domingo, 14 de noviembre de 2010

"Corrillo de diletantes" y mi adiós de Berlanga

Cuando me disponía a escribir esta entrada, me llega la noticia de la muerte de Luis García Berlanga. No he podido evitar pensar que se va otro de los nuestros. Ni que, con él, desaparece una generación (antes fueron Bardem, y Rafael Azcona, y López Vázquez, y Manuel Alexandre...)  irrepetible del cine español. Quede aquí mi reconocimiento, mi homenaje y mi recuerdo de su presencia en la Caja de las Letras del Instituto Cervantes hace poco más de un año, cuando, en silla de ruedas, depositó su legado.

El corrillo

Pero no es ajeno este breve homenaje a Berlanga a la experiencia que quiero contar. Voy a ella: jueves, 12 de noviembre de 2010. Avenida Pablo Neruda, en Vallecas . En la acera oeste, la sede de la Asamblea de Madrid, sesión parlamentaria con recorte de gasto público y reducción de mecanismos de control en la cartera del gobierno de Aguirre. En la acera Este, la librería Muga, una veintena de amantes de la literatura y de los libros (y del cine y, estoy seguro, de la obra de Berlanga), seguíamos con atencíón las intervenciones de los promotores, artífices y colaboradores de una revista literaria y cultural nacida en Vallecas y creada en el sur de Madrid, allá donde la capital se prolonga y recrea en pueblos de su área metropolitana que demuestran que "el Sur también existe". En la mesa, el artistas plástico y grabador Fernando Ferro, el fotógrafo Manuel Rodríguez, y la traductora  y escritora cuasi inédita Beatriz Bejarano del Palacio. Presentaban el número 1 de la segunda etapa de una hermosa y discreta revista impresa en papel (hoy es preciso subrayar esa cualidad), de la que Beatriz es flamante directora y quienes la acompañaban en la mesa parte esencial del equipo de redacción (Fernando Ferro, a su vez, promotor desde la primera etapa).

Una revista periférica, fruto del entusiasmo de unos pocos intelectuales de izquierdas residentes en el sur, frecuentadores de la librería Muga, dedicada, en este número, a la memoria de Miguel Hernández. En ella, que se abre con la acuarela de Carlos Gonçalvez  que abajo podéis ver y se cierra con una magnífica fotografía de María José Martín, hay poemas, semblanzas, dibujos, más acuarelas, más fotografías, y, sobre todo, la voluntad de recuperar a un Miguel Hernández amigo de los más humildes, comprometido con la izquierda, con la República y con el PCE, al que a veces se intenta desposeer de tales vínculos.

El acto fue la demostración de que no toda la actividad cultural pasa por los grandes foros y espacios situados en el centro de Madrid, desde el Círculo de Bellas Artes a Caixa Forum, por ejemplo. Fue la saludable evidencia de que en la periferia de las ciudades hay un tejido cultural sólido, militante, activo, cada vez más fuerte (gracias, paradojas de la vida, a Internet y a las nuevas tecnologías), que se mueve alrededor de librerías que han renunciado a ser meras papelerías de barrio para convertirse en auténticos referentes del amor a la literatura, a las artes plásticas, al cine. Aunque el primer número de la anterior etapa de Corrillo de diletantes fue presentado en la librería del Reina Sofía, en esta ocasión la apuesta por esta ya insustituible librería vallecana nos ha dado una de las más apasionantes vertientes de la vida, que deseo larga y fructífera, de la revista.

