La substa del lote 49 o Arco iris de gravedad, de Thomas Pynchon, Ulises o Finnegans Wake, de James Joyce, Manhattan Transfer, de John Dos Passos, Mazurca para dos muertos, Madera de boj y Oficio de tinieblas 5, de Cela, La saga fuga de JB, de Gonzalo Torrente Ballester, Parábola de un náufrago, de Delibes, Quimera, de John Barth, Paradiso, de Lezama Lima , Berlín Alexander Platz, de Alfred Döblin o El hombre sin atributos, de Robert Musil, Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante, El estrangulador, de Manuel Vázquez Montalbán .... No he podido por menos que recordar estos títulos tras la lectura de los artículos de Manuel Vilas, en ABCD las letras, y de Jordi Carrión, en El País junto con la réplica a Vilas de Javier Calvo en su blog cuestionando el género del libro Aire Nuestro (al que yo califiqué en una entrada de este blog de novela). Casi todos los libros arriba mencionados fueron publicados entre los años 20 y 80 del pasado siglo. Fueron, en su día, la ruptura, el vanguardismo, la quiebra de la llamada narración convencional, la innovación y renovación del género narrativo, la ruptura con el lenguaje tradicional. Era la novela del siglo XX que acababa con la "historia" y con la narratividad (aunque no del todo). La de dios es cristo, vamos.
En paralelo a estas novelas, gran parte de ellas paradigma, proclamado por la crítica y por los expertos de literatura de su tiempo, de una nueva novela y del final de la novela tradicional, salieron a la luz El proceso o El castillo, de Kafka (en realidad, todo Kafka), Cien años de soledad o Crónica de una muerte anunciada, de García Márquez, El siglo de las luces, de Carpentier, Yo el Supremo, de Roa Bastos, El guardián entre el centeno de Salinger, Suave es la noche y El gran Gatsby, de Fitzerald, Luz de agosto y Santuario, de Faulkner, A sangre fría, de Truman Capote, Llámalo sueño de Henry Roth, La guerra del fin del mundo de Mario Vargas Llosa, La montaña mágica, de Thomas Mann, El tambor de hojalata de Günter Grass, Expiación, de Ian McEwan .... .
En el primer bloque, la narración desestructurada, sin apenas argumento, la fragmentariedad, la hibridación de géneros y de disciplinas artísticas, el componente irracional (aunque, todo hay que decirlo, mantienen un hilo conductor que las dota de sentido).
En el segundo bloque, la narración sustentada en la historia, con argumento y tensión argumental, el relato más transparente y depurado.
¿Cuáles, de ambos grupos, podrían ser definidas como novelas del siglo XX y cuáles no? ¿Es más moderna Ulises que, por ejemplo, La metamorfosis, deKafka? ¿Quién puede afirmar que un texto basado en la irracionalidad al que su autor calificó de tecnoficción como Arco iris de gravedad, de Pynchon es más del siglo XX que un mecanismo de relojería narrativa como Santuario, de Faulkner? ¿Vía Revolucionaria, de Richard Yates, o La saga fuga de J. B., de Torrente Ballester?
A principios de año, para trabajar en un artículo en el que pretendía relacionar el año Camus con la caída del muro de Berlín y con la situación del mundo global en el nuevo siglo, releí La peste, El extranjero y La caída. Pues bien, en esas tres novelas, escritas hace la friolera de 70 años, se advierten los grandes dramas, las más profundas incertidumbres y perplejidades del siglo XXI. Curiosamente, con más intensidad que en la inmensa mayoría de las novelas de muchos autores que me son coetáneos. Desde luego, con una profundidad existencial difícil de encontrar en la novela última: profundidad que deviene de la capacidad de Camus para contemplar lo colectivo con una mirada cargada con la subjetividad de quien se pregunta por la vida del yo en estrecha vinculación con los otros tras acontecimientos tan brutales como la Segunda Guerra Mundial y el nazismo.
Cierto que no hay una verdad universal sobre casi nada. Menos sobre qué estética narrativa responde a las necesidades del lector literario del siglo XXI. Como crítico, necesitaría un amplio espacio para desarrollar esa teoría (en algunos artículos publicados en los últimos 5 años me he extendido con amplitud), pero como escritor, como ser humano que se ha enfrentado en varias ocasiones al desafío de construir y escribir una novela, sí estoy en condiciones de afirmar que lo que me parece más fácil es la opción por la fragmentariedad, escribir sin un orden premeditado, respondiendo a impulsos inconscientes, trasladar al texto citas internas, textos de otros guiado por un azar tan caprichoso como irracional, encadenar ideas e imágines... Y lo más difícil, construir una historia con un lenguaje revelador, exigente, trabajar una trama que muestre e intente resolver las contradicciones que viven los personajes (que han de ser vivos, de carne y hueso y alma), crear un mundo, una atmósfera, una suma o una interrelación de vidas, una sucesión de acontecimientos tejidos por una lógica que los emparente y les dé sentido. Para mí es esto último lo más difícil, lo que requiere de un esfuerzo sostenido (de lenguaje y de imaginación) hasta lograr una obra en la que nada suene a gratuito, a capricho no justificado, a mero artificio. No por casualidad, algunos amigos narradores llegaron a confesarme hace un par de años las serias dificultades con que se encontraban a la hora de estructurar una trama, su admiración hacia aquellos que lograban, con cierta facilidad, construir historias (al margen de la estética con que las trazaran) y sus limitaciones para escribir otra cosa que no fuera un libro de relatos o una sucesión de reflexiones, estampas/fragmentos o anécdotas.
Cierto es, también, que Roberto Bolaño abrió paso a una narrativa en la que la experimentación confluía con una decidida voluntad de indagar en las grandes incertidumbres contemporáneas y que una expresión de esa voluntad es 2666: una novela de y sobre la violencia del México del siglo XX, una expresión de la más rotunda perplejidad frente a un mundo cruel, irracional, poco asimilable, por cierto, a los fragmentarismos postmodernos de diversa índole. Y verdad es, también, que el "proyecto nocilla" supone un esfuerzo por amalgamar los materiales de distinto orden que ofrece la Red en la era de Internet (desde el texto ajeno o el video hasta la viñeta dibujada). Que en ese universo narrativo, que se ha mostrado en esta primera década del siglo XXI como la gran novedad, como la expresión de una literatura "mutante", todo vale, hasta la frivolización de la violencia. Ese esfuerzo, que se ha acompañado de una poética grupal, a mí me suscita algunas preguntas de no fácil respuesta:
1. ¿Qué razón de contemporaneidad sustenta la idea de que la novela del siglo XXI ha de ser forzasamente fragmento, carecer de "historia" y argumento, levantarse sobre el caos? Esa idea, tan vieja como la vanguardia, se manifestó, en lo concreto, en la Norteamérica de los años 60 y en la novela de la contracultura. Sus frutos, limitados. Después, en los 80-90, vinieron los Carver, Wolff, McInerney, Richard Ford, narradores de historias. Y se hicieron con el santo y la limosna.
2. ¿Acaso la gran novela, comenzando por El Quijote, no es un intento de ofrecer un orden inventado al caos de la realidad, una lógica imaginaria pero lógica al fin y al cabo, a ese caos?
3. ¿Por qué la novela del siglo XXI ha de ser reflejo del mundo que circula en el ciberespacio y el novelista debe renunciar a desafiar a esa lógica? ¿Acaso yo, por ejemplo, escritor en este blog y frecuentador del mundo virtual de la Red, debería, por no sé sabe qué prescripción de la teoría literaria de la postmodernidad, trasladar ese collage a mis novelas para ser un narrador de este siglo porque en caso contrario quedaría fuera de la modernidad?
4¿Quién puede afirmar que un monumento narrativo como Verdes valles, colinas rojas, de Ramiro Pinilla, o Ojos que no ven, de González Sáinz, Crematorio, de Rafael Chirbes o Anatomía de un instante, de Cercas, por citar cuatro ejemplos que sobre la marcha me vienen a la mente, no pueden ser considerados del siglo XXI por estar construidos con técnicas no fragmentarias, por contar historias, mientras que sí lo serían los libros de Vilas o de Fernández Mallo, entre otros?. ¿No es un sinsentido?
Hasta aquí mi reflexión. Continuará. Supongo....
jueves, 18 de marzo de 2010
A vueltas con la novela del siglo XXI: Vilas, Calvo, Carrión
Madrileño. Periodista, escritor y crítico literario. Ha publicado más de veinte libros: entre otros, las novelas "El lento adiós de los tranvías" (1992), "Una mirada oblicua" (1995), "La mujer muerta" (2000), "Los días de Eisenhower" (2002) y "Trenes en la niebla" (2005); de los libros de poemas "El vuelo liberado" (1986), "El muro transparente" (1992), "La densidad de los espejos" (1997), "Donde nunca hubo ángeles" (2003) y "De viejas estaciones invernales" (2006). En "Monólogo del entreacto. Cien poemas. 1982-2005" (Hiperion, 2007)recoge una amplia selección de su obra poética. Es autor del único ensayo sobre la totalidad de la poesía de Manuel Vázquez Montalbán ("Memoria, deseo y compasión", 2001) y de varias ediciones críticas. Ha escrito el libro de viajes "Por la sierra del agua" (GADIR, 2006) y "Verano´" (Alianza, 2008)es su última novela. Con posterioridad ha publicado "Espejo y tinta" (Bruguera, 2008), compuesto por dos novelas cortas. Dirige la colección de poesía de Bartleby Editores.
Colabora en el diario El País y en diversas revistas culturales con artículos sobre política y cultura. Ejerce la crítico de poesía en Babelia desde 1996.
sábado, 13 de marzo de 2010
Un día que comenzó con Delibes y se cerró con Joan Báez
Para E. Z., en su 12 de marzo.
