por eso, es imposible dar crédito a tanta mentira.

Hago en este blog alguna puntalización a sus despropósitos por una razón muy simple: por segunda vez he querido introducir un comentario en el del insultante sin que me haya sido posible hacerlo: un filtro lo impide. Sin embargo, hay dos comentarios publicados y los dos son incondicionales del susodicho. Lo cual pone de relieve el grado de tolerancia del individuo y me ofrece algún que otro indicio sobre la identidad real de Addison de Witt (por cierto, más que el nombre de un poeta parece una marca de bombillas).

Bien: dejando aparte la calificación que pueda hacer de mi último libro de poemas, De viejas estaciones invernales, que respeto aunque la credibilidad del comentario sea nula al elegir la trinchera del anonimato -¿por qué no lo critica, con rigor, con nombre y apellidos?: eso siempre se agradece-, sólo apuntaré dos muestras de su paranoia: me hace tantos favores Babelia que la crítica de Antonio Ortega ha aparecido más de medio año después de que el libro se publicara. Es más, cuatro o cinco meses después de que aparecieran las críticas de ABCD las Artes y de El Cultural. Estamos, por tanto, ante un gesto de favoritismo similar al que se produce con Bartleby Editores: en todo un año, sólo una crítica a uno de sus libros y dos referencias a otros tantos títulos. Es decir: ¡3 apariciones en todo el año 2006! Eso lo dice todo y pone de relieve la calaña del "contracrítico embozado".

Hasta aquí mi respuesta. Y no habrá más, diga lo que diga el interfecto en el futuro. Sólo lo haré por la vía del comentario en su blog. Si es que se atreve a abrirlo, lo que no parece probable.

Viaje por la mala conciencia: LOS FILOS DE LA NOCHE, una novela reescrita. Una nueva novela.

En breve, Los filos de la noche, mi segunda novela, estará otra vez en librerías. Oculta desde hace muchos años, ha vuelto entre nosotros c...