miércoles, 2 de mayo de 2007

Lectura de un puente de mayo

A punto de finalizar la lectura de Una mujer en Berlín. Apasionante y turbadora incursión, desde la óptica de una mujer que nunca se identificó con el nazismo, que no pudo escapar de un Berlín acosado por los bombardeos y bajo el asedio de las tropas del Ejército Rojo, en la vida cotidiana de una ciudad en ruinas a lo largo de la primavera de 1945. Lenguaje seco, directo, periodístico pero no por ello vacío de la carga emocional que se le exige a la mejor literatura. Prologado por Hans Magnus Enzensberger, se trata de un libro de autora anónima, premediatadamente anónima aunque el epiloguista, crítico y periodista que posibilitó la primera edición, en Norteamérica, en 1954, Kurt W. Marek, afirme haberla conocido. Una realidad sórdida, sombría, en la que los supervivientes -casi todos mujeres- se mueven entre el odio al nazismo que desencadenó la tragedia y el terror a los soldados rusos, dedicados al saqueo y a las violaciones en aquellos días. El libro lo he leído de modo casi compulsivo, en dos días de este puente del Primero de Mayo. Me ha interesado, de manera muy especial, por tratar de la condición humana bajo una situación límite, en la que los componentes culturales que históricamente han conformado la conciencia individual y colectiva se ponen a prueba. No pude evitar la evocación de otra lectura de parecida intensidad: la novela de Helga Schneider Llueve sobre Berlín, un texto cuyo argumento tiene, también, como protagonista a una mujer (los recuerdos de la propia narradora) viviendo la experiencia límite de un Berlín bajo los bombardeos en los días finales de la Segunda Guerra Mundial.

Pudiera pensarse que tales lecturas son anacrónicas con las inquietudes de un escritor en pleno siglo XXI. Nada más lejos de la verdad. Leer Una mujer en Berlín es, hoy, una forma de reflexionar sobre dramas humanos terriblemente presentes: el día a día de una ciudad como Bagdad. Por ejemplo.

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