martes, 26 de abril de 2011

Celebración del 25 de abril y celebración del tiempo. Mi homenaje.

Mantengo inédito un libro titulado Mis días de los ochenta. Es un diario que algún día publicaré y en el que fui escribiendo mis experiencias vitales, literarias, sociales, políticas, sentimentales... entre los años 1983 y 1990. Tiempo anterior a Internet, a las bitácoras, al blog. De ese diario rescato este fragmento (no podría escribir otro mejor) dedicado a la conmemoración del 11 aniversario de la Revolución de los claveles en Portugal. Lo escribí el 26 de abril de 1985. Con él conmemoro nada menos que el 36 aniversario. Ahí os lo dejo.


"AYER fue veinticinco. Símbolo y metáfora del sueño de un Portugal nuevo de once años atrás. Aquel día de 1974 yo no había cumplido los veintidós años. Apenas nos habíamos repuesto del pinochetazo de siete meses antes cuando una mañana irrepetible supimos que en el país vecino, a los acordes de José Afonso y su Grandola, los cañones de los fusiles se llenaban de flores, la sonrisa encendía los rostros de los chiquillos, los adultos, ante aquel regalo inesperado, se sentían niños y un aire de libertad comenzaba a extenderse por la península aventando viejos fantasmas y temores y, con ellos, la realidad gris bajo la que nuestra vida se desenvolvía. Por aquel entonces yo vivía un peculiar destierro por razones sindicales y políticas en el Banco Popular, empresa en la que trabajaba desde los diecisiete años, un destierro que compartía con otros compañeros en una vieja y kafkiana nave semiabandonada y próxima a la Puerta de Toledo. Recibimos la noticia de aquel amanecer con una euforia no disimulada. Una euforia que se fue acrecentando con los días y, sobre todo, con los viajes. Cómo no recordar el aluvión de visitas de fin de semana a Portugal, o la invasión de nuestras casas, de los locales de las asociaciones de vecinos, de los clubs parroquiales y de otras organizaciones heterodoxas y semilegales, por pegatinas, posters, grabados, fotografías y todo tipo de objetos alusivos a una libertad que en nuestro país nos era negada y que buscábamos en el vecino del oeste en la conciencia de que la dictadura bajo la que sobrevivíamos a duras penas tenía los días contados.

"Más que el acontecimiento histórico que refieren las reseñas conmemorativas que estos días aparecen en la prensa, de los reportajes radiofónicos y televisivos (TVE ha dedicado el programa “En portada” al aniversario), el 25 de abril es una marca, una huella indeleble en nuestra memoria, en la memoria de mi generación. Aquel mundo de color, de banderas, de sueños al fin cercanos, de claveles, de viajes de fin de semana, ha quedado anclado para siempre en el catálogo de días felices que hemos vivido quienes en 1974 éramos muy jóvenes. En lo que a mí respecta, he de confesar que todavía me sigue emocionando casi hasta la lágrima aquel cartel en el que un niño rubio, de pelo rizado, introducía el tallo de un clavel rojo en la boca de un fusil. Durante muchos años ese cartel estuvo expuesto, siempre en un lugar preferente, en nuestra casa. Debió desaparecer en alguna de las mudanzas. Pero en todo caso, su recuerdo es, inevitablemente, la síntesis de un tiempo, de un estado emocional, de un sueño sólo parcialmente cumplido".
         
                                                                En Madrid, a 26 de abril de 1985

sábado, 16 de abril de 2011

En Granada, un 14 de abril inolvidable: volvió Javier Egea

El 14 de abril, día de la República, fue jueves. Un jueves de cielos despejados, sol intenso y verdes estallantes. Tanto en el Madrid que, al filo del mediodía, Pepo Paz y yo dejábamos atrás como en la Granada que nos esperaba al final de la carretera para acoger la tan esperada presentación del primer volumen de la poesía completa de Javier Egea. Durante el viaje, editor y prologuista hablamos largamente de la experiencia que estábamos viviendo, y de Granada, y del microcosmos en que Javier escribió la casi totalidad de su obra poética. Desde la tarde del 14 de abril de 2011, metidos en un Renault Scenic devorando kilómetros hacia el sur, no era fácil pensar que el autor del libro que íbamos a presentar horas después hubiera decidido suicidarse hacía doce años. Era como si viajáramos a un lugar ficticio, al escenario de una pesadilla. Como si en Granada, en alguno de sus cafés o de sus bares, fuéramos a encontrarnos con el autor del libro.

Egea, en La Herradura, conversa con Eduardo Castro,
 periodista de TVE
Llegamos a media tarde, a eso de las seis, a Granada. La ciudad del Paseo de los Tristes, la Granada de la que supimos en Madrid allá por los ochenta como escenario de un nuevo modo de afrontar la realidad a través del poema, nos esperaba. Cierto que no era la que caminaba por las Avenida de la Constitución, compuesta por paseantes anónimos, escolares de vuelta de clase, mujeres con bolsas de la compra, seguramente ajenas al poeta-novelista-crítico y al editor que caminaban hacia la librería Nueva Gala. Pero yo tenía la extraña sensación de que aquel aire con olor a primavera nos esperaba. De que nos esperaban los escaparates, la cafetería donde tomamos café antes de llegar a la librería, el adoquinado de las calles, las tiendas, la gente que ocupaba los veladores... El mundo que se  conmocionó un día del verano de 1999 ante la noticia de que un poeta extraño había decidido acabar con su vida, nos esperaba. Porque la Granada literaria esperaba el libro, esperaba los poemas de Javier, esperaba la restitución de quien había sido relegación y olvido.

Juan Antonio Hernández, José Luis Alcántara y el que suscribe
En la librería Nueva Gala no cabía un alfiler. Había un clima de celebración, de íntima fiesta por la vuelta de Javier Egea al panorama literario de la ciudad. Egea, me decían algunos de sus viejos amigos (o conocidos, qué se yo), esta vez ha venido desde el patio nacional a Granada. Como si se hubieran conjurado los maleficios que parecían condenar a la poesía de Egea al permanente salto desde su ciudad a la esfera literaria de España, un salto inútil durante décadas, ahora era su poesía la que llegaba de Madrid a Granada bien editada, bajo un sello (decían) de prestigio, amparada por una de las editoriales (decían) que parece haberse tomado en serio la poesía y asumido la recuperación de grandes poetas (más de un asistente me habló de su sorprendida y asombrada lectura del libro de Alfredo Buxán, la otra novedad de primavera de Bartleby).

Pude ver entre el público a escritores como José Gutiérrez, Ángeles Mora, Juan Carlos Rodríguez, Jairo García Jaramillo, Pedro Henríquez, Antonio Carvajal o Felipe Alcaraz. Fue una presentación con vocación integradora, en la que por encima de cualquier consideración y de todas las anécdotas que han jalonado los años posteriores a la muerte del poeta, brilló la emoción, la profundidad de la poesía de Javier y la evocación de sus días de comunión con la literatura en la Granada de los años ochenta.  Juan Antonio Hernández realizó una aproximación crítica a la lírica de Egea resaltando algunas diferencias sustanciales con la poesía figurativa de los ochenta y criticando la superficialidad con que a veces se le había adscrito a esa "escuela",  José Luis Alcántara hizo un recorrido por su amistad con Javier y expuso de forma detallada su papel (y las vicisitudes por las que ha pasado) como albacea del legado del poeta, aclarando algunos equívocos y falsas interpretaciones, y yo expuse, en síntesis, el contenido del prólogo al libro.

