martes, 30 de noviembre de 2010

El cuarto de trabajo, nuestro gato y William S. Burroughs

A Malva, en su cumpleaños

Un mundo puede ser a veces una habitación, un cuarto de trabajo. Sus habitantes, algunos objetos en apariencia intrascendentes pero esenciales, que te hacen sentirte más protegido, acompañado, extrañamente feliz mientras escribes. Siempre que me siento ante el portátil en esta pequeña habitación recuerdo mi lectura del Diario de una novela (Las cartas de Al este del edén), de Steinbeck: sus pequeñas manías, sus devociones, la altura de la silla, sus lápices, los cuadernos, la mesa de trabajo, las tareas cotidianas.... Un recipiente de barro donde colocar bolígrafos, rotuladores, estilográficas sin tinta o con la tinta seca, lápices inútiles, algún clip y un par de cartuchos de tinta que nunca se usarán. Una grapadora que sólo grapa borradores de poemas, algún artículo largo para releer en el salón y facturas o recibos bancarios.  Un cuadro hecho con cuerda entrelazada, quizá con macramé, elaborado por las alumnas del centro de educación de adultos de Entrevías en el que se dibuja un búho lector, o una lechuza, quién sabe. Un viejo aparato de radio nacido en los días en que escuchar Hora 25 era casi un acto heroico. Por supuesto, sin pilas y con el sonido algo perjudicado cuando se las pongo. Libros, muchos libros como seres vivos que concentran briznas de otro tiempo, pensamientos abolidos, sueños que quedaron en el camino, horas de felicidad, olvidos. En el refugio del valle están los libros de otro tiempo, libros amados que han acompañado mi biografía hasta conformar mi educación literaria, cívica, sentimental.  Aquí están los premios Adonais de principios de los 70, pequeños volúmenes ya amarilleados que un viejo impresor del barrio de Tetuán me regaló en un día remoto en que acudí a su imprenta porque me habían dicho que podía imprimir en offset documentos clandestinos. Aquí está la literatura política que nos convenció de la oportunidad del eurocomunismo, y los libros de ensayo de Poulantzas, Althusser, el primer Chomsky, Berlinguer, Garaudy, la Harneker en las irrepetibles ediciones de Siglo XXI. Un óleo sobre table de María Elena Rego que data de 1976 y en el que se recrea un paisaje rural de Soria, pequeños recipientes de barro que antaño acogieron riquísima cuajada y hoy sólo lápices, borradores, algún pen drive con archivos no conocidos u olvidados, grabados quién sabe cuándo, libros de poemas de Bartleby, esa colección en paralelo que uno desea tener a salvo de los saqueos de los amigos, una pequeña copia de un grabado de Picasso con un marco tosco de madera de pino, viejas novelas, restos de la antigua colección Reno, de Plaza y Janés (Morris West, Fernández Flórez, Somerset Maugham), libros de Endymion, o de la granadina colección Genil de poesía, disquetes sin uso... Y, en un lugar preferente, aquellos primeros libros de poemas leídos con la pasión de quién descubre en la lejanía casi borrosa de finales de los sesenta: los dos tomitos, en Austral/Espasa con la poesía completa de Gerardo Diego, los olvidados Juan Rejano o Pedro Garfias, una antología, en dos tomos de la vieja Taurus, con Poesía española de testimonio, de José Gerardo Manrique de Lara, una colección de poemas de Jenaro Talens titulada El vuelo excede el ala. Y novelas de autores desconocidos, viejas novelas no leídas que quizá duerman para siempre el sueño de los justos en uno de los estantes. Allí, en el refugio, está la vida. Convertida en tiempo, en palabras, en libros y en objetos.  Y sobre la mesa, la ventana que da a un jardín vecino pero que, si elevo un poco la mirada, me enseña las copas de los fresnos y, al norte, los contornos del monte de la Cruz, el que da sombra al pueblo y custodia los sueños de algunos de mis personajes. Sobre todo, los de Verano..

El gato y W. S. Burroughs

A veces entra en la habitación un gato negro. Se llama Parchís, así lo bautizó mi hija el primer día que entró en casa --fue un día de otoño de 1998, un día frío y desapacible en que constatamos que había sido destetado y abandonado a su suerte por su madre--. Ha cumplido doce años y la biología y el veterinario ya lo consideran viejo, pero yo lo observo a veces como cuando era un gato joven, tal vez adolescente, casi con la vitalidad de entonces. Un gato negro de ojos dorados que a veces se me queda mirando mientras escribo como si cavilara o soñara. Un gato castrado que ronronea, que ha aprendido los vicios y costumbres de cada uno de los que habitamos lo que aquel remotísimo día de otoño comenzó a ser su hogar, que vuelve con nosotros, de vez en cuando, a este lugar, patria de origen, en el que recupera la infancia, sube a los árboles, corre por el jardín, sube a los muros. 


Parchís, nuestro gato
Burroughs, el autor irreverente, rupturista de Yonki, o Marica, o Los chicos salvajes, fue un enamorado de los gatos. A lo largo de su vida tuvo muchos y de los más diversos pelajes. De esa experiencia nos dejó un maravilloso libro, lleno de pasadizos al misterio y de experiencias vividas con gatos de orígenes variados. Tales experiencias las contó en un libro de título más que ilustrativo: Gato encerrado. Lo publicó, en una edición limitada, en 1986 y Edicions 62, en ediciones El Aleph, lo hizo en lengua española en 2007. Se trata de textos breves, auténticos poemas en prosa, en los que Burroughs deja respirar, sin cautela, sus emociones y evoca fragmentos de vida relacionados con algunos de sus más queridos gatos. Quien haya tenido en casa un gato sabe que es un animal envuelto en misterio, observador incansable que parece guardar, detrás de la belleza de sus ojos, algún secreto relacionado con el sentido de su especie que todos sus miembros heredan generación tras generación sin revelárselo a nadie. El libro de Burroughs me ha atrapado desde el primer fragmento. Como homenaje a Parchís, nuestro gato negro que ha debido cumplir doce años este otoño, aquí os dejo una muestra de este libro extraño, inquietante: 
Burroughs con uno de sus gatos
"Agosto de 1984.James estaba en el centro entre Seventh y Massachusetts cuando oyó a un gato maullar con fuerza como si estuviera sufriendo. Se acercó a ver cuál era el problema y el pequeño gato negro saltó en sus brazos. Se lo trajo a casa y en cuanto me abrí una lata de comida para gatos la pequeña criatura saltó sobre el aparado y se precipitó a por la lata. Comió hasta perder la figura (...). Le he puesto el nombre de Flecht. Es todo brillante y reluciente y encantador, la gula convertida en inocencia y en belleza. Fletch, el pequeño expósito negro, es un animal exquisito y delicado de brillante piel negra, pulcra cabeza como la de una nutria, esbelto y sinuoso, de ojos verdes.
A los dos días de estar en casa y saltaba encima de mi cama y se acurrucaba contra mí, ronroneando y poniéndome las patas en la cara. Es un macho sin castrar de unos seis meses con salpicaduras blancas sobre el pecho y el estómago."

domingo, 14 de noviembre de 2010

"Corrillo de diletantes" y mi adiós de Berlanga

Cuando me disponía a escribir esta entrada, me llega la noticia de la muerte de Luis García Berlanga. No he podido evitar pensar que se va otro de los nuestros. Ni que, con él, desaparece una generación (antes fueron Bardem, y Rafael Azcona, y López Vázquez, y Manuel Alexandre...)  irrepetible del cine español. Quede aquí mi reconocimiento, mi homenaje y mi recuerdo de su presencia en la Caja de las Letras del Instituto Cervantes hace poco más de un año, cuando, en silla de ruedas, depositó su legado.