Se inició el viernes con la noticia no por esperada menos dura: Miguel Delibes había muerto casi al amanecer. Aunque la tarde anterior supe de su estado crítico cuando me encargaron un artículo sobre su obra para la página web de RTVE, experimenté una sensación extraña, algo así como la de quien pierde no a un ser querido sino a alguien que ha sido parte consustancial de su existencia, a quien siempre ha tenido ahí, como un amigo, como un padre, como un maestro, como un mito que nunca moriría: era parte del paisaje contemporáneo, un escritor que desde el Valladolid provinciano escribía de los sentimientos y obsesiones universales.
Cuando comencé a leer con cierta conciencia de estar leyendo literatura y buscaba en ella respuesta a los misterios de la infancia y de la adolescencia, al mundo que había dejado atrás, y recrear la vida del pueblo de mis vacaciones remotas, Delibes, con Las ratas, con El camino, estaba ahí. Cuando, a finales de los sesenta y principios de los setenta, comencé a buscar una literatura diferente, que rompiera la tradición y la encontré en un libro como Tiempo de silencio o en la narrativa del boom hispanoamericano, Delibes, con su Parábola del náufrago o con Cinco horas con Mario, estaba también ahí. Sus libros, sus reflexiones sobre la vida rural y las amenazas que se ciernen sobre ella, su defensa de la naturaleza y su mítica de la caza, sobre la vida en una ciudad provinciana y sobre los viejos fantasmas familiares han sido siempre un asidero para mis propias reflexiones. No fue un revolucionario, tampoco un escritor comprometido al modo en que otros escritores (los escritores sociales) ejercieron el compromiso en los años 50, 60 y 70: escribió Los santos inocentes, la denuncia más estremecedora de la literatura de la segunda mitad del siglo XX de la explotación y el señoritismo en el mundo rural . Pero fue un humanista radical, un hombre bueno, un paradigma de la modestia y una vacuna frente a la egolatría que siempre amenaza a los escritores. Hoy, en esta hora en la que nos aprestamos a cubrir su vacío con la relectura de su eternidad, es decir, de su obra, creo que es bueno recordar unas declaraciones suyas en las que demostró con creces esa visión humanista de la realidad, esa honestidad sin tacha: cuando Camilo José Cela obtuvo el Planeta tras haber logrado el premio Nobel, hubo una invitación al propio Delibes para que se presentara al galardón mejor dotado económicamente del mundo hispanoamericano, es decir, el ya citado premio Planeta. Pues bien, recuerdo cómo él dijo con rotundidad que le parecía deshonesto, contrario a toda ética, aceptar la invitación (que suponía, obviamente, la obtención del premio), que eso sería una total falta de respeto hacia los doscientos o trescientos escritores que se habían dejado meses, o años de vida, escribiendo sus novelas para presentarlas, con ilusión, al premio sin saber que ya estaba dado. Sería, vino a decir, una gigantesca estafa. No sirvió de mucho aquel gesto para los premios que vinieron después. Pero sí fue una muestra, poco frecuente, de coherencia. Un indicio más de la personalidad del gran escritor vallisoletano. Descanse en paz.
El viernes, mi viernes del adiós de Delibes, se cerró en el Palacio de Exposiciones de Madrid escuchando y contemplando, junto a E., a otro mito: Joan Baez. Joan Baez delgada, frágil, con el cabello lleno de mechas blancas, Joan Baez llegando del fondo más noble de los más nobles sueños de mi generación, Joan Baez bellísima todavía, con la guitarra entre sus brazos acunando a un Palacio de Exposiciones a rebosar de un público, en su mayoría, de edad superior a los cuarenta años, pero con no pocos jóvenes y adolescentes, algunos acompañando a unos padres que soñaron con Wooodstock, que coleccionaron los discos de vinilo de la voz universal, que se manifestaron cantando No nos moverán o amaron mientras al fondo sonaba un Blowing in the wind en el que resonaban otras voces: Bob Dylan, Woody Guthrie, Pete Seeger. El concierto tuvo algo de ceremonia. De la nostalgia, del amor crecido con la música y la voz de la Baez. Para mí tuvo también un carácter adicional: homenajear a quien estaba conmigo, a E., que, en tiempos que ahora me parecen remotos, cuando el franquismo todavía dominaba el país, cantaba, con una voz hermosa y jovencísima, algunas de las canciones, puros clásicos ya, que, guitarra en ristre, con mirada limpia, honda, con las mismas aspiraciones de transformación social, política, cultural que antaño, entonaba una Joan Baez envejecida pero no por ello menos embellecida por la edad y por la luz de su voz.
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Madrileño. Periodista, escritor y crítico literario. Ha publicado más de veinte libros: entre otros, las novelas "El lento adiós de los tranvías" (1992), "Una mirada oblicua" (1995), "La mujer muerta" (2000), "Los días de Eisenhower" (2002) y "Trenes en la niebla" (2005); de los libros de poemas "El vuelo liberado" (1986), "El muro transparente" (1992), "La densidad de los espejos" (1997), "Donde nunca hubo ángeles" (2003) y "De viejas estaciones invernales" (2006). En "Monólogo del entreacto. Cien poemas. 1982-2005" (Hiperion, 2007)recoge una amplia selección de su obra poética. Es autor del único ensayo sobre la totalidad de la poesía de Manuel Vázquez Montalbán ("Memoria, deseo y compasión", 2001) y de varias ediciones críticas. Ha escrito el libro de viajes "Por la sierra del agua" (GADIR, 2006) y "Verano´" (Alianza, 2008)es su última novela. Con posterioridad ha publicado "Espejo y tinta" (Bruguera, 2008), compuesto por dos novelas cortas. Dirige la colección de poesía de Bartleby Editores.
Colabora en el diario El País y en diversas revistas culturales con artículos sobre política y cultura. Ejerce la crítico de poesía en Babelia desde 1996.
jueves, 4 de marzo de 2010
Homenaje a Chile desde el Madrid del retorno
El Madrid del retorno es el Madrid de la mala conciencia. Chile y los chilenos van en el corazón, pero se han quedado allí, en ese hermosísimo territorio situado, por un capricho de la naturaleza, en una de las zonas con mayor actividad sísmica del planeta. El Chile de la libertad, el Chile de los grandes sueños y de los grandes soñadores se ha quedado sufriendo y yo he pensado en mis grandes amigos y grandes poetas y grandes artistas plásticos. En Alexandra Domínguez, la hermana de tardes memorables de conversación y lecturas poéticas, en Juan Carlos Mestre, berciano y leonés de corazón chileno como Huidobro o Neruda, peleón y habitante de una "casa roja" que es la casa de todos, en Javier Bello (¿estabas en Chile en esas horas, en las mismas horas en que yo me encogía de miedo y de impotencia?), en Andrés Fisher, habitante de una antología que, hace una década, tuve la suerte de prologar bajo el título Pasar la página, en Violeta Medina, delgada y frágil, puro nervio y puro poema y pura devoción por Gonzalo Rojas, Violeta comensal en un reciente almuerzo con Marcos Ana organizado, por Marifé Santiago para escuchar la voz del poeta que, tras largos años de cárcel en el penal de Burgos, olvidó cómo era un árbol, un Marcos Ana que estos días, estoy seguro, tiene el corazón lleno de Chile del mismo modo que lo tuvo cuando Pinochet nos llenó de luto y desesperanza cuando éramos infinitamente jóvenes, Chile de Eugenio Llona, el hombre comprometido con la cultura y con la política de izquierdas pero sobre todo el poeta, al que conocí en Madrid hace algo más de un año y al que volví a encontrar, desolado y firme a la vez, en Valparaíso y del que, con un abrazo emocionado, me despedí en Santiago junto a las instalaciones de campaña de un aeropuerto terriblemente dañado. Sólo pude darle el abrazo a cambio de un regalo que llevaré siempre conmigo: Glosario del amor chileno, de Radomiro Spotorno, con ilustraciones de Andrés Graña. Chile de los artistas adscritos a una asociación cuya sede pude fotografíar, desde el autóbús, al entrar en Valparaíso cuanto todavía el país no era terremoto. Vedla abajo, a la izquierda.
Chile de Óscar Hanh y de los Poemas de la era nuclear, ese hermoso y cívico libro que leí en pruebas antes de que apareciera en la colección de Bartleby no hace más de dos años. Chile de los recuerdos más entrañables de mi memoria personal, cuando tanto lo soñábamos en las palabras de Salvador Allende, en las canciones y poemas de Víctor Jara, en las canciones de Violeta Parra que tantas veces escuché en la voz de Esperanza, mi compañera de tantos años (aquellos recitales semiclandestinos en Portugalete, en la UVA de Hortaleza, en no sé qué parroquia perdida en el extrarradio), refugiada en un poncho que le servía para ocultar los panfletos que repartía por los portales del barrio en las madrugadas de tinta de los últimos años de la dictadura, Chile de Gabriela Mistral y de José Donoso (Pilar, compañera de sus días en Calacite, ¿estabas allí cuando la tierra tembló y yo sentí miedo?), ese poeta recién descubierto gracias a los Poemas de un novelista que hace poco más de un año volvieron al lugar de donde nunca debieron salir: a las librerías. En el Madrid seguro y lejano, en mi Madrid cantado en tantos poemas y novelas, he escuchado, en la radio y en la televisión y a las pocas horas de tomar tierra, que el suelo volvía a temblar en Chile. Y he recordado las horas vividas allí y he pensado que he sido un afortunado a pesar del miedo. He sido un afortunado porque he conocido el dolor de los chilenos a pesar de estar en un lugar poco afectado por el desastre y porque, al lado de la catástrofe que simboliza la fotografía de agencias que podéis ver abajo, pude visitar la tumba de Pablo, el gran poeta cósmico. La tumba que comparte con Matilde Urrutia y junto a la que murió cuando el Chile más negro puso las botas y los fusiles en el pecho del pueblo.

