domingo, 5 de julio de 2009

AUSTRALIA 2: recuerdos que crecen

Casi una semana después del regreso, la huella que Sidney ha dejado en mí no sólo no se disipa sino que, con el paso de los días, crece. Y lo hace porque me llegan noticias de allí a través del correo electrónico. Han nacido amigos y amigas en mi breve estancia y casi todos ellos tienen un denominador común: llegaron a Australia en busca del paraíso mitificado, de la tierra llena de posibilidades. Y en muy poco tiempo han echado raíces. No me refiero a funcionarios, ni a diplomáticos, ni a empleados de multinacionales que han sido destinados a ese país. Hablo de jóvenes periodistas, de muchachas que un día se enamoraron de un australiano y unificaron en su catálogo de devociones el amor por Australia y el amor a su hombre, de pequeños empresarios que un día decidieron buscarse la vida por aquellos lares, de artistas, de trabajadores del Cervantes... Hablo de una colonia diversa y entusiasta en la que los viejos emigrantes españoles de los sesenta y sus hijos y nietos de un lado, y los colonos más jóvenes, los que llegaron allí en los años ochenta y noventa, de otro conviven entre la añoranza de la tierra que quedó atrás y la devoción por el nuevo mundo.
Hablo de quienes estuvieron presentes en el encuentro literario del día 25 de junio en la sede del Instituto Cervantes de Sidney y me hablaron de esa doble querencia, y me pidieron listas de libros recientes para seguir vinculados a la literatura española, y se emocionaron con mis evocaciones de la narrativa española de los 50 y 60, de Juan Marsé o de Martín Santos, de Miguel Delibes o Ana María Matute.
No he dejado de pensar, tampoco, en Roy Boland, en su margnífica reflexión sobre la literatura latinoamercana, en sus evocaciones de un Madrid que siente suyo, en su referencia a amigos comunes y a lecturas comúnmente gozadas: García Márquez, Juan Rulfo, César Vallejo... Un Roy Boland que, en mi opinión, tiene por España una devoción parecida a la que siento yo (y sentían muchos de los asistentes a la mesa redonda) por Australia. Haré lo posible para que pueda, no tardando mucho, venir a España a demostrarnos sus exhaustivos conocimientos sobre la novela y la poesía en castellano.


"No hay nada más bello / que lo que nunca he tenido, / nada más amado / que lo que perdí", escribió y cantó Joan Manuel Serrat. Tal vez sea algo parecido a ese sentimiento lo que me ha llevado estos días a evocar con una intensidad creciente mis días de Sidney. La conciencia de la pérdida y la casi certeza de que no es previsible que vuelva me han hecho evocar (y registrar mentalmente) escenas, paisajes, olores, sensaciones. La noche llena de luces en los alrededores del Opera House, un espacio urbano volcado en la bahía y salpicado de comercios de toda laya: desde las cafeterías de franquicia más conocidas en Occidente hasta las tiendas de una bellísima artesanía aborigen, todo poblado por una abigarrada y joven población nocturna en busca de diversión. Las calles, anchas, que desde la city bajan, entre rascacielos, a la bahía. Los tenderetes que desafían la noche a lo largo de las calles de un peculiar "chinatown" en el que la venta de artesanía se mezcla con la oferta de las más sofisticadas muestras de la gastronomía de Oriente. Las calles apartadas de la city, calles en las que los árboles y la vegetación adquieren un protagonismo casi escandaloso y en las que surgen, como apariciones que llegaran del viejo Londres, edificios de ladrillo visto, pubes irlandeses o pubes australianos cruzados por la herencia iconográfica de la vieja Iranda. Y todo bajo un cielo azulísimo, un cielo que nada tiene que envidiar al cielo de Madrid, al de la Castilla infinita de los grandes trigales o de la primavera machadiana.
También playas: playas de arena blanca que surgen entre el verde de los pinos y los eucaliptos. Playas que parecen robadas a nuestras Baleares, a Menorca sobre todo. Y, a una hora de Sidney hacia el oeste, un mundo de nieblas y de bosques y de frío, las Montañas Azules y el recuerdo maravilloso de un almuerzo en uno de sus pequeños pueblos de montaña (muy americanos pero también con un aire balneario a lo Baden-Baden, una calle rodeada de comercios y de restaurantes no ajenos al gusto más anglosajón), en un salón de oscuras maderas presidido por las representaciones, a modo de estatuas de tamaño natural de la Laurel y Hardy, el gordo y el flaco de nuestra infancia.

O la noche en que cantaba Sole Giménez (la ex de Presuntos Implicados) en una sala del Opera House, cuando la calma del aire dejó paso a un viento súbito y comenzaron a llegar, por encima de las grandes torres, nubes oscuras, nubes húmedas y veloces, nubes que el sol iluminaba de pronto de una manera extraña, de tal modo que parecía que se incendiaban las azoteas más altas (ver primera foto de la entrada, no he sabido situarla más cerca de esta zona del texto) antes de que el cielo se ennegreciera, y se anticipara la noche y comenzara a diluviar mientras caminábamos bajo los inmensos soportales que preceden al Opera House. O el recuerdo del zoológico situado en la carretera a las Montañas Azules, dedicado a la fauna puramente oceánica (me he permitido la licencia de reproducir mi imagen junto a un koala profundamente replegado en sí y dormido), lleno de canguros, casuarios, koalas, emus y otros tantos bichos desconocidos al otro lado del mundo. O la irrupción imprevista, en el pueblo de camino a las montañas, de una acogedora librería decorada con mimo en la que no faltaban libros de ningún género y que fácilmente hubiera imaginado en un rincón semioculto del barrio antiguo de Manchester o en cualquier recóndita calle de Viena.

3 comentarios:

Gabriel Ramírez dijo...

Tan buena esta segunda parte como la primera. Felicidades, Manuel, has logrado que me sintiera pisando ese continente durante la lectura.

Iconos dijo...

Ooooh! Esta segunda parte es como esos platos de puchero que cocinaban las madres: mucho más deliciosos si han reposado.Tu viaje a Australia va dejando agradables posos. Se te ve pasear por sus calles...

Manuel dijo...

Gracias, Gabriel e Iconos por los comentarios. Intentaré seguir escribiendo algo más sobre Australia en las próximas semanas. El anecdotario, pese a haber estado apenas tres días allí, es amplio, por lo que es bastante previsible(para Iconos) que algunas experiencias sigan cociendo, lentamente, en el puchero de mi inconsciente. Veremos.
Abrazos a ambos.