El corrillo

Pero no es ajeno este breve homenaje a Berlanga a la experiencia que quiero contar. Voy a ella: jueves, 12 de noviembre de 2010. Avenida Pablo Neruda, en Vallecas . En la acera oeste, la sede de la Asamblea de Madrid, sesión parlamentaria con recorte de gasto público y reducción de mecanismos de control en la cartera del gobierno de Aguirre. En la acera Este, la librería Muga, una veintena de amantes de la literatura y de los libros (y del cine y, estoy seguro, de la obra de Berlanga), seguíamos con atencíón las intervenciones de los promotores, artífices y colaboradores de una revista literaria y cultural nacida en Vallecas y creada en el sur de Madrid, allá donde la capital se prolonga y recrea en pueblos de su área metropolitana que demuestran que "el Sur también existe". En la mesa, el artistas plástico y grabador Fernando Ferro, el fotógrafo Manuel Rodríguez, y la traductora  y escritora cuasi inédita Beatriz Bejarano del Palacio. Presentaban el número 1 de la segunda etapa de una hermosa y discreta revista impresa en papel (hoy es preciso subrayar esa cualidad), de la que Beatriz es flamante directora y quienes la acompañaban en la mesa parte esencial del equipo de redacción (Fernando Ferro, a su vez, promotor desde la primera etapa).

Una revista periférica, fruto del entusiasmo de unos pocos intelectuales de izquierdas residentes en el sur, frecuentadores de la librería Muga, dedicada, en este número, a la memoria de Miguel Hernández. En ella, que se abre con la acuarela de Carlos Gonçalvez  que abajo podéis ver y se cierra con una magnífica fotografía de María José Martín, hay poemas, semblanzas, dibujos, más acuarelas, más fotografías, y, sobre todo, la voluntad de recuperar a un Miguel Hernández amigo de los más humildes, comprometido con la izquierda, con la República y con el PCE, al que a veces se intenta desposeer de tales vínculos.

El acto fue la demostración de que no toda la actividad cultural pasa por los grandes foros y espacios situados en el centro de Madrid, desde el Círculo de Bellas Artes a Caixa Forum, por ejemplo. Fue la saludable evidencia de que en la periferia de las ciudades hay un tejido cultural sólido, militante, activo, cada vez más fuerte (gracias, paradojas de la vida, a Internet y a las nuevas tecnologías), que se mueve alrededor de librerías que han renunciado a ser meras papelerías de barrio para convertirse en auténticos referentes del amor a la literatura, a las artes plásticas, al cine. Aunque el primer número de la anterior etapa de Corrillo de diletantes fue presentado en la librería del Reina Sofía, en esta ocasión la apuesta por esta ya insustituible librería vallecana nos ha dado una de las más apasionantes vertientes de la vida, que deseo larga y fructífera, de la revista.

Mi Luis García Berlanga

Decía que no era ajeno mi breve homenaje a Berlanga a la presentación de Corrillo... Y no lo es porque  mi primer conocimiento de Berlanga tiene mucho que ver con la cultura de barrio, con iniciativas como las que desde hace ya una década impulsa Muga. Tengo un maravilloso y agridulce recuerdo de un cine-club organizado en 1971, ó 1972,  por quienes nos considerábamos jóvenes antifranquistas de la UVA de Hortaleza, un barrio de aluvión del desarrollismo franquista, en en un local denominado, como correspondía a la época, Cátedra José Antonio. Allí, en las tardes de algunos viernes, en permanente pugna con los responsables del local y desafiando prohibiciones, pudimos ver El verdugo, y Vivan los novios, y Plácido, y Bienvenido Mister Marshall. Descubríamos aquel cine extraño, demasiado realista, maravillosamente irónico, y debatíamos de cómo aquéllas películas que hablaban de nuestra vida y de nuestros barrios podrían ayudar a acabar con el franquismo. Nuestro barrio era nuestra casa, nuestra vida, también nuestra cultura. Aquellos primeros pasos, de la mano de Luis García Berlanga, pero también de Bardem, de Buñuel, de Bertolucci, de Ferreri, fueron la semilla, el fermento, que nos llevaría a otros territorios.

Por eso, cuando hace algo más de un año, estreché la mano frágil, casi vencida, de Luis García Berlanga en la antesala de la Caja de las Letras del Instituto Cervantes en Madrid, o cuando viví la inauguración de la magna exposición sobre el cine español que, en 2008, se instaló en la misma sede del Cervantes, no pude impedir que, por encima de otros muchos recuerdos, volvieran a mí aquellos días primeros en el cine club de un barrio similar a Vallecas asistiendo, deslumbrado, al pase de la primera película que vi de don Luis: El verdugo. Y volvieron a mi memoria los debates posteriores, y las cañas y el tabaco interminable en una cafetería próxima, del barrio, entonces nuevo, pensado para la clase media, de Santa María, y la búsqueda, en cada fotograma de aquella película, de las claves de la libertad, de las sevicias del Régimen, de las grietas.

Berlanga y su verdugo fueron la puerta a otras obras maestras de nuestro cine. De ellas, recuerdo con especial emoción Muerte de un ciclista, de Juan Antonio Bardem, y Nueve cartas a Berta, de Basilio Martín Patino, Después, vendrían muchas más. Pero el primero fue Luis García Berlanga. Descanse en paz.

Aquí os dejo un fragmento de El verdugo con un Pepe Isbert y un Nino Manfredi memorables.

martes, 9 de noviembre de 2010

Justo Alejo, un raro de mis primeros años poéticos, vuelve de nuevo al presente

Hace una infinidad de años, en 1979, en los albores de la transición, apareció en el diario El País una noticia que para la inmensa mayoría de sus lectores mereció escasa atención:  Ha muerto el poeta Justo Alejo, tal era el titular. El poeta zamorano se había suicidado lanzándose al vacío desde un cuarto piso, vestido con el uniforme de gala (era militar) del Ejército del Aire. Tenía cuarenta y cuatro años. Esa referencia viene a propósito de una curiosa casualidad que he vivido estos días: al poco de concluir el prólogo a la poesía completa (que aparecerá en enero en Bartleby Editores y no en este otoño, tal y como estaba previsto) de Javier Egea, el poeta granadino que se suicidó en 1999, me han llegado, por correo, dos de los libros de mayor relieve de Justo Alejo, publicados en un solo volumen: ALACIAR  y monuMENTALES REBAJAS. Tuve una rara sensación: como si los dos poetas suicidas hubieran decidido coincidir por unos días en mi mesa de trabajo.

En diciembre de 2007, recordando mis primeros pasos como crítico literario, publiqué, a partir del comentario de un lector, una entrada en este blog titulada "Del tiempo abolido regresa Justo Alejo" que terminaba con las siguientes palabras:  "Un poeta magnífico, tan olvidado como necesitado de recuperación y de lectura crítica, que casi treinta años después de aquel artículo en Mundo Obrero," (fue mi primera crítica en papel impreso) "reivindico. Brindo, en este final de 2007, por una nueva vida para la obra de Justo Alejo". Pues bien, esa nueva vida va construyéndose poco a poco y este doble libro editado por la Universidad Popular de San Sebastián de los Reyes así lo pone de relieve.

Justo Alejo fue un poeta vanguardista que, además y tal y como apunté al principio, fue militar, psicólogo del Ejército del Aire y, tal y como se deduce de las libros que dejó escritos, progresista, hombre de izquierdas (algo enormemente difícil siendo militar bajo el franquismo) y lector apasionado de César Vallejo y de otros poetas  de las primeras décadas del siglo. Murió muy joven y en un momento especialmente interesante en su trayectoria poética, lo que inevitablemente me lleva a pensar en su evolución posterior en caso de suicidarse y por la entidad que habría alcanzado su obra de haber podido madurar plenamente en las décadas posteriores.