Sí. He estado, aunque por muy poco tiempo, en Isla Negra. Junto a la que fue su casa y es hoy sede de la Fundación Neruda. El terremoto había desordenado los objetos que allí se guardan y los distintos edificios estaban cerrados. Pero a través de los cristales pude ver las botellas, los mascarones, las anclas, algunas caracolas. Para mí fue un íntimo homenaje que aguardaba desde hace la friolera de 37 años, cuando, tras el golpe de estado, Pablo nos dejó a causa del cáncer y de la pena infinita.
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Madrileño. Periodista, escritor y crítico literario. Ha publicado más de veinte libros: entre otros, las novelas "El lento adiós de los tranvías" (1992), "Una mirada oblicua" (1995), "La mujer muerta" (2000), "Los días de Eisenhower" (2002) y "Trenes en la niebla" (2005); de los libros de poemas "El vuelo liberado" (1986), "El muro transparente" (1992), "La densidad de los espejos" (1997), "Donde nunca hubo ángeles" (2003) y "De viejas estaciones invernales" (2006). En "Monólogo del entreacto. Cien poemas. 1982-2005" (Hiperion, 2007)recoge una amplia selección de su obra poética. Es autor del único ensayo sobre la totalidad de la poesía de Manuel Vázquez Montalbán ("Memoria, deseo y compasión", 2001) y de varias ediciones críticas. Ha escrito el libro de viajes "Por la sierra del agua" (GADIR, 2006) y "Verano´" (Alianza, 2008)es su última novela. Con posterioridad ha publicado "Espejo y tinta" (Bruguera, 2008), compuesto por dos novelas cortas. Dirige la colección de poesía de Bartleby Editores.
Colabora en el diario El País y en diversas revistas culturales con artículos sobre política y cultura. Ejerce la crítico de poesía en Babelia desde 1996.
martes, 2 de marzo de 2010
Palabras desde Valparaíso
Al pueblo de Chile
Apenas faltaban dos días para el comienzo oficial del Congreso de la Lengua de Valparaíso. Formo parte de la delegación del Instituto Cervantes a tal acontecimiento. Cuando me desplacé allí, pensaba en los debates a celebrar, en las ponencias, en la importancia del lema del Congreso para el presente y el futuro de nuestro idioma: "América en la lengua española". Pensaba en los poetas de Hispanoamérica, en Neruda y Gabriela Mistral, en Gonzalo Rojas y Nicanor Parra, en todos los poetas de la América que habla y piensa en la lengua castellana que han aportado su creación, su originalidad, su genio a ese patrimonio común que es el gran "territorio de la Mancha" con que, tal y como lo definió Carlos Fuentes, nos expresamos, soñamos, pensamos, sufrimos, 450 millones de personas en todo el mundo.
Pero la naturaleza, bella y terrible a la vez, fue en esta ocasión más terrible que en otras. Más cruel. En la noche del viernes, 27 de febrero, al sábado, 28, gran parte del gran país hermano, del país de los poetas, tembló de manera violenta. El miedo, la confusión, la inseguridad personal y la incertidumbre de unas horas de oscuridad, de noticias contradictorias, de imposibilidad de comunicar con las familias, de teléfonos mudos, sustituyeron, por un tiempo, a las ilusiones despertadas por el Congreso de Valparaíso (qué bellas suenan esas tres palabras, son casi un verso), a las expectativas abiertas desde tres años antes para escuchar a académicos, políticos, poetas, narradores y pensadores reflexionar sobre la lengua española. Tres años de trabajo callado e intenso eran puestos en precario por la ira de la naturaleza.
Horas después, cuando el miedo íntimo dio paso al conocimiento de la desolación colectiva, a las imágenes de una devastación no vividaen el hotel de Valparaíso en que se alojaba quien esto escribe, a las cifras de muertos, de heridos, de vidas condicionadas por la pérdida de todos los bienes, de sus casas y equipamientos, sentí un dolor punzante, me di cuenta de que estábamos ante una catástrofe mucho mayor de lo que, en el amanecer del día 28, sábado preludio de la semana congresual, llegué a pensar.
Puentes derribados, bloques de viviendas derruidos, casas, precarias casas de adobe convertidas en puros escombros... Todo eso, junto a hombres y mujeres desesperados, junto a las imágenes de cadáveres y de grupos humanos huyendo que mostraban las distintas cadenas de televisión, me hicieron sentir a Chile muy adentro. Como otras veces ante aconticimientos también trágicos aunque de distinta naturaleza como el golpe de Pinochet, sentí que en mi interior vivía, como si formara parte de mí, el pueblo de Chile. El Congreso quedó cancelado. Se transforma en un Congreso virtual. Volveré a España en pocos días. Pero estas jornadas terribles, en las que he aprendido mucho sobre la condición humana y sobre sus límites, sobre sus virtudes y sobre sus defectos e insensibilidades, he tenido algo muy claro: como otras veces, he sentido a Chile y a los chilenos, comenzando por la presidenta Bachelet, en el corazón. Tanto que nunca se irán de allí.
Apenas faltaban dos días para el comienzo oficial del Congreso de la Lengua de Valparaíso. Formo parte de la delegación del Instituto Cervantes a tal acontecimiento. Cuando me desplacé allí, pensaba en los debates a celebrar, en las ponencias, en la importancia del lema del Congreso para el presente y el futuro de nuestro idioma: "América en la lengua española". Pensaba en los poetas de Hispanoamérica, en Neruda y Gabriela Mistral, en Gonzalo Rojas y Nicanor Parra, en todos los poetas de la América que habla y piensa en la lengua castellana que han aportado su creación, su originalidad, su genio a ese patrimonio común que es el gran "territorio de la Mancha" con que, tal y como lo definió Carlos Fuentes, nos expresamos, soñamos, pensamos, sufrimos, 450 millones de personas en todo el mundo.
Pero la naturaleza, bella y terrible a la vez, fue en esta ocasión más terrible que en otras. Más cruel. En la noche del viernes, 27 de febrero, al sábado, 28, gran parte del gran país hermano, del país de los poetas, tembló de manera violenta. El miedo, la confusión, la inseguridad personal y la incertidumbre de unas horas de oscuridad, de noticias contradictorias, de imposibilidad de comunicar con las familias, de teléfonos mudos, sustituyeron, por un tiempo, a las ilusiones despertadas por el Congreso de Valparaíso (qué bellas suenan esas tres palabras, son casi un verso), a las expectativas abiertas desde tres años antes para escuchar a académicos, políticos, poetas, narradores y pensadores reflexionar sobre la lengua española. Tres años de trabajo callado e intenso eran puestos en precario por la ira de la naturaleza.
Horas después, cuando el miedo íntimo dio paso al conocimiento de la desolación colectiva, a las imágenes de una devastación no vividaen el hotel de Valparaíso en que se alojaba quien esto escribe, a las cifras de muertos, de heridos, de vidas condicionadas por la pérdida de todos los bienes, de sus casas y equipamientos, sentí un dolor punzante, me di cuenta de que estábamos ante una catástrofe mucho mayor de lo que, en el amanecer del día 28, sábado preludio de la semana congresual, llegué a pensar.
Puentes derribados, bloques de viviendas derruidos, casas, precarias casas de adobe convertidas en puros escombros... Todo eso, junto a hombres y mujeres desesperados, junto a las imágenes de cadáveres y de grupos humanos huyendo que mostraban las distintas cadenas de televisión, me hicieron sentir a Chile muy adentro. Como otras veces ante aconticimientos también trágicos aunque de distinta naturaleza como el golpe de Pinochet, sentí que en mi interior vivía, como si formara parte de mí, el pueblo de Chile. El Congreso quedó cancelado. Se transforma en un Congreso virtual. Volveré a España en pocos días. Pero estas jornadas terribles, en las que he aprendido mucho sobre la condición humana y sobre sus límites, sobre sus virtudes y sobre sus defectos e insensibilidades, he tenido algo muy claro: como otras veces, he sentido a Chile y a los chilenos, comenzando por la presidenta Bachelet, en el corazón. Tanto que nunca se irán de allí.
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Madrileño. Periodista, escritor y crítico literario. Ha publicado más de veinte libros: entre otros, las novelas "El lento adiós de los tranvías" (1992), "Una mirada oblicua" (1995), "La mujer muerta" (2000), "Los días de Eisenhower" (2002) y "Trenes en la niebla" (2005); de los libros de poemas "El vuelo liberado" (1986), "El muro transparente" (1992), "La densidad de los espejos" (1997), "Donde nunca hubo ángeles" (2003) y "De viejas estaciones invernales" (2006). En "Monólogo del entreacto. Cien poemas. 1982-2005" (Hiperion, 2007)recoge una amplia selección de su obra poética. Es autor del único ensayo sobre la totalidad de la poesía de Manuel Vázquez Montalbán ("Memoria, deseo y compasión", 2001) y de varias ediciones críticas. Ha escrito el libro de viajes "Por la sierra del agua" (GADIR, 2006) y "Verano´" (Alianza, 2008)es su última novela. Con posterioridad ha publicado "Espejo y tinta" (Bruguera, 2008), compuesto por dos novelas cortas. Dirige la colección de poesía de Bartleby Editores.
Colabora en el diario El País y en diversas revistas culturales con artículos sobre política y cultura. Ejerce la crítico de poesía en Babelia desde 1996.
lunes, 22 de febrero de 2010
Un premio para "Verano": el Gómez de la Serna
Esta mañana me han comunicado la noticia. Un jurado presidido por Luis Mateo Díez y compuesto por Santos Sanz Villanueva, Aurelio Loureiro, Blanca Berasátegui y Manuel Longares ha concedido el premio Ramón Gómez de la Serna de Narrativa - Villa de Madrid a un libro publicado, a Verano. No tengo nada que decir. Sólo expresar mi gratitud al jurado y a Aliaza Editorial, que decidió, el pasado mes de junio, presentar al premio la novela.