Susana Oviedo, entonando, en tango, Noche canalla

El acto tuvo tres complementos muy emotivos: la interpretación, por un grupo musical liderado por el propietario de Nueva Gala, de tres poemas de Egea; la reposición, casi 30 años después y como primicia, de un documental producido por La 2 de TVE, dirigido y presentado por Eduardo Castro en el que pudimos ver y escuchar a Javier reflexionando sobre lo divino y sobre lo humano sentado frente al mar que protagoniza Troppo mare, en la playa de la La Herradura (aunque donde se retiró en la realidad fue en la Isleta del Moro), pudimos entrar en el ambiente que rodeaba a "La otra sentimentalidad" en los primeros ochenta y nos sorprendimos viendo leer ante las cámras un largo poema a tres voces. Lo hicieron, alternativamente,  Álvaro Salvador, un Javier Egea en excelente forma y un Luis García Montero casi niño.  Por último, Susana Oviedo, actriz y cantante, compañera sentimental de Egea, cantó a capela, en las postrimerías de la copa, una hermosa versión, en tango, del poema (que aparecerá en el volumen de inéditos) Noche canalla, que abajo reproduzco:

Hubo, sí, ausencias. Muchos asistentes, durante el vino posterior a la presentación, me preguntaron por algunos de los poetas que convivieron en los ochenta con Javier. Abiertamente se interesaron por Álvaro Salvador y por Luis García Montero y ni Pepo ni yo supimos qué decir. Sólo teníamos la certeza de que habían sido invitados a la celebración por la librería y la constatación de que no habían acudido.  En todo caso, mantengo la esperanza y expreso el deseo de que nos acompañen el próximo 17 de mayo en la sala María Zambrano del Círculo de Bellas Artes de Madrid. Con los presentadores que hemos intervenido en Granada estará en la mesa Félix Grande, el único miembro del jurado que aún vive de los que, en 1982, concedieron el Premio Hispanoamericano de Poesía Juan Ramón Jiménez al libro de Egea Paseo de los tristes.
Yo no sé si la quise pero andaba conmigo,
me guiaba su risa por la ciudad tan gris.
Ella tenía en su boca colinas de Ketama
y el cielo de sus ojos me pintaba de añil.
Yo vi tantas estrellas como ella puso siempre
en aquel cielo raso como un paño de tul.
Ella llevaba el pelo como la Janis Joplin
y los labios morados como el Parfait-Amour.
La he perdido en un bosque de jeringas brillantes
por donde nos decían que se llegaba al mar;
se fue sobre un caballo de hermosos ojos negros,
por más que yo me muera no la podré olvidar.
Bajo el cielo ceniza me conducen mis piernas.
Esta noche no tengo ni esperanza ni amor.
Sólo queda el calor de mi pobre navaja.
Hoy me he visto la cara de un retrato-robot.
A pesar de sus ojos he salido a la calle,
a pesar de sus ojos me ha tocado vivir.
En un barrio de muertos me trajeron al mundo.
Esta noche canalla no respondo de mí.

martes, 5 de abril de 2011

Mi devoción por Alcalá de Henares y tres jóvenes escritores de América

Llevo conmigo, desde hace muchos años, una querencia especial hacia ese pueblo grande, situado en el llamado corredor del Henares, en el que el tiempo parece detenido. Alcalá es el recuerdo remoto de antiguas visitas a su notaría a principios de los años setenta para resolver un asunto familiar. Fue lugar de una excursión de fin de semana, cuando mi hija era muy pequeña, a la Casa Museo de Cervantes. Era, todavía, una ciudad lastrada por el desarrollismo del franquismo último, la ciudad dormitorio asociada a los grandes atascos y con un centro urbano deteriorado, con usos muy precarios. Pero Alcalá de Henares cobró una dimensión nueva, acogedora, cálida a principios del nuevo siglo, quizá en 2002, o en 2003, cuando acudí a la biblioteca municipal a debatir con lectores sobre mi novela Los días de Eisenhower.

Calle Mayor recién regada en el amanecer
La ciudad había asumido una vitalidad inédita. Los años de ayuntamiento democrático, de izquierdas, habían permitido la recuperación de su patrimonio histórico, la gestión de Arsenio (Curro) López Huerta, el primer alcalde tras la llegada de la democracia, había convertido la vieja ciudad en un lugar de encuentro en el que la cultura y la educación, con la Universidad como foco y referente, habían atenuado notablemente aquella calidad de ciudad dormitorio que le adjudicó el planeamiento especulativo del franquismo. La vi y la viví durante aquellas horas de una tarde invernal como una capital de provincias en el mejor sentido de la denominación. Me recordaba horas gozadas paseando por Burgo de Osma, o por Soria o Segovia... A poco más de treinta kilómetros de Madrid, pensaba mientras caminaba bajo los soportales de su Calle Mayor, me encuentro en medio de una ciudad apacible, a la medida del hombre, con viejos soportales, edificios recuperados, librerías hospitalarias.
Instituto Cervantes
Pero cuando empecé a vivirla y a disfrutarla de verdad fue a partir de mi llegada al Instituto Cervantes en 2007. Cierto que su sede madrileña, en la antigua oficina del histórico Banco del Río de la Plata, es un espacio atractivo, cargado de historia, con un emplazamiento envidiable al lado de Cibeles. Pero, al poco tiempo de asumir mi responsabilidad en el Instituto, quise visitar su sede en Alcalá. Recuerdo que lo hice una mañana de finales de junio, que me desplacé en el tren de cercanías y que mis anfitriones fueron Jorge Urrutia, entonces director académico del Cervantes, y Elena Verdía, entonces técnico del departamento de de formación de profesores (creo). La sede, con su viejo claustro, con su arquitectura heredera del barroco, me cautivó. Y me cautivó, sobre todo, la ciudad: salimos a tomar un café a alguno de los viejos bares próximos a la Calle Mayor y puede respirar el ambiente de un casco urbano municipal y alegre, como la representación más acabada de las ciudades ancladas en el tiempo que nos describía el maestro Azorín, una ciudad en la que se podía llegar a cualquier parte caminando, de servicios accesibles y próximos, una ciudad de pastelerías y viejos cafés, de librerías y colmados, de comercios de telas y de droguerías, una ciudad de las que cada vez quedan menos. Después, volví muchas veces. Algunas, con motivo de la apertura de exposiciones del Cervantes; otras, para celebrar reuniones en la sede. Pero las que más disfruté fueron aquellas en las que mi relación con Alcalá se establecía en mi condición de escritor: a leer poemas en alguna de sus librerías, a un jurado del premio de novela Ciudad de Alcalá, a escenificar, con Olvido García Valdés, una lectura de poemas intercambiados en el Corral de Comedias, o al estreno, en la misma (y maravillosa) sala de una obra de teatro basada en al poesía de Manolo Vázquez Montalbán cuyo título ahora no recuerdo. O las irrepetibles jornadas (aquí coincidía mi condición de escritor con la de directivo del Cervantes) que en Abril impulsaban Pepa Toro, entonces vicerrectora de la Universidad, Jesús Cañete y Fernando Fernández Lanza con el título Festival de la Palabra, auténtica  celebración de nuestra lengua, de nuestros creadores, de nuestros pensadores y poetas. O mi experiencia, de la mano de Julia Barella, en un taller de literatura con alumnos adultos, fuera de la enseñanza reglada, de la Facultad de Filología. Alcalá envolvente, Alcalá poema, Alcalá amiga, que se convertía en solmenidad y cercanía a la vez el 23 de abril con la entrega del Premio Cervantes en el Paraninfo de la Universidad y con el encuentro --el más importante regalo, junto con la convivencia con sus trabajadores y colaboradores, que me concedió el Cervantes-- con algunos de los premiados: Juan Gelman, Juan Marsé y José Emilio Pacheco, dos poetas sudamericanos y un novelista español y catalán. Si la felicidad existe, una parte de ella la he vivido, sin ninguna duda, en Alcalá de Henares.  Francisco Peña, poeta y profesor, sonetista implacable, Javier, el propietario de la librería Cervantes, ambos animadores culturales y sabios en su convivencia con la literatura, y tantos otros amigos y enamorados de la pequeña ciudad, han sido (son) también figuras de ese paisaje poliédrico y manejable a la vez al que de cuando en cuando vuelvo.
 
De esa realidad, que yo he vivido en mi actividad pública con una devoción tan inocente como apasionada, nos dan noticia tres jóvenes escritores latinoamericanos en el libro Crónicas de oreja de vaca. Son Andrea Jeftanovic, chilena, Giovanna Rivero, boliviana, y Juan Terranova, argentino. Tres escritores que disfrutaron de una beca en el verano de 2008 con estancia en Alcalá de Henares y con la condición de que tendrían que escribir de su experiencia en aquellos días. La ciudad cotidiana, el Alcalá más próximo y profundo, el Festival de la Palabra, la cercanía de un Juan Marsé premiado y tímido, los viajes en el tren de cercanías, la noche en la ciudad, la vida en la residencia universitaria, ese mundo que yo viví desde mi condición de escritor español y, a la vez, de directivo del Cervantes, ellos lo vivieron como deslumbrados aprendices en la tierra del autor de El Quijote, como viajeros de incógnito desde un mundo menos desarrollado que el nuestro pero conscientes de que Alcalá de Henares algo tenía de las ciudades que leyeron en los clásicos castellanos en su infancia, en su adolescencia o en su primera juventud. Cumplieron lo acordado y escribieron el libro. Un libro hermoso, lleno de cualidades evocadoras, que nos enseña la otra cara de Alcalá, nos da cuenta de tres magníficos escritores hasta ahora desconocidos (o casi desconocidos), y que prologa Juan Cruz con hermosas palabras. De su prólogo rescato un párrafo: "Quiero hablar de jóvenes escritores que estuvieron manchándose en La Mancha de Cervantes durante el penúltimo verano, que fue, casi, el último verano de nuestra juventud".