Dos años mayor que Félix Grande, cuatro que Manolo Vázquez Montalbán y tres que Antonio Martínez Sarrión, estoy convencido de que habría dado a la literatura española de la postransición y de la democracia (incluso en el siglo XXI: hoy tendría "sólo" 76 años) nuevas obras con un alto nivel de calidad, además de aportar una perspectiva de la realidad cultural de Castilla y León desde la memoria de sus comienzos como poeta, cuando era Castilla la Vieja, que iba a enriquecer nuestra mirada.

Soñador empedernido, devoto de una poesía en permanente experimentación, su vida y su obra, forjadas en  la ciudad de Valladolid, fueron parte de un impulso policéntrico cuyo fin era renovar la poesía española de la época. Empezó a escribir en los años de la revista Claraboya, aquel proyecto poético que, de la mano de Agustín Delgado, Mateo Díez, Merino y tantos otros, intentó conciliar experimentación y vanguardia con conciencia crítica, con un trasfondo ideológico marxista. Vivió en paralelo a poetas mayores o coetáneos como Francisco Pino, Claudio Rodríguez o Antonio Gamoneda y ejerció oficios diversos tras iniciarse, a los 14 años, en la Escuela de Formación Profesional de RENFE en la ciudad de León.
Potro de herrar. Formariz de Sayago,  lugar de nacimiento de Justo Alejo

Tuve el honor y la inmensa satisfacción de que mis dos primeros libros, editados en la mítica Endymion, dirigida por otro castellano leonés --en este caso de Valladolid--, Jesús Moya, tuvieran como compañía en el catálogo, a principios de los ochenta, a El aroma del viento, de Justo, el libro que me permitió descubrir a un poeta poderoso, vanguardista y profundo a la vez, y a estrenarme en el duro y extraño oficio de la crítica literaria. 

El pasado viernes, al tener en mis manos el libro que se acaba de reeditar, no pude impedir que mi mente regresara a aquellos días que recuerdo invernales, al cuchitril de la calle San Bernardo en que Moya combinaba su labor editorial con el cuidado de gatos callejeros (deambulaban entre las estanterías como si aquella nave/almacén que se extendía tras el cuchitril fuera su patria definitiva). He vuelto a las tardes de Fuentetaja y a los cuentos, entre la real y lo imaginario e irreal, de José María Merino, recogidos en el libro Cuentos del barrio del Refugio, ambientados en ese barrio del centro de Madrid en el que pasado el tiempo se ubicaría el primer parlamento autonómico de la democracia (la Asamblea de Madrid), y por cuyas calles, como un personaje extraído de cualquier película neorrealista, caminaba, siempre con paso firme aunque oscilante, el compañero, camarada y amigo Jesús, con quien tanto queríamos y aprendíamos. En la mano, llevaba siempre una bolsa en la que unas veces había sobras o pienso para los gatos y otras (la bolsa era distinta) libros, manuscritos o recortes de periódicos.

Recuerdo mi entusiasmo de aquellos días leyendo y releyendo los poemas de Alejo para escribir la crítica encargada para Mundo Obrero diario. El aroma del viento, con aquellas tapas de color amarillo anaranjado y de frágil cartulina, fue un compañero por los cafés, por los restaurantes de menú y funcionarios y albañiles, por las cafeterías próximas a Noviciado, al que durante meses no pude abandonar. Recuerdo, además, que a aquel libro solía acompañarle, en mi carpeta, otro también editado por Moya en Endymion: Viento de medianoche, del poeta búlgaro Peiu Yávorov, prologado y traducido nada más y nada menos que por Juan Eduardo Zúñiga (una auténtica joya, como el de Alejo, como algunos otros títulos publicados por Jesús Moya en aquel tiempo, que está pidiendo a gritos reedición).
Portadas de los dos libros editados por Endymion a principios de los 80
He comenzado a escribir en esta entrada de ALACIAR  y de monuMENTALES REBAJAS, los libros reeditados del poeta de Formariz de Sayago y, como si de la magdalena de Proust se tratara, el solo nombre de Justo Alejo me ha llevado en busca del tiempo perdido (¿perdido?), me ha trasladado a los años en que lo descubrí. Sé que no soy el único seguidor apasionado de la obra de Alejo. Que hay otros lectores, sobre todo en Castilla y León, que tienen hacia ella una especial querencia. De entre todos, destacaré dos: el poeta Antonio Piedra, que prologa esta nueva edición de los dos libros, y la poeta, codirectora de la colección que lo acoge  (y, seguro, "culpable" del rescate) Guadalupe Grande. Para ella, el poeta y su obra no son algo nuevo, conocido hace poco. Sobre Justo Alejo escribió hace algunos años (en 2002) en el espacio Rinconete, del Centro Virtual Cervantes, un magnífico artículo (pinchad y leed), de plena vigencia ocho años después. Hoy, Lupe hace honor a aquel texto asumiendo el padrinazgo editorial de Alejo en Madrid. Y, de seguro, colaborando en la elaboración del hermoso cartel, pleno de sabor de época y de vanguardismo casi näif, que invita, para dentro de una semana, a la presentación del volumen. Todos estamos invitados.

viernes, 5 de noviembre de 2010

Una lectura de "Calle de Ruiz, ojos vacíos”, de Juan Eduardo Zúñiga

Hace poco más de un año, el 4 de junio de 2009, participé, junto a Gonzalo Sobejano, Santos Sanz Villanueva, Ricardo Menéndez Salmón y Alfons Cervera, con Fernando Valls como moderador, en un acto en homenaje al extraordinario escritor de cuentos Juan Eduardo Zúñiga. Se celebró en la Biblioteca Nacional y fue un acto entrañable pero no sólo: se convirtió en un acercamiento poliédrico, a través de las cinco experiencias de lectura que allí coincidimos, con una de las obras más singulares y atípicas de la narrativa española del siglo XX. Yo escribí para la ocasión una reflexión sobre uno de los cuentos más inquietantes de su libro Largo noviembre de Madrid. Su título, el que preside este post. Los textos de esas características suele quedar, casi siempre, ocultos, limitando las posibilidades de lectura y conocimiento sólo al público que asiste a los actos en que son leídos. Como son unos folios que escribí casi con devoción y en los que empeñé algunas horas durante varias noches, lo rescato para los lectores de Al margen. Lease a continuación.

“Calle de Ruiz, ojos vacíos” es un cuento con todos los atributos y calidades del conjunto del libro del que forma parte: Largo noviembre de Madrid. 
El libro habla de la realidad, de los límites entre la vida y la muerte, de la memoria íntima y de la memoria colectiva, de un Madrid preinvernal, asediado por la guerra civil. Es un libro que hunde sus raíces, como toda la obra de Zúñiga, en la narrativa de la generación de la que forma parte, en lo que se dio en llamar realismo social, o realismo crítico, pero que escapa a ese realismo: mantiene la esencia de insubordinación, de crítica, de apuesta por un mundo más justo. Pero formalmente es un libro matizado por la historia posterior de nuestra narrativa. Traspasado de modernidad, con un estilo que a mí, a veces, me suena a Faulkner, en el que intuyo ecos de la innovación introducida en la narrativa española a finales de los años 60 (al fondo, Juan Benet), en el que advierto tintes solanescos y sombras de Valle Inclán junto al Chejov eterno, un estilo que, en todo caso, huye de la mirada directa, sencilla, del realismo de los años 50.

En ese sentido, estamos hablando de un libro complejo. De relatos no lineales que reflejan mentes complejas, atormentadas, que viven, a la vez, sensaciones o sentimientos encontrados, contradictorios. Amor-odio; cobardía-valor; inconsciencia-racionalidad… “Calle Ruiz, ojos vacíos” es un exponente claro de todo ello.

El escenario: es el de todos los cuentos del libro. Un Madrid en claroscuro, en ruinas, en que los personajes (y el lector) viven entre el sueño y la vigilia, entre lo imaginario y lo real. En el que la cotidianidad intenta sobreponerse al asedio de una situación marcada por la excepcionalidad.

