sábado, 10 de octubre de 2009

Lecciones de un poema de la Szymborska

Árboles que son testigos
Cambio la foto de cabecera con una imagen especialmente querida: se trata del anuncio del otoño en los árboles que, en mi refugio del valle, han sido testigos de gran parte de mi vida. En ellos, en la tarde del sábado de octubre, he buscado una isla de calma y de memoria. He sentido la necesidad de atrapar su belleza un día después de regresar, en un viaje de trabajo, de la megalópolis de Chicago. A esa experiencia me referiré en estas páginas en los próximos días. En tanto llega el momento, prefiero dejarme llevar por la coloración, que va del verde al rojo casi burdeos, de esos árboles que han crecido conmigo, que han sombreado, en los días de verano, los juegos de mis hijos, que nos han anunciado, con mayor eficacia que cualquier otro método, el paso de las estaciones, los días de lluvia y viento, las tormentas, el tiempo de los hongos y de la hojarasca. He llegado de la ciudad de la arquitectura y de las multitudes (no sólo de Obama) a la calma apacible del lugar en que siento el pulso de lo cotidiano con una intensidad incomparable. Esos árboles (el pruno, los fresnos, las arizónicas) y el cielo otoñal al fondo, son el reverso del viaje, el lugar de la intimidad más honda, los seres junto a los que, año tras año (magnífico título, por cierto de una novela casi desconocida de Armando López Salinas, el novelista del 50 vecino del barrio de la Concepción), han nacido y crecido mis poemas, mis novelas, mis sueños, mis pensamientos. Nuestros sueños y nuestros pensamientos.

Un poema de la Szymborska
Volando desde Chicago a Madrid, leí un poema de Wislawa Szymborska que me emocionó de una manera especial y que reproduzco líneas más abajo. La poeta, de la que Bartleby publica en la próxima semana, su nuevo poemario Aquí, con traducción de Gerardo Beltrán y Abel A. Murcia , nos invita a un ejercicio de humildad. A los escritores, a esa grey en la que yo incluyo, también, a los cultivadores del blog y en la que, como no podía ser de otro modo, me incluyo. Y, de manera más específica, a los poetas.
Nos creemos elegidos. Consideramos, en nuestro fuero interno, que nuestra vida sería mucho más pobre y limitada sin escribir y, en gran medida, es verdad. Que sin la (nuestra) escritura no es concebible el mundo. El ejercicio de autoafirmación, de egolatría de la escritura como vía de comunicación con los otros, de transmisión de emociones y de conocimiento, nos parece la cumbre de la experiencia humana. Es la “llamada del arte”. Sin embargo, no caemos en la cuenta de que hay millones de personas (la inmensa mayoría de nuestra sociedad) que no escriben versos, que no escriben cuentos, que, sin más, no escriben salvo para cubrir un trámite, rellenar un formulario o hacer la lista de la compra. Es más: que no tienen necesidad alguna de escribir, de crear.
Leamos el poema de Szymborska

ELOGIO DE MI HERMANA

Mi hermana no escribe versos
y dudo que empiece de repente a escribir versos.
Lo sacó de mi madre, que no escribía versos,
y de mi padre, que tampoco escribía versos.
Bajo el techo de mi hermana me siento segura:
el marido de mi hermana por nada del mundo escribiría versos.

Y aunque esto suene a obra de Adam Macedonski,
ninguno de mis parientes se dedica a escribir versos.

En los cajones de mi hermana no hay viejos versos,
ni recién escritos en su bolso.
Y cuando mi hermana me invita a comer
sé que no es con la intención de leerme sus versos
Sus sopas son exquisitas sin premeditación
y el café no se derrama sobre sus manuscritos.

En muchas familias nadie escribe versos.
Pero si lo hacen, es raro que sea sólo una persona.
A veces la poesía fluye en cascadas de generaciones,
lo que crea peligrosos remolinos en sus mutuos sentimientos.

Mi hermana cultiva una buena prosa hablada,
y toda su escritura son postales de sus vacaciones
con textos que prometen lo mismo cada año:
que cuando vuelva,
me contará todo,
todo,
todo.
(’El gran número. Fin y principio’).
La hermana de la poeta polaca es alguien que forma parte de esa inmensa mayoría de no poetas. Hace poesía de lo cotidiano de otra forma. Del mismo modo que en miles de casas, en miles de oficinas, aulas y fábricas, una multitud de seres anónimos construyen una lírica de lo cotidiano para ellos y para sus seres más próximos. Sólo han escrito (o escribirán) postales o cartas, sms, correos electrónicos… Nunca han escrito un verso, ni en sus familias hay antecedentes de escritores o poetas (en algunas, apenas hay libros). ¿No es, en su extrema sencillez, en su lirismo hondo y depurado, un magnífico poema social? ¿No hay en él una apelación a ese colectivo de seres anónimos que construyen su obra literaria con su propia vida y sin escribirla?