Pero Alcalá es, para mí, mucho más: es la ciudad de mi soledad, cuando terminados los fastos o concluida una lectura en alguna de sus librerías, paseo por sus calles, contemplo sus escaparates, tomo un café mientras observo, al otro lado de la ventana del bar, el deambular pausado de sus gentes bajo los soportales. Y es la ciudad de algún domingo por la tarde. Una ciudad silenciosa e invernal por la que E. y yo hemos alguna vez caminado después de disfrutar, en la "librería de Javier" de unos canapés y de un puñado de versos del amigo y poeta Javier Lostalé.

Concluyo este post con una invitación a Jesús, a Curro, a Fernando, a Paco Peña, al Ayuntamiento, al Rector de la Universidad, al director académico del Cervantes, Francisco Moreno (a quien tuve la satisfacción de conocer tras una lectura de mi antología Monólogo del entreacto, en el otoño de 2007, creo....) a que recuperen con decisión el Festival de la Palabra, hoy en peligro por la crisis, por la falta de implicación de los responsables culturales del Instituto Cervantes, por la reducción presupuestaria de la Universidad y por la cicatería del Ayuntamiento, a que  luchen por él, lo recuperen y lo fortalezcan y amplíen. Con el objetivo, ¿por qué no?, de que Alcalá sea, por unos días en el mes de Abril de cada año, la ciudad que celebre la lengua de Cervantes, que celebre la literatura de un modo parecido a cómo Córdoba se ha convertido en la gran capital de la poesía celebrando y potenciando el festival Cosmopoética. A ello les invito y animo y me pongo, modestamente, a su disposición para cooperar y para trabajar. Como escritor, como animador de la cultura y como enamorado de la ciudad.

domingo, 27 de marzo de 2011

En La Habana y Managua, conmemorando a Gabriel Celaya

Con Guillermo Roidríguez Rivera
En La Habana y en Managua se respira la necesidad del cambio, de la transformación. Política, en sentido democrático, en la capital cubana, un empeño en el que en los países europeos y todos los ciudadanos amantes del progreso, de un mundo diferente, debemos comprometernos a fondo. También social y económica para que la calidad de vida de la población (que en buena parte vive en condiciones muy precarias, casi miserables) mejore sensiblemente. Obama y la administración demócrata norteamericana pueden hacer mucho con una simple decisión: acabar con bloqueo y eliminar toda excusa para la bunkerización del sistema, respaldar un horizonte de reformas que huya de salidas radicales y busque fórmulas que lleven a la democracia y a un cambio en profundidad de una realidad injusta y profundamene anquilosada. En Nicaragua, donde convive la opulencia con un desolado paisaje de precariedad, de falta de horizontes, de miseria. se respira la necesidad de una transformación social, económica, reequilibradora. La democracia política todavía no ha dado respuesta a esas necesidades. Un desafío pendiente.
Esas dos realidades han acogido los actos conmemorativos del centenario de Gabriel Celaya. Un centenario al que me han invitado a participar en ambas capitales como conferenciante y con la celebración de encuentros con jóvenes poetas y con poetas menos jóvenes (memorable, irrepetible el diálogo en la Unión de Escritores de Cuba con poetas que conocieron a Celaya y lo acompañaron en sus viajes a la isla), con un diálogo con estudiantes en la Universidad de La Habana y con un taller de escritura en el Centro Nicaragüense de Escritores.

He tomado contacto con una realidad difícil, tremendamente difícil y, a la vez, cargada de expectativas y esperanzas. Con una realidad en la que el poeta Gabriel Celaya, casi olvidado en el panorama literario español, cobra un sentido profundo, de una actualidad casi hiriente. Leer ante alumnos de la universidad habanera o ante los propios escritores cubanos, o nicaragüenses, poemas como "La poesía es un arma cargada de futuro" o "España en marcha" ha supuesto situar los poemas del guipuzcoano en un contexto en el que la necesidad de una democracia que se digne de tal nombre y el apremio de profundas transformaciones económicas y sociales dan un sentido casi literal a versos como "maldigo la poesía concebida como un lujo / cultural por los neutrales" o "ni vivimos del pasado, / ni damos cuerda al recuerdo, / somos, turbia y fresca, un agua / que atropella sus comienzos".  La esencia de aquellos poemas directamente sociales de Celaya encontraba acomodo en un mundo cotidiano que exige de la poesía una mirada crítica, algo que en España y en las sociedades industrialmente avanzadas hemos olvidado con cierta vehemencia.
Gabriel Celaya y Rafael Alberti
Ha sido una experiencia emocionante compartir unas horas con los poetas que recibieron a Celaya en su viaje a La Habana en 1967. Allí estaban, en un ambiente de convivencia y encuentro, bajo la acción moderadora del crítico y ensayista Guillermo Rodríguez Rivera, Nancy Morejón,  César López, que hizo una evocación emocionada, llena de anécdotas, de su amistad con el guipuzcoano, Pablo Armando Fernández, Reynaldo González o Jaime Sarusky.

Gabriel Celaya ha sido el poeta olvidado de los grandes rotativos españoles en su centenario. La repetición de fórmulas desde la "trinchera" de la poesía comprometida de los años cincuenta y sesenta del pasado siglo junto con el descrédito al que se sometió la poesía social por parte de la crítica novísima y por los estructuralistas más dogmáticos a lo largo de la década de los años setenta, relegó a un segundo plano su figura literaria y humana hasta el punto de que sus últimos años fueron, para él y para Amparo Gastón, Amparitxu, de convivencia con la precariedad económica más absoluta. Sólo el Premio Nacional de las Letras en 1986 alivió algo sus penurias.

Centro de La Habana
Sin embargo, Gabriel Celaya, más allá de su obra demasiado extensa, fue en poeta enorme, de una gran calidad. No sólo en su etapa más social y políticamente comprometida (fue, como Blas de Otero, miembro del PCE y candidato al Senado en las primeras elecciones democráticas), sino en sus primeros años de poeta formado a la sombra de la Generación del 27, cuando publicó Marea del silencio (1935) o La soledad cerrada (1947) y, sobre todo,en sus libros menos enfáticos, menos relacionados con la apelación directa a la acción social y política. Hablo de la poesía que escribió a finales de los años cuarenta, una poesía poco estudiada y de una altura más que notable. Poesía de lo cotidiano, de la subjetividad filtrada por la mirada hacia lo colectivo, de la que aprendieron algunos de los mejores poetas posteriores, los de la Generación del 50. El poema que podéis leer abajo, perteneciente a esa etapa, es un claro anticipo de la poesía conversacional que se escribiría después.

Cuéntame cómo vives;
dime sencillamente cómo pasan tus días,
tus lentísimos odios, tus pólvoras alegres
y las confusas olas que te llevan perdido
en la cambiante espuma de un blancor imprevisto.


Cuéntame cómo vives;
ven a mí, cara a cara;
dime tus mentiras (las mías son peores),
tus resentimientos (yo también los padezco),
y ese estúpido orgullo (puedo comprenderte).


Cuéntame cómo mueres;
nada tuyo es secreto:
la náusea del vacío (o el placer, es lo mismo);
la locura imprevista de algún instante vivo;
la esperanza que ahonda tercamente el vacío.


Cuéntame cómo mueres;
cómo renuncias -sabio-,
cómo -frívolo- brillas de puro fugitivo,
cómo acabas en nada
y me enseñas, es claro, a quedarme tranquilo.
                                              De Tranquilamente hablando, 1945
Poco, por no decir nada, se ha referido la crítica a ese aspecto. Ni siquiera los teóricos de la poesía de la experiencia de los años 80 han destadado algo que un poeta como Ángel González advirtió de manera clara cuando escribió una larga introducción a la antología Gabriel Celaya. Poesía publicada en 1977 por Alianza Editorial: su tono conversacional y directo como factor decisivo en la poesía coloquial y directa de algunos autores posteriores. En la obra del citado Ángel González, de José Agustín Goytisolo, de  Jaime Gil de Biedma o de Carlos Sahagún son visibles ecos de la dicción, del tono, la ironía y la atención a lo cotidiano del Gabriel Celaya de libros como Tranquilamente hablando (1947), Las cosas como son (1949) o Los poemas de Juan de Leceta  (editado por Carlos Barral en la colección Collioure en 1961 y, en los setenta, por Luman en la colección El Bardo). Ese tono de confidencia, de lectura en voz baja, es de una modernidad radical: sobre todo si tenemos en cuenta que a finales de los años cuarenta dominaban nuestra realidad poética el garcilasismo escurialense de un lado, con su énfasis clasicista y algo hierático, y un cierto tremendismo de tono airado en el lado "social" de Espadaña. La poesía de Celaya es, en gran medida, una inyección de serenidad, de cercanía. Es lo que no tardando mucho ciertos críticos acuñarían, para otros, como poesía de la experiencia.