El protagonista es un hombre ciego que camina entre bombardeos, que acude, tanteando el terreno con su bastón, a una cita diaria. A la cita que le salva. El papel del narrador lo desempeña un ser oculto, salido de un refugio colectivo, que intenta convencerlo para que busque la protección frente a las bombas, para que le acompañe al lugar donde los demás se refugian. Éste, al principio del relato, tras verlo surgir en medio de una nube de humo, como una aparición, le ayuda a cruzar la calle, lo auxilia.

Plaza Mayor de Madrid en los años de Largo noviembre de Madrid
Sólo dos personajes acompañan la peripecia del ciego: dos mujeres: Carmen y Adela. La primera, le espera cada día. Es el vínculo, es quien le acompaña en una cotidianidad sin sexo, hecha de tareas domésticas y atenciones de trámite. La segunda, Adela, es el amor de Carmen. Es la puerta a cuyo través logró descubrir una sexualidad distinta.
El hombre ciego se dirige a un lugar en el que está su salvación de cada día. ¿Qué salvación?, se pregunta el lector Se trata de una hermosa metáfora: un libro. El ciego acude cada día a un prostíbulo en el que alguien le lee varias páginas por sesión. Por tanto, las mujeres que allí le aguardan son las mediadoras entre la atormentada y limitada experiencia del protagonista y su salvación cotidiana, su consuelo, con la posibilidad de vivir, a través de la lectura escuchada, otros mundos.

En consecuencia, el libro es la única posibilidad de escapar de una ciudad que se ha acostumbrado a la guerra y a la muerte (aunque en su interior, como demuestra el conjunto del volumen Largo noviembre de Madrid, fluya la vida).

Pero las dos mujeres, sobre todo Carmen, son el símbolo, también, de un amor maldito, no convencional, el amor lésbico. Un amor que los vecinos ignoran, que la sociedad, incluso la que comparte sueños y esperanzas con la República, no imagina. Que incluso condena. Es la pequeña historia de una pasión que Zúñiga nos ofrece, como parte del relato, mediante una espléndida rememoración, de un, digámoslo en términos cinematográficos, bien trabado “flash back”. De entre las ruinas del presente, surge el tiempo de la adolescencia de Carmen y el nacimiento de esa inclinación erótico-sentimental que está en la raíz de una relación sin sexo, casi maternal, con el hombre ciego.

El día en el que se desarrolla el relato, una de las mujeres ha muerto como consecuencia del bombardeo. Es día de duelo en la casa de su salvación. No habrá lectura. Pero para el ciego, el libro es mucho más que el momento de lectura de cada día. Es un talismán, tiene algo de ser vivo, de amigo, de acompañante. Por eso, sin saber por qué razón aquél día no toca lectura, pide el libro, quiere que lo acompañe, se lo lleva. 
Dibujo de un niño hecho durante la Guerra Civil
De regreso a casa, tanteando con el bastón el empedrado de las calles, la presencia de escombros y de ruinas, se produce una explosión de la que logra escapar. Entre la nube de humo y de polvo, bajo el zumbido de las sirenas, encuentra la mano salvadora que lo conduce al refugio. Allí se mantiene hasta que la tranquilidad regresa.

Cuando lo abandona, se da cuenta de que ha extraviado el libro. Vuelve a buscarlo, desesperado, moralmente vencido, sin que nadie le dé razón. Pregunta a la gente, nadie sabe del libro. Resignado a la pérdida, reanuda el camino a casa. Allí encuentra, entre la bruma de la ceguera y el ejercicio del tacto, en medio de un fuerte olor a gas, a Carmen y a otra mujer muertas, entrelazadas, desnudas en la cama, como si hubieran decidido suicidarse. Como prueba del amor, clandestino y no convencional, que él desconocía. Como explicación definitiva de la condición de Carmen como compañía y ayuda.

Estamos ante una estructura compleja, no lineal, a pesar de la brevedad del cuento. En él conviven distintos espacios temporales, discurren en paralelo dos historias. La que vive el hombre ciego a lo largo de la jornada y la que Carmen, entre la memoria y el presente, protagoniza. En la narración, la sensación de vivir entre la bruma, en una oscuridad perpetua, el entrelazamiento que se produce entre la ensoñación y la vigilia hace difícil, incluso, racionalizar, de modo absolutamente transparente, todo el argumento. Hay agujeros negros, opacidades que son metáfora de la incertidumbre.

Se trata de un cuento escrito con un lenguaje muy elaborado. De frase larga, abundante en subordinadas, con fragmentos en lo que no hay un solo punto y seguido. Todo ello muestra el alto nivel de autoexigencia de Juan Eduardo Zúñiga. Su enorme capacidad para abordar, mediante una técnica narrativa que se aleja del realismo plano de la crónica despojada y directa, la complejidad de la mente humana, de sus sentimientos.
No de otra forma podría afrontarse una historia que se mueve entre la luz y la sombra, entre la vida y la muerte, entre lo convencionalmente aceptado y lo perverso, entre el amor y el desamor, entre las ruinas del presente (el presente narrado) y el recuerdo de un tiempo de paz, de tranquilidad, de felicidad. Todo ello, sustentado en unos personajes humildes, que carecen, como todos los personajes de Zúñiga, de la condición de héroes o de villanos. Que se mueven en una cotidianidad de excepción pero batallando porque la excepción no acabe con sus ingredientes más queridos.

El gran cataclismo es, sin duda, la muerte de ambas mujeres al final del relato. Pero, en el fondo, el cataclismo que vive el personaje central, el hombre ciego que deambula de un lado a otro apoyado en su bastón, es la pérdida del refugio de la lectura, la pérdida de una de las más grandes posibilidades de soñar, de pensar, de meditar, de vivir. Es el extravío, en medio de las bombas, del libro que otros, día tras día, le iban leyendo.
Se trata, sin duda, de una hermosa defensa de la literatura en tiempos especialmente difíciles. De la ilustración y de los sentimientos más nobles frente a la barbarie.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Don Arturo, al académico de la Real de la Lengua, se hace insultador ibérico.

Arturo Pérez-Reverte, que cultivó su fama de aventurero y de corresponsal de guerra gracias al amparo de la radiotelevisión pública, es decir, de RTVE, la radiotelevisión de todos, se hizo novelista un buen día. Y tuvo una proyección mucho mayor, gracias a ese papel heroico jugado en la radiotelevisión pública, que aquellos que empiezan una carrera literaria a puro huevo y sin padrinos. Novelista de éxito, con grandes ventas que nadie discute y con valores literarios no conocidos salvo los que se derivan de escribir mucho y contar historias de otro tiempo  (vender mucho y escribir, también, mucho, no garantiza la calidad literaria: Ni siquiera ser académico de la Real de la Lengua lo garantiza) ha cultivado una peculiar fama haciendo declaraciones epatantes, descalificadoras e insultando gratuitamente.

Pues bien, este escritor acaba de insultar a Miguel Ángel Moratinos. Cuando un ministro, cuya trayectoria, desde mucho antes de serlo, se ha caracterizado por trabajar por la paz, por intentar acabar con la ocupación de Palestina por Israel y por establecer un horizonte de concordia en Oriente Medio, reacciona como un ser humano con sensibilidad, como cualquier hijo de vecino que no puede ocultar sus emociones en un momento especial de su vida y se le escapan unas lágrimas al despedirse de sus colaboradores, el tal Pérez-Reverte, con una reacción que me ha recordado a la de los fascistas de otros tiempos, tiene la desfachatez de escribir frases como "ni para irse tiene huevos" o de llamarlo "perfecto mierda".  Es una pena porque el cartagenero se retrata: ha construido un inmenso espejo en el que se muestra ante todo el país como un ser autoritario, intolerante y, en el fondo, émulo de la retórica ibérica más zafia y rancia. Y además, a ese retrato incorpora la chulería no menos zafia: se vanagloria de haber conseguido, en Twitter, 2.000 seguidores más y añade la siguiente frase, susceptible de ser elevada a la categoría de las frases geniales en el sillón de la Real Academia al que, con ella, vilipendia. "si lo llego a saber le insulto antes". ¡Con un par!...

