Cambio la foto de cabecera con una imagen especialmente querida: se trata del anuncio del otoño en los árboles que, en mi refugio del valle, han sido testigos de gran parte de mi vida. En ellos, en la tarde del sábado de octubre, he buscado una isla de calma y de memoria. He sentido la necesidad de atrapar su belleza un día después de regresar, en un viaje de trabajo, de la megalópolis de Chicago. A esa experiencia me referiré en estas páginas en los próximos días. En tanto llega el momento, prefiero dejarme llevar por la coloración, que va del verde al rojo casi burdeos, de esos árboles que han crecido conmigo, que han sombreado, en los días de verano, los juegos de mis hijos, que nos han anunciado, con mayor eficacia que cualquier otro método, el paso de las estaciones, los días de lluvia y viento, las tormentas, el tiempo de los hongos y de la hojarasca. He llegado de la ciudad de la arquitectura y de las multitudes (no sólo de Obama) a la calma apacible del lugar en que siento el pulso de lo cotidiano con una intensidad incomparable. Esos árboles (el pruno, los fresnos, las arizónicas) y el cielo otoñal al fondo, son el reverso del viaje, el lugar de la intimidad más honda, los seres junto a los que, año tras año (magnífico título, por cierto de una novela casi desconocida de Armando López Salinas, el novelista del 50 vecino del barrio de la Concepción), han nacido y crecido mis poemas, mis novelas, mis sueños, mis pensamientos. Nuestros sueños y nuestros pensamientos.
Un poema de la Szymborska
Volando desde Chicago a Madrid, leí un poema de Wislawa Szymborska que me emocionó de una manera especial y que reproduzco líneas más abajo. La poeta, de la que Bartleby publica en la próxima semana, su nuevo poemario Aquí, con traducción de Gerardo Beltrán y Abel A. Murcia , nos invita a un ejercicio de humildad. A los escritores, a esa grey en la que yo incluyo, también, a los cultivadores del blog y en la que, como no podía ser de otro modo, me incluyo. Y, de manera más específica, a los poetas.
ELOGIO DE MI HERMANA
Mi hermana no escribe versos
y dudo que empiece de repente a escribir versos.
Lo sacó de mi madre, que no escribía versos,
y de mi padre, que tampoco escribía versos.
Bajo el techo de mi hermana me siento segura:
el marido de mi hermana por nada del mundo escribiría versos.
Y aunque esto suene a obra de Adam Macedonski,
ninguno de mis parientes se dedica a escribir versos.
En los cajones de mi hermana no hay viejos versos,
ni recién escritos en su bolso.
Y cuando mi hermana me invita a comer
sé que no es con la intención de leerme sus versos
Sus sopas son exquisitas sin premeditación
y el café no se derrama sobre sus manuscritos.
En muchas familias nadie escribe versos.
Pero si lo hacen, es raro que sea sólo una persona.
A veces la poesía fluye en cascadas de generaciones,
lo que crea peligrosos remolinos en sus mutuos sentimientos.
Mi hermana cultiva una buena prosa hablada,
y toda su escritura son postales de sus vacaciones
con textos que prometen lo mismo cada año:
que cuando vuelva,
me contará todo,
todo,
todo.
(’El gran número. Fin y principio’). La hermana de la poeta polaca es alguien que forma parte de esa inmensa mayoría de no poetas. Hace poesía de lo cotidiano de otra forma. Del mismo modo que en miles de casas, en miles de oficinas, aulas y fábricas, una multitud de seres anónimos construyen una lírica de lo cotidiano para ellos y para sus seres más próximos. Sólo han escrito (o escribirán) postales o cartas, sms, correos electrónicos… Nunca han escrito un verso, ni en sus familias hay antecedentes de escritores o poetas (en algunas, apenas hay libros). ¿No es, en su extrema sencillez, en su lirismo hondo y depurado, un magnífico poema social? ¿No hay en él una apelación a ese colectivo de seres anónimos que construyen su obra literaria con su propia vida y sin escribirla?

Hoy, cuando es tan fácil dejarse llevar por la lógica del escaparate de los medios de comunicación (incluido Internet), cuando nuestra vocación literaria nos lleva a establecer una comunicación cada vez más intensa y continuada (a través del blog) con los lectores no nos viene mal esa llamada de atención del poema de Szymborska. Junto a cada uno de nosotros, a lo largo de la mayor parte del día, hay hombres y mujeres que hacen versos memorables sin escribir un solo verso. En mi casa, en mi vida, nada de lo que yo escribo tendría sentido sin la poesía de lo cotidiano que otra persona, desde hace más de treinta años, construye, sin escaparate de por medio, hora tras hora a mi lado.
No me ha sido, por ello, difícil reconocer mi experiencia en la hermosísima y emocionada gavilla de versos de la poeta de Poznan. No tardando mucho, podremos constatar, en su nuevo libro Aquí esa intimidad de lo colectivo o esa vertiente colectiva de lo más íntimo, de la premio Nobel. Una difícil pretensión que, con sencillez, de manera directa, alcanza en este libro una entidad extraordinaria.





Convencido de que sólo alguien que hubiera vivido parecido proceso de
Nuestro barrio se extendía en la periferia norte de Madrid. Lo llamaban barrio de la UVA de Hortaleza y había sido construido por el Ministerio de la Vivienda de entonces para acoger a los habitantes de los barrios de chabolas, entre los que mi familia se encontraba. No eran viviendas mucho mejores que las casitas bajas que las excavadoras derribaron, tenían carencias de todo orden (la nuestra medía 40 metros para cinco de familia) pero eran nuevas. Allí vivíamos aquel mes de julio.
La 

"No hay nada más bello / que lo que nunca he tenido, / nada más amado / que lo que perdí", escribió y cantó Joan Manuel Serrat. Tal vez sea algo parecido a ese sentimiento lo que me ha llevado estos días a evocar con una intensidad creciente mis días de Sidney.
O la noche en que cantaba Sole Giménez (la ex de Presuntos Implicados) en una sala del Opera House, cuando la calma del aire dejó paso a un viento súbito y comenzaron a llegar, por encima de las grandes torres, nubes oscuras, nubes húmedas y veloces, nubes que el sol iluminaba de pronto de una manera extraña, de tal modo que parecía que se incendiaban las azoteas más altas (ver primera foto de la entrada, no he sabido situarla más cerca de esta zona del texto) antes de que el cielo se ennegreciera, y se anticipara la noche y comenzara a diluviar mientras caminábamos bajo los inmensos soportales que preceden al Opera House. 
Como poeta, mi estética está alejada de Gamoneda. Probablemente, esté más cerca de la de Benedetti (vease la entrada