viernes, 19 de febrero de 2010

Literatura, verdugos ocultos y memoria

Hace algo más de una semana estuve en la presentación de la novela con la que Clara Sánchez obtuvo, el pasado 6 de enero, el último Premio Nadal. Su título, Lo que esconde tu nombre. Durante la presentación, Clara se refirió, con indignación y de manera muy crítica, al silencio, incluso a la connivencia de los poderes públicos, durante décadas, con la presencia, en zonas emblemáticas de nuestra costa, de viejos nazis refugiados bajo falsas identidades, asesinos ocultos que han vivido en dorados exilios con el aspecto de apacibles ancianos en colonias de lujo y rodeados de ciudadanos que todo lo ignoraban de su identidad. Todavía, por falta de tiempo, no he leído la novela: la tengo en lista de espera en un lugar preferente de mi biblioteca.

Pero los Christensen (Karin y Fredrik), el matrimonio de octogenarios supuestamente suecos creado por Clara Sánchez, residentes en la costa alicantina y con falsas identidades, son algo más que dos personajes de una novela, que pura materia de ficción. Son la expresión de una realidad que ha formado (y forma) parte de nuestra Historia. ¿Cuántas veces, en cualquiera de las terrazas junto a alguna de nuestras playas mediterráneas no me habré detenido un instante ante la presencia de un anciano de ojos azules y rasgos germanos, de mirada esquiva, pensando que podría tratarse de uno de esos peculiares "exiliados"? Tras su plácida apariencia, quizá en el interior de sus domicilios junto al mar o en alguna trastienda desconocida, guardan una especial memoria de la ignominia, quizá conserven insignias, cinturones o piezas del uniforme de cuando fueron oficiales de campos de concentración o de exterminio, tal vez guarden discos de vinilo con viejos himnos o alocuciones del führer en algún mitin en Berlín o en Munich, u objetos procedentes de Mauthausen o Auschwitz, o recuerdos íntimos de un tiempo en que, por ser jóvenes, fueron felices. Quizá sientan un poso de culpa al recordar los cuerpos escuálidos, los rostros devastados, los andrajos, los trajes a rayas, las montañas de cuerpos como escombros de humanidad... Sobre esa cara, tan desconocida, de la realidad española del último medio siglo (o más) ha escrito Clara Sánchez. Un gesto valiente, una apuesta literaria y civil, más que necesaria, imprescindible.

Vista del campo de trabajo de Bustarviejo (Madrid). ¿Qué fue de sus máximos responsables?
Tras la presentación, ya de vuelta a casa, pensé en otra realidad, no sé si tan poco conocida como la que Clara desvela en Lo que esconde tu nombre, pero no menos desoladora: la presencia de los verdugos, torturadores, cómplices del fascismo, agentes de la brigada político-social u oficiales y jefes de los campos de concentración, de los destacamentos penales que se extendieron, tras la Guerra Civil, por toda la geografía española. Es ése un aspecto de nuestra historia colectiva que se ha mantenido oculto, del que se ha hablado muy poco. Hemos convivido, en estas décadas de democracia, con pacíficos funcionarios que en los años 60 torturaban a estudiantes, a trabajadores, a simples demócratas, con antiguos policías cuya labor esencial, durante algún tiempo, fue la caza del demócrata, del socialista, del comunista (sobre todo), del cristiano progresista. En numerosos pueblos, familias enteras han tenido que compartir la vida diaria con quienes alentaron o cometieron terribles crímenes de los que fueron víctimas sus gentes. En mi novela Verano he intentado recuperar, sacar del ocultamiento y del anonimato, a uno de aquellos policías que se ejercitaron en la infiltración, en la delación, en las detenciones arbitrarias, en el allanamiento nocturno de las viviendas de ciudadanos sospechosos de estar enfermos de democracia o de progresismo, en la tortura sistemática. ¿No es, quizá, y aun siendo conscientes de que hay excepciones, una asignatura pendiente de nuestra novela, de nuestro cine, de nuestro teatro?  Seguramente.

La novela de Clara Sánchez no sólo nos sumerge en ese mundo oscuro, desconocido, de los nazis plácidamente escondidos en nuestra costa. También nos sitúa ante nuestra propia historia. En el metro, en un autobús, en las butacas de un aeropuerto o alrededor de las mesas de algunas cafeterías hemos podido compartir charla, comentario, incluso aperitivo con quienes alimentaron el fascismo en España, ayudaron al crimen colectivo con su complicidad o su silencio, o formaron parte de la leva de torturadores, de organizadores de los campos o de los que enviaron al paredón a cientos de ciudadanos por el simple hecho de ser demócratos, o sindicalistas, o militantes de los partidos de izquierdas. ¿Nunca os habéis preguntado por su conciencia, por su forma de recordar un pasado de ignominia?