Como de Verano he escrito más de una vez en este blog, os dejo este enlace a un post de 2008, escrito poco después de su publicación. También podéis saber más de ella cliqueando en la portada de la columna derecha.
Como de Verano he escrito más de una vez en este blog, os dejo este enlace a un post de 2008, escrito poco después de su publicación. También podéis saber más de ella cliqueando en la portada de la columna derecha.
Madrileño. Periodista, escritor y crítico literario. Ha publicado más de veinte libros: entre otros, las novelas "El lento adiós de los tranvías" (1992), "Una mirada oblicua" (1995), "La mujer muerta" (2000), "Los días de Eisenhower" (2002) y "Trenes en la niebla" (2005); de los libros de poemas "El vuelo liberado" (1986), "El muro transparente" (1992), "La densidad de los espejos" (1997), "Donde nunca hubo ángeles" (2003) y "De viejas estaciones invernales" (2006). En "Monólogo del entreacto. Cien poemas. 1982-2005" (Hiperion, 2007)recoge una amplia selección de su obra poética. Es autor del único ensayo sobre la totalidad de la poesía de Manuel Vázquez Montalbán ("Memoria, deseo y compasión", 2001) y de varias ediciones críticas. Ha escrito el libro de viajes "Por la sierra del agua" (GADIR, 2006) y "Verano´" (Alianza, 2008)es su última novela. Con posterioridad ha publicado "Espejo y tinta" (Bruguera, 2008), compuesto por dos novelas cortas. Dirige la colección de poesía de Bartleby Editores.
Colabora en el diario El País y en diversas revistas culturales con artículos sobre política y cultura. Ejerce la crítico de poesía en Babelia desde 1996.
viernes, 19 de febrero de 2010
Literatura, verdugos ocultos y memoria
Hace algo más de una semana estuve en la presentación de la novela con la que Clara Sánchez obtuvo, el pasado 6 de enero, el último Premio Nadal. Su título, Lo que esconde tu nombre. Durante la presentación, Clara se refirió, con indignación y de manera muy crítica, al silencio, incluso a la connivencia de los poderes públicos, durante décadas, con la presencia, en zonas emblemáticas de nuestra costa, de viejos nazis refugiados bajo falsas identidades, asesinos ocultos que han vivido en dorados exilios con el aspecto de apacibles ancianos en colonias de lujo y rodeados de ciudadanos que todo lo ignoraban de su identidad. Todavía, por falta de tiempo, no he leído la novela: la tengo en lista de espera en un lugar preferente de mi biblioteca.
Pero los Christensen (Karin y Fredrik), el matrimonio de octogenarios supuestamente suecos creado por Clara Sánchez, residentes en la costa alicantina y con falsas identidades, son algo más que dos personajes de una novela, que pura materia de ficción. Son la expresión de una realidad que ha formado (y forma) parte de nuestra Historia. ¿Cuántas veces, en cualquiera de las terrazas junto a alguna de nuestras playas mediterráneas no me habré detenido un instante ante la presencia de un anciano de ojos azules y rasgos germanos, de mirada esquiva, pensando que podría tratarse de uno de esos peculiares "exiliados"? Tras su plácida apariencia, quizá en el interior de sus domicilios junto al mar o en alguna trastienda desconocida, guardan una especial memoria de la ignominia, quizá conserven insignias, cinturones o piezas del uniforme de cuando fueron oficiales de campos de concentración o de exterminio, tal vez guarden discos de vinilo con viejos himnos o alocuciones del führer en algún mitin en Berlín o en Munich, u objetos procedentes de Mauthausen o Auschwitz, o recuerdos íntimos de un tiempo en que, por ser jóvenes, fueron felices. Quizá sientan un poso de culpa al recordar los cuerpos escuálidos, los rostros devastados, los andrajos, los trajes a rayas, las montañas de cuerpos como escombros de humanidad... Sobre esa cara, tan desconocida, de la realidad española del último medio siglo (o más) ha escrito Clara Sánchez. Un gesto valiente, una apuesta literaria y civil, más que necesaria, imprescindible.Vista del campo de trabajo de Bustarviejo (Madrid). ¿Qué fue de sus máximos responsables?
Tras la presentación, ya de vuelta a casa, pensé en otra realidad, no sé si tan poco conocida como la que Clara desvela en Lo que esconde tu nombre, pero no menos desoladora: la presencia de los verdugos, torturadores, cómplices del fascismo, agentes de la brigada político-social u oficiales y jefes de los campos de concentración, de los destacamentos penales que se extendieron, tras la Guerra Civil, por toda la geografía española. Es ése un aspecto de nuestra historia colectiva que se ha mantenido oculto, del que se ha hablado muy poco. Hemos convivido, en estas décadas de democracia, con pacíficos funcionarios que en los años 60 torturaban a estudiantes, a trabajadores, a simples demócratas, con antiguos policías cuya labor esencial, durante algún tiempo, fue la caza del demócrata, del socialista, del comunista (sobre todo), del cristiano progresista. En numerosos pueblos, familias enteras han tenido que compartir la vida diaria con quienes alentaron o cometieron terribles crímenes de los que fueron víctimas sus gentes. En mi novela Verano he intentado recuperar, sacar del ocultamiento y del anonimato, a uno de aquellos policías que se ejercitaron en la infiltración, en la delación, en las detenciones arbitrarias, en el allanamiento nocturno de las viviendas de ciudadanos sospechosos de estar enfermos de democracia o de progresismo, en la tortura sistemática. ¿No es, quizá, y aun siendo conscientes de que hay excepciones, una asignatura pendiente de nuestra novela, de nuestro cine, de nuestro teatro? Seguramente. La novela de Clara Sánchez no sólo nos sumerge en ese mundo oscuro, desconocido, de los nazis plácidamente escondidos en nuestra costa. También nos sitúa ante nuestra propia historia. En el metro, en un autobús, en las butacas de un aeropuerto o alrededor de las mesas de algunas cafeterías hemos podido compartir charla, comentario, incluso aperitivo con quienes alimentaron el fascismo en España, ayudaron al crimen colectivo con su complicidad o su silencio, o formaron parte de la leva de torturadores, de organizadores de los campos o de los que enviaron al paredón a cientos de ciudadanos por el simple hecho de ser demócratos, o sindicalistas, o militantes de los partidos de izquierdas. ¿Nunca os habéis preguntado por su conciencia, por su forma de recordar un pasado de ignominia?
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Madrileño. Periodista, escritor y crítico literario. Ha publicado más de veinte libros: entre otros, las novelas "El lento adiós de los tranvías" (1992), "Una mirada oblicua" (1995), "La mujer muerta" (2000), "Los días de Eisenhower" (2002) y "Trenes en la niebla" (2005); de los libros de poemas "El vuelo liberado" (1986), "El muro transparente" (1992), "La densidad de los espejos" (1997), "Donde nunca hubo ángeles" (2003) y "De viejas estaciones invernales" (2006). En "Monólogo del entreacto. Cien poemas. 1982-2005" (Hiperion, 2007)recoge una amplia selección de su obra poética. Es autor del único ensayo sobre la totalidad de la poesía de Manuel Vázquez Montalbán ("Memoria, deseo y compasión", 2001) y de varias ediciones críticas. Ha escrito el libro de viajes "Por la sierra del agua" (GADIR, 2006) y "Verano´" (Alianza, 2008)es su última novela. Con posterioridad ha publicado "Espejo y tinta" (Bruguera, 2008), compuesto por dos novelas cortas. Dirige la colección de poesía de Bartleby Editores.
Colabora en el diario El País y en diversas revistas culturales con artículos sobre política y cultura. Ejerce la crítico de poesía en Babelia desde 1996.
viernes, 29 de enero de 2010
Sobre "El cónsul de Sodoma". Gil de Biedma y otros asuntos relacionados
No he visto El cónsul de Sodoma. Tampoco me apetece verla. Y cuanto he leído (críticas, artículos de toda orientación, tribunas libres, reportajes), lejos de invitarme a ello, me han animado a lo contrario. Gil de Biedma fue uno de los grandes de la lírica en castellano de la segunda mitad del siglo XX. Tiene unos cuantos poemas que justifican toda una vida dedicada a la literatura. Lo descubrí a finales de los años 70, leí entonces la práctica totalidad de sus poemas (después publicó muy pocos) y su homosexualidad, puesta de relieve de manera intensa y sutilísma a la vez en su poema Pandémica y celeste, me pareció un ingrediente más en su forma de ver el mundo, en la temática abordada en sus poemas. Me interesó su actitud frente a la realidad circundante, de compromiso cultural, social y político contra Franco y su Régimen. Me interesó, y mucho, su perspicacia como lector de poemas, sus acercamientos críticos y teóricos a la obra de poetas como Jorge Guillén, T.S. Eliot, Gil Albert, Cernuda, Espronceda. Admiré, retrospectivamente, su implicación en el homenaje a Antonio Machado en Collioure, a principios de los años sesenta, su contribución al renacimiento cultural de una España que salía de la posguerra...