Os dejo con "´La poesía es un arma cargada de futuro" no en la voz de Paco Ibáñez, sino en la de Joan Manuel Serrat, cuya versión, con la música del propio Ibáñez, es menos conocida. Gocemos.

jueves, 10 de marzo de 2011

Alfredo Buxán: un poeta a descubrir, a disfrutar, a situar en el lugar que merece

En mi última columna "Espejo y tinta", publicada en Culturamas.es reflexionaba sobre la escasa propensión de las editoriales de poesía más consolidadas a apostar por autores, jóvenes o maduros, con propuestas no convencionales que o no venían acompañadas de un premio institucional o carecían de garantías de contar con grandes posibilidades de vender muchos ejemplares. Añadía, y eso es lo que me parece más importante, que si eso ocurría con nuevos libros de autores nuevos, el vacío era clamoroso cuando se trataba de recuperar autores con obra de alto voltaje que había sido muy poco conocida (o nada conocida) por circunstancias diversas o que habían quedado marginados en razón de las modas, de las tendencias dominantes o de la mala suerte. Sabemos de la hondura y la calidad de la obra de un poeta como José María Millares Sall, Premio Nacional de Poesía 2009 porque hubo un pequeño editor, Emilio Torné, de Calambur, que se arriesgó a recuperar un libro irrepetible como Liverpool, perdido en el olvido de los años cuarenta del pasado siglo y a editar su obra póstuma. No sabemos cuántas editoriales supieron de la existencia de esas obras antes de llegar al despacho de Torné, ni cuántas decidieron no publicarlas: no se sabrá nunca. Lo que sí sabemos es que si no llega a ser por Calambur, los libros de Millares Sall seguirían durmiendo el sueño de los justos. Publicar a Benedetti, o a Blas de Otero, o a Gil de Biedma, o a Antonio Gamoneda, o a Ángel González, por no hablar de Gelman o de José Emilio Pacheco es, sin duda meritorio. Pero no requiere valor alguno: sólo contar con los derechos.

Lo complicado y a la vez valiente es la búsqueda. Intentar hacer justicia. Y en esa labor de búsqueda está la colección de poesía de Bartleby Editores desde su propio origen. Una labor que ha rendido algunos magníficos frutos, que en breve pondrá en los anaqueles de las librerías el primer tomo de la poesía completa de Javier Egea y que en un plazo muy corto publicará Las palabras perdidas, la poesía cuasicompleta de Alfredo Buxán, un poeta prácticamente desconocido (su nombre es seudónimo) y autor de una obra de un alto nivel de calidad, llena de capacidades emotivas y fronteriza con una poesía experiencial con una fuerte tensión lírica. Alfredo Buxán es poeta raro y exigente, ajeno a los círculos literarios, al mundo de los cócteles, de la farándula y de las presentaciones, un poeta preocupado por mantener su intimidad y, sobre todo, por el rigor en la escritura. Aquí os dejo una pequeña muestra de Las palabras perdidas

UNA PEQUEÑA MUERTE

Una pequeña muerte sucede cada día
muy lejos de nosotros, o nos pasa rozando,
en una aldea persa o a la orilla de un río.

Abajo, en la cantina donde compras tabaco,
o en el andén del metro que tomas cada día
para ir al trabajo rodeado de gente
que también va cansada.

Una pequeña muerte que tiene su reflejo,
aunque tú no lo entiendas, en la cama deshecha,
en una bombilla que de súbito se apaga
a media tarde y lo envuelve todo en el silencio,
en tus ojos cerrados y en el día que acaba,
en el triste lamento que los muebles exhalan 
cuando llega la noche. Una pequeña muerte
que te llena de asombro
cuando aceptas con pena que también es la tuya.

Con el telón de fondo de la Galicia costera (algunos de sus poemas respiran en Corcubión y cobran sentido a la luz de los recuerdos de infancia del propio poeta), Buxán construye un mundo hecho de  instantáneas de la propia vida, de detenciones en el camino para meditar acerca de la memoria, sobre el amor, sobre la soledad y sus asedios, sobre la vida más personal y el paisaje de pérdidas (la casa vacía, los lugares vividos, las lecturas),  que, con el paso del tiempo, uno va contemplando al echar la vista atrás, sobre el muerte del padre (con un par de poemas estremecedores) y sobre lecturas que lo han marcado y que marcaron a su generación. Buxán es novelista al que publicamos, hace una década, E. y yo en la efímera colección El Umbral que codirigimos (formaba parte del "sello" valenciano Germanía). Pero es, sobre todo, un gran poeta que, espero, saldrá de la zona de sombra en que habita cuando Las palabras perdidas esté en librerías.

El libro saldrá poco después de la "movida" mediática que ha acompañado (y acompaña) la aparición del último poemario del granadino Luis García Montero. No cuestiono esa movida. Sí cuestiono la discrecionalidad de los medios de comunicación, especialmente de los diarios, a la hora de abordar determinadas novedades. A mi juicio, Las palabras perdidas es un libro de peso, muy por encima, en nivel de calidad, de muchos otros libros que se publican con una aparato mediático más que significativo (sin llegar, por supuesto, al caso de  García Montero, cuyo último libro cerró un telediario de La 1 de TVE en fin de semana). Creo que es extraordinario que determinadas cadenas de radio, que la televisión incluso, apoyen a la poesía y a los poetas.El problema, sin embargo, es que ese apoyo, con la excepción de algún programa de la radio pública, siempre deriva por los mismos nombres (bueno, por el mismo nombre), lo cual traslada al lector una idea superficial y deformada de la riqueza y la pluralidad de la poesía española de hoy.

Alfredo Buxán es un exponente rotundo de la buena poesía que hoy se escribe en España. En este blog he venido dando cuenta de algunos otros grandes poetas desplazados de la actualidad literaria por razones de lo más diverso. Buxán, con la publicación de Las palabras perdidas, va a salir de esa zona de sombra. No tendrá una página en los suplementos culturales de los grandes diarios del país; tampoco tendrá múltiples entrevistas en radios y foros de Internet vinculados a los grandes grupos, ni cerrará el telediario del fin de semana. Pero llegará a muchos más lectores de los que ha podido llegar hasta ahora con algunas de sus pequeñísimas (y casi perdidas) ediciones casi clandestinas. Porque es un gran poeta. Porque es, además, un hombre, digámoslo con palabras machadianas, "en el buen sentido de la palabra, bueno". Os dejo con un poema de Alfredo Buxán, en galego, musicado por Xaquín Lera con el telón de fondo del universo emocional, en imágenes, del poeta.



miércoles, 23 de febrero de 2011

23 de febrero de 1981: mi memoria de aquella noche

De aquella noche absurda, cruel, que pudo situarnos una vez más en el furgón de cola de la historia y en el pozo de la vergüenza colectiva, han quedado en mi bibliografía dos obras literarias. Una novela, que publicó Planeta, en 1995, en su colección Nueva narrativa, dirigida entonces por Silvia Bastos y Mariona Costa, titulada Una mirada oblicua, y un poema, "1981, veintitrés, febrero", escrito muchos años después y que formó parte de mi libro Donde nunca hubo ángeles (2003). La novela, en cuya portada lucía una maravillosa fotografía del mítico Man Ray, reflejaba el clima de aquellas horas así:

