sábado, 7 de noviembre de 2009

Mi lectura de Terenci Moix

En el centro cultural Blanquerna de Madrid y en el marco de una exposición homenaje en memoria de Terenci Moix comisariada por el polifacético Ignasi Riera, tuve, el pasado día 3, la oportunidad de hablar de su obra. Compartían la mesa conmigo Boris Izaguirre y Pedro Manuel Villora, que se extendieron, ante todo, en la experiencia que vivieron junto a él y en una visión de su literatura relacionada con el sentido de su vida cotidiana (con anécdotas de todo orden, divertidas casi todas). Yo hablé, sobre todo, de su obra desde un punto de vista más literario y existencial. No lo conocí ni tuve relación personal alguna con él, pero en una etapa de mi vida algunos de sus libros fueron compañeros tenaces en mis viajes en autobús y metro, me conmovieron profundamente. Por eso, hablé de su obra con el convencimiento de que Terenci es  uno de los grandes escritores españoles de la generación del 68 a los que el canon, la crítica más academicista, el mundo universitario y los historiadores de nuestra literatura no le han hecho justicia.


Descubrí su narrativa a principios de los ochenta (es decir, tarde) cuando llegó a mis manos una edición, en castellano, de su primera y juvenil novela, Olas sobre una roca desierta y, sobre todo, cuando meses más tarde y debido a mi experiencia de lectura de Olas (una novela de formación, de descubrimiento en la que Terenci, transmutado en Oliveri, un "niño bien" de la época, recorre Europa y envía cartas a un interlucutor imaginario en las que relata su experiencia, que no es sino una búsqueda de sí mismo por el camino de la incertidumbre, del gozo ... y, quizá, quizá, de la locura), busqué afanosamente la novela que afirmó su trayectoria como escritor, El día (en) que murió Marilyn. Confieso que busqué ese libro por una razón adicional: siempre me ha fascinado reflexionar acerca de lo que ocurría en mi vida cotidiana en momentos especialmente trascendentes para la historia. La llegada de Eisenhower a España, el 23-F, el asesinato de J. F. Kennedy, el golpe de Pinochet, la muerte de Franco o de Carrero Blanco, el atentado contra el World Trade Center el 11-S, han sido momentos históricos que han marcado mi vida. Y siempre he intentado mantener fresco en la memoria el modo en que viví la experiencia: dónde estaba, qué leía en aquella época, cómo amaba, que barrios frecuentaba, cómo era el microcosmos en que me movía. Uno de esos momentos, cuando apenas había traspasado mi primera década de vida y aún no me había asomado a la adolescencia, fue el día de la muerte de Marilyn Monroe, en 1962. La muerte de la actriz me pareció extraña, en contra de la lógica, me puso, a mis diez años, ante una injusticia abismal y existencial. Pero cuando, años después, intenté recordar qué hacía yo entonces, donde estaba el día en que murió Marilyn, cuáles eran mis sueños, en mi mente sólo se dibujaba una nebulosa. Por eso, cuando a principios de los 80 supe que Terenci Moix había escrito la novela arriba citada, sentí la necesidad de sumergirme en ella, de vivir con sus personajes. Como si en ella fuera a encontrar mis propias vivencias en ese día que había olvidado.

Al hacerlo no me sentí decepcionado sino al contrario. La infancia y la adolescencia, con sus gozos, sus miedos, sus incertidumbres; la Barcelona de los años cuarenta y cincuenta, la magia del cine, la vida cotidiana en los hogares, la sexualidad oculta y condenada, el amor extraconyugal, las frustraciones, los tebeos, las fiestas que se clavan en la memoria, comenzando por la de los Reyes Magos (memorable la descripción de la cabalgata, del tiempo navideño desde la mirada de Bruno, el protagonista), los mitos del cine y de la literatura, la soledad de la infancia, la educación en los colegios religiosos y, sobre todo, la evolución y el desarrollo de una Barcelona que, pese a todo, mantenía su vitalidad bajo el franquismo: todo ello respira en la novela y la dota de sentido.


La muerte de Marilyn significó para la generación de Terenci el descubrimiento de que los mitos también podían dejarnos, de que eran vulnerables y que, quizá por eso, eran mitos. A partir de entonces, fui un devoto lector de su obra narrativa. Mejor dicho: de aquella que tenía a Barcelona y a su memoria perosnal como protagonistas esenciales (no de la ambientada en el Antiguo Egipto) del relato. Así, gocé, como si de una prolongación de El día... se tratara de los tres volúmenes que conforman su autobiografía titulada El peso de la paja (El cine de los sábados, El beso de Peter Pan y Extraño en el paraíso). Y en mi imaginación creció una Barcelona que se fundía con la leída en Eduardo Mendoza, en Juan Marsé o en Manolo Vázquez Montalbán, una Barcelona hecha literatura, una Barcelona a la que no he dejado de buscar paseando por sus calles cada vez que he viajado allí. Leamos a Terenci. Sobre todo, a ese Terenci próximo, cercano, tan irreverente como romántico, que tanto nos habla de nosotros mismos.

jueves, 5 de noviembre de 2009

"Aire Nuestro"... y también de Manolo Vilas

Conocí a Manolo Vilas hace nueve años. Fue a raíz de la publicación, en Babelia, de una crítica (creo que elogiosa) a su libro El cielo. Creo recordar que me escribió una nota, que luego hablamos por teléfono y que, al poco tiempo, pudimos encontrarnos en su ciudad, Zaragoza. Después, he tenido la oportunidad de encontrarme con él y con María Ángeles Naval, su compañera, en diversas ocasiones (recuerdo con especial emoción un día pasado en Biescas, una localidad del Pirineo oscense en la que nos llevó a probar los mejores calamares de España en uno de sus bares-restaurante) y de hablar de poesía, de novela, del mundo literario y editorial y de sus sevicias. También de la vida del profesor y de su actitud ante los alumnos (no he hablado con él de su blog, pero alguna vez lo haré y no de forma totalmente elogiosa). Después, hablé en la radio de algunos de sus libros posteriores, sobre todo de su poemario Calor y de sus libros narrativos Magia y España. 


Hace apenas una semana me llegó Aire Nuestro su última novela, aparecida al fin, tal y como merecía su autor, en Alfaguara. He de decir que me llegó un par de días después de mi intento frustrado de leer Nocilla Lab, de Agustín Fernández Mallo. Por eso, no he podido evitar, al leer Aire Nuestro, establecer comparaciones con la tercera entrega de la "serie nocilla". En la novela de Vilas respira, ríe, ironiza, se emociona y nos emociona el mejor Manuel Vilas. El libro prolonga sus poemas y prolonga sus anteriores obras narrativas y prolonga y enriquece su obra bloguística. Si bien tiene una estructura basada en la visión fragmentaria de su peculiar mundo, su estructura es la de un imaginario televisor con múltiples canales Por ese televisor pasa la vida. Nuestra vida. En las parrillas de sus distintos canales vive Z, la Zaragoza amada y odiada a la vez, el microcosmos donde la obra toda de Vilas tiene hondas raíces. Es decir, tal y como hicieran los grandes narradores que en la literatura universal han sido, parte de lo particcular, de lo cercano y vivido y sentido para acceder a lo universal (el condado de Jefferson de Faulkner es la base por la que accede al mundo, así como el Dublín de Joyce o la Barcelona de Marsé son los cimientos del ascenso a la condición humana global de ambos autores). Las raíces de las que parte son sólidas, reconocibles y están fecundadas en su libro de cuentos Z, en Magia,  en  España y en buena parte de sus poemas.  Esa es la diferencia, a mi juicio esencial, con Nocilla Lab, que evoluciona al contrario: Mallo se zambulle en el cosmopolitismo sin partir de una realidad arraigada, sentimentalmente poderosa, en la que las emociones del escritor conecten con los imaginarios de la memoria del lector. La prosa irreverente, irónica, cargada de giros imprevisibles, de Vilas, que transita de lo íntimo a lo colectivo, del referente cultural al más vulgar y prosaico referente, ayuda al lector a penetrar en un mundo en el que los iconos de época conviven con seres humanos de carne y hueso en los que los sentimientos juegan un papel esencial.
   