Aunque no lo conocí personalmente, la lectura de su obra y los testimonios escritos por algunos de sus mejores amigos, especialmente las memorias de Carlos Barral en Años de penitencia, en Los años sin excusa y en Cuando las horas veloces, me han permitido construir un Gil de Biedma complejo, alegre, de una enorme inteligencia, homosexual proclive a los amores furtivos y a los "hoteles de una noche", enamorado de Barcelona y, a la vez, de las tierras de Castilla, en la Segovia de sus vacaciones infantiles, lector profundo, vividor de la noche de la gauche divine de Boccacio en un tiempo irrepetible, firmante de manifiestos antifranquistas y solidario con los trabajadores y huelguistas de toda condición... Pero no un ser obsesionado hasta la paranoia por su homosexualidad, por convertir la vida en una permanente búsqueda del amor más joven e irreverente. Y sospecho (reconozco el riesgo que asumo al utilizar tal verbo al no haber visto el film) que la película de Sigfrid Monleón proyecta sobre el espectador un Gil de Biedma parcial, sustituye la parte por el todo y obvia aspectos esenciales de su vida y, sobre todo, la profundidad y complejidad de una personalidad que no sólo pasó por la vida y marcó a una sociedad (al menos, a su mundo cultural) por su condición de homosexual, sino por muchos otros aspectos.Gil de Biedma, Blas de Otero y Gabriel Celaya
Si las cosas son tal y como nos las cuentan Marsé y algunos otros amigos del poeta, con el Gil de Biedma que la película muestra, las generaciones más jóvenes, las de los nacidos después de la muerte del poeta, van a construir en su mente un Gil de Biedma irreal, tan simple como puede ser la obsesión permanente por un pene, un Gil de Biedma poetahomosexual u homosexualpoeta y no un gran poeta y un gran ser humano que vivió intensamente, al lado de los más débiles y con la mala conciencia del burgués desclasado, en un tiempo difícil y que, también, alardeo a veces de su condición de gay. Ni que decir tiene que estoy, en la polémica que se ha mostrado en los medios escritos, especialmente en el diario El País, con Juan Marsé y con quienes han compartido, con los matices que sea, su posición.Hace algo más de un año, tras la muerte de Ángel González, escribí un entrada en este blog en la que expresaba mi radical desacuerdo con la imagen que no pocos columnistas y escritores, amigos y compañeros de muchas noches del gran autor de Áspero mundo estaban trasladando a los nuevos lectores y, en general, a aquellos amantes de la poesía interesados en conocer en profundidad a uno de los poetas clave de la generación del medio siglo: amigo de las farras nocturnas, cantor de boleros entre los vapores del vino, protagonista de borracheras memorables... y un largo etcétera de "cualidades" parecidas. Pocos aludían a su condición de poeta urbano comprometido con la lucha democrática, a su calidad de profesor en la Universidad de Nuevo México y a sus virtudes como enseñante, a su imprescindible lectura de Antonio Machado, a sus artículos teóricos, al modo en que alimentó, en los años 60 y 70 la pasión por una poesía crítica en las nuevas generaciones de la época. El lector imagianba, de la mano de los columnistas exégetas y amigos, a un Ángel González juerguista y bebedor en las noches madrileñas y no al poeta complejo y exigente, al intelectual comprometido, al innovador radical, desde una opción conversacional, directa y emocionada, de la poesía de nuestra posguerra.
Pues bien, cuanto he leído y escuchado sobre El cónsul de Sodoma me lleva a pensar que en el film se convierten la homosexualidad y el homoerotismo de Jaime Gil en el elemento esencial, casi único, de una vida que fue infinitamente más compleja y rica del mismo modo que Ángel González, tras su muerte, fue descrito en decenas de escritos (incluso preparados para homenajearlo) en el amigo de las noches alcohólicas y de la juerga. Y claro que lo fue (no es delito y es hasta saludable), pero fue infinitamente más.
Os dejo con el poema "Contra Jaime Gil de Biedma". Con sólo pinchar, veréis el video y escucharéis la voz del poeta. Que os vaya bien.
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Madrileño. Periodista, escritor y crítico literario. Ha publicado más de veinte libros: entre otros, las novelas "El lento adiós de los tranvías" (1992), "Una mirada oblicua" (1995), "La mujer muerta" (2000), "Los días de Eisenhower" (2002) y "Trenes en la niebla" (2005); de los libros de poemas "El vuelo liberado" (1986), "El muro transparente" (1992), "La densidad de los espejos" (1997), "Donde nunca hubo ángeles" (2003) y "De viejas estaciones invernales" (2006). En "Monólogo del entreacto. Cien poemas. 1982-2005" (Hiperion, 2007)recoge una amplia selección de su obra poética. Es autor del único ensayo sobre la totalidad de la poesía de Manuel Vázquez Montalbán ("Memoria, deseo y compasión", 2001) y de varias ediciones críticas. Ha escrito el libro de viajes "Por la sierra del agua" (GADIR, 2006) y "Verano´" (Alianza, 2008)es su última novela. Con posterioridad ha publicado "Espejo y tinta" (Bruguera, 2008), compuesto por dos novelas cortas. Dirige la colección de poesía de Bartleby Editores.
Colabora en el diario El País y en diversas revistas culturales con artículos sobre política y cultura. Ejerce la crítico de poesía en Babelia desde 1996.
domingo, 24 de enero de 2010
Luis Javier, Lola: mis recuerdos de una noche de enero en la calle Atocha
Hoy no escribiré de poetas, ni de pugnas estéticas, ni de críticas o contracríticas. Escribiré de dos seres entrañables. De un hombre y de una mujer, Luis Javier Benavides y Dolores González Ruiz, que ocuparon un lugar en el paisaje contradictorio de mi primera juventud. Quizá escribiendo de ellos escriba, en parte, de muchos de nosotros. A ellos les dejo, como muestra de los más nobles sentimientos que compartimos, los cantuesos en flor de la fotografía.
Luis Javier. Lola. Dos nombres grabados a fuego en mi memoria más íntima, en las páginas quizá más doloridas e inexplicables de mi biografía. Al leer en los diarios de ayer la esquela conmemorativa del 33 aniversario de la matanza de Atocha, no he podido sustraerme a la evocación de las horas vividas aquella noche.Lola González Ruiz, Luis Javier Benavides. Dos identidades. Dos rostros que difumina el tiempo, que aún es posible contemplar en las fotografías de los archivos periodísticos de la época. Lola vive (desde aquí mi abrazo, mi cariño, mi solidaridad), creo, en algún lugar de Cantabria. Luis Javier, no. Los dos fueron acribillados a balazos por pistoleros fascistas aquella noche del 24 de enero de 1977. Lola se salvó de milagro. Luis Javier nos fue arrancado de la vida en plena juventud. De él recuerdo su condición de abogado de la Asociación de Vecinos "La Unión de Hortaleza", su presencia incansable, optimista y alegre, en las primeras asambleas del barrio, su trenka de paño oscuro, sus jerseys de punto y su mirada confiada, directa, llena de la convicción que, seguro, le aportaba saber que estaba construyendo con todos nosotros, hijos de la UVA de Hortaleza y de la derrota de casi cuarenta años antes, una realidad que iba a acabar con el franquismo. Lo recuerdo en un seiscientos destartalado, con la carrera recién acabada, pertrechado con una enorme carpeta en la que guardaba los sueños y las luchas de tantos de nosotros. En aquel seiscientos, E., que conocía los barrios del distrito, lo acompañaba a impartir charlas (entonces no se llamaban conferencias) a grupos de parados, a vecinos que pretendían organizarse para reclamar viviendas dignas y libertad. De Canillas a Villa Rosa, del barrio de San Lorenzo al de Santa María, de Las Cárcavas a Manoteras, entonces nucleos urbanos de un territorio de calles embarradas, sin apenas iluminación, sin transporte público que los enlazara con los tranvías de Arturo Soria o sólo con achacosas camionetas, barrios que lindaban con el campo, con la vía del ferrocarril, con viejos olivares, huertas y alamedas.... En aquel seiscientos --al que no le cerraba una de las ventanillas, me ha recordado E.-- hizo cientos de kilómetros y conoció una realidad muy alejada del mundo universitario que había dejado atrás y de la familia acomodada, de formación católica, de la que procedía.
Luis Javier se hizo parte de nosotros y de nuestra lucha. Hasta que aquella noche, de frío y de tinieblas, recibimos en casa (domicilio de recién casados progresistas y demasiado jóvenes, con reproducción del Guernica en un salón que olía a tabaco de pipa y a esperanza) una llamada telefónica: Luis Javier, con otros cuatro compañeros de despacho, había sido asesinado por una banda de pistoleros fascistas. Y fue el miedo, y la incertidumbre, y los sollozos, y la búsqueda de un lugar donde reunirnos donde no pudieran llegar quienes, temíamos, podían estar sembrando el horror (todavía mayor) en la noche de enero de la ciudad callada. Recordar a Luis Javier Benavides es poner en valor el inmenso cargamento de sueños, de entrega, de amor (sí de amor), de pasión y de empeño solidario que tantos hombres y mujeres, desde la más temprana juventud, pusieron en la difícil tarea de construir la democracia.
Luis Javier se hizo parte de nosotros y de nuestra lucha. Hasta que aquella noche, de frío y de tinieblas, recibimos en casa (domicilio de recién casados progresistas y demasiado jóvenes, con reproducción del Guernica en un salón que olía a tabaco de pipa y a esperanza) una llamada telefónica: Luis Javier, con otros cuatro compañeros de despacho, había sido asesinado por una banda de pistoleros fascistas. Y fue el miedo, y la incertidumbre, y los sollozos, y la búsqueda de un lugar donde reunirnos donde no pudieran llegar quienes, temíamos, podían estar sembrando el horror (todavía mayor) en la noche de enero de la ciudad callada. Recordar a Luis Javier Benavides es poner en valor el inmenso cargamento de sueños, de entrega, de amor (sí de amor), de pasión y de empeño solidario que tantos hombres y mujeres, desde la más temprana juventud, pusieron en la difícil tarea de construir la democracia.Escultura dedicada a los abogados de Atocha situada en Antón Martín. Autor: Pepe Caballero
Mi recuerdo de Lola González Ruiz es diferente. Ella sobrevivió: recibió un disparo (quizá alguno más) entre el final de la mandíbula y el cuello y, aunque tardó mucho tiempo en recuperarse, compartimos durante dos o tres años trabajo y dedicaciones en favor de un urbanismo solidario, redistributivo, en la sexta planta de la sede provincial del PCE, calle de Campomanes, Madrid central y adoquinado, días interminables que se colaban en las noches (y a veces en la madrugada) avivando en nosotros sueños que, tiempo más tarde, se mostrarían precarios, imposi bles casi. Entonces, ella batallaba contra una depresión tenaz, implacable, hija de la noche de asesinatos y de una circunstancia de las que acaban emocional y psicológicamente con el más fuerte de los seres humanos: Lola era la novia de Enrique Ruano, el estudiante de Derecho al que agentes de la temida brigada político-social arrojaron por la ventana de un tercer piso un fatídico día de 1969 y, terrible destino, se había casado, años después, con Francisco Javier Sauquillo, uno de los asesinados aquella noche del 24 de enero de 1977. No la conocía de antes, pero la recuerdo trabajando sin parar por un Madrid mejor y caminando de un despacho a otro por el interminable pasillo, surcado de grabados de Pepe Ortega, de Agustín Ibarrola, de Saura, de Zamorano, de Genovés, de la sexta planta de la calle Campomanes llevando en la mirada la tristeza infinita de la muerte de dos seres tan queridos y del terror vivido ante unos pistoleros. Deseo que haya sido (y sea) feliz en Cantabria, que todavía mantenga aquel entusiasmo difícil tras su dramática experiencia y que la vida, al fin, la haya recompensado de tanto dolor.