Portada Una mirada oblicua. Planeta, 1995
      "En esta ciudad hubo una noche más fría que las otras. Una noche a la que la memoria se resiste a acudir, que, cuando logro traspasar la membrana que teje el olvido, vuelve como un fantasma de otra ciudad, de otro mundo, de otro tiempo. Sólo han pasado diez años. Aunque ese tiempo ha mellado sus aristas, reconstruir aquellas horas es entrar en un desván sombrío, en el espacio helado donde duerme la memoria de unos años oscuros, donde aún pervive el sabor de los sueños amputados de nuestros padres.
       Sería, aquella noche, el comienzo de una experiencia no del todo explicable que mantengo clavada en esa zona desapacible donde la imaginación y la vida parecen confundirse, donde la realidad se enturbia y hace de nosotros personajes de una doble historia: la que creímos vivir y la que en verdad vivimos. Acaso la que alguna vez soñamos, o nos contaron, y se convirtió, con el tiempo, en propia, intransferible.
      En las calles del atardecer se percibía una detención del aire, ya inminente la noche. Yo salía de una librería próxima a la Gran Vía. En mis manos, una edición de 1958 de No soy Stiller, la desasosegadora novela de Max Frisch que me había recomendado Pablo Cuéllar. Entré en un café cercano a la boca del Metro. Había muy pocos clientes. Tomé asiento en uno de los taburetes junto al mostrador y comencé a hojear el libro de modo desatento. El camarero tenía la radio puesta, un pequeño transistor entre el bosque de botellas de los estantes que, a su espalda, se duplicaban en el espejo. Se oía, en sordina, el rumor del debate parlamentario: a la inexplicada dimisión del presidente Suárez sucedía la investidura, como mal menor, de un Calvo Sotelo especialmente sombrío. Pedí un café. De pronto calló la radio y el camarero, un hombre de mediana edad, de barba cerrada, pelo canoso y gafas telescópicas, cambió la compostura del rostro. Me miró un instante y, al volverse a preparar el café, lo noté nervioso, un temblor en la mano al colocar la taza bajo el grifo de la cafetera.
     —¿Qué ocurre?
     —No lo sé. Se han oído disparos y han dejado de radiar el debate."
Quienes vivimos aquellas horas a una edad en al que teníamos conciencia de la realidad, nunca las olvidaremos. Como en el asesinato de Kennedy, o en el 11-S o en el 11-M, muchas veces nos han preguntado dónde estábamos y qué hacíamos en tal momento. Yo lo viví en la sede de un partido político, del partido que era uno de los objetivos esenciales en la ofensiva golpista: el PCE. Recuerdo la radio y el momento en que se interrumpió la retransmisión del pleno del Congreso, la voz titubeante del locutor, los disparos, el "quieto todo el mundo" y recuerdo, ante todo, cómo en la boca del estómago se agolparon todos los miedos, todas las pesadillas que en los meses precedentes, al hilo de cada atentado de ETA, había ido acumulando. Sí, porque ETA en aquellos años (nunca ha dejado de serlo, todo hay que decirlo) fue una de las grandes excusas para todo género de antidemócratas. Éramos muy jóvenes y casi desde la adolescencia nuestra vida, mi vida, había estado vinculada a la lucha por la democracia. Hubo una reunión de urgencia, establecimos un germen de estructura clandestina y nos citamos para un par de horas después, en grupos de tres, en distintas zonas de Madrid para valorar cómo evolucionaba la situación.

El miedo. Sí, tuve miedo. Mientras caminaba hacia casa para contactar con la familia antes de acudir a la reunión que me había tocado, pensaba en mi padre, pensaba en Argentina, en Chile, en Uruguay, en su dictaduras, en las vidas segadas, en Víctor Jara, en Salvador Allende,  pensaba en cómo el mundo que apenas habíamos comenzado a construir con la Constitución de 1978 podía ser derribada por los golpistas. Recuerdo el silencio en los bares que se mantenían abiertos, la imagen de los cafés cerrados, autobuses vacíos y detenidos con las puertas abiertas como bocas asombradas, un viento frío y afilado llegando de la sierra. Creo que me dirigí a casa en Metro aunque no puedo recordarlo con precisión. En casa, estaba E. y acababa de llegar Diego Jesús Jiménez, el poeta, que quería sentirse acompañado y pedirme orientación sobre lo que debería hacer, esconderse o exiliarse era la gran duda. Después, no recuerdo cómo ni hacia donde, Diego Jesús se fue, nos quedamos solos y después fuimos a casa de los padres de E., en la UVA de Hortaleza, a donde me dirigí después de recoger documentación comprometedora, folletos sindicales, algún documento sobre la cultura en los barrios que habíamos comenzado a debatir en el distrito. Estuve algo más de media hora en la casa paterna de E. Intenté tranquilizar a su padre, cuya mente se veía invadida por los viejos fantasmas de la guerra, por todos los miedos apenas contenidos en los años iniciales de aquella precaria transición. E. y yo . nos despedimos: yo a mi cita de seguridad en (hoy puedo decirlo) en el bar El Brillante, en la glorieta de Atocha, ella a la sede del PCE en Hortaleza, a esperar instrucciones, a preparar la edición, en una precaria multicopista offset, del manifiesto que convocaba dos horas de huelga general para el día siguiente.

Vuelve a mí, ahora, la minireunión, una hora después, en El Brillante de Atocha. Éramos tres héroes que esperábamos instrucciones y claridad sobre lo que ocurría, y noticias de otras regiones militares (los tanques ocupaban las calles de Valencia, la noche en la ciudad del Turia era más oscura que la de cualquier otra ciudad de España). Allí, en la televisión, mientras comíamos nuestro bocadillo de calamares, escuchamos un comunicado de la Junta de Jefes de Estado Mayor que habría de ser el preámbulo de la aparición, una hora más tarde, del Rey. Acataban la Cosntitución, pero nada estaba claro mientras el Rey no apareciera. Decidimos abandonar el bar y caminar paseo del Prado arriba, hacia la plaza de las Cortes, acercarnos al núcleo del desastre, de la desolación. Avanzamos entre gentes desconocidas conscientes de que entre ellas podían ocultarse miembros de la extrema derecha, guerrilleros de cristo rey, pistoleros que esperaban instrucciones o la llegada de la Acorazada Brunete. También había viejos republicanos iracundos y silenciosos, mujeres desoladas, jóvenes acobardados, policías, muchos policías, muchos jeeps, allí estaba la buena gente de Madrid con el transitor al oído. Había llantos silenciosos, y retinas asustadas y asombradas, y rostros huidizos, y hombres cabizbajos: había obreros, gente que había llegado hasta las cercanías del Congreso desde los barrios extremos que habían hecho de la movilización ciudadana, años antes, una pieza esencial de la democracia....  Cuando dejamos el Congreso, subimos hacia la Puerta del Sol por las estrechas calles traseras a la Carrera de San Jerónimo, más tarde hacia la Plaza Mayor: recuerdo cómo, bajo los soportales, nos encontramos con un centenar de hombres y muejres disfrazados: formaban parte de un cortejo de Carnaval, recordé que aquella noche se habían iniciado, en muchos barrios, las celebraciones carnavalescas. Y pensé que aquellos disfraces, a poco más de doscientos metros del centro neurálgico de un golpe de estado, tenían mucho de valleinclanesco. Y pensé que la España eterna volvía a castigarnos. Que los esperpentos de Valle Inclán eran algo más que pura ficción.

Después, regresamos a la sede. Allí supe de amigos que habían buscado refugio en algún lugar de la sierra, en casas de verano de familiares próximos o remotos. Supe de otros que habían decidido dormir en habitaciones desconocidas. Allí vimos al Rey por televisión, allí fuimos advirtiendo cómo, poco a poco, la sombra del golpe se diluía. Pero yo no me deshice del miedo. Ni del miedo de mis padres. Ni del de quienes, coetáneos a ellos, habían vivido en plena madurez el tiempo de silencio que fue la dictadura. Recuerdo que, cuando la madrugada comenzaba a asomar sobre los tejados que circundaban la calle madrileña de Campomanes, casi vencido por el sueño, escribí algunas notas. Aquellas notas darían lugar, diez o quince años después, a un poema y, casi en paralelo, a una novela. La novela en la que aquella sombra, como una advertencia del pasado, flota y amenaza para siempre: Una mirada oblicua.

Volví a casa a media mañana. Los diputados habían sido liberados, comenzaban a producirse las primeras detenciones de generales y otros oficiales golpistas, los representantes de los partidos se reunían con el Rey y con Calvo Sotelo, presidente de facto, pero yo no podía quitarme de encima un miedo que se prolongó durante años. Durante muchos años. A pesar de la multitudinaria, casi irrepetible (sólo se repitió, tras los atentados terroristas del 11-M, veintitrés años después) manifestación que llenó las calles de Madrid, comenzando por el Paseo del Prado, que así evocaría en mi novela:
"En Madrid hubo una noche extrañamente luminosa. La noche de la respiración. La que negaba el olor a cuero y a sudor  cuartelario. Fue cuatro días después del  golpe. Las calles del centro se llenaron con el silencio de una multitud consciente de haber atravesado el túnel y salvado el precipicio. Habían acudido desde los más remotos lugares de Madrid, desde los pueblos más alejados de la capital, desde los barrios inhóspitos del otro lado del Manzanares, desde los barrios residenciales del norte, desde las zonas donde vive la industria, hasta convertir el Paseo del Prado, y Recoletos, y la plaza de Cibeles, y las calles limítrofes con la arteria central de la ciudad, el espacio donde sentirse vivos".
Pocos días después (¿o quizá algunos meses?), Joan Manuel Serrat presentó en Madrid un disco: En tránsito. E. y yo estuvimos en el concierto. Creo que fue en el Alcalá Palace. Creo que nos emocionamos ante algunas de sus canciones. Creo que lloré. De emoción, de miedo, de alegría también.  De aquel disco, la canción "A quien corresponda", un alegato contra todo autoritarismo. Tenía 29 años y de ellos sólo había vivido tres en democracia.