El libro tiene mucho de caleidoscopio, incorpora imágenes para dar una sensación de collage (las imágenes, a mi juicio, apenas añaden nada: lo esencial es el texto), pero es ante todo el intento, culminado con éxito, de mostrarnos la complejidad de un mundo vivo, cargado de emociones, en el que de manera simultánea viven la cultural popular y la cultura más sofisticada, en el que el académico Dámaso Alonso es vecino de un Johnny Cash que recorre España en un Dodge rojo, una España en el borde del surrealismo y a la vez de un realismo perturbador. Aire Nuestro está lleno de personajes conocidos que son desdibujados y dotados de significados nuevos, en apariencia contradictorios con la naturaleza de su personalidad real, pero que, curiosamente, la hacen más transparente a través de una mirada crítica, casi corrosiva. Modas que han (hemos) vivido distintas generaciones, poetas indiscutibles e indiscutidos, personajes de la Monarquía y toda la mitología popular de quien, como Vilas, fue niño en los 60-primeros 70, joven en los 80 y adulto y consciente en los 90, una mitología hecha de objetos, costumbres, experiencias familiares y de vida periférica, menesterosa (la figura del padre, a la que trata con ternura en el filo de la muerte, es especialmente emotiva). Aire Nuestro es un libro hermoso, con el que uno se divierte, pero también reflexiona y medita, se emociona y evoca su propia historia y la historia colectiva, que tiene sustancia, hondura crítica, que habla de nosotros (y lo hace no en lo capilar y superficial, sino en lo más hondo y contradictorio). La televisión textual creada por Vilas en esta novela es, también, un desafío crítico, mordaz, a la televisión real.
 
En la solapa del libro se afirma que el de Vilas es un modo de narrar "del siglo XXI". No creo que sea así. Es el mismo modo de narrar que el propio Vilas utiliza en sus novelas anteriores. La diferencia estriba en que en Aire Nuestro eleva las dosis de ingredientes estructurales, ordenadores de la novela, procedentes de ese medio de comunicación (también de Internet), además de las imágenes. Pero no hay más que acudir a las vanguardias (de entreguerras, de los 60 y la contracultura,  del Nouveau roman) o a Cortázar, o a Pynchon, entre otros muchos, para darnos cuenta de que ese modo de narrar es novedad sólo muy parcialmente.  (¿No es el Quijote, en sus dos entregas, un caleidoscopio de más de mil páginas?). Enhorabuena, Manolo.

domingo, 1 de noviembre de 2009

La cocina del poeta: dos poemas de "Ciudad adentro"

Escribir un poema es un proceso complejo. En mi caso es, además, un proceso largo. Hace algunas entradas, conté que había terminado un poemario en el que venía trabajando a lo largo de diez años. Que, en él había poemas cuyo primer verso lo escribí en 2000, incluso en 1999. Hace unos días estuve revisando los textos, apuntes y correcciones con la decisión de guardarlos, algo que nunca hice con los papeles que dieron lugar a otros libros. Al revisarlos, he sentido que estaba ante extrañas criaturas que fueron creciendo lentamente, hasta cobrar la forma definitiva. Pura "obra en marcha" que tiene en el poema una materia viva que evoluciona de modo imprevisible, que tiene un sistema misterioso de crecer, como si lo hiciera orgánicamente. He seleccionado, para mostrarlos a amigos y lectores, dos poemas del libro que titulo provisionalmente Ciudad adentro. Mostraré la "cocina", para lo cual he escaneado, en cada caso, el folio en el que se recoge la radiografía del proceso, las correcciones que he ido acumulando durante años, es decir: un ser vivo buscándose. A continuación podréis leer el poema terminado.

El primero pertenece a la tercera parte del libro, compuesta de poemas de amor. Es un texto evocativo, en el que respira mi memoria del amor primero, un tiempo extraño de descubrimientos y de sentimientos contradictorios. Ved la "cocina", las correcciones, y ved el poema en su versión última.

EL AMOR COMO PÁJARO y distancia.
También como tibieza y cercanía, como abrigo de paño
o blusa de franela. Como rincón oscuro
y cuaderno olvidado
en ocultos refugios de montaña.

El amor construido de habitaciones sólo
conocidas de paso, como huellas
de un tiempo muy extraño, fugitivo en exceso.
El amor como ventana, como alféizar
que sujeta la noche, que explica adolescencias,
que amarga a veces o se endulza
con dudosos azúcares.

El amor de humedades y de sedas
y cremalleras torpes y manos inexpertas
en barrios tan limítrofes
como tu propia estirpe, originaria
de la ciudad más rota y de los estraperlos.

El segundo poema nació de una doble conciencia: la que acompaña mi condición de hijo de una familia humilde, en cuyo hogar no había libros (o sólo alguno básico, de consulta) y en el que términos como literatura o poesía eran tan extraños como los nombres de países remotos como Nueva Zelanda o Tailandia. El poema habla del acceso tardío a determinadas lecturas. Habla también de las lecturas que jamás podré realizar, de los libros que quedan en las estanterías en una eterna espera: la vida es limitada, nuestro tiempo libre también. Y, por último, intenta un acercamiento al sentido último de la lectura. Un poema de reflexión que va en la cuarta parte del libro. Veamos su antecedente, su "cocina", y leamos el producto final.


LAS LECTURAS descubiertas, a veces,
demasiado a destiempo, quizá con la tardanza
del condenado.

Las lecturas que nunca serán mías,
que cubrirá la muerte con la gasa
de la imposibilidad. Las lecturas
que quedarán a medias como testigos mudos
de una impotencia antigua. Las lecturas
que barrieron las sombras,
que ocuparon las calles y las noches.

Las lecturas que arañaron la piel de la pequeña patria
del corazón, del río tantas veces soñado.
Las lecturas que hablaban
de unos días de Cambridge
que jamás vivirías.
                                    Las lecturas
donde crecen los héroes y te cercan
las verdades de otros, las almas reversibles,
el corazón más tuyo y algún sótano.
                                    
                                         (Las lecturas)
En los textos escaneados viven mis dudas acerca de la evolución de cada poema. En las tachaduras están los caminos interrumpidos, en las líneas escritas los encontrados, en los trazos que cruzan el poema la guía que sitúa, en el poema inicial, los nuevos versos.

viernes, 23 de octubre de 2009

El esfuerzo de leer "Nocilla Lab" y algunas reflexiones

Cambio imagen de cabecera. La fotografía está tomada en marzo del pasado año. Es la calle del Fresno, lugar en el que está nuestra casa en el valle. Al fondo de la calle se levanta el monte de la Cruz. Aquel día de marzo había nevado ligeramente y la loma mostraba un ligero manto entre blanco y gris. La calle parece embarrada y los árboles, pelados, hablan de la tardanza de la primavera.

Tropezar dos veces en la misma piedra
Caí de nuevo, lo confieso. Soy un confiado lector que intenta acercarse a cada libro con la mirada inocente de quien intenta ser feliz viviendo una historia construida con palabras en la que respiren la emoción, la escritura reveladora con su punto de misterio, los grandes sueños del hombre y sus grandes frustraciones, un argumento que me atrape, que me lleve, que me quite el aliento si es necesario, que me haga vivir durante el tiempo que dure la lectura en estado de vigilia: una forma de recomponer la existencia, de ordenar el mundo en definitiva mediante el lenguaje. Es decir: esa magia que alienta en toda buena obra narrativa, sea del siglo XVI, sea del XIX, del XX o del XXI. Pues bien, hace algunos meses dediqué una entrada de este blog al libro Postpoesía, de Agustín Fernández Mallo. En ese texto (Postpoesía, emoción....), y en uno más largo, publicado en El País con el título La novela en el siglo XXI goza de buena salud intenté reflejar mi crítica, respetuosa sin duda, pero también rigurosa (al menos, esa fue mi intención) a una literatura que lejos de intentar, como decía arriba, proponer una ordenacíón del mundo (algo que intentó, con una lucidez extrema, un autor tan experimental como Joyce en Ulises hace casi un siglo contando el día irrepetible de su protagonista en el Dublín de principios del siglo XX o, con una dimensión sombría, oscura, Juan Rulfo en Pedro Páramo), se recrea en el caos, en el fragmento, en el discurso reiterativo que aburre y agota.

