miércoles, 19 de enero de 2011

Cabaña abandonada

Hace tres años publiqué, en editorial Gadir, un libro al que tengo un afecto muy especial y del que ha hablado poco en este espacio. Su título, Por la sierra del agua. Es un libro de viajes por esos montes, perdidos en el vértice norte de Madrid, que se extienden a un lado y otro del río Lozoya y que la inmensa mayoría de los madrileños (y la aún más inmensa mayoría de no madrileños) desconoce. En ese libro, algo parecido a un cuaderno de caminante, cuento mi experiencia ante una cabaña abandonada. La cabaña es la que podéis ver en las fotografías y se encuentra (todavía es posible verla desde la carretera, y visitarla, y husmear en ella) cerca de la carretera que une Pinilla de Buitrago con San Mamés, no lejos de la vieja vía del ferrocarril directo Madrid-Burgos, hoy inútil y cesante. Es una construcción extraña, hasta cierto punto desconcertante, que parece hablar de una realidad abandonada, de alguien que hace muchos años soñó un proyecto que se encarnaba en ella y por alguna razón desconocida, renunció a él.

Visión de la fachada este, con chimenea al fondo

¿No os habéis fijado, cuando viajáis por carreteras secundarias, en la presencia de algunas edificaciones en medio del bosque, o al final de una llanura, o surgiendo de unos huertos abandonados? Edificaciones en ruinas, arquitecturas precarias que, aunque nos parezca mentira, tienen un pasado. Al cruzar, por la carretera, ante la que motiva esta entrada (lo que hago con frecuencia, sobre todo los fines de semana), siempre me pregunto por su origen. ¿Fue el sueño de un grupo de adolescentes que pasaban los veranos en Pinilla o San Mamés y un buen día decidieron construir la casa de sus aventuras imaginarias? ¿Nació de la necesidad de un mendigo que buscó con ello una forma de guarecerse y de tener un hogar por precario que fuera? ¿Era el chamizo de un pequeño agricultor residente en el pueblo al que le gustaba refugiarse, en los días de recolección, en la cabaña? El hecho de que tenga pozo (un pozo tradicional, con brocal y todo y con paredes de piedra) y un pequeño patio fácilmente vulnerable por curiosos como yo abona esta última posibilidad. Pero si es así, ¿por qué lleva décadas abandonada?


Esa suma de preguntas, sólo posibles en mentes un poco maniáticas como la mía, me llevó, un buen día de hace diez años, a saltar el frágil muro de piedra que rodea lo que alguna vez fuera fue jardín o huerto. Lo hice guiado a medias por la curiosidad y a medias por las demandas que me planteaba la redacción de mi libro viajero. Recorrí el jardín, me asomé al interior de la cabaña, dediqué algunos minutos a recapacitar sobre cuanto vi en su interior. Y, al final, decidí incorporar aquella experienica en los dos fragmentos que can comienzo al capítulo 4 de la primera parte. Abajo podéis leer el resultado. O en el libro. Of course

El pozo al fondo, visto desde el "porche" de la cabaña
Fragmentos alusivos a la cabaña en Por la sierra del agua:
 "En un recodo del camino hacia San Mamés, había una cabaña de troncos con aspecto de llevar abandonada mucho tiempo. Me detuve a husmear en su interior y en sus alrededores. Su situación, a la salida de una curva, me obligó a distanciarme en busca de un lugar seguro donde dejar el coche, a la derecha de la calzada. Después, me acerqué caminando a aquel amasijo de troncos que parecía testimoniar una vieja y rota quimera. Pensé en la infancia, en los sueños aventureros de Tom Sawyer, o en las hazañas adolescentes de Guillermo Brown mientras, con un fondo de prevención, saltaba un muro de planchas de arenisca y de pizarra —en medio, crecía un fresno de tronco retorcido— y accedía a una especie de jardín abandonado en el que crecían, sin orden, la hierba, el cardo, la zarzamora y el endrino. El tejado de uralita y la embocadura, construida con un cemento oscuro, de una chimenea, rompían la uniformidad de una fachada hecha de troncos descoloridos, tan grises como el aire de aquella mañana. En algunas zonas de la fachada, las que daban al norte, crecía la yedra como un desafío al invierno, y en uno de los laterales, una puerta a medio abrir mostraba las tripas de lo que parecía un trastero. En su interior, descansaba una oxidada bicicleta de color rosa. Ante la visión de aquel utensilio abandonado, sentí un extraño vértigo: la choza, o cabaña, dejaba de ser un ente inanimado para cobrar vida: tenía memoria. Abrí ligeramente la puerta de aquel trastero y descubrí, al pie de la bicicleta, picaportes oxidados, un infiernillo, una pequeña escalera metálica, restos de periódicos, hojas podridas, un rollo de alambre también oxidado. Todos aquellos objetos eran el testimonio de una vida. Quizá de la vida de un soñador o de un náufrago, de un aventurero a contracorriente. Cuando decidí rodear la cabaña en busca de la puerta, el vértigo inicial se transformó en miedo. La absurda idea de que allí, en aquel habitáculo perdido de la mano de Dios, abandonado entre zarzas, podían estar los restos de su dueño, me llevó a proceder con cautela.
"Como era previsible, cuando me asomé a la puerta que, como una enorme boca, parecía aguardarme bajo un porche desgalichado, comprobé la soledad absoluta del lugar. Adentro podía verse un pequeño salón, con una chimenea ennegrecida al fondo, un sofá destripado, un colchón tirado en el suelo, con los muelles al aire como gusanos de óxido, un frigorífico ennegrecido y cerrado —decidí no abrirlo— y una ventana cegada y con cortinas de flores y polvo y, como una excrecencia de aquel escenario de lo abolido, un carro metálico. Sí: un carro metálico de los que proliferan en los hipermercados.
"Me bastó aquel examen visual para no proseguir la indagación. Me alejé del chamizo y caminé algunos metros hacia el extremo opuesto del jardín. Respiré hondo un silencio que, al poco, quebró el traqueteo lejano del motor de un camión. En el centro del jardín, se levantaba un pozo de piedra con un brocal de hierro forjado cuya boca estaba cegada por una enorme plancha metálica pintada a medias de verde a medias de herrumbre. Hubiera deseado encontrar a algún lugareño, o vecino de Pinilla, o de San Mamés, que conociera la historia de aquel lugar proscrito, el trasfondo de la suma de sueños destruidos que simbolizaba la choza abandonada."

3 comentarios:

Marisu dijo...

Un libro precioso.Me lo bebí en su día, aunque empecé a hacerlo por amistad, todo lo que siguió fue placer.
Se lo recomendé a mi hijo mayor que es muy aficionado a contar las historias vividas en sus recorridos en dos ruedas ¡Ay!
El caso es que se ha llevado mi ejemplar de Por la Sierra del agua a su actúal destino, Mexico,para leerlo, no sé si en le avión o cuando no haga otra cosa por allá.Y seguro que le va a encantar. Y a quien se decida a leerlo también.
Bicos.

jgbarber dijo...

Espléndido. Es el primero de tus libros que leí, atraído por mi afición montañera. He seguido posteriormente con otros títulos que no me han defraudado y acabo de conseguir el de la "Mujer Muerta", que aún no he leído. Pero este primero es el que sirvió para descubrirte y ahí sigo. Muchas gracias por descubrirnos esos pequeños secretos de los escritores,

Manuel Rico dijo...

Gracias, Marisu y Jgbarber. La verdad es que ese territorio de algunas de mis novelas está lleno de sorpresas....

Un abrazo.