  

martes, 15 de febrero de 2011

Noticia y memoria de Claraboya para poetas y lectores del siglo XXI


Fierro, Mateo Díez, Agustín Delgado y José Antonio Llamas
Husmeando en la librería de casa, me he reencontrado con un libro de Juan José Lanz de un valor incuestionable para el conocimiento de la poesía española del siglo XX. Es un ensayo extenso, riguroso, lleno de sugerencias y de descubrimientos, sobre una de las revistas poéticas de mayor calado de la España de los años sesenta del pasado siglo. Su título: La revista Claraboya (1963-1968): un episodio fundamental en la renovación poética de los años sesenta. ¿A alguien le suena, hoy, al comienzo de la segunda década del siglo XXI, Claraboya? Seguro que a muy pocos. Y, de esos pocos, probablemente la mayoría sean poetas, críticos y "compañeros de viaje" del proyecto. La revista nació en León, en 1963, años oscuros bajo la dictadura en los que, pese a todo y contra todo riesgo, unos cuantos poetas se conjuraron para renovar la poesía que se escribía en España. Luis Mateo Díez (sí, el novelista), Agustín Delgado, Ángel Fierro y José Antonio Llamas pusieron en marcha un proyecto que se materializaría en una publicación que duraría seis años y con la que contribuirían, de una manera relevante, a dar nuevos aires a nuestra poesía.

Juan José Lanz, autor del
ensayo sobre la revista Claraboya 
Cuesta trabajo imaginar a estos poetas con poco más de veinte años y empeñados, en medio de la noche franquista, en abrir paso a un proyecto literario alternativo. Un proyecto que se traduciría en una revista que abrió caminos. Leyendo el libro de Juan José Lanz, un riguroso recorrido por el contenido de los 19 números que aparecieron entre octubre de 1963 y febrero de 1968, uno va de sorpresa en sorpresa. En las páginas de Claraboya habitó la vanguardia, una vanguardia que eludía el puro esteticismo para hacerse comprometida y crítica. Habitó, también el realismo más directo y la poesía social más conocida, con Gabriel Celaya como su más emblemático representante. Habitó cierto culturalismo: poemas de Pere Gimferrer, de Guillermo Carnero, de Marcos Ricardo Barnatán, fueron anuncio de lo que en pocos años sería la antología Nueve novísimos, de Josep Maria Castellet. Y, sobre todo, estuvo profundamente comprometida con los nuevos nombres. He podido comprobar que en Claraboya se publicaron algunos de los primeros poemas de Manuel Vázquez Montalbán, poemas que formarían parte de su libro iniciático, Una educación sentimental, entre ellos el titulado "Conchita Piquer", aparecieron poemas de Diego Jesús Jiménez -colaboró en varios números- que alimentarían su libro Coro de ánimas (1968) y, de manera muy especial, un espléndido poema que nunca publicaría en libro (y que es imprescindible rescatar), un poema sin título que he leído por vez primera en el libro de Lanz y cuyo comienzo invita e incita: "Ahora estamos los dos / pensando inútilmente cómo termina el mundo: / lo mismo que un amor sobre nuestras cabezas". Juan Luis Panero, José Miguel Ullán, José María Guelbenzu (sí, el narrador),  José Batlló, Vicente Aleixandre, Antonio Gamoneda, Joaquín Marco, Carlos Álvarez,  Jósé Elías, Claudio Rodríguez... En Claraboya está el tránsito, el anticipo de la renovación de los años 70, el marxismo reelaborado y transformado en poesía que sería excluido de la historia oficial de nuestra poesía (o relegado a una zona poco visible, medio clandestina) en los años posteriores. Sin embargo, allí aparecieron las primeras críticas a libros que dejarían la impronta en la historia de nuestra literatura: a Arde el mar, de Gimferrer, a La ciudad, de D. J. Jiménez, a Las piedras y a Música amenazada, de Félix Grande, a Desolación de la quimera, de Luis Cernuda, a la mítica y hoy inencontrable Poesía última, de Francisco Ribes. 

Pero el aliento modernizador de Claraboya, cuyos cuatro poetas fundadores, constituidos en Equipo Claraboya proclamarían, dos años después del cierre de la revista, en 1970, su apuesta por una poesía dialéctica en la que la preocupación estética y el experimento lingüístico no se desentendieran de la realidad, no se acaba en los citados nombres. En sus páginas hay traducciones de textos de poetas no hispanos de una solidez incuestionable, con una enorme proyección en Europa y en Estados Unidos. El turco Nazim Hikmet (traducido, por cierto, por Gamoneda),  los poetas de la beat generation (a la que se dedica un monográfico) como Allen Ginsberg, Jack Kerouac, Gregory Corso, Ferlinghetti, la nueva poesía gallega, la poesía cubana de aquellos años....  A las jóvenes generaciones, a los poetas que hoy deambulan por los corredores virtuales en los que la poesía se hace, se intercambia, se renueva y, a la vez, vuelve a tradiciones perdidas, a los poetas de facebook, de twitter y de las redes sociales,  les recomiendo bucear en este libro de Juan José Lanz, visitar el mundo que alienta en la revista Claraboya, mundo del que Lanz incorpora a su libro una muestra extensa, más que significativa, de poemas, de reflexiones, de alusiones bibliográficas. En el fondo, Claraboya fue el espejo de una etapa poética mucho más compleja de lo que ha establecido la historia oficial. Un tiempo joven bajo la dictadura. Un tiempo en el que, contra el miedo, Llamas, Mateo Díez, Fierro y Delgado crearon la casa de todas las rupturas y todas las iluminaciones. Poéticas, por supuesto.

Como muestra del aire de época que se respiraba en la revista, reproduzco este poema de José Elías, publicado en su número 9 (de 1965): 
TIEMPO DE UNIVERSIDAD

Una vez he visto el Acorazado Potemkin.
Hacía calor en la sala y era penoso
darse cuenta de tanto entusiasmo en los estudiantes.
Aunque tampoco en un cine de barrio sería cómodo.
Una vez más esta tarde habrá jaleo
con pocos universitarios y menos obreros
de los esperados. Hace sol esta tarde, pálido,
y una vez más me he sentado en un banco
por hablar unos minutos con Ana,
Ana por supuesto que no sabe hacerme olvidar.
Mañana con el mismo gesto laso volveré a las aulas
o escucharé música o iré al Pastís
a beber y a sentirme apaciblemente decadente.
Una vez más pensaré en playas o revoluciones
hasta que se haga de noche e incluso la pipa
se quede dormida y entonces desesperadamente
me aferré al silencio, esperando algo.
Sonreiría indulgente si todo esto fueran recuerdos.

martes, 1 de febrero de 2011

La radio, mis viejos sueños y la literatura

Mi infancia transcurrió con las múltiples sintonías de la radio como música de fondo. La radio era un mundo mágico, que llegaba al comedor de mi casa del madrileño barrio de la Alegría, aquel amasijo de casas bajas, hoy desaparecido, sobre el que se edificaron las nuevas viviendas sociales frente al barrio de la Concepción y que asoma en dos de mis novelas más urbanas, El lento adiós de los tranvías -1992- y Los días de Eisenhower -2002-. Era la música y la voz que nos llegaba a través de la extraña ventana de un viejo aparato Telefunken con teclas de un plástico de color hueso parecido a las tapas del misal de la Primera Comunión. Era el territorio de los sueños, el lugar de los cuentos, de los concursos, de los anuncios más extraños y del legendario "parte" informativo y único.

Después sería la acompañante de las tardes del domingo junto a la quiniela y al coñac Veterano que mediaba la copa que solía beber mi padre y, algo más tarde, la caja de resonancia de la transición política o la voz no dominada de la noche del 23-F. Esa radio, a la que fui queriendo sin darme cuenta como un familiar cercano y necesario fue la que comencé a descubrir, no como periodista sino como escritor, a finales de los años ochenta cuando me invitaban a hablar de mi poesía o a contar la peripecia de los personajes de algunas de mis novelas.