Luis Javier hubiera sido, con tada seguridad, uno de los artífices del Madrid democrático que se forjó bajo la alcaldía de Tierno Galván y habría vivido con nosotros la construcción, no por precaria menos importante, de parte de la realidad que con tanta pasión imaginamos. Hoy sería un sesentón cercano, inteligente, quizá apuesto, firme en sus convicciones y lleno de sensibilidad hacia las carencias de una sociedad injusta. Al menos, así me gusta imaginarlo.
Dos nombres. Un hombre y una mujer que han vuelto a mí en estas horas de recapitulación sobre aquella terrible experiencia. Íntima. y, por supuesto, colectiva. Quede aquí esta gavilla de recuerdos que nunca aparecerán en los periódicos. Ni en la pantalla del televisor.
Un íntimo compromiso literario
A propósito de lo hasta aquí escrito: con la literatura , que es también instrumento de la memoria (que a veces la salva y a veces la traiciona), y con la gente a la que quiero, incluso con la que no quiero, tengo una deuda personal, íntima. No es otra que el compromiso de escribir la novela de quienes nacimos en los cincuenta, vivimos los estertores de la dictadura y nos dejamos alegrías, lágrimas, esperanzas, erotismo, sueños, intereses personales y decepciones en un tiempo de transición que a veces se edulcora, pero que no sólo estuvo marcado por la alegría, sino, digámoslo con palabras de un hermano mayor de aquellos años, Diego Jesús Jiménez, "lleno de incertidumbre y de sollozos". Aspectos, trazos, ráfagas quizá de esa memoria, quedaron en mis novelas Los filos de la noche y Una mirada oblicua, también en Verano. Pero sólo son realidades parciales. Mi compromiso íntimo es su aprehensión global, su reconstrucción literario-emocional desde la mirada del adolescente que vivió aquellos años y que fue joven, maduro y postmaduro en las décadas posteriores y en el nucleo duro del compromiso social y político,del desprendimiento, de la confianza ciega en un mundo mejor. Esa novela, a la que quizá quepa denominar "de la transición", está, todavía, por escribir. Confío en hacerlo algún día.
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Madrileño. Periodista, escritor y crítico literario. Ha publicado más de veinte libros: entre otros, las novelas "El lento adiós de los tranvías" (1992), "Una mirada oblicua" (1995), "La mujer muerta" (2000), "Los días de Eisenhower" (2002) y "Trenes en la niebla" (2005); de los libros de poemas "El vuelo liberado" (1986), "El muro transparente" (1992), "La densidad de los espejos" (1997), "Donde nunca hubo ángeles" (2003) y "De viejas estaciones invernales" (2006). En "Monólogo del entreacto. Cien poemas. 1982-2005" (Hiperion, 2007)recoge una amplia selección de su obra poética. Es autor del único ensayo sobre la totalidad de la poesía de Manuel Vázquez Montalbán ("Memoria, deseo y compasión", 2001) y de varias ediciones críticas. Ha escrito el libro de viajes "Por la sierra del agua" (GADIR, 2006) y "Verano´" (Alianza, 2008)es su última novela. Con posterioridad ha publicado "Espejo y tinta" (Bruguera, 2008), compuesto por dos novelas cortas. Dirige la colección de poesía de Bartleby Editores.
Colabora en el diario El País y en diversas revistas culturales con artículos sobre política y cultura. Ejerce la crítico de poesía en Babelia desde 1996.
lunes, 11 de enero de 2010
Nieve: un poema de hace 15 años
Lo escribí hace muchos años. Apareció en mi libro Quebrada luz (1996) y es un poema que siempre regresa a mi memoria cuando la nieve desciende sobre la ciudad y puedo contemplar su caída, como ahora, desde la ventana a la noche de mi cuarto de trabajo. Raymond Carver, C. K. Williams, Auden, Gerardo Diego, Luis Cernuda escribieron hermosos poemas con el telón de fondo de la nieve. En La tierra de Alvargonzález, de Antonio Machado, la nieve es, más que un fenómeno meteorológico, un personaje del poema/relato del mismo modo que es amenaza para los caminantes que acaban buscando el calor del mesón en noches de ventisca por los viejos caminos de Soria. Nieve urbana y sucia de Sandburg, nieve en las montañas del Guadarrama en Leopoldo Panero o en Enrique de Mesa; nieve de la desolación en los poemas de Celan, en los relatos de Kafka, en las novelas de Lars Gustaffson o en los perturbadores cuentos de Herta Müller.
"Nieve desde la ventana". Foto del autor de blog. Enero 2009
Y nieve crecida en la más recóndita esquina del corazón de mi infancia, de todas las infancias. La que viví de niño en los descampados de mi barrio y la que, cuando eran niños, sorprendí, en las mañanas de nieve, en las pupilas de mis hijos. Esa es, de forma depurada, la nieve que tiembla en el poema que escribí hace tantos años. Aquí os lo dejo. Como un extraño regalo en esta noche de nieve y puertos de montaña cerrados y calles intransitables.
NIEVE
La sorprendida nieve
cubre tu corazón, que es como el valle.
Como el valle de enero, luz helada. Aire en suspenso
como una larga duda
temblando bajo el humo de la tarde.
Llegamos de la nieve con los años al hombro. En esta tierra,
la de la eternidad imaginada, la infancia que perdimos
tiene en la nieve su más estricta luz, su posesión,
su amanecer, su aliento.
¿Quién olvida
esa luz fría que puso a nuestro alcance la mañana
de un enero perdido en la maleza? ¿No es acaso
parte de la memoria su fría longitud, tierra sin voz
su contextura?
Crecimos con su imagen
prendida a nuestros ojos, asediando la casa,
extenso territorio al que no se retorna.
No se vuelve a su luz. Tampoco a su silencio.
No se regresa al alba
que nos mostró la nieve un viejo enero.
La manchó el tiempo.
Como barro, los días
destruyeron su luz inmaculada, esa tierra sin voz
donde muere la aurora,
se afirma la pisada, busca el lodo, las hierbas ateridas,
las cruel posesión que fue el invierno
bajo la blanca luz que recordamos.
(De Quebrada luz. 1996)
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Madrileño. Periodista, escritor y crítico literario. Ha publicado más de veinte libros: entre otros, las novelas "El lento adiós de los tranvías" (1992), "Una mirada oblicua" (1995), "La mujer muerta" (2000), "Los días de Eisenhower" (2002) y "Trenes en la niebla" (2005); de los libros de poemas "El vuelo liberado" (1986), "El muro transparente" (1992), "La densidad de los espejos" (1997), "Donde nunca hubo ángeles" (2003) y "De viejas estaciones invernales" (2006). En "Monólogo del entreacto. Cien poemas. 1982-2005" (Hiperion, 2007)recoge una amplia selección de su obra poética. Es autor del único ensayo sobre la totalidad de la poesía de Manuel Vázquez Montalbán ("Memoria, deseo y compasión", 2001) y de varias ediciones críticas. Ha escrito el libro de viajes "Por la sierra del agua" (GADIR, 2006) y "Verano´" (Alianza, 2008)es su última novela. Con posterioridad ha publicado "Espejo y tinta" (Bruguera, 2008), compuesto por dos novelas cortas. Dirige la colección de poesía de Bartleby Editores.
Colabora en el diario El País y en diversas revistas culturales con artículos sobre política y cultura. Ejerce la crítico de poesía en Babelia desde 1996.
sábado, 9 de enero de 2010
Una tardía (y bienvenida) reseña
Los días de Eisenhower es una de mis novelas más queridas. Fue publicada en el otoño de 2002, obtuvo un premio no irrelevante y me dio muchas alegrías. Ahora, una alerta de un buscador de Internet me ha traído una noticia inesperada: una crítica aparecida en la página web de la "Librería de Javier" ("Un punto de encuentro para los amantes de los libros", así se subtitula la página), un rincón, en el que creo no haber estado nunca, de Alcalá de Henares. La crítica es de ahora. Aunque no suelo reproducir en este blog las críticas y reseñas que aparecen sobre mis libros, esta vez haré una excepción dada la circunstancia de que la reseña, escrita además por un librero que ama los libros y que ha decidido hacer de su librería una suerte de templo para dar culto (en ciudad cervantina, por otro lado) a ese medio/objeto/instrumento que los más apocalípticos de la era Internet dan por muerto, tiene algo de carta que me llega desde otro tiempo. Aquí os dejo el enlace de la reseña: Sobre Los días de Eisenhower.