Decía al principio que soy un confiado lector que intenta acercarse a cada nuevo libro con mirada inocente y generosa. Eso me ocurre, de manera muy especial, cuando el libro me viene recomendado por una persona de confianza. Pues bien: en el blog de un buen amigo (y buen escritor) leí hace poco más de una semana un elogio sin fisuras, con calificativos casi hiperbólicos, hacia la tercera entrega de la trilogía de Mallo llamada "proyecto Nocilla". Se trata de la novela (o como queramos llamar al libro) Nocilla Lab. Tal y como suelo actuar en tales ocasiones, en cuanto pude busqué el libro en la mesa de novedades de la librería más próxima y lo compré. Lo compré pese a mi trabajosa lectura de Nocilla dream, el primer volumen de la trilogía; también a pesar de mi incapacidad para acabar el ensayo citado al principio. Reconozco que soy muy sensible a los elogios y era tal la pasión que mi amigo ponía en su blog que me dije: "Tiene que ser, por fuerza, un libro magnífico".

Mis dudas
¿Es un libro magnífico? No lo sé. Mi experiencia ha ido en dirección contraria. He llegado a la página 40 y sospecho que no continuaré. Por agotamiento / aburrimiento. La historia es endeble o no hay historia (digo argumento, digo trama). Ya sé que se trata de la novela que responde (eso afirma su autor) a la realidad fragmentaria que nos ofrecen las TIC (léase tecnologías de la información y la comunicación), el universo Internet y el mundo que asoma en las pantallas multicanal de nuestros televisores por satélite y TDT. Pero, con todos los respetos, creo que la realidad fragmentaria, caótica, desordenada, forma parte de la percepción del hombre de todos los tiempos. Es parte consustancial de la percepción de la realidad. Ya estaba presente en el mundo en que escribió Cervantes, y en el siglo XIX, y, de manera aún más intensa en el siglo XX. Lo que hicieron los grandes escritores, lo que hacen hoy, no es trasladar (reflejar) al texto el caos y la fragmentariedad, sino proponer un orden a ese mundo, dotarle de sentido de acuerdo con las más hondas aspiraciones del ser humano. No hace mucho, leí/contemplé Poema en viñetas. Novela gráfica, de Dino Buzzati, aparecida en Italia en 1969 y me pareció curioso el mestizaje intergéneros que el autor de un clásico como El desierto de los tártaros abordaba en ese libro: el comic y el texto literario conviven y se interrelacionan. Hace 20 años, durante el proceso de edición de mi primera novela, Mar de octubre, Juan Serraller, el editor (Fundamentos) me regaló dos novelas emblemáticas del experimentalismo norteamericano de los 60/70: La subasta del lote 49, de Thomas Pynchon, y Quimera, de John Barth. Las leí con esfuerzo pero las disfruté: construían mundos frente a la lógica del caos (que no era propiamente el caos, que era la lógica de los poderes dominantes que llevaron a Vietnam y a la guerra fría) que parecía gobernar la realidad (sin Internet).

Más de una vez he escuchado de algún escritor o de algún crítico que el modo de narrar del "proyecto nocilla" es el modo de narrar del siglo XXI. Siempre he recibido tal afirmación con perplejidad. Porque creo, con toda sinceridad, que es la vía más directa para eludir el desafío de construir una historia sustentada en el lenguaje y en todas sus capacidades de misterio, de revelación y de emoción junto con el interés que puede aportar una trama con un orden o una lógica interna que lleve al lector del principio al final. Ese es el secreto de La metamorfosis de Kafka o de El tambor de hojalata, de Günter Grass. Incluso El hombre sin atributos, de Musil, un monumento literario cargado de complejidad, no es otra cosa que un intento de aportar un orden al desorden de la realidad del mundo especialmente amenazado y confuso del período de entreguerras.

Una razón subjetiva
Hasta aquí algunas razones que creo objetivas respecto a mi desconfianza hacia ese tipo de literatura. Añado una puramente subjetiva: creo que tal opción, en la medida en que no requiere otra cosa que escribir dignamente para reflejar, de manera integrada, a modo de collage o de palimpsesto y mezclando todos los materiales que nos suministran las TIC, la fragmentariedad con que vemos el mundo, es la más fácil de abordar. Diré más: a veces tengo la sensación de que se trata del traslado al formato de libro de un blog. Si miro hacia atrás, valoro los dos años largos de vida de Al margen, mi blog, y lo releo, me digo: "Mira por donde, aquí hay una novela fragmentaria". Y no es eso. Creo yo.

Lo que pienso de la literatura: una entrevista
Cierro con el enlace a un vídeo. Se trata de una entrevista que hace algunos meses me hicieron para la televisión de esmadrid.com a propósito de la publicación de Verano, mi última novela. En la medida en que en ella delimito, hasta cierto punto, un corpus teórico y explico mi concepción de la literatura, os invito a pinchar aquí: Entrevista.


sábado, 10 de octubre de 2009

Lecciones de un poema de la Szymborska

Árboles que son testigos
Cambio la foto de cabecera con una imagen especialmente querida: se trata del anuncio del otoño en los árboles que, en mi refugio del valle, han sido testigos de gran parte de mi vida. En ellos, en la tarde del sábado de octubre, he buscado una isla de calma y de memoria. He sentido la necesidad de atrapar su belleza un día después de regresar, en un viaje de trabajo, de la megalópolis de Chicago. A esa experiencia me referiré en estas páginas en los próximos días. En tanto llega el momento, prefiero dejarme llevar por la coloración, que va del verde al rojo casi burdeos, de esos árboles que han crecido conmigo, que han sombreado, en los días de verano, los juegos de mis hijos, que nos han anunciado, con mayor eficacia que cualquier otro método, el paso de las estaciones, los días de lluvia y viento, las tormentas, el tiempo de los hongos y de la hojarasca. He llegado de la ciudad de la arquitectura y de las multitudes (no sólo de Obama) a la calma apacible del lugar en que siento el pulso de lo cotidiano con una intensidad incomparable. Esos árboles (el pruno, los fresnos, las arizónicas) y el cielo otoñal al fondo, son el reverso del viaje, el lugar de la intimidad más honda, los seres junto a los que, año tras año (magnífico título, por cierto de una novela casi desconocida de Armando López Salinas, el novelista del 50 vecino del barrio de la Concepción), han nacido y crecido mis poemas, mis novelas, mis sueños, mis pensamientos. Nuestros sueños y nuestros pensamientos.

Un poema de la Szymborska
Volando desde Chicago a Madrid, leí un poema de Wislawa Szymborska que me emocionó de una manera especial y que reproduzco líneas más abajo. La poeta, de la que Bartleby publica en la próxima semana, su nuevo poemario Aquí, con traducción de Gerardo Beltrán y Abel A. Murcia , nos invita a un ejercicio de humildad. A los escritores, a esa grey en la que yo incluyo, también, a los cultivadores del blog y en la que, como no podía ser de otro modo, me incluyo. Y, de manera más específica, a los poetas.
Nos creemos elegidos. Consideramos, en nuestro fuero interno, que nuestra vida sería mucho más pobre y limitada sin escribir y, en gran medida, es verdad. Que sin la (nuestra) escritura no es concebible el mundo. El ejercicio de autoafirmación, de egolatría de la escritura como vía de comunicación con los otros, de transmisión de emociones y de conocimiento, nos parece la cumbre de la experiencia humana. Es la “llamada del arte”. Sin embargo, no caemos en la cuenta de que hay millones de personas (la inmensa mayoría de nuestra sociedad) que no escriben versos, que no escriben cuentos, que, sin más, no escriben salvo para cubrir un trámite, rellenar un formulario o hacer la lista de la compra. Es más: que no tienen necesidad alguna de escribir, de crear.
Leamos el poema de Szymborska

ELOGIO DE MI HERMANA

Mi hermana no escribe versos
y dudo que empiece de repente a escribir versos.
Lo sacó de mi madre, que no escribía versos,
y de mi padre, que tampoco escribía versos.
Bajo el techo de mi hermana me siento segura:
el marido de mi hermana por nada del mundo escribiría versos.

Y aunque esto suene a obra de Adam Macedonski,
ninguno de mis parientes se dedica a escribir versos.

En los cajones de mi hermana no hay viejos versos,
ni recién escritos en su bolso.
Y cuando mi hermana me invita a comer
sé que no es con la intención de leerme sus versos
Sus sopas son exquisitas sin premeditación
y el café no se derrama sobre sus manuscritos.