No recuerdo (igual tengo muy mala memoria) al reportero/escritor insultando a Aznar y a algunos de sus ministros por meternos en una guerra que ya ha costado más de 100.000 muertos y lo que rondaré... Tampoco le hemos visto insultar al ínclito alcalde de Valladolid por su magnífico manejo del lenguaje machista (Arturo, ¿no tienes que velar por el bueno uso del idioma?). No, a Pérez-Reverte, ese macho ibérico con muchos más cojones que cualquier otro, no le gustan las debilidades humanas, ni que los ministros muestren, en una ocasión tan especial como una despedida, sus sentimientos del mismo modo que los muestran otros seres humanos. Como decían los fascistas de camisa azul y correaje de mi infancia: "llorar es de nenazas", "los hombres no lloran", "el hombre que llora es un maricón"...  Ese es el pensamiento que revelan los insultos del escritor famoso y multiventas. Ni más ni menos.

A lo largo de los últimos años sentía mala conciencia por no haber podido terminar, cuando apareció en Mondadori, en 1992,  El maestro de esgrima, hecho que determinó mi distanciamiento de su obra literaria posterior, como si hubiera quedado vacunado para siempre. Después de este episodio que nos muestra a un ciudadano cutre, maleducado e indigno de ostentar en la Real Academia un sillón que financiamos todos, creo que no me ha venido mal esa ignorancia. 

Qué pena.

viernes, 8 de octubre de 2010

De Vargas Llosa al auge del cuento: reflexión y memoria de un lector

Mario Vargas Llosa ha escrito novelas portentosas. Mis preferidas son La ciudad y los perros (1963), Conversación en la catedral (1969) y La fiesta del chivo (2000). Sólo por esas tres obras narrativas, sin añadir nada más a su bibliografía, el premio Nobel estaría plenamente justificado. Pero hay otro Vargas Llosa, tal vez menos conocido, que es el autor de cuentos. Un escritor intenso, dominador de la distancia del relato, al que descubrí en los primeros 70 a través de dos libros emblemáticos: Los jefes (1959) y Los cachorros (1967), publicados en bolsillo por aquella editorial de editoriales cuyo nombre era Libros de Enlace. Eran cuentos de una Lima entre lo rural y lo urbano, llenos de personajes en formación, sobre todo muchachos, que parecían anticipar la psicología y los sueños y la pulsión violenta de quienes habitarían La ciudad y los perros. El Vargas Llosa inicial, el que comenzó a transitar los senderos de la literatura fue el escritor de cuentos. No lo digo sólo por la temprana publicación de los dos libros antes citados, sino porque su primera irrupción en el campo narrativo se produjo, también, con un cuento o relato: El desafío, publicado nada menos que en 1957, cuando el escritor limeño-español tenía 21 años de edad. Cuando desde todos los puntos de la geografía de la lengua española o castellana se invita a celebrar el Nobel leyendo o releyendo sus novelas yo  invito a hacer lo propio con sus relatos.


Y aprovecho para afirmar mi fervor por el cuento. No como escritor (siempre me ha parecido un género extremadamente difícil y sólo escribí algunos relatos en la adolescencia), sino como lector. Si Vargas Llosa  es una muestra del cultivo del cuento en virtud de lo dos libros citados, entre los escritores del "boom" y en sus alrededores es imposible eludir a los maestros latino americanos: Borges, Cortázar, Rulfo, Conti, Ribeyro, Monterroso. Pero no es de esas lecturas de las que quiero hoy hablar. Desde hace tiempo, al calor de la atención al cuento que vienen prestando editoriales como Páginas de Espuma, Menoscuarto o Bartleby, con rescates significativos y con la promoción de nuevos autores, no he podido evitar sumergirme en esa enorme asignatura pendiente de la literatura española.

Mi memoria del cuento: lecturas
Fue Fernando Quiñones quien, al definir los tres géneros esenciales de la literatura dijo: "La novela es whisky con agua, el cuento whisky con hielo y la poesía whisky solo".  Certera definición: cuento=whisky con hielo. Es decir, disciplina en una encrucijada de caminos: aquella en la que se cruzan el que lleva a la narración y el que lleva al poema. Nada más cierto: el cuento requiere intensidad, alto voltaje lingüístico desde el principio hasta el final, tensión narrativa, sorpresa y emoción (estética y sentimental). Tal vez fueran esas características las que me llevaron, en las tardes interminables de verano de mi adolescencia, a pasar las horas de la siesta embebido en los relatos de Ignacio Aldecoa, aquel libro titulado El corazón y otros frutos amargos --qué maravilloso título-- en el que reconocía las calles de mi barrio, la experiencia de personajes parecidos a cuantos, conocidos de mis padres, visitaban mi casa, a respirar los olores del tranvía, la paz de los merenderos, el silencio de la posguerra.

Años después, cuando la literatura comenzó a ser un campo en el que escarbar más allá de lo que prescribía el libro de texto, descubrí que en aquella década de los 50 existió una edad de oro (o de plata, qué más da) del cuento. Además de Aldecoa, escribieron cuentos hondos, perturbadores, que hablaban de nuestros sueños y frustraciones novelistas como Jesús Fernández Santos, autor de aquel librito, Cabeza rapada, hecho con cuentos de una sequedad lírica inigualable, o como el gran olvidado (hoy en proceso de rescate gracias al impulso de Jesús Egido en Rey Lear) Francisco García Pavón con sus Cuentos republicanos, o Antonio Pereira, un auténtico maestro cuya dedicación casi exclusiva fue el relato, o Juan Eduardo Zúñiga, con obras maestras como Largo noviembre de Madrid, o Jorge Ferrer Vidal (atención, editoriales pequeñas y militantes: no sería malo rescatar alguno de sus libros de relatos), con libros como Sobre la piel del mundo o También se muere en las amanecidas. o Juan Benet, autor de dos relatos que, por sí solos, justifican toda una carrera literaria como Numa y Una tumba), o Juan García Hortelano, o Antonio Martínez Menchén o el autor de cuentos por excelencia, Medardo Fraile, todo un maestro al que desde que tengo uso de razón he oido a expertos, críticos y lectores apasionados calificar como nuestro mejor cultivador del género del siglo XX y que acaba de publicar, en Páginas de Espuma, su última colección de relatos, Antes del futuro imperfecto.

Hasta aquí, la nómina incompleta de mis devociones lectoras (añadiría los autores norteamericanos que van de la Generación Perdida al realismo sucio --Hemingway, Scott Fitzerald, Capote, Cheever, Salinger, Carver, Tobias Wolff-- y algunos contemporáneos españoles como Tizón, Merino, Ana María Navales, Mateo DíezAgustín Cerezales--).