Es además, un retorno a los días en que escribí la novela: finales de los años noventa, cuando todavía ni los más proféticos intuían en qué se iba a convertir el mundo virtual. De entonces prevalece mi absoluta fe en la literatura, en el poema y en la novela. Y el recuerdo de los escenarios que tuve que evocar y reconstruir: una ciudad que las excavadoras y los urbanistas de la especulación se encargaron de enterrar definitivamente: una parte de Madrid que hoy es irreconocible, que se extiende entre el barrio de la Concepción y el aeropuerto de Barajas. Menos mal, y ha ahí la magia de la literatura, que al volver a mi novela, al releer sus párrafos, esas zonas de la ciudad regresan a mí tan vivas como en los tiempos de mi memoria remota en los que la acción de la novela se desarrolla. De aquel proceso y de la historia que narré queda, además, el testimonio de una entrevista que, en diciembre de 2002, me hizo una periodista de Terra. Aunque está colgada en este blog, en la columna derecha, no me resisto a dejar un enlace para quien quiera acceder desde este post: entrevista en Terra .
Es además, un retorno a los días en que escribí la novela: finales de los años noventa, cuando todavía ni los más proféticos intuían en qué se iba a convertir el mundo virtual. De entonces prevalece mi absoluta fe en la literatura, en el poema y en la novela. Y el recuerdo de los escenarios que tuve que evocar y reconstruir: una ciudad que las excavadoras y los urbanistas de la especulación se encargaron de enterrar definitivamente: una parte de Madrid que hoy es irreconocible, que se extiende entre el barrio de la Concepción y el aeropuerto de Barajas. Menos mal, y ha ahí la magia de la literatura, que al volver a mi novela, al releer sus párrafos, esas zonas de la ciudad regresan a mí tan vivas como en los tiempos de mi memoria remota en los que la acción de la novela se desarrolla. De aquel proceso y de la historia que narré queda, además, el testimonio de una entrevista que, en diciembre de 2002, me hizo una periodista de Terra. Aunque está colgada en este blog, en la columna derecha, no me resisto a dejar un enlace para quien quiera acceder desde este post: entrevista en Terra .
Madrileño. Periodista, escritor y crítico literario. Ha publicado más de veinte libros: entre otros, las novelas "El lento adiós de los tranvías" (1992), "Una mirada oblicua" (1995), "La mujer muerta" (2000), "Los días de Eisenhower" (2002) y "Trenes en la niebla" (2005); de los libros de poemas "El vuelo liberado" (1986), "El muro transparente" (1992), "La densidad de los espejos" (1997), "Donde nunca hubo ángeles" (2003) y "De viejas estaciones invernales" (2006). En "Monólogo del entreacto. Cien poemas. 1982-2005" (Hiperion, 2007)recoge una amplia selección de su obra poética. Es autor del único ensayo sobre la totalidad de la poesía de Manuel Vázquez Montalbán ("Memoria, deseo y compasión", 2001) y de varias ediciones críticas. Ha escrito el libro de viajes "Por la sierra del agua" (GADIR, 2006) y "Verano´" (Alianza, 2008)es su última novela. Con posterioridad ha publicado "Espejo y tinta" (Bruguera, 2008), compuesto por dos novelas cortas. Dirige la colección de poesía de Bartleby Editores.
Colabora en el diario El País y en diversas revistas culturales con artículos sobre política y cultura. Ejerce la crítico de poesía en Babelia desde 1996.
domingo, 3 de enero de 2010
Un homenaje a Bartleby Editores en el año que empieza.
Realizo esta primera entrada de 2010 sobre una plantilla nueva. Como el lector asiduo podrá comprobar, he cambiado la imagen global del blog. He pretendido hacerlo más funcional, más legible, mejor estructurado. No sé si lo he conseguido. En todo caso, aplico un lema: "año nuevo, nueva imagen.... del blog". Eso sí: manteniendo la línea "al margen" que lo ha caracterizado desde que, en abril de 2007, viera la luz. Por tanto, bienvenidos a todos a esta entrada cuya escritura comienzo en la noche/madrugada del 2 al 3 de enero del recién inaugurado 2010.
El fin de un año y el comienzo de otro suele ser un tiempo de reflexión, de recapitulación sobre lo vivido, o lo escrito, o lo no vivido o lo no escrito. Depende. En este caso, mi reflexión tiene a un proyecto como excusa y objetivo: pienso en Bartleby Editores, la pequeña editorial que cumplirá en 2010 doce años en la que tengo el honor de dirigir, casi desde su origen y en calidad de colaborador "militante", la colección de poesía. Echar la vista atrás y recordar aquella tarde de octubre, o noviembre de 1997, en que Pepo Paz apareció en el pequeño estudio de Europa FM donde emitíamos el mítico programa Libromanía (mi recuerdo para Paco Solano, Ángel García Galiano y Blanca Navarro, entusiastas aventureros de las ondas en aquella época en que éramos más jóvenes) supone un ejercicio de memoria, sin duda. Pero también es un acto imprescindible para recapitular.
Pepo, a quien ninguno de los que estábamos allí tenía el gusto de conocer, fue a presentar el proyecto, a poner sobre la mesa del estudio dos libros hermosos y valientes (editados de forma manifiestamente mejorable, todo hay que decirlo) de dos autores cubanos: de José Kózer, poeta, el primero: Dípticos. De José Lezama Lima, narrador universal, el segundo (sus cuentos completos, titulado La Habana caleidoscópica). Eran pequeños libros (pequeñas joyas) que todavía no contaban con la envoltura y el diseño que un par de años después se harían seña de identidad de Bartleby (seña que, en lo esencial, todavía se mantiene) pero que por la altura de su contenido podían perfectamente competir con los mejores títulos de las más consolidadas editoriales del país. Pepo Paz, a quien acompañaba un socio cuyo nombre no recuerdo y que se perdió poco después en aventuras no editoriales, llegaba con la timidez de quien se inicia en una labor llena de secretos y de dificultades. He de decir, antes de proseguir y como aviso para navegantes, que el libro de Kózer, Dípticos, ha sido el único libro de poesía de Bartleby que he reseñado en Babelia en los últimos doce años.
Así fue cobrando forma un proyecto que ya venía de antes pero que poco a poco fue perfilándose, con un trabajo infinito, en lo que es hoy. Casi doce años después de aquellos días, Bartleby es un proyecto consolidado en el que Pepo Paz pone, junto al talento, el riesgo económico, la hipoteca y un trabajo sin horas, extendido durante mañanas, tardes, noches y madrugadas. Y quien esto escribe, en sus ratos libres combinándolo con sus labores literarias (noches, madrugadas y fines de semana, vacaciones también), pone algo de trabajo y lo que puede de talento (si lo hay) junto a dosis infinitas de entusiasmo.
Bartleby es una editorial independiente llena de ideas, con una plantilla unipersonal (el único asalariado -por llamarlo de alguna forma- es Pepo Paz, quien, además, dirige ejecuta el activísimo "departamento de comunicación y marketing") y cientos de posibilidades de edición: todas ellas de calidad gracias a la tenacidad en la búsqueda de nuevos títulos, a la apertura de miras a la hora de sondear nuevas líneas y nuevos nombres y a una ambición sin límite a la hora de aspirar a contar en su catálogo con los mejores: no en vano, Félix Grande, Diego Jesús Jiménez, Martínez Sarrión, Caballero Bonald, Donoso o Gamoneda conviven en él con Soyinka, con Sylvia Plath, con Szymborska, con Sharon Olds, con Peter Hanke, con Raymond Carver o con Auden. Son algunos nombres a los que se podrían añadir los de jóvenes poetas españoles, voces nuevas que se han incorporado a nuestra literatura a finales del siglo XX y en este siglo XXI que no sólo han aportado savia nueva y títulos innovadores (Julieta Valero, Marcos Canteli, Isabel Pérez Montalbán, Xoán Abeleira, Julia Piera, David González...), sino que han contribuido a la recuperación, desde la mirada joven del presente siglo, de títulos casi olvidados (y, a la vez, de un alto nivel de calidad) de nuestros poetas mayores en la serie Lecturas21.
Como la poesía limitaba el campo editorial de Bartleby, Pepo Paz decidió un buen día consolidar una línea en la que había trabajado en la prehistoria bartlebiana: la narrativa. Lorenzo Dávila, profesor y arquitecto y escritor en sus ratos libres, diseñó la nueva portada y, con la nueva etapa de la colección de narrativa llegaron Niall Williams, Haroldo Conti, Adalbert Stifter, John Steinbeck, Briggitte Reimann, y autores nuevos o poco conocidos como Crespo Massieu, Giovanna Rivero o Justo Sotelo.

Sé que habrá quien busque motivaciones distintas en el colofón (al día de hoy) de esta historia, pero en ella, dentro y fuera, en lo visible y en la trastienda, sólo hay trabajo, talento, pasión por la literatura y una tenacidad a prueba de bombas, de hipotecas y de baches económicos. Y más allá, como línea conductora de una realidad que ha ido haciéndose día a día y título a título, una amistad crecida de manera lenta y natural entre el editor-empresario y este modesto director de la colección de poesía. Una amistad llena de afinidades: la querencia por la Ciudad Lineal y su memoria de lugares abolidos, la evocación de los tranvías y de los crepúsculos junto al barrio de Las Cárcavas, la sierra norte y sus rincones apenas visitados en los que todavía respira un tiempo perdido, Marsé y sus Últimas tardes con Teresa y Si te dicen que caí, el Real Madrid, la compasión por los desheredados, el origen humilde, arraigado en barrios casi limítrofes de una ciudad desarrollista, el eterno retorno a los paisajes de la infancia (en gran medida, desaparecidos) y, siempre, la extraña erótica que aporta el proceso en virtud del cual un simple manuscrito pasa a la condición de libro. La portada, el tipo de letra y su tamaño, la caja y los márgenes, el olor de la tinta, son elementos constitutivos de una labor que tiene algo de mágico. Esa labor, que más de una vez me ha llevado a acudir, en viernes por la tarde, sin comer apenas, a alguna inmensa nave perdida en un polígono industrial de las afueras de Madrid en busca de los primeros ejemplares de un libro largamente soñado, es la que da sentido a las horas sin sueño, a los amaneceres en vela, a la pasión por la literatura. A Bartleby Editores.