13 comentarios:

mariajesusparadela dijo...

Pues, sí, me lo he preguntado, pero no encuentro respuesta.

Iconos dijo...

No creo que esa pregunta tengamos que formulárnosla nosotros. Han de hacérsela ellos, y no creo que ésto suceda, porque tengo la sensación de que van flojos de conciencia. Aun así, si me fuerzo a hacerme la pregunta que sugieres, al igual que María Jesús, no encuentro la respuesta.
Sí coincido contigo en la necesidad de que se cuenten las atrocidades que aquí o allá sucedieron hace poco tiempo. Gracias por esta recomendación literaria. Un abrazo.

Manuel Rico dijo...

Iconos, María Jesús:
Probablemente sea un problema de flojedad de conciencia, de falta de arrepentimiento. También de un cierto miedo a las víctimas y a sus herederos. Hace algunos años estuve documentándome para escribir mi novela "Trenes en la niebla", en la que se alude a un campo de trabajo que existió en la sierra norte. Pues bien: pregunté a los más viejos del pueblo junto al que estaba situado el campo y todo eran ambigüedades, silencios, recuerdos vagos. Había (hay) miedo en quienes se identificaban con los presos y amnesia en los que estuvieron del lado de los carceleros.

En cualquier caso, es curioso que la novela de Clara aborde el caso de los nazis y que fuera ella la presentadora en el Círculo de Bellas Artes, hace ahora un año y medio, de mi novela "Verano", que aborda el caso de los verdugos patrios.

Gracias y abrazos para las dos.

Marisu dijo...

Pues yo creo que han podido vivir sin miedo,porque en la dictadura estaban seguros y en Democracia no se les persiguió nunca, ni casi se habló del tema.Tampoco creo que les haya remordido la conciencia ni lo más mínimo,tan seguros de su razón como estaban.Pero algo de amargura, sin duda menos de la merecida, si que habrán sentido.No por su crueldad, sino porque su mundo desapareció y sus presuntos méritos pasaron a ser objeto de censura.De todos modos han podido vivir, y viviràn aún algunos, tranquilos, porque la sociedad en general pasa del tema.

R.A.B dijo...

¿Sabes que yo no me pregunto por la conciencia de esta gente? He tenido la oportunidad de hablar con algún videlista -no comprometido con algo tan siniestro como matar a alguien, pero sí cercano- y te puedo asegurar que no se sienten culpables. La culpa suele ser una buena criba para evitar el crimen (y una muy mala criba para otras cosas) pero esta gente... no la tiene. Simplemente, creen que lo hecho está bien hecho, y hasta lo justifican con la más absoluta frialdad, casi diría que con una especie de ingenuidad. Algunos, inclusive, hasta creen honestamente en sus actos. Cuando se van a dormir no les atacan los fantasmas de las víctimas, hasta es posible que duerman mejor que nosotros.
No, esa gente sigue viva -si la hay- simplemente porque no tiene el menor asomo de culpa. Parece difícil de concebir, pero ¿quién de nosotros podría sobrevivir mucho tiempo con semejante peso en la conciencia? Yo no, tú tampoco. Pero hay gente que sí. Importante detalle a tener en cuenta para la construcción de un "personaje".

Ana Rodríguez Fischer dijo...