Meliano Peraile, un grande olvidado

Pero recuerdo, sobre todo, a un narrador casi olvidado, muñidor de unos cuentos ambientados en la posguerra y en los años 50, que, además, estuvo, con la tenacidad de los luchadores imprescindibles en todas las causas por la libertad, el progreso, la búsqueda de una sociedad distinta, más igual y más justa. Me refiero a Meliano Peraile, al entrañable Meliano Peraile, autor de maravillosos relatos protagonizados por seres humildes y derrotados e incluidos en libros como Tiempo probable  (1965), Cuentos clandestinos (1970), Un alma sola no canta ni llora (1984) o Fuentes fugitivas (1987). No lo conocí al principio como escritor, sino como practicante, es decir, curador de heridas y experto en inyecciones en el barrio de la Concepción primero y, después, en el consultorio de la Seguridad Social de Santa Virgilia, en el madrileño barrio de Hortaleza, en la calle de mis primeros años en pareja, entre 1976 y 1982. Meliano Peraile, sí, ponía inyecciones: yo lo veía, algunas tardes, caminar hacia el consultorio, donde se embutía en su bata blanca (a juego con su cabellera, que siempre recuerdo blanca o casi) y recibía a enfermos de toda condición. No sabía entonces que aquel ATS, o enfermero (entonces, lo he dicho, se llamaban practicantes) era el autor de los cuentos incluidos en el libro Tiempo probable que me había regalado, un día olvidado, el poeta y amigo Diego Jesús Jiménez.  Murió el 28 de octubre de 2005, un día después del día de mi cumpleaños. Y con sus relatos, sólo encontrables hoy, lamentablemente, en librerías de viejo o en la Cuesta de Moyano (¿existe todavía?) y espacios similares, Meliano nos dejó una definición del cuento que suscribo plenamente:  "las características básicas del cuento", escribió, "son la concisión y la intensidad, propiedades irrenunciables también de la poesía, lo cual hace que el relato y la poesía sean géneros muy próximos". Pues eso.

Quede aquí mi homenaje a un género que quizá algún día cultive porque me parece tan apasionante como difícil. Y mi recuerdo emocionado a Meliano Peraile.

martes, 5 de octubre de 2010

50.000 visitas, Miguel Hernández y "El Quijote"

Este lugar de reflexión en voz alta ha cruzado esta madrugada el puente de las 50.000 visitas. En tres años (aunque Al margen nació en la primavera de 2007, el contador de visitas funciona desde septiembre de ese año), alguien, al otro lado del ciberespacio ha pulsado cada cierto tiempo la tecla intro para acceder al blog. Muchos son visitadores frecuentes, que se han acostumbrado a convivir en este espacio con mis fantasmas, mis obsesiones y mi palabra. Otros son ocasionales, unas veces fruto de la casualidad otras de una búsqueda que se ha iniciado al otro lado del Atlántico, o en las antípodas, por tierras de Australia o Nueva Zelanda. Así hasta sumar 50.000. A todas y a todos los internautas, blogueros, cotillas y curiosos, poetas y novelistas, amigos encubiertos de otros años y amigos descubiertos en la red: mil gracias. Mejor dicho: cincuenta mi gracias.

Me alegra pensar que este acontecimiento personal y literario se ha producido casi en paralelo con dos grandes acontecimientos: de un lado, la inauguración en la Biblioteca Nacional, gracias a la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, entidad organizadora, y a un puñado de apasionados por la poesía, de la gran exposición conmemorativa del centenario de Miguel Hernández titulada La sombra vencida. 1910-2010; de otro, la puesta en marcha, por la RAE y en colaboración con YouTube, de la lectura de El Quijote en Internet: una lectura global como parte de una actividad cultural global --la primera en el mundo sustentada en una obra literaria-- basada en un libro, en una obra tan emblemática para la cultura en español y para la novela universal como la de Cervantes, con participación de los lectores en todos los rincones del mundo.


Mi condición de escritor y el hecho de haber tenido el privilegio de trabajar, durante casi tres años, en el Instituto Cervantes me convierte en espectador especialmente sensible ante iniciativas de estas características. Y tengo que decir que en ambas he advertido (lo han advertido no pocos habitantes del mundo de la cultura) la muy significativa ausencia de esa institución. Un ausencia que se produce al mismo tiempo que, según he leído, la RAE ha confiado la supervisión de los vídeos y el cuidado de la fidelidad del texto matriz que leen los internautas al Centro de Estudios Cervantinos de Alcalá de Henares. En mi modesta opinión, nuestro embajador de la cultura en español en el mundo debería haber mostrado iniciativa cultural, haber jugado el papel de avanzada, pugnado por un protagonismo y una participación activa, como colaborador privilegiado, en una y otra, haber aportado todas sus capacidades a tan apasionantes empresas. Su red de centros, su televisión por Internet y su plataforma interactiva habrían contribuido a dar una dimensión internacional a la obra de Miguel Hernández y a conectar la lectura de El Quijote con la actividad docente y cultural de cada uno de sus centros, desde Alburquerque a Sydney pasando por Berlín, Praga o Pekín, además de potenciar el papel de la adminsitración española en la difusión de nuestra cultura en el mundo. Hace algunos meses, reflexionaba en Al margen sobre el Día del Español y expresaba mis reservas hacia una celebración que, en buena medida, se había limitado a ser un mero juego alrededor de las palabras en español sin trascender hacia objetivos culturalmente más ambiciosos, en una fiesta un tanto ligtht. Escribí que habría sido una gran experiencia de cultura trasnacional recoger el testigo del frustrado Congreso de la Lengua  de Valparaíso y hacer el gran homenaje del español a Pablo Neruda y a Gabriela Mistral, agregando los dos poetas con centenario a esta orilla del Atlántico: Miguel Hernández y Luis Rosales.

Ese mismo espíritu es el que anima hoy mi reflexión sobre las actividades iniciadas en los últimos días por la Biblioteca Nacional y por la Real Academia de la Lengua. En la realidad globalizada del siglo XXI, con Internet desbordando las fronteras que antaño limitaban la expansión de la cultura y el arte, el Instituto Cervantes podría jugar un papel esencial promoviendo, de manera regular, actividades culturales de carácter global en las que el universo de la lengua española, en todos los rincones del mundo, participara de manera simultánea. Eso es lo que aporta la nueva realidad tecnológica: hoy es posible organizar una mesa redonda en Madrid alrededor de Miguel Hernández o de Luis Rosales y concitar la participación de escritores y lectores de todo el mundo, de las comunidades educativas y universitarias, expresando su opinión sobre la obra de uno y otro o leyendo sus poemas además de contar con señalados cantautores, comenzando por Joan Manuel Serrat. Sería actuar de la misma forma que lo ha hecho la RAE con El Quijote. A mi modo de ver, ahí es donde se mide la modernidad de una institución, su capacidad de conectar con esa comunidad trasnacional que piensa en español y que quiere colaborar y participar en iniciativas que tengan a la literatura española como protagonista.

Miguel Herrnández y El Quijote, dos clásicos de la literatura universal, están siendo estos días los grandes protagonistas de nuestra cultura. Más de sesenta años después de la muerte del poeta y más de quinientos después de la publicación del libro cervantino, dos instituciones culturales españolas los hacen más accesibles, más cercanos, más universales. Gracias (y enhorabuena) a la BN y a la RAE.

Y, por supuesto (se me olvidaba), gracias por esas 50.000 visitas a este rincón situado Al margen.  

miércoles, 29 de septiembre de 2010

"La mujer muerta": algunas evocaciones del otoño de 1999.


Calle de Puebla de la Sierra
Recuerdo los últimos meses de 1999 con una calidad borrosa. Fue el otoño de la espera del libro que en unos días se edita de nuevo. El otoño de las correcciones, de la ansiedad ante la aparición de la que consideraba (y la sigo considerando al día de hoy) mi más ambiciosa y extraña novela, algo que se produciría pocos meses después, a principios del año 2000. Fue, también, el otoño en que apareció Madera de boj, la novela de Camilo José Cela que el mundo literario (y, en general, el mundo lector) llevaba esperando décadas. El libro del Nobel decepcionó a unos pocos aunque tuvo un respaldo de crítica casi unánime. Yo estuve entre los decepcionados y no sólo porque al aparecer en el mismo catálogo que La mujer muerta supuso una dura competencia en la búsqueda de espacio en las meses de novedades de las librerías. Fue el otoño en que E., mis hijos y yo viajamos, con un grupo de amigos escritores, al pueblo segoviano de Riaza, a la inaguración de una exposición de grabados de Alexandra Domínguez, artista plástica y poeta con una obra en la que el surrealismo, la imaginería del Chile rural y una delicadeza de miniaturista se combinan hasta depurarse en un lirismo intenso y perturbador. En aquel viaje, del que guardo el recuerdo de un paisaje, contemplado desde el mirador de Peñas Llanas, junto a la ermita de la virgen de Hontanares, en el que el amarillo y el ocre se extendían, como una ineterminable alfombra compuesta por las copas de los robles hasta la llanura lejanísima que, al norte, se desplegaba hacia las tierras de Burgos, hablé largamente de La mujer muerta, de mis miedos, de sus personajes, de los escenarios naturales en que se desarrollaba.   


