martes, 5 de abril de 2011

Mi devoción por Alcalá de Henares y tres jóvenes escritores de América

Llevo conmigo, desde hace muchos años, una querencia especial hacia ese pueblo grande, situado en el llamado corredor del Henares, en el que el tiempo parece detenido. Alcalá es el recuerdo remoto de antiguas visitas a su notaría a principios de los años setenta para resolver un asunto familiar. Fue lugar de una excursión de fin de semana, cuando mi hija era muy pequeña, a la Casa Museo de Cervantes. Era, todavía, una ciudad lastrada por el desarrollismo del franquismo último, la ciudad dormitorio asociada a los grandes atascos y con un centro urbano deteriorado, con usos muy precarios. Pero Alcalá de Henares cobró una dimensión nueva, acogedora, cálida a principios del nuevo siglo, quizá en 2002, o en 2003, cuando acudí a la biblioteca municipal a debatir con lectores sobre mi novela Los días de Eisenhower.

Calle Mayor recién regada en el amanecer
La ciudad había asumido una vitalidad inédita. Los años de ayuntamiento democrático, de izquierdas, habían permitido la recuperación de su patrimonio histórico, la gestión de Arsenio (Curro) López Huerta, el primer alcalde tras la llegada de la democracia, había convertido la vieja ciudad en un lugar de encuentro en el que la cultura y la educación, con la Universidad como foco y referente, habían atenuado notablemente aquella calidad de ciudad dormitorio que le adjudicó el planeamiento especulativo del franquismo. La vi y la viví durante aquellas horas de una tarde invernal como una capital de provincias en el mejor sentido de la denominación. Me recordaba horas gozadas paseando por Burgo de Osma, o por Soria o Segovia... A poco más de treinta kilómetros de Madrid, pensaba mientras caminaba bajo los soportales de su Calle Mayor, me encuentro en medio de una ciudad apacible, a la medida del hombre, con viejos soportales, edificios recuperados, librerías hospitalarias.
Instituto Cervantes
Pero cuando empecé a vivirla y a disfrutarla de verdad fue a partir de mi llegada al Instituto Cervantes en 2007. Cierto que su sede madrileña, en la antigua oficina del histórico Banco del Río de la Plata, es un espacio atractivo, cargado de historia, con un emplazamiento envidiable al lado de Cibeles. Pero, al poco tiempo de asumir mi responsabilidad en el Instituto, quise visitar su sede en Alcalá. Recuerdo que lo hice una mañana de finales de junio, que me desplacé en el tren de cercanías y que mis anfitriones fueron Jorge Urrutia, entonces director académico del Cervantes, y Elena Verdía, entonces técnico del departamento de de formación de profesores (creo). La sede, con su viejo claustro, con su arquitectura heredera del barroco, me cautivó. Y me cautivó, sobre todo, la ciudad: salimos a tomar un café a alguno de los viejos bares próximos a la Calle Mayor y puede respirar el ambiente de un casco urbano municipal y alegre, como la representación más acabada de las ciudades ancladas en el tiempo que nos describía el maestro Azorín, una ciudad en la que se podía llegar a cualquier parte caminando, de servicios accesibles y próximos, una ciudad de pastelerías y viejos cafés, de librerías y colmados, de comercios de telas y de droguerías, una ciudad de las que cada vez quedan menos. Después, volví muchas veces. Algunas, con motivo de la apertura de exposiciones del Cervantes; otras, para celebrar reuniones en la sede. Pero las que más disfruté fueron aquellas en las que mi relación con Alcalá se establecía en mi condición de escritor: a leer poemas en alguna de sus librerías, a un jurado del premio de novela Ciudad de Alcalá, a escenificar, con Olvido García Valdés, una lectura de poemas intercambiados en el Corral de Comedias, o al estreno, en la misma (y maravillosa) sala de una obra de teatro basada en al poesía de Manolo Vázquez Montalbán cuyo título ahora no recuerdo. O las irrepetibles jornadas (aquí coincidía mi condición de escritor con la de directivo del Cervantes) que en Abril impulsaban Pepa Toro, entonces vicerrectora de la Universidad, Jesús Cañete y Fernando Fernández Lanza con el título Festival de la Palabra, auténtica  celebración de nuestra lengua, de nuestros creadores, de nuestros pensadores y poetas. O mi experiencia, de la mano de Julia Barella, en un taller de literatura con alumnos adultos, fuera de la enseñanza reglada, de la Facultad de Filología. Alcalá envolvente, Alcalá poema, Alcalá amiga, que se convertía en solmenidad y cercanía a la vez el 23 de abril con la entrega del Premio Cervantes en el Paraninfo de la Universidad y con el encuentro --el más importante regalo, junto con la convivencia con sus trabajadores y colaboradores, que me concedió el Cervantes-- con algunos de los premiados: Juan Gelman, Juan Marsé y José Emilio Pacheco, dos poetas sudamericanos y un novelista español y catalán. Si la felicidad existe, una parte de ella la he vivido, sin ninguna duda, en Alcalá de Henares.  Francisco Peña, poeta y profesor, sonetista implacable, Javier, el propietario de la librería Cervantes, ambos animadores culturales y sabios en su convivencia con la literatura, y tantos otros amigos y enamorados de la pequeña ciudad, han sido (son) también figuras de ese paisaje poliédrico y manejable a la vez al que de cuando en cuando vuelvo.
 