¡Hay mucho que desenterrar o restituir al plano que merece! Yo no comparto la cacareada tesis de que no hubo memoria histórica en nuestras letras (ensayo, novela, crónica, etc.), ni mucho menos en nuestras vidas. De hecho, el último revival editorial se nutría, en gran medida, de textos "clásicos" aparecidos en los setenta, actualizados (o, en según qué casos,versionados), aun reconociendo la aparición de docenas de volúmenes interesantísimos que recreaban una particular o personal parcela de la ignominia.
Creo que en esa parte de nuestra historia se ha tipificado todo, incluida la figura del vergudo. ¿Pero y sus ayudantes? He leído casi todo sobre la caída de Asturias y el derrumbe del Frente Norte, escrito por los que estaban intentando vencer al traidor Aranda y entrar en el Oviedo desleal o rebelde, y por consiguiente, desconociendo la realida de otra parte de Asturias absolutamente descuidada porque no era "emblemática". Lo peor es que se refieren a ella en términos... ¡Ah!, la Asturias campesina (que no minera), conservadora... No tanto, no tanto... La masacre allí fue brutal, y uno de los primeros territorios (después de Andalucía y Badajoz)que habrían de servir de ejemplo/escarmiento... ¿El verdugo que saboteó la jugada -habían puesto una carga de dinamita que haría volar por los aires el viejo puente de hierro que unía Asturias y Galicia, impidiendo así el avance de las temibles "columnas gallegas", con sus moros añadidos-? ¡Un electricista!
Me contaba mi padre que, a cambio, le prometieron "estudiar a la hija".
Y también me contó mi padre de todas las represalias (más salvajes, quizá, por ser las primeras), y de un primer campo de concentración y exterminio (que no de trabajo). Cernuda publicó un relato espléndido con aquellas primeras noticias que en el 37 le llegaban de aquellos pueblines -Castropol, Vegadeo, Figueras- que él había visitado en el 34 como integrante de las Misiones Pedagógicas. "En la costa de Santinieblas", creo recordar que se llama, aparecido en "Hora de España", octubre de 1937.
¡Espeluznante!
Como lo es también que el bar Funicular, donde acribillaron a Puig Antich es punto turístico del noble y elegante Eixample barcelonés.(No sé si desde la peli de Huerga, o sí lo sé pero prefiero ignorarlo)
"Sorpresas te da la vida...", que cantaba Gato.
¡Un abrazo!
La que has liado Manuel, con tanta sugerencia!

Manuel Rico dijo...

Todo lo que dices, Ana, pone de relieve algo que algunos críticos intentan descalificar: nunca serán suficientes las novelas que hablen de esa memoria. Cuando algún periodista dice aquello de "¡otra novela sobre la guerra civil!" está ayudando, lo quiera o no, a los sectores antidemocráticos, autoritarios de este país.
Gracias por el comentario.
Un abrazo.

P.D. No he pretendido liarla, aunque a veces esas cosas son inevitables.

Anónimo dijo...

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eugenio gonzalez dijo...

La lectura de este blog me lleva a lo tantas veces pensado ¿Existirá una mala conciencia o un atisbo de arrepentimiento en la conciencia de quienes a lo largo de nuestra pasada dictadura cometieron crímenes de mayor o menor envergadura? Nunca he hallado una respuesta fiable a tal planteamiento. A la vista del comportamiento de aquellos que tuvieron algún tipo de vinculación con el régimen y sus prácticas, a través de sus forzadas o espontáneas declaraciones, en ninguno se encontró el menor signo de pesadumbre. Bien al contrario, mostraron su disposición a repetir sus acciones. Por ello, la única manera de combatir la ignominia de estos individuos, es sacar a la luz, denunciar, sus crímenes y reivindicar la figura de las víctimas. Tal y como se comienza a hacer con la figura de Miguel Hernández, en el centenario de su nacimiento.

O. dijo...

Como curiosidad sobre la novela: opalazon.blogspot.com

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Manuel, descubro tu blog tirando del hilo del de Ana.
El tema que refieres es otro más de los pendientes en nuestra maltratada memoria.
Hoy comía con un comapañero de trabajo, al que aprecio de la misma manera que aprecio a 100 más.Es decir, cordialidad, conversación educada, las preocupaciones por los hijos, las facturas, la crisis, alguna risa, hoy pago yo el café, mañana te toca a ti, etc.

La conversación de hoy, después de comentar las respectivas goleadas merengues y culés, ha derivado hacia la peineta de Aznar. El compañero, con toda la tranqulidad del mundo, y con plena conciencia de que lo que decía era lo correcto ha dicho: "Pues les está muy a bien a esos maleducados. Más les tenía haber hecho. ¡Qué derecho tiene esa gentuza a llamar criminal a un expresidente del gobierno.!". Mañana volveré a verle y mientras hablamos de la cotidianedad quizá vuelva a pensar que es una buena persona, como yo, y como todos...

¡Salud Manuel! Sigo tu blog

PD : por cierto, ¿trabajas en 'Público'? o el Manuel Rico que entrevistó a Pepe Blanco era otro?

Manuel Rico dijo...

Buenas tardes, "pobrecito hablador del siglo XXI".
No soy el Manuel Rico de Público. Lo lamento. Yo colaboro, desde hace casi quince años en Babelia, de El País. Mi perfil literario y mi trayectoria los puedes ver en este blog, pinchando en perfil. Mi labor profesional está, hoy, en el Instituto Cervantes.Desde 2007.

Un abrazo y bienvenido a esta casa.

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

¡glups! Disculpa Manuel.