Portada de la novela La mujer muerta
Con nosotros estaban, además de Alexandra, Guadalupe Grande, Juan Carlos Mestre, Juan Vicente Piqueras, Paca Aguirre y Diego Jesús Jiménez. Y, por supuesto, Malva y José Manuel, ya familiariazados, en la vida madrileña, con aquellos compañeros de viaje siempre preocupados por la palabra justa y por las causas perdidas. Y por la amistad y la conversación, que no es poco. En aquel viaje hablé de mi nueva novela, entonces en proceso de edición, y de las obsesiones y fantasmas que en ella se reflejaban. Recuerdo el viaje desde Madrid y, sobre todo, el momento en que avanzábamos por la carretera de Burgos, al oeste de la sierra del Rincón, entre cuyas cumbres se levantan los montes que me sirvieron como fuente de inspiración para dibujar, con la palabra, los paisajes de La mujer muerta.  

En 1999 acababa de morir un magnífico programa de radio sobre libros y literatura que conducíamos, a tres voces, Ángel García Galiano, Paco Solano y yo. Libromanía, producido por Blanca Navarro, una periodista y promotora cultural a la que perdí la pista hace tiempo, formaba parte de la parrilla de Europa FM y se llegó a mantener en antena durante 3 años. Fue la excepción en un panorama radiofónico que recluía (y recluye) los programas culturales en la radio pública. Por eso, no cabe considerar ilógico que los propietarios de la cadena, en aquel tiempo bajo la égida de la Telefónica de Aznar y otras hierbas, privada y buscadora de beneficios, decidieran liquidarlo. De nada le sirvió a Libromanía la obtención del Premio Nacional de Fomento de la Lectura (compartido con Revista de Libros) en 1997 ni que por los estudios de Europa FM, gracias al programa, desfilaran escritores como Pepe Hierro, José Manuel Caballero Bonald, Manuel Vázquez Montalbán, Félix Grande o Manuel Longares, entre otros muchos.

En 1999 nos aprestábamos a enfialar el último año del siglo XX y nos invadían los milenarismos, los más pesimistas augurios sobre los efectos del cambio de milenio en los sistemas informáticos, que, nos decían los expertos, podían poner en peligro miles de millones de archivos con datos de los ciudadanos, de los estados, de las empresas. En 1999 Bartleby Editores cumplía su primer año, nacía la nueva imagen de su colección de poesía y Pepo Paz y yo nos convocábamos de vez en cuando a almuerzos fugaces en la cafetería de la Asamblea de Madrid (en los que hablábamos de libros, de poetas, de proyectos imposibles) o a desayunos no menos fugaces en alguna de las cafeterías del Centro Comercial Las Rosas, entre Moratalaz y Canillejas.

En 1999 nacía, como proyecto, mi libro viajero Por la sierra del agua. Una mezcla de azar y necesidad (Monod dixit) me llevó, en la primavera de ese año, a ocupar una concejalía en Garganta de los Montes, un pueblo situado en el valle del Lozoya en el que, también por una mezcla de azar y necesidad, conocí la dramática y casi inverosímil historia de la existencia, en la posguerra, de un campo de concentración en las afueras al que me he referido, más de una vez, en este blog. Acudir períodiscamente a Garganta me ayudó en nuevos proyectos narrativos más allá de La mujer muerta y avivó mi curiosidad por conocer la historia oculta de la represión franquista.  En aquel otoño hice algunas escapadas a los parajes próximos a Puebla de la Sierra, me perdí en la soledad de sus montes oscuros, deshabitados, fotografié sus roquedas abruptas y sentí, con un punto de desasosiego, que vivía algunas de las experiencias de Gonzalo Porta, el pintor protagonista de mi novela.

Grabado de Alexandra Domínguez
Todo eso, y mucho más, ocurría en 1999. Pero lo que de verdad me importaba, y me llenaba de incertidumbres y miedos y me producía un vértigo extraño, era la posibilidad de tener en mis manos el primer ejemplar de la novela en que llevaba empeñado más de 6 años. Y hoy, a las puertas de una nueva edición revisada y corregida, tengo una sensación parecida. Es una novela extraña, en las antípodas de las estéticas "tecnointernáuticas" de la narración fragmentaria de la llamada "generación nocilla", alejada del realismo, no del todo fantástica aunque no renuncie a ciertas dosis de fantasía, con un argumento pensado para atrapar al lector desde la primera línea y arrastralo a un mundo desasosegador (al menos, tal fue mi pretensión) en el que vive la memoria de un tiempo difícil y los dilemas que el arte contemporáneo se viene planteando desde, al menos, principios del siglo XX.  Dentro de poco, con nueva portada, una portada de Fernando Vicente radicalmente distinta a la de la primera edición y de una belleza algo naif en la que respira sutilmente el mundo que aún recuerdo de la década de los sesenta, llegará en las librerías. El 18 de octubre, así lo anuncia Rey Lear Editores, estará a vuestra disposición. Os deseo una feliz lectura.

martes, 31 de agosto de 2010

Un programa sobre literatura y verano en RNE.

Entrada breve, de despedida de agosto. Y breve porque quiero que siga estando vigente la que dedico a JAVIER EGEA y que podéis leer abajo.

 Hace unos días me llamó Ignacio Elguero, me dijo que iban a dedicar un monográfico de "La estación azul" al verano en su relación con la literatura y que querían hablar conmigo sobre mi novela Verano. Por supuesto, el programa no habla sólo de mi novela. Es un espacio fresco, vivo, lleno de capacidades evocadoras, con el verano como excusa y el amor a los libros como hilo conductor. Aquí os dejo el enlace La estación azul y una foto evocadora de algún verano Sed felices.

Volviendo de Soria. Junio 2010

viernes, 27 de agosto de 2010

El poeta "en armas contra la soledad": Javier Egea vuelve el próximo otoño.

Paso una parte de mis vacaciones en un rincón del valle del Lozoya, en plena sierra del Guadarrama. Siempre, en esta época, me acompañan dos o tres libros para las horas de lectura (más escasas de lo que uno proyectó antes de iniciar el descanso) y trabajo literario pendiente. En esta ocasión han venido conmigo Nocturno de Chile, de Bolaño, inacabada lectura de los días del terremoto en el país andino y del frustrado Congreso de la Lengua de Valparaíso, Caballo en el umbral, la maravillosa antología póstuma de José Viñals recién editada por Editora Regional de Extremadura y al cuidado Andrés Fisher y Benito del Pliego, y una pequeña joya narrativa, editada por Rey Lear, titulada De la vida de un inútil, del poeta alemán Joseph von Eichendorff.

El trabajo literario (que realizo con el ruido de fondo de las primarias en el socialismo madrileño) es una introducción a la poesía completa publicada de Javier Egea, el poeta granadino, coprotagonista, con Álvaro Salvador y Luis García Montero, del manifiesto de 1983 La otra sentimentalidad,  que, hace 11 años, decidió decirle adiós a la vida. Ni que decir tiene que la relectura de todos sus libros, la indagación en las críticas que fueron apareciendo en distintos medios desde los remotos años 70 y la lectura de las entrevistas a las que respondió, además de los diversos trabajos que distintos especialistas han ido publicando, me han llevado un tiempo notable (que también ha reducido las posibilidades de lectura de los libros antes mencionados) a la vez que han supuesto una experiencia apasionante.