De esa realidad, que yo he vivido en mi actividad pública con una devoción tan inocente como apasionada, nos dan noticia tres jóvenes escritores latinoamericanos en el libro Crónicas de oreja de vaca. Son Andrea Jeftanovic, chilena, Giovanna Rivero, boliviana, y Juan Terranova, argentino. Tres escritores que disfrutaron de una beca en el verano de 2008 con estancia en Alcalá de Henares y con la condición de que tendrían que escribir de su experiencia en aquellos días. La ciudad cotidiana, el Alcalá más próximo y profundo, el Festival de la Palabra, la cercanía de un Juan Marsé premiado y tímido, los viajes en el tren de cercanías, la noche en la ciudad, la vida en la residencia universitaria, ese mundo que yo viví desde mi condición de escritor español y, a la vez, de directivo del Cervantes, ellos lo vivieron como deslumbrados aprendices en la tierra del autor de El Quijote, como viajeros de incógnito desde un mundo menos desarrollado que el nuestro pero conscientes de que Alcalá de Henares algo tenía de las ciudades que leyeron en los clásicos castellanos en su infancia, en su adolescencia o en su primera juventud. Cumplieron lo acordado y escribieron el libro. Un libro hermoso, lleno de cualidades evocadoras, que nos enseña la otra cara de Alcalá, nos da cuenta de tres magníficos escritores hasta ahora desconocidos (o casi desconocidos), y que prologa Juan Cruz con hermosas palabras. De su prólogo rescato un párrafo: "Quiero hablar de jóvenes escritores que estuvieron manchándose en La Mancha de Cervantes durante el penúltimo verano, que fue, casi, el último verano de nuestra juventud".

Pero Alcalá es, para mí, mucho más: es la ciudad de mi soledad, cuando terminados los fastos o concluida una lectura en alguna de sus librerías, paseo por sus calles, contemplo sus escaparates, tomo un café mientras observo, al otro lado de la ventana del bar, el deambular pausado de sus gentes bajo los soportales. Y es la ciudad de algún domingo por la tarde. Una ciudad silenciosa e invernal por la que E. y yo hemos alguna vez caminado después de disfrutar, en la "librería de Javier" de unos canapés y de un puñado de versos del amigo y poeta Javier Lostalé.

Concluyo este post con una invitación a Jesús, a Curro, a Fernando, a Paco Peña, al Ayuntamiento, al Rector de la Universidad, al director académico del Cervantes, Francisco Moreno (a quien tuve la satisfacción de conocer tras una lectura de mi antología Monólogo del entreacto, en el otoño de 2007, creo....) a que recuperen con decisión el Festival de la Palabra, hoy en peligro por la crisis, por la falta de implicación de los responsables culturales del Instituto Cervantes, por la reducción presupuestaria de la Universidad y por la cicatería del Ayuntamiento, a que  luchen por él, lo recuperen y lo fortalezcan y amplíen. Con el objetivo, ¿por qué no?, de que Alcalá sea, por unos días en el mes de Abril de cada año, la ciudad que celebre la lengua de Cervantes, que celebre la literatura de un modo parecido a cómo Córdoba se ha convertido en la gran capital de la poesía celebrando y potenciando el festival Cosmopoética. A ello les invito y animo y me pongo, modestamente, a su disposición para cooperar y para trabajar. Como escritor, como animador de la cultura y como enamorado de la ciudad.

4 comentarios:

Ana Rodríguez Fischer dijo...

Recuerdo gratamente la estancia primaveral en Alcalá, hace dos años, que repetiré en breve. Tomo nota de los escritores y sugerencias. Abrazos!

Manuel Rico dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Manuel Rico dijo...

Espero poder saludarte en Alcalá de Henares. Es una ciudad tan acogedora y hospitalaria que cualquier excusa es buena para viajar a ella desde Madrid. Aunque en este caso, el motivo no no es "cualquier excusa", aclar. Es una oportunidad para volver a la vieja ciudad donde conocí a Marsé...
Aberazos también.

Mariaje López dijo...

Ay... la librería de Javier. Y tantas otras cosas que añoro. Yo viví más de treinta años en Alcalá, hace poco publiqué un post en mi blog sobre el tema. Me resuenan los acordes de lo que cuenta, Don Manuel.
Me dicen que Alcalá decae lentamente, que a los que se les ha encargado cuidarla les interesan otras cosas, como siempre.
Un saludo de una vecina intermitente de sus días alcalaínos.
Mariaje López.