En el verano de 2004 tuve la fortuna de ser nombrado directivo de RTVE. En concreto, director de relaciones institucionales, un cargo no vinculado con el periodismo, pero que me permitió husmear en el microcosmos, al que yo había accedido de manera puntual y arrobado en otros años, en el que se fabricaba cuanto acaba asomando a través de las ondas para colarse en la vida cotidiana de millones de personas. Me parecía mentira poder recorrer, "como Pedro por su casa", los pasillos de RNE donde asomaban despachos y estudios en los que se celebraba la voz, visitar, a deshora, el hall con la exposición permanente de los rostros y los ambientes que hicieron la historia de la radio pública española, charlar de tú a tú o participar en reuniones con los propietarios de las voces que tanto me fascinaban (Julio César Iglesias, Beatriz Pécker, Javier Lostalé, Manolo HH, Juan Manuel Gozalo,...) en mi condición de oyente. Viví largas conversaciones con Arrate San Martín y Juan Carlos Soriano, los dioses que sucedieron, en El Ojo Crítico, a Paz Ramos (inolvidable, querida Paz, la entrevista que me preparaste, con grabaciones de época como fondo, a propósito de la aparición de Los días de Eisenhower), paseos por los jardines de Prado del Rey con el dueño de una voz de los informativos, Luis Carlos Ramírez, entonces director de programas, o con Javier Arenas, director de RNE, o mis charlas con Pedro Meyer y, sobre todo, al final de la jornada, viví momentos de regocijo íntimo y callado deambulando, solo, por los inmensos pasillos de una Casa de la Radio semivacía, asomándome a las dependencias de Radio Clásica, o de Radio 5 Todo Noticias, o de la irreverente, siempre sesentayochista e insumisa, Radio 3 (por la que mi hijo veinteañero siente hoy auténtica devoción). 

Javier Lostalé, símbolo de la fusión de radio y poesía
Con mas cincuenta años cumplidos, yo era el tímido muchacho para el que la radio era el colmo de su mitología. Era el devoto de las voces irrepetibles trocado en directivo de aquellos gigantes de mi imaginación. Me parecía mentira compartir mesa y diálogo con ellos, sentirlos a mi lado, ser considerado un igual. Sé que algunos pensarán que estas meditaciones tienen algo de paletería, pero no me importa: la suma de sensaciones que la radio (sobre todo Radio Nacional) concita en mí desde hace ya muchos años tiene algo de irracional. Y, aunque parezca contradictorio, también de explicable: es la radio que ha acogido a la cultura, que garantiza música clásica las 24 horas del día, que pone en antena programas que cualquier cadena privada excluiría por ruinosos: El Ojo Crítico, La estación azul, El séptimo vicio, Carne cruda, Juego de espejos, Documentos RNE.

Javier Lostalé e Ignacio Elguero, Luis Suñén, José Ramón Ripoll y Pepe Infante, antes Gerardo Diego y José Hierro... Poetas periodistas y periodistas poetas que ayudaron a que miles de poetas encontraran voz en sus micrófonos, gracias a los cuales músicos de toda índole y condición han podido estrenar su música, el folk y la música popular han tenido cobijo (¿cómo olvidar el programa Trébede, de Radio 3?) en sus estudios y, en general, la cultura ha tenido y tiene un espacio privilegiado, amplio, vacunado contra el desaliento y contra los intentos de algunos gobiernos de reducirlo.  Los premios Ojo Crítico son la evidencia más rotunda de esa apuesta.
No me duelen prendas en confesar que es una de mis frustraciones. Me hubiera gustado dirigir alguno de esos programas culturales y "eternos" de la radio pública (incluso presenté uno, de título ajeno e invitador, Para leerte mejor, al director de RNE, sin que pasara de mero proyecto). Me hubiera gustado, en fin, haber sido inquilino, de hecho y de derecho, de sus pasillos y cabinas, haber contribuido, desde sus micrófonos, a extender el amor a la literatura, a la poesía, a la cultura en general entre sus cientos de miles de oyentes. Y, sobre todo, haber convivido, acompañado de mis libros y de mis devociones literarias, con los dueños de las voces mitificadas desde el otro lado de la barrera.

Cierto que vivo esa experiencia parcialmente. Cuando acudo a grabar mis reseñas de ensayo para El Ojo Crítico; cuando voy a leer poemas a La estación azul o cuando, por alguna circunstancia puntural, me llaman para hablar de alguno de mis libros o de los libros ajenos. De un modo parecido a como la viví en los tiempos en que compartí un pequeño espacio en las madrugadas de La noche menos pensada junto a Manolo HH, Óscar López, Carmen Hernández y a Ángel Gabilondo (recuerdo mis regresos a casa, a las cuatro de la madrugada, por una M-40 solitaria y fantasmal), o, en los años finales de los noventa, cuando Paco Solano, Ángel García Galiano y yo construimos, en una emisora privada, Europa FM, el efímero sueño de Libromanía. 

Estas son mis historias de la radio. Las historias de una radio íntima, querida, parte esencial de mi memoria personal, de la memoria colectiva y de un presente incrustado ya en la segunda década del siglo XXI.





viernes, 28 de enero de 2011

La elegía de Mary Jo Bang, el gran poema de 2010

Mary Jo Bang nació en 1946. Por fecha de nacimiento es coetánea a nuestros poetas de la llamada generación del 68. Tuvo 20 años cuando los estudiantes de Berckeley, al amparo de las reflexiones de Marcuse y, más allá, de los filósofos de la Escuela de Frankfurt, se movilizaron por los derechos civiles. Tenía 22 cuando asesinaron a Martin Lutero King y vivió, en plena juventud no sólo los movimientos masivos contra la guerra del Vietnam, sino la irrupción de los más diversas corrientes estéticas en todos los campos de la actividad artística en tiempos de contracultura, de rebelión colectiva, de búsqueda de nuevos horizontes de libertad y de realización personal. Mary Jo Bang nació en Waynesville, una pequeña localidad de Missouri, y, como tantos otros miembros de su generación, vivió las grandes conmociones de un siglo XX especialmente cruel.  En enero de 1967, a los veintiún años, Mary Jo  Bang tuvo un hijo. Un hijo que creció mientras el siglo XX avanzaba hacia su final.  Un hijo en el que depositó sueños, ilusiones, caricias, esperanzas, el imaginario de un mundo distinto. Para él y para quienes lo acompañaran. Un hijo al que amaba intensamente en el comienzo del siglo XXI mientras veía cómo lentamente se iba deslizando, sin que ella lo pudiera evitar, hacia el abismo. El hijo murió un día de junio de 2004 por sobredosis, probablemente de heroína. Mari Jo Bang, hasta ese día, había escrito cuatro libros de poemas. Su trabajo lírico lo combinaba con sus clases de inglés y con la dirección del programa de Escritura Creativa  de Washington University. Mary Jo Bang se asomó al abismo ante el vacío y ante el hijo muerto. Y poco después, comenzó a escribir los poemas de Elegía, libro que se publicó en Estados Unidos en 2007, que obtuvo el Premio de la Crítica de su país y que, en 2010, con traducción y prólogo de Jaime Priede, publicó Bartleby Editores en la colección que tengo el honor de dirigir.

Elegía es, a mi juicio, uno de los libros más perturbador, emotivo y profundo de cuantos se han publicado en España en 2010. Mary Jo Bang lo escribió en el agujero de un drama íntimo de proporciones incalculables. Los poemas se enlazan unos con otros para hablarnos del pasado del hijo, de los momentos vividos a su lado por la poeta, de lo que pudo hacer y no hizo para evitar su trágico final. La culpa, el amor astillado, los deseos rotos, la infancia como paraíso ajeno a las tragedias, los objetos del hijo, la indagación en la raíz (frágil, enormemente inestable) de aquellos momentos en que pudo no estar a su lado, no darse cuenta de alguna desatención, las fotografías de una felicidad perdida, la conciencia no menos astillada de haber fracasado como madre. Sólo en en el fondo del dolor, en el núcleo de todas las dudas existenciales es posible escribir: "Amnesia nocturna. / El sueño se convierte / en dibujo animado y lentejuela de menta".