Hoy, cuando es tan fácil dejarse llevar por la lógica del escaparate de los medios de comunicación (incluido Internet), cuando nuestra vocación literaria nos lleva a establecer una comunicación cada vez más intensa y continuada (a través del blog) con los lectores no nos viene mal esa llamada de atención del poema de Szymborska. Junto a cada uno de nosotros, a lo largo de la mayor parte del día, hay hombres y mujeres que hacen versos memorables sin escribir un solo verso. En mi casa, en mi vida, nada de lo que yo escribo tendría sentido sin la poesía de lo cotidiano que otra persona, desde hace más de treinta años, construye, sin escaparate de por medio, hora tras hora a mi lado.

No me ha sido, por ello, difícil reconocer mi experiencia en la hermosísima y emocionada gavilla de versos de la poeta de Poznan. No tardando mucho, podremos constatar, en su nuevo libro Aquí esa intimidad de lo colectivo o esa vertiente colectiva de lo más íntimo, de la premio Nobel. Una difícil pretensión que, con sencillez, de manera directa, alcanza en este libro una entidad extraordinaria.

4 comentarios:

Roxana A. Basso dijo...

Manuel, o es mi ordenador o el enlace que has puesto no sale...

A veces, cuando leo poesía traducida, tengo la sensación de que estoy leyendo una prosa en la forma vertical de la poesía. Es lo que me pasa con Wislawa.

Qué bueno que no hayan escritores en todas las familias, porque eso nos deja un doble beneficio: el de encontrar al personaje, y el de tener lectores. Se hace necesario que alguien transcriba esas vidas, sin tener la menor idea de cuánta poesía hay en ese devenir que es materia de cualquier literatura.

Saludos, desde el Montseny.

Manuel Rico dijo...

Roxana, el poema no pertenece al libro Aquí. Lo encontré al azar en una revista literaria. Ni siquiera sé quién es el traductor. Lo que me ha parecido esencial es esa cura de humildad a la que se entrega la premio Nobel expresando su reconocimiento hacia esa inmensa mayoría que no escribe pero que, de otra manera, hace poesía (otra poesía). No he puesto enlace, sólo he subrayado con cursiva, negrita y color.

Saludos desde el valle del Lozoya.

David Pérez Vega dijo...

Hola Manuel:
Si me permites una aclaración:
El poema "Elogio de mi hermana" pertenece al libro de Szymborska "El gran número" publicado en 1976. La traducción que has colgado en tú blog es de Gerardo Beltrán, y supongo que será la que se hizo para la edición del libro “El gran número, Fin y principio y otros poemas”, que en España editó Hiperión en 1997, aprovechando el interés que esta autora había suscitado tras recibir el premio Nobel.
En esta antología de Hiperión también hay poemas traducidos, además de por Gerardo Beltrán, por Xaviero Ballester, Elzbieta Bortkieewicz, David Carrión Sánchez y de Abel Murcio Soriano. El conjunto, aun con sus múltiples manos, guarda una agradable coherencia. Supongo que cuando la poesía tiene algo realmente que decir aguanta bien la traducción.

El año pasado leí también de Szymborska “Instante”, traducido por Gerardo Beltrán y Abel Murcia, y editado por Igitur. Me gustó mucho ese libro.

Parece una acertada idea que la traducción de “Aquí” sea por los conocedores de la obra de Szymborska Gerardo Beltrán y Abel Murcia. Se manejan, a mi entender, muy bien con la obra reflexiva de la autora polaca.

Leí también el año pasado el poemario “Kilómetro 43” de Abel Murcia, editado por Bartleby. Recuerdo con agrado esa lectura. Me resultó curioso e interesante observar como la obra de Murcia estaba influida por la de su traducida. Por ejemplo, creo que se ve claramente en el poema de Murcia “El principio” (incluso en el título).

Aprovecho para mandarte un saludo desde el blog que estrené este verano, “Desde la ciudad sin cines”.

Manuel Rico dijo...

Tienes toda la razón, David. He comprobado que, en efecto, el poema de Szymborska que reproduzco pertenece al libro que editó Hiperión y que la traducción es de Gerardo Beltrán.

Gracias por tu nota. Comparto la casi totalidad de lo que dices de la poeta polaca. Visitaré tu blog en breve. Un fuerte abrazo.