El fin de un año y el comienzo de otro suele ser un tiempo de reflexión, de recapitulación sobre lo vivido, o lo escrito, o lo no vivido o lo no escrito. Depende. En este caso, mi reflexión tiene a un proyecto como excusa y objetivo: pienso en Bartleby Editores, la pequeña editorial que cumplirá en 2010 doce años en la que tengo el honor de dirigir, casi desde su origen y en calidad de colaborador "militante", la colección de poesía. Echar la vista atrás y recordar aquella tarde de octubre, o noviembre de 1997, en que Pepo Paz apareció en el pequeño estudio de Europa FM donde emitíamos el mítico programa Libromanía (mi recuerdo para Paco Solano, Ángel García Galiano y Blanca Navarro, entusiastas aventureros de las ondas en aquella época en que éramos más jóvenes) supone un ejercicio de memoria, sin duda. Pero también es un acto imprescindible para recapitular.
Pepo, a quien ninguno de los que estábamos allí tenía el gusto de conocer, fue a presentar el proyecto, a poner sobre la mesa del estudio dos libros hermosos y valientes (editados de forma manifiestamente mejorable, todo hay que decirlo) de dos autores cubanos: de José Kózer, poeta, el primero: Dípticos. De José Lezama Lima, narrador universal, el segundo (sus cuentos completos, titulado La Habana caleidoscópica). Eran pequeños libros (pequeñas joyas) que todavía no contaban con la envoltura y el diseño que un par de años después se harían seña de identidad de Bartleby (seña que, en lo esencial, todavía se mantiene) pero que por la altura de su contenido podían perfectamente competir con los mejores títulos de las más consolidadas editoriales del país. Pepo Paz, a quien acompañaba un socio cuyo nombre no recuerdo y que se perdió poco después en aventuras no editoriales, llegaba con la timidez de quien se inicia en una labor llena de secretos y de dificultades. He de decir, antes de proseguir y como aviso para navegantes, que el libro de Kózer, Dípticos, ha sido el único libro de poesía de Bartleby que he reseñado en Babelia en los últimos doce años.
Vista de Garagantilla. Lugar de nacimiento de algunos prouyectos Bartleby
No sé a través de qué mecanismos (creo recordar, pero sin seguridad alguna, que gracias a una gestión de Luis Cicuéndez, poeta, o de María José Parejo, hoy periodista en RNE, o quizá de Ana Manzano, hoy bloguera y pintora de iconos medievales), Pepo Paz me ofreció la posibilidad de dirigir la recién nacida colección de poesía. Los tres títulos siguientes, todavía con el diseño primitivo, fueron de poetas muy jóvenes o con poca obra publicada: Eduardo Moga, el citado Luis Cicuéndez y Salustiano Martín. Pepo y yo, durante aquellos días, nos reunimos innumerables veces. Recuerdo largas comidas en el comedor de la Asamblea de Madrid, o cafés urgentes en algún bar próximo a Pueblo Nuevo, barrio en el que ambos habíamos echado raíces en nuestra infancia (más reciente la suya, casi remota la mía), en las que soñábamos el futuro de Bartleby, barajábamos nombres de poetas nuevos y menos nuevos y debatíamos, con un entusiasmo casi infantil, sobre el sentido de la liteatura, sobre las finalidades del proyecto, hasta que logramos afinar un par de principios básicos que se han mantenido a lo largo del tiempo: el primero, que la editorial debía aspirar a todo, no podía quedarse embarrancada en el arenal en que se quedaban tantos proyectos editoriales independientes; el segundo, que su independencia era básica: no podía financiarse gracias a premios institucionales, o de cajas de ahorro, o de otras entidades. Así, inició una nueva etapa, con un nuevo diseño del que es "culpable" Sandra Zavala, tirando muy alto: la totalidad de la poesía amorosa de Manuel Vázquez Montalbán (que estará, seguro, en los cielos de los rojos más honestos), recogida bajo el título Ars amandi, y dos libros de la gran escritora canadiense Anne Michaels, El peso de las naranjas/Minner's Pound. La Ciudad Lineal en los 60
Bartleby es una editorial independiente llena de ideas, con una plantilla unipersonal (el único asalariado -por llamarlo de alguna forma- es Pepo Paz, quien, además, dirige ejecuta el activísimo "departamento de comunicación y marketing") y cientos de posibilidades de edición: todas ellas de calidad gracias a la tenacidad en la búsqueda de nuevos títulos, a la apertura de miras a la hora de sondear nuevas líneas y nuevos nombres y a una ambición sin límite a la hora de aspirar a contar en su catálogo con los mejores: no en vano, Félix Grande, Diego Jesús Jiménez, Martínez Sarrión, Caballero Bonald, Donoso o Gamoneda conviven en él con Soyinka, con Sylvia Plath, con Szymborska, con Sharon Olds, con Peter Hanke, con Raymond Carver o con Auden. Son algunos nombres a los que se podrían añadir los de jóvenes poetas españoles, voces nuevas que se han incorporado a nuestra literatura a finales del siglo XX y en este siglo XXI que no sólo han aportado savia nueva y títulos innovadores (Julieta Valero, Marcos Canteli, Isabel Pérez Montalbán, Xoán Abeleira, Julia Piera, David González...), sino que han contribuido a la recuperación, desde la mirada joven del presente siglo, de títulos casi olvidados (y, a la vez, de un alto nivel de calidad) de nuestros poetas mayores en la serie Lecturas21.
Como la poesía limitaba el campo editorial de Bartleby, Pepo Paz decidió un buen día consolidar una línea en la que había trabajado en la prehistoria bartlebiana: la narrativa. Lorenzo Dávila, profesor y arquitecto y escritor en sus ratos libres, diseñó la nueva portada y, con la nueva etapa de la colección de narrativa llegaron Niall Williams, Haroldo Conti, Adalbert Stifter, John Steinbeck, Briggitte Reimann, y autores nuevos o poco conocidos como Crespo Massieu, Giovanna Rivero o Justo Sotelo.
Comparto con Pepo Paz la afición por los tranvías
De esa labor, casi siempre callada y tenaz, se ha derivado un final de año 2010 gratificante: la votación de los 50 críticos y colaboradores de Babelia ha situado 2 libros de Bartleby entre los 10 mejores del año; El Cultural, de El Mundo, ha situado uno entre los diez; Público, otros dos entre los 10, y uno de los más prestigiosos periodistas culturales de El Periódico de Cataluña, Albert Espinosa, ha colocado también un libro de Bartleby entre los mejores del año además de situarlo (me refiero a Aquí, de Szymborska) en tercer lugar en la lista de llos mejor traducidos en 2009. Las portadas de los tres títulos mencionados en esas publicaciones se reproducen en este post. En definitiva, el listón de 2008, con Sylvia Plath y Haroldo Conti situados en la lista de Babelia, ha sido superado sobradamente.
Sé que habrá quien busque motivaciones distintas en el colofón (al día de hoy) de esta historia, pero en ella, dentro y fuera, en lo visible y en la trastienda, sólo hay trabajo, talento, pasión por la literatura y una tenacidad a prueba de bombas, de hipotecas y de baches económicos. Y más allá, como línea conductora de una realidad que ha ido haciéndose día a día y título a título, una amistad crecida de manera lenta y natural entre el editor-empresario y este modesto director de la colección de poesía. Una amistad llena de afinidades: la querencia por la Ciudad Lineal y su memoria de lugares abolidos, la evocación de los tranvías y de los crepúsculos junto al barrio de Las Cárcavas, la sierra norte y sus rincones apenas visitados en los que todavía respira un tiempo perdido, Marsé y sus Últimas tardes con Teresa y Si te dicen que caí, el Real Madrid, la compasión por los desheredados, el origen humilde, arraigado en barrios casi limítrofes de una ciudad desarrollista, el eterno retorno a los paisajes de la infancia (en gran medida, desaparecidos) y, siempre, la extraña erótica que aporta el proceso en virtud del cual un simple manuscrito pasa a la condición de libro. La portada, el tipo de letra y su tamaño, la caja y los márgenes, el olor de la tinta, son elementos constitutivos de una labor que tiene algo de mágico. Esa labor, que más de una vez me ha llevado a acudir, en viernes por la tarde, sin comer apenas, a alguna inmensa nave perdida en un polígono industrial de las afueras de Madrid en busca de los primeros ejemplares de un libro largamente soñado, es la que da sentido a las horas sin sueño, a los amaneceres en vela, a la pasión por la literatura. A Bartleby Editores.
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Marsé
Madrileño. Periodista, escritor y crítico literario. Ha publicado más de veinte libros: entre otros, las novelas "El lento adiós de los tranvías" (1992), "Una mirada oblicua" (1995), "La mujer muerta" (2000), "Los días de Eisenhower" (2002) y "Trenes en la niebla" (2005); de los libros de poemas "El vuelo liberado" (1986), "El muro transparente" (1992), "La densidad de los espejos" (1997), "Donde nunca hubo ángeles" (2003) y "De viejas estaciones invernales" (2006). En "Monólogo del entreacto. Cien poemas. 1982-2005" (Hiperion, 2007)recoge una amplia selección de su obra poética. Es autor del único ensayo sobre la totalidad de la poesía de Manuel Vázquez Montalbán ("Memoria, deseo y compasión", 2001) y de varias ediciones críticas. Ha escrito el libro de viajes "Por la sierra del agua" (GADIR, 2006) y "Verano´" (Alianza, 2008)es su última novela. Con posterioridad ha publicado "Espejo y tinta" (Bruguera, 2008), compuesto por dos novelas cortas. Dirige la colección de poesía de Bartleby Editores.
Colabora en el diario El País y en diversas revistas culturales con artículos sobre política y cultura. Ejerce la crítico de poesía en Babelia desde 1996.
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