En muchas familias nadie escribe versos.
Pero si lo hacen, es raro que sea sólo una persona.
A veces la poesía fluye en cascadas de generaciones,
lo que crea peligrosos remolinos en sus mutuos sentimientos.

Mi hermana cultiva una buena prosa hablada,
y toda su escritura son postales de sus vacaciones
con textos que prometen lo mismo cada año:
que cuando vuelva,
me contará todo,
todo,
todo.
(’El gran número. Fin y principio’).
La hermana de la poeta polaca es alguien que forma parte de esa inmensa mayoría de no poetas. Hace poesía de lo cotidiano de otra forma. Del mismo modo que en miles de casas, en miles de oficinas, aulas y fábricas, una multitud de seres anónimos construyen una lírica de lo cotidiano para ellos y para sus seres más próximos. Sólo han escrito (o escribirán) postales o cartas, sms, correos electrónicos… Nunca han escrito un verso, ni en sus familias hay antecedentes de escritores o poetas (en algunas, apenas hay libros). ¿No es, en su extrema sencillez, en su lirismo hondo y depurado, un magnífico poema social? ¿No hay en él una apelación a ese colectivo de seres anónimos que construyen su obra literaria con su propia vida y sin escribirla?


Hoy, cuando es tan fácil dejarse llevar por la lógica del escaparate de los medios de comunicación (incluido Internet), cuando nuestra vocación literaria nos lleva a establecer una comunicación cada vez más intensa y continuada (a través del blog) con los lectores no nos viene mal esa llamada de atención del poema de Szymborska. Junto a cada uno de nosotros, a lo largo de la mayor parte del día, hay hombres y mujeres que hacen versos memorables sin escribir un solo verso. En mi casa, en mi vida, nada de lo que yo escribo tendría sentido sin la poesía de lo cotidiano que otra persona, desde hace más de treinta años, construye, sin escaparate de por medio, hora tras hora a mi lado.

No me ha sido, por ello, difícil reconocer mi experiencia en la hermosísima y emocionada gavilla de versos de la poeta de Poznan. No tardando mucho, podremos constatar, en su nuevo libro Aquí esa intimidad de lo colectivo o esa vertiente colectiva de lo más íntimo, de la premio Nobel. Una difícil pretensión que, con sencillez, de manera directa, alcanza en este libro una entidad extraordinaria.

jueves, 1 de octubre de 2009

"La casa roja" es mi casa, es nuestra casa: bien por Juan Carlos Mestre

Imagen de cabecera: el joven se aleja

La fotografía que ocupa hoy la cabecera lleva un título polisémico: "El joven se aleja". Fue tomada en el verano de 2008, en el puerto de La Morcuera. Viajábamos, mi hijo y yo, desde el valle del Lozoya hacia Madrid. Nos detuvimos un rato a contemplar el paisaje en la irregular llanura que se extiende en las proximidades del puerto. Él quiso probar su rodilla operada y echó a correr carretera adelante. Lo vi alejarse: la carretera solitaria dibujando un destino que puede ser el horizonte que, al fondo, se abre a las alturas, los contornos de la cordillera, aún más alta que el propio puerto, el verde de los densos pinares que se ven a lo lejos. Una mirada superficial nos habla de un chico corriendo sobre el asfalto. Es casi una escena sacada de un relato de Tobias Wolff, el narrador norteamericano amigo de Carver. Mi mirada -mi cámara- capta algo más que un paisaje, algo más que a un joven desconocido que parece huir: capta al hijo que tiene 16 años de edad y corre hacia el futuro, hacia la madurez. Se aleja hacia un horizonte que ya no será mío. Que ya no será nuestro.

La casa roja, premio nacional

El horizonte que sí considero mío es el que se dibuja en el libro de Juan Carlos Mestre que acaba de ser reconocido con el premio nacional de poesía. Merecido galardón que da cuenta de una de las trayectorias poéticas más originales de la poesía española escrita desde los años 80. Un libro al que tuve el orgullo de referirme (y recomendar) hace algo más de un año en un programa desaparecido de Manolo HH en Radio Nacional, La noche menos pensada, y al que, el pasado mes de abril, en este blog califiqué como uno de los mejores libros de los últimos años (léase Dos dedicatorias). Se trata de un libro denso e intenso en el que Mestre ha venido trabajando durante años y del que tuve una primera noticia a finales de los noventa, en una lectura que el propio Mestre, acompañado de un acordeón, hizo en la Tertulia Hispanoamericana: allí escuché la primera versión del poema que da título al libro y allí se me quedó grabado ese verso memorable (tan emotivo como eficaz en términos de significación): "Las estrellas para quien las trabaja". Lejos como estoy de su estética, comparto con Mestre una visión de la poesía basada en la relación dialéctica, en el texto, entre investigación en el lenguaje, búsqueda de sus capacidades sorpresivas, reveladoras, y acercamiento crítico a la realidad. Lo que él ha llamado en no pocas ocasiones "poesía de la conciencia". Enhorabuena al poeta. Enhorabuena al amigo, al hermano, al compañero de veladas de charla sobre poesía, sobre política, sobre las dimensiones de las estrellas. Y, como no, de veladas de discusión, de duro enfrentamiento dialéctico, de franqueza y sinceridad, de las que tanto se ayuna en el mundo literario de este país.

Pero mi enhorabuena va dirigida también a la editorial Calambur. Una de las editoriales que pugnan por abrirse un espacio en ese universo que tienden a monopolizar dos o tres sellos que llevan largos años haciendo acopio de todos los grandes premios (y no me refiero a los que se dan a libro inédito por instituciones diversas, que también, sino a los que se dan a libro publicado, como el Nacional o el de la Crítica). El premio servirá para que Calambur, y su promotor Emilio Torné, pesen mas en el mundo poético.

Despidiendo a Diego Jesús Jiménez: palabras para Juan Carlos Mestre

Ahora me dirijo a ti, Juan Carlos. Rompo la convención del blog y hablo contigo. ¿Sabes lo que pensé cuando en la mañana del miércoles Pepo Paz me llamó al móvil para decirme que los teletipos estaban contando la noticia de tu premio? Pensé que te lo merecías. Y, al instante, recobré una escena que, emocionados, compartimos y a la que se refirió Pepo en una entrada de su blog (Accede a ella)). Fue el 14 de septiembre, en el centro cultural Diego Jesús Jiménez, de Priego, despidiendo a nuestro amigo de tantos años. Yo presenté el pequeño acto y tú leíste, con la voz quebrada, "La casa", uno de los poemas más hermosos de La ciudad, el libro con que Diego obtuvo el Adonais en 1964. Cerca de nosotros estaba Guadalupe Grande, y Luis García Jambrina, y Molina Damiani, y Juanjo Lanz, y Angel Luis Luján, y Pepo Paz, y Antonio Carvajal, y Antonio Hernández... Nos despedimos de Diego y lo dejamos "allí, donde termina la Alta Alcarria", contemplando para la eternidad los montes que se alzan sobre río Escabas. Tú leíste "La casa" y los dioses de los buenos poetas y de los hombres buenos ("en el buen sentido de la palabra", que diría Antonio Machado") han hecho posible que la otra casa, que era también la casa de Diego, La casa roja, sea premio nacional. Por eso, cuando supe de tu premio no pude evitar imaginarme a Diego, allá donde se encuentre, brindando con Coca Cola Zero, por ti y por Aleja. Y diciendo que no podría acompañarte en la futura ceremonia de entrega del premio utilizando el lema que tanto conocíamos para justificar su semiencierro en su casa: "Mire usted, es que yo a España no bajo". Al fin y al cabo, formaba parte de ese ejército de paz al que, en un poema de La casa roja (reproduzco un fragmento), te referiste de forma tan perturbadora y bella: al ejército de los poetas.

"Recorrimos los suburbios,
anduvimos juntos entre la maleza,
dormimos en los cobertizos.

El poeta barba de maíz roedor de los sembrados,
el poeta bobina de hilo de las cometas.
El que bajo los párpados de lino del verano
es la voz ronca del vendedor ambulante,
la mirada del viento que seca la tierra mojada.

Lo que el poeta dice,
lo que dice el poeta a la adivina,
al solitario de boina gris,
al que oye sus palabras como relato de un robo.