Javier Egea vuelve en otoño. De la mano, el aliento y el impulso de Bartleby Editores, gracias al esfuerzo y la tenacidad de José Luis Alcántara, Helena Capetillo y Juan Antonio Hernández y otros amigos cercanos. Vuelve el poeta extraño, casi borrado de los mapas poéticos en la década de los noventa, el poeta que se forjó, cultural y sentimentalmente, en la Granada de los últimos años de la dictadura y en los primeros de la transición, el poeta del amor agrietado y de los bares últimos, de la infinita soledad y de la renuncia a la clase acomodada a la que, por origen, pertenecía. Javier Egea se suicidó en 1999, a la edad de 47 años, y dejó una estela de lectores, de incomprensiones y de textos no publicados que, hoy, demandan justicia. Y  la única justicia que cabe hacer a los grandes poetas es la que consiste en situar su obra en el lugar que le corresponde en el universo al que perteneció y en condiciones de ser leída, gustada y valorada por las nuevas generaciones.

No tuve la fortuna de conocerlo, aunque desde que leí, por primera vez, sus poemas, supe que entre él y yo había en territorio de inquietudes comunes. Nacimos en el mismo año, en 1952. Él en Granada y yo en Madrid. Fuimos marcados por los mismos mitos y acontecimientos que gravitaron sobre nuestra generación. El asesinato de J. F. Kennedy, la muerte de Marylin, la llegada del hombre a la luna, la lucha contra la dictadura cuando éramos infinita e insultantemente jóvenes, la transición, con sus luces y sus sombras, la crisis del partido comunista, el descubrimiento del amor, y de la poesía, y de la literatura y de la música, y el cine neorrealista italiano y la escritura de Pavese, de Pasolini, y antes. la poesía de Bécquer, de Antonio Machado, de los poetas del 50, quizá Blas de Otero (que si estuvo en Granada).

Él vivió el impacto de tales acontecimientos, cuando todavía era "Quisquete", en la Granada bulliciosa e irreverente de un tiempo en el que todo podía soñarse porque todo se creía realizable, yo en el Madrid de extrarradio y de luchas ciudadanas y sindicales y culturales. Yo tenía difusas noticias de aquella Granada, en la que convivían revistas como Tragaluz (donde Javier publicó su primer poema en 1970), o Poesía 70, dirigida por Juan de Loxa, o el hervidero de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad con brutales acontecimientos protagonizados por la dictadura (cómo olvidar el asesinato, en 1970, de tres trabajadores de la construcción, una muestra de la represión policial del fascismo que conmovió a toda España), surgió el fermento para una poesía distinta, que se abriría paso en los primeros años ochenta y en la que la subjetividad del poeta no podía sustraerse de la consciencia de la realidad colectiva. Althuser, Gramsci, las elaboraciones teóricas de Juan Carlos Rodríguez, más tarde (y polémicas aparte) García Montero, o Álvaro Salvador, o Jiménez Millán, o el encuentro con los poetas y narradores vivos de la Generación del 50 en la Universidad (¿fue en 1986?), encuentro que dio lugar a un monográfico imprescindible de Olvidos de Granada

Javier Egea surgió de ahí. De esa tolva de acontecimientos y experiencias personales y colectivas. Y se hizo poeta de la soledad (a veces acompañada, a veces soledad a secas), se convirtió en el poeta que nos hablaba (nos habla) del amor nacido en habitaciones de una hora en alguna pensión perdida al final de una calle que lleva al descampado, el poeta que nos familiarizó con el Paseo de los Tristes o con los atardeceres que conducían a sórdidas noches de alcohol y desamor, con la soledad del mar y con las decepciones colectivas. Un poeta que se sobrepone al paso del tiempo, al anecdotario en que, a veces, se ha querido convertir su biografía. Un poeta que transita las décadas de los 80 y de los 90 en una marginalidad extraña, curtido en la sentimentalidad que siempre nos ha emocionado y, a la vez, en una sentimentalidad otra. Es el poeta que, hoy, cuando estamos a punto de enfilar la segunda década del siglo XXI, nos seduce y nos conmueve, no llena de zozobra y nos invita a releerlo para encontrar significados ocultos, nuevas realidades imprevistas en cada uno de sus versos.

Hace algunos años, tuve la satisfacción de escribir una amplia crítica para Babelia sobre la antología homenaje que editó DVD bajo el título Contra la soledad titulada "Realidad inhóspita y lucidez". Aquella antología fue un rescate limitado e insuficiente. Por eso, ahora, con la edición de su obra completa es preciso ganar la batalla contra el tiempo para el poeta y su obra. Situar su lírica, su trabajo poético, en el campo de la poesía desadjetivada. Cierto que él intentó una poesía “materialista”, una poesía de raiz marxista… Pero el resultado de esa labor, llena de sufrimiento y de esperanzas, de gozo y desolación, es POESÍA CON MAYÚSCULAS: sin adjetivos. Del mismo modo que la calificación de social de la poesía de Blas de Otero o de Pepe Hierro, por ejemplo, la lleva al reductivismo (porque fue social, en efecto, pero por encima de todo fue poesía) y la limita, a mi juicio es preciso recuperar la poesía de Egea en su dimensión más profunda, más perturbadora e inquietante. Situarla al lado de la obra de los grandes poetas en castellano, no acotarla en un espacio limitado. Porque es una poesía que emociona, que conmueve, que conecta a la perfección con la “honda palpitación del espíritu”o con la “palabra en el tiempo” a que se refiriera Antonio Machado.


La poesía de Egea se diferenció de la de sus compañeros de la “otra sentimentalidad” no por el anecdotario de su biografía, ni siquiera porque él, como ciudadano, se mantuvo siempre en una actitud de insumisión y rebeldía. de comunista insobornable (y decepcionado, todo hay que decirlo, del mundo literario no sólo granadino), sino porque supo combinar, en sus poemas, realidad e irracionalidad, claridad y oscuridad, emoción e incertidumbre, amor y desamor, vida y muerte. Hizo una poesía de la complejidad, que no rehuyó el apunte surrealista o la veta visionaria pese a contar con un eje vertebral esencialmente realista. Un libro como Troppo Mare, o gran parte de los poemas de Raro de luna, son inclasificables desde la óptica de la poesía figurativa. A mi juicio, es poesía total, poliédrica, civil e intimista a la vez. Una poesía perturbadora, extraña, rara, a veces fantasmal y a veces clásica sin parentesco alguno en los poetas que lo acompañaron en su peripecia vital y literaria. Poesía al fin y al cabo. 

Aquí os dejo un poema emblemático de Javier Egea. Es poesía sin adjetivos. Nada menos.

MATERIALISMO ERES TÚ

                                ¿Y tú me lo preguntas?
                                 Gustavo Adolfo Bécquer

Si supiste decirme que no estamos en paz,
si venir a tus labios fue sentir el calor
de un hermoso equipaje para siempre en los hombros.

Si se abrió el horizonte con sus ojos brillantes,
con toda su extrañeza.

Si hay días, raros días
en que cruzas de pronto la calle y me sorprendes
con alguna denuncia inesperada.

Si hay tardes, raras tardes
que me atrevo a contarte
mi pequeña verdad de enamorado,
que me atrevo a tirar por la borda algún jirón
de esta memoria sucia de dominio,
turbia de soledad.

Si hay noches, raras noches
que cuando te descubro
por una de esas calles que llevan al mercado
parece que una estrella, de golpe, me alumbrara.

Viaje por la mala conciencia: LOS FILOS DE LA NOCHE, una novela reescrita. Una nueva novela.

En breve, Los filos de la noche, mi segunda novela, estará otra vez en librerías. Oculta desde hace muchos años, ha vuelto entre nosotros c...