Muy pocas veces he sentido, ante un poema, la necesidad de llorar, de dejar (los hombres no lloran, me decían en casa cuando era niño) que los sentimientos afloren de una manera líquida y silenciosa ante la capacidad del lenguaje para tocarnos esos lugares recónditos de nuestro cerebro donde se alojan la emociones más hondas e inesperadas. Así ha sido esta noche al releer el poema "Fuiste eres elegía". Os transcribo un fragmento:
Eras. Eres
en mayo. Mayo mirando
hacia junio que llega.
Así es como mido
el año. Todo Fue Culpa Mía
es el título de la canción
que he estado cantando.
Incluso cuando me pedías calma.
No he tenido calma alguna,
he estado llorando. Creo que tú
me has perdonado. Todavía me pones
la mano en el hombro
cuando lloro.
Gracias por eso.
Es una poesía directa que, sin embargo, no desdeña la metáfora ni la comparación,  que combina momentos de alta tensión lírica con acercamientos en apariencia objetivos a lo cotidiano, que tantea con sutileza los fantasmas de la memoria más remota a la vez que recobra los más duros momentos de la días últimos y penúltimos del hijo. Es una poesía de las emociones --que, a la vez, indaga en el lenguaje, encabalga versos, despliega imágenes imprevistas-- que no pocas veces es tratada con desdén por quienes, desde la trinchera crítica o desde la poesía no coincidente, consideran ajena al poema toda emoción que no sea puramente estética. ¿Poesía de la experiencia en versión norteamericana? No exactamente. Más bien poesía de la existencia. Una poesía que conmueve y perturba que forma parte de una tradición muy asentada en la poesía anglosajona (sobre todo de USA) contemporánea. Se trata de la poesía que habla de las relaciones entre padres e hijos, del taller de escritura del poeta, de los amigos del fin de semana, de la soledad de padres que intentan prolongarse en el hijo yendo de pesca o paseando por la montaña, de mujeres abandonadas o perdidas en el desamor, de lecturas fuera del canon, de vagabundos hundidos en el alcohol o en la soledad más completa. Es la poesía de la otra América. De una América que vive en Nueva York o en Chicago. Pero que, sobre todo, desarrolla su vida cotidiana en pequeñas ciudades de Missouri ( como la Waynesville de Mary Jo Bang) o Montana, de Kansas o Dakota.

miércoles, 19 de enero de 2011

Cabaña abandonada

Hace tres años publiqué, en editorial Gadir, un libro al que tengo un afecto muy especial y del que ha hablado poco en este espacio. Su título, Por la sierra del agua. Es un libro de viajes por esos montes, perdidos en el vértice norte de Madrid, que se extienden a un lado y otro del río Lozoya y que la inmensa mayoría de los madrileños (y la aún más inmensa mayoría de no madrileños) desconoce. En ese libro, algo parecido a un cuaderno de caminante, cuento mi experiencia ante una cabaña abandonada. La cabaña es la que podéis ver en las fotografías y se encuentra (todavía es posible verla desde la carretera, y visitarla, y husmear en ella) cerca de la carretera que une Pinilla de Buitrago con San Mamés, no lejos de la vieja vía del ferrocarril directo Madrid-Burgos, hoy inútil y cesante. Es una construcción extraña, hasta cierto punto desconcertante, que parece hablar de una realidad abandonada, de alguien que hace muchos años soñó un proyecto que se encarnaba en ella y por alguna razón desconocida, renunció a él.

Visión de la fachada este, con chimenea al fondo

¿No os habéis fijado, cuando viajáis por carreteras secundarias, en la presencia de algunas edificaciones en medio del bosque, o al final de una llanura, o surgiendo de unos huertos abandonados? Edificaciones en ruinas, arquitecturas precarias que, aunque nos parezca mentira, tienen un pasado. Al cruzar, por la carretera, ante la que motiva esta entrada (lo que hago con frecuencia, sobre todo los fines de semana), siempre me pregunto por su origen. ¿Fue el sueño de un grupo de adolescentes que pasaban los veranos en Pinilla o San Mamés y un buen día decidieron construir la casa de sus aventuras imaginarias? ¿Nació de la necesidad de un mendigo que buscó con ello una forma de guarecerse y de tener un hogar por precario que fuera? ¿Era el chamizo de un pequeño agricultor residente en el pueblo al que le gustaba refugiarse, en los días de recolección, en la cabaña? El hecho de que tenga pozo (un pozo tradicional, con brocal y todo y con paredes de piedra) y un pequeño patio fácilmente vulnerable por curiosos como yo abona esta última posibilidad. Pero si es así, ¿por qué lleva décadas abandonada?


Esa suma de preguntas, sólo posibles en mentes un poco maniáticas como la mía, me llevó, un buen día de hace diez años, a saltar el frágil muro de piedra que rodea lo que alguna vez fuera fue jardín o huerto. Lo hice guiado a medias por la curiosidad y a medias por las demandas que me planteaba la redacción de mi libro viajero. Recorrí el jardín, me asomé al interior de la cabaña, dediqué algunos minutos a recapacitar sobre cuanto vi en su interior. Y, al final, decidí incorporar aquella experienica en los dos fragmentos que can comienzo al capítulo 4 de la primera parte. Abajo podéis leer el resultado. O en el libro. Of course. 

El pozo al fondo, visto desde el "porche" de la cabaña
Fragmentos alusivos a la cabaña en Por la sierra del agua:
 "En un recodo del camino hacia San Mamés, había una cabaña de troncos con aspecto de llevar abandonada mucho tiempo. Me detuve a husmear en su interior y en sus alrededores. Su situación, a la salida de una curva, me obligó a distanciarme en busca de un lugar seguro donde dejar el coche, a la derecha de la calzada. Después, me acerqué caminando a aquel amasijo de troncos que parecía testimoniar una vieja y rota quimera. Pensé en la infancia, en los sueños aventureros de Tom Sawyer, o en las hazañas adolescentes de Guillermo Brown mientras, con un fondo de prevención, saltaba un muro de planchas de arenisca y de pizarra —en medio, crecía un fresno de tronco retorcido— y accedía a una especie de jardín abandonado en el que crecían, sin orden, la hierba, el cardo, la zarzamora y el endrino. El tejado de uralita y la embocadura, construida con un cemento oscuro, de una chimenea, rompían la uniformidad de una fachada hecha de troncos descoloridos, tan grises como el aire de aquella mañana. En algunas zonas de la fachada, las que daban al norte, crecía la yedra como un desafío al invierno, y en uno de los laterales, una puerta a medio abrir mostraba las tripas de lo que parecía un trastero. En su interior, descansaba una oxidada bicicleta de color rosa. Ante la visión de aquel utensilio abandonado, sentí un extraño vértigo: la choza, o cabaña, dejaba de ser un ente inanimado para cobrar vida: tenía memoria. Abrí ligeramente la puerta de aquel trastero y descubrí, al pie de la bicicleta, picaportes oxidados, un infiernillo, una pequeña escalera metálica, restos de periódicos, hojas podridas, un rollo de alambre también oxidado. Todos aquellos objetos eran el testimonio de una vida. Quizá de la vida de un soñador o de un náufrago, de un aventurero a contracorriente. Cuando decidí rodear la cabaña en busca de la puerta, el vértigo inicial se transformó en miedo. La absurda idea de que allí, en aquel habitáculo perdido de la mano de Dios, abandonado entre zarzas, podían estar los restos de su dueño, me llevó a proceder con cautela.
"Como era previsible, cuando me asomé a la puerta que, como una enorme boca, parecía aguardarme bajo un porche desgalichado, comprobé la soledad absoluta del lugar. Adentro podía verse un pequeño salón, con una chimenea ennegrecida al fondo, un sofá destripado, un colchón tirado en el suelo, con los muelles al aire como gusanos de óxido, un frigorífico ennegrecido y cerrado —decidí no abrirlo— y una ventana cegada y con cortinas de flores y polvo y, como una excrecencia de aquel escenario de lo abolido, un carro metálico. Sí: un carro metálico de los que proliferan en los hipermercados.
"Me bastó aquel examen visual para no proseguir la indagación. Me alejé del chamizo y caminé algunos metros hacia el extremo opuesto del jardín. Respiré hondo un silencio que, al poco, quebró el traqueteo lejano del motor de un camión. En el centro del jardín, se levantaba un pozo de piedra con un brocal de hierro forjado cuya boca estaba cegada por una enorme plancha metálica pintada a medias de verde a medias de herrumbre. Hubiera deseado encontrar a algún lugareño, o vecino de Pinilla, o de San Mamés, que conociera la historia de aquel lugar proscrito, el trasfondo de la suma de sueños destruidos que simbolizaba la choza abandonada."

Viaje por la mala conciencia: LOS FILOS DE LA NOCHE, una novela reescrita. Una nueva novela.

En breve, Los filos de la noche, mi segunda novela, estará otra vez en librerías. Oculta desde hace muchos años, ha vuelto entre nosotros c...