El poeta vidrio de los cuatro colores de la atmósfera,
el poeta oscuro llave de las alacenas.
El que está sentado a la diestra del padre
junto al jugador de baraja que lee la fortuna,
el que le dice a la vida, oye vida,
y se acuesta con ella".
Nada más, Juan Carlos. Termino reproduciendo un poema de mi libro Donde nunca hubo ángeles (Visor, Madrid, 2003) que escribí al calor de algunas de nuestras memorables discusiones, creo que después de aquella de Priego, un día de julio, que me has recordado en estos días duros de las despedidas. A ti te lo dedico por ese merecido premio:

DISCUTIR DE POESÍA. 3

Discutir de poesía ¿no es tantear la médula
del llanto y del silencio y del idioma
despojado del sueño? ¿no es buscar
azogues y disturbios
que son sabiduría y son incertidumbre y tierra
tan familiar como ignorada?

¿No es, acaso, mostrar la carencia, la despojada luz,
un sentido que sirva
no a los dueños del mundo, sí a las sombras
proscritas al silencio o condenadas
al uso de una voz extraña y sometida?

¿A qué negar su condición de ensalmo fronterizo?
¿A qué su vocación de pócima
que nace en la realidad y la destruye
para vivir en ella, transformada?

En la más vieja sílaba
respira la orfandad del mundo.

¿Dónde poner el límite a la voz? ¿Cómo desposeerla
del espanto y la ruina, de la virtud dudosa
que desconoce el aire y desoye la queja
y se ampara en exactas
geometrías de engañosos vocablos?


sábado, 19 de septiembre de 2009

Diego Jesús Jiménez: dos poemas imprescindibles

Quiero cerrar mi particular homenaje a Diego Jesús invitando a los visitantes de este blog a leer dos poemas que, a mi parecer, están entre los diez textos poéticos de mayor altura de los últimos treinta años. Sé que más de uno va a sonreír con suficiencia, que en un panorama crítico que tiende a la simplificación y a la superficialidad, no es fácil valorar estos poemas complejos y transparentes a la vez, mágicos e imprevisibles (¡hay tanta poesía previsible en nuestra realidad literaria!), con una adjetivación precisa e iluminadora, llenos de música, de dificilísima elaboración y, como no podía ser de otro modo en Diego, cargados de emoción, de compasión, de ternura y de hondura crítica. El primero es un texto que descansa en la más radical intimidad. el segundo, en la fusión de lo colectivo y lo íntimo. Treinta años separan al segundo del primero.

El homenaje al padre muerto: "Noche de navidad"

Pertenece al libro con que en 1968 ganó el Nacional de Poesía, Coro de ánimas. Diego Jesús indaga en la experiencia del regreso al pueblo de la infancia (Priego de Cuenca) en navidad para encontrarse con el inmenso hueco del padre muerto (fue medico en ese pueblo). Este poema, que se publicó en las páginas literarias de un diario madirleño y que leí, deslumbrado, en el autobús que unía López de Hoyos con Hortaleza un día de diciembre de 1969 (con 18 años recién cumplidos) no ha dejado de emocionarme y de crecer en significados desde entonces. Diría más, su final estremecedor ( "Y nada, /nada, / no se da cuenta de que está muerto / y crece") me acompañó en los meses posteriores a la muerte del mío. Aquí dejo el poema:

NOCHE DE NAVIDAD

Te veo vivo
y sin consuelo,
padre. Aun a pesar de todo. Viendo
la vieja calma
del tilo, la fresca sombra
del ciprés, la senda
de la hormiga.
Tú, padre, cómplice
del mal,
no salgas; no saques ya
la oreja y la nariz, que luego
corres por estos campos
del trigo, se te hace el paso loco, y tu mala
memoria, pisa la siembra
y cantas.
¡Que aún pertenece
a todas estas cosas
tu dolor!
¡Padre, padre! ¿Otra vez?
Vuelve a esconderte. Vaya, vaya... No hay que sacarlo
de su agujero, porque no ve
y se ciega
con las cosas; y alborota, y le hace mucho ruido
la bebida, y el coñac
le hace ir hasta el pueblo,
y lo denuncian, y no quiere, en esta Navidad,
salirse de las casas. Y entra, remueve los baúles,
las alacenas, saca viejos papeles,
canela, perejil, y huele, huele...
cada garrafa, cada orza
sin vida.
Y es invierno,
y él se mete en el río, y su catarro
tiembla
junto a los juncos
y la buena hierba. Padre, pero por qué ahora
bailas, ¡qué bien te veo!,
con qué pareja,
en este amanecer, va tu resaca; que filtro vas a darle
sin precaución, qué beso en sus encías
o en su enagua
sin sangre, o dentro
del sostén.
¡Padre! ¡Padre!,
a qué este escándalo; ¿no ves...?, ¿no ves?
Si ya te lo decía, y no haces caso
nunca.
Ven, ven, si tú estás muerto
ya. Hala, hala...,
no beses más aquí, ¡no le tires del pelo! Padre...
Si hace seis años de tu muerte.

Pero cómo decírtelo si saltas, si no oyes, si va tu boca
casi al alba, y llegas a la alcoba, entras al dormitorio,
nos despiertas, te vas...
¡Qué amor habrá encontrado, si su aire
es de cansancio, y su camino es de tijeras y algodones
y gasas!

Aquí, si cada nochevieja
vengo, si en el bolsillo, junto a la voz de tu cadera
pongo
serpentinas, si traigo varias copas de más, y una botella
para ti. ¡Con qué cuidado
se la bebe! Y bromas, trucos, monjas sin cuerpo, ángeles, disfraces
de papel, hadas borrachas
y alegría al andar; si traigo
mi ronquera y mi vino, la cal
de la pared de casa aún en el hombro; y echo de la garrafa
como ladrón devoto
mi caridad.
Si así te sirvo. ¡Pero
qué juerga,
piensas! ¡Padre!
Y nada,
nada, no se da cuenta de que está muerto
y crece.

El homenaje al extrarradio humilde (e industrial) en Itinerario para náufragos

Reproduzco los tres primeros fragmentos de "Homenaje a Federico García Lorca", un poema en el que hay ecos del Lorca de Poeta en Nueva York pero en el que viven los espacios industriales del Madrid de principios de los noventa del pasado siglo. Las fábricas, la corrupción y la impiedad de los poderosos, la vida menesterosa de los más pobres (con "negocios de cartón y de humo"), el Madrid de Legazpi, Méndez Álvaro, Julián Camarillo o Coslada, en cuyas calles "ya no se lucha a muerte". Hermosísimo poema de una intensidad infrecuente, lleno de imágenes, de metáforas precisas, deslumbrantes, hondas.

HOMENAJE A FEDERICO GARCÍA LORCA

I
Los lagartos dibujan en el tiempo
su muerte mineral. Hay mastines que sueñan con rocío en los ojos
y que entornan las noches ante el infortunio. No sé por qué
tras las últimas casas de los barrios extremos
imagina uno el mar. La luz es un estanque
que habita la memoria, un estanque con algas y secas humedades
donde los días yacen en sus salas de espera.
Los cementerios de automóviles
atraviesan urgentes madrugadas
de hospitales y de óxidos. Deja la claridad, entre las flores,
un mundo submarino abierto. Sueñan los dormitorios
enfermedades plateadas, y hay un temblor difuso en las paredes
y muñecas sin ojos arrastrando
su universo olvidado. Hay vacíos océanos
y animales pacientes que ahogan el insomnio.
La tortuga invernal, entre la lluvia,
avanza más aprisa que los trenes
que atraviesan los cielos. Nadie
recuerda nada aquí. Todo está aislado en su inseguridad; la luz es un naufragio
de hogueras apagadas. De humo estrellado
son las sombras, y hay navajas que brillan de incertidumbre
como un escalofrío. Hay testigos de espuma en los alrededores
y recodos de horas que no terminan nunca. Hierve la Historia
en una sola página. La ciudad,
a lo lejos, tiene un maduro resplandor
de palacio de invierno.


II


Oigo desde aquí los aljibes, los desagües
desde donde las ratas y los pobres comparten sus negocios
de cartón y de humo; y a los ejecutivos,
con la seguridad de los prestidigitadores,
ascender por el aire; y a los asentadores,
y a los intermediarios de todo cuanto un día en los campos
fue bello; o a los que distribuyen
su mercancía invisible y, poco a poco, adquieren
esa pátina helada de los santos, en los ojos el frío
de los peces que han muerto.

Ved que el robo es defensa
y la piedad mentira; que en estas calles
donde es dolor la Historia y la vida pecado,
por las que se presume
tanto de libertad como de pobreza,
ya no se lucha a muerte. Baja del Guadarrama un viento
de rendición. Entre los árboles
deja la espuma de la noche sus párpados abiertos.


III


La ciudad
brilla como una ola de ceniza sobre la lejanía. Es agosto
y, desde aquí, ves tenderse
el fatigado cuerpo del silencio en las lomas, la quemadura
vegetal de los parques que, a lo lejos, encienden con sus llamas
lentas flores de sombra.

En las afueras
hay un olor portuario
de mercancía muerta; es un muelle la tarde
donde yace la lluvia en apagados trenes; y hay hélices y anclas
de barcos que no existen, y ruidos que se esconden
en las profundidades de las sombras como animales ciegos.
Lo mismo que en los puertos
ves frutos que se pudren como auroras calladas
y restos de periódicos que vuelan, sin razón,
por los aires.

No es el silencio aquí
como el de las murallas o como el de las frondas
de los ríos abiertos. Una edad medieval
discurre en los contornos, sueña en los alrededores de las cosas.
Hay una luz de atardecer entre las fábricas
que dura todo el día. Huele a fatiga ya cartón, a riesgo, a vida peligrosa
en estos barrios donde
no tiene el cielo crédito ni la infancia fortuna.
Abre la calma de la tarde sus puertas

de calor a la noche; y atraviesan
en vuelo errante, como cenizas de la luz, el silencio
los pájaros.


Quede aquí mi homenaje. Qué mejor forma de recordarlo que invitar a la lectura de estas dos obras maestras.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Con Diego Jesús Jiménez: fragmento de poema y evocación


Priego de  Cuenca

El martes, 14 de septiembre de 2009, tus restos, querido Diego, amigo, hermano con quien tanto quería, con quien tanto aprendí, con quien tanto soñamos (Esperanza y yo, y nuestros hijos), y reímos, y luchamos, y lloramos, quedaron bajo tierra en una tumba del cementerio de Priego de Cuenca. Desde allí se ven los riscos donde comienza la hoz del río Escabas, y se ven los mimbrales y los pinos que cubren las montañas de la serranía, y se huele el barro de las alfarerías, y el seco aroma del tomillo y la jara, y el cielo es un toldo próximo en el que mirarse. Allí, en tu Priego mágico y cotidiano, cerca de las gentes a las que cantaste y amaste, han quedado tus restos.
Era día de fiesta y tu fiesta fue inaugurar tu Centro Cultural (de todos) con poesía y con amigos. Pero también había otra fiesta, también tuya, a la que inmortalizaste, con un caleidoscopio de emociones, con un lenguaje afilado, mágico (esa magia castellana de la brujería y de los hondos chiscones de los pueblos más remotos), en un poema del libro con que obtuviste tu primer Premio Nacional, Coro de ánimas. Como sé, amigo Diego, que es un poema poco conocido, recojo un fragmento para gozo de los lectores y para que quienes te leyeron poco o no te leyeron te descubran de un puta vez.


De "FIESTAS EN PRIEGO"

Ahí, donde termina
la alta Alcarria, empieza el pino, hacen cuesta
las viñas, nacen sin esperanza
los centenos; ahí,
donde se oye sobre la piel el canto
de los grajos, está mi pueblo.
Lugar donde la noche se hace
desfiladero, sombra,
cañada...
Rondan las herramientas
mi corazón. Duermen las hoces
por mi sangre.
Si al hombre
que soñó con el fruto
se le seca la flor, ¿vamos a estar alegres?

Tú,
que intentas hoy lucirte
con el pregón del año. Tú, que cuando empiece hoy
la música, en esta plaza
vas a buscar novia. Ahí, entre las sombras
del corral, está tu casa. Mucho
le ha crecido la hierba en estos
años de paz. Ves la ventana
de la cocina, las alacenas, los armarios... Buscas
tu habitación.
En estas
tierras sin dueño
naciste tú. Desde aquí ves los montes, ves el trigo
que ardió. Quisieras
pensar que éste
no fue nunca tu pueblo.
Árboles, sendas, atajos, hoces
y caminos. Sabes que nada
se celebra hoy aquí. Pero tu llegas siempre
para estas fechas. Y saludas a todos; los besas casi
con la mirada.
............................
..............................
Pero bien sé que tú nunca
te irás. Este
es tu pueblo.
Esta es tu casa. “Mira
la claridad del campo.” Y, mientras te despides, lloras
cerca del autobús. ¿Cómo
ibas a irte, tú que no sabes
que lo que salva a veces
es el odio?
Sí, Diego: ese es tu pueblo, del que bien sabías entonces, cuando sólo tenías 25 años y escribiste este poema, que nunca te irías. Llevo varios días con la lágrima fácil y el corazón esponjado, porque toda la memoria de las cosas, las ideas, las largas conversaciones que mantuvimos durante más de treinta años (recuerdo las tortillas de patatas que Társila inventaba en la pequeña casa de la Avenida de San Luis como cierre de aquellas veladas interminables de principios de los setenta, con tanto miedo sobre los hombros y tantas esperanzas en la cabeza), se dice pronto, se precipita sobre mí y me abruma y me envuelve a la vez. Estos días hemos recordado momentos que creíamos que nunca volverían a ocuparse de nosotros. Muchos de los ausentes de esta hora (y de los artífices del silencio en periódicos, radios y televisiones) desconocen que en el tiempo del silencio y de las botas, tú tuviste el coraje (tú, que a veces eras tan miedoso) de inaugurar la biblioteca de una cooperativa agrícola en Villarta, y fuiste citado en Madrid, en el cuartel de la guardia civil de Hortaleza, por aquel "delito" y me llamaste (a mí, casi un imberbe lleno de entusiasmos y utopías) para que te acompañara porque querías testigos de la posible detención y, ¿por qué no decirlo?, porque temías algún tipo de represalia o de violencia física. He recordado, también, aquella foto en primera página del viejo Informaciones, junto a Alfonso Grosso, los dos tumbados sobre una manta de cuadros, en huelga de hambre porque os habían despedido de la Editora Nacional por rojos (¿cuántas veces no lo habremos evocado, sobre todo en los días en que no pocos voceros progres de hoy te cerraban las puertas, te condenaban al paro?): por editar a Félix, a Celso Emilio Ferreiro (su hermoso Donde el mundo se llama Celanova), a De Ory entre otros, por firmar manifiestos por la democracia, por creer, sobre todo, como diría Blas de Otero, en el hombre.

Sí, Diego, cuando entraba, anteayer, en tu (nuestro) querido Priego, también venía a mi memoria aquel viaje de 1975, Franco vivito y coleando todavía, en que fuimos a encargar piezas de cerámica (de esa alfarería que respira en tus poemas) para recaudar fondos, con su venta, en las fiestas del movimiento ciudadano de nuestro barrio: recuerdo, cómo no, mi descubrimiento de los parajes donde tus poemas habían crecido, los ríos que los hacían frescos y transparentes, los bosques que entonces estabas ya convirtiendo en espacios para un sueño, el piezas de un bajorrelieve, en parte de tu fiesta en la oscuridad y de tu itinerario para náufragos. Paseos por la Avenida de San Luis, partidas de ajedrez interminables, visitas a un Café Gijón que, para mí, en aquel entonces, era el lugar de los mitos vivientes (recuerdo que allí me presentaste a Pepe Esteban, el eterno republicano, o al bueno de Eladio, o a Carlos Álvarez, por aquel entonces, entrando y saliendo un día sí y otro también en las cárceles de la dictadura). Luego fue tu casa en Gil de Palacio, cerca de la Avenida Ciudad de Barcelona, y Pepe Hierro y tu pasión por la vocación ciclista de tu hijo Diego, que ganó carreras y trofeos emulando a tu querido Luis Ocaña, hijo, como tú, de Priego. Y fueron las manifestaciones: muchas, innumerables, nos perdíamos de vista un tiempo, pero Esperanza y yo teníamos la seguridad de que nos encontraríamos contigo en la próxima manifestación contra el paro, o por la vivienda, o contra el terrorismo o en el no a la guerra (tú siempre te quedabas entre la gente, huyendo de ese odioso estrellato de algunos llamados intelectuales por amarrarse a la pancarta para salir en la foto).Después vino la Semana Poética de Cuenca, que tú impulsaste con la Universidad Menéndez Pelayo y la de Castilla la Mancha y que celebrábamos en su sede allá en la altura, mirando desde las ventanas de las salas de reuniones a otra hoz: la del Júcar, tan cantada por ti. Y allí nos encontramos los más nuevos con los más experimentados y maduros: el Luis Rosales último, Caballero Bonald, Claudio Rodríguez, Pepe, Antonio Carvajal, Antonio Gamoneda, Carlos Sahagún, pero también Jambrina, y Juanjo Lanz, y Antonio Colinas, y Luis Antonio de Villena, y Antonio Hernández, y Jesús Hilario, y Luis Alberto de Cuenca, y Luis García Montero, y Felipe Benítez Reyes, y Juan Carlos Mestre, y Concha García, y Luis Javier Moreno y Jordi Virallonga.... Fuiste tú el autor de ese lema que yo he utilizado tantas veces para calificar la poesía española contemporánea: "La ceremonia de la diversidad". Así titulaste la III Semana, la de 1993. Fuiste generoso porque no creías en las tendencias ni en las capillas y nos llevaste a todos. Luego seguiste siendo generoso (es una enfermedad incurable, aunque menos devastadora que la que te arrancó de nosotros) y promoviste la revista Diálogo de la Lengua, y la antología de jóvenes Pasar la página...
Recuerdo, también, la exposición de Alexandra Domínguez, en el otoño de 1999, en Riaza. Ún día de amistad, caminatas, almuerzo colectivo y, como casi siempre, conversación y risas. He rescatado la foto. A nuestra espalda, los inmensos bosques de robles teñidos por el ocre y el amarillo de principios de noviembre, de la sierra de la Tejera Negra. Detras de la cámara que sostienen Lupe o Esperanza, ya ni lo recuerdo, las estribaciones de la sierra del Rincón.
En Riaza. De izquierda a derecha: M. Rico, Juan Vicente Piqueras, Paca Aguirre, Diego Jesús Jiménez y Juan Carlos Mestre

Y más tarde, en el Centro Cultural en que te dimos el último adiós, en tu amado Priego, en colaboración con las universidades, pusiste en pie los cursos de verano sobre poesía contemporánea. Los primeros días de julio, el pueblo que surge "donde termina la Alta Alcarria", se ha venido convirtiendo en "lugar de la palabra". Y muchos de los que estuvimos en la Semana conquense volvimos a acompañarte bajo el calor de sucesivos julios generosos. ¡Cómo olvidar aquella mesa de 2003 en el hostal Los Rosales de Priego donde compartiamos la comida un Manolo Vázquez Montalbán recién llegado de Barcelona, un Martínez Sarrión estridente y sarcástico, el descreído Carlos Sahagún, y Paco Brines, y Carme Riera, y Félix Grande y Antonio Carvajal. Nos quedamos con las ganas de que Serrat nos acompañara en el curso dedicado a los vínculos entre poesía y canción de autor (estuvo a punto, no te creas, pero al final, como buen cultivador de sus amistades del barrio de la infancia, nos dijo que estaba, en las fechas del curso, comprometido con ellos), pero tuvimos a tu buen amigo Luis Eduardo Aute, y a Amancio Prada... odo ese universo, construido con tu palabra y con la presencia tuya y de los tuyos (Társila, Társila María, José Manuel, Dieguito) es nuestra vida, Diego. A veces, paso por la Avenida de San Luis y miro hacia la ventana de lo que fue tu casa. No sé quien vive allí, pero sí estoy seguro de que en sus paredes está la huella de nuestras voces jóvenes, de quienes antes de la libertad soñamos con la libertad, y con la poesía, y con la literatura en su sentido más ancho y hondo. de quienes más de una vez hemos intentado, como los niños de tu hermoso poema "Plaza de Santa Ana", desatarnos del tiempo:




domingo, 6 de septiembre de 2009

Sobre los blogs que me interesan (y los que no): una meditación

Nota previa

El retorno a la cotidianidad tras las vacaciones, invita a recobrar imágenes que nos acompañarán todo el año. Cambio foto de cabecera: no lejos de allí, del lugar de la rama, en la casa que fuera del padre, he escrito buena parte de mis poemas y de mis novelas. Ahí queda.

Primera noticia de una "cosa" llamada blog.
Hace cuatro años, creo recordar que en la primavera de 2005, tuve la primera noticia sobre esta nueva forma de escritura (a veces literaria, a veces filosófica, a veces periodística) que ha acabado teniendo por denominación más asentada el término blog (otros lo llaman bitácora, o cuaderno de notas, o bloc). Entonces, tenía en la cabeza un proyecto de programa de radio dedicado a los libros al que invité a participar a algunas personas. El programa nunca se hizo pero, como proyecto, lo mantengo guardado a buen recaudo en uno de mis archivos electrónicos. También me guardo el título. Quedan a la espera de que algún día pueda hacerse realidad (o no, como diría Rajoy). Una de las personas que iba a participar en el proyecto y en el desarrollo del programa era Ana Manzano, la promotora de un blog, nacido en el primer trimestre de este año, llamado Iconos Medievales. Pues bien, fue ella quien, al revisar el proyecto que le envié por correo electrónico, sugirió dedicar, en el programa, un espacio a “un fenómeno que está surgiendo ahora llamado blog” (lo escribió así o de forma muy similar). De tal fenómeno yo no tenía ni noticia.

Fue hace cuatro años y, desde entonces, lo que se apuntó como posibilidad para incorporarlo a un programa radiofónico, se ha convertido en una realidad omnipresente en el mundo periodístico, literario, artístico en general. Lo que no quiere decir, en absoluto, que esté ocupando el espacio que se merece en las revistas literarias ni en el catálogo de reflexiones de críticos y expertos en literatura.

Durante las pasadas vacaciones han sido muchos los momentos en que, al hilo de la lectura o el seguimiento de algunos blogs más o menos cercanos, he sentido la necesidad de recapacitar sobre el fenómeno y, de manera muy especial, sobre la tipología de los blogs que prefiero (o que me aportan significados, sentido, oportunidades de reflexión, conocimiento) y de aquellos que considero perfectamente prescindibles (llegan, incluso, a producirme una cierta aversión) desde el punto de vista de su utilidad intelectual, creativa y, si se me apura, sentimental.

Los blogs que aportan (y que me interesan)

Tal y como me ocurre, en otro plano, en la poesía o en la narrativa, me identifico (sólo daré dos o tres títulos como ejemplo), en general, con los blogs que aportan conocimiento. Ya sea en el plano de la reflexión sobre la vida cotidiana, sobre la creación literaria o artística, ya lo sea en el de la crítica literaria (¿quién no nos dice que hoy buena parte de la mejor crítica se está canalizando a través del blog?), en el del comentario de lecturas, a veces de un valor inestimable. Aportar conocimiento es, también, aportar memoria, tanto personal como colectiva, ofrecer meditación sobre momentos históricos especiales, sobre las pautas culturales y sentimentales de las distintas generaciones. Es mostrar naturaleza, urbanismo y arte, lugares poco conocidos de la geografía (cercana o remota, da igual) y hacerlo con reflexiones sobre esa experiencia que aporten una luz nueva o una dimensión desconocida. También lo es mostrar una parcela de la vida cultural o ciudadana desplazada de lo habitual (pienso en el blog antes citado, que mezcla románico con viajes y experiencia personal, o en un blog cargado de potencial evocador como De los tranvías, de José Ángel Cilleruelo, o en el de la vida cotidiana de un editor como El editor en su laberinto, de Pepo Paz). Y lo es, sin duda, alimentar la crítica social, reflexionar sobre la globalización y sus efectos negativos sobre la Humanidad, cultivar la denuncia y alentar, cuando sea imprescindible, la movilización social. Y, por supuesto, también me interesan los blogs que siguen la actualidad política, analizan nuestra realidad diaria, se pronuncian y se implican en ella.

La derivada lógica de esa identificación no es difícil intuirla: me gusta el blog también como espacio de debate, como lugar para el comentario (desde el emitido desde una identidad pública al emitido con seudónimo o bajo anonimato, me da igual) y para el intercambio de experiencias. No olvidemos que es una fórmula maravillosa para el ejercicio de la interactividad.

Todos esos blogs aportan, a mi juicio, conocimiento. Me ayudan a entender el mundo, a leer mejor, a escribir como puedo (creo que me mejoran) y a acercarme a las preocupaciones vitales, estéticas, sociales y políticas de los otros..

Los blogs que no aportan (o que no me interesan)

Creo prescindibles, sin embargo, los blogs de autobombo permanente. Los que cuentan los elogios con que es acogida la obra propia (lo que no es lo mismo que publicar enlaces para las críticas que eventualmente puedan aparecer: es un servicio al lector), el número de viajes que realizan y el sinnúmero de periodistas que esperan en la cafetería del hotel para entrevistarlo (o entrevistarla), los escritores famosos a los que se ha conocido en determinado acto y lo bien que éstos han hablado de uno (no la reflexión en torno a la experiencia del encuentro, no el contenido de fondo del diálogo mantenido), las radios y las televisiones que se han visitado y lo maravillosamente que han sido recibidas las opiniones del autor. No me atraen los blogs en los que el autor, a modo de un moderno Phileas Fogg (o como el enanito de piedra de la casa de los padres de Amelie) va dando cuenta de las ciudades que visita (a las que ha sido invitado) sin que se aporte un solo ingrediente reflexivo,o una mirada literaria o ciudadana, o sociológica, o cultural sobre la experiencia del viaje. Cierto que siempre, en todo blog (en éste también), como en toda obra literaria, hay una proyección del yo y cierta dosis de narcisismo. Pero el problema surge cuando el blog se sustenta casi exclusivamente en ambos elementos y acaba siendo una suerte de GPS que nos indica lo que día tras día hace el autor en su vida pública y, a veces, privada. Ojo: no digo que no sean necesarios (no hay nada innecesario salvo lo que daña a la sociedad y a sus integrantes). Digo que a mí no me interesan y que creo que aportan muy escasa dosis de conocimiento a mi labor como escritor.
Vista al futuro
Creo que estamos en la infancia del blog. Que, como "género", irá madurando ocupando buena parte del espacio que han venido ocupando hasta hoy los diarios de escritores u otro tipo de artistas, pero que tendrá formas de edición en papel al modo de lo que hoy son los diarios en libro. He dicho "buena parte del espacio" y he dicho bien. Porque no creo que desplace del todo a ese género: porque en un diario hay meditaciones, reflexiones acerca de la vida íntima que difícilmente soportarían, al menos en un primer instante o durante cierto tiempo, el carácter público, en directo y en tiempo real, del blog. La interactividad, la relación casi permanente entre autor y lectores y comentaristas condicionan a veces los aspectos estéticos y creativos del texto escrito. Pero el tiempo nos enseñará que el blog es también deudor de la mejor literatura.

Nota final: ni que decir tiene que la inmensa mayoría de los blogs que recomiendo en la columna a la derecha pertenecen al primer bloque. Algunos (muy pocos), no.

martes, 11 de agosto de 2009

Niall Williams: la historia de la edición de su última novela

Nota previa: cambio imagen de cabecera. Del paisaje serrano próximo a Gargantilla del Lozoya al mar y al cielo, que parecen arder, de Ondarribia en un día de octubre de 2005. Fotografía que me recuerda tres memorables jornadas de reflexión y debate sobre poesía en el parador de esa ciudad que mira, por encima del mar, a Francia. Quede ahí como testimonio de uno de los momentos mágicos de aquellos días.

Pero .... vayamos a Williams

Hace poco más de un año publiqué en este blog una entrada sobre Sólo una palabra tuya, la novela de Niall Williams que había sido novedad de Bartleby en la Feria del Libro de 2008. El título era Niall Williams, la Irlanda relegada y la Feria del Libro de Madrid (pincha y podrás releerla) y consistía en un elogio apasionado del libro. No contaba el modo en que el original llegó a mis manos ni el proceso, lleno de coincidencias y buenos augurios, que condujo a su publicación. Hace unas horas, en uno de los blogs que de vez en cuando sigo, Heterónimos y las palabras de otros, he podido leer una emocionada entrada (¿o un post?) en la que Beatriz Bejarano del Palacio, la traductora de la novela que se "fogueó" por vez primera con Bartleby/Pepo Paz con su primera traducción literaria de relieve, cuenta su visión de la pequeña historia que llevó el libro de Williams al catálogo de Bartleby Narrativa. Un poco por gratitud a su generosa -y apasionada- narración y otro poco por mis vínculos con el mundo que ella cuenta (un mundo pequeño y accesible, hecho de afectos y casualidades, en el que una librería del barrio de Vallecas, Muga, ejerce una perseverante militancia en favor de la buena literatura), contaré la otra cara de esa historia.

Tal y como referí en mi entrada de hace un año, en 1998 leí, conmovido, una novela anterior de Williams, Como en el cielo, que convertí en una de mis recomendaciones más reiteradas (también de E., que ha hecho de la novela una especie de seña de identidad) y motivo para hablar de literatura con los amigos en sobremesas, paseos y viajes. Han pasado once años desde entonces y no se ha atenuado mi empatía con el libro y con sus personajes. Por eso precisamente, porque han pasado once años y porque una tarde de un mes que no recuerdo (pudo ser primavera) de 2007, cuando hacía nueve que había dejado de ser novedad, la vi como libro recomendado en uno de los anaqueles de Muga, me quedé sorprendido. Gratamente sorprendido. ¿Cómo es posible, me dije, que en una librería de barrio se destaque una novela casi imposible de encontrar y que, además, se recomiende?

Convencido de que sólo alguien que hubiera vivido parecido proceso de descubrimiento de la narrativa de Williams, y más en concreto de ese libro, podía haber alentado esa iniciativa, pregunté al librero (a Pablo). Descubrí, en Muga, a un grupo de fervientes seguidores de Williams (ahí estaba, también, María José) y supe que una empleada de la librería, ausente aquella tarde, estaba traduciendo la última novela del irlandés. Quise hablar con ella, pero había cambiado, según me dijeron, el turno y no podía ser. Dejé mi dirección de correo electrónico para que se la hicieran llegar y les dije que yo compartía la devoción por el novelista, que todavía me duraba la impresión que me produjo la lectura de Como en el cielo muchos años antes y que si la traducción era buena, hablaría con Pepo Paz, el editor y responsable directo de la colección de narrativa para que se hiciera con los derechos y la editara.

Después fue el intercambio de correos electrónicos, el conocimiento personal de la joven traductora, Beatriz Bejarano, en la misma librería y en el mismo día en que acudí para comunicarle que la novela sería editada, y el comienzo de los trámites habituales que llevan a la edición de un libro.

Pero hubo una parte del proceso en el que disfruté de manera muy especial. Fue cuando Beatriz me envió el primer borrador de la traducción y abordé la lectura de Sólo una palabra tuya sin otro condicionante que la búsqueda de errores, erratas y frases inadecuadas, el ofrecimiento de sugerencias y el gozo de la materia literaria. La novela me atrapó desde el primer momento. La red de afectos, de decepciones, de sueños y de carencias sociales que Williams construía (con un lenguaje poético de gran intensidad), el canto al amor que respiraba en sus páginas se vieron complementados con una red de sugerencias y correcciones a estilográfica que devolví a la traductora. Ella las asumió con deportividad e inteligencia, con algún desacuerdo puntual también, algo de lo que le estaré para siempre agradecido.

Hasta aquí la historia de un proceso. Del que, nacido de la imagen de un libro recomendado pese a ser una novedad de casi una década antes, condujo a un libro hermoso por dentro y hermoso por fuera: en mi mente ha quedado grabada, quizá para siempre, esa portada azul en la que puede verse, tras una retícula que simula una ventana, el mar, las rocas, el cielo y un ser anónimo caminando… y en blanco y negro. La que habréis podido contemplar al principio de esta entrada.

Viaje por la mala conciencia: LOS FILOS DE LA NOCHE, una novela reescrita. Una nueva novela.

En breve, Los filos de la noche, mi segunda novela, estará otra vez en librerías. Oculta desde hace muchos años, ha vuelto entre nosotros c...