Mi Luis García Berlanga

Decía que no era ajeno mi breve homenaje a Berlanga a la presentación de Corrillo... Y no lo es porque  mi primer conocimiento de Berlanga tiene mucho que ver con la cultura de barrio, con iniciativas como las que desde hace ya una década impulsa Muga. Tengo un maravilloso y agridulce recuerdo de un cine-club organizado en 1971, ó 1972,  por quienes nos considerábamos jóvenes antifranquistas de la UVA de Hortaleza, un barrio de aluvión del desarrollismo franquista, en en un local denominado, como correspondía a la época, Cátedra José Antonio. Allí, en las tardes de algunos viernes, en permanente pugna con los responsables del local y desafiando prohibiciones, pudimos ver El verdugo, y Vivan los novios, y Plácido, y Bienvenido Mister Marshall. Descubríamos aquel cine extraño, demasiado realista, maravillosamente irónico, y debatíamos de cómo aquéllas películas que hablaban de nuestra vida y de nuestros barrios podrían ayudar a acabar con el franquismo. Nuestro barrio era nuestra casa, nuestra vida, también nuestra cultura. Aquellos primeros pasos, de la mano de Luis García Berlanga, pero también de Bardem, de Buñuel, de Bertolucci, de Ferreri, fueron la semilla, el fermento, que nos llevaría a otros territorios.

Por eso, cuando hace algo más de un año, estreché la mano frágil, casi vencida, de Luis García Berlanga en la antesala de la Caja de las Letras del Instituto Cervantes en Madrid, o cuando viví la inauguración de la magna exposición sobre el cine español que, en 2008, se instaló en la misma sede del Cervantes, no pude impedir que, por encima de otros muchos recuerdos, volvieran a mí aquellos días primeros en el cine club de un barrio similar a Vallecas asistiendo, deslumbrado, al pase de la primera película que vi de don Luis: El verdugo. Y volvieron a mi memoria los debates posteriores, y las cañas y el tabaco interminable en una cafetería próxima, del barrio, entonces nuevo, pensado para la clase media, de Santa María, y la búsqueda, en cada fotograma de aquella película, de las claves de la libertad, de las sevicias del Régimen, de las grietas.

Berlanga y su verdugo fueron la puerta a otras obras maestras de nuestro cine. De ellas, recuerdo con especial emoción Muerte de un ciclista, de Juan Antonio Bardem, y Nueve cartas a Berta, de Basilio Martín Patino, Después, vendrían muchas más. Pero el primero fue Luis García Berlanga. Descanse en paz.

Aquí os dejo un fragmento de El verdugo con un Pepe Isbert y un Nino Manfredi memorables.

7 comentarios:

Anónimo dijo...
Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.
Manuel Rico dijo...

El autor es el autor del blog. Los datos necesarios para tomar contacto con él (es decir, conmigo)están expuestos en el mismo.
Un saludo.

Ana Rodríguez Fischer dijo...

Larga vida a ese tipo de aventuras culturales.
Y que no falle la memoria colectiva sobre la obra de Berlanga. Abrazos!

Manuel Rico dijo...

Creo que esas aventuras complementan las más "oficiales" y publicitadas. Y son imprescindibles. No estaría mal que tras la muerte de Berlanga, sus películas fueran repuestas y comentadas en esos lugares. Abrazos, Ana.

dorita dijo...

Conozco la librería Manuel, la descubrí una mañana de hace tres o cuatro años, que tomé la calle Pablo Neruda desde el pricipio-o desde el fin-- y seguí, seguí, porque iba un poco sin rumbo. Descubrirla fue como un oasis dentro de un paisaje, que después de los años y tras repetidas visitas, he empezado a entender y a incorporar al mío propio. Volvi algunas veces más y ahora me encuentro con la feliz coincidencia que cuentas. En mi proximo viaje a Madrid, espero pasar por allí y comprar la revista.
En cuanto a Berlanga creo que todos estamos de acuerdo. Un abrazo

Merche dijo...

Me ha emocionado esta entrada. Memorable, perfecta. Nada más se puede decir excepto que conozco la Cátedra de la UVA de Hortaleza a través de una voz muy cercana.

Ana Rodríguez Fischer dijo...

Anoche, alterando mis horarios, vi íntegra "Plácido", una película que recuerdo bien. Pero me cuesta hablar de cine (soy sólo una dilettante en la materia). Y aún me cuestan más las necrológicas.
Por eso... ¡Extraordinadio que otros